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No hay tal lugar. Por Alfonso Reyes

I

HAY UN instante y corresponde singularmente a las épocas de transición brusca en que el poeta se adelanta al jurista e imagina, a lo novelesco, una sociedad perfeccionada, mejor que la actual; una ciudad teórica, soñada, donde los conflictos del trato entre los hombres hallan plácida solución; una fórmula armoniosa en que el bienestar se asegura mediante el cambio completo de costumbres y leyes; un ensueño revolucionario, todo lo fantástico que se quiera, pero índice claro y auténtico de las aspiraciones generales o siquiera de las más refinadas: aquello en suma que, con estilo de historiador literario, llamamos Utopía o República Perfecta. “Utopía”, lugar que no está en ninguna parte. El poeta inglés William Morris llama a su novela utópica News from Nowhere, noticias de ninguna parte. Y Samuel Butier, invirtiendo la palabra nowhere, llama a su australiana utopía Erewhon. La utopía anda en las coplas populares:

En la tierra No-Sé-Dónde
veneran no sé qué Santo,
que rezado no sé qué
se gana no sé qué tanto.

Sólo hay, en efecto, una diferencia de celeridad entre el ánimo del grande humanista inglés Tomás Moro, cuando —en el reposo de su estudio, pero empujado por la inquietud más fecunda de la historia— escribe la Utopía de que todos han oído hablar, y el diputado, cualquiera, del 1789 que, a punta de improperios y arrebatos parlamentarios, entrecortado de sobresaltos, pletórico de filosofía jacobina, trata de redactar ese grande poema práctico, la Declaración de los Derechos del Hombre. Ambos, con sus ideales propios y según las luces de su tiempo, aspiran a la República Perfecta: como en todas las Constituciones políticas de los pueblos modernos.

Fácil es distinguir entre las utopías políticas propiamente tales —proyectos de posibles reformas— y las meras fantasías en que la imaginación se alivia de la realidad por un puro placer poético. Pero, en efecto, aun las Constituciones mismas son metas propuestas a la conducta de los ciudadanos. No siempre es fácil cumplirlas, por lo tanto. Y hasta ocurre pensar, en horas de asueto contemplativo, que si se las cumple al pie de la letra, ya no satisfacen su misión y hay que reformarlas, hay que ofrecer una meta un poco más alta. Tal vez en esto pensaba John Cotton —el adusto salvajón eclesiástico de la Nueva Inglaterra— cuando se atrevió a escribir: “Una ley es tanto menos provechosa cuanto más huele a hombre.”

De suerte que la misma estrella preside al legislador, al reformista, al revolucionario, al apóstol, al poeta. Cuando el sueño de una humanidad mejor se hace literario, cuando el estímulo práctico se descarga en invenciones teóricas, el legislador, el reformista, el revolucionario y el apóstol son, como el poeta mismo, autores de utopías. Y, al contrario, en el escritor de utopías se trasluce al gobernante en potencia: toda república perfecta requiere, como juez supremo, a su inventor. Utopías en marcha son los impulsos que determinan las transformaciones sociales; ilusiones políticas que cuajan al fin en nuevas instituciones; sueños preñados del éxito y del fracaso que llevan en sí todos los sueños, y hasta recorridos interiormente por ese despego de las contingencias que, en último análisis, se llama ironía. Quiere decir que nos inspiran igualmente lo que ha existido y lo que todavía no existe.

Reflexiónese, por ejemplo, en la vieja idea del “pacto social” como fundamento filosófico de las sociedades. Protágoras y otros pensadores griegos la anuncian; la esbozan, después, Althusio y Grocio; por primera vez la desarrolla Hobbes en su Leviatán; la exponen, más tarde, Spinoza en su Tratado teológico político, Hooker en su Política eclesiástica, Locke en su Gobierno civil; Rousseau le da el nombre de “contrato”; y Kant la interpreta como criterio general de justicia.

Popularizada en la reforma romántica, interesa la concepción moderna del Estado, y en redor de nuestras Constituciones, Cartas Magnas o Pactos, divagamos o combatimos como si defendiéramos nuestro derecho a soñar, a enaltecernos, a salir cada día un poco más allá de nosotros mismos.

También los Enciclopedistas buscaron la felicidad en las reformas sociales. Y de aquel mundo nutrido de filosofía y retórica más o menos clásica, educado y conducido por literatos, nació la Revolución francesa. Aquí se descubre fácilmente lo que en ella hubo de sueño y, a pesar de tanta sangre vertida, hasta de juego infantil. ¿Qué otra cosa es el tratamiento ritual de “ciudadanos” que usan entre sí los vecinos? ¿Y el ensayo de religión laica, que había de resucitar con el Positivismo de Comte? Querían los hombres de entonces sanear el mundo del “miasma eclesiástico”, fomentando el culto de la Inteligencia. Los bautizados se lavaban para desbautizarse; los sacerdotes arrepentidos se divorciaban de su breviario en ceremonia pública. A la gótica Notre-Dame, llena de quimeras, se la llamaba oficialmente el Templo de la Razón, nueva deidad a que sería consagrada. Fabre d’Églantine inventó otro Calendario. (Comte también lo ha de recordar.) La economía política divagó: ya no habría pobres ni ricos, y esto por mera resolución gubernativa. La arquitectura se hizo sentimental: era menester que se demolieran los campanarios, porque las torres sobresalen como magnates y recuerdan los feudales oprobios. La filosofía se dictó por decretos. Uno, célebre, de Nevers, declaraba que la muerte es “un sueño eterno”. (¿Y no sabemos de algún conquistador español que, al hacerse cargo de su gobierno en las Indias, dictaba, por decreto oficial, la existencia de un solo Dios verdadero y Tres Personas distintas?) Impresiona en toda esta época el carácter acentuadamente verbal de los entusiasmos populares, acarreados entre las brisas girondinas. Entre 1789 y 1799 aparece una colección de términos y expresiones que regocijarían al humanismo, si no hubieran hecho caer tantas cabezas. Robespierre aparece verdaderamente acosado por una trinidad terrible: el Ser Supremo, la Virtud y la Propiedad. Pero donde se extrema el sentido utópico de la Revolución es en la creencia de que se legisla para el universo. (Lo que en cierto modo resultó verdad para todo un orbe de sociedades humanas.) La Asamblea Nacional llegó a recibir solemnemente en su seno a una supuesta diputación de indostánicos, árabes, armenios, egipcios y otros pueblos exóticos —lacayos y cocheros disfrazados por los aristócratas zumbones—, quienes venían, en nombre de toda la tierra, a agradecer el advenimiento de la Justicia.

 

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Temperamentos de escritor. Por Alfonso Reyes

HAY CATEGORÍAS de escritores. A todas prefiero la que establece Rémy de Gourmont:
1º Escritores que escriben,
2º escritores que no escriben.
     Schopenhauer ha propuesto dos clasificaciones. La primera es una clasificación polémica bastante vulgar:
1º Escritores que escriben para decir algo,
2º escritores que escriben para ganar dinero.Los dos grupos nos parecen igualmente honorables.
     —El escribir —decía Johnson— o ha de ser para ganarse el sustento, o es necedad. Aunque oigo comentar a Voltaire, definitivo:
Je n’en vois pas la nécessité.
     La segunda clasificación de Schopenhauer se acerca ya al misterio lírico, aunque no lo penetra:
1º Escritores que escriben sin pensar, o con pensamientos ajenos,
2º escritores que piensan al escribir,
3º escritores que piensan antes de escribir.
Notemos la ausencia de una cuarta categoría:
4º escritores que piensan después de escribir.
     A esta especie cómica parece pertenecer cierto amigo de Heme que, tras de construir una apología del cristianismo, se convencía de su error y la arrojaba al fuego; comenzaba, entonces, una apología del paganismo; pero al acabarla, se arrepentía otra vez, y la arrojaba también al fuego.
     Opina Schopenhauer que la tercera categoría es la más noble. ¿Por qué no la segunda? Necesariamente se ha de pensar antes de escribir (3º categoría) y, sobre todo, mucho, mucho, después de haber escrito (4º categoría). Esto es evidente y no vale la penas de insistir. Pero lo que da sustancia a la obra es muchas veces lo que se va pensando al hacerla, y de lo que no se tenía idea antes de comenzarla. El mismo Schopenhauer define la ley del “escribir en sí”:
     —Lo que se escribe para algo desmerece por eso mismo.
No se debiera escribir-para.
     Sé de hombres que sólo recogen la conciencia de su ser con la pluma, y que sólo parecen pensar al estímulo externo de la escritura: éstos son los hombres del arte. Para pensar necesitan útiles y herramienta, como para un oficio material. Y no hay arte sin herramienta. Sólo así es sabroso pensar. La palabra evoca la idea; el lirismo engendra la razón: la consonante es, en la poesía moderna, fuente de inspiraciones. Es la ninfa Eco —dice el poeta— que engendra su diálogo a solas. Schiller sentía una emoción lírica abstracta cuando iba a brotar de él la poesía, y Horacio nos cuenta que, en mitad de la noche, le asaltaba el ansia de hacer versos. Es verdad: por la inquietud abstracta de escribir se conoce al que es escritor. Hasta para leer necesita de la pluma. A veces se le sorprende, en plena charla, distraído, trazando con el índice letras en el aire. El pintor de vocación pretende ver con los dedos tanto, al menos, como con los ojos. También el escritor de vocación parece pensar con la pluma.
     El escritor piensa al escribir. Hay unos que escriben por acumulación externa —soldando notas— y otros hay que escriben por crecimiento interno. Éstos dan el tipo del escritor. En aquéllos la fuerza es pobre; en éstos, manante. Como crece la línea de tinta, así va desenvolviéndose su pensamiento. Su pluma misma tiende a fundir todas las palabras en un rasgo continuo, y nunca da alcance al pensamiento. Pero, a veces, aquí y allá detonan mal combinados elementos (el espíritu es caprichoso), y la pluma se quiebra, sembrando una flor de chispas radiantes. Entonces la continuidad se interrumpe, y hay que disponer de dos o tres cuartillas a la vez, y escribir a un tiempo en todas ellas, a grandes trazos. Tales paréntesis resultan normales en algunos. Quizá los que dictan a cinco secretarios a un tiempo son más bien unos perezosos…
     Suelen los grafománticos tener razón: mucho dice un autógrafo sobre el temperamento del escritor: pensamos en los de Balzac, descritos por Gautier. La descripción es interminable: Gautier, como Balzac, hubiera ganado recordando que el estilo es economía. Precisamente el procedimiento de corrección usado por Balzac consiste en ampliar: por medio de interlíneas, frases al margen, notas y llamadas (cruces, bicruces, estrellas, soles, cifras, letras), líneas que estallan —fuego de artificio dibujado por un niño— hacia arriba, hacia abajo, a la derecha, a la izquierda, y luego al nordeste y al nornordeste, y así infinitamente. Balzac salía de la tarea desvelado, la cabeza humeante, el cuerpo exhalando vapores como los caballos en invierno: le había echado cien calderos de agua al estilo. . . ¡Ahora lo entendemos todo!
     Pero ¿qué hay en la letra de imprenta que incita a corregir? Los más no pueden corregirse en sus manuscritos; necesitan, para desdoblarse en críticos de sí propios, verse desde afuera: en molde.
     Otros, como Flaubert, se leen en voz alta y a solas.
     Otros, afectos a recitar sus versos como el Ligurino de Marcial, aprovechan la visita de los amigos. Goethe se ha quejado de ellos en una lied irónica:
El poeta va a dar un convite y quiere que asistan a él las vírgenes más puras, las esposas más fieles, los ricos no presuntuosos, los poetas que gustan de oír versos ajenos, pero no de recitar los propios. Es inútil: nadie llega.
—¡Ea!—dice el poeta a su criado—. Vé a buscarme otros huéspedes, vé a decir a la gente que venga tal como es y con todos sus vicios; que así vale más.
     Entonces el criado tiene que abrir las puertas de par en par.

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Respuesta. Por Alfonso Reyes

1º No sé, verdaderamente, cuál libro prefiero entre los míos. Así lo declaraba yo hace un par de meses al director de L’Amérique Latine, de París, y ahora lo repito al periodista de mi tierra que me interroga. Me interesan, de cierto modo especial, El suicida y El plano oblicuo, pero tampoco puedo olvidar a mis otros hijos. Yo siempre escribo bajo el estímulo de sentimientos —¿cómo diré?— constructivos. Lo que me deprime o me angustia nunca es fuente de inspiración en mí. Cada libro me recuerda un orden de estados de ánimo que me es grato, que me ha sido útil —íntimamente útil— dejar definido. Cuestiones estéticas, aunque escrito en la lengua tortuosa de la adolescencia, me recuerda las orientaciones fundamentales de mis estudios, mis primeros entusiasmos por los grandes libros. Cartones de Madrid es para mí, en su brevedad, toda una época de mi vida: la de mis alegres pobrezas. Los tomos de Simpatías y diferencias serán, a la larga, como un plano de fondo, como el nivel habitual de mis conversaciones literarias. Porque siempre estoy queriendo comunicar y cambiar ideas con los demás; y como no tengo ocasión de hablarlo todo, escribo lo que se me va acumulando. Es muy frecuente que el recuerdo de mis amigos me ande rondando al tiempo que me pongo a escribir. Hay, entre las mías, muchas páginas que llevan una dedicatoria entre líneas. De igual modo, tras de cada libro me aparece el cuadro de las emociones que lo empujaron, que lo produjeron. En mí, el razonamiento más clarificado y dialéctico procede siempre de un largo empellón de sentimientos que, a lo mejor, han venido obrando durante varios años. Así, cuando se me pregunta por un libro mío, corro el riesgo de contestar algo que no corresponde al libro en cuestión, sino a ese doble fondo invisible que las obras tienen a los ojos de su creador; a ese otro libro no escrito, de que el libro publicado es sólo un efecto final, un hemisferio visible; a ese libro fantasma que nunca conocen los lectores, y que los críticos nos esforzamos a veces por adivinar. (Me figuro, por lo demás, que otro tanto acontece a todos.) Pero, por regla general, libro escrito es deseo apagado. Esta ansia inagotable de encontrar sentido a nuestra vida, de hacer, con la materia fugaz de la conciencia, un ser congruente y objetivo, un poema; esta ansia, no bien acabamos una tarea, busca nuevos rumbos y aspira hacia la confusa obra en gestación. Es un anhelo que se parece tanto al amor. Los físicos demostrarían fácilmente que, cuando llega el apremio de escribir, hay palpitaciones cardíacas semejantes al sobresalto amoroso, e iguales descargas de adrenalina en la entraña romántica. Hoy por hoy, no sé ya qué pienso de mis libros escritos. Estoy ocupado, torturado y gozoso, con los que llevo dentro.

¿Qué fin persigo al escribir? Me guía seguramente una necesidad interior. Escribir es como la respiración de mi alma, la válvula de mi moral. Siempre he confiado a la pluma la tarea de consolarme o devolverme el equilibrio, que el envite de las impresiones exteriores amenaza todos los días. Escribo porque vivo. Y nunca he creído que escribir sea otra cosa que disciplinar todos los órdenes de la actividad espiritual, y, por consecuencia, depurar de paso todos los motivos de la conducta. Ya sé que hay grandes artistas que escriben con el puñal o mojan la pluma en veneno. Respeto el misterio, pero yo me siento de otro modo. Vuelvo a nuestro Platón, y soy fiel a un ideal estético y ético a la vez, hecho de bien y de belleza.

¿Obras en preparación? Eso es una cuestión doméstica. Yo acostumbro cerrar las persianas para estas cosas. Hablemos más bien de las obras de próxima publicación; es decir, ya dadas a la imprenta. Dejé en Madrid los originales de un libro de ensayos breves que se llama Calendario, el apunte cotidiano en la hojita de papel. Mi amigo Díez- Canedo me hace el favor de corregir las pruebas. Quien haya hecho otro tanto para el libro de un compañero, sabe lo que debo a este hombre sin par. Dejé también en manos de Rafael Calleja un poema dramático en verso libre, Ifigenia cruel, cuyas pruebas fueron ya revisadas por mí. Los último cuidados quedan al amigo Rafael, que, además de un editor excelente, es un fino hombre de letras. Me es muy grato no poder hablar de mis trabajos sin nombrar a mis amigos. Al cabo —decía Stevenson— toda obra impresa es como una carta circular dirigida a nuestros amigos.

4º No sé cuál será mi mejor poesía. Tengo, de algún tiempo a esta parte, cierta predilección por el Descastado, acaso porque me parece una poesía sincera y personal. La he publicado a renglón seguido, sin disposición de versículos, por razones de comodidad objetiva, y porque cada párrafo de ella, por llamarlo así, quiero que revele a los ojos su unidad interior. Pero el oído habituado percibe fácilmente ritmos y cadencias más allá de la regularidad métrica. Esta poesía no representa, afortunadamente, mi estado de ánimo habitual, sino el de un momento de caprichosa melancolía, de mal humor casi, en que sentí dentro de mí algo como la guerra civil psicológica que a todos nos amenaza, y más a los hijos de pueblos en que hay mezclas o mestizajes relativamente recientes. Me interesan más, como es de suponer, otras composiciones de nueva fábrica, pero inéditas todavía, de que aún no tengo derecho a hablar. El libro Huellas, en que aparece el Descastado, es un libro poco construido, donde establecí divisiones caprichosas que sólo sirven para desorientar al lector, cuando sólo debí hacer dos partes: lo viejo y lo nuevo. Pagué allí el pecado de no haber ido recogiendo y publicando los ciclos poéticos en el momento mismo en que se producían. Y a pesar de los abnegados esfuerzos de Genaro Estrada, ni él ni yo logramos evitar por todo el libro una viciosa vegetación de erratas. El primer ejemplar que cayó en mis manos me obligó a meterme en cama, en estado de verdadera postración nerviosa. Ventura García Calderón decía, en París: “Nuestro amigo Reyes ha publicado un libro de erratas acompañadas de algunos versos.”

Me cuidaré, en adelante, de dar más unidad a los libros de versos. Y tanto mejor si llegara a conseguir que cada libro fuera un poema.

México, junio de 1924.

 

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22 de febrero de 1926: nace Miguel León-Portilla

Un 22 de febrero de 1926 nace Miguel León-Portilla, historiador mexicano, destacado antropólogo por su conocimiento sobre la cultura náhuatl; eminente profesor e investigador de importantes universidades nacionales y extranjeras, miembro de academias como la de Historia y de la Lengua. Entre sus obras destacan “La filosofía náhuatl”, “La visión de los vencidos” y “Tonantzin Guadalupe”, traducidos a varios idiomas.

Se puede escuchar a Miguel León-Portilla hablar sobre su vida y obra en el programa “Letras y voces” en conversación con Adolfo Castañón, transmitido en 2015:

https://www.imer.mx/22-de-febrero-de-1926-nace-miguel-leon…/

En agosto de 2018, a propósito del Día Internacional de los Pueblos Indígenas y con la claridad que le caracteriza, el maestro de generaciones dijo: “Exhorto a todos los que tengan un ancestro náhuatl, zapoteca, purépecha, maya o ñañu, o de cualquier pueblo, que a sus hijos les conserven la lengua. A veces, antes les daba vergüenza hablarlas porque les decían ‘indio’… que te digan indio, que te digan pueblo originario, ¡es una cosa ma-ra-vi-llo-sa!”.

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Teoría y práctica. Por Alfonso Reyes

DE TIEMPO en tiempo nos lo aseguran: la gran enfermedad de esta cultura de Occidente que nos ha criado a los pechos, la enfermedad congénita de que ella habrá de morir, es el haber dividido el mundo fatalmente en dos: a un lado la teoría, a otro la práctica. Y los maestros de teoría afirmamos de tiempo en tiempo que ambos órdenes se confunden. En el fondo, lo que quisiéramos es adueñamos maliciosamente de la práctica, que casi siempre se nos va de las manos. Por eso le negamos entidad propia, autonomía. Y sin embargo, todos los días la práctica nos da con la puerta en las narices, nos deja fuera y sigue viviendo tan contenta, sin necesidad de nosotros. Desde mitad de la calle, oímos sus risotadas y envidiamos sus fiestas.

¿Pues sabían ustedes que el pueblo conquistador por excelencia en la antigüedad; el que ocupó mayores extensiones y territorios, y todos los ligó a la metrópoli con un sistema de carreteras y correos que todavía nos asombra; en suma, el que más practicó la geografía —el pueblo romano— fue el que menos contribuyó al desarrollo de la teoría geográfica? Fuera del derecho, se conformó con la ciencia que heredó de Grecia. La Historia Natural de Plinio el Viejo, obra -voluminosa y absurda, indigestión de noticias ciertas y falsas, datos reales y patrañas amontonados sin criterio; pero fuente inestimable en su confusión, que servirá de base al saber medieval; contribución la más importante que Roma dio a la geografía teórica, nos permite formarnos una idea de los extremos que pudo alcanzar la ignorancia de las cosas terrestres entre aquellos hombres que dominaron prácticamente la tierra entonces conocida.

Figúrense ustedes que un marino griego, un tal Hipalo, allá por el siglo —es decir, estricto contemporáneo de Plinio—, había aprendido de los árabes el secreto de los monzones que soplan periódicamente sobre el Océano Índico. El precioso descubrimiento permitió a los navegantes atreverse por aquel mar “con conocimiento de causa”, y cruzarlo tranquilamente en vez de pegarse a las costas árabes y persas en su tránsito para la India; con lo cual el tráfico comercial de Roma ganó en un ciento por ciento. Era de creer que Roma supiera lo que pasaba, y sobre todo el sabio de Roma, Plinio el Viejo. Pero he aquí que Plinio lo ignoraba todo a tal punto que, “habiendo oído campanas” como dice el vulgo, se creía que ¡“hipalo” era nada menos que un viento marítimo! . . – ¡Para que luego le cuenten a uno!

VI-1948.

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