Testimonios literarios y descubrimiento de papiros. Por Alfonso Reyes

1. Testimonios literarios y descubrimiento de papiros

EL INFORMAR sobre lo obvio es superstición histórica o vicio de coleccionista entre los modernos. Los antiguos eran más sobrios. Apenas han dejado escasas noticias sobre lo que fue, en su tiempo, la fabricación y la circulación de los libros. Ni sospechan el interés del anticuario futuro, ni la importancia que habían de adquirir con los siglos las artes y las instituciones de la librería, apenas en embrión. Platón, Jenofonte, Aristóteles ¿cómo iban a suponer que buscaríamos en sus obras los vestigios para la reconstrucción de este capítulo perdido? ¿Cómo habían de suponerlo Cicerón, Horacio o Marcial? A las casuales informaciones de los clásicos añadamos tales páginas fortuitas de la más antigua Patrística o la más temprana Edad Media: el mosaico no se completa.

Pero una cosa es la institución de la librería y otra la apariencia de aquellos objetos que entonces equivalían a nuestros libros. Sobre ellos nos ilustran, indirectamente, las artes —estatuas, relieves, vasos y murales—, y directamente, los millares de copias que aún conservamos, aunque sea en estado de ruinas. Tales los papiros que tanta luz han venido a dar sobre ciertas zonas de la literatura griega.

En 1752 se desenterró la Villa de los Pisones en Herculano, aquella ciudad que desapareció con Pompeya, el año de 79, bajo la erupción del Vesubio. Allí se encontraron hasta 1 800 rollos carbonizados que hoy custodia, en su mayor parte, la Biblioteca Nacional de Nápoles y de que unos cuantos emigraron hacia la Bodleiana de Oxford. Ha sido posible restaurarlos de algún modo y leerlos. Estos rollos o “volúmenes” eran los libros de los antiguos.

De tiempo en tiempo, los papiros han venido apareciendo en Egipto. Durante los últimos cincuenta años se ha producido una verdadera marea. Se encuentran obras que gozaron de singular predilección entre los grecoegipcios de la edad tolemaica y los grecorromanos del Imperio: de comienzos del siglo III a. c. hasta el crepúsculo de la Antigüedad clásica. El Museo Británico posee una rica colección. Los volúmenes yacían secularmente enterrados bajo las arenas del desierto, o se los ha rescatado materialmente de los basureros suburbanos. Otros habían servido para envolver los cadáveres, y otros, en fin, según la antigua costumbre de acompañar a los muertos con sus objetos favoritos, habían ido a dar a los féretros. Hay papiros notoriamente destinados al público, y los hay de uso privado.

2. Rollos de papiro y códices de pergamino

EL MATERIAL del libro clásico era el “volumen” o rollo de papiro. El papiro se importaba de Egipto y, en la Antigüedad, casi sólo en aquel suelo se daba, aunque hoy ha desaparecido del todo por la cuenca del Nilo. Los árabes, en sus excursiones victoriosas, lo llevaron primeramente a Sicilia, donde las graciosas cañas todavía impresionan al viajero en las cercanías de Siracusa.

El uso del papiro para la escritura es un temprano descubrimiento egipcio, aprovechado pronto, como tantos otros descubrimientos de aquel pueblo vetusto y admirable, por los griegos y los romanos.

La manufactura de las bandas de papiro ha sido minuciosamente descrita por Plinio el Viejo en su Historia natural, obra que viene a ser una enciclopedia. El proceso era complicado y difícil, y el papiro resultaba caro, más que el buen papel de nuestros días. La industria tenía singular importancia entre los artículos de exportación que elaboraban los egipcios. Por los días del Imperio Romano, parece que era un monopolio imperial. Entre los llamados Papiros Tebtunis, se ha encontrado un recibo por los derechos que percibía el Estado. Se nos dice que el emperador Firinus (siglo III d. c.) se jactaba de poder sostener un ejército entero con los productos de este comercio. Tal vez quiso significar que él mismo era dueño de grandes manufacturas de papiro. En todo caso, la Roma imperial consumía enormes cantidades de este precioso material: ocupaba toda la carga de algunos barcos, y se lo conservaba luego en almacenes especiales (horrea chartaria).

Juvenal, en su primera sátira, dice que el libro de papiro está condenado a una vida efímera; y de hecho, sólo en el clima seco del desierto ha podido perdurar el papiro hasta nuestros días. En climas más húmedos, la vida de este material es muy limitada: los antiguos consideraban ya como una rareza un rollo de doscientos años. Y todavía el decaimiento aumenta con el manejo y el constante enrollar y desenrrollar. Además, no hay que olvidar la obra destructora de la polilla, tan aficionada a los rollos de papiro como ya lo lamentaba Luciano. Horacio se queja, burlescamente, de que su obra ha de desaparecer bajo la plaga de la “inestética” polilla.

En Grecia, el uso de los libros en forma de rollo puede rastrearse al menos desde comienzos del siglo V a. c. En adelante, se lo encuentra corrientemente representado en las obras de arte, como el magnífico relieve ático en cierta tumba de la abadía de Grottaferrata, junto a Roma, que figura a un muchacho lector en actitud sedente.

Por toda la edad clásica, el rollo de papiro fue el vehículo de la cultura griega; cuando Grecia fue avasallada, los romanos adoptaron el producto, desde el siglo II a. c.

En los días del Imperio, se encontraban en Roma varias calidades de papiro. El mejor se llamaba “imperial” (Augusta, Livia o Claudia). Ya Catulo habla del “real” (charta regia) como de un lujo. Las fábricas egipcias entregaban rollos de distintas formas y dimensiones. Para las obras científicas se prefería el papiro de dimensiones grandes, el rollo ancho; y el más pequeño se consideró más propio de la poesía. Desde luego, los grandes rollos corrían peligro de desgarrarse más fácilmente, y eran, digamos, “menos populares”. Se atribuye a Calímaco esta sentencia: “Un libro grande es un gran daño.” A juzgar por los volúmenes descubiertos y por los datos que hallamos en Plinio, el tamaño usual era de unos 10 metros de largo por unos 25 cm de ancho. El rollo cerrado hacía un espesor de unos 5 o 6 cm, y cabía en el hueco de la mano.

Es raro que se escriba en los dos lados de la banda. Generalmente, la cara externa se deja en blanco. Y, a lo largo de la cara interna, la escritura se divide en columnas paralelas que corresponden a nuestras páginas y que, de hecho, se llamaron página. El texto comienza a la izquierda, y las columnas se suceden de izquierda a derecha con un margen que encuadra como un marco blanco cada página. La columna suele tener una anchura de unos 8 cm. Para los versos, la anchura depende del metro. Los buenos ejemplares muestran una escritura muy regular y dan el efecto de la impresión. El área de la superficie escrita es más o menos la de nuestro in-octavo en la mayoría de los casos.

En un volumen cabían dos cantos de la Ilíada. Las obras extensas se dividían en varios “libros”, a uno por rollo. Así como el lector moderno espera que cada volumen de una obra acaba en determinado punto apropiadamente escogido, así el lector antiguo. Y cuando las obras eran pequeñas, se las escribía unas a continuación de otras en un volumen misceláneo.

Los libros antiguos eran manuscritos cuidadosamente caligrafiados, según normas establecidas y preconizadas por las casas de publicaciones. Las palabras en los manuscritos latinos aparecen bien espaciadas, pero no así en los manuscritos griegos. Apenas se usa la puntuación. No había división en capítulos. De aquí que las citas antiguas sólo se refieran al título del libro, lo que hoy nos parece muy vago.

Se escribía con una caña (calamus), aguzada a navaja. La tinta se hacía con jugos naturales. Es fuerte y persistente como la tinta china, y conserva hasta hoy su negrura. Los romanos escribían los títulos, y a veces los encabezamientos, con tinta roja. También usaban algunos instrumentos auxiliares, como regla y compás para equilibrar los renglones. Todo un juego de estos implementos, incluso el tintero, puede verse en los murales de Herculano, ahora custodiados en el Museo Nacional de Nápoles.

Tampoco faltaban los libros ilustrados, cuyo eximio abuelo pudo haber sido aquel tratado de Anaximandro el Milesio con el primer mapa terrestre. Desde luego, los libros matemáticos necesitaban dibujos. Dos fragmentos de Euclides en papiro contienen trazos explicativos. Según Plinio, los griegos ilustraban también las obras de farmacología
con plantas a colores. Los romanos adornaban las biografías con retratos. Plinio aplaude la ocurrencia de Varrón al haber ilustrado su grande obra biográfica (Imagines o Hebdomades) con 700 figuras de personalidades eminentes, dándoles así “inmortalidad y
omnipresencia”. La aparición de esta obra única —destinada al “gran público”— merece ser señalada. Cómo se hayan podido hacer tantas copias de un libro tan profusamente ilustrado sin contar con medios mecánicos de reproducción es un verdadero enigma.

Las obras de los grandes autores, por ejemplo Virgilio, solían llevar el retrato a los comienzos.

El título de la obra no siempre aparece en el rollo mismo; a veces está al principio; a veces, al fin. Pero, en general, figura en una etiqueta pegada al exterior del rollo. En el Museo Británico se conserva un fragmento de papiro que contiene versos líricos de Baquílides, cuya etiqueta dice muy claramente: Bakchylidou Dithyramboi. En los frescos de Herculano se ven rollos con etiquetas colgantes.

En la literatura romana hay frecuentes referencias a los rollos y a su apariencia. La cabeza y cola del manuscrito estaban especialmente reforzados, pulidos cuidadosamente con pómez y, a veces, coloridos con algún tinte. El desenrollar los volúmenes e irlos enrollando por el otro extremo al leerlos se facilitaba por el empleo de una reglita de madera insertada en el volumen o prendido a su extremo. En los papiros de Herculano quedan vestigios de estas reglas. Por otra parte, no han aparecido ejemplares de los ornamentos descritos por algunos autores: varas de ébano, marfil, oro, o estuches de cuero purpurado que hacían veces de encuadernación.

Para la lectura se usaban ambas manos: la izquierda asía el comienzo de la banda, y la iba enrollando al paso de la lectura, “página” a “página”; la derecha sostenía el resto del rollo y lo iba entregando a la izquierda. De modo que, al acabar la lectura, todo quedaba al revés y, como se hace con las cintas cinematográficas, había que enrollarlo de nuevo en sentido inverso. Una pintura mural de Pompeya (Museo de Nápoles) muestra a un joven vestido con chitón amarillo y túnica verde, absorto en la lectura a tal punto que ha olvidado enrollar el volumen con la izquierda conforme va leyendo, y deja colgar al suelo el manuscrito.

En otro fresco de igual procedencia, que también se ve en el Museo de Nápoles, una muchacha rubia, asomada a un balcón y vestida de verde y rojo, desenrolla y lee atentamente un manuscrito, empleando desde luego ambas manos.

Los que han visitado el Vaticano conocen la estatua del comediógrafo Posídipo quien, reclinado en una silla, lleva en la mano el rollo que, se diría, acaba de leer.

Como regla, este atributo caracteriza las estatuas de los poetas, escritores, oradores, pero con frecuencia es una adición moderna a las esculturas antiguas.

Durante toda la edad clásica, y hasta fines del siglo III d. c., el volumen de papiro era lo usual. Después, se lo sustituye con el pergamino. Este material, hecho de cuero de res, no fue desconocido en la era del papiro, puesto que Plinio, fundándose en el anticuario Varrón, dice que el pergamino fue descubierto en Pérgamo como sustituto del papiro egipcio. Tolomeo Epifanes, rey de Egipto entre los años 205 y 182 a. c., parece que prohibió la exportación del papiro, medida dictada especialmente contra Eumenes II, rey de Pérgamo, cuya capital poseía una biblioteca que competía activamente con las famosas bibliotecas de Alejandría. Es probable, pues, que el pergamino, conocido de tiempo atrás como material para la escritura, haya sido usado primeramente en Pérgamo, como el nombre mismo lo indica, en la forma acostumbrada de un rollo. Pero algunos aducen testimonios para demostrar que hay menciones del pergamino desde la IV Dinastía Faraónica, hacia 1500 a. c. Otro supone que ya lo usaron los fenicios, y el de más allá resucita un pasaje de Heródoto donde se habla del pergamino entre los jonios del Asia Menor, como recurso desesperado a falta de papiro. En todo caso, el pergamino sólo fue una forma transitoria en el desarrollo del libro, por pesado e incómodo. De aquí que se pasara a la forma del códice, en hojas aparte, de donde proviene el libro moderno.

Parece que primeramente ni siquiera se dijo pergameenneé, sino diphtherai, y que por primera vez aparece el término “pergamino” en la primera mitad del siglo I. Por lo pronto, el término consta ya en San Jerónimo y en un edicto de Diocleciano. Marcial (40.104 d. c.) lo conoce ya, en formato diminuto para los viajeros, las ediciones escolares, las antologías; en suma, para aquellos usos en que se lo consideró más adecuado que los delicadísimos papiros. Es obvio que tales ediciones, en efecto, no eran libros ordinarios y corrientes, por lo mucho que se insiste siempre en advertir, a modo de singularidad, que eran volúmenes en vitela (in membranis). El pergamino era más resistente y más barato que el papiro, pero no fue adoptado fácilmente en el comercio del libro. Plinio describe la manufactura del papiro hasta el último detalle, pero, en cambio, nada dice de la vitela.
Su hermoso epigrama —“a no ser por los libros, la cultura humana sería tan efímera como lo es el hombre”— se refiere expresamente al papiro (charta). Toda la antigua producción de librería prefería esta forma ligera y elegante, y había cierta aversión contra la pesadez y rudeza del pergamino. Galeno, el gran médico del siglo II d. c., opinaba, por razones higiénicas, que el pergamino, debido a su brillo, lastima y fatiga los ojos más que el opaco y suave papiro, el cual no refleja la luz. El jurista Ulpiano (t 229 d. c.) examinó como problema legal el punto de silos códices de vitela o pergamino debían ser considerados como libros en los legados de bibliotecas, punto que ni siquiera merecía discutirse para los papiros.

Pero las ventajas de los códices en pergamino comenzaron a manifestarse precisamente en el caso de obras y registros legales. Estos volúmenes debían resistir un manejo constante y una consulta asidua; también convenía que fueran baratos, al alcance de cualquier fortuna. Por lo mismo, la Iglesia prefirió tales códices para las obras religiosas.
Y esta forma vino a ser tan característica de la literatura cristiana que, en Egipto, la cuna misma del papiro, comenzaron a fabricarse códices de papiro, por imitación del pergamino. En la literatura pagana, por otra parte, el volumen de papiro dominó sin género de duda hasta el siglo IV d. c. Pero la vitela le iba ganando terreno, y su victoria final fue precipitada por las considerables mejoras de su manufactura, notable ya desde el siglo III a. c. El joven emperador Maximino estudiaba a Homero en un ejemplar de vitela purpurada escrita con tinta de oro. Este lujo, entre las protestas de los Padres de la Iglesia, contaminó igualmente a los libros de religión. Ejemplo, el Codex Argenteus (vitela color cereza y tinta de plata), que aún se admira en Upsala.

En el siglo IV comenzó la tarea de copiar toda la literatura clásica en vitela. Ya en 372, un edicto de Valentiniano habla del empleo, en las bibliotecas, de una planta de copistas para multiplicar los códices.

Los llamados viejos manuscritos (palimpsestos) que se custodian en las grandes bibliotecas modernas (la Vaticana en Roma, la Laurenciana en Florencia, el Museo Británico, etc.) no son originales de la Antigüedad clásica, sino copias privadas escritas por los monjes para sus monasterios durante la Edad Media. En sus pacíficos reductos, estos monjes salvaron así de la ruina alguna porción de las letras clásicas. De la Antigüedad misma sólo nos quedan fragmentos que no pueden compararse en extensión ni importancia con los tesoros monásticos.

Alfonso Reyes, “Libros y libreros en la Antigüedad”, Obras completas XX, Fondo de Cultura Económica, México, 2000, pp. 369-375. 

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