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“Visión de México” de Adolfo Castañón

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Adolfo Castañón nació en la ciudad de México el 8 de agosto de 1952. Desde el 23 de octubre de 2003 es el sexto ocupante de la silla II de la Academia Mexicana de la Lengua.
Este poeta, ensayista, editor, crítico literario y bibliófilo estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Gastrónomo autodidacta, ha sido miembro del consejo de redacción de varias revistas en Latinoamérica, entre las que se encuentran La Cultura en México, el suplemento de Siempre!, Vuelta, Letras Libres y Gradivia. Ha sido colaborador de Cuadrivio, Imagen Latinoamericana, La Cultura en México, La Gaceta del FCE, Letras Libres, Nexos, Novedades, Plural, Revista Universidad de México, Sábado, Siempre!, y Vuelta. Gran lector de todos los géneros, es también admirador y estudioso de la obra de Alfonso Reyes, de quien ha dicho que fue “el poeta y crítico que sentó las bases de un canon moderno de la prosa y del verso para las letras mexicanas e hispanoamericanas”. Entre sus obras destacan Alfonso Reyes, caballero de la voz errante (1988), Arbitrario de literatura mexicana (1995), La campana y el tiempo (2003), Viaje a México: ensayos, crónicas y retratos (2008), y Grano de Sal (2009). Entre las traducciones importantes en su carrera están Después de Babel, de George Steiner, y Ensayo sobre el origen de las lenguas, de J. J. Rousseau (ambos publicados por el FCE). Durante casi tres décadas trabajó para el Fondo de Cultura Económica, donde tuvo a su cargo diversas obras de Alfonso Reyes, Octavio Paz y Juan José Arreola, entre otros muchos autores. Ha sido investigador del Centro de Estudios Literarios, del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM.

Ha obtenido diversos premios, entre los que cabe señalar el Nacional de Literatura de Mazatlán 1996; el Nacional de Periodismo 1998; el Xavier Villaurrutia 2008, y el Nacional de Periodismo José Pagés Llergo 2010. En 2003 fue reconocido como Caballero de la Orden de las Artes y de las Letras por el gobierno de la república francesa. En 2015 recibió el Premio Internacional de Ensayo de Argentina.

 

 

La insolencia jonia. Por Alfonso Reyes

MUCHO se habló ayer del “milagro griego”, aunque hoy se usa la palabra con temor por si pareciere algo ingenua. Sí, hubo un milagro griego, y puede reducírselo a una “mutación” en el pensamiento humano. Los pensadores milesios abandonan las explicaciones mitológicas y sobrenaturales del universo, con que hasta entonces se habían contentado los pueblos del Oriente clásico, y proponen una explicación racional. Pero, entendámonos: estos filósofos —llamados generalmente los presocráticos o los jonios o ios milesios—, aunque no han alcanzado el dominio de la ciencia experimental propiamente dicha, tampoco se enclaustran en el dominio de lo puramente abstracto o especulativo. Sus teorías, contra lo que suele suponerse, andaban muy cerca de la práctica. Ni siquiera eran meros observadores de la naturaleza, sino que intervenían en ella, pues todavía entonces el filósofo era como un hombre de acción.

Todos saben y admiten que los griegos fueron grandes pensadores. Pero generalmente —fuera del orden de las artes plásticas— se dice que los griegos no éstaban, como ejecutores, a la altura de su pensamiento. Toda la admiración se la lleva la fase contemplativa del pensamiento griego. Conviene rectificar esta opinión que se ha encontrado en el juicio de las mayorías. No es difícil probar que el mejor y más excelso pensamiento del griego siempre aparecía acompañado de una acción vigorosa y de un vivo anhelo de ejecución, como el que urge a las Ideas, en Plotino, por imponer su sello sobre la materia, según la oportuna expresión de Farrington.

Hoy por hoy, el excesivo desarrollo de “lo libresco” —valga la palabreja— hace que la gente olvide el valor “intelectual” de lo que no está embarrado en los libros. Una granja, una fábrica, un taller, un barco, el árbol de un motor, una carretilla o volquete, una caña de pescar, no se ven como una conquista de la inteligencia; —digo, por el vulgo con letras, el más antipático de ios vulgos. El filósofo suele repetirse, anda en las nubes. Tales se cayó en el pozo por ver las estrellas. ¡Ah, sí! Pero previó a tiempo la escasez de las cosechas de aceite y acaparó a tiempo todas las prensas de los olivares para enriquecerse con el monopolio. Si esto fuere fábula, aquélla lo será también: los dos argumentos se despuntan.

Sin duda que algunas mentes poderosas, en Grecia como en todas partes, han tenido que ponerse a cubierto de los rumores de la calle si es que de veras habían de alcanzar sus conclusiones en el término de una vida. Pero esto no es siempre necesario, ni siempre ha sucedido así. No sucedió así a ojos de Esquilo, cuyo Prometeo cataloga con tan pintorescos detalles los oficios que el Titán enseñó a los hombres. No a ojos de Sófocles, que canta la ingeniosidad increíble de la inventiva técnica, como alta cualidad humana. Tampoco lo vio así Heródoto ciertamente, cuando consagra todo un capítulo a la isla de Samos por haber sido la patria de tres grandes hazañas de la ingeniería. Ni Jenofonte, que nos ha dejado una descripción entusiasta del variado equipo y el orden exquisito que se admiran en una embarcación fenicia. Ni los médicos hipocráticos, quiroprácticos por oficio. Ni finalmente Anaxágoras, quien vio con nitidez la función decisiva que ha correspondido a la mano para distinguir al hombre de la bestia.

Félix Sartiaux, eminente historiador de la cultura, entiende que la metafísica de los griegos todavía recuerda en mucho la de otros pueblos antiguos. Según él, la mutación característica que Grecia trajo a la mente humana está en el reino de la ciencia y la técnica. ¿Por qué no es esto claro y evidente para todos? Porque sobre los primeros pensadores griegos no poseemos más que fragmentos, y nos atenemos más bien a lo que quiso decirnos Aristóteles. Y Aristóteles tuerce y refracta los documentos de los jonios, como explica Cherniss, para adaptarlos a su propia tendencia, para meterlos en su propio camino. Pero recuérdese que todavía Critias, antiguo discípulo de Sócrates y más tarde uno de los Treinta Tiranos, reprochaba así a su antiguo maestro.

—¡A ver, Sócrates, si dejas en paz a ios zapateros, “metalistas” y otros artesanos, pues creo que están hartos de que los mezcles en tus charlas!

A lo que Sócrates contesta:

—¿Tendré, pues, que renunciar a las consecuencias que yo saco de estos oficios con respecto a la justicia, la piedad, las virtudes todas?

Sócrates, que ha trasladado ya su atención del campo de la naturaleza al campo de la humana conducta, seguía, al modo de los milesios o jonios, aplicando los conocimientos prácticos como método de la investigación filosófica. Sobre este punto, me refiero a los autorizados estudios del helenista argentino Rodolfo Mondolfo.

Anaximandro, el primer filósofo milesio que usó la escritura, nos pinta el mundo como el efecto de un proceso de diferenciación o separación entre los elementos que integraban una masa original indeterminada. Primero, se separa el fuego y envuelve a los demás ingredientes. La acción del fuego sobre la masa restante ocasiona en ella una nueva separación. El vapor y el aire son “chupados”, y la tierra comienza a segregarse del agua. El vapor rompe o revienta la cubierta de fuego que lo envolvía todo; se adueña de los fragmentos ígneos y forma volutas de niebla en torno a verdaderas ruedas de fuego, que rotan en torno a la tierra. La tierra aparece como un cilindro de poca altura que flota sobre las aguas del mar. Las ruedas de fuego giran en el plano de la eclíptica. Los cuerpos celestes son agujeros en las capas de niebla, por donde asoma el fuego opreso. En este cuadro, a la vez grandioso y candoroso, los intérpretes no han podido menos de ver una variedad de conceptos derivados del saber técnico. Los viejos mitólogos habían visto ya en el sol una rueda o carro de ruedas, e imaginaban al dios solar como un auriga o cochero. También ellos usaban aquí una noción de la técnica, pero su propósito principal era hacer honor al dios sol. Los dioses, como los príncipes, deben viajar en carro. Pero Anaximandro interpreta la moción del sol, no conforme a la acción de un carro de ruedas para el transporte, sino conforme a la acción de una rueda que gira sin cambiar de sitio: es decir, rueda de alfarero. Al hacerlo así, lastimaba los melindres de los conservadores porque, en vez de honrar a la deidad del mito, prescindía de ella. Zeus quedaba destronado y dejaba el puesto a un nuevo dios: Dinos o Rotación, Torbellino, que ahora ocupaba su lugar. De paso, la protesta del conservador Aristófanes en su comedia Las Nubes no va contra el racionalismo, sino contra la idea de interpretar los fenómenos celestes a la luz de las técnicas. En efecto, esta interpretación incomodaba mucho. Incomodaban también aquellos chorros de fuego empujados por los vientos, con que Anaximandro explicaba las estrellas, explicación que sólo pueden inspirarse en los fuelles de fraguas. Igualmente, es claro que el plano en que se revuelven las ruedas ígneas implica el conocimiento del polos, o sea el reloj solar cóncavo y de media esfera que se había inventado en Mesopotamia. El primer griego a quien se le ocurre escribir una obra Sobre la naturaleza se deja llevar por la imagen de la rueda de alfar, el reloj de sol y los fuelles.

El sucesor de Anaximandro, Anaxímenes, pudo lograr, mediante el empleo de igual método, dos adelantos. Trazó una pintura más coherente que la de su maestro sobre el proceso conforme al cual una materia se cambia en otra. Anaximandro le había legado un universo dividido en cuatro elementos de densidad distinta: Fuego, Niebla, Agua y Tierra. Ahora Anaxímenes discurre que la diferencia cualitativa entre estos cuatro elementos puede reducirse a una diferencia cuantitativa. Piensa que el Fuego, al hacerse más compacto, se muda en Niebla; ésta, en Agua; y el Agua, en Tierra. ¿De dónde pudo venirle esta noción? Según los comentaristas y según el testimonio mismo del vocabulario que emplea el filósofo, esta noción proviene de las artes del fieltro, tal como se las practicaba en Mileto, tierra natal de Anaxímenes, famosa por sus manufacturas de lana. En esta industria, los hilos del tejido son sometidos al calor y a la presión y salen al fin reducidos en volumen, pero acrecidos en densidad. La metáfora del universo fue sugerida por el batán. Y el segundo paso que Anaxímenes dio por su cuenta es algo que realmente le honra. Anaximandro había ordenado los elementos según su densidad, desde la Tierra central hasta el Fuego en la periferia. Los cuerpos celestes estaban hechos, para él, de puro Fuego. Pero su discípulo Anaxímenes, sin duda en su empeño de explicar la caída de los meteoritos, no teme poner piedras y tierra en el mismo cielo. Y se funda para ello en la imagen de la honda. En efecto, la honda, que se ata a la mano del hombre, revela mejor que la rueda de alfar la naturaleza de la fuerza centrífuga. Después de Anaxímenes, será ya posible considerar los cuerpos celestes como pedazos de tierra: interpretación no racional, sino “operacional” de la naturaleza. Platón, que era un racionalista en la tradición de Parménides, luchó siempre, del principio al fin —desde la Apología hasta las Leyes— por quitar otra vez del cielo los pedazos de tierra y las piedras. Aristóteles, mientras siguió igual tradición, completó la obra de Platón, imaginando que los cuerpos celestes están hechos de una especial sustancia celeste. Pero estas ideas ocurrieron después. La clave del mundo que nos presentan los milesios deriva del alfar, los fuelles, el batán y la honda.

El vasto fenómeno de la naturaleza, cuya regularidad o cuyos caprichos tanto impresionan y espantan, por sus efectos benéficos o maléficos, había sido hasta entonces objeto de interpretaciones míticas. Ahora resulta que no difiere en esencia de los procesos ordinarios y modestos confiados a la mano del hombre: la obra del cocinero, el agricultor, el alfarero, el herrero. Asalto contra la majestad celeste, dignificación de la inteligencia, la técnica y el poder humanos. Tal es el sentido de este desperezo de la mente que he llamado alguna vez “la insolencia jonia”. (Entiéndase bien, la insolencia ante los errores humanos y la inútil solemnidad, no ante las propias normas éticas y religiosas, que sería hybris o desmesura, el error más abominable para los griegos.) El mercenario griego graba con el cuchillo el nombre de su querida en los pies del ídolo africano, que no le inspira ningún respeto; llama “pasteles” a las pirámides, “gorriones” a los ibis sagrados, y suelta la risa si los misteriosos sacerdotes egipcios le aseguran que el Nilo baja del cielo. La insolencia jonia es el arranque del pensamiento científico.*

*Enviada a la ALA de Nueva York, se divulgó en varios periódicos en 1958: México en la Cultura, Suplemento de Novedades, México, 21 de sept., N° 497, p. 3; El Tiempo, Bogotá, 19 de oct., p. 1; El Universal, Caracas. 13 de nov.; El Diario de Nueva York, Nueva York; y trad. portuguesa, en Á Tribuna, Santos, Brasil; de las dos últimas inserciones hay recorte s. f. en el Archivo de Reyes. No trae fecha al pie ni hay referencia a su elaboración en el Diario de Reyes; pero la fecha de sus publicaciones en la prensa periódica puede fecharse en 1958.

Alfonso Reyes, “La insolencia jonia”, La afición de Grecia, Obras completas XIX, Fondo de Cultura Económica, México, 1982, pp. 364-368

Deutsches Requiem. Por Jorge Luis Borges

Aunque él me quitare la vida, en él confiaré.

Aunque él me quitare la vida, en él confiaré.

Job 13:15

Mi nombre es Otto Dietrich zur Linde. Uno de mis antepasados, Christoph zur Linde, murió en la carga de caballería que decidió la victoria de Zorndorf. Mi bisabuelo materno, Ulrich Forkel, fue asesinado en la foresta de Marchenoir por francotiradores franceses, en los últimos días de 1870; el capitán Dietrich zur Linde, mi padre, se distinguió en el sitio de Namur, en 1914, y, dos años después, en la travesía del Danubio[1]. En cuanto a mí, seré fusilado por torturador y asesino. El tribunal ha procedido con rectitud; desde el principio, yo me he declarado culpable. Mañana, cuando el reloj de la prisión dé las nueve, yo habré entrado en la muerte; es natural que piense en mis mayores, ya que tan cerca estoy de su sombra, y a que de algún modo soy ellos.
Durante el juicio (que afortunadamente duró poco) no hablé; justificarme, entonces, hubiera entorpecido el dictamen y hubiera parecido una cobardía. Ahora las cosas han cambiado; en esta noche que precede a mi ejecución, puedo hablar sin temor. No pretendo ser perdonado, porque no hay culpa en mí, pero quiero ser comprendido. Quienes sepan oírme, comprenderán la historia de Alemania y la futura historia del mundo. Yo sé que casos como el mío, excepcionales y asombrosos ahora, serán muy en breve triviales. Mañana moriré, pero soy un símbolo de las generaciones del porvenir.

Nací en Marienburg, en 1908. Dos pasiones, ahora casi olvidadas, me permitieron afrontar con valor y aun con felicidad muchos años infaustos: la música y la metafísica. No puedo mencionar a todos mis bienhechores, pero hay dos nombres que no me resigno a omitir: el de Brahms y el de Schopenhauer. También frecuenté la poesía; a esos nombres quiero juntar otro vasto nombre germánico, William Shakespeare. Antes, la teología me interesó, pero de esa fantástica disciplina (y de la fe cristiana) me desvió para siempre Schopenhauer, con razones directas; Shakespeare y Brahms, con la infinita variedad de su mundo. Sepa quien se detiene maravillado, trémulo de ternura y de gratitud, ante cualquier lugar de la obra de esos felices, que yo también me detuve ahí, yo el abominable.
Hacia 1927 entraron en mi vida Nietzsche y Spengler. Observa un escritor del siglo XVIII que nadie quiere deber nada a sus contemporáneos; yo, para libertarme de una influencia que presentí opresora, escribí un artículo titulado Abrechnung mit Spengler, en el que hacía notar que el monumento más inequívoco de los rasgos que el autor llama fáusticos no es el misceláneo drama de Goethe[2] sino un poema redactado hace veinte siglos, el De rerum natura. Rendí justicia, empero, a la sinceridad del filósofo de la historia, a su espíritu radicalmente alemán (kerndeutsch), militar. En 1929 entré en el Partido.
Poco diré de mis años de aprendizaje. Fueron más duros para mí que para muchos otros ya que a pesar de no carecer de valor, me falta toda vocación de violencia. Comprendí, sin embargo, que estábamos al borde de un tiempo nuevo y que ese tiempo, comparable a las épocas iniciales del Islam o del Cristianismo, exigía hombres nuevos. Individualmente, mis camaradas me eran odiosos; en vano procuré razonar que para el alto fin que nos congregaba, no éramos individuos.
Aseveran los teólogos que si la atención del Señor se desviara un solo segundo de mi derecha mano que escribe, ésta recaería en la nada, como si la fulminara un fuego sin luz. Nadie puede ser, digo yo, nadie puede probar una copa de auga o partir un trozo de pan, sin justificación. Para cada hombre, esa justificación es distinta; yo esperaba la guerra inexorable que probaría nuestra fe. Me bastaba saber que yo sería un soldado de sus batallas. Alguna vez temí que nos defraudaran la cobardía de Inglaterra y de Rusia. El azar, o el destino, tejió de otra manera mi porvenir: el primero de marzo de 1939, al oscurecer, hubo disturbios en Tilsit que los diarios no registraron; en la calle detrás de la sinagoga, dos balas me atravesaron la pierna, que fue necesario amputar[3]. Días después, entraban en Bohemia nuestros ejércitos; cuando las sirenas lo proclamaron, yo estaba en el sedentario hospital, tratando de perderme y de olvidarme en los libros de Schopenhauer. Símolo de mi vano destino, dormía en el reborde de la ventana un gato enorme y fofo.
En el primer volumen de Parerga und paralipomena releí que todos los hechos que pueden ocurrirle a un hombre, desde el instante de su nacimiento hasta el de su muerte, han sido prefijados por él. Así, toda negligencia es deliberada, todo casual encuentro una cita, toda humillación una penitencia, todo fracaso una misteriosa victoria, toda muerte un suicidio. No hay consuelo más hábil que el pensamiento de que hemos elegido nuestras desdichas; esa teleología individual nos revela un orden secreto y prodigiosamente nos confunde con la divinidad. ¿Qué ignorado propósito (cavilé) me hizo buscar ese atardecer, esas balas y esa mutilación? No el temor de la guerra, yo lo sabía; algo más profundo. Al fin creí entender. Morir por una religión es más simple que vivirla con plenitud; batallar en Éfeso contra las fieras es menos duro (miles de mártires oscuros lo hicieron) que ser Pablo, siervo de Jesucristo; un acto es menos que todas las horas de un hombre. La batalla y la gloria son facilidades, más ardua que la empresa de Napoleón fue la de Raskolnikov. El siete de febrero de 1941 fui nombrado subdirector del campo de concentración de Tarnowitz.
El ejercicio de ese cargo no me fue grato; pero no pequé nunca de negligencia. El cobarde se prueba entre las espadas; el misericordioso, el piadoso, busca el examen de las cárceles y del dolor ajeno. El nazismo, intrínsecamente, es un hecho moral, un despojarse del viejo hombre, que está viciado, para vestir el nuevo. En la batalla esa mutación es común, entre el clamor de las capitanes y el vocerío; no así en un torpe calabozo, donde nos tienta con antiguas ternuras la insidiosa piedad. No en vano escribo esa palabra; la piedad por el hombre superior es el último pecado de Zarathustra. Casi lo cometí (lo confieso) cuando nos remitieron de Breslau al insigne poeta David Jerusalem.
Era éste un hombre de cincuenta años. Pobre de bienes de este mundo, perseguido, negado, vituperado, había consagrado su genio a cantar la felicidad. Creo recordar que Albert Soergel, en la obra Dichtung der Zeit, lo equipara con Whitman. La comparación no es feliz; Whitman celebra el universo de un modo previo, general, casi indiferente; Jerusalem se alegra de cada cosa, con minucioso amor. No comete jamás enumeraciones, catálogos. Aún puedo repetir muchos hexámetros de aquel hondo poema que se titula Tse Yang, pintor de tigres, que está como rayado de tigres, que está como cargado y atravesado de tigres transversales y silenciosos. Tampoco olvidaré el soliloquio Rosencrantz habla con el Ángel, en el que un prestamista londinense del siglo XVI vanamente trata, al morir, de vindicar sus culpas, sin sospechar que la secreta justificación de su vida es haber inspirado a uno de sus clientes (que lo ha visto una sola vez y a quien no recuerda) el carácter de Shylock. Hombre de memorables ojos, de piel cetrina, de barba casi negra, David Jerusalem era el prototipo del judío sefardí, si bien pertenecía a los depravados y aborrecidos Ashkenazim. Fui severo con él; no permití que me ablandaran ni la compasión ni su gloria. Yo había comprendido hace muchos años que no hay cosa en el mundo que no sea germen de un Infierno posible; un rostro, una palabra, una brújula, un aviso de cigarrillos, podrían enloquecer a una persona, si ésta no lograra olvidarlos. ¿No estaría loco un hombre que continuamente se figurara el mapa de Hungría? Determiné aplicar ese principio al régimen disciplinario de nuestra casa y [4]… A fines de 1942, Jerusalem perdió la razón; el primero de marzo de 1943, logró darse muerte[5].
Ignoro si Jesusalem comprendió que si yo lo destruí, fue para destruir mi piedad. Ante mis ojos, no era un hombre, ni siquiera un judío; se había transformado en el símbolo de una detestada zona de mi alma. Yo agonicé con él, yo morí con él, yo de algún modo me he perdido con él; por eso, fui implacable.
Mientras tanto, giraban sobre nosotros los grandes días y las grandes noches de una guerra feliz. Había en el aire que respirábamos un sentimiento parecido al amor. Como si bruscamente el mar estuviera cerca, había un asombro y una exaltación en la sangre. Todo, en aquellos años, era distinto, hasta el sabor del sueño. (Yo, quizá, nunca fui plenamente feliz, pero es sabido que la desventura requiere paraísos perdidos.) No hay hombre que no aspire a la plenitud, es decir a la suma de experiencias de que un hombre es capaz; no hay hombre que no tema ser defraudado de alguna parte de ese patrimonio infinito. Pero todo lo ha tenido mi generación, porque primero le fue deparada la gloria y después la derrota.
En octubre o noviembre de 1942, mi hermano Friedrich pereció en la segunda batalla de El Alamein, en los arenales egipcios; un bombardeo aéreo, meses después, destrozó nuestra casa natal, otro, a fines de 1943, mi laboratorio. Acosado por vastos continentes, moría el Tercer Reich; su mano estaba contra todos y las manos de todos contra él. Entonces, algo singular ocurrió, que ahora creo entender. Yo me creía capaz de apurar la copa de la cólera, pero en las heces me detuvo un sabor no esperado, el misterioso y casi terrible sabor de la felicidad. Ensayé diversas explicaciones; no me bastó ninguna. Pensé: Me satisface la derrota, porque secretamente me sé culpable y sólo puede redimirme el castigo. Pensé: Me satisface la derrota, porque es un fin y yo estoy muy cansado. Pensé: Me satisface la derrota, porque ha ocurrido, porque está innumerablemente unida a todos los hechos que son, que fueron, que serán, porque censurar o deplorar un solo hecho real es blasfemar del universo. Esas razones ensayé, hasta dar con la verdadera.
Se ha dicho que todos los hombres nacen aristotélicos o platónicos. Ello equivale a declarar que no hay debate de carácter abstracto que no sea un momento de la polémica de Aristóteles y Platón; a través de los siglos y latitudes, cambian los nombres, los dialectos, las caras, pero no los eternos antagonistas. También la historia de los pueblos registra una continuidad secreta. Armiño, cuando degolló en una ciénaga las legiones de Varo, no se sabía precursor de un Imperio Alemán; Lutero, traductor de la Biblia, no sospechaba que su fin era forjar un pueblo que destruyera para siempre la Biblia; Christoph zur Linde, a quien mató una bala moscovita en 1758, preparó de algún modo las victorias de 1914; Hitler creyó luchar por un país, pero luchó por todos, aun por aquellos que agredió y detestó. No importa que su yo lo ignorara; lo sabían su sangre, su voluntad. El mundo se moría de judaísmo y de esa enfermedad del judaísmo, que es la fe de Jesús; nosotros le enseñamos la violencia y la fe de la espada. Esa espada nos mata y somos comparables al hechicero que teje un laberinto y que se ve forzado a errar en él hasta el fin de sus días o a David que juzga a un desconocido y lo condena a muerte y oye después la revelación: Tú eres aquel hombre. Muchas cosas hay que destruir para edificar el nuevo orden; ahora sabemos que Alemania era una de esas cosas. Hemos dado algo más que nuestra vida, hemos dado la suerte de nuestro querido país. Que otros maldigan y otros lloren; a mí me regocija que nuestro don sea orbicular y perfecto.
Se cierne ahora sobre el mundo una época implacable. Nosotros la forjamos, nosotros que ya somos su víctima. ¿Qué importa que Inglaterra sea el martillo y nosotros el yunque? Lo importante es que rija la violencia, no las serviles timideces cristianas. Si la victoria y la injusticia y la felicidad no son para Alemania, que sean para otras naciones. Que el cielo exista, aunque nuestro lugar sea el infierno.
Miro mi cara en el espejo para saber quién soy, para saber cómo me portaré dentro de unas horas, cuando me enfrente con el fin. Mi carne puede tener miedo; yo, no.

[1] Es significativa la omisión del antepasado más ilustre del narrador, el teólogo y hebraísta Johannes Forkel (1799-1846), que aplicó la dialéctica de Hegel a la cristología y cuya versión literal de algunos de los Libros Apócrifos mereció la censura de Hengstenberg y la aprobación de Thilo y Geseminus. (Nota del editor.)

[2] Otras naciones viven con inocencia, en sí y para sí como los minerales o los meteoros; Alemania es el espejo universal que a todas recibe, la conciencia del mundo (das Weltbewusstsein). Goethe es el prototipo de esa comprensión ecuménica. No lo censuro, pero no veo en él al hombre fáustico de la tesis de Spengler.

[3] Se murmulla que las consecuencias de esa herida fueron muy graves. (Nota del editor.)

[4] Ha sido inevitable, aquí, omitir algunas líneas. (Nota del editor.)

[5] Ni en los archivos ni en la obra de Soergel figura el nombre de Jerusalem. Tampoco lo registran las historias de la literatura alemana. No creo, sin embargo, que se trate de un personaje falso. Por orden de Otto Dietrich zur Linde fueron torturados en Tarnowitz muchos intelectuales judíos, entre ellos la pianista Emma Rosenzweig. “David Jerusalem” es tal vez un símbolo de varios indivíduos. Nos dicen que murió al primero de marzo de 1943; el primero de marzo de 1939, el narrador fue herido en Tilsit. (Nota del editor.)

Recuerdos de Alfonso Reyes. Por José Luis Martínez

Conferencia de don José Luis Martínez en la Cátedra Alfonso Reyes en Cuernavaca, abril del año 2000. Sala Manuel M. Ponce del Jardín Borda, Cuernavaca, Morelos. Producción: Matemágica S. A., de C. V.