El hombre a medias. Por Alfonso Reyes

Como el personaje de una conocida novelita, había perdido su sombra. La perdió a la vuelta de un camino y nunca la volvió a encontrar. La sombra se evaporó y volvió al cielo. Como los hombres-vampiros de los Cárpatos, había perdido su imagen en los espejos y en el agua, lo que hubiera sido el castigo verdadero para Narciso. Y el triste se lamentaba y decía:

—Apurar, cielos, pretendo, por qué cebáis en mí vuestra cólera y vuestra crueldad. Madrasta se mostró conmigo la naturaleza, y pues me ha dejado nacer, ¿por qué tan despiadadamente mutila mi condición de hombre? Cierto, yo no soy más que un hombre a medias, puesto que me hallo condenado a vivir sin sombra y sin reflejo. La vida terrestre exige un mínimo de conformidad con el cuerpo, con la materia humana, y este mínimo de conformidad no se sacia con ver yo mismo y palpar mi cuerpo (¡y menos mal que todavía no soy invisible a los ojos ajenos, como temo que me suceda un día, al paso que voy!), sino que también nos hacen falta la sombra y el reflejo como para mejor aceptarnos a nosotros mismos.

Así se lamentaba el triste, escondiendo a todos sus lágrimas, por no poder dar explicaciones sobre los tormentos que lo afligían. Y los que acaso lo sorprendieron diciendo entre dientes: “¡Soy un hombre a medias!” no siempre entendieron bien su amargura.

Pero una noche recibió un consuelo inesperado, aunque no sea fácil de comprender. Y ello fue que, a la luz de la humilde bujía con que se alumbraba, vio pasear sobre la pared de su cuarto la sombra de tres ángeles, cuyo bulto —inútil decirlo— era invisible. No puede expresarse lo que pasó en su alma, ni cómo transportó el portento que veía a modo de explicación negativa (o positiva) sobre su mísero estado. Pero una alegría, un contentamiento místico pareció inundarlo y bañarlo. Se consideró mucho menos descabal que antes, acaso completo. Entendió que también las realidades invisibles son realidades, y al cabo vivió y murió en paz sin maldecir ya de su suerte.

4 de septiembre de 1959

Alfonso Reyes, “El hombre a medias”, Obras completas XXIIIFCE, México, 1994, pp. 110-111

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