Palabras sobre el humanismo. Por Alfonso Reyes

A MUCHAS cosas se ha llamado humanismo. En el sentido más lato, el término abarca todo lo humano, y por aquí, el conjunto del mundo, que al fin y a la postre sólo percibimos como una función humana y a través de nosotros mismos. Como todas las nociones demasiado amplias, esta explicación, sin ser verdadera ni falsa, no explica nada, no aprovecha o, como se dice en portugués, “no adelanta”. En el sentido más estrecho, el término suele reducirse al estudio y práctica de las disciplinas lingüísticas y las literarias, lo cual restringe demasiado el concepto y no señala con nitidez suficiente su orientación definitiva. En el sentido más equívoco se ha llegado a confundir el humanismo con el humanitarismo, especie filantrópica que nos lleva a terrenos muy diferentes. Cierto escritor, que precisamente acababa de publicar un libro sobre el humanismo, me dijo que él no era humanista porque, si en un viaje por mar veía caerse por la borda a un pasajero insignificante y, a la vez, un cuadro de Velázquez, preferiría arrojarse al agua para salvar el cuadro y no al pasajero. Después de esto, yo ya no vi el objeto de leer su libro.

En aquel proceso de reeducación que, durante la Edad Media, sucedió a la sumersión de Europa por los bárbaros, se llamó “humanidades” a los estudios consagrados a la tradición grecolatina. Mediante ellos se procuraba modelar otra vez al hombre civilizado, al hombre. Y no sin una grave conciencia de la responsabilidad, por cierto: tal vez se oye decir a un austero doctor medieval que quienes están profesionahnente obligados a la frecuentación de los autores gentiles deben cuidarse mucho de que con ello no padezca su alma.

Durante el Renacimiento, el humanismo procura contemplar el pensamiento teológico, y más de una vez rompe el cuadro férreo en que éste llegó a encerrar la educación. Pues el hombre como ser terrestre merecía un sitio junto al hombre entendido como criatura divina. Esta actitud naturalista asumió, en ocasiones, la forma de una polémica entre el laico y el religioso y hasta se extremó en alardes de neopaganismo artificial. En La vida es sueño, de Calderón, tan teólogo como poeta, todavía se recogen los ecos del diálogo entre la dignidad natural y la dignidad sobrenatural del hombre.

De modo general, el humanismo se mantiene como agencia útil y progresista. Recomienda el uso de la preciosa razón frente a los bajos arrestos del instinto y de la pura animalidad. Propone el ideal del homo sapiens, el hombre como sujeto de sabiduría humana.

Sobreviene luego el desenvolvimiento de las ciencias positivas. Éstas insisten en el homo faber, el hombre como dueño de técnicas para dominar el mundo físico. Y un buen día, el humanismo aparece, por eso, como un vago y atrasado espiritualismo.

Semejante confusión se aclara fácilmente: más que en el cuerpo cambiante de conocimientos determinados, el humanismo se ocupa en las características estables del hombre, características que tales conocimientos meramente atraviesan dejando en ellas sus depósitos. Y así, hasta los libreros saben que las bibliotecas privadas de los humanistas conservan mejor su precio con los años que las de los hombres científicos.

Por de contado que ambos puntos de vista, el de la ciencia positiva y el del humanismo, se concilian en la armoniosa cultura. También, en principio, siempre es dable conciliarlos con el sentimiento religioso, a pesar de los desvíos históricos a uno y a otro extremo. ¿Por qué ha de haber siempre reyertas para disputarse la codiciada presa que es la educación humana? La disputa entre el humanismo y la ciencia, o entre el sentir laico y el religioso, continuarán aquí, con nuevos acentos, la disputa abierta en la Antigüedad entre la filosofía y la retórica.

Max Scheler predice la futura y deseable integración de los tres órdenes del saber que él enumera: 1) el saber de salvación, ejemplificado con la India; 2) el saber de cultura, ejemplificado con China y Grecia; 3) el saber de técnica, ejemplificado con el Occidente moderno.**

Hoy el humanismo no es, pues, un cuerpo determinado de conocimientos, ni tampoco una escuela. Más que como un contenido específico, se entiende como una orientación. La orientación está en poner al servicio del bien humano todo nuestro saber y todas nuestras actividades. Para adquirir esta orientación no hace falta ser especialista en ninguna ciencia o técnica determinada, pero sí registrar sus saldos. Luego es necesario contar con una topografía general del saber y fijar su sitio a cada noción. Por lo demás, toda disciplina particular, por ser disciplina, ejercita la estrategia del conocimiento, robustece la aptitud de investigación y no estorba, antes ayuda, al viaje por el océano de las humanidades. En Aristóteles hay un naturalista; en Bergson, un biólogo; y nuestra Sor Juana Inés de la Cruz pedía a las artes musicales algunos esclarecimientos teológicos.

Y es así como se establece la conversación —tan orillada a la controversia— entre el hombre y el mundo, o, como alguna vez hemos dicho, entre el yo y el no yo, el Segis y el Mundo, que tal viene a ser el eterno soliloquio de Segismundo.

Digamos para terminar que esta función del humanismo sólo puede plenamente ejercerse y sólo fructifica sobre el suelo de la libertad: el suelo seguro. Y no sólo la libertad política —lo cual es obvio y ni siquiera admitimos discutirlo por no agraviar a quien nos lea o nos escuche rebajándolo al nivel de la deficiencia mental—, sino también la libertad del espíritu y del intelecto en el más amplio y cabal sentido, la perfecta independencia ante toda tentación o todo intento por subordinar la investigación de la verdad a cualquier otro orden de intereses que aquí, por contraste, resultarían bastardos.

México, 8-VI-1949

* “México en la Cultura”, suplemento de Novedades, México, 12 de junio de 1949, núm. 19, p. 1, con el título de “Idea elemental del humanismo”.

** Más ampliamente se había referido Reyes a esta concepción de Scheler al final de su ensayo sobre la “Posición de América” (1942), en Obras Completas XI, p. 270. (Ver www.alfonsoreyes.org)

Alfonso Reyes, “Palabras sobre el humanismo”, Andrenio: perfiles del hombre, Obras Completas XXFondo de Cultura Económica, México, 1979, pp. 402-404.

 

¿Quiénes somos los mexicanos? (Diálogos en la multiculturalidad). El Colegio Nacional

Coordina: Miguel León Portilla (El Colegio Nacional e Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM), 5 de julio de 2017.

Gabriel García Márquez digital

El  Harry Ransom Center de la Universidad de Texas en Austin acaba de publicar en línea el archivo del Premio Nobel Gabriel García Márquez (1927–2014). Más de 75 cajas de documentos conforman el archivo del autor colombiano, figura clave en la historia y política de América Latina.

El archivo digital de García Márquez incluye manuscritos originales de obras publicadas e inéditas, material de investigación, fotografías, libros de recortes, correspondencia, recortes, cuadernos de notas, guiones, material impreso, y una grabación de audio de su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura en 1982. El archivo en línea cuenta con recurso de búsqueda de texto, y contiene aproximadamente 27.500 materiales digitalizados a partir de los documentos de García Márquez.

Otras adiciones a la colección incluyen una copia mecanografiada con tinta al carbón de la novela El Coronel no Tiene Quien le Escriba, notas escritas a mano en tarjetas personalizadas, cartas mecanografiadas, y una copia de El General en su Laberinto con más de una docena de enmendaduras de la mano del autor.

Además de García Márquez, otros laureados con el premio Nobel hacen parte de las colecciones del Ransom Center, tales como Samuel Beckett, J. M. Coetzee, T. S. Eliot, Ernest Hemingway, Doris Lessing, George Bernard Shaw, Isaac Bashevis Singer, John Steinbeck y W. B. Yeats.

La colección en línea puede consultarse en el siguiente enlace: https://hrc.contentdm.oclc.org/digital/collection/p15878coll73

Fuente: http://www.hrc.utexas.edu

 

 

La noche cíclica. Por Jorge Luis Borges

A Sylvina Bullrich

Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras:
los astros y los hombres vuelven cíclicamente;
los átomos fatales repetirán la urgente
Afrodita de oro, los tebanos, las ágoras.

En edades futuras oprimirá el centauro
con el casco solípedo el pecho del lapita;
cuando Roma sea polvo, gemirá en la infinita
noche de su palacio fétido el minotauro.

Volverá toda noche de insomnio: minuciosa.
La mano que esto escribe renacerá del mismo
vientre. Férreos ejércitos construirán el abismo.
(David Hume de Edimburgo dijo la misma cosa).

No sé si volveremos en un ciclo segundo
como vuelven las cifras de una fracción periódica;
pero sé que una oscura rotación pitagórica
noche a noche me deja en un lugar del mundo

que es de los arrabales. Una esquina remota
que puede ser del Norte, del Sur o del Oeste,
pero que tiene siempre una tapia celeste,
una higuera sombría y una vereda rota.

Ahí está Buenos Aires. El tiempo que a los hombres
trae el amor o el oro, a mí apenas me deja
esta rosa apagada, esta vana madeja
de calles que repiten los pretéritos nombres

de mi sangre: Laprida, Cabrera, Soler, Suárez…
Nombres en que retumban (ya secretas) las dianas,
las repúblicas, los caballos y las mañanas,
las felices victorias, las muertes militares.

Las plazas agravadas por la noche sin dueño
son los patios profundos de un árido palacio
y las calles unánimes que engendran el espacio
son corredores de vago miedo y de sueño.

Vuelve la noche cóncava que descifró Anaxágoras;
vuelve a mi carne humana la eternidad constante
y el recuerdo ¿el proyecto? de un poema incesante:
«Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras…»

Decir: Hacer. Por Octavio Paz

A Roman Jakobson

Entre lo que veo y digo,
Entre lo que digo y callo,
Entre lo que callo y sueño,
Entre lo que sueño y olvido:

La poesía

 

Se desliza entre el sí y el no:
dice
lo que callo,
calla
lo que digo,
sueña
lo que olvido.

No es un decir:
es un hacer.
Es un hacer
que es un decir.

La poesía
se dice y se oye:
es real.
Y apenas digo
es real,
se disipa.


¿Así es más real?
Idea palpable,
palabra
impalpable:
la poesía
va y viene
entre lo que es
y lo que no es.
Teje reflejos
y los desteje.

La poesía
siembra ojos en la página
siembra palabras en los ojos.
Los ojos hablan
las palabras miran,
las miradas piensan.


Oír
los pensamientos,
ver
lo que decimos
tocar
el cuerpo
de la idea.
Los ojos
se cierran
Las palabras se abren.

Octavio Paz

Pueblo americano. Por Alfonso Reyes

LA VERDAD es que yo no me represento muy bien los antecedentes de mi casa. Todo me ha llegado en ráfagas y en guiñapos, y ni siquiera he tenido la suerte de consultar los árboles genealógicos y las crónicas minuciosas que, según me aseguran, han trazado cuidadosamente algunos parientes tapatíos.

Cuando mi padre era Secretario de Guerra y Marina y se lo tenía por el probable sucesor del trono porfiriano, apareció un Rey de Armas, un señor de la heráldica, con cierta historia de nuestro linaje que partía, naturalmente de las Cruzadas. Entre los antecesores figuraba el propio San Bernardo, fundador de Claraval, opositor de Abelardo y de Arnaldo de Brescia, predicador de la segunda Cruzada, afortunado mantener de Inocencio II en el cisma contra Anacleto, autor de célebres cartas y tratados, monje de armas tomar y patrono de mi padre —aunque no reconocido por éste—, que también celebraba sus días el 20 de agosto.

El escudo, a lo que recuerdo, no era de mal gusto, pero me sería imposible reconstruirlo. El mamotreto quedó olvidado en la biblioteca de mi padre, donde yo —que andaba en los once años— me pasaba las horas largas. Di con él y me apliqué a estudiarlo. Ya tenía yo mis barruntos de que todas esas grandezas no eran más que tortas y pan pintados. Pero me divertía el contar con alguna hermosa mentira como punto de arranque. A falta de una prehistoria establecida, como a los griegos, me hubiera bastado una mitología.

No me dejaron mi juguete. Delante de mi padre, mis her-manos mayores me gastaron una broma que tuvo fatales consecuencias: —¿Ya sabes —le dijeron— que este muchacho va a mandarse bordar el escudo de los Cruzados en sus camisas del domingo?

Ni por burlas lo aceptó aquel príncipe liberal, a cuya grandeza no hacían falta viejos cuarteles: ¡ya supo él darlos a sus tropas, en las guerras de la República, así como no los dio al enemigo! Temió el contagio de aquella impostura sutil: a juego suelen comenzar estas vanidades, y un día se apoderan de la vacilante razón. Decidió cortar por lo sano. Mandó quemar toda mi inventada nobleza.

¡Sea enhorabuena! Pueblo me soy: y como buen americano, a falta de líneas patrimoniales me siento heredero universal. Ni sangre azul, y ni siquiera color local muy teñido. Mi familia ha sido una familia a caballo. A seguimiento de las campañas paternas, el hogar mismo se trasladaba, de suerte que el solar provinciano se borra un poco en las lejanías. Mi arraigo es arraigo en movimiento. El destino que me esperaba más tarde sería el destino de los viajeros. Mi casa es la tierra. Nunca me sentí profundamente extranjero en pueblo alguno, aunque siempre algo náufrago del planeta. Y esto, a pesar de la frontera postiza que el mismo ejercicio diplomático parecía imponerme. Soy hermano de muchos hombres, y me hablo de tú con gente de varios países. Por dondequiera me sentí lazado entre vínculos verdaderos.

La raíz profunda, inconsciente e involuntaria, está en mi ser mexicano: es un hecho y no una virtud. No sólo ha sido causa de alegrías, sino también de sangrientas lágrimas. No necesito invocarlo en cada página para halago de necios, ni me place descontar con el fraude patriótico el pago de mi modesta obra. Sin esfuerzo mío y sin mérito propio, ello se revela en todos mis libros y empapa como humedad vegetativa todos mis pensamientos. Ello se cuida solo. Por mi parte, no deseo el peso de ninguna tradición limitada. La herencia universal es mía por derecho de amor y por afán de estudio y trabajo, únicos títulos auténticos.

 

Alfonso Reyes, “Parentalia”, Obras completas XXIV, Fondo de Cultura Económica, México, 1990, pp. 361-362.

Cosas del tiempo. Por Alfonso Reyes

SAN PASCUAL BAILÓN, hijo de campesinos, pastor, mandadero y lego de conventos, fraile franciscano, mensajero de su orden por tierra de hugonotes —que sufrió, a la ida y a la vuelta entre España y Francia, males y persecuciones sin cuento—, gran ayunador, alma y cuerpo de roble para sufrir mortificaciones y penitencias, nació el 17 de mayo de 1592 (le he dedicado por ahí, como a mi patrono, una “estampa popular” en romance), y fue canonizado 70 años más tarde. No sé dónde se le pegó un motivo folklórico que lo emparienta en la tradición de Rip van Winkle y de los milagros contados por don Alfonso el Sabio, motivo que, desde luego, no consta en las hagiografías oficiales.

La leyenda lo hace cocinero en un convento de religiosas. Yo lo he oído invocar por viejas guisanderas a la hora de encender el brasero:

San Pascual Bailón,

baila en mi fogón.

Y dice, además, la leyenda —no se agravie la historia—que salió un día al jardín del convento para tirar el agua en que había lavado los trastos, oyó cantar un pajarito, se detuvo —extasiado— a oírlo, y cuando volvió al convento lo encontró mudado en cuartel; preguntó, asombrado: “¿Y el convento? ¿Y las monjas?” —“Sí —le contestaron—. Hace un siglo hubo aquí un convento de monjas.” ¡El santo se había pasado cien años, en unos minutos, oyendo cantar al Pajarito de la Gloria!

La interpretación físico-matemática del caso no es hoy difícil, hoy que conocemos las travesuras del tiempo. Uno de los Breviarios recién publicados por el Fondo de Cultura Económica (La física del siglo xx, por Pascual Jordan, excelente obra de vulgarización) expone así, con nitidez, un ejemplo de Einstein sobre la “relatividad de lo simultáneo”:

Supongamos un navío aéreo que marcha a una velocidad enorme, casi equivalente a la de la luz (300 000 kilómetros por segundo). Supongamos también que su tripulación vuelve a la Tierra después de un año de viajar a tal velocidad algo menor que la luz (exactamente, 0.05% menos). Los relojes de los tripulantes han marcado, dentro del navío aéreo, justamente un año de tiempo, las provisiones para el año se han agotado; los cabellos han encanecido según las penalidades de un viaje de un año por los espacios estelares. Pero he aquí que, llegados a la Tierra, los tripulantes se encuentran con que, en ese tiempo, la especie humana ha envejecido ¡en cien años!

¿Será que, de modo parecido, y con una velocidad todavía mayor, San Pascual, en su éxtasis, fue transportado por los ángeles? Y que la velocidad angélica sea mucho mayor que la velocidad de la luz lo damos por admitido.

Resulta que, cuando hablamos del tiempo, hablamos de muchas cosas distintas, y hay que entenderse previamente. Hay el tiempo que define Bergson y que en castellano correcto, aunque anticuado, pudiéramos decir “la durada real”: sentimiento del fluir, conciencia del constante tránsito en cuyo fondo Heidegger ve agitarse la nada, música sin melodía o melodía sin música. Hay el tiempo físico de los relojes, que ahora se entiende implícito en el espacio inseparable de él, de donde la “relatividad” y las varias soluciones propuestas para explicar cómo es que Aquiles da alcance a la tortuga, aunque ésta, en la proyección estática del suelo, le llevaba de ventaja diez metros, un metro, un centímetro, un milímetro, un diezmilímetro, etcétera. Hay el tiempo psicológico de que dice Jorge Manrique “¡cuán presto se va el placer!” y que a la inversa hace sentir a Oscar Wilde el sufrimiento como “un momento muy largo”, o que hace encanecer de dolor a María Antonieta en una noche, y del que cantaba Baudelaire: “¡Tengo más recuerdos que si tuviera mil años!” Todo ello, concepto métrico de las cargas emocionales. Hay ese tiempo biológico de laboratorio, que permite sospechar el compás de una vida y su duración por lo que tarda en cicatrizar un rasguño, etc., etc. ¿Y por qué no el sentimiento romántico del tiempo?

A la luz de un relámpago nacimos

y aún dura su fulgor cuando expiramos.

Donde cae la queja de Teofrasto moribundo, y de tantos otros: ¿Por qué dio la naturaleza tan larga vida a ciertos brutos, que no saben cómo emplearla, y a nosotros nos interrumpe en lo mejor del trabajo y el estudio? Lo que el adagio antiguo compendia en aquella moneda hipocrática tan bien acuñada: Ars longa, vita brevis.

Y todavía J. W. Dunne —un ingeniero militar que entretiene con filosofía matemática los ocios de la guarnición— viene a inquietarnos con la ocurrencia de que el porvenir no está por venir, que ahí está esperándonos de toda eternidad, y que somos nosotros quienes caminamos hacia él como por una carretera. En su libro Un experimento con el Tiempo, que ignoro si se ha traducido del inglés, se gasta confianzas con el tiempo, pretende pulverizar a Bergson, y deshacer con dos o tres fórmulas algebraicas la teoría de la evolución creadora, del tiempo henchido de novedades, y viene a decir —casi textualmente- que los sueños premonitorios (o proféticos) no son otra cosa que “recuerdos del porvenir”, adulterados y refractados en el durmiente, como se adulteran y refractan las imágenes de los hechos pasados.

Aún falta quien nos venga a decir que el tiempo vital es reversible, como las cintas cinematográficas en que el nadador sale de pies por el agua y sube fantásticamente hasta el trampolín; o como en El recién nacido de Becerro de Bengoa, donde un sabio de ochenta y cinco años, más afortunado que el doctor Alexis Carrel, acierta con el método para prolongar la vida; pero le hicieron la operación al revés, y comenzó a decrecer en años y murió de niño de teta. Por cierto que, al final del cuento, el propio cuentista se encuentra a bordo de un tren que desanda el camino. Y horrorizado por la historia que nos acaba de narrar, entabla este diálogo con un pasajero:

—Pues, señor, volvemos atrás!
—¡Volverá usted! . . . ¡Yo no vuelvo atrás nunca! El tren vuelve, nuestros cuerpos parece que vuelven también; pero, señor mío, nuestras vidas siguen marchando hacia adelante, y no retroceden nunca. ¿Está usted?

Pero tomemos en serio al tiempo, y sea por la fase que mejor se deja aprehender: no la naturaleza filosófica ni el concepto del tiempo, sino el tiempo práctico, el que mide la ciencia, el que sirve para medir la historia, el de los relojes y los calendarios.

No siempre se lo entendió como un flujo continuo. La idea de la continuidad del tiempo es una idea muy elaborada, tras varios siglos de titubeos en la mente del primitivo. Y de ello quedan residuos. Porque ¿habrá cosa más natural para el labriego que medir el tiempo por cosechas? Me aseguran que el campesino sueco suele aún medir el tiempo por las cosechas de centeno o de patata. De la joven se dice que cuenta veinte primaveras; del viejo, que suma ochenta inviernos. La sucesión de los días y las noches, el periodo de las fases lunares, todos los ritmos naturales y biológicos parece que inclinan a la concepción del “tiempo discontinuo”, como dicen hoy los investigadores; y el tic-tac del segundero traslada el latido del corazón. Las noches parecen ser las pausas, y los días el tiempo verdadero. Los griegos midieron lo que hoy llamamos las veinticuatro horas comenzando por la noche, y todavía la palabra inglesa fortnight es abreviatura de forteen nights, catorce noches o quince días.

Luego vino el año luni-solar, conflicto del principio tenido por femenino y del principio tenido por masculino, con que lucharon los babilonios, y que resolvieron insertando meses irregulares. Y los griegos, con ser tan audaces, nunca lograron desterrar del todo a la caprichosa luna de su calendario de Olimpíadas, ni ajustar del todo su calendario a las necesidades sociales. Los romanos, en el trato corriente, preferían contar por cónsules. Los egipcios lograron superar la imagen de los hitos creados por las inundaciones periódicas del Nilo, y dieron con el año estelar —primero de 360 y al fin de 365 días—, base de los sistemas futuros. Todavía Hesíodo, hacia el siglo VIII a.c., comienza su año agrícola con la reaparición de las pléyades en mayo. Paulatinamente se llegó al calendario gregoriano, y el Venerable Beda —un anglosajón que escribía en latín por los siglos VII y VIII de nuestra era— impuso la partición de la historia en “antes de Cristo” y “después de Cristo” (si es que no se hizo en España). El mes nació de la luna, pero se perfeccionó con las prácticas religiosas y sociales, que engendraron paulatinamente la semana. El día de los relojes solares, estelares y acuáticos se encerró en el reloj mecánico. Las divisiones del día se redujeron a las horas, las horas a los minutos, los minutos a los segundos, y así en una partición infinita.

Y hoy —según la repetida frase de un filósofo que, por llevado y traído, no me da la gana de citar— la humanidad se nos representa como un hombre inmenso que adelanta sin pausa por las continuas avenidas del tiempo. Y cada uno se ve a sí mismo como si arrastrara un inmenso caudal de tiempo (los “gusanos de cuatro dimensiones” que decía Proust: tres del espacio y uno del tiempo), o mejor aún, devorado lentamente por el monstruo invisible, como en el soneto de Góngora, puesto que nacer es empezar a morir:

Mal te perdonarán a ti las horas,

las horas que limando están los días,

los días que royendo están los años.

Clara imagen del tiempo, entendido como la corriente de un río, aquel viejo romance anónimo:

Yo soy Duero,

que todas las aguas bebo…

Los niños dijeron taita

y los llaman taita a ellos;

las niñas mamaron leche,

y ya crían hijos tiernos;

los gallos fueron pollitos,

y los pollos fueron huevos.

Yo soy Duero,

que todas las aguas bebo.

Pero la discontinuidad se ha deslizado en la evolución biológica con las “mutaciones súbitas”, y en la estructura de la materia con los misteriosos “cuantos”, ojos del cedazo de la nada en que está bordada toda sustancia. ¿Y si la discontinuidad se entromete un día con el tiempo, ya no en el candoroso sentido de los primitivos, sino en la estructura misma de la cadena? ¿Y qué, si el tiempo se ataja sin decir: “agua va”? ¡Ay, señor, en estos días de la desintegración atómica—casi la aniquilación de la mónada leibniziana—, todo, todo puede suceder!

IV-1950

Alfonso Reyes, “Cosas del tiempo”, Obras completas XXIIFondo de Cultura Económica, México, 1989, pp. 125-129.

Visión de Anáhuac (1519). Por Alfonso Reyes

En 1915, luego de haber dejado México y ya establecido en Madrid con su esposa y su hijo, Alfonso Reyes escribió uno de sus textos más conocidos: Visión de Anáhuac (1519). El ensayo –publicado por primera vez en 1917 en la editorial costarricense Imprenta Alsina– despliega una recreación de la mirada que los navegantes españoles tuvieron al observar el Valle de México por primera vez. El texto es un registro de asombros, un ensayo que va y viene de la crónica a la viñeta histórica, del poema en prosa a la estampa costumbrista. Lo mismo describe la vida cotidiana de los mexicas que establece una relación entre la naturaleza y la poesía: obra que huye de la exaltación regionalista –acostumbrada cuando se hablaba de lo nacional– para establecer un diálogo con la literatura y el arte universal a partir de la geografía y la poesía de las antiguas culturas mesoamericanas. Escrito desde el exilio, Visión de Anáhuac hace un recuento de México y su cultura en un momento en que la inestabilidad política era la moneda corriente del país.

 

Enlace para descarga el documento en la Biblioteca virtual Miguel de Cervantes:

http://www.cervantesvirtual.com/obra/vision-de-anahuac-1519/

La intelectualidad mexicana y la guerra europea. Por Alfonso Reyes

El Universal, diario de México, publica en su número del 20 de junio de 1917 las opiniones de los intelectuales mexicanos sobre la conveniencia de que México intervenga en la guerra europea. Todas las opiniones se inclinan en favor de los aliados.

Además de las transcritas a continuación —y que hemos ordenado, en lo posible, según su importancia—, se publicaron las del autor dramático Marcelino Dávalos, el poeta anacreóntico Enrique Fernández Granados, los jóvenes poetas Ramón López Velarde y José D. Frías, el poeta parnasiano Rafael López, el novelista Rubén M. Campos, el fuerte pintor Saturnino Herrán, los periodistas Hipólito Seijas, Arturo Cisneros, José Coellar y Luis Alva, y los médicos Luis Coyula y Manuel Mestre Ghigliazza.

Tienen singular importancia, por el mérito intelectual de las personas que los emiten, el juicio de Antonio Caso, filósofo y director espiritual do la juventud, y el de Julio Torri, fino escritor y sutil ensayista que dirige actualmente la colección de publicaciones “Cvltvra”.

Adviértase, en la opinión de Caso —francófilo de corazón que alguna vez nos decía que en México se debiera alzar un monumento a la cultura francesa—, ese primer movimiento de reserva propio del hombre acostumbrado a considerar históricamente el pro y el contra de las cuestiones. Y adviértase, en Torri, la decisión rápida y certera del artista que vive en contacto con las realidades inmediatas.

Con contadas excepciones (como el erudito González Obregón y el académico Revilla), la gran mayoría de los que han sido interrogados por El Universal pertenecen a la última generación literaria, inmediatamente posterior a la de Nervo, Urbina, Urueta. No es extraño, en todo caso, que sus simpatías estén por los aliados. Algunos, hipnotizados por lo apremiante del actual problema mexicano, procuran dar a sus juicios cierta apariencia de frialdad, y parecen inferir su actitud, favorable a los aliados, de consideraciones meramente interamericanas. Pero, en el fondo, a la mayoría, y a los jóvenes sobre todo, los inspira un desinteresado amor a Francia.

México debe en parte a Francia su verdadera independencia, que es la del espíritu: los grandes creadores de su fisonomía intelectual han sido, para lo oficial y universitario, Gabino Barreda, un discípulo de Auguste Comte, fundador de la Escuela Preparatoria y organizador de la enseñanza liberal, y para el mundo más libre de la literatura y de la poesía, Manuel Gutiérrez Nájera, glorioso discípulo de las Musas de Francia, uno de los primeros propulsores de las nuevas corrientes que han transformado nuestro lenguaje poético, y uno de los primeros en escribir la prosa española con esa sintaxis ligera y concisa que todos procuramos ahora.

Esto, por lo que atañe al pasado. Para el porvenir, en tanto que México no haya acabado esa penosa tarea de equilibrar su situación, a la que actualmente se entrega con todo empeño, tendrá que recibir influencias extrañas, y aun después seguramente, como es lo normal entre los pueblos. Por muy firme que se desee la amistad entre México y los Estados Unidos del Norte, aquella gran república podrá hacernos muchos beneficios, pero no en el robustecimiento del alma nacional. Aparte de las divergencias fundamentales, de orden psicológico y moral, nunca se ha dado en la historia el caso monstruosamente hermoso de que un pueblo fuerte y expansivo influya sobre su vecino débil y desorganizado en un sentido ventajoso para la dignidad nacional de éste. Y las fuerzas mecánicas de la historia pasan por sobre las buenas intenciones individuales.

Así pues, México tiene que volver los ojos a Europa. Volverlos a la antigua Metrópoli es obvio, pero teniendo en cuenta que ésta reacciona ahora, tratando de rectificar todo su pasado. México la ha precedido en esta tarea dolorosa de rectificación. Y de todos los demás países europeos, sólo Francia puede servirnos como fuerza espiritual orientadora, según lo ha probado ya la experiencia de nuestros educadores desde mediados del siglo XIX, tanto por la facilidad de aprender su lengua y lo muy difundida que está ya entre nosotros, como por ciertas internas afinidades mentales que algún día me propongo analizar largamente, y que comienzan a definirse desde el primer siglo de la Conquista, entre los criollos y mestizos de la vetusta Nueva España.

Madrid, agosto, 1917.

Publicado solamente en francés en el Bulletin de l’Amérique Latine VII, 1º y 2º, París, X y XI-1917.

Alfonso Reyes, “La intelectualidad mexicana y la guerra europea”, Obras completas VIIFondo de Cultura Económica, México, 1996, pp, 475-477.

1997-2018 (21 años)

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