Palabras sobre el humanismo. Por Alfonso Reyes

A MUCHAS cosas se ha llamado humanismo. En el sentido más lato, el término abarca todo lo humano, y por aquí, el conjunto del mundo, que al fin y a la postre sólo percibimos como una función humana y a través de nosotros mismos. Como todas las nociones demasiado amplias, esta explicación, sin ser verdadera ni falsa, no explica nada, no aprovecha o, como se dice en portugués, “no adelanta”. En el sentido más estrecho, el término suele reducirse al estudio y práctica de las disciplinas lingüísticas y las literarias, lo cual restringe demasiado el concepto y no señala con nitidez suficiente su orientación definitiva. En el sentido más equívoco se ha llegado a confundir el humanismo con el humanitarismo, especie filantrópica que nos lleva a terrenos muy diferentes. Cierto escritor, que precisamente acababa de publicar un libro sobre el humanismo, me dijo que él no era humanista porque, si en un viaje por mar veía caerse por la borda a un pasajero insignificante y, a la vez, un cuadro de Velázquez, preferiría arrojarse al agua para salvar el cuadro y no al pasajero. Después de esto, yo ya no vi el objeto de leer su libro.

En aquel proceso de reeducación que, durante la Edad Media, sucedió a la sumersión de Europa por los bárbaros, se llamó “humanidades” a los estudios consagrados a la tradición grecolatina. Mediante ellos se procuraba modelar otra vez al hombre civilizado, al hombre. Y no sin una grave conciencia de la responsabilidad, por cierto: tal vez se oye decir a un austero doctor medieval que quienes están profesionahnente obligados a la frecuentación de los autores gentiles deben cuidarse mucho de que con ello no padezca su alma.

Durante el Renacimiento, el humanismo procura contemplar el pensamiento teológico, y más de una vez rompe el cuadro férreo en que éste llegó a encerrar la educación. Pues el hombre como ser terrestre merecía un sitio junto al hombre entendido como criatura divina. Esta actitud naturalista asumió, en ocasiones, la forma de una polémica entre el laico y el religioso y hasta se extremó en alardes de neopaganismo artificial. En La vida es sueño, de Calderón, tan teólogo como poeta, todavía se recogen los ecos del diálogo entre la dignidad natural y la dignidad sobrenatural del hombre.

De modo general, el humanismo se mantiene como agencia útil y progresista. Recomienda el uso de la preciosa razón frente a los bajos arrestos del instinto y de la pura animalidad. Propone el ideal del homo sapiens, el hombre como sujeto de sabiduría humana.

Sobreviene luego el desenvolvimiento de las ciencias positivas. Éstas insisten en el homo faber, el hombre como dueño de técnicas para dominar el mundo físico. Y un buen día, el humanismo aparece, por eso, como un vago y atrasado espiritualismo.

Semejante confusión se aclara fácilmente: más que en el cuerpo cambiante de conocimientos determinados, el humanismo se ocupa en las características estables del hombre, características que tales conocimientos meramente atraviesan dejando en ellas sus depósitos. Y así, hasta los libreros saben que las bibliotecas privadas de los humanistas conservan mejor su precio con los años que las de los hombres científicos.

Por de contado que ambos puntos de vista, el de la ciencia positiva y el del humanismo, se concilian en la armoniosa cultura. También, en principio, siempre es dable conciliarlos con el sentimiento religioso, a pesar de los desvíos históricos a uno y a otro extremo. ¿Por qué ha de haber siempre reyertas para disputarse la codiciada presa que es la educación humana? La disputa entre el humanismo y la ciencia, o entre el sentir laico y el religioso, continuarán aquí, con nuevos acentos, la disputa abierta en la Antigüedad entre la filosofía y la retórica.

Max Scheler predice la futura y deseable integración de los tres órdenes del saber que él enumera: 1) el saber de salvación, ejemplificado con la India; 2) el saber de cultura, ejemplificado con China y Grecia; 3) el saber de técnica, ejemplificado con el Occidente moderno.**

Hoy el humanismo no es, pues, un cuerpo determinado de conocimientos, ni tampoco una escuela. Más que como un contenido específico, se entiende como una orientación. La orientación está en poner al servicio del bien humano todo nuestro saber y todas nuestras actividades. Para adquirir esta orientación no hace falta ser especialista en ninguna ciencia o técnica determinada, pero sí registrar sus saldos. Luego es necesario contar con una topografía general del saber y fijar su sitio a cada noción. Por lo demás, toda disciplina particular, por ser disciplina, ejercita la estrategia del conocimiento, robustece la aptitud de investigación y no estorba, antes ayuda, al viaje por el océano de las humanidades. En Aristóteles hay un naturalista; en Bergson, un biólogo; y nuestra Sor Juana Inés de la Cruz pedía a las artes musicales algunos esclarecimientos teológicos.

Y es así como se establece la conversación —tan orillada a la controversia— entre el hombre y el mundo, o, como alguna vez hemos dicho, entre el yo y el no yo, el Segis y el Mundo, que tal viene a ser el eterno soliloquio de Segismundo.

Digamos para terminar que esta función del humanismo sólo puede plenamente ejercerse y sólo fructifica sobre el suelo de la libertad: el suelo seguro. Y no sólo la libertad política —lo cual es obvio y ni siquiera admitimos discutirlo por no agraviar a quien nos lea o nos escuche rebajándolo al nivel de la deficiencia mental—, sino también la libertad del espíritu y del intelecto en el más amplio y cabal sentido, la perfecta independencia ante toda tentación o todo intento por subordinar la investigación de la verdad a cualquier otro orden de intereses que aquí, por contraste, resultarían bastardos.

México, 8-VI-1949

* “México en la Cultura”, suplemento de Novedades, México, 12 de junio de 1949, núm. 19, p. 1, con el título de “Idea elemental del humanismo”.

** Más ampliamente se había referido Reyes a esta concepción de Scheler al final de su ensayo sobre la “Posición de América” (1942), en Obras Completas XI, p. 270. (Ver www.alfonsoreyes.org)

Alfonso Reyes, “Palabras sobre el humanismo”, Andrenio: perfiles del hombre, Obras Completas XXFondo de Cultura Económica, México, 1979, pp. 402-404.

 

¿Quiénes somos los mexicanos? (Diálogos en la multiculturalidad). El Colegio Nacional

Coordina: Miguel León Portilla (El Colegio Nacional e Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM), 5 de julio de 2017.

Gabriel García Márquez digital

El  Harry Ransom Center de la Universidad de Texas en Austin acaba de publicar en línea el archivo del Premio Nobel Gabriel García Márquez (1927–2014). Más de 75 cajas de documentos conforman el archivo del autor colombiano, figura clave en la historia y política de América Latina.

El archivo digital de García Márquez incluye manuscritos originales de obras publicadas e inéditas, material de investigación, fotografías, libros de recortes, correspondencia, recortes, cuadernos de notas, guiones, material impreso, y una grabación de audio de su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura en 1982. El archivo en línea cuenta con recurso de búsqueda de texto, y contiene aproximadamente 27.500 materiales digitalizados a partir de los documentos de García Márquez.

Otras adiciones a la colección incluyen una copia mecanografiada con tinta al carbón de la novela El Coronel no Tiene Quien le Escriba, notas escritas a mano en tarjetas personalizadas, cartas mecanografiadas, y una copia de El General en su Laberinto con más de una docena de enmendaduras de la mano del autor.

Además de García Márquez, otros laureados con el premio Nobel hacen parte de las colecciones del Ransom Center, tales como Samuel Beckett, J. M. Coetzee, T. S. Eliot, Ernest Hemingway, Doris Lessing, George Bernard Shaw, Isaac Bashevis Singer, John Steinbeck y W. B. Yeats.

La colección en línea puede consultarse en el siguiente enlace: https://hrc.contentdm.oclc.org/digital/collection/p15878coll73

Fuente: http://www.hrc.utexas.edu

 

 

La noche cíclica. Por Jorge Luis Borges

A Sylvina Bullrich

Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras:
los astros y los hombres vuelven cíclicamente;
los átomos fatales repetirán la urgente
Afrodita de oro, los tebanos, las ágoras.

En edades futuras oprimirá el centauro
con el casco solípedo el pecho del lapita;
cuando Roma sea polvo, gemirá en la infinita
noche de su palacio fétido el minotauro.

Volverá toda noche de insomnio: minuciosa.
La mano que esto escribe renacerá del mismo
vientre. Férreos ejércitos construirán el abismo.
(David Hume de Edimburgo dijo la misma cosa).

No sé si volveremos en un ciclo segundo
como vuelven las cifras de una fracción periódica;
pero sé que una oscura rotación pitagórica
noche a noche me deja en un lugar del mundo

que es de los arrabales. Una esquina remota
que puede ser del Norte, del Sur o del Oeste,
pero que tiene siempre una tapia celeste,
una higuera sombría y una vereda rota.

Ahí está Buenos Aires. El tiempo que a los hombres
trae el amor o el oro, a mí apenas me deja
esta rosa apagada, esta vana madeja
de calles que repiten los pretéritos nombres

de mi sangre: Laprida, Cabrera, Soler, Suárez…
Nombres en que retumban (ya secretas) las dianas,
las repúblicas, los caballos y las mañanas,
las felices victorias, las muertes militares.

Las plazas agravadas por la noche sin dueño
son los patios profundos de un árido palacio
y las calles unánimes que engendran el espacio
son corredores de vago miedo y de sueño.

Vuelve la noche cóncava que descifró Anaxágoras;
vuelve a mi carne humana la eternidad constante
y el recuerdo ¿el proyecto? de un poema incesante:
«Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras…»

Decir: Hacer. Por Octavio Paz

A Roman Jakobson

Entre lo que veo y digo,
Entre lo que digo y callo,
Entre lo que callo y sueño,
Entre lo que sueño y olvido:

La poesía

 

Se desliza entre el sí y el no:
dice
lo que callo,
calla
lo que digo,
sueña
lo que olvido.

No es un decir:
es un hacer.
Es un hacer
que es un decir.

La poesía
se dice y se oye:
es real.
Y apenas digo
es real,
se disipa.


¿Así es más real?
Idea palpable,
palabra
impalpable:
la poesía
va y viene
entre lo que es
y lo que no es.
Teje reflejos
y los desteje.

La poesía
siembra ojos en la página
siembra palabras en los ojos.
Los ojos hablan
las palabras miran,
las miradas piensan.


Oír
los pensamientos,
ver
lo que decimos
tocar
el cuerpo
de la idea.
Los ojos
se cierran
Las palabras se abren.

Octavio Paz

El vendedor de felicidad. Por Alfonso Reyes

COMO en el verso de Rubén Darío, “fue en alguna extraña ciudad”. El nombre no importa. Basta saber que era una de esas horas en que todas las cosas parecen irreales. La gente iba y venía y nadie hacía caso de un vendedor ambulante que anunciaba alguna mercancía invisible. Temí que fuera uno de esos traficantes en tentaciones vulgares. Era hombre de edad indefinida. En sus ojos había muchos siglos de malicia y, de repente, destellos de juventud y candor. La curiosidad me atrajo.

—Vendo —me dijo— el secreto de la felicidad. Vendo la felicidad por cinco centavos, y nadie quiere hacerme caso.

—Buena mercancía en los tiempos que corren —le contesté— y sin duda en todos los tiempos. Pero los hombres somos desconfiados por naturaleza. Un negocio demasiado bueno nos pone recelosos. “No caerá esa breva”, decimos, y nos alejamos llenos de dudas. Santiago Rusiñol salió por la plaza de un pueblo de Cataluña un día de feria, disfrazado de campesino. Quería probar la estupidez humana. Llevaba una cesta llena de “duros”, monedas de a cinco pesetas, y anunciaba que vendía duros a tres pesetas. Todos se detenían un instante, examinaban los duros, los mordían, los hacían sonar sobre el suelo, y no se decidían a comprarlos. No hubo uno solo que creyera en la felicidad.

—Sin embargo —me dijo el vendedor ambulante—, por cinco centavos bien vale la pena de probar. ¿Se atreve usted?

Me atreví. Nos sentamos en el umbral de una puerta. Y mi embaucador comenzó:

—No voy a venderle a usted un sermón moral o religioso. Si usted es hombre de sólidas bases religiosas o morales, mi secreto no le sirve a usted para nada, porque entonces cuenta usted con sostenes superiores al anhelo de felicidad práctica. No quiero defraudarlo a usted. Mi mercancía sólo aprovecha a los escépticos absolutos.

—Pues yo soy uno de ellos —le dije, por seguirle el humor y para conocer el fin de la historia—. Estoy asqueado de la humanidad, lo que hoy por hoy no tiene nada de insólito. Es posible que la vida humana esté llamada a mejorar después de la catástrofe que hoy presenciamos. Pero eso no puede consolarme. Lo que me importaría es ser feliz yo mismo, en mi existencia actual y en el tiempo que me ha tocado. Y mi disgusto por cuanto veo y experimento ha asumido tales proporciones, que declaro, sin paradoja, que cuanto existe, el universo, la creación, han comenzado a incomodarme.

—Entonces usted es mi hombre, mi comprador ideal —me dijo el mago—. Me guardo sus cinco centavos y le doy en cambio mi receta: suicídese usted.

—¿Y eso es todo lo que tenía usted que decirme?

—Calma, no se impaciente, no he acabado. El valor de mi consejo está todo en el procedimiento. Hay muchos modos de suicidarse. El que yo propongo es el siguiente: suicídese usted mediante el único método del suicidio filosófico.

—¿Y es?

—Esperando que le llegue la muerte. Desinterésese un instante, olvídese de su persona, dése por muerto, considérese como cosa transitoria llamada necesariamente a extinguirse. En cuanto logre usted posesionarse de este estado de ánimo, todas las cosas que le afectan pasarán a la categoría de ilusiones intrascendentes, y usted deseará continuar sus experiencias de la vida por una mera curiosidad intelectual, seguro como está de que la liberación lo espera. Entonces, con gran sorpresa suya, comenzará usted a sentir que la vida le divierte en sí misma, fuera de usted y de sus intereses y exigencias personales. Y como habrá usted hecho, en su interior, tabla rasa, cuanto le acontezca le parecerá ganancia y un bien con el que ya usted no contaba. Al cabo de unos cuantos días, el mundo le sonreirá de tal suerte que ya no deseará usted morir, y entonces su problema será el contrario. Voy a darle a usted un ejemplo que encuentro en un autor predilecto. Usted, en su actual situación, ¿qué atención puede prestarle a un hacha de mano? Pero si usted fuera Robinsón, el náufrago, el que todo lo ha dado ya por perdido al rodar sobre la playa desierta ¿se imagina usted la alegría de rescatar una hacha? Pues aplíquelo usted a las cosas que le rodean, y hasta a los objetos que lleva en los bolsillos, el reloj y la pluma.

Medité un instante, y repuse:

—Tome usted otros cinco centavos, porque después de esto, voy a necesitar que me venda usted otra receta cuando, enamorado de la vida, vea venir la muerte con terror.

Cadena “Anta”, México, V-1943.

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Paul Valéry contempla a América. Por Alfonso Reyes

PAUL VALÉRY es un caso desconcertante de movilización intelectual. A toda hora y en todo momento está dispuesto a proyectar una idea, una idea vivida y experimentada en su mente, por donde quiera que se le ataque. Al revés de muchos otros, en quienes ha llegado a servicio el no poder “escribir para”, el no poder crear sino en libre juego desinteresado y sin objetivos a la vista, Valéry tiene la acción literaria vinculada con la necesidad, y él mismo ha dicho que, si no le pidieran que opinara sobre esto o sobre lo otro, nunca hubiera escrito. Habría dejado dormir sus versos y se hubiera concentrado, como “Monsieur Teste”, en el paladeo de sus reflexiones solitarias. Aun la volubilidad y fluidez de su habla revelan en él esta capacidad inmediata de pensamiento: cuando habla (mientras fulguran los ojillos garzos desde donde Atenea, sin duda alguna, nos acecha), se desliza sobre las palabras—acuaplano o trineo acuático— arrastrado por su velocidad mental. Al requerimiento de Síntesis, contestó a vuelta de correo. Plenitud excelsa, y también paralelismo justo con la realidad circundante, se concentra unos segundos —¡y salta la respuesta! No tiene más que interrogarse a sí mismo: su microcosmo abarca en miniatura todo el macrocosmo. Así esas cartas que se esconden, reducidas fotográficamente, en el secreto de la sortija. No necesita más que amplificar un poco la página o “acostarla sobre el papel”, como también se dice en su lengua. Es una pistola de pelo. Tiene la pluma militar, siempre pronta a disparar sobre el blanco que sele proponga. Militar he dicho: ¿no habéis advertido la naturalidad con que entran, de pronto, en sus discursos, las máximas de Napoleón? Por lo demás, el mariscal Pilsudski ha dicho que nada se parece tanto al hombre de acción como el poeta.

Valéry contempla a América. Es un giro de “universales” de magnífico tornasol. Analicemos, ligeramente sus palabras:

1° La idea antropomórfica de nación y la actual delimitación de las naciones —producto de una erosión histórica ciega— en pugna con las necesidades y características de la humanidad moderna. La urgencia de que todo ello se corrija en una armonía racional, económica.

2° Ante el actual dolor de Europa, del mundo, la esperanza de América, proyección de Europa a través de una selección natural que permite el traslado de las especies más viables o transportables desde el suelo europeo al americano.

3° La esperanza de que la especie europea se fecundice con el injerto de lo autóctono americano (caso México). El arte clásico fue siempre un resultado de injerto.

4°  La esperanza consoladora de que, ante una destrucción bélica de Europa—presa, hoy, de la brutalidad—, Europa, en cierto modo, siga sobreviviendo en América.

Veamos el tejido por el revés: lo primero es socialismo; lo segundo, utopismo; lo tercero, americanismo; lo cuarto, humanismo. Lo primero es el problema político contemporáneo; lo segundo, la colonización de América y el sueño de un mundo mejor que la inspiraba y la acompañaba; lo tercero, la fe americana de traer una nueva contribución al mundo; lo cuarto, el sentido de continuidad en las conquistas humanas, persistencia en que reside la dignidad misma del espíritu. Lo primero es el escenario del problema: el espacio. Los otros tres puntos nos dan el tiempo distribuido de la siguiente manera: lo segundo, el pasado o creación de América, factoría o sucursal de Europa; lo tercero, el presente, la América de la independencia que aporta su palabra propia; lo cuarto, la continuidad de la resultante, el porvenir.

A esta captación, que es completa, añádase —como dibujo interior—otra modalidad del tiempo: el tempo. El ritmo, la celeridad americana, noción vital y no ya puramente intelectual, en la que reside el sabor de América—de América, que ha tenido que vivir a salto de mata, cortando atajos, reventando cabalgaduras, encimando procesos a medio desarrollar, para emparejarse con la historia. Lo cual le da una movilidad y adaptabilidad humana característica (sus hombres necesitan servir en todos los oficios), unos rasgos de improvisación que a veces resultan rasgos de inspiración, y cierto impulso de síntesis, de aprovechamiento de saldos culturales, de pronta e impaciente verificación práctica. Hasta hoy, para emparejarse con la historia. Mañana, de hoy en adelante quizá, para cubrir la dotación de su arca y empujarla sobre el diluvio, cargada con los símbolos de alguna futura creación.

México, mayo de 1938.

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El escéptico. Por Alfonso Reyes

—EL MUNDO no tiene seriedad —dijo el Escéptico—. Y la conclusión no es humorística, sino melancólica. No vemos el mundo, sino nuestra imagen del mundo, y la imagen es caprichosa y cambiante al punto de ser una ilusión, un engaño que a nosotros mismos nos proponemos. “Que nada podemos saber”, escribía Francisco Sánchez. “¡Qué sé yo!”, exclamaba Montaigne. Y “¿Qué es la verdad?”, preguntó Pilato. Cuando nuestro maestro Pirrón fue a la India, en el séquito de Alejandro, a la sola presencia de los “gimnosofistas” o filósofos desnudos comprendió que la verdad puede ser considerada desde tan opuestos puntos de vista que, en rigor, no sabemos dónde se encuentra o si es un simple devaneo. Es decir, que las cosas son de todos modos o de ninguno. Por eso lo mejor es callar, suspender el juicio, vivir en estado de adiaforía o indiferencia.

—Y entonces —le replicó el hombre del pueblo— ¿los dioses son unos embaucadores?

—La inteligencia humana es muy corta, la vida humana es muy corta. No podemos demostrar que existan los dioses. Ni tenemos medios ni tiempo suficiente —contestó el Escéptico—. Y luego añadió, cerrando un ojo. —Pero si es que existen, ellos se encargarán de todo. Como algún día lo dirá un poeta: “Los dioses me perdonarán, porque perdonar es su oficio.”

—¿De suerte —prosiguió el hombre del pueblo— que tu secta cuenta tácitamente con la benevolencia de los dioses, a pesar de todo, como el muchacho calavera cuenta con que su padre habrá de sacarlo de apuros?

(Y yo que los escuchaba, en sueños, tuve un recuerdo. Alguien, en un corro de amigos, observó una vez: “Ustedes, los que se dicen creyentes, no tienen confianza en Dios, puesto que todo el día se preocupan por quedar bien con Dios. Yo hago lo que me place, y confío en Dios: confío en su suprema bondad.” “Señor mío —le contestó don Víctor Andrés Belaúnde, que es un creyente—. Eso no es tener confianza en Dios, sino permitirse confianzas con Dios.”)

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La malicia del mueble. Por Alfonso Reyes

¡OH GUSTOSA continuidad! Cuando se vive en trato constante con la pluma, la sola armonía de la vida comunica al trabajo del escritor una coherencia más legítima que la de los sistemas artificialmente buscados y —sin remedio— siempre algo “traídos de los cabellos”. Hace muchos años yo hablaba de la insistencia con que ciertos humildes objetos —los cuellos viejos, las navajitas de afeitar— parecen pegarse a nuestra vida. Les llamé los objetos moscas.*

He aquí: ahora se me ofrece delatar otro mal de las materialidades que nos rodean. He aquí que los muebles, testigos mudos de nuestro existir, adquieren poco a poco, a fuerza de vernos y de palparnos o de sentirse palpados por nosotros, una manera de muda y sigilosa conciencia. Animales estáticos y, al parecer, enteramente pasivos, nos acechan, y nos van envolviendo en una baba invisible de intenciones. Como al fin son nuestros esclavos, las intenciones son vengativas: hay en los muebles una rebeldía expectante, una paz armada, una actitud de guerra fría, para decirlo en la lengua de nuestro tiempo. Y en ocasiones, allá cada vez que se atreven y confían en no ser descubiertos, nos lanzan un zarpazo oscuro.

Si se cae el lápiz, ya se sabe, es inevitable: la comodita se las arregla para hacerlo rodar, atraerlo, metérselo atrás o debajo (guardárselo en el seno, al modo de las cortesanas), de forma que no podamos encontrarlo. Los plúteos dejan caer los papeles hasta el fondo del escritorio. Al Fulgencio Tapiro de Anatole France se le derraman las papeletas por toda la estancia como una cascada de primavera. El libro que nos está haciendo falta se esconde, subrepticio, entre sus semejantes, que “juegan de codos” para disimularlo. Cuando la señora busca una aguja, pide al destino un alfiler, y al contrario, porque el destino nunca da exactamente lo que de él se espera. No hay pata de la mesa que pueda atreverse a decir (o es una descarada embustera): “Nunca te he pegado en las espinillas.” ¡Qué pocos sillones podrán jactarse de no habernos estorbado el paso! iQué pocos cajones, qué pocos agarraderos, de no habérsenos enganchado en el bolsillo cada vez que les es posible, con el manifiesto propósito de rasgarnos la prenda! Y ya he contado (Los siete sobre Deva)** de las butacas que se tragan las tijeritas y los dedales y los aprisionan en los forros. La tinta de la estilográfica se agota precisamente a la hora de la inspiración. O sobreviene el corto circuito al tiempo de hundir el bisturí. La portezuela del auto nos agarra los dedos. El velo prendido al vehículo y que estranguló a Isadora Duncan lo hizo de propósito, según las últimas investigaciones. Al conde de Esteban Collantes se le saltó la botonadura de los pantalones —y fue de intento—, cuando pronunciaba un ardoroso discurso en la Cámara de los Diputados de Madrid, de donde la gente dio en llamarlo “estaban colgantes” (así como a sus hijas, que vestían a la moda vieja, “estaban como antes”). La tetera se desfonda de pronto, y siempre a la hora crítica de servir el té a los amigos. El estoque salta en el descabello, y clava de arriba abajo al más inocente de los espectadores. Don Quijote —sabio entre todos— prefirió la fe a la comprobación y, advertido por el ensayo anterior, no quiso pulsar por segunda vez la resistencia de la celada que tan trabajosamente se fabricó, así como el que cierra los ojos a los posibles desmanes de su amada y sigue entregándole su confianza. Y no hace otra cosa el que compra una vajilla irrompible y, conocedor de la ironía de estos enseres, prefiere recomendar que nadie los toque. El cilindrero se queda con el manubrio en la mano a la hora más sentimental de Agustín Lara; y al galanteador le suena el teléfono a deshora. El ratero tal vez se dejó la protectora alpargata —el pie de gato del ladrón que decía el inmortal don Benito—, y sucede que los zapatos le rechinan, porque tampoco se acordó de pagarlos. El ascensor (vulgo “elevador”) se desploma cuando lo acaban de aceitar. La máquina de escribir se atranca como mula en lo más florido del cuento. Aquella mecedora nos tiene locos: ha dado en balancearse sola…

Y así, en inacabable desfile, la imperceptible rechifla, la quieta burla, la malicia de los muebles que fingen —sin embargo— ser nuestros más fieles amigos.

13-XII-1959

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Hermes o de la comunicación humana (fragmento). Por Alfonso Reyes

V

Signo: fenómeno sensible o significante que evoca otro fenómeno no sensible o significado, mediante una relación convencional entre ambos o significación. Esta liga significativa puede ser de causa a efecto (pólvora y explosión, vergüenza y sonrojo); de medio a fin (brújula y navegación); de semejanza (original y retrato); de contigüidad habitual, sea por naturaleza o por convención (golondrina y verano, palabra y pensamiento, bandera y nación); de analogía (balanza y justicia), etcétera. El signo puede considerarse desde el punto de vista objetivo (por la armonía que se supone entre las cosas del universo), o desde el punto de vista subjetivo (caso particular de la asociación de ideas o del razonamiento, por donde se llega a pensar que un signo no sólo “sugiere”, sino “prueba” su objeto). El signo auditivo, inarticulado o articulado, crea el estilo oral. El visible, si gesto o ademán, crea el estilo mímico. Si es auxiliar, con objetos distintos de nuestro cuerpo, es el verdadero signo a que ahora quiero referirme.

Signo es el hito que marca una frontera en el suelo. Signo, el distintivo de una categoría social. Signos, los nudos que el mensajero salvaje hace en una cuerda, o las muescas que marca en un bastoncillo con el cuchillo. Tantos nudos o tantas muescas como encargos, o partes en que su mente ha dividido un encargo. Extraordinario esfuerzo de memoria simbólica, difícil para un civilizado: sustitución de un contenido cualitativo por una enumeración cuantitativa. Signo también, aquella llamada de atención que hoy es frase hecha (“un nudo en el pañuelo”), para acordarse de que hay que acordarse de algo: abstracto estímulo fenomenológico. Y todo ello, suerte de lenguaje sin lengua; regreso, en cierto modo, a un estilo manual, aunque ahora no como mímica, sino como apoyo —apoyo matemático— del discurso.

Cuenta Herodoto que Darío, al cruzar el Ester, dejó a su retaguardia jonia cuidando un puente, con orden de esperar su regreso cierto número de días, al cabo de los cuales podían darlo por perdido, cortar el puente y regresar a sus bases. A este fin, les entregó una correa con tantos nudos como días contaba el plazo de espera. Aquí el uso de los nudos era un signo aritmético inmediato, era la aplicación del mismo principio que Robinson aplicaba en su isla, o el del preso que marca con rayas en el muro los días de su cautiverio. No así en los quipos peruanos, rama horizontal con lazos de distintos colores y anudados de diverso modo, en que los lazos representan una verdadera inscripción y se descifran como una clave. Primero se les empleó para contar, y luego se desarrollaron al punto de comunicar decretos enteros.

Lo propio acontece con el “wampum”, sartas de conchas de los hurones o iroqueses. La barra con muescas suele otras veces significar cómputos aritméticos,el monto de una deuda y la fecha de su cumplimiento; y partida longitudinalmente en dos, constituye un par de documentos, uno para el acreedor y otro para el deudor, que reunidos nuevamente en uno verifican, por coincidencia de ranuras, la autenticidad del convenio.

El signo más elemental es el objeto que por sí mismo se aplica a la acción sugerida: un hacha, la guerra; una pipa cargada, la paz, la conversación amigable. Menos claro ya aquel mensaje de los escitas a los persas: un ave, un ratón, una rana y cinco flechas; lo cual aparentemente significaba (pues otros lo entendieron como un mensaje de sumisión): “No intente combatirnos quien no sea capaz de remontarse como el pájaro, esconderse bajo tierra como el ratón o cruzar los pantanos como la rana, porque lo aniquilaremos con nuestras flechas.” Cuando estos mensajes no consisten ya en el objeto, sino en la pintura del objeto, comienza el jeroglifo.

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1997-2018 (21 años)

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