Pueblo americano. Por Alfonso Reyes

LA VERDAD es que yo no me represento muy bien los antecedentes de mi casa. Todo me ha llegado en ráfagas y en guiñapos, y ni siquiera he tenido la suerte de consultar los árboles genealógicos y las crónicas minuciosas que, según me aseguran, han trazado cuidadosamente algunos parientes tapatíos.

Cuando mi padre era Secretario de Guerra y Marina y se lo tenía por el probable sucesor del trono porfiriano, apareció un Rey de Armas, un señor de la heráldica, con cierta historia de nuestro linaje que partía, naturalmente de las Cruzadas. Entre los antecesores figuraba el propio San Bernardo, fundador de Claraval, opositor de Abelardo y de Arnaldo de Brescia, predicador de la segunda Cruzada, afortunado mantener de Inocencio II en el cisma contra Anacleto, autor de célebres cartas y tratados, monje de armas tomar y patrono de mi padre —aunque no reconocido por éste—, que también celebraba sus días el 20 de agosto.

El escudo, a lo que recuerdo, no era de mal gusto, pero me sería imposible reconstruirlo. El mamotreto quedó olvidado en la biblioteca de mi padre, donde yo —que andaba en los once años— me pasaba las horas largas. Di con él y me apliqué a estudiarlo. Ya tenía yo mis barruntos de que todas esas grandezas no eran más que tortas y pan pintados. Pero me divertía el contar con alguna hermosa mentira como punto de arranque. A falta de una prehistoria establecida, como a los griegos, me hubiera bastado una mitología.

No me dejaron mi juguete. Delante de mi padre, mis her-manos mayores me gastaron una broma que tuvo fatales consecuencias: —¿Ya sabes —le dijeron— que este muchacho va a mandarse bordar el escudo de los Cruzados en sus camisas del domingo?

Ni por burlas lo aceptó aquel príncipe liberal, a cuya grandeza no hacían falta viejos cuarteles: ¡ya supo él darlos a sus tropas, en las guerras de la República, así como no los dio al enemigo! Temió el contagio de aquella impostura sutil: a juego suelen comenzar estas vanidades, y un día se apoderan de la vacilante razón. Decidió cortar por lo sano. Mandó quemar toda mi inventada nobleza.

¡Sea enhorabuena! Pueblo me soy: y como buen americano, a falta de líneas patrimoniales me siento heredero universal. Ni sangre azul, y ni siquiera color local muy teñido. Mi familia ha sido una familia a caballo. A seguimiento de las campañas paternas, el hogar mismo se trasladaba, de suerte que el solar provinciano se borra un poco en las lejanías. Mi arraigo es arraigo en movimiento. El destino que me esperaba más tarde sería el destino de los viajeros. Mi casa es la tierra. Nunca me sentí profundamente extranjero en pueblo alguno, aunque siempre algo náufrago del planeta. Y esto, a pesar de la frontera postiza que el mismo ejercicio diplomático parecía imponerme. Soy hermano de muchos hombres, y me hablo de tú con gente de varios países. Por dondequiera me sentí lazado entre vínculos verdaderos.

La raíz profunda, inconsciente e involuntaria, está en mi ser mexicano: es un hecho y no una virtud. No sólo ha sido causa de alegrías, sino también de sangrientas lágrimas. No necesito invocarlo en cada página para halago de necios, ni me place descontar con el fraude patriótico el pago de mi modesta obra. Sin esfuerzo mío y sin mérito propio, ello se revela en todos mis libros y empapa como humedad vegetativa todos mis pensamientos. Ello se cuida solo. Por mi parte, no deseo el peso de ninguna tradición limitada. La herencia universal es mía por derecho de amor y por afán de estudio y trabajo, únicos títulos auténticos.

 

Alfonso Reyes, “Parentalia”, Obras completas XXIV, Fondo de Cultura Económica, México, 1990, pp. 361-362.

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