Archivo de la categoría: Cátedra Alfonso Reyes en Cuernavaca

Alfonso Reyes en Radio UNAM

Las Meditaciones Metafísicas para legos

“Ráfaga de pensamiento” de una cita del texto El cazador de Alfonso Reyes, sobre el dogmatismo y escepticismo (y que se sospecha es una explicación y una burla al método cartesiano).

Comentarios: Ernesto Priani Saisó.

Producción: Ignacio Bazán Estrada.

Voces: María Sandoval y Juan Stack.

Controles técnicos: Francisco Mejía.

Radio UNAM, 31 de marzo de 2018.

Fuente: https://ernestopriani.podbean.com/

 

Alfonso Reyes Internet Archive

Las siguientes publicaciones de Alfonso Reyes se encuentran disponibles en Internet Archive; biblioteca digital que alberga una gran cantidad de archivos de audio, texto y video; la gran mayoría de ellos en dominio público, o con licencias de tipo Creative Commons que permiten su distribución gratuita.

Cartones de Madrid:

Cuestiones estéticas:

El cazador:

El paisaje en la poesía mexicana del siglo XIX:

El plano oblicuo:

Huellas:

Ifigenia cruel:

Retratos reales e imaginarios:

Rubén Darío en México:

Simpatías y diferencias. Primera serie: 

Simpatías y diferencias. Segunda serie: 

Simpatías y diferencias. Tercera serie: 

Simpatías y diferencias. Cuarta serie: 

Visión de Anáhuac:

 

Heráclito. Por Jorge Luis Borges

El segundo crepúsculo.
La noche que se ahonda en el sueño.
La purificación y el olvido.
El primer crepúsculo.
La mañana que ha sido el alba.
El día que fue la mañana.
El día numeroso que será la tarde gastada.
El segundo crepúsculo.
Ese otro hábito del tiempo, la noche.
La purificación y el olvido.
El primer crepúsculo…
El alba sigilosa y en el alba
la zozobra del griego.
¿Qué trama es ésta
del será, del es y del fue?
¿Qué río es éste
por el cual corre el Ganges?
¿Qué río es éste cuya fuente es inconcebible?
¿Qué río es éste
que arrastra mitologías y espadas?
Es inútil que duerma.
Corre en el sueño, en el desierto, en un sótano.
El río me arrebata y soy ese río.
De una materia deleznable fui hecho, de misterioso tiempo.
Acaso el manantial está en mí.
Acaso de mi sombra
surgen, fatales e ilusorios, los días.

Homenaje a José Luis Martínez, curador de las letras mexicanas, a cien años de su nacimiento (1918-2018)

Cátedra Alfonso Reyes en Cuernavaca.
Ciclo de conferencias conversaciones: Universidad, política y pueblo.

Dr. Braulio Hornedo Rocha, Universidad Virtual Alfonsina.
Miércoles 11 de abril de 2018, 19:00 hrs.
Salón azul, Museo de la Ciudad de Cuernavaca. #MuCiC
Centro Histórico.
Entrada libre.

CAR José Luis Martínez

José Luis Martínez Rodríguez (Atoyac, Jalisco; 19 de enero de 1918 – Ciudad de México; 20 de marzo de 2007) fue un ensayista, crítico, historiador, editor, académico, promotor cultural y diplomático mexicano.

Su trayectoria como humanista es muy variada. Dentro de su carrera política tuvo el cargo de diputado federal por el Octavo Distrito de Jalisco (1958-1961). Fue Embajador de México ante la UNESCO en París (1963-1964), también, fue Embajador de México en Atenas (1971-1974). Como promotor cultural, fue Director general del Instituto Nacional de Bellas Artes (1965-1970), Gerente General de Talleres Gráficos de la Nación (1975-1976), Consejero de la Fundación Cultural Televisa (1975-1998), Director del Fondo de Cultura Económica (1977-1982), Presidente de los comités organizadores de las celebraciones de los centenarios de Ramón López Velarde y Alfonso Reyes (1988 y 1989). De igual manera, fue el creador emérito del Sistema Nacional de Creadores de Arte (1994). Además, fue director de la Academia Mexicana de la Lengua (1980-2002), así como miembro de número de la Academia Mexicana de Historia (1993).

Fue un escritor prolífico de numerosos ensayos y estudios. Entre ellos destacan títulos como: Elegía por Melibea y otros poemas, El concepto de la muerte en la poesía española del siglo XV, La técnica en literatura. Introducción, Las letras patrias, de la época de la Independencia a nuestros días, La emancipación literaria de México, La expresión nacional. Letras mexicanas del siglo XIX, Problemas literarios, La literatura moderna de México, La obra de Agustín Yáñez, La luna, Unidad y diversidad de la literatura latinoamericana, Nezahualcóyotl. Vida y obra, Bernardino de Sahagún, El mundo antiguo, México en busca de su expresión literaria: 1810-1910, Gerónimo de Mendieta, Una muestra de la elaboración de la “Historia verdadera” de Bernal Díaz del Castillo, Origen y desarrollo del libro en Hispanoamérica, El mundo privado de los emigrantes de Indias, La literatura mexicana del siglo XX, Recuerdo de Lupita, Bibliofilia, entre muchos otros.

El escritor Gabriel Zaid alguna vez señaló que José Luis Martínez es “el curador de las letras mexicanas”, porque se dedicó a cuidar, organizar y hacer legible nuestra literatura.

Fuente: https://www.academia.org.mx/ 

 

Correspondencia entre Jorge Isaacs, Justo Sierra y Alfonso Reyes

Madrid, mayo, 1921.

Sr. D. Cipriano Rivas Cherif.

La Pluma.

Mi querido amigo: Pocas figuras más representativas en la literatura americana que el autor de María. Jorge Isaacs toma la pluma—y al punto se le saltan las lágrimas. Y cunde por América y España el dulce contagio sensitivo, el gran consuelo de llorar.

El romántico caballero judío, hijo de un judío inglés establecido en Cauca, está hecho —afortunadamente— para despistar cierta tendencia a sustituir la crítica literaria con artimañas sociológicas. Tendencia según la cual este creador de la novela de lágrimas debiera ser indio por los cuatro costados.

Caudillo liberal, escritor doliente, hombre de aventura y de ensueño, vive peligrosamente y muere en la pobreza —como muere la gente honrada— buscando unas utópicas minas en unas tierras inexploradas y salvajes, con la ambición de dejar cierto bienestar a los suyos. Los editores lo han robado. Sus enemigos políticos lo persiguen. Pero él tiene fe en la bondad humana, porque le rebosa el corazón.

En nuestras combatidas tierras de generales y poetas ¡gozan y sufren tanto los hombres! A veces me pregunto si los europeos entenderán alguna vez el trabajo que nos cuesta a los americanos llegar hasta la muerte con la antorcha encendida. ¡Qué espectáculo el de América, amigo mío! Aquéllos caen de muerte violenta, y éstos se matan a sí mismos en un esfuerzo sobrehumano de superación, para adquirir el derecho de asomarse al mundo. «Poetas y generales», decía Rubén Darío. Y algunos, que sólo quisiéramos ser poetas; acaso nos pasamos la vida tratando de traducir en impulso lírico lo que fue, por ejemplo, para nuestros padres, la emoción de una hermosa carga de caballería, a pecho descubierto y atacando sobre la metralla.

Jorge Isaacs se dirige un día a Justo Sierra, el gran mexicano de los tiempos de Porfirio Díaz. Le pide auxilio: siente que puede abrirse con él. Justo Sierra fue toda su vida un consejero y un maestro. Protegió a los poetas y educó a tres generaciones. Gran prosista, historiador elocuente, hombre de ademán apostólico, pero contenido en la mesura académica, escribió sobre nuestra historia páginas tan sinceras y valientes, que todavía nos asombran, como nos asombra que se hayan podido escribir— y sin escándalo ni falsas actitudes heroicas, sino llenas de serenidad, de inteligencia en aquella época de pax augusta cuyo secreto parece haber sido no poner nunca el dedo en la llaga. Justo Sierra ponía el dedo en la llaga y, como en el consejo de Kipling, siendo muy bueno y muy sabio, ni hacía, aspavientos de muy bueno ni hablaba a lo muy sabio. Junto a la naturaleza ardiente y solitaria de Jorge Isaacs, contrasta la vida del gran mexicano, recortada en el perfil impecable, a gusto de una sociedad elegante y exigente. Justo Sierra es ese hombre prudente de Vauvenargues que no necesita abandonar el bullicio de la corte para ser bueno y superior, y tal vez por sólo eso lo es más que quien se aísla en la Tebaida egoísta, donde no hay tentaciones ni conflictos de la conducta.

He aquí tres cartas de Jorge Isaacs a Justo Sierra. La Pluma las publicará por primera vez. Las debo a la amabilidad de Luis G. Urbina. Los críticos colombianos sacarán de ellas algunas noticias curiosas. Yo no puedo leerlas sin conmoverme. Veo—al trasluz— todos los dolores de mi América; y algo muy mío, que no acierto a formular yo mismo, se agita y despierta en mí: algo entre recuerdo y amenaza. Tal vez sea el contagio de las lágrimas.

Justo Sierra no pudo hacer Cónsul de México a Jorge Isaacs. ¿Lograría auxiliarlo de algún modo? ¿Cuándo aprenderemos a dar a los hombres lo que es suyo? Pero ya lo entiendo: lo propio de Jorge Isaacs eran las lágrimas.

Mis amigos de México podrán imaginar conmigo —¡ellos que lo conocieron!— cómo habrán resonado en el alma de Justo Sierra las lamentaciones del autor de María.

Y usted, amigo Cipriano, perdone estos desahogos sentimentales que tan pocas veces me consiento, y dé cabida en La Pluma a las cartas de Jorge Isaacs.

Muy suyo,

Alfonso Reyes

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