Archivo de la categoría: Generación 1885

(1878-1892)
Del Ateneo y la Revolución

Para recordar un poco. Correspondencia entre Alfonso Reyes y Julio Torri

París, 2 o 3 de febrero de 1925

Julio recordado y querido: ¿Por qué no recibo cartas tuyas? Yo tendría derecho, entre tanto viaje y las emociones del cambio, para olvidar un poco. Y soy, de los dos, el que más se acuerda. Quisiera saber de tu vida. ¡Yo siempre con mis curiosidades incurables! ¿Sigues en esa oficina de las lindas muchachas? ¿Qué haces ahora, además de amar? Ama, hijo mío, hasta que llegue la hora del amor. Y, cuando llegue esa hora, no dudes en confiarte a mí, que ya sé bien lo que es llorar.

El campo de Roma era dulce y como embrujado. En los fondos dorados del Pinturicchio, se dibujaban esos pinos en sombrilla que tanto le han seducido en las estampas. Un aleático dulce, bebido en Ostia, a vista del mar, nos hacía felices y elocuentes. Yo me atreví a romper un secreto de diez años, un vino de deseo sellado bajo diez cónsules. Yo sé bien que tú —si fueras mi confesor— me absolverías.

¡Si vieras, Julio, qué calidad sensible iba tomando el aire, con el crepúsculo! Había por ahí unas ruinas, formadas militarmente como en calles, y había por el suelo columnas rotas como mis sonetos a medio hacer. Una voz dulce me decía: menos mal que te caen en gracia mis cosillas.

Si, como sospecho, eres filólogo, ya sabes que frases como ésta sólo se construyen en un rincón del mundo.

¿Y después, oh Julio? La niebla de París, atravesada de sol, que quita su peso astronómico a las horas. ¡Qué difícil no salirse de la realidad, viviendo en París! Esta ciudad vive con un mecanismo de relojería, y —sin embargo— yo siempre siento (quizá por eso mismo) que estoy a punto, a riesgo de dar ese otro paso más, ese paso místico, fuera de sitio, que ha de convertirme en fantasma. ¡Oh gozoso miedo! Aprieto sobre mi pecho el fruto de la vida con una fruición de ladronzuelo.

—¿Nos juntaremos otra vez en Niza, en Chamonix, en Cannes?

—Quisiera dejarte un buen recuerdo. Te he visto palidecer en mis brazos, y por eso estoy orgulloso.

Y cierro los ojos, entro por el túnel del Simplón de la tournée diplomática, y ando dejando, en todas las puertas, tarjetas con los picos doblados. Detrás de una puertecita, quisiera dejar—con el pico doblado— mi corazón. Adiós, mientras tú y yo doblamos el pico, escríbeme. Nuestra comunicación es de lo mejor que tenemos.

Te abraza,

Alfonso

 

Julio Torri, Epistolarios. Edición de Serge I. Zaïtzeff, UNAM, México, 1995, pp. 169-170

http://www.alfonsoreyes.org/epistolas.htm 

El sueño de Pedro Henríquez Ureña. Por Jorge Luis Borges

El sueño que Pedro Henríquez Ureña tuvo en el alba de uno de los días de 1946 curiosamente no constaba de imágenes sino de pausadas palabras. La voz que las decía no era la suya pero se parecía a la suya. El tono, pese a las posibilidades patéticas que el tema permitía, era impersonal y común. Durante el sueño, que fue breve, Pedro sabía que estaba durmiendo en su cuarto y que su mujer estaba a su lado. En la oscuridad del sueño, la voz le dijo:

«Hará unas cuantas noches, en una esquina de la calle Córdoba, discutiste con Borges la invocación del anóni­mo sevillano Oh Muerte, ven callada / como sueles venir en la saeta. Sospecharon que era el eco deliberado de algún texto latino, ya que esas traslaciones correspondían a los hábitos de la época, del todo ajena a nuestro concepto del plagio, sin duda menos literario que comercial. Lo que no sospecharon, lo que no podían sospechar, es que el diálogo era profético. Dentro de unas horas, te apresu­rarás por el último andén de Constitución, para tu clase en la Universidad de La Plata. Alcanzarás el tren, pondrás la cartera en la red y te acomodarás en tu asiento, junto a la ventanilla. Alguien, cuyo nombre no sé pero cuya cara estoy viendo, te dirigirá unas palabras. No le contestarás, porque estarás muerto. Ya te habrás despedido para siempre de tu mujer y de tus hijas. No recordarás este sueño porque tu olvido es necesario para que se cumplan los hechos».

9 de febrero de 1913. Por Alfonso Reyes

¿En qué rincón del tiempo nos aguardas,
desde qué pliegue de la luz nos miras?
¿Adónde estás, varón de siete llagas,
sangre manando en la mitad del día?

Febrero de Caín y de metralla:
humean los cadáveres en pila.
Los estribos y riendas olvidabas
y, Cristo militar, te nos morías...

Desde entonces mi noche tiene voces,
huésped mi soledad, gusto mi llanto.
Y si seguí viviendo desde entonces

es porque en mí te llevo, en mí te salvo,
y me hago adelantar como a empellones,
en el afán de poseerte tanto.

Río de Janeiro, 24 de diciembre, 1932.-VS

Ifigenia cruel. Por Alfonso Reyes

Ifigenia Cruel es uno de los poemas clásicos de nuestras letras. Clásico en el sentido en que lo son Sindbad el Varado o Muerte sin Fin, y no sólo por su referencia griega. Junto con otros trece o catorce poemas, constituye lo que Alfonso Reyes (Monterrey, 1889-1959), dejó de perdurable en poesía, a la altura de su vasta obra de polígrafo, la obra de mayor dimensión de nuestras letras (es bueno recordar esto ahora, cuando en nuestro país la inteligencia y la cultura se confunden con muchas cosas).
Reyes dedicó algunas páginas para justificar este espléndido poema dramático. No eran necesarias, pero constituyen una de las interpretaciones más nítidas que sobre el poema pueden hacerse. El tema es el sacerdocio de Ifigenia en Táuride. En Eurípides, Ifigenia se
vengaba de lo padecido en Áulide; en Reyes, lo hace sin venganza y sin memoria. En Eurípides, su hermano la cree inmolada; en Reyes, viene en su busca, pues sabe que está ahí. En Eurípides, el monarca es bárbaro; en Reyes, es sabio y compasivo. En Eurípides, Ifigenia regresa como sacerdotisa de la diosa; en Reyes, regresaría para desposarse con otro y asegurar descendencia, ya no como virgen sagrada.
Además de esta diferencia, hay una dualidad permanente en el poema de Reyes, que lo hace un poema fundamentalmente moderno. No acosa a Ifigenia el pasado, sino su conciencia; la acosa una oscura sensación de no ser sólo ella, sino también la otra, la que
recuerda subterráneamente, sin compartirse. En hechos sangrientos vive, creyendo que nace; así recuerda que en sangrientos festines ha nacido: su linaje nuevo es como el antiguo. Ella olvida, pero después recuerda lo que Orestes ignora; el olvido tiene más recuerdos que nosotros. Ella debió morir, pero vive; debió ser sacrificada, y es sacrificadora; es el castigo para los que a esas playas llegan y, sin embargo, es la castigada. Se divide ella misma entre la imaginación, poblada de fantasmas, y la lealtad del cuerpo (división difícil de plantear en una Ifigenia antigua). Su cuerpo fue leal con ese pueblo bárbaro; su deseo, con su linaje. Ella, la sacerdotisa, fue conminada por su hermano a descender de ese desdoblamiento y ser mujer, ser madre, ser cuidadora de su telar familiar. Se le pidió que fuera lo opuesto, no la que mata, sino la dadora de vida. Ifigenia se negó a hacerlo. Más parece con esto una versión suavizada de una diosa mexicana, dadora de muerte, que la sacerdotisa griega que en Eurípides retorna amorosa a su país.
Ahora bien, el punto central del poema es cómo llega Ifigenia a ser libre. Ya abriste pausa en los destinos, dice el Coro cuando lo ha logrado. Tal libertad no lo fue de lo sangriento; tampoco de su linaje; tampoco de la diosa, del país o de Orestes: su libertad consistió no en haber detenido los sangrientos hechos de los hijos de Tántalo, sino en aceptarlos, en continuarlos aún, resistiéndose a convertirse en madre de muchos hijos. En sí misma reunió los sacrificios antiguos con los suyos, elevados ya a rituales: su libertad fue haber
elevado la muerte a un altar, a una sacralidad. Reyes creyó haber expresado otra cosa: la superación de hechos políticos dolorosos en su familia, pero se engañó. Lo que pudo lograr fue que esos hechos permanecieran en las manos sangrientas de Ifigenia sacralizados, voluntarios. En Eurípides, Ifigenia logró el deseo de Reyes; en este poema, lo rechazó. Y el acto de libertad no provino de una emancipación de su familia: no fue la salvación de su familia o estirpe, sino de ella misma respecto a la otra, la oscura que por fin llegó a mostrarse ante las palabras de Orestes: la que apartó, la que expulsó de sí misma para quedar libre, vencida por el peso propio de la sangre de los sacrificados, defendida y oculta en el templo, cual virgen cruel, sola, amando este bárbaro país donde los sacrificios humanos continúan.

CARLOS MONTEMAYOR

Texto disponible en:

http://www.materialdelectura.unam.mx/images/stories/pdf5/alfonso-reyes-50.pdf

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La originalidad. Por Alfonso Reyes

Se nos dice que una de las ideas motrices del Romanticismo fue la preocupación por la originalidad, entendida como fin en sí, como meta directa… ¡y es un by-product!

Aunque tal angustia hace crisis en los extremosos, tanto que todos acaban por resultar triviales, habría que meditar mucho la sentencia de un maestro ultra, Lautréamont, quien dice que el milagro no puede ser obra individual, sino sólo colectiva. Ya lo sabíamos por el coro de sátiros, a cuya solicitud multánime aparece el dios, y funda la tragedia.

De donde, por largo rodeo, la teoría de la “pintura al collage” de Aragón. Tal teoría es aplicable a las letras, sobre todo en las apariciones o milagros. No escribimos entre todos el Quijote, claro es —aunque si en mucha parte—; pero, en cambio, la Ilíada… ¡Alto! Este ejemplo nos corrige y da a la idea su propio dibujo. Homero combina y organiza, pero es uno. No entendamos groseramente la doctrina. No se trata de collage, sino de absorción, digestión, refundición de los temas tradicionales. Toda creación es re-creación y recreación.

Alfonso Reyes, “La originalidad”, De viva voz, Obras completas VIII, Fondo de Cultura Económica, México, 1996, pág. 207