Archivo de la categoría: Generación 1885

(1878-1892)
Del Ateneo y la Revolución

Acta de defunción de Alfonso Reyes (Ciudad de México, 27 de diciembre de 1959)

Acta de defunción de Alfonso Reyes Ochoa (Ciudad de México, México, 27 de diciembre de 1959). Causa de la muerte: infarto del miocardio, arterioesclerósis coronaria.

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Acta de nacimiento de Alfonso Reyes (Monterrey, Nuevo León, 17 de mayo de 1889)

Acta de nacimiento de Alfonso Reyes Ochoa (Monterrey, Nuevo León, México, 17 de mayo de 1889)

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Revista Savia Moderna (México, 1906)

En el momento de aparecer Savia Moderna, se notaba en todo el país un inusitado movimiento intelectual, se dice en una nota escrita en la revista, dentro de una sección que apareció solo en el primer número, llamada “Revista de Revistas”.

El país vivía la creciente agitación, antecedente de la revuelta iniciada formalmente en 1910. El porfiriato llegaba a sus años críticos y en el ambiente intelectual las posiciones se diversificaban. Bajo estas circunstancias nació Savia Moderna.

Esta revista fue vástago directo de la Revista Moderna. Nació como consecuencia de la inquietud de un grupo de jóvenes que deseaba confirmar sus convicciones, expresar sus inquietudes. Dice Francisco Monterde que la revista no fue resultado de una segregación de disidentes, sino prolongación de la tendencia que aspiró a modernizar por completo la literatura mexicana.

Rafael López narra que la Redacción era pequeña y estaba ubicada en el quinto piso de un edificio en la esquina noroeste de la avenida 5 de Mayo y la calle Bolívar, en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Era lugar de reunión del grupo y estudio de pintura de Diego Rivera.

Los fundadores de la revista fueron Alfonso Cravioto y Luis Castillo Ledón, pero —según José Rojas GarcidueñasCravioto era el verdadero impulsor y “el alma de la revista”. José María Sierra fue retirado de su responsabilidad como secretario de redacción. En los números 4 y 5 aparece el nombre de Pedro Henríquez Ureña.

Savia Moderna apareció el 31 de marzo de 1906 y terminó con el número 5, del mes de julio del mismo año. El primer número se inicia con una nota de la Redacción titulada “En el umbral”. En ella, los directores explican sus propósitos: comenzar una labor libre, bella, joven, artística, que desecha todo sectarismo.

Los fundadores de la revista no comulgaban con doctrinas. Aspiraban al desarrollo propio y no concordaban con ideas cerradas alrededor de corrientes definidas. Declaran su odio a tendencias como el Clasicismo, el Modernismo o el Romanticismo. El grupo se constituía para continuar la búsqueda de las nuevas formas literarias en México. En el primer número rinden tributo al gran antecesor, fallecido doce años antes, Manuel Gutiérrez Nájera. En números sucesivos recordarán, entre otros, a Manuel J. OthónJusto Sierra.

El primer número de Savia Moderna incluye una gran lista de redactores entre los que se encuentran Jesús Acevedo, Manuel Carpio, Eduardo Colín, Roberto Argüelles Bringas y Ricardo Gómez Robelo, Alberto Herrera, Rafael López, Enrique Urthoff, Jesús Villalpando, Julio Uranga, José Gamboa,Antonio Caso, Marcelino Dávalos, José Elizondo. En el número 3, de mayo de 1906, desaparecen de la lista Jesús Acevedo, Roberto Argüelles Bringas y Enrique Urthoff.

Al parecer, en la revista, los fundadores quisieron convivir con escritores de la generación que los precedía. De la referencia modernista se incluían Rafael López, Jesús Valenzuela, Luis G. Urbina, entre otros. El contenido de Savia Moderna, en este sentido, era verdaderamente ecléctico.

La mayor parte de los colaboradores pertenece al grupo formado alrededor de Cravioto. Algunos de los firmantes, que después pasaron a formar parte del Ateneo de la Juventud, son Antonio CasoAlfonso Reyes, Carlos González Peña y Pedro Henríquez Ureña, quien publicó allí su primer ensayo de crítica, recién llegado a México en enero de 1906.

Destaca el interés de Savia Moderna por las artes plásticas. En sus páginas hay ilustraciones y reproducciones con fotograbado. Aparecen óleos de Joaquín Clausell, Jorge Enciso, Diego Rivera y Fabrés; dibujos de Francisco Zubieta y una fotografía artística de Lupercio, entre otras cosas.

El interés por la pintura llevó a los emprendedores de Savia Moderna a realizar una exposición a mediados del año 1906, en un local de la calle Motolinía. Eso era —dice Rojas Garcidueñas— algo nada frecuente.

Por primera vez se exponen obras de Francisco de la Torre, Rafael Ponce de León y Diego Rivera. Se presentaron también Germán Gedovius, Antonio y Alberto Garduño, Saturnino Herrán, Joaquín Clausell, Jorge Enciso, Gabino Zárate, Roberto Montenegro, Sóstenes Ortega, Jesús Martínez Carrión y Rafael Lillo. El animador de este acontecimiento fue Gerardo Murillo (“Dr. Atl”), quien acababa de llegar de Europa. Alfonso Reyes comentó que esta exposición, en pocos meses, provocó la efervescencia del impresionismo y la muerte súbita del estilo pompier.

Savia Moderna tuvo como secciones: “Autógrafos”, que contiene textos manuscritos de escritores connotados; “Arte fotográfico”, con una fotografía, reproducida en toda la página, de distinto autor en cada número; “Bibliografía”, que contiene comentarios sobre diversas publicaciones de libros y revistas, homenajes, aniversarios y otros; “Nuestros artistas”, que presentó información sobre artistas plásticos mexicanos; “Teatros extranjeros”, con datos sobre obras, conciertos, óperas, etc.

La portada del primer número presenta el dibujo al carbón de una indígena desnuda, de perfil, tocando el arpa. En el resto de los números aparece la carrera de un indígena, en un dibujo al carbón de Diego Rivera.

Con la salida de Alfonso Cravioto del país rumbo a Europa termina la breve y sustanciosa vida de Savia Moderna.

Fuentes: Enciclopedia de la literatura de MéxicoDiccionario de literatura mexicana. Siglo XX, coordinación de Armando Pereira. Colaboración de Claudia Albarrán, Juan Antonio Rosado, Angélica Tornero. (2ª ed. Corregida y aumentada. México, D.F.: Universidad Nacional Autónoma de México / Instituto de Investigaciones Filológicas / Centro de Estudios Literarios / Ediciones Coyoacán [Filosofía y Cultura Contemporánea; 19], 2004).

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Correspondencia entre Julio Torri y Alfonso Reyes (1910-1911)

Torreón, Coah., Méx., abril 5 de 1910.

Mi querido don Alfonso: Le agradezco infinitamente su carta y tengo vivísimos deseos de abrazarle. Con una amistad franca y leal corresponderé el favor que Ud. me hace eligiéndome para compañero de estudio. En mi afecto para Ud. siempre ha habido sus puntos de respeto religioso (no se ría Ud.); nunca he podido tratarle de amigo a amigo; delante de Ud. me sentía cohibido, desazonado, no sé cómo decirlo; y cuando quedaba solo me daba mucha tristeza pensar que cada vez me alejaba más de su corazón con mi timidez, mi poquedad y una afectación involuntaria, algo de innatural en mí que nunca pude vencer estando Ud. delante, y que me venía de una especie de incomodidad espiritual; en fin, Ud. que es tan sabio en estas cosas, puede desenredarme esta serpiente. Cuenta Heine que cuando vio por primera vez a Goethe, a pesar de que imaginaba decirle muchas cosas sublimes, no pudo hablarle sino de lo sabroso que eran las ciruelas de los árboles que crecen entre Jena y Weimar; y yo nunca he podido tampoco hablar con Ud. de al que de cosas de poca cuenta. Ud. me entiende.

No se equlvoca Ud. al suponer que quiero mantenerme y vivir por cuenta propia; mi padre, reprochándome un día que miraba más por los clásicos españoles que por los libros de texto, me amenazó, sin querer, con retirarme su apoyo y ayuda; después ha procurado hacerme olvidar sus palabras, pero yo creo que no es decoroso para mi el seguir viviendo de su dinero. Por esto le ruego me ayude a conseguir cualquier cosa que me baste para proveer a mis gastos indispensables.

Quiero además con esto comprar mi libertad espiritual al precio de mi esclavitud material. Con estas cosas que me han sucedido, me he acordado que en cierta ocasión Ud. renegaba de los intelectuales nuestros de la pasada generación, que nada aptos para la vida y comidos de abominab1es vicios de castradores de puércos, han sido autores de los enojos y disgustos que nuestros padres reciben cuando nos sorprenden escribiendo versos o estudiando clásicos.

Le felicito calurosamente por lo de su casa en Santa María, y por lo de su libro Cuestiones estéticas, donde me figuro que habrá puesto sus diálogos, su estudio sóbre las rimas bizantinas, lo de Góngora, su trabajo sobre la tragedia griega (del cual sólo trozos conozco) y sus otros artículos críticos, que siempre he tenido por admirables y perfectos. Crea que en el contento que tengo por esto último hay un poco de snobismo, es decir, que me siento orgulloso de que mi amigo don Alfonso pueda ser conocido y apreciado como lo estima su amigo.

Reciba un estrecho abrazo.

Julio Torri

Méx., abril 17, 1910.

Mi querido Julio: Nada hay más conmovedor para mí que una manifestación de talento. Me entendió Ud. tan bien, que su carta me conmovió.

Le aconsejo que ya se vuelva. Avísele a su papá que en este mes se cierran las inscripciones. Aquí arreglaremos lo que Ud. desea.

Espero que venga pronto. Avíseme cuándo e iremos Silva y yo a la estación. Traiga Ud. trabajos literarios que haya hecho por allá.

Silva ¡ha comprado un terreno en Coyoacán! Le da el dinero el Lic. Victorino Pérez, a cuenta de asuntos que éste le trabaja. Véngase pronto. Ya calculé bien: es muy posible que logre Ud. los $lOO.OO. Milanés desde luego le da, con seguridad su antiguo puesto, pero con el antiguo sueldo. Por lo pronto véngase mantenido como antes.

Junto a Pedro Henríquez y con puerta para el cuarto de éste, hay otro vacío que renta, a lo más $18.00 (a lo más).

Adiós. Espero su carta súbita.

Alfonso Reyes

México, febrero 23 de 1911.

EPÍSTOLA A MARIANO SILVA Y A JULIO TORRI

Guerra de las asonantes,

trastorno de los sentidos,

martillo de las orejas,

de las orejas martillo,

confusión de las vocales,

sarta de versos torcidos,

manirrotos y quebrados

y cojos y desvalidos

tal, don Julio y don Mariano,

vuestra epístola ha venido

en las alas del correo

y en la intención del envío

a tirarme las orejas,

a zumbarme en los oídos

a reprender mi pereza

a desperezar mi olvido.

Mal versero sois don Julio

y consejero putillo;

mal versero sois Mariano

hombre in perpetuam dormido.

Para banco de pereza

dos pies habéis conseguido,

echáis menos el tercero

porque yo me os he perdido.

Bien trabajan por ociar

los que hacen de ociar oficio

y para tercer ociante

solicitan al amigo.

Mas os pusisteis censores

más que Catón Censorino

y muy más que mi Papá

cuando yo era chiquitillo

escuchad en mis palabras

las disculpas que ahora os pido,

que, dando traspiés de versos,

ante vuestros pies me humillo:

*

Aunque dicen que el no ir

es ahora el mayor mal

tal me he llegado a aburrir

que por no aburrirme tal

ya no volveré a asistir.

*

Y por si no lo entendéis,

os haré de estas razones

una glosa en que podréis

entender mis intenciones,

cuido las acataréis:

*

Cosas he llegado a oír

en clase tan enojosas

que para querer morir

no hay como oír esas cosas,

Aunque dicen que el no ir.

*

Y pues, pese al general,

soy estudiante a porfía

(no capigorrón, pardal)

para mí la escuelería

es ahora el mayor mal.

*

Tiempos habrán de venir

de semanas de domingos.

Juro entre tanto vivir

mejor que a escuela, a respingos:

tal me he llegado a aburrir.

*

La clase es muy matinal,

y mi almohada huele a beleño,

dormir es cosa fatal:

más vale dormir por sueño

que por no aburrirme tal.

*

En fin os llego a decir

(¡Manes del pobre Artalejo!)

que aunque haya de repetir,

y ello me cueste el pellejo,

ya no volveré a asistir.

Alfonso Reyes

Julio Torri, Epistolarios, edición de Serge I. Zaïtzeff, UNAM, México, 1995, pp. 29-33.

Conversación entre Valéry Larbaud y Alfonso Reyes

Virgilio es decididamente el poeta de todos los pueblos. A la vez que aparece la obra de T. J. Haarhoff, Vergil in the experience of South Africa (Oxford, Blackwell) -cuya tesis no tiene nada de caprichoso, al acercar hasta el alma de los boers ciertos ideales virgilianos- algunos, en México, hicimos un esfuerzo por demostrar que Virgilio también a nosotros nos pertenece. Por mi parte, y en mi medida, tomé la materia virgiliana, que lleva dos mil años en la elaboración en la mente de los hombres, como zona de pensamiento, y me atreví a ver a través de ella, como a través de una lente, el espectáculo de México. Mi punto de vista recibe la confirmación más hermosa en estas palabras de Valéry Larbaud:

París, 10 de noviembre de 1931.

Sí, la Eneida es el poema de la Conquista: en ella podrían insertarse las ilustraciones de aquellos libros de los siglos XVI y XVII que se refieren a los viajes y a las empresas de los conquistadores, a las entrevistas con los caciques, las guerras con los indios, la penetración por vía fluvial de países desconocidos. Todo es transportable del Mediterráneo y del Lacio al Atlántico, a las Antillas y a tierra firme. Por ejemplo, he aquí un epígrafe para una descripción de México, o del Perú, antes de la llegada de Cortés, o de Pizarro:

Nunc age, qui reges, Erato, quae tempora rerum, Quis Latio antiguo fuerit status, advena classem Quum primun Ausniis excersitus appulit oris Expediam…

Préstame ahora tu auxilio, ¡oh Erato!, para que diga cuáles fueron los reyes, cuáles los remotos sucesos, cuál el estado del antiguo Lacio, cuando un ejército extranjero arribó por primera vez en sus naves a las playas ausonias. 

A decir verdad, los hechos relatados en la Eneida son de corto alcance, en comparación con la conquista de América, pero el tono épico los magnifica. Y la igualdad poética es completa entre Colón, el Adelantado, Ojeda, Balboa, Cortés, etcétera, y Eneas; así como lo es entre los caciques de México y el Perú. En cuanto a las Geórgicas, es el poema que muestra cómo se da valor a los territorios conquistados, una vez pasada la “fiebre de oro” de los primeros momentos, y tal poema es aplicable dondequiera que haya valles y fértiles llanuras. Acaso Virgilio y la parte lírica de la Biblia (los Salmos, el Cantar de los Cantares en Sor Juana Inés de la Cruz) y, hasta cierto punto, Ovidio, estén en la base de la lírica del Nuevo Mundo.

Alfonso Reyes, “Apéndice sobre Virgilio y América”, Universidad, política y pueblo, UNAM, 1967, pp. 65-66

Ortega y Alfonso Reyes (Una relación intelectual con América al fondo). Por Antonio Lago Carballo

Cuando en 1992 publiqué en Ediciones de Cultura Hispánica una Antología de Alfonso Reyes, sin duda alguna la figura intelectual de México más relevante de la primera mitad del siglo XX, le envié un ejemplar a mi amigo José Ortega Spottorno, quien poco después me hizo llegar el libro que acababa de publicar, Historia probable de los Spottorno, con una dedicatoria en la que decía que era un «canje de Reyes por Spottornos». No pasó mucho tiempo y un día me anunció que estaba dando vueltas al propósito de escribir otro libro, éste acerca de los Ortega, para cuya redacción estaba acopiando papeles y recuerdos. Meses después me dijo que, dado mi conocimiento de Alfonso Reyes, me agradecería le diese las citas y referencias relativas a la relación que el humanista mexicano había tenido con don José. Cumplí su encargo y de vez en cuando le preguntaba por la marcha del libro, cuando nos encontrábamos en las conferencias de Pedro Laín en los cursos que nuestro común y admirado amigo daba bajo los auspicios del Colegio Libre de Eméritos.

Pasó algún tiempo y una tarde me confesó que le preocupaba el estado de su salud y me habló de su deseo de terminar cuanto antes el libro sobre los Ortega. En una carrera contra el tiempo, me dijo que había preferido ceñirse a lo que estimaba esencial en la biografía de su padre, lo que le había llevado a cortar referencias no sustanciales. Y en efecto, en su excelente libro, aparecido con carácter póstumo en la primavera de 2002, sólo una vez figura el nombre de Alfonso Reyes. Cuento todo esto porque pienso que quizá tenga interés reseñar en qué consistieron las relaciones entre los dos excelentes escritores. Son tantas y de tanto interés las referencias del mexicano hacia el autor de La rebelión de las masas, que creo no resulta superfluo el empeño de dar cuenta de ellas *.

Alfonso Reyes llegó a Madrid a finales del año 1914, tras haber cesado en el puesto diplomático que desempeñaba en París desde mediados del año anterior, para el que había sido nombrado por el gobierno mexicano, tras la muerte violenta, el 9 de febrero de 1913, en plena confusión revolucionaria, de su padre, el general Bernardo Reyes, con ocasión de una acción militar de asalto al Palacio Nacional contra el presidente Madero.

Sin medios de fortuna, los primeros tiempos de Reyes en Madrid, al principio sólo y enseguida con su esposa e hijo, fueron muy difíciles. Vivía tan al día que una mañana, sin un céntimo, salió a buscar fortuna, «sin duda esperando que algún pájaro del Señor me trajera la media torta como a San Antonio. Crucé el tercer patio, el segundo patio, el primer patio… y al pasar frente al cuarto de los porteros, estos me entregaron una tarjeta… La tarjeta era de don Luis Ruiz Contreras [a quien había conocido en una cena en casa de Mme. Carcassone]. Fui a verlo». Y Ruiz Contreras le encarga la traducción de una historia de la guerra europea. Y, con insólita generosidad de editor, le dice: «Viene el invierno y usted necesita calentarse: aquí está el pago adelantado».

Poco a poco Reyes fue entrando en la vida literaria y cultural de Madrid. Comenzó a frecuentar el Ateneo, del que entonces era secretario Manuel Azaña, y a iniciar su amistad con Díez-Canedo, Pedro Salinas, Moreno Villa… Fue Díez-Canedo quien lo presentó en la editorial La Lectura, y allí conoció a Juan Ramón Jiménez, Comienzan los encargos: en La Lectura le encomiendan la preparación de un volumen con el teatro de Ruiz Alarcón, y Saturnino Calleja, hasta entonces editor de los famosos cuentos infantiles, le pide prólogos y notas críticas para el Libro de buen amor, para Quevedo, para Lope, para Baltasar Gracián… Por entonces, «la noble amistad de José Ortega y Gasset me valió desde el primer momento, asociándome primero al semanario España, después a El Imparcial y finalmente a El Sol», escribió Reyes en el prólogo a su libro Vísperas de España. Y cuando Ortega funda la Revista de Occidente también requiere la colaboración de Reyes, que publica en el primer número, que apareció en julio de 1923, un artículo acerca del poeta José de Espronceda.

En el semanario España, con su compatriota Martín Luis Guzmán –y bajo el seudónimo compartido de «Fósforo»– Reyes publicó notas sobre el cinematógrafo, tarea en la que les había precedido el filólogo Federico de Onís.

En El Imparcial –animado por Ortega, que le dijo: «El secreto de la perfección está en emprender obras algo inferiores a nuestras capacidades»– escribió una serie de crónicas cinematográficas, iniciadas el primero de junio de 1916. Su relación con Ortega se afirma cuando, tres años más tarde, éste le encarga que dirija y escriba en la página que los jueves publicaba el diario El Sol, dedicada a historia y geografía, para lo que Reyes pidió la colaboración de Juan Dantín Cereceda para los asuntos geográficos. Buena parte de los extensos artículos publicados, desde 1918 a 1920, en las páginas de El Sol, los recogería Reyes en sus libros Simpatías y diferencias, Historia de un siglo y Las mesas de plomo. Precisamente en la cuarta serie de Simpatías y diferencias reunió Reyes tres apuntes sobre Ortega y Gasset: el primero fechado en 1916, el siguiente en 1917 y el tercero en 1922. El primero arranca con una afirmación definitoria: «José Ortega y Gasset se destaca entre la juventud española con un ademán de paladín. Aplicando a la crítica literaria el tono patético de la historia, pudiéramos decir que es el héroe». Y a renglón seguido un largo y explicativo párrafo:

En él, como en muchos, hay una bifurcación interior, más o menos inconfesa o reconocida, y comparte su actividad entre dos vocaciones: la oficial y la personal, para decirlo de algún modo. ¿La oficial? Él es catedrático de Filosofía en la Universidad Central, y dirige una sección de investigaciones en el Centro de Estudios Históricos, ¿La personal? La personal es la literatura. ¿Tengo que añadir que, sin pretender restar nada a su palmaria capacidad de filósofo, estoy, contra la afición oficial, por la personal? Os diré por qué: si como literato Ortega y Gasset ve las cosas humanas bajo especies cálidas y concretas, y las expresa con un ánimo de belleza, como filósofo quisiera ceñir su conducta intelectual dentro de una sola tendencia, coordinarla con su conducta práctica y construir, a través de la palabra, algo como un nuevo ideal de España, cuya última manifestación tendría que ser la obra de reforma política.

Un año después, y en el segundo apunte, comentaba Reyes el viaje que Ortega había hecho el año anterior a la Argentina y escribe que:

podemos decir, con una sonrisa, que José Ortega y Gasset descubrió a América. La descubrió, en efecto, para sí mismo. América ha logrado así una envidiable conquista, y ha sellado un pacto de alianza con una de las voluntades más limpias y claras de que se honra la España joven. Agradecemos esa frase de cordial humorismo con que acaba el prólogo: –En las páginas de El Espectador no se pone el sol.

En otro texto publicado en La Pluma en enero de 1923 insiste: «Ortega y Gasset trae de América un secreto de fantasía renovada semejante al de Fausto».

Y en más de una ocasión Reyes contó que Ortega, después de ese primer viaje a la Argentina, le había confesado que le agradaría ser apodado «Ortega, el Americano», como se dijo en la Antigüedad «Escipión, el Africano».

Pero hay un texto de Ortega que llamó la atención de Reyes una y otra vez. Es un texto publicado en 1915 en las páginas del semanario España y en el que afirmaba: «Es América el mayor deber y el mayor honor que queda en nuestra vida. ¡España, España es el único pueblo europeo que no tiene una política de América! ¿Cómo es esto posible? No queda a nuestra raza otra salida por el camino real de la Historia, si no es América».

Reyes recordó más de una vez esta cita, pero fue en su respuesta a una encuesta de El Tiempo (Madrid, 8 de marzo de 1921) cuando su glosa adquirió mayor hondura y gravedad:

Me complazco en repetir las hermosas palabras de Ortega y Gasset: «América representa el mayor deber y el mayor honor de España». Fuerza es que los pueblos tengan ideales o los inventen. Así como América no descubrirá plenamente el sentido de su vida en tanto no rehaga, pieza a pieza, su «conciencia española», así España no tiene mejor empresa en el mundo que reasumir su papel de hermana mayor de las Américas. A manera de ejercicios espirituales, al americano debiera imponerse la meditación metódica de las cosas de España, y al español la de las cosas de América. En las escuelas y en los periódicos debiera recordarse constantemente a los americanos el deber de pensar en España; a los españoles, el de pensar en América. En las hojas diarias leeríamos cada semana estas palabras: «Americanos, ¿habéis pensado en España? Españoles, ¿habéis pensado en América?» Concibo la educación de un joven español que se acostumbrara a adquirir todos los meses algún conocimiento nuevo sobre América, por modesto que fuese. Hay que acostumbrar al español a que tenga siempre una ventana abierta hacia América.

Si hermosa era la frase orteguiana no lo eran menos las reflexiones y conclusiones que suscitó en la mente de Reyes, quien mantendría de por vida una actitud admirativa y amistosa hacia nuestro filósofo, en quien siempre apreció su interés y devoción hacia la América hispánica. Valga como muestra lo que escribió en su artículo Goethe y América, publicado en 1932: «José Ortega y Gasset sufre y siente a América como un problema personal».

En 1923 tuvo lugar en Madrid un evento literario en el que coincidieron Ortega y Reyes, y de tal suceso ambos nos dejaron testimonio escrito. Se trata del homenaje tributado a Stéphane Mallarmé, el domingo, día 11 de octubre, para conmemorar, con un silencio de cinco minutos, el XXV aniversario de la muerte del poeta francés. El escenario, el Jardín Botánico «en la puerta que da sobre la Feria de Libros». La hora: «las once en punto de la mañana» Los reunidos fueron: José Ortega y Gasset, Eugenio d’Ors, Enrique Díez-Canedo, José Moreno Villa, José María Chacón y Calvo, Antonio Marichalar, José Bergamín, Mauricio Bacarisse y Alfonso Reyes, de quien fue la iniciativa y quien escribió una sabrosa e ingeniosa crónica que figura en su libro Culto a Mallarmé, incluido en el tomo XXV de sus Obras Completas. Por su parte el secretario de Revista de Occidente, Fernando Vela, escribió una carta a todos los asistentes preguntándoles qué habían pensado durante los cinco minutos de silencio. Las respuestas fueron publicadas en el número de noviembre de la Revista. En su texto, Ortega declara:

La idea de este silencio es de Alfonso Reyes… A ningún español se nos hubiera ocurrido esto. A los españoles nos avergüenza toda solemnidad, nos ruboriza. ¿Por qué? Pueblo viejo. Tenemos en el alma centurias de solemnidades; éstas han perdido ya la frescura de sentido y nos hemos acostumbrado a pensar que son falsas y desvirtuadas. Alfonso Reyes es americano. Alfonso… Reyes… Alfonso, nombre de reyes…, es americano. Pueblo joven…

La crónica de Reyes es un prodigio de encanto y finura:

El primero en llegar fue José Ortega y Gasset… Era un día gris, nublado y claro. Algo París-de-los-años-de-Ochenta… Sacudiendo el viento los ramajes de nubes, hizo caer escasas gotas. Luego, quedó el tiempo seguro; y había una frescura casi dulce» […] El Botánico tenía una iluminación de vidrieras opacas, de taller fotográfico. Cada árbol, al paso, nos decía una palabra, como al estudioso Goethe en sus excursiones de naturalista: la palabra escrita en su etiqueta: Almez, Alerce, Sófora Japónica, Pawlonia, Arce Sacarino. Cada árbol, al paso, nos alargaba su tarjeta de visita…

En abril de 1924, en vísperas de su regreso a México Alfonso Reyes, que entonces desempeñaba el puesto de primer secretario de la legación de su país en Madrid, recibió un homenaje en el restaurante Lhardy, con Ortega en la presidencia. Compartieron las mesas D’Ors, Azorín, Eduardo Marquina. Manuel Azaña, Díez Canedo, José María Chacón y Calvo… y muchos más escritores y amigos. Eduardo Gómez de Baquero pronunció el discurso de ofrecimiento. Todos los reunidos, más Unamuno, Valle-Inclán, Juan Ramón Jiménez, Gómez de la Serna, Maeztu, Moreno Villa… habían sido sus amigos a lo largo de los diez años de vida madrileña, así como cuantos pertenecían al Centro de Estudios Históricos, presidido por don Ramón Menéndez Pidal, en donde Reyes también colaboró activamente.

Dejaba Reyes un Madrid en el que se sentía arraigado y unos amigos con los que había compartido trabajos y conversaciones, que evocará años más tarde en su libro Tertulia de Madrid. Otro amigo suyo, el fino crítico literario Melchor Fernández Almagro, cuando comente ese libro en Cuadernos Hispanoamericanos (Madrid, marzo-abril de 1951), escribirá:

Recordamos a Alfonso Reyes, menudo y redondo, sutil, cortés y seseante, en grupo con los demás contertulios, [en el hotel Regina] alrededor de la mesa rectangular, junto a la columna central del café: todo nuevo, blanco, sin espejo ni divanes de pelouche rojo: «Son los intelectuales», decían los otros asiduos al café, políticos de provincias, mujeres equívocas o sin equívoco alguno, toreros; los tipos mismos, al natural, que dibujaban por entonces Penagos y Tovar.

En aquellos días de su despedida de Madrid, la prensa publicó diversos artículos en los que se elogiaba la personalidad de Alfonso Reyes. En el ABC, don Eugenio d’Ors en una de sus glosas sentenciaba: «Alfonso Reyes es el que ha torcido el cuello a la exuberancia y ha dejado limpio de su imagen mítica el mapa ideal de nuestra América». Y Azorín definió a sus lectores argentinos de La Nación la personalidad de Reyes con estas palabras: «Cortés, atento, conciliador, Reyes logró captarse prestamente las simpatías de las personas con quienes trata. Y las mismas cualidades de finura y escrupulosidad lleva a sus trabajos de crítica literaria y de erudición».

Perfecto retrato. En él coinciden cuantos le trataron. Sus dotes intelectuales eran parejas con sus dotes de bondad, de simpatía, de ingenio. Gabriela Mistral escribió que «conversar con Reyes es una fiesta». Y el escritor paraguayo Julio César Chaves contó que un día en París y en casa de Jean Cassou, Miguel de Unamuno, en presencia de Rainer Maria Rilke, dijo hablando de nuestro hombre: «La inteligencia de Reyes es una función de su bondad».

Sin abandonar su labor de escritor, Reyes dedicó los siguientes años a cumplir sus deberes como diplomático: ministro de México en París, hasta que pasó a desempeñar la Embajada de México en Buenos Aires (1927-1930) y en Río de Janeiro (1930-1937).

Cuando en 1928 Ortega y Gasset hizo su segundo viaje a la Argentina se vio con Reyes y reavivaron afecto y amistad. En el libro Anecdotario, publicado póstumamente por su nieta Alicia en 1968, figuran varias anécdotas que tienen a Ortega y a Reyes como protagonistas. Entre ellas sólo dos traigo aquí a colación porque presentan perfiles, entre la vanidad y el donjuanismo, que contribuyen a matizar la condición humana de uno y otro. La primera es ésta:

En una reunión social de Buenos Aires, me rodeaban unas señoras jóvenes, sentadas como yo en almohadones sobre el suelo, para que yo les improvisara cuentos como Oscar Wilde. José Ortega y Gasset cruzó la sala entera a paso veloz, gritando.

–No, señoras. A Reyes lo tienen ustedes aquí de modo permanente. Rodéenme a mí que me voy en unos días.

Le cedí mi almohadón, pero el prefirió una butaca de respeto y comenzó una suerte de flirt filosófico, en que era experto. Las señoras se dispersaron poco a poco.

La otra anécdota sube de tono y de indiscreción:

En Buenos Aires también, me dijo:

–¿Dónde esconderme con una señora respetable?

Lo llevé a un departamento precioso que yo tenía y le di la llave:

–¿Le agrada?

–¡Es una octava real! ¡Caramba con este Alfonsito!

Algunos días después pasé al Hotel Plaza a recoger la llave y visité mi rincón; todo en orden, pero para que no se dudara de que él, José, había estado ahí, dejó la envoltura, con su nombre, de unas pantuflas nuevas.

Este encuentro en Buenos Aires sería el último de los celebrados entre Reyes y Ortega. Cuando éste volvió en 1939 a la capital argentina, el gran mexicano ya residía en México. Si se repasan los índices onomásticos de los veintiséis tomos de las Obras Completas de Reyes, se comprueba las numerosísimas citas de textos de Ortega, desde los primeros tiempos hasta la conferencia de éste sobre Goethe en Aspen en julio de 1949. Precisamente es con Goethe como tema de fondo cuando encontramos un testimonio de Reyes en el que manifiesta una actitud crítica y discrepante de Ortega, compatible con el afecto y admiración que siempre le profesó. Se trata de la carta, rescatada por José Luis Martínez y publicada en el tomo XXVI de las Obras Completas (México, 1993) de Reyes, que éste escribió al novelista y ensayista argentino Eduardo Mallea a propósito del ensayo «Pidiendo un Goethe desde dentro. Carta a un alemán», que Ortega había publicado en Revista de Occidente en abril de 1932. La carta de Reyes comienza con una confesión:

La Carta a un alemán de José Ortega y Gasset me ha causado un verdadero arrobamiento, lo mismo que a usted. El gran escritor lo empuña a uno y lo transporta. Pero tiene la elocuencia engañosa de las sirenas. No se deje usted engañar. Ortega es sofístico y engañoso. Esto se lo digo a usted en secreto. Esta carta es un desahogo que yo confío a su corazón de amigo, pero no quiero que usted le dé el aire, porque no quiero tener que sufrir más en mis relaciones con José. Cuando entre él y yo se ha atravesado una pestaña, le confieso a usted que me sentí muy desdichado. Quizá Victoria [Ocampo] también podrá leer esta carta. Yo creo que le pasa con José lo que a mí: yo lo admiro, lo «amo» y no lo aguanto.

Después siguen cinco densas páginas de análisis y comentario de las tesis de Ortega en torno a Goethe expuestas en su ensayo, escrito que, según Reyes, «es el fruto de dos sentimientos que él lleva a una temperatura de sublimidad: la soberbia y la envidia».

No viene al caso reproducir aquí los argumentos empleados por Reyes –excelente conocedor de Goethe, como lo reflejan las primeras 445 páginas del citado tomo XXVI– para razonar su discrepancia con Ortega. Pero sí debo citar el expresivo final de la recordada carta:

Y ahora ¿puedo esperar de usted que guarde esta carta como secreto? Mire que no quiero hacer junto a Ortega y Gasset el papel que él hace junto a Goethe. Mire que discutir públicamente con Ortega y Gasset quien se siente menor que él y no tiene siquiera posibilidad de combate periodístico, quien al fin lo quiere y admira de veras, quien quizá siente que choca con él por un fenómeno de «adoración», quien nunca se acercó a él sin utilidad y provecho en pro o en contra, sería absurdo. Suyo cordial.

El mismo día en que murió Ortega en Madrid, 18 de octubre de 1955, su amigo Reyes escribió un artículo titulado «Treno para José Ortega y Gasset», que aparecería en la revista Cuadernos Americanos (México, febrero 1956). En aquellas páginas reiteraba su testimonio de deuda y gratitud por el trato que había recibido de Ortega años atrás, a la vez que recordaba que, ante la situación que vivió la España en guerra civil, él se apresuró a ofrecer a Ortega su casa en México, y recibió esta respuesta: «Agradecí muy vivamente su cariñosa carta, que me trae su vieja amistad. Siempre en lo recóndito contaba con ella».

Y Reyes evocaba a su amigo con estas hermosas palabras:

Perdemos en José Ortega y Gasset a un escritor que ha dejado un rastro de fuego en la lengua y en la mente de nuestro siglo; a un filósofo imperial, no por la coherencia sistemética de un Kant o de un Hegel –a que él nunca quiso sujetarse–, sino por el altivo señorío de sus concepciones, la actitud orgullosa y la varonil trascendencia; a un pensador que de mil modos llegó a superar a sus maestros y hasta dio al mundo la expresión auténtica de algunas nociones que aún latían en la nebulosa; a un artista en quien jamás desmayó la soberbia voluntad de forma. Era hombre de ánimo solemne que luchó siempre contra las travesuras de la ironía y del humorismo, sus dos verdaderos adversarios; de una sensibilidad tan aguda que solía herirse con su propio aguijón o, mejor, que acabó atravesándose con su espada; de una honda capacidad moral que, por ser tan honda, se desgarraba entre los ideales teóricos y los apremios del deber cí- vico, por manera que iba y venía como el péndulo electrizado de saúco, sin poder resignarse nunca a lo que hay de transacción en la acción.[…] Cuando hayan corrido los años, operando su justicia de larga vista sobre las desigualdades y accidentes y demás miserias del acontecer cotidiano, esta imagen se levantará entre las más altas de España, no lo dudo.

Reyes concluía su treno con un bello y piadoso deseo:

Yo quiero evocar sobre su tumba las palabras de Horacio a Hamlet, envolviendo así en cortesías poéticas las asperidades de la desgracia: «Buenas noches, dulce príncipe; los coros de ángeles arrullen tu sueño».

Alfonso Reyes falleció en la ciudad de México el 27 de diciembre de 1959. Cabe pensar que, de haber vivido, José Ortega y Gasset le hubiese despedido con similar y conmovido elogio.

Alfonso Reyes y Porfirio Barba Jacob

En nueve cuartetos de versos alejandrinos de rima pareada, Alfonso Reyes (de 20 años) formula un saludo al romero peregrino (en ese entonces llamado Ricardo Arenales de 26 años de edad). Ricardo Arenales, quien pocos años después sería, Porfirio Barba Jacob. Ricardo era un poeta de la fatalidad trágica y un valeroso periodista crítico y polémico: “ciego del mundo, y sabio para mirar al cielo/ sueltas la mente por donde los astros van”, que con sus huesos a la cárcel había ido a parar, por criticar en 1909 al régimen porfirista, desde una postura “reyista”. El general Bernardo Reyes (padre de Alfonso) era un prestigiado militar, aliado y compañero de armas de Porfirio Diaz durante más de veinte años, pero para ese entonces, ya era un incómodo rival (al grado que existía un Partido Reyista), en la sucesión presidencial del Presidente por 30 años, el general don Porfirio Díaz.
Años después, nuestro “romero”, ya como Porfirio Barba Jacob, también criticará implacable a los “revolucionarios”: Carranza, Obregón y Calles. En cambio, sabrá reconocer en las figuras de los “bandidos” Emiliano Zapata y sobre todo Pancho Villa, a los representantes de la revolución social del México profundo.
Cuenta una de las leyendas negras, que escribió una biografía de Villa, de la que se vendieron más de veinte mil ejemplares, en el norte de México y el sur de los Estados Unidos, aunque a la fecha no aparece ni uno sólo.
Miguel Ángel, Ricardo, Porfirio, Pedro, Pablo, Juan Pueblo, fueron algunos de los otros, de los heterónimos en los que su espíritu encarnó, como queriendo fundirse en el crepúsculo, mientras vuelan los serafines “y en la tarde tu lámpara arde como un rubí.”

Salutación al Romero
A Ricardo Arenales

Caminas por el Prado, que está de primavera
Y, ciego, ¿no contemplas sino el radioso vano?
¿Adónde, adónde, ciego, conduces la carrera,
alzando a Dios las palmas que llevas en la mano?

Ciego del mundo, y sabio para mirar el cielo,
sueltas la mente por donde los astros van,
Como en la noche oscura, por el monte Carmelo,
Erraba, libre, el alma del mismo San Juan.

La tierra estaba verde, el cielo estaba rosa
Y, lejos, en el cielo, fulguraba una cruz.
Pasaste tú, romero, y no mirabas cosa,
sino, en el cielo, la maravillosa luz.

¿Andabas por el prado, que está de primavera,
y, ciego, no mirabas sino el radioso vano?
¿Adónde, adónde, ciego, llevabas la carrera
alzando a Dios las palmas que ofrecía tu mano?

A mi, qué, dónde piso, siento en la voz del suelo,
¿qué me dices con tu silencio y tu oración?
¿Qué buscas, con los ojos fatigados de cielo,
más alto que la vida y sobre la pasión?

Romero: en el crepúsculo vuelan los serafines.
En la dorada luz te borras para mí.
Tu alma y el crepúsculo se mezclan por afines,
y en la tarde tu lámpara arde como un rubí.

La sacrosanta lámpara donde quemar perfumes;
la de alumbrar, nocturna, la trabajosa senda;
la que ha de velar por ti, cuando te abrumes
en medio de la noche azul, bajo la tienda-.

El romero, que estaba en medio de la tarde,
me miró silenciosamente, con claridad:
yo no vi en sus ojos mentira ni alarde,
sino la inmóvil luz de la fatalidad.

La lumbre de la tarde se apaga. Raudo giro
de imperceptibles pájaros vibra con suave son.
Y un grito, y un sollozo, y un canto, y un suspiro
se ahogan en la tarde como en mi corazón.

Alfonso Reyes, noviembre de 1909

El movimiento intelectual contemporáneo de México. José Vasconcelos, 26 de julio de 1916

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