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El sueño de Pedro Henríquez Ureña. Por Jorge Luis Borges

El sueño que Pedro Henríquez Ureña tuvo en el alba de uno de los días de 1946 curiosamente no constaba de imágenes sino de pausadas palabras. La voz que las decía no era la suya pero se parecía a la suya. El tono, pese a las posibilidades patéticas que el tema permitía, era impersonal y común. Durante el sueño, que fue breve, Pedro sabía que estaba durmiendo en su cuarto y que su mujer estaba a su lado. En la oscuridad del sueño, la voz le dijo:

«Hará unas cuantas noches, en una esquina de la calle Córdoba, discutiste con Borges la invocación del anóni­mo sevillano Oh Muerte, ven callada / como sueles venir en la saeta. Sospecharon que era el eco deliberado de algún texto latino, ya que esas traslaciones correspondían a los hábitos de la época, del todo ajena a nuestro concepto del plagio, sin duda menos literario que comercial. Lo que no sospecharon, lo que no podían sospechar, es que el diálogo era profético. Dentro de unas horas, te apresu­rarás por el último andén de Constitución, para tu clase en la Universidad de La Plata. Alcanzarás el tren, pondrás la cartera en la red y te acomodarás en tu asiento, junto a la ventanilla. Alguien, cuyo nombre no sé pero cuya cara estoy viendo, te dirigirá unas palabras. No le contestarás, porque estarás muerto. Ya te habrás despedido para siempre de tu mujer y de tus hijas. No recordarás este sueño porque tu olvido es necesario para que se cumplan los hechos».

El autor argentino-canadiense Alberto Manguel gana premio Alfonso Reyes 2017

El escritor argentino-canadiense Alberto Manguel es el ganador del Premio Internacional Alfonso Reyes 2017, por su “vocación universalista” y por haber cultivado varios géneros “de manera sobresaliente”, anunció hoy el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA).

“Antes que nada, Manguel es un lector, un lector que escribe”, señaló la institución sobre el también traductor, editor y crítico literario.

En un comunicado, el INBA aseguró que, al igual que el mexicano Alfonso Reyes, el argentino-canadiense tiene “el carácter de excepcional polígrafo”, por haber trabajado la novela, el ensayo y la dramaturgia, además de ejercer el periodismo y la traducción literaria.

A través de las letras y las humanidades, el autor ha encontrado “tanto una vía de realización personal como la oportunidad de encuentro con el otro”.

Manguel (Buenos Aires, 1948) aprendió de Jorge Luis Borges que la lectura no es una actividad pasiva, sino que es parte del proceso de construcción de la cultura, indicó la institución.

“Por ello, ha dedicado sus esfuerzos a reivindicar el acto de leer como una fuerza liberadora que permite al individuo vincularse constructivamente con su comunidad”, agregó.

El escritor inició su trayectoria literaria como narrador. Con su primera novela, “News from a Foreign Country Came” (1991) ganó el Premio McKitterick de la Sociedad de Autores del Reino Unido.

En su producción ensayística destaca “Una historia de la literatura”, la cual, argumenta el INBA, es considerada “un clásico del tema”, y se basa en su convicción de Manguel de que “los valores culturales son experiencias comunes a todo ser humano” y trascienden nacionalidades.

Mangel pasó su primera infancia en Tel Aviv hasta los seis años, cuando su familia regresó a su país natal. En 1983 se asentó en Canadá, donde permaneció 20 años y adquirió la nacionalidad.

En 2016 fue nombrado director de la Biblioteca Nacional de Argentina y recientemente fue designado miembro de número de la Academia Argentina de Letras.

El Premio Internacional Alfonso Reyes, otorgado por el INBA e instituciones culturales y educativas del estado de Nuevo León, reconoce a figuras que cuentan con una amplia trayectoria en el campo de las humanidades y que se han dedicado a diferentes géneros de la escritura y a difundir la cultura humanística universal.

Fue otorgado por primera vez en 1973 al escritor argentino Jorge Luis Borges y después de él lo han recibido figuras como los mexicanos Octavio Paz y Fernando del Paso, y el peruano Mario Vargas Llosa.

Fuente: Agencia EFE

Revista Sur (1931) en línea

Los primeros números de la revista Sur, una de las publicaciones más emblemáticas de la Argentina del siglo XX, ahora se pueden consultar en internet. La Biblioteca Digital Trapalanda publicó fotos de gran calidad de los primeros 15 números, verdaderas joyas literarias.

Historia

Sur apareció en 1931, bajo la dirección de Victoria Ocampo. La integró un consejo integrado por notorias personalidades de la literatura universal: Ernest Ansermet, Drieu La Rochelle, Leo Ferrero, Waldo Frank, Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes, Jules Supervielle y José Ortega y Gasset; su consejo de redacción por Jorge Luis Borges, Eduardo J. Bullrich, Oliverio Girondo, Alfredo González Garaño, Eduardo Mallea, Maria Rosa Oliver y Guillermo de Torre.

Fue el pensamiento de Victoria, el que le dio a la publicación su toque de originalidad y vanguardismo que le valió ser considerada una de las principales revistas literarias en lengua española  de su época. La revista se convirtió en un referente obligado de la cultura argentina.

Consulta de la revista Sur en línea:

http://trapalanda.bn.gov.ar/jspui/handle/123456789/11371?page=1

Cuatro soledades. Por Alfonso Reyes

1.ª
Clara voz de mis mañanas,
¿dónde estás?
Mi Rua das Laranjeiras,
donde aprendían los pájaros
a cantar en español.
¿Dónde estoy?
¿Dónde estáis y dónde estoy?
Cielo y mar, sonrisa y flor,
¿dónde estáis y dónde estoy?
Último sueño del tiempo
gracia, esperanza y perdón,
¿dónde estáis y dónde estoy?
¿Dónde la secreta dicha
que corría sin rumor?
¿Qué se hizo el rey don Juan,
los Infantes de Aragón?
¿Dónde estáis y dónde estoy?
¿Dónde las nubes de antaño?
¿Adónde te fuiste, amor?
¿Dónde apacientas tus greyes
y las guareces del sol?
Digan: ¿Quién la vio pasar?
(Y todos dicen: ¡Yo, no!)

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Adiós a los diplomáticos americanos. Por Alfonso Reyes

Ha sonado mi hora; y como para todos tiene que sonar, y estamos entre iguales, considero oportuno que hagamos algunas reflexiones sinceras sobre lo que sucede en torno a esta mesa redonda.

En torno a la Tabla Redonda, he aquí que estamos congregados, en efecto, algunos supervivientes de la Andante Caballería, que corremos el mundo desfaciendo agravios y enderezando entuertos o, si preferís, predicando entre las naciones la Cruzada de la buena voluntad.

¿Cómo y por qué hemos venido a dar aquí? Nuestra medalla tiene anverso y reverso. Empecemos por el reverso. Todos salimos de nuestra tierra para mejor servirla, contrariando la sabiduría china que aconseja vivir siempre bajo el cielo que nos viera nacer. Unos, empujados por una fuerza positiva: la vocación por las cosas internacionales. Otros, empujados más bien por una fuerza negativa: el conflicto, el callejón sin salida en que los azares de la política interior suelen enredar a los hombres. Bajo vuestra máscara afable, todos escondéis esta herida oculta: la nostalgia, Proteo de mil formas que se metamorfosea como las hechiceras del cuento árabe, para mejor atacarnos a toda hora. Cuándo es serpiente, cuándo es tortuga, cuándo es águila. Todos, entre nuestros fardos de viaje, arrastramos a este enemigo terrible: la nostalgia. En nuestras frecuentes noches de insomnio, todos, como Jacob, combatimos largamente con este ángel. Esto nos hace vivir en una alerta constante: sabemos dónde está nuestro pulso débil. Sentimos venir al agresor, y entonces, fieles a nuestro juramento de cortesía, nos ocultamos un poco para que nadie nos vea sufrir. El mito del Judío Errante no nos conviene. El Judío Errante viajaba sin echar raíces, y nosotros—más tristes todavía— tenemos tiempo de echar raíces y aun de cosechar las primeras flores ¡para luego, de repente, a la voz de mando, arrancarlo y deshacerlo todo! Así es como los bienes del mundo nos van pareciendo transitorios y un tanto ajenos. Así es como, bajo las apariencias de una cierta frivolidad, aprendemos a desconfiar de las cosas de los sentidos, cual si fueran aquellos dineros del diablo que se volvían cenizas en las manos, o bien —en los casos más lamentables— nos aferramos tal vez a ellas con visible desesperación. De una en otra experiencia y de una en otra lección, nuestro oficio nos convierte así en maestros del sufrimiento.

 Pero el anverso de nuestra medalla no tiene, por cierto, menor relieve. Acordaos de aquel afán juvenil por conocer gentes y pueblos, aquel apetito goloso por comparar y contrarrestar orgullos de razas, aquella sed —que a lo largo de la carrera se nos va depurando—, sed que yo llamaría la sed del catador de fronteras; el gusto, y casi la embriaguez de explorar el corazón humano en todos los climas y naciones; el salubre ejercicio de enfrentarse con el espectáculo de todas las ciudades y de asimilar,siquiera sea por un instante y come quien abre nuevas ventanas en su torre, el gesto espiritual, la contorsión propia de cada país. ¡Qué ensanches del alma! ¡Qué suerte de acrobacia moral! Ver un día desarrollarse, como en línea desplegada, la marcha de todos los acontecimientos de la tierra, en una hoja del periódico que para muchos es muda o jeroglífica, y que para nosotros ha cobrado ya el valor de los recuerdos y asociaciones personales, en lugares, en personas, en situaciones. Agrandar la noción de familia humana hasta volverla universal. No dejar punto muerto donde no hayamos sembrado una hora de trabajo o un minuto de esperanza. Participar en todos los altos intereses de la especie, aunque sea con el modesto valor de la simple presencia; y poder decir, como Menandro y Terencio: “Hombre soy, y nada de lo humano puede dejarme indiferente.”

Y luego—y por aquí nuestro oficio toca al sacerdocio— investigar, revolver datos de estudio y datos de mera sensibilidad, para ir descubriendo al fin aquellas resultantes dinámicas de los pueblos, a través de las cuales la colaboración y la concordia pueden ser posibles y eficaces. Y todo esto, mediante la mayor expresión de fuerza de que el hombre sea capaz; mediante aquella sublimación de la fuerza que se borra, se aligera, se vuelve tan leve que a veces resulta inefable: todo ello, mediante la sonrisa. Es decir: mediante el agrado, la buena disposición, el ánimo comprensivo, el espíritu conciliador y abierto. Todo lo cual, si nuestra misión sólo consistiera en ceder, sería muy fácil. Pero siendo así que nuestros negocios son los negocios de una Patria, el esfuerzo resulta tan complicado, y la necesidad del éxito tan imperiosa, como lo es para el volatinero el no caer de la cuerda. Y aun la postura es igualmente patética, porque, entre los ritmos de una danza, se va burlando un peligro serio.

Y ahora, para acabar permitidme una pequeña digresión filosófica. Aristóteles nos legó el adagio de que la naturaleza nada hace por saltos; pero el instinto mismo nos hace sentir que toda la vida se construye a ritmos y a saltos, como los latidos del corazón. Hay una palabra argentina, el pálpito (en México, llamamos a esto, la corazonada) que parece entrañar ya la sospecha de lo discontinuo y lo súbito; de que, por ejemplo, se puede llegar al conocimiento de la realidad por algún repente instintivo. El capítulo de los cambios súbitos en las evoluciones biológicas cada vez ocupa mas sitio. Y, por (último, la estructura del átomo, íntimamente interrogada por la Física Matemática, nos deja descubrir, entre esas zarabandas de iones en torno al electrón central, que hay intersticios en la naturaleza, zonas vacías de existencia por las cuales no puede pasar el ion —digamos— sino dejando de existir en un tramo del camino y renaciendo después; en suma, que la discontinuidad es tal vez la norma del mundo corpóreo. La continuidad, en cambio, es un orden espiritual del mundo; está en las almas, no en los objetos, y en moral se llama conducta. Nuestra vida, amigos míos, sometida a perpetuos cambios e interrupciones, sería sencillamente imposible sin esta rectificación o continuidad del espíritu, que proyecta luces de coherencia sobre el montón de los hechos atropellados. Hoy en un país, mañana en otro… Ya dice, en el Martín Fierro, el viejo Vizcacha, con aquellas sus palabras rudas y sabrosas:

 Vaca que cambia ‘e querencia,

se atrasa en la parición.

Pero un impulso interior lo remedia todo: una decisión de no dejarse atajar por obstáculos de tiempo y espacio. Nuestro viaje por el mundo, aun cuando sea, físicamente, una serie de partidas y contrapartidas geográficas, es —moralmente entendido— una suma constante, una línea en movimiento que cada vez enlaza entre sus mallas nuevos afectos, nuevos pueblos, nuevas nociones del mundo. Vamos, a través de reinos y repúblicas, tejiendo el cordón de miel evangélico. Somos, como la vieja Celestina, aunque en sentido mucho más noble, “zurcidores de voluntades”; gente consagrada precisamente a suturar roturas y a amortiguar sobresaltos, a crear continuidad. En tal sentido, ninguna conquista alcanzada puede perderse; y el contentamiento superior de esta continuidad de la obra irradia, como una idea tutelar, sobre la melancolía de todas nuestras despedidas y nuestros viajes. Apenas he alcanzado el fruto argentino, cuando ya el Brasil me brinda las opulencias y halagos de su pueblo, la profunda fantasía de su espíritu y la incomparable enseñanza de su historia.

Excelentísimos señores, y —lo que vale más, aunque sea menos superlativo— amigos excelentes: seguimos juntos. Juntos en la obra, juntos en la misma tierra que pisamos, juntos en la amistad, juntos en mi gratitud. Siempre juntos.

Buenos Aires, 31-III-1930

Teoría prosaica. Por Alfonso Reyes

I

En mi tierra sancochaban

los cabritos en la estaca,

con otra estaca arrancando

el pellejo hecho carbón.

Pero en el campo argentino

lo hacen mejor:

con la costumbre judía

de que hablan los Tharaud,

el noble asado con cuero

se come junto al fogón,

en la misma res mordiendo,

cortando con el facón.

¡Hasta la gente del campo

nos da lección!

Alguna vez hay que andar

sin cuchillo y tenedor,

pegado a la humilde vida

como Diógenes al charco,

y como cualquier peón.

II

¡Y decir que los poetas,

aunque aflojan las sujetas

cuerdas de la preceptiva,

huyen de la historia viva,

de nada quieren hablar,

sino sólo frecuentar

la vaguedad pura!

Yo prefiero promiscuar

en literatura.

No todo ha de ser igual

al sistema decimal:

mido a veces con almud,

con vara y con cuarterón.

Guardo mejor la salud

alternando lo ramplón

con lo fino,

y junto en el alquitara

—como yo sé—

el romance paladino

del vecino

con la quintaesencia rara

de Góngora y Mallarmé.

III

Algo de ganga en el oro,

algo de tierra sorbida

con la savia vegetal;

la estatua medio metida

en la piedra original;

la voz, perdida entre el coro;

cera en la miel del panal;

y el habla vulgar fundida

con el metal del habla más escogida

—así entre cristiano y moro—,

hoy por hoy no cuadran mal:

así va la vida,

y no lo deploro.

Río de Janeiro, 1931.—OV.

Alfonso Reyes, Obras completas X, Constancia poética, Fondo de Cultura Económica, México, 1996, pp. 130-132.

Notas sobre la inteligencia americana. Por Alfonso Reyes

1. Mis observaciones se limitan a lo que se llama la América Latina*. La necesidad de abreviar me obliga a ser ligero, confuso y exagerado hasta la caricatura. Sólo me corresponde provocar o desatar una conversación, sin pretender agotar el planteo de los problemas que se me ofrecen, y mucho menos aportar soluciones. Tengo la impresión de que, con el pretexto de América, no hago más que rozar al paso algunos temas universales.

2. Hablar de civilización americana sería, en el caso, inoportuno: ello nos conduciría hacia las regiones arqueológicas que caen fuera de nuestro asunto. Hablar de cultura americana sería algo equívoco: ello nos haría pensar solamente en una rama del árbol de Europa trasplantada al suelo americano. En cambio, podemos hablar de la inteligencia americana, su visión de la vida y su acción en la vida. Esto nos permitirá definir, aunque sea provisionalmente, el matiz de América.

3. Nuestro drama tiene un escenario, un coro y un personaje. Por escenario no quiero ahora entender un espacio, sino más bien un tiempo, un tiempo en el sentido casi musical de la palabra: un compás, un ritmo. Llegada tarde al banquete de la civilización europea, América vive saltando etapas, apresurando el paso y corriendo de una forma en otra, sin haber dado tiempo a que madure del todo la forma precedente. A veces, el salto es osado y la nueva forma tiene el aire de un alimento retirado del fuego antes de alcanzar su plena cocción. La tradición ha pesado menos, y esto explica la audacia. Pero falta todavía saber si el ritmo europeo —que procuramos alcanzar a grandes zancadas, no pudiendo emparejarlo a su paso medio—, es el único “tempo” histórico posible; y nadie ha demostrado todavía que una cierta aceleración del proceso sea contra natura. Tal es el secreto de nuestra historia, de nuestra política, de nuestra vida, presididas por una consigna de improvisación. El coro: las poblaciones americanas se reclutan, principalmente, entre los antiguos elementos autóctonos, las masas ibéricas de conquistadores, misioneros y colonos, y las ulteriores aportaciones de inmigrantes europeos en general. Hay choques de sangres, problemas de mestizaje, esfuerzos de adaptación y absorción. Según las regiones, domina el tinte indio, ibérico, el gris del mestizo, el blanco de la inmigración europea general, y aun las vastas manchas del africano traído en otros siglos a nuestro suelo por las antiguas administraciones coloniales. La gama admite todos los tonos. La laboriosa entraña de América va poco a poco mezclando esta sustancia heterogénea, y hoy por hoy, existe ya una humanidad americana característica, existe un espíritu americano. El actor o personaje, para nuestro argumento, viene aquí a ser la inteligencia.

4. La inteligencia americana va operando sobre una serie de disyuntivas. Cincuenta años después de la conquista española, es decir a primera generación, encontramos ya en México un modo de ser americano: bajo las influencias del nuevo ambiente, la nueva instalación económica, los roces con la sensibilidad del indio y el instinto de propiedad que nace de la ocupación anterior, aparece entre los mismos españoles de México un sentimiento de aristocracia indiana, que se entiende ya muy mal con el impulso arribista de los españoles recién venidos. Abundan al efecto los testimonios literarios: ya en la poesía satírica y popular de la época, ya en las observaciones sutiles de los sabios peninsulares, como Juan de Cárdenas. La crítica literaria ha centrado este fenómeno, como en su foco luminoso, en la figura del dramaturgo mexicano don Juan Ruiz de Alarcón, quien a través de Corneille —que la pasó a Moliére— tuvo la suerte de influir en la fórmula del moderno teatro de costumbres de Francia. Y lo que digo de México, por serme más familiar y conocido, podría decirse en mayor o menor grado del resto de nuestra América. En este resquemor incipiente latía ya el anhelo secular de las independencias americanas. Segunda disyuntiva: no bien se logran las independencias, cuando aparece el inevitable conflicto entre americanistas e hispanistas, entre los que cargan el acento en la nueva realidad, y los que lo cargan en la antigua tradición. Sarmiento es, sobre todo, americanista. Bello es, sobre todo, hispanista. En México se recuerda cierta polémica entre el indio Ignacio Ramírez y el español Emilio Castelar que gira en torno a iguales motivos. Esta polémica muchas veces se tradujo en un duelo entre liberales y conservadores. La emancipación era tan reciente que ni el padre ni el hijo sabían todavía conllevarla de buen entendimiento. Tercera disyuntiva: un polo está en Europa y otro en los Estados Unidos. De ambos recibimos inspiraciones. Nuestras utopías constitucionales combinan la filosofía política de Francia con ni federalismo presidencial de los Estados Unidos. Las sirenas de Europa y las de Norteamérica cantan a la vez para nosotros. De un modo general, la inteligencia de nuestra América (sin negar por ello afinidades con las individualidades más selectas de la otra América), parece que encuentra en Europa una visión de lo humano más universal, más básica, más conforme con su propio sentir. Aparte de recelos históricos, por suerte cada vez menos justificados y que no se deben tocar aquí, no nos es simpática la tendencia hacia las segregaciones étnicas. Para no salir del mundo sajón, nos contenta la naturalidad con que un Chesterton, un Bernard Shaw contemplan a los pueblos de todos los climas, concediéndoles igual autenticidad humana. Lo mismo hace Gide en el Congo. No nos agrada considerar a ningún tipo humano como mera curiosidad o caso exótico divertido, porque ésta no es la base de la verdadera simpatía moral. Ya los primeros mentores de nuestra América, los misioneros, corderos de corazón de león, gente de terrible independencia, abrazaban con amor a los indios, prometiéndoles el mismo cielo que a ellos les era prometido. Ya los primeros conquistadores fundaban la igualdad en sus arrebatos de mestizaje: así, en las Antillas, Miguel Díaz y su Cacica, a quienes encontramos en las páginas de Juan de Castellanos; así aquel soldado, un tal Guerrero, que sin este rasgo sería oscuro, el cual se negó a seguir a los españoles de Cortés, porque estaba bien hallado entre indios y, como en el viejo romance español, “tenía mujer hermosa e hijos como una flor”. Así, en el Brasil, los célebres Joao Ramaiho y el Caramurú, que fascinaron a las indias de San Vicente y de Bahía. El mismo conquistador Cortés entra en el secreto de su conquista al descansar sobre el seno de Doña Marina; acaso allí aprende a enamorarse de su presa como nunca supieron hacerlo otros capitanes de corazón más frío (el César de las Galias), y empieza a dar albergue en su alma a ciertas ambiciones de autonomismo que, a puerta cerrada y en familia, había de comunicar a sus hijos, más tarde atormentados por conspirar contra la metrópoli española. La Iberia imperial, mucho más que administrarnos, no hacía otra cosa que irse desangrando sobre América. Por acá, en nuestras tierras, así seguimos considerando la vida: en sangría abierta y generosa.

5. Tales son el escenario, el coro, el personaje. He dicho las principales disyuntivas de la conducta. Hablé de cierta consigna de improvisación, y tengo ahora que explicarme. La inteligencia americana es necesariamente menos especializada que la europea. Nuestra estructura social así lo requiere. El escritor tiene aquí mayor vinculación social, desempeña generalmente varios oficios, raro es que logre ser un escritor puro, es casi siempre un escritor “más” otra cosa u otras cosas. Tal situación ofrece ventajas y desventajas. Las desventajas: llamada a la acción, la inteligencia descubre que el orden de la acción es el orden de la transacción, y en esto hay sufrimiento. Estorbada por las continuas urgencias, la producción intelectual es esporádica, la mente anda distraída. Las ventajas resultan de la misma condición del mundo contemporáneo. En la crisis, en el vuelco que a todos nos sacude hoy en día y que necesita del esfuerzo de todos, y singularmente de la inteligencia (a menos que nos resignáramos a dejar que sólo la ignorancia y la desesperación concurran a trazar los nuevos cuadros humanos), la inteligencia americana está más avezada al aire de la calle; entre nosotros no hay, no puede haber torres de marfil. Esta nueva disyuntiva de ventajas y desventajas admite también una síntesis, un equilibrio que se resuelve en una peculiar manera de entender el trabajo intelectual como servicio público y como deber civilizador. Naturalmente que esto no anula, por fortuna, las posibilidades del paréntesis, del lujo del ocio literario puro, fuente en la que hay que volver a bañarse con una saludable frecuencia. Mientras que, en Europa, el paréntesis pudo ser lo normal. Nace el escritor europeo en el piso más alto de la Torre Eiffel. Un esfuerzo de pocos metros, y ya campea sobre las cimas mentales. Nace el escritor americano como en la región del fuego central. Después de un colosal esfuerzo, en que muchas veces le ayuda una vitalidad exacerbada que casi se parece al genio, apenas logra asomarse a la sobrehaz de la tierra. Oh, colegas de Europa: bajo tal o cual mediocre americano se esconde a menudo un almacén de virtudes que merece ciertamente vuestra simpatía y vuestro estudio. Estimadlo, si os place, bajo el ángulo de aquella profesión superior a todas las otras que decían Guyau y José Enrique Rodó: la profesión general de hombre. Bajo esta luz, no hay riesgo de que la ciencia se desvincule de los conjuntos, enfrascada en sus conquistas aisladas de un milímetro por un lado y otro milímetro por otro, peligro cuyas consecuencias tan lúcidamente nos describía Jules Romains en su discurso inaugural del PEN Club. En este peculiar matiz americano tampoco hay amenaza de desvinculaciones con respecto a Europa. Muy al contrario, presiento que la inteligencia americana está llamada a desempeñar la más noble función complementaria: la de ir estableciendo síntesis, aunque sean necesariamente provisionales; la de ir aplicando prontamente los resultados, verificando el valor de la teoría en la carne viva de la acción. Por este camino, si la economía de Europa ya necesita de nosotros, también acabará por necesitarnos la misma inteligencia de Europa.

6. Para esta hermosa armonía que preveo, la inteligencia americana aporta una facilidad singular, porque nuestra mentalidad, a la vez que tan arraigada a nuestras tierras como ya lo he dicho, es naturalmente internacionalista. Esto se explica, no sólo porque nuestra América ofrezca condiciones para ser el crisol de aquella futura “raza cósmica” que Vasconcelos ha soñado, sino también porque hemos tenido que ir a buscar nuestros instrumentos culturales en los grandes centros europeos, acostumbrándonos así a manejar las nociones extranjeras como si fueran cosa propia. En tanto que el europeo no ha necesitado de asomarse a América para construir su sistema del mundo, el americano estudia, conoce y practica a Europa desde la escuela primaria. De aquí una pintoresca consecuencia que señalo sin vanidad ni encono: en la balanza de los errores de detalle o incomprensiones parciales de los libros europeos que tratan de América y de los libros americanos que tratan de Europa, el saldo nos es favorable. Entre los escritores americanos es ya un secreto profesional el que la literatura europea equivoque frecuentemente las citas en nuestra lengua, la ortografía de nuestros nombres, nuestra geografía, etc. Nuestro internacionalismo connatural, apoyado felizmente en la hermandad histórica que a tantas repúblicas nos une, determina en la inteligencia americana una innegable inclinación pacifista. Ella atraviesa y vence cada vez con mano más experta los conflictos armados y, en el orden internacional, se deja sentir hasta entre los grupos más contaminados por cierta belicosidad política a la moda. Ella facilitará el gracioso injerto con el idealismo pacifista que inspira a las más altas mentalidades norteamericanas. Nuestra América debe vivir como si se preparase siempre a realizar el sueño que su descubrimiento provocó entre los pensadores de Europa: el sueño de la utopía, de la república feliz, que prestaba singular calor a las páginas de Montaigne, cuando se acercaba a contemplar las sorpresas y las maravillas del nuevo mundo*.

7. En las nuevas literaturas americanas es bien perceptible un empeño de autoctonismo que merece todo nuestro respeto, sobre todo cuando no se queda en el fácil rasgo del color local, sino que procura echar la sonda hasta el seno de las realidades psicológicas. Este ardor de pubertad rectifica aquella tristeza hereditaria, aquella mala conciencia con que nuestros mayores contemplaban el mundo, sintiéndose hijos del gran pecado original, de la capitis diminutio de ser americanos. Me permito aprovechar aquí unas páginas que escribí hace seis años: ***

La inmediata generación que nos precede, todavía se creía nacida dentro de la cárcel de varias fatalidades concéntricas. Los más pesimistas sentían así: en primer lugar, la primera gran fatalidad, que consistía desde luego en ser humanos, conforme a la sentencia del antiguo Sileno recogida por Calderón:

Porque el delito mayor

del hombre es haber nacido.

Dentro de éste, venía el segundo círculo, que consistía en haber llegado muy tarde a un mundo viejo. Aún no se apagaban los ecos de aquel romanticismo que el cubano Juan Clemente Zenea compendia en dos versos:

Mis tiempos son los de la antigua Roma,

y mis hermanos con la Grecia han muerto.

En el mundo de nuestras letras, un anacronismo sentimental dominaba a la gente media. Era el tercer círculo, encima de las desgracias de ser humano y ser moderno, la muy específica de ser americano; es decir, nacido y arraigado en un suelo que no era el foco actual de la civilización, sino una sucursal del mundo. Para usar una palabra de nuestra Victoria Ocampo, los abuelos se sentían “propietarios de un alma sin pasaporte”. Y ya que se era americano, otro handicap en la carrera de la vida era el ser latino o, en suma, de formación cultural latina. Era la época del A quoi tieni la superiorité des Anglo-Saxons? Era la época de la sumisión al presente estado de las cosas, sin esperanzas de cambio definitivo ni fe en la redención. Sólo se oían las arengas de Rodó, nobles y candorosas. Ya que se pertenecía al orbe latino, nueva fatalidad dentro de él pertenecer al orbe hispánico. El viejo león hacía tiempo que andaba decaído. España parecía estar de vuelta de sus anteriores grandezas, escéptica y desvalida. Se había puesto el sol en sus dominios. Y, para colmo, el hispanoamericano no se entendía con España, como sucedía hasta hace poco, hasta antes del presente dolor de España, que a todos nos hiere. Dentro del mundo hispánico, todavía veníamos a ser dialecto, derivación, cosa secundaria, sucursal otra vez: lo hispano-americano, nombre que se ata con guioncito como con cadena. Dentro de lo hispanoamericano, los que me quedan cerca todavía se lamentaban de haber nacido en la zona cargada de indio: el indio, entonces, era un fardo, y no todavía un altivo deber y una fuerte esperanza. Dentro de esta región, los que todavía más cerca me quedan tenían motivos para afligirse de haber nacido en la temerosa vecindad de una nación pujante y pletórica, sentimiento ahora transformado en el inapreciable honor de representar el frente de una raza. De todos estos fantasmas que el viento se ha ido llevando o la luz del día ha ido redibujando hasta convertirlos, cuando menos, en realidades aceptables, algo queda todavía por los rincones de América, y hay que perseguirlo abriendo las ventanas de par en par y llamando a la superstición por su nombre, que es la manera de ahuyentarla. Pero, en sustancia, todo ello está ya rectificado.

8. Sentadas las anteriores premisas y tras este examen de causa, me atrevo a asumir un estilo de alegato jurídico. Hace tiempo que entre España y nosotros existe un sentimiento de nivelación y de igualdad. Y ahora yo digo ante el tribunal de pensadores internacionales que me escucha: reconocemos el derecho a la ciudadanía universal que ya hemos conquistado. Hemos alcanzado la mayoría de edad. Muy pronto os habituaréis a contar con nosotros.

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La canción del equipaje, por Alfonso Reyes

Para Bitácora, revista de los más jóvenes

No todo ha de ser vivir,

y vivir para jamás cantar.

Era, pues, un nuevo equipaje,

que cantaba al hacerse al mar.

La nave, como era tan leve,

partía por la vertical.

Los que se quedaban en tierra

no se lo van a perdonar.

“¡Suba el que quiera! —gritan ellos,

pero el recelo puede más;

y aunque muchos los envidiaban,

no se querían arriesgar.

Que aunque hay Islas Afortunadas

y muchos reinos que buscar,

también hay Mares Tenebrosos,

caníbales y lo demás.

¡Mejor es largar las amarras

y que nos dejen ir en paz!

Esos que cuentan con los dedos

¡que nos dejen en paz!

Quédense ahí con sus disputas,

con su rabia y su porfiar.

Después de todo y a la postre,

no los vamos a contentar.

Porque está más allá del sueño

lo que queremos conquistar;

está más allá de la noche;

está más allá

de las manos y de los ojos;

está más allá

de los espacios y los años;

está más allá

de las raíces y del humus;

está más allá

de las lágrimas y la sangre;

está más allá.

Buenos Aires, 25 de marzo, 1937

Alfonso Reyes y la filología: entre la Revista de Filología Española y la Nueva Revista de Filología Hispánica. Por Mario Pedrazuela Fuentes

Resumen

En este artículo se propone un recorrido por la labor filológica de Alfonso Reyes, sobre todo la que realizó en el Centro de Estudios Históricos durante los diez años que pasó en España entre 1914 y 1924. En ese tiempo, trabajó intensamente en la literatura de los siglos XVI y XVII y también en la Revista de Filología Española. A su regreso a México, cuando preside El Colegio de México, acogerá allí a muchos de los intelectuales españoles que le ayudaron en sus años madrileños y dará continuidad al trabajo filológico que se había iniciado en el Centro de Estudios Históricos, truncado por la Guerra Civil, y que después fue continuado en cierta medida por el Instituto de Filología de Buenos Aires. Reyes colaboró en la continuidad de la Revista de Filología, pues después de un breve período en Buenos Aires, donde se desarrolló la Revista de Filología Hispánica, ésta se publicó finalmente en El Colegio de México con el título de Nueva Revista de Filología Hispánica.

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El otro tigre. Por Jorge Luis Borges

 

Borges y Kodama
Jorge Luis Borges y María Kodama

And the craft createth a semblance.

Morris: Sigurd the Volsung (1876)

Pienso en un tigre. La penumbra exalta
La vasta Biblioteca laboriosa
Y parece alejar los anaqueles;
Fuerte, inocente, ensangrentado y nuevo,
él irá por su selva y su mañana
Y marcará su rastro en la limosa
Margen de un río cuyo nombre ignora
(En su mundo no hay nombres ni pasado
Ni porvenir, sólo un instante cierto.)
Y salvará las bárbaras distancias
Y husmeará en el trenzado laberinto
De los olores el olor del alba
Y el olor deleitable del venado;
Entre las rayas del bambú descifro,
Sus rayas y presiento la osatura
Baja la piel espléndida que vibra.
En vano se interponen los convexos
Mares y los desiertos del planeta;
Desde esta casa de un remoto puerto
De América del Sur, te sigo y sueño,
Oh tigre de las márgenes del Ganges.

Cunde la tarde en mi alma y reflexiono
Que el tigre vocativo de mi verso
Es un tigre de símbolos y sombras,
Una serie de tropos literarios
Y de memorias de la enciclopedia
Y no el tigre fatal, la aciaga joya
Que, bajo el sol o la diversa luna,
Va cumpliendo en Sumatra o en Bengala
Su rutina de amor, de ocio y de muerte.
Al tigre de los simbolos he opuesto
El verdadero, el de caliente sangre,
El que diezma la tribu de los búfalos
Y hoy, 3 de agosto del 59,
Alarga en la pradera una pausada
Sombra, pero ya el hecho de nombrarlo
Y de conjeturar su circunstancia
Lo hace ficción del arte y no criatura
Viviente de las que andan por la tierra.

Un tercer tigre buscaremos. Éste
Será como los otros una forma
De mi sueño, un sistema de palabras
Humanas y no el tigre vertebrado
Que, más allá de las mitologías,
Pisa la tierra. Bien lo sé, pero algo
Me impone esta aventura indefinida,
Insensata y antigua, y persevero
En buscar por el tiempo de la tarde
El otro tigre, el que no está en el verso.

 

Ficcionario. Por Jorge Luis Borges

Arte Poética, Jorge Luis Borges

Para mejor comprender a Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 24 de agosto de 1899 – Ginebra, 14 de junio de 1986). Una mirada del universitario Alfonso Reyes Ochoa (Monterrey, 17 de mayo de 1889 – México, D.F., 27 de diciembre de 1959); miembros ilustres de las Generaciones 1900 y 1885, respectivamente. Argentina y México en conversación intergeneracional e intercultural.

ARTE POÉTICA

Mirar el río hecho de tiempo y de agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua.

Sentir que la vigilia es otro sueño
que sueña no soñar y que la muerte
que teme nuestra carne es esa muerte
de cada noche, que se llama sueño.

Ver en el día o en el año un símbolo
de los días del hombre y de sus años,
convertir el ultraje de los años
en una música, un rumor y un símbolo,

ver en la muerte el sueño, en el ocaso
un triste oro, tal es la poesía
que es inmortal y pobre. La poesía
vuelve como la aurora y el ocaso.

A veces en las tardes una cara
nos mira desde el fondo de un espejo;
el arte debe ser como ese espejo
que nos revela nuestra propia cara.

Cuentan que Ulises, harto de prodigios,
lloró de amor al divisar su Ítaca
verde y humilde. El arte es esa Ítaca
de verde eternidad, no de prodigios.

También es como el río interminable
que pasa y queda y es cristal de un mismo
Heráclito inconstante, que es el mismo
y es otro, como el río interminable.