Retrato de Alfonso Reyes. Por Carlos Pellicer

I
La palabra a la mano y en la mano
toda la flor de la sabiduría.
Era un bosque y hablaba como el día;
noche de lucidez tuvo su arcano .

Fue como un príncipe republicano;
un diamante de toda garantía.
Un diamante engarzado en la alegría
de tener siempre cerca lo lejano.

Si de la Poesía los confines
alcanzó, los antiguos paladines
le vieron junto al mar armando el viaje

que entre sirenas y constelaciones
colocó, a la manera de un paisaje
lleno de misteriosas relaciones.

II

En el espacio de una perla, cabe;
es todo el mar y sólo es una gota.
Escribe con ternura de gaviota
Poniéndole la sal a su jarabe.

Hay un rincón en el que todo cabe:
el arpa abandonada y lo que brota
de tanta soledad. De odio, ni jota.
Nada que la armonía menoscabe

Si con los ojos la palabra hechiza
y sonríe al mirar, su voz maciza
de pájaro barítono clarea.

¡Ay, Alfonso, qué hermoso haber estado
contigo tantas veces! Lisonjea
toda una vida haberte siempre amado.

III

Si sacar las palomas del sombrero
aun cuando en el sombrero no hay palomas …
Esto fue así ¿no es cierto? Las palomas
a veces fueron águilas primero.

Toda Tenoxtitlán y todo Homero
y diagonales límpidas de aromas.
y las Grecias, las Francias y las Romas
le dieron de sus luces el lucero.

Si Góngora y el Cid —alma y diadema—
diéronle conjunción y no dilema;
si habitar el idioma fue su silla

y comprender, el drama de su juego,
Alfonso Reyes, hombre y maravilla
tuvo del solla luz y el amor ciego.

Las Lomas, junio 4 y 5 de 1960

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