La noche cíclica. Por Jorge Luis Borges

A Sylvina Bullrich

Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras:
los astros y los hombres vuelven cíclicamente;
los átomos fatales repetirán la urgente
Afrodita de oro, los tebanos, las ágoras.

En edades futuras oprimirá el centauro
con el casco solípedo el pecho del lapita;
cuando Roma sea polvo, gemirá en la infinita
noche de su palacio fétido el minotauro.

Volverá toda noche de insomnio: minuciosa.
La mano que esto escribe renacerá del mismo
vientre. Férreos ejércitos construirán el abismo.
(David Hume de Edimburgo dijo la misma cosa).

No sé si volveremos en un ciclo segundo
como vuelven las cifras de una fracción periódica;
pero sé que una oscura rotación pitagórica
noche a noche me deja en un lugar del mundo

que es de los arrabales. Una esquina remota
que puede ser del Norte, del Sur o del Oeste,
pero que tiene siempre una tapia celeste,
una higuera sombría y una vereda rota.

Ahí está Buenos Aires. El tiempo que a los hombres
trae el amor o el oro, a mí apenas me deja
esta rosa apagada, esta vana madeja
de calles que repiten los pretéritos nombres

de mi sangre: Laprida, Cabrera, Soler, Suárez…
Nombres en que retumban (ya secretas) las dianas,
las repúblicas, los caballos y las mañanas,
las felices victorias, las muertes militares.

Las plazas agravadas por la noche sin dueño
son los patios profundos de un árido palacio
y las calles unánimes que engendran el espacio
son corredores de vago miedo y de sueño.

Vuelve la noche cóncava que descifró Anaxágoras;
vuelve a mi carne humana la eternidad constante
y el recuerdo ¿el proyecto? de un poema incesante:
«Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras…»

A Cuernavaca. Por Alfonso Reyes

A Cuernavaca voy, dulce retiro,
cuando, por veleidad o desaliento,
cedo al afán de interrumpir el cuento
y dar a mi relato algún respiro.

A Cuernavaca voy, que sólo aspiro
a disfrutar sus auras un momento:
pausa de libertad y esparcimiento
a la breve distancia de un suspiro.
Ni campo ni ciudad, cima ni hondura;
beata soledad, quietud que aplaca
o mansa compañía sin hartura.

Tibieza vegetal donde se hamaca
el ser en filosófica mesura…
¡A Cuernavaca voy, a Cuernavaca!

II

No sé si con mi ánimo lo inspiro
o si el reposo se me da de intento.
Sea realidad o fingimiento,
¿a qué me lo pregunto, a qué deliro?
Básteme ya saber, dulce retiro
que solazas mis sienes con tu aliento:
pausa de libertad y esparcimiento
a la breve distancia de un suspiro.

El sosiego y la luz el alma apura
como vino cordial; trina la urraca
y el laurel. de los pájaros murmura;

Vuela una nube; un astro se destaca,
y el tiempo mismo se suspende y dura . . .
¡A Cuernavaca voy, a Cuernavaca!

Decir: Hacer. Por Octavio Paz

A Roman Jakobson

Entre lo que veo y digo,
Entre lo que digo y callo,
Entre lo que callo y sueño,
Entre lo que sueño y olvido:

La poesía

 

Se desliza entre el sí y el no:
dice
lo que callo,
calla
lo que digo,
sueña
lo que olvido.

No es un decir:
es un hacer.
Es un hacer
que es un decir.

La poesía
se dice y se oye:
es real.
Y apenas digo
es real,
se disipa.


¿Así es más real?
Idea palpable,
palabra
impalpable:
la poesía
va y viene
entre lo que es
y lo que no es.
Teje reflejos
y los desteje.

La poesía
siembra ojos en la página
siembra palabras en los ojos.
Los ojos hablan
las palabras miran,
las miradas piensan.


Oír
los pensamientos,
ver
lo que decimos
tocar
el cuerpo
de la idea.
Los ojos
se cierran
Las palabras se abren.

Octavio Paz

Testimonios literarios y descubrimiento de papiros. Por Alfonso Reyes

1. Testimonios literarios y descubrimiento de papiros

EL INFORMAR sobre lo obvio es superstición histórica o vicio de coleccionista entre los modernos. Los antiguos eran más sobrios. Apenas han dejado escasas noticias sobre lo que fue, en su tiempo, la fabricación y la circulación de los libros. Ni sospechan el interés del anticuario futuro, ni la importancia que habían de adquirir con los siglos las artes y las instituciones de la librería, apenas en embrión. Platón, Jenofonte, Aristóteles ¿cómo iban a suponer que buscaríamos en sus obras los vestigios para la reconstrucción de este capítulo perdido? ¿Cómo habían de suponerlo Cicerón, Horacio o Marcial? A las casuales informaciones de los clásicos añadamos tales páginas fortuitas de la más antigua Patrística o la más temprana Edad Media: el mosaico no se completa.

Pero una cosa es la institución de la librería y otra la apariencia de aquellos objetos que entonces equivalían a nuestros libros. Sobre ellos nos ilustran, indirectamente, las artes —estatuas, relieves, vasos y murales—, y directamente, los millares de copias que aún conservamos, aunque sea en estado de ruinas. Tales los papiros que tanta luz han venido a dar sobre ciertas zonas de la literatura griega.

En 1752 se desenterró la Villa de los Pisones en Herculano, aquella ciudad que desapareció con Pompeya, el año de 79, bajo la erupción del Vesubio. Allí se encontraron hasta 1 800 rollos carbonizados que hoy custodia, en su mayor parte, la Biblioteca Nacional de Nápoles y de que unos cuantos emigraron hacia la Bodleiana de Oxford. Ha sido posible restaurarlos de algún modo y leerlos. Estos rollos o “volúmenes” eran los libros de los antiguos.

De tiempo en tiempo, los papiros han venido apareciendo en Egipto. Durante los últimos cincuenta años se ha producido una verdadera marea. Se encuentran obras que gozaron de singular predilección entre los grecoegipcios de la edad tolemaica y los grecorromanos del Imperio: de comienzos del siglo III a. c. hasta el crepúsculo de la Antigüedad clásica. El Museo Británico posee una rica colección. Los volúmenes yacían secularmente enterrados bajo las arenas del desierto, o se los ha rescatado materialmente de los basureros suburbanos. Otros habían servido para envolver los cadáveres, y otros, en fin, según la antigua costumbre de acompañar a los muertos con sus objetos favoritos, habían ido a dar a los féretros. Hay papiros notoriamente destinados al público, y los hay de uso privado.

2. Rollos de papiro y códices de pergamino

EL MATERIAL del libro clásico era el “volumen” o rollo de papiro. El papiro se importaba de Egipto y, en la Antigüedad, casi sólo en aquel suelo se daba, aunque hoy ha desaparecido del todo por la cuenca del Nilo. Los árabes, en sus excursiones victoriosas, lo llevaron primeramente a Sicilia, donde las graciosas cañas todavía impresionan al viajero en las cercanías de Siracusa.

El uso del papiro para la escritura es un temprano descubrimiento egipcio, aprovechado pronto, como tantos otros descubrimientos de aquel pueblo vetusto y admirable, por los griegos y los romanos.

La manufactura de las bandas de papiro ha sido minuciosamente descrita por Plinio el Viejo en su Historia natural, obra que viene a ser una enciclopedia. El proceso era complicado y difícil, y el papiro resultaba caro, más que el buen papel de nuestros días. La industria tenía singular importancia entre los artículos de exportación que elaboraban los egipcios. Por los días del Imperio Romano, parece que era un monopolio imperial. Entre los llamados Papiros Tebtunis, se ha encontrado un recibo por los derechos que percibía el Estado. Se nos dice que el emperador Firinus (siglo III d. c.) se jactaba de poder sostener un ejército entero con los productos de este comercio. Tal vez quiso significar que él mismo era dueño de grandes manufacturas de papiro. En todo caso, la Roma imperial consumía enormes cantidades de este precioso material: ocupaba toda la carga de algunos barcos, y se lo conservaba luego en almacenes especiales (horrea chartaria).

Juvenal, en su primera sátira, dice que el libro de papiro está condenado a una vida efímera; y de hecho, sólo en el clima seco del desierto ha podido perdurar el papiro hasta nuestros días. En climas más húmedos, la vida de este material es muy limitada: los antiguos consideraban ya como una rareza un rollo de doscientos años. Y todavía el decaimiento aumenta con el manejo y el constante enrollar y desenrrollar. Además, no hay que olvidar la obra destructora de la polilla, tan aficionada a los rollos de papiro como ya lo lamentaba Luciano. Horacio se queja, burlescamente, de que su obra ha de desaparecer bajo la plaga de la “inestética” polilla.

En Grecia, el uso de los libros en forma de rollo puede rastrearse al menos desde comienzos del siglo V a. c. En adelante, se lo encuentra corrientemente representado en las obras de arte, como el magnífico relieve ático en cierta tumba de la abadía de Grottaferrata, junto a Roma, que figura a un muchacho lector en actitud sedente.

Por toda la edad clásica, el rollo de papiro fue el vehículo de la cultura griega; cuando Grecia fue avasallada, los romanos adoptaron el producto, desde el siglo II a. c.

En los días del Imperio, se encontraban en Roma varias calidades de papiro. El mejor se llamaba “imperial” (Augusta, Livia o Claudia). Ya Catulo habla del “real” (charta regia) como de un lujo. Las fábricas egipcias entregaban rollos de distintas formas y dimensiones. Para las obras científicas se prefería el papiro de dimensiones grandes, el rollo ancho; y el más pequeño se consideró más propio de la poesía. Desde luego, los grandes rollos corrían peligro de desgarrarse más fácilmente, y eran, digamos, “menos populares”. Se atribuye a Calímaco esta sentencia: “Un libro grande es un gran daño.” A juzgar por los volúmenes descubiertos y por los datos que hallamos en Plinio, el tamaño usual era de unos 10 metros de largo por unos 25 cm de ancho. El rollo cerrado hacía un espesor de unos 5 o 6 cm, y cabía en el hueco de la mano.

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Amado Nervo y Ramón López Velarde. Diálogo de los muertos. Por José Emilio Pacheco

Aún no amanece. La calle de Madero está desierta. Ramón López Velarde sale de la Torre Latinoamericana, que ocupa el sitio del edificio en donde tuvo su despacho de abogado, y se encuentra con Amado Nervo. Ambos visten de negro y llevan en la mano ‘Asamblea de jóvenes poetas de México’, presentación de Gabriel Zaid, Siglo XXI.

LÓPEZ VELARDE: Buenos días, maestro (ante el desconcierto de Nervo). ¿No se acuerda de mí? Nos conocimos cuando usted regresó de España. Le regalé un libro que se llama ‘La sangre devota’.
NERVO: Por supuesto que me acuerdo, Ramón ¿Cómo estás?
LÓPEZ VELARDE: Como usted: muerto. Llevamos sesenta años sin vernos.
NERVO: Sí, pero no he dejado de leerte. ¿Por qué no me hablas de tú?
LÓPEZ VELARDE: No puedo. Me sé de memoria sus versos. Usted es nuestro as de ases, el poeta máximo nuestro.
NERVO: Gracias. Eres muy amable. Pero todo cambió hace mucho tiempo. Nuestro “as de ases” eres tú. Cuando vivías nadie te tomaba en cuenta. Eras un abogado que escribía poemas extravagantes, mientras a la muerte de Darío me declaraban “el mayor poeta de América”. Sic transit. Hoy ya no existo. Y ¿sabes quiénes me dieron la puntilla? Los mismos que acabaron de consagrarte: Xavier Villaurrutia, Octavio Paz y José Luis Martínez.
LÓPEZ VELARDE, que sigue siendo timidísimo, enrojece, se acomoda el cuello almidonado, observa la Casa de los Azulejos, cambia de tema: No hay una sola de las veinticuatro horas en que Madero no conozca mi pisada. Fue una calle, luego una ‘rue’ y ahora es una ‘street’. Cada día la piscina de azulejos de nuestros patios se enturbia más con la filtración yanqui. Es la hora solapada en que se nace, se muere y se ama. México parece una necrópolis. Yo, sin ser la capital, me siento otra necrópolis.

Siguen caminando. A su lado pasan los personajes del ‘Sueño de una tarde en la Alameda’. Cambian saludos. Frente al palacio de Iturbide, Nervo rompe la incomodidad del silencio.
NERVO: Veo que leemos el mismo libro. Me desconcierta, como es natural, pero sobre todo me llena de entusiasmo este increíble triunfo de la poesía cuando hasta hace pocos años se la daba por muerta.
LÓPEZ VELARDE: Lamento discrepar de usted, maestro. Para mí ‘Asamblea…’ es precisamente un acta de defunción. La poesía se ha vuelto a la vez fácil e imposible. Si ya todo es poesía, ya nada es poesía.
NERVO: Depende de lo que entiendas por poesía. Qué curioso: eres dieciocho años más joven que yo, viviste dos más, creciste sobre las ruinas de mi trabajo, y sin embargo tus gustos y actitudes quedaron congelados en el modernismo. Yo evolucioné.
LÓPEZ VELARDE: Sí, con perdón de usted, evolucionó hasta encallar en unos versitos ramplones sin arte de ninguna especie.
NERVO: Quise escribir para todos…
LÓPEZ VELARDE: Y terminó por no escribir para nadie, por hacer prosa rimada, periodismo versificado, filosofía barata. Admirándolo como lo admiro, por sus libros de antes, me declaro reacio a sus versos catequísticos, maestro.
NERVO: Tu elitismo es intolerable en 1980, Ramón.
LÓPEZ VELARDE: Lo siento mucho. Es lo que pienso. Y discúlpeme otra vez pero su actitud me parece demagógica y congraciante. Usted sabe que ya se le fue el tren y trata de poner su reloj a la hora.
NERVO: No: Si me lees bien verás que soy de una coherencia absoluta. Practico lo que predico.
LÓPEZ VELARDE: Allá usted. Respeto su posición pero de ningún modo la comparto. Como don Antonio de Campmany y Torres en el siglo XVIII, creo que en poesía lo que no es excelente es despreciable.
NERVO: ¿Cuántos poemas de verdad excelentes escribe incluso un gran poeta como tú a lo largo de toda su vida?
LÓPEZ VELARDE: Muy pocos, poquísimos, no más de cinco o seis en el mejor de los casos. Será cada vez más difícil escribirlos porque si ya no existen niveles, si ya todo da lo mismo, ¿cómo los reconoceremos?
NERVO: La poesía siempre se reconoce. ¿No has encontrado buenos poemas en ‘Asamblea’?
LÓPEZ VELARDE: Sí, desde luego, muchos poemas me han gustado.
NERVO: ¿No te parece entonces que todos debemos estar agradecidos con Gabriel Zaid por haberse tomado el trabajo infinito de presentarnos un panorama, un primer mapa de esa tierra incógnita y, sobre todo, por dar oportunidad a tantos jóvenes que la merecen?
LÓPEZ VELARDE: Lo que ha hecho Zaid es formidable y de una generosidad a toda prueba. La generosidad no es ciertamente un rasgo distintivo de los poetas, que suelen ser solipsistas y no interesarse sino en su propia obra. El problema es otro, mi querido maestro: si yo fuera uno de esos jóvenes y de esas muchachas me gustaría ser considerado un poeta, no un caso sociológico ni un dato estadístico. Sé que no quedaba otro remedio pero sólo desde fuera existe una cosa llamada “novísima poesía mexicana”. En su interior hay personas como usted y como yo para quienes obtener reconocimiento individual será tan difícil como encontrar sitio en las escuelas públicas o consulta en el Seguro Social o asiento en el Metro…
NERVO: El Metro. Me gusta la comparación. La poesía se ha bajado del automóvil individualista, exhibicionista, competitivo, agresor, contaminador, ensordecedor. A partir de ahora todos viajaremos en Metro. El aire volverá a ser respirable.
LÓPEZ VELARDE: Y en la estación Pino Suárez a las seis de la tarde ¿quién va a escuchar una voz individual? Me da vértigo.
NERVO: ¿Por qué? Me parece algo enteramente nuevo y una oportunidad maravillosa: una poesía de todos y para todos en que desaparecen los nombres y sólo cuentan los poemas. Lo que importa es el texto: saber quién lo escribió es algo enteramente secundario.
LÓPEZ VELARDE: Fácil decirlo cuando usted tiene su nichito perfectamente reconocible como el de Amado Nervo.
NERVO: Por fortuna ya no soy nadie Es decir, soy todos Me gustaría ser uno de los muchachos de esta ‘Asamblea’ y tener ante mí un porvenir que no siento como amenaza sino como inmensa posibilidad y aventura. Una página en blanco en que se escribirá una historia diferente.
LÓPEZ VELARDE: ¡Dentro de veinte años!
NERVO: ¿Qué importa? Lo que interesa es el ahora, y en ese ahora vemos lo nunca visto: el triunfo arrasador de la poesía. Es un signo de vida y una de las señales más alentadoras de que las cosas están cambiando en el país.
LÓPEZ VELARDE no contesta. Atraviesan la calle y caminan por la explanada del Zócalo. Las tinieblas han empezado a disolverse.

NERVO: Voy a regalarles ejemplares a María Enriqueta y a Laura Méndez. En nuestros tiempos ellas eran las únicas. En 1980 el dieciocho por ciento de los poetas incluidos en la ‘Asamblea’ son mujeres. Este hecho en sí mismo ¿no te parece entusiasmante?
LÓPEZ VELARDE: Pues sí, pero ¿escriben bien?
NERVO: Muchos de los mejores poemas de la ‘Asamblea’ los hicieron ellas. Ramón, te suplico que releas el libro, pienses en lo que te he dicho y volvamos a discutir. Creo que aún no te recuperas del asombro.
Se detiene un [automóvil] LTD con antenita y sin placas. Bajan tres empistolados que encañonan a los espectros.
EMPISTOLADO I: Quedan detenidos ¿Qué hacen aquí a estas horas y con esos disfraces?
NERVO: ¡Suéltenme! ¡Soy el ministro plenipotenciario de México en las Repúblicas del Plata!
LÓPEZ VELARDE: ¡Soy el secretario particular del ministro de Gobernación!
EMPISTOLADO II: ¡Sí, cómo no!, pues yo soy Ronald Reagan.
Intentan subirlos a empellones al auto, pero los espectros se elevan en el aire y, ante el azoro de los empistolados, se posan en la torre de Catedral. Desde allí observan las excavaciones del Templo Mayor. Sale el sol entre los dos volcanes. Nervo y López Velarde se desvanecen en el incendio sinfónico de la hoguera celeste.

José Emilio Pacheco, “Amado Nervo y Ramón López Velarde. Diálogo de los muertos”, Proceso No. 213, 1 de diciembre de 1980, pp. 46-47.

A Circe. Por Julio Torri

¡Circe, diosa venerable! He seguido puntualmente tus avisos. Mas no me hice amarrar al mástil cuando divisamos la isla de las sirenas, porque iba resuelto a perderme. En medio del mar silencioso estaba la pradera fatal. Parecía un cargamento de violetas errante por las aguas.

¡Circe, noble diosa de los hermosos cabellos! Mi destino es cruel. Como iba resuelto a perderme, las sirenas no cantaron para mí.

1917

Origen de la poesía. Por Alfonso Reyes

[Fragmento]

El instinto de imitación, tan imperioso en el niño y que amanece tanto como el hombre, es en sí una fuente de goce, relacionado con el goce del conocimiento. La sinonimia filosófica lo mismo preside a la realización de la idea artística que a la contemplación de la obra ya realizada, y aun al reconocimiento del común denominador que sirve de base a la metáfora (S369 y 466). El placer imitativo lo mismo se experimenta en el ejercicio propio que en el disfrute de la obra ajena. La cosa imitada bien podrá ser en sí misma placentera o penosa: el efecto de la expresión será siempre placentero. El goce intelectual del conocer, origen de todo progreso humano, se matiza y madura con los halagos sensoriales de la vista y del oído. El instinto hacia la imitación y la armonía es el complejo impulso que late en el origen del arte. Tal impulso es una necesidad del alma, y no un lujo más o menos superfluo. Sabemos por la Ética hasta qué punto contribuye a la integración humana el júbilo que resulta de poner en juego nuestras facultades. Cuando aquel impulso, cuando estas facultades imitativas —patrimonio general de los hombres— son eminentes e imperiosos, nace el artista. En nuestro caso, nace el poeta.

Alfonso Reyes, “Origen de la poesía y relación entre sus géneros”, Crítica de la edad ateniense, Obras completas XIII, Fondo de Cultura Económica, México, 1997, p. 256

Diálogo de mi ingenio y de mi conciencia. Por Alfonso Reyes

(Pesadilla)

ERA YO mismo; pero más esbelto y adelgazado: sutil. En el rostro estaban marcadas las rayas de la risa. Las miradas picaban como puntas agudas. La voz se atiplaba, llena de firmeza; y el andar parecía volar.

Al lado de esta extraña visión, y como arrastrado por ella, también me acercaba yo mismo; pero, esta vez, torpe y obeso, bajo, lento. La mirada perdía fijeza y se disipaba, fatigada. El rostro se hacía ancho y vulgar; gruesa y bronca el habla, honda y tenebrosísima.

Y el último y definitivo yo mismo, el que yo no veía ni casi sentía, pero que, en poridad, me explicaba las apariciones del sueño, me dijo así:

—Aquél es tu ingenio; ésta, tu conciencia. Entre ambos se reparten tu alma; y así, no es raro que en medio de las risas llores, y en mitad del llanto sonrías . . .

Iba a continuar cuando, súbitamente, y con una voz de clarín,

—Todo soy yo ímpetu —comenzó mi ingenio; y

—Toda soy yo derrota —salmodió mi conciencia, como desde abajo de la tierra.

—A mí las flores y los cascabeles —gritaba mi ingenio, danzando—; a mí las coronas y los frutos llenos de miel. A mí todos los perfumes de Arabia; a mí todo el oro de la tierra; a mí la risa varonil, la sana soledad y la vida libre de los viajeros. Por mí hay una bandera de gala en la cumbre de la Creación. Por mí pasa mi dueño horas amables; y, en la charla de los amigos y dentro de la sala abrigada, el día es igual a la noche, la noche es igual al día, y las horas arden en el hilo azul del tabaco, o se diluyen, como los terrones de azúcar, en las tazas del té.

—A mí los cardos, para mí las esquilas fúnebres —gemía, en sordina, mi conciencia—; para mí el sabor de la ceniza, y la brasa ardiente sobre los labios de la sed. A mí el amor, y las bocas que se destiñen con los besos; y los ojos fulgurantes en la oscuridad, y los relámpagos de carne desnuda, y el grito y la fiebre y los puñales. A mí todo el hierro de la tierra, y la sombra de los árboles que envenenan. A mí todo el llanto del duelo y todo el sudor de la fatiga. Para mí el mal sueño de la posada extranjera, y el rápido ensillar de los caballos y la fuga trágica en el frío del amanecer. Por mí flota una mortaja en trizas sobre la cumbre de la Creación. Por mí pasa mi dueño horas crueles; y en el diálogo eterno de los que se entienden y de los que se adivinan, el amor se enfría y apaga, mientras crece la antorcha helada de la inteligencia, que consume sin calentar.

Y mi tercer yo me dijo entonces:

—Cuando crees en la seriedad de tu vida, tu conciencia se te adelanta como un obrero que se acerca al taller, la frente estoica y con los brazos desnudos. Tu ingenio entonces, que supera en talla a tu conciencia, si ésta lo supera en vigor, tu ingenio —que es un elegante desdeñoso— se asomará sobre el hombro del pobre obrero, y le hará un guiño, una muequecilla imperceptible: bastante para que la vida te parezca al punto un hormiguero miserable, digno de aplastarlo con los pies. Mas, si te dispones a reír, tu conciencia te lo impedirá. Y así vivirás en un estropearse de tus lágrimas con tus risas —cuando no te asiles en los libros. Porque los libros son, como la libertad, el refugio de los pecadores. Y vivirás para ir satisfaciendo a cada uno de estos lobos hambrientos: tu ingenio, tu conciencia. Y ellos se disputarán el señorío de tu alma.

A este punto llegaba yo en la exégesis de mí mismo, cuando sucedió algo que, aun en la vigilia, me conmueve y me turba. Y fue notar lo que hasta entonces no había notado: que mi ingenio era un hombre, y mi conciencia era una mujer: y mi ingenio la galanteaba, y ella se le rendía, llorando. Y me sublevé y empecé a gritar:

—¡Oh, frívolo, insensato! ¿Qué sabes tú de sus lágrimas? ¿Qué entiendes tú de sus dolores? Tú que sólo eres la sonrisa del conocimiento; tú que sólo eres la opinión del espíritu sobre la materia, ¿qué engendrarás en sus entrañas fecundas? Y tú, necia, vulgar y supersticiosa, que crees en duendes y en endriagos, ¿qué sabes tú de sus sonrisas? ¿Qué entenderás tú de sus alegrías terribles? Tú que sólo eres la amargura de la voluntad; tú que sólo eres la desesperación de la materia ante el espíritu, y el rayo de duda en los ojos del barro, ¿qué aprovecharás de sus inefables semillas? Pues ¿qué imposible maridaje es éste? ¿Qué monstruo de dos cabezas ofrecéis a mi sublevado albedrío?

Pero me detuve temblando. Aquellos dos fantasmas, el varón dotado de alas y la hembra armada de cuchillo, se reproducían en numerosa prole de gnomos, que todos se parecían a mí. Cuando abrí los ojos, sobresaltado, tratando de descifrar las sombras, me llegaron todavía palabras del sueño. Y oí claramente que mi ingenio decía a mi conciencia, significando el entusiasmo ético que ella, vagamente, le despertaba:

—Tu cuello, como la torre de David, edificada para enseñamientos: mil escudos cuelgan de ella: todos de valientes. (Cant. Cant. IV, 4.)

Y que mi conciencia requebraba a mi ingenio, significando la borrachera vital que él, vagamente, le infundía:

—Tus ojos, bermejos del vino; tus dientes, blancos de leche. (Cant. Cant. XLIX, 12.) *

 

 

* En la “Carta a dos amigos”, recogida en alguna serie de mis Simpatías y diferencias, me atreví a observar que esta pagina juvenil anuncia, por caminos independientes, la parábola de Paul Claudel Animus et anima, primeramente publicada en la Nouvelle Revise Française, París, octubre de 1925. (Referencia a Lucrecio, a la Psychomachia de Prudencio, y a Jung.)

 

 

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1997-2019 (22 años)

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