¿Quiénes somos los mexicanos? (Diálogos en la multiculturalidad). El Colegio Nacional

Coordina: Miguel León Portilla (El Colegio Nacional e Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM), 5 de julio de 2017.

Diomedes. Por Alfonso Reyes

CONTEMPLEMOS ahora la grandeza y la miseria del héroe Diomedes. Tiene también una apariencia de dios o héroe tribal, relacionado con Etolia y con las poblaciones etolias de la costa norte del Peloponeso, aunque el Catálogo lo radica en Argos y en Epidauro. Acaso aqueo de origen, se ha contaminado en sus contactos con las salvajes tribus etolias que, llegadas de Iliria, expulsaron a los aqueos, reduciendo la Etolia a aquel estado de postración en que se le ve durante los tiempos históricos. Es deudo de Agrios (“el Silvestre”). Su padre, Tideo, estuvo a punto de alcanzar la inmortalidad por sus muchos méritos, pero la diosa guerrera de su tribu, la propia Atenea, lo descubrió en trance de devorar la cabeza de un enemigo en pleno campo de batalla, y prefirió dejarlo morir.

La tradición nos da dos distintos Diomedes. Uno es el héroe mencionado en la Ilíada y en la Odisea, el Epígono, el Alcineónida, argio de nacimiento, que viaja por Etolia, Troya, Italia y Chipre. Es un bravo y joven guerrero, que anda siempre entre caballos y deja un recuerdo casi indiferente. Pero hay otro Diomedes francamente antipático, rufián y salvaje, hijo del dios guerrero de los etolios, Ares, y rey de Abdera en Tracia. Este Diomedes, que alimenta con carne humana sus feroces caballos blancos —huella evidente de sacrificios humanos— fue en buenhora castigado por mano de Héracles, que además se llevó consigo los caballos.

Ahora bien, se ha advertido que esos dos héroes bien pueden ser la misma persona. En cuanto se rasca un poco al Diomedes argio, aparece, bajo su máscara helénica, la fisonomía del tracio. En todas partes, lo encontramos sospechosamente mezclado con los caballos y con ominosos sacrificios. En el lejano sudeste, en Chipre, su culto exigía víctimas humanas. En el lejano noroeste, en Venecia, le sacrificaban caballos blancos. En la Ilíada se le hace aparecer inmaculado, valiente, modesto y de buen consejo, y se pasan su silencio en sus costumbres y aficiones de canibalismo. Pero de tiempo en tiempo, se nos dejan ver sus muchas relaciones con Tracia. Ya da muerte a Reso, rey de tracios, y le roba sus caballos blancos; o combate con Ares, dios de los tracios aborígenes. Y Ares huye al cielo dando un berrido, y no deja ningún caballo en la tierra. Pero, poco antes, Diomedes ha peleado con Eneas y su madre Afrodita, y ha arrebatado a Eneas los magníficos caballos de que éste tanto se enorgullecía. Afrodita es diosa que pertenece a Ares. Parece que, en el origen, fue una diosa guerrera, esposa del dios de las batallas; y luego, a través de las encrucijadas de la mitología griega, reapareció, medio confundida con cierto mito oriental, y transformada en diosa del amor. Esta nueva criatura no tendría para qué andar metida en los combates, y es sólo el galardón del triunfo. Además, su hijo, en el caso, no tiene por padre a Ares, sino a Anquises. Todo ello despide un fuerte olor de confusión mitológica y falsas identificaciones. Es de sospechar que, devueltas las cosas a su pureza primitiva, el héroe a quien Diomedes somete y roba los caballos, aquél en cuyo auxilio acuden Afrodita y Ares, es realmente un hijo de Ares. Con lo cual los dos Diomedes aparecen claramente convertidos en uno: el tirano tracio. Pues, en el proceso de la antigua mitología, rendir a un hijo del tracio Ares y robarle sus caballos famosos es lo mismo que ser un hijo de Ares a quien le arrebatan sus caballos. En un caso, Diomedes representa el papel activo. En el otro, el papel pasivo. Así también, junto al Dióniso matador del toro, hay Dióniso el toro muerto; así, Apolo el cazador de lobos, y Apolo el lobo.

¡Tantas son las tradiciones y leyendas tribales entretejidas para urdir la figura de los héroes de la Ilíada! Verdad que, en algún caso, podrá descubrirse en algún héroe un residuo de realidad. Las leyendas medievales están llenas de nombres históricos. Y los nombres de Paris, Héctor, y aun Agamemnón, bien pueden haber pertenecido originalmente a alguna persona definida, como los de Carlomagno, “Virgilio el Mágico”, Atila o Dieterich. El nombre y la personalidad de un enemigo ilustre se quedan impresos en la memoria del pueblo. Si el mundo ario estuviese en la etapa de la mitología, pronto se había elaborado la imagen de un diablo llamado Adolfo. Pero, si aquí estamos en presencia de personas reales, no es posible identificarlas. Si hay alguna verdad en los nombres homéricos, ello no quiere decir que el episodio homérico haya acontecido de veras a persona que llevara tal nombre. Ninguna de las historias mágicas que inventó la Edad Media aconteció realmente a Virgilio.

Diomedes

Alfonso Reyes, “Diomedes”, Obras completas XIX, FCE, México, 2000, pp. 73-75.

Gabriel García Márquez digital

El  Harry Ransom Center de la Universidad de Texas en Austin acaba de publicar en línea el archivo del Premio Nobel Gabriel García Márquez (1927–2014). Más de 75 cajas de documentos conforman el archivo del autor colombiano, figura clave en la historia y política de América Latina.

El archivo digital de García Márquez incluye manuscritos originales de obras publicadas e inéditas, material de investigación, fotografías, libros de recortes, correspondencia, recortes, cuadernos de notas, guiones, material impreso, y una grabación de audio de su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura en 1982. El archivo en línea cuenta con recurso de búsqueda de texto, y contiene aproximadamente 27.500 materiales digitalizados a partir de los documentos de García Márquez.

Otras adiciones a la colección incluyen una copia mecanografiada con tinta al carbón de la novela El Coronel no Tiene Quien le Escriba, notas escritas a mano en tarjetas personalizadas, cartas mecanografiadas, y una copia de El General en su Laberinto con más de una docena de enmendaduras de la mano del autor.

Además de García Márquez, otros laureados con el premio Nobel hacen parte de las colecciones del Ransom Center, tales como Samuel Beckett, J. M. Coetzee, T. S. Eliot, Ernest Hemingway, Doris Lessing, George Bernard Shaw, Isaac Bashevis Singer, John Steinbeck y W. B. Yeats.

La colección en línea puede consultarse en el siguiente enlace: https://hrc.contentdm.oclc.org/digital/collection/p15878coll73

Fuente: http://www.hrc.utexas.edu

 

 

La noche cíclica. Por Jorge Luis Borges

A Sylvina Bullrich

Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras:
los astros y los hombres vuelven cíclicamente;
los átomos fatales repetirán la urgente
Afrodita de oro, los tebanos, las ágoras.

En edades futuras oprimirá el centauro
con el casco solípedo el pecho del lapita;
cuando Roma sea polvo, gemirá en la infinita
noche de su palacio fétido el minotauro.

Volverá toda noche de insomnio: minuciosa.
La mano que esto escribe renacerá del mismo
vientre. Férreos ejércitos construirán el abismo.
(David Hume de Edimburgo dijo la misma cosa).

No sé si volveremos en un ciclo segundo
como vuelven las cifras de una fracción periódica;
pero sé que una oscura rotación pitagórica
noche a noche me deja en un lugar del mundo

que es de los arrabales. Una esquina remota
que puede ser del Norte, del Sur o del Oeste,
pero que tiene siempre una tapia celeste,
una higuera sombría y una vereda rota.

Ahí está Buenos Aires. El tiempo que a los hombres
trae el amor o el oro, a mí apenas me deja
esta rosa apagada, esta vana madeja
de calles que repiten los pretéritos nombres

de mi sangre: Laprida, Cabrera, Soler, Suárez…
Nombres en que retumban (ya secretas) las dianas,
las repúblicas, los caballos y las mañanas,
las felices victorias, las muertes militares.

Las plazas agravadas por la noche sin dueño
son los patios profundos de un árido palacio
y las calles unánimes que engendran el espacio
son corredores de vago miedo y de sueño.

Vuelve la noche cóncava que descifró Anaxágoras;
vuelve a mi carne humana la eternidad constante
y el recuerdo ¿el proyecto? de un poema incesante:
«Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras…»

Decir: Hacer. Por Octavio Paz

A Roman Jakobson

Entre lo que veo y digo,
Entre lo que digo y callo,
Entre lo que callo y sueño,
Entre lo que sueño y olvido:

La poesía

 

Se desliza entre el sí y el no:
dice
lo que callo,
calla
lo que digo,
sueña
lo que olvido.

No es un decir:
es un hacer.
Es un hacer
que es un decir.

La poesía
se dice y se oye:
es real.
Y apenas digo
es real,
se disipa.


¿Así es más real?
Idea palpable,
palabra
impalpable:
la poesía
va y viene
entre lo que es
y lo que no es.
Teje reflejos
y los desteje.

La poesía
siembra ojos en la página
siembra palabras en los ojos.
Los ojos hablan
las palabras miran,
las miradas piensan.


Oír
los pensamientos,
ver
lo que decimos
tocar
el cuerpo
de la idea.
Los ojos
se cierran
Las palabras se abren.

Octavio Paz

Filosofía de los pueblos originarios; multiculturalismo e interculturalidad

Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Filosofía y Letras, Colegio de Filosofía

Invitan al curso

FILOSOFÍA DE LOS PUEBLOS ORIGINARIOS
Imparte: Manuel Bolom Pale

jueves 22 de febrero
13:00 a 15:00 hrs.
Sala Multimedios 1
(antes sala interactiva)

Mesa redonda

MULTICULTURALISMO E INTERCULTURALIDAD

Xochitl López / Raúl Alcalá / Manuel Bolom / Ambrosio Velasco

Viernes 23 de febrero
17:00 a 19:00 hrs.
Salón de Actos

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“Visión de México” de Adolfo Castañón

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Adolfo Castañón nació en la ciudad de México el 8 de agosto de 1952. Desde el 23 de octubre de 2003 es el sexto ocupante de la silla II de la Academia Mexicana de la Lengua.
Este poeta, ensayista, editor, crítico literario y bibliófilo estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Gastrónomo autodidacta, ha sido miembro del consejo de redacción de varias revistas en Latinoamérica, entre las que se encuentran La Cultura en México, el suplemento de Siempre!, Vuelta, Letras Libres y Gradivia. Ha sido colaborador de Cuadrivio, Imagen Latinoamericana, La Cultura en México, La Gaceta del FCE, Letras Libres, Nexos, Novedades, Plural, Revista Universidad de México, Sábado, Siempre!, y Vuelta. Gran lector de todos los géneros, es también admirador y estudioso de la obra de Alfonso Reyes, de quien ha dicho que fue “el poeta y crítico que sentó las bases de un canon moderno de la prosa y del verso para las letras mexicanas e hispanoamericanas”. Entre sus obras destacan Alfonso Reyes, caballero de la voz errante (1988), Arbitrario de literatura mexicana (1995), La campana y el tiempo (2003), Viaje a México: ensayos, crónicas y retratos (2008), y Grano de Sal (2009). Entre las traducciones importantes en su carrera están Después de Babel, de George Steiner, y Ensayo sobre el origen de las lenguas, de J. J. Rousseau (ambos publicados por el FCE). Durante casi tres décadas trabajó para el Fondo de Cultura Económica, donde tuvo a su cargo diversas obras de Alfonso Reyes, Octavio Paz y Juan José Arreola, entre otros muchos autores. Ha sido investigador del Centro de Estudios Literarios, del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM.

Ha obtenido diversos premios, entre los que cabe señalar el Nacional de Literatura de Mazatlán 1996; el Nacional de Periodismo 1998; el Xavier Villaurrutia 2008, y el Nacional de Periodismo José Pagés Llergo 2010. En 2003 fue reconocido como Caballero de la Orden de las Artes y de las Letras por el gobierno de la república francesa. En 2015 recibió el Premio Internacional de Ensayo de Argentina.

 

 

La insolencia jonia. Por Alfonso Reyes

MUCHO se habló ayer del “milagro griego”, aunque hoy se usa la palabra con temor por si pareciere algo ingenua. Sí, hubo un milagro griego, y puede reducírselo a una “mutación” en el pensamiento humano. Los pensadores milesios abandonan las explicaciones mitológicas y sobrenaturales del universo, con que hasta entonces se habían contentado los pueblos del Oriente clásico, y proponen una explicación racional. Pero, entendámonos: estos filósofos —llamados generalmente los presocráticos o los jonios o ios milesios—, aunque no han alcanzado el dominio de la ciencia experimental propiamente dicha, tampoco se enclaustran en el dominio de lo puramente abstracto o especulativo. Sus teorías, contra lo que suele suponerse, andaban muy cerca de la práctica. Ni siquiera eran meros observadores de la naturaleza, sino que intervenían en ella, pues todavía entonces el filósofo era como un hombre de acción.

Todos saben y admiten que los griegos fueron grandes pensadores. Pero generalmente —fuera del orden de las artes plásticas— se dice que los griegos no éstaban, como ejecutores, a la altura de su pensamiento. Toda la admiración se la lleva la fase contemplativa del pensamiento griego. Conviene rectificar esta opinión que se ha encontrado en el juicio de las mayorías. No es difícil probar que el mejor y más excelso pensamiento del griego siempre aparecía acompañado de una acción vigorosa y de un vivo anhelo de ejecución, como el que urge a las Ideas, en Plotino, por imponer su sello sobre la materia, según la oportuna expresión de Farrington.

Hoy por hoy, el excesivo desarrollo de “lo libresco” —valga la palabreja— hace que la gente olvide el valor “intelectual” de lo que no está embarrado en los libros. Una granja, una fábrica, un taller, un barco, el árbol de un motor, una carretilla o volquete, una caña de pescar, no se ven como una conquista de la inteligencia; —digo, por el vulgo con letras, el más antipático de ios vulgos. El filósofo suele repetirse, anda en las nubes. Tales se cayó en el pozo por ver las estrellas. ¡Ah, sí! Pero previó a tiempo la escasez de las cosechas de aceite y acaparó a tiempo todas las prensas de los olivares para enriquecerse con el monopolio. Si esto fuere fábula, aquélla lo será también: los dos argumentos se despuntan.

Sin duda que algunas mentes poderosas, en Grecia como en todas partes, han tenido que ponerse a cubierto de los rumores de la calle si es que de veras habían de alcanzar sus conclusiones en el término de una vida. Pero esto no es siempre necesario, ni siempre ha sucedido así. No sucedió así a ojos de Esquilo, cuyo Prometeo cataloga con tan pintorescos detalles los oficios que el Titán enseñó a los hombres. No a ojos de Sófocles, que canta la ingeniosidad increíble de la inventiva técnica, como alta cualidad humana. Tampoco lo vio así Heródoto ciertamente, cuando consagra todo un capítulo a la isla de Samos por haber sido la patria de tres grandes hazañas de la ingeniería. Ni Jenofonte, que nos ha dejado una descripción entusiasta del variado equipo y el orden exquisito que se admiran en una embarcación fenicia. Ni los médicos hipocráticos, quiroprácticos por oficio. Ni finalmente Anaxágoras, quien vio con nitidez la función decisiva que ha correspondido a la mano para distinguir al hombre de la bestia.

Félix Sartiaux, eminente historiador de la cultura, entiende que la metafísica de los griegos todavía recuerda en mucho la de otros pueblos antiguos. Según él, la mutación característica que Grecia trajo a la mente humana está en el reino de la ciencia y la técnica. ¿Por qué no es esto claro y evidente para todos? Porque sobre los primeros pensadores griegos no poseemos más que fragmentos, y nos atenemos más bien a lo que quiso decirnos Aristóteles. Y Aristóteles tuerce y refracta los documentos de los jonios, como explica Cherniss, para adaptarlos a su propia tendencia, para meterlos en su propio camino. Pero recuérdese que todavía Critias, antiguo discípulo de Sócrates y más tarde uno de los Treinta Tiranos, reprochaba así a su antiguo maestro.

—¡A ver, Sócrates, si dejas en paz a ios zapateros, “metalistas” y otros artesanos, pues creo que están hartos de que los mezcles en tus charlas!

A lo que Sócrates contesta:

—¿Tendré, pues, que renunciar a las consecuencias que yo saco de estos oficios con respecto a la justicia, la piedad, las virtudes todas?

Sócrates, que ha trasladado ya su atención del campo de la naturaleza al campo de la humana conducta, seguía, al modo de los milesios o jonios, aplicando los conocimientos prácticos como método de la investigación filosófica. Sobre este punto, me refiero a los autorizados estudios del helenista argentino Rodolfo Mondolfo.

Anaximandro, el primer filósofo milesio que usó la escritura, nos pinta el mundo como el efecto de un proceso de diferenciación o separación entre los elementos que integraban una masa original indeterminada. Primero, se separa el fuego y envuelve a los demás ingredientes. La acción del fuego sobre la masa restante ocasiona en ella una nueva separación. El vapor y el aire son “chupados”, y la tierra comienza a segregarse del agua. El vapor rompe o revienta la cubierta de fuego que lo envolvía todo; se adueña de los fragmentos ígneos y forma volutas de niebla en torno a verdaderas ruedas de fuego, que rotan en torno a la tierra. La tierra aparece como un cilindro de poca altura que flota sobre las aguas del mar. Las ruedas de fuego giran en el plano de la eclíptica. Los cuerpos celestes son agujeros en las capas de niebla, por donde asoma el fuego opreso. En este cuadro, a la vez grandioso y candoroso, los intérpretes no han podido menos de ver una variedad de conceptos derivados del saber técnico. Los viejos mitólogos habían visto ya en el sol una rueda o carro de ruedas, e imaginaban al dios solar como un auriga o cochero. También ellos usaban aquí una noción de la técnica, pero su propósito principal era hacer honor al dios sol. Los dioses, como los príncipes, deben viajar en carro. Pero Anaximandro interpreta la moción del sol, no conforme a la acción de un carro de ruedas para el transporte, sino conforme a la acción de una rueda que gira sin cambiar de sitio: es decir, rueda de alfarero. Al hacerlo así, lastimaba los melindres de los conservadores porque, en vez de honrar a la deidad del mito, prescindía de ella. Zeus quedaba destronado y dejaba el puesto a un nuevo dios: Dinos o Rotación, Torbellino, que ahora ocupaba su lugar. De paso, la protesta del conservador Aristófanes en su comedia Las Nubes no va contra el racionalismo, sino contra la idea de interpretar los fenómenos celestes a la luz de las técnicas. En efecto, esta interpretación incomodaba mucho. Incomodaban también aquellos chorros de fuego empujados por los vientos, con que Anaximandro explicaba las estrellas, explicación que sólo pueden inspirarse en los fuelles de fraguas. Igualmente, es claro que el plano en que se revuelven las ruedas ígneas implica el conocimiento del polos, o sea el reloj solar cóncavo y de media esfera que se había inventado en Mesopotamia. El primer griego a quien se le ocurre escribir una obra Sobre la naturaleza se deja llevar por la imagen de la rueda de alfar, el reloj de sol y los fuelles.

El sucesor de Anaximandro, Anaxímenes, pudo lograr, mediante el empleo de igual método, dos adelantos. Trazó una pintura más coherente que la de su maestro sobre el proceso conforme al cual una materia se cambia en otra. Anaximandro le había legado un universo dividido en cuatro elementos de densidad distinta: Fuego, Niebla, Agua y Tierra. Ahora Anaxímenes discurre que la diferencia cualitativa entre estos cuatro elementos puede reducirse a una diferencia cuantitativa. Piensa que el Fuego, al hacerse más compacto, se muda en Niebla; ésta, en Agua; y el Agua, en Tierra. ¿De dónde pudo venirle esta noción? Según los comentaristas y según el testimonio mismo del vocabulario que emplea el filósofo, esta noción proviene de las artes del fieltro, tal como se las practicaba en Mileto, tierra natal de Anaxímenes, famosa por sus manufacturas de lana. En esta industria, los hilos del tejido son sometidos al calor y a la presión y salen al fin reducidos en volumen, pero acrecidos en densidad. La metáfora del universo fue sugerida por el batán. Y el segundo paso que Anaxímenes dio por su cuenta es algo que realmente le honra. Anaximandro había ordenado los elementos según su densidad, desde la Tierra central hasta el Fuego en la periferia. Los cuerpos celestes estaban hechos, para él, de puro Fuego. Pero su discípulo Anaxímenes, sin duda en su empeño de explicar la caída de los meteoritos, no teme poner piedras y tierra en el mismo cielo. Y se funda para ello en la imagen de la honda. En efecto, la honda, que se ata a la mano del hombre, revela mejor que la rueda de alfar la naturaleza de la fuerza centrífuga. Después de Anaxímenes, será ya posible considerar los cuerpos celestes como pedazos de tierra: interpretación no racional, sino “operacional” de la naturaleza. Platón, que era un racionalista en la tradición de Parménides, luchó siempre, del principio al fin —desde la Apología hasta las Leyes— por quitar otra vez del cielo los pedazos de tierra y las piedras. Aristóteles, mientras siguió igual tradición, completó la obra de Platón, imaginando que los cuerpos celestes están hechos de una especial sustancia celeste. Pero estas ideas ocurrieron después. La clave del mundo que nos presentan los milesios deriva del alfar, los fuelles, el batán y la honda.

El vasto fenómeno de la naturaleza, cuya regularidad o cuyos caprichos tanto impresionan y espantan, por sus efectos benéficos o maléficos, había sido hasta entonces objeto de interpretaciones míticas. Ahora resulta que no difiere en esencia de los procesos ordinarios y modestos confiados a la mano del hombre: la obra del cocinero, el agricultor, el alfarero, el herrero. Asalto contra la majestad celeste, dignificación de la inteligencia, la técnica y el poder humanos. Tal es el sentido de este desperezo de la mente que he llamado alguna vez “la insolencia jonia”. (Entiéndase bien, la insolencia ante los errores humanos y la inútil solemnidad, no ante las propias normas éticas y religiosas, que sería hybris o desmesura, el error más abominable para los griegos.) El mercenario griego graba con el cuchillo el nombre de su querida en los pies del ídolo africano, que no le inspira ningún respeto; llama “pasteles” a las pirámides, “gorriones” a los ibis sagrados, y suelta la risa si los misteriosos sacerdotes egipcios le aseguran que el Nilo baja del cielo. La insolencia jonia es el arranque del pensamiento científico.*

*Enviada a la ALA de Nueva York, se divulgó en varios periódicos en 1958: México en la Cultura, Suplemento de Novedades, México, 21 de sept., N° 497, p. 3; El Tiempo, Bogotá, 19 de oct., p. 1; El Universal, Caracas. 13 de nov.; El Diario de Nueva York, Nueva York; y trad. portuguesa, en Á Tribuna, Santos, Brasil; de las dos últimas inserciones hay recorte s. f. en el Archivo de Reyes. No trae fecha al pie ni hay referencia a su elaboración en el Diario de Reyes; pero la fecha de sus publicaciones en la prensa periódica puede fecharse en 1958.

Alfonso Reyes, “La insolencia jonia”, La afición de Grecia, Obras completas XIX, Fondo de Cultura Económica, México, 1982, pp. 364-368

Seminario Permanente de Filosofía Mexicana

El Seminario Permanente de Filosofía Mexicana y el Colegio de Filosofía de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM
Invitan a las

ACTIVIDADES SEMESTRALES DEL

Seminario Permanente de Filosofía Mexicana

Semestre 2018-2

(febrero-mayo de 2018)

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CONFERENCIA MAGISTRAL INAUGURAL

 Dr. Ambrosio Velasco Gómez

La visión de la filosofía mexicana de la Dra. Carmen Rovira

 8 de febrero de 2018 · 17:00 hrs.

Salón de Actos

FFyL-UNAM

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CICLO DE CONFERENCIAS MAGISTRALES

FEBRERO

22. Dr. Enrique Téllez Fabiani
La astronomía en el siglo XIX mexicano

MARZO

8. Dra. Rebeca Maldonado Rodriguera
El surgimiento de la filosofía japonesa

22. Dra. Carolina Ponce y Mtro. Pedro Emilio Rivera
Filosofía de la cultura en Eguiara y Eguren

ABRIL

5. Mtro. Gabriel Vargas Lozano
A 50 años de la polémica entre Zea y Villoro sobre la filosofía latinoamericana

19. Dr. Armando Rubí Velasco
Intencionalidad ontológica

MAYO

3. Dr. Victórico Muñoz Rosales
José María Vigil y la filosofía mexicana

31. Lic. Monserrat Ríos Reyes
La construcción de proyectos identitarios en el México del siglo XIX

Jueves quincenales. 12:00 hrs.

Salón 2, 7° piso de la Torre de Humanidades I, FFyL-UNAM.

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CICLO DE PRESENTACIONES DE LIBROS

 39 Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería

Pensamiento filosófico mexicano del siglo XIX y primeros años del XX, de Ma. del Carmen Rovira Gaspar (compiladora)

Participan: Ambrosio Velasco Gómez, Héctor Eduardo Luna López y la autora

Domingo 25 de febrero, 12:00 hrs. Salón de la Academia de Ingeniería

 Seminario Permanente de Filosofía Mexicana

La culpa es de Rousseau, de Jorge Velázquez

Lunes 5 de marzo, 17:00 hrs. Salón de Actos. FFyL-UNAM

Leopoldo Zea. El filósofo de Latinoamérica, de Alberto Saladino García

Martes 17 de abril, 17:00 hrs. Salón de Actos. FFyL-UNAM

 Filosofía y vida: El itinerario filosófico de José Vasconcelos, de Raúl Trejo

Martes 22 de mayo, 17:00 hrs. Salón de Actos. FFyL-UNAM

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III COLOQUIO DE ESTUDIANTES

DEL SEMINARIO PERMANENTE DE FILOSOFÍA MEXICANA

Mayo de 2018, FFyL – UNAM

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Todas las actividades son abiertas al público en general.

Informes: filmexunam@gmail.com 

 

Fuente: https://filosofiamexicana.org/ 

1997-2018 (21 años)

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