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Alfonso Reyes diplomático: intervenciones en la Conferencia Internacional de Estados Americanos. Montevideo (1933)

Durante la Séptima Conferencia Internacional de los Estados Americanos celebrada en Montevideo, Uruguay, el 26 de diciembre de 1933, además de que los estados miembros declararan la llamada “Política de buena vecindad” —la cual se oponía a la intervención estadounidense en los asuntos de los países de América— se aprobaron además las siguientes convenciones:

  1. Asilo político: ver documento.
  2. Derechos y deberes de los estados: ver documento.
  3. Enseñanza de la historia: ver documento.
  4. Extradición: ver documento.
  5. Nacionalidad de la mujer: ver documento.

Alfonso Reyes hizo parte del cuerpo diplomático mexicano junto con Jose Manuel Puig Casauranc, Basilio Vadillo, Genaro V. Vasquez, Romeo Ortega, Manuel J. Sierra y Eduardo Suárez.

Sitio web de referencia: http://www.oas.org

Morena. Por Alfonso Reyes

Trigueña nuez del Brasil,

castaña de Marañón:

tienes la color tostada

porque se te unta el sol.

De las algas mitológicas

en el marino crisol,

como la sal se te pega

tienes tostado el color.

Ilesa virgen de aceite,

lámpara de hondo fulgor:

sales a apagar el día,

ya diamante, ya carbón.

En el vaho de la arena

¿no se consume la flor?

No se consume: se alarga

el tallo, rompe el botón.

Misterio: ceniza y fruta;

ceniza sin amargor,

fruta áspera con acres

aromas de tocador.

Mirra y benjuí por los brazos,

gusto de clavo el pezón:

quien hace la ruta de Indias

corta la especia mejor.

Cierto, tenderé la vela:

me siento descubridor,

alumno de Marco Polo

y de Cristóbal Colón.

—¡Tierra!—grito, y en el seno

del barro que te crió,

hinca ya la carabela

la quilla y el espolón.

Tierra oscura me recibe,

en sorda germinación,

en la que saltan los árboles

como rayos de explosión.

Truena Dios, y mi ventura,

al tiempo que truena Dios,

está en volver a la sombra

donde he nacido yo.

—Callen las onzas de plata

cuando se escucha esta voz:

“Hijas de Jerusalén,

el sueldo de cobre soy.”

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Cuatro soledades. Por Alfonso Reyes

1.ª
Clara voz de mis mañanas,
¿dónde estás?
Mi Rua das Laranjeiras,
donde aprendían los pájaros
a cantar en español.
¿Dónde estoy?
¿Dónde estáis y dónde estoy?
Cielo y mar, sonrisa y flor,
¿dónde estáis y dónde estoy?
Último sueño del tiempo
gracia, esperanza y perdón,
¿dónde estáis y dónde estoy?
¿Dónde la secreta dicha
que corría sin rumor?
¿Qué se hizo el rey don Juan,
los Infantes de Aragón?
¿Dónde estáis y dónde estoy?
¿Dónde las nubes de antaño?
¿Adónde te fuiste, amor?
¿Dónde apacientas tus greyes
y las guareces del sol?
Digan: ¿Quién la vio pasar?
(Y todos dicen: ¡Yo, no!)

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El coleccionista. Por Alfonso Reyes

1. Por qué ya no colecciono sonrisas

“He dejado de coleccionar sonrisas —a que antes fui tan aficionado— porque la experiencia del trato humano al fin enseña que se abusa más de la sonrisa que de la risa. Es más difícil fingir una risa que una sonrisa. Y los hombres suelen usar de la sonrisa como ripio social, para llenar todos los huecos de la conversación, o suplir las frases rituales del saludo, la despedida, el agradecimiento, la enhorabuena y demás mecánica de la cortesía.

“Yo mismo que, a fuer de especialista, he procurado en lo posible que mi sonrisa tenga siempre un contenido sustancioso y real, me sorprendí hace pocos meses dando un pésame con una sonrisa: una sonrisa externa, obligada, inconsciente, disciplinaria, muerta. Desde entonces desconfío mucho de las sonrisas.

“Las sonrisas sólo me interesan ya cuando vienen a ser, como alguna otra vez lo he dicho, el fulgor de un pensamiento solitario; de un pensamiento que tiene henchida del toda la conciencia, y se va escapando, manando, en breves vibraciones faciales. Entonces las sonrisas tienen el valor de una confesión, y hay que recogerlas con el ánimo tembloroso y codicioso. Pero, adquirido el hábito de distinguir estas sonrisas de las otras —de las sonrisas muertas—, ya no hay que preocuparse más; hay que pasar de largo. Dios escoge a los suyos: las buenas sonrisas se coleccionan solas. Por eso he dejado de coleccionar sonrisas desde hace algunos meses.

Además, hay ya muchos aficionados; el mercado ha perdido su su virginidad encantadora de antaño; entre la viciosa oferta y la excesiva demanda, los valores justos han desaparecido. Cualquiera mujer vende a precios fabulosos una sonrisa embustera, recién fabricada, pretendiendo que es una sonrisa Luis XIV o una sonrisa Directorio.

“Y no es que las falsificaciones carezcan necesariamente de valor, no. Hay, por ejemplo, sonrisas ‘sevillanas’, que valen por sí mismas mucho más que las de cuño oficial; las hay hechas por la noche en casa, de tapadillo, que no se pagarían con nada. Pero es que al verdadero coleccionador le puede gustar el artículo falsificado, a condición de que se lo propongan franca y expresamente como artículo falsificado. Yo tenía por ahí, arrumbadas en mi colección, dos o tres sonrisas completamente artificiales, hechizas, por las cuales he pagado varios años de adoración rendida. Pienso, entre los demás despojos de mi tesoro, legarlas a mis amigos para experiencia.

“Hay, sobre todo, algo que me inquieta: he dado en pensar que la sonrisa es una risa sin entrañas, una risa insalubre, sin eficacia vital; una risa que se ha vuelto loca y ha olvidado su propósito a medio camino, como flecha que se pierde en el aire. He dado en pensar que la sonrisa es una risa marchita, que ha crecido falta de luz y aire —planta blanquecina y sin sol—, anémica, raquítica, con unas piernecitas flacas y un cuerpo jorobadito; que la sonrisa es una risa de mal humor; una risa a la que tuercen el pescuezo a última hora: una ‘catarsis’ mancada, un desahogo que se arrepiente.

“Yo sé bien, en mi fuero interno, que todas éstas son malas ideas. Antes, en mi mejor época, aunque tales ideas me asaltaran, no me inquietaban ni hacían mella. Las tenía yo descontadas de antemano. Lo que me importaba era llegar a las almas colgado del hilo de araña de una sonrisa, como el amante que trepa hasta el balcón por las trenzas de oro de Ruiponche.

“Entonces solía yo perseguir con dolor la entrevista imagen de una Gioconda callejera, y era mi oración favorita aquella página de Pater dedicada a descifrar los mil y un sentidos del lienzo de Leonardo, de aquella insondable sonrisa, ‘siempre adornada con un toque siniestro’, perseguida siempre en múltiples tanteos juveniles en torno a los trazos del Verrocchio, que un día se deja aprisionar, adormecida al halago de las flautas de los bufones, como una paloma viva que cae, poco a poco, bajo el hipnotismo de la serpiente.

(Es más antigua que las rocas que la circundan; como el vampiro, ha muerto ya muchas veces y ha arrebatado su secreto a la tumba; y ha buceado en mares profundos, de donde trajo esa luz mortecina en que aparece bañada; y ha traficado en telas extrañas con los mercaderes de Oriente; y fue, como Leda, madre de la Elena de Troya y, como Santa Ana, fue madre de María; y todo esto no significa más para ella que el rumor de aquellas liras y flautas que la hacían sonreír, ni vive ya todo ello sino en la delicada insistencia con que ha logrado modelar sus rasgos mudables y teñir sus párpados y sus manos…)

“…Pero imaginad lo que sería una Mona Lisa exagerada, por la fatiga, en bruja ganchuda y rugosa: pues algo semejante ha venido a ser el misterio de la sonrisa para el coleccionador hastiado. Y cuando se llena uno de malas ideas, hay que cambiar de ambiente, de oficio. He dejado de coleccionar sonrisas, en busca de algo más serio, más directo, más cristalino.”

2. Ahora colecciono miradas

“Ahora colecciono miradas. Los ojos son unas ventanas por donde entra y sale la conciencia a toda hora. Hay conciencias de gusto amargo, y otras de gusto dulce. Las hay cálidas, las hay gélidas. Las hay que tienen el frío cariñoso de la primavera, o el calor discreto del nido. Todo eso se gusta por los ojos. Ese abandono de los ojos —ese “impudor”, exageraba Longino— nos cura un poco, nos revive un poco a los que estamos hastiados de descifrar sonrisas. Esa tremenda confesión de los ojos ha logrado al fin devolverme las emociones que me embotó el abuso de las sonrisas. Una mirada me sumerge en suaves delirios: “siembra mi corazón de estrellas”. Y, a poco de interrogarlas, no hay mirada que no responda: todas se entregan.

“Y voy, bajo los árboles de la primavera, como un Don Juan de las miradas, sorprendiendo, robando fuegos rojos, azules, fuegos castaños, fuegos grises. Las hay que convidan con la serenidad zarca de Atenea, y las hay que arrastran a la negra meditación del búho. Y éstas y las otras se me antojan: se me antojan imperiosamente como al sediento el vino.

“Cuando veo venir unos ojos abiertos (no todos los ojos abiertos están abiertos), de esos que van —sin saberlo— derramando el contenido secreto, hay algo que se estremece en mí: algo como un escozor de quemadura que quiere ser quemada otra vez. En este delicioso rebusco del dolor, “¡Quiero que me quemen esos ojos!”, digo al pasar. Y soy tan desdichado cuando pasan de largo, como Dante con su Beatriz, junto al puente aquel donde ella no quiso devolverle el saludo.

“Cuando yo muera y los médicos me abran el cuerpo para sacarme el alma, la van a encontrar llena de quemaduras del color de todos los ojos de las mujeres; si ya no es que encuentran un miserable puñado de cenizas: ¡toda se me habrá consumido en esta posesión imposible de las miradas, tonel sin fondo a los deseos! ¡Oh, dadme, dadme la mirada que fija y clava, la mirada que sacia como el vaso plenamente apurado!”

Alfonso Reyes, “El coleccionista”, Calendario, Obras completas II, Fondo de Cultura Económica, México, 1995, pp. 352-355.

Llamamiento a los intelectuales de América. Conferencia Panamericana de Ayuda a los Republicanos Españoles, México, 1940

Atormentados por la doble angustia de haber perdido su patria y su libertad, millares de hombres españoles: Universitarios, artistas, literatos, maestros, estudiantes, pertenecientes a las más opuestas ideologías, y abarcando desde la categoría más modesta y humilde hasta la de aquellos otros de prestigio universalmente reconocido y, junto a ellos, los demás hombres de su pueblo, labradores,técnicos y de otros oficios, esperan su salvación desde los campos de concentración de Europa en guerra, con la fe puesta en la generosidad, en el sentimiento liberal, en la tradicional solidaridad humana de los pueblos de América.

Sus vidas apasionadamente entregadas a la profesión de la cultura, su esperanza de ejercerla para bien del hombre y cumplimiento de sus destinos, su arrebatado amor a la verdad, al humanismo profundo que los movió a sacrificar sus seguridades materiales, no pueden perderse en la desesperación, en la soledad de un destierro que les impone la misma humillación material y moral y la misma imposibilidad de continuar sus investigaciones, su labor creadora, su cátedra o su estudio, de continuar incluso existiendo, que si permanecieran en la Patria que abandonaron para evitar la muerte, la venganza ciega, el odio irreflexivo. Por nuestra condición de intelectuales, y más aún de intelectuales de las democracias hispanoamericanas, unidos a su linaje por hermandad de sangre y de vocación, y por lo que para el porvenir de los pueblos puede significar ese caudal de fe en el hombre y en el espíritu, no puede faltar nuestro apoyo a la Conferencia Panamericana de Ayuda a los republicanos españoles, que se celebrará en México los días 14 al 17 de febrero de 1940.

La palabra: hispanoamérica, la cultura hispanoamericana, son sentimientos vivos de honda fraternidad humana; clara decisión de solidaridad para todos los hombres de buena voluntad que con nuestra misma voz liberal, llamen a nuestros corazones, a nuestros ideales, con el derecho que su lealtad les concede.

Alfonso Reyes, Enrique González Martínez, Carlos Pellicer, Martín Luis Guzmán, Antonio Castro Leal, Daniel Cossío Villegas, José Mancisidor, Luis Cardoza y Aragón, Andrés Henestrosa, David A. Siqueiros, Jesús Guerrero Galván, Silvestre Revueltas, Octavio Paz, José Alvarado, Efraín Huerta, Alberto Quintero Álvarez

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Premio Alfonso Reyes para Germán Arciniégas

Santa Fe de Bogotá, 16 de febrero de 1996

 

Señor

Miguel Limón Rojas

Secretario de Educación Pública

de los Estados Unidos Mexicanos

Señora

Alicia Zendejas

Esposa de Don Francisco Zendejas

Fundador del Premio Alfonso Reyes

Señor Director y Compañeros de la Capilla Alfonsina

Señor Embajador de Colombia

Señores Embajadores

Amigos y Amigas

 

Cuando me acerco a cumplir mis primeros 100 años, me hacen ustedes, queridos amigos de la Capilla Alfonsina, la gracia que tanto me regocija, de darme el Premio Alfonso Reyes, en el mismo año en que se termina la edición de sus Obras completas, empeño en que han puesto ustedes su devoción. Todo esto ocurre cuando estamos en vísperas de que se cumplan los 500 de la fundación del Nuevo Mundo. Cuando junto a estos acontecimientos, me veo puesto en una esquina que me mueve a contemplar el destino de ideales, que nos animaron a cuantos estuvimos más cerca del gallardo poeta, cuya capilla conservan ustedes con tan celoso cuidado. Ese Nuevo Mundo, al cual ha llamado el Pontífice con un acierto genial, “el Continente de la Esperanza”, ha sido el personaje único que en mi corta vida vengo tratando de interpretar con los sentidos que ahora empiezo a perder. La historia del Nuevo Mundo, la verdadera historia, como diría Díaz del Castillo, es una fascinante aventura que sigue siendo la mayor tentación posible para quienes escriben y para quienes leen. Tengo la convicción de que ésa aún está por escribirse. Los mil o dos mil libros que circulan sobre el continente de siete colores no son sino caricias superficiales. Todavía no llegan a lo más hondo de lo que es nuestra América. Cuando ustedes me dan el diploma que hoy va a recibir mi hija, por no poder yo ir personalmente a que lo pongan en mis manos, se lo entregan simbólicamente a un estudiante. No soy otra cosa. Lo recibo alborozado para que quienes siguen estudiando nuestro Nuevo Mundo vean cómo hay una Escuela Alfonsina, que premia a quienes se detienen a explorar los recónditos secretos del continente que encontró Américo Vespucci, a los 10 años de que Colón anunciara que era posible atravesar de orilla a orilla el tenebroso Atlántico, que parecía condenado a devorar las naves que pretendieran atravesarlo. He dicho que los 200 millones de blancos que desde entonces han venido de Europa a poblar el Nuevo Mundo y aquí se han quedado para confundirse con los de la piel cobriza, y los de la morena, vienen desde 1493 inventando cuanto su ingenio les sugiere, porque haya sobre la tierra repúblicas de hombres libres, independientes, capaces de organizarse para la vida, donde se respete el derecho ajeno, y la república del pueblo y para el pueblo.

Vivo repitiendo estas cosas hasta la impertinencia, siguiendo la fórmula que nos dio Don Alfonso, de hacer el deslinde. Que se entienda bien que aquí los blancos del pueblo vinieron a inventar la república de la justicia para obtener la igualdad que no conocían en el Viejo Mundo. Así, los indígenas mismos les enseñaron a los blancos lo que Hidalgo y Morelos decían desde el púlpito. Que el cristianismo volviera a levantarse como se alzan nuevos pinos, según el símbolo que les ofrecía José Martí a las que en Tampa enrollaban las hojas de tabaco. Todo esto que tantas veces he dicho se me agolpa en la mente como si otra vez el valle de Anáhuac recobrara la transparencia de los tiempos antiguos. Lo que nosotros necesitamos es hacer el gran deslinde. Sentir la misma necesidad del emigrante humilde que en Cádiz subía a la nave española, llevando en la mente, no precisamente la idea de ensartar indios con la lanza, sino de buscar una tierra donde pudiera libertarse. El deslinde comienza cuando el emigrante se desprende del Viejo Mundo y se embarca para el Nuevo. Porque sí había muchos que lo que pensaban era soltar los perros sobre los indios, para que a mordiscos les dejaran libre el campo, no eran pocos los que venían a compartir con las indias la noche y la vida. Y poco a poco se fue dorando la piel, se fue formando el mestizo, se fueron amalgamando las razas y quedándose el pueblo equilibrado, que en tres siglos proclamó la independencia absoluta y vino a inventar la república americana; lo mismo que en España nacía la lengua para explicar la formación de nuevos reinos y, a la sombra del árbol de Guernica, los vascos proclamaban su propia identidad.

Cultivar la propia independencia, firmarla, defenderla, son virtudes naturales que trajeron los emigrantes y que encontraron aquí un suelo abonado para producir Bolívares, San Martines, Hidalgos y Morelos. Aquí en México, la cultura hispánica es válida hasta donde es mexicana.

 No siempre quienes han contribuido a la creación de esta América han visto lo que han hecho. Colón pensó haber llegado al mar del Japón y vio en Cuba la tierra firme de la China y en Panamá las minas de Salomón, que decía estaban en Egipto. Bolívar quiso que a Panamá regresaran los ingleses, que las tropas de Washington y de La Fayette habían puesto fuera de América. Fue una suerte inmensa para su gloria y para nosotros, que no hubiera hablado en el Congreso de Panamá. A Sucre le había escrito, cuando le envió la constitución bolivariana, aquella carta que nos hace estremecer de horror, donde le decía que la batalla de Ayacucho “no valía lo que un acorazado inglés”, y en los puntos que envió a Panamá, como la base de su pensamiento, proponía entregar a los ingleses el istmo para que quedaran ellos dueños del fiel de la balanza entre los dos océanos.

Lo movían a tan amargos pensamientos la desconfianza justa que tenía en los políticos que lo rodeaban, y quiso buscar un príncipe para hacer de la Gran Colombia un protectorado.

A principios de este siglo, Jorge Enrique Rodó nos ilusionaba describiendo a nuestra América como simbolizando la pureza de Ariel, tal como aparece en La Tempestad de Shakespeare, y en oposición al monstruo de Calibán, que simbolizaría el imperialismo yanqui. Hemos crecido en este siglo, con esa ilusión de pureza de nuestra parte, frente a un monstruo que hace del yanqui el constante imperialista, que debemos mirar siempre con la misma desconfianza que inspira el monstruoso Calibán de diabólica rapacidad. Al cultivar esta división, se nos ofreció, al celebrarse el centenario de la aparición del Nuevo Mundo, el logotipo donde sobre esta fecha se colocó la corona de la monarquía, como si los 300 años de la Colonia pesaran más que los 200 que llevamos de vida republicana. Si yo tengo el deseo de redondear mis 100 años de vida, es porque quiero llegar al 6 de diciembre cuando los cumplo, al año 2000, y aprovechar esta fecha para decirles a mis amigos, dentro de 4 años, que mi experiencia de este primer siglo me obliga a recordarles que nuestro destino es el de llevar las esperanzas que nos recuerda el pontífice romano en su certera manera de llamarnos. No debemos recibir las palabras de Juan Pablo como un elogio, sino como el recuerdo de lo que han visto en 500 años quienes han salido del Viejo Mundo para venir a crear uno Nuevo. Si en el Viejo hubo hambre, esperan que en el Nuevo encontrarán trabajo y una mesa suficiente.

Si en el Viejo, el fanatismo de nazistas, fascistas o franquistas les hizo invivibles sus patrias, que aquí encuentren un lugar de convivencia. Mayor compromiso no puede tener el hombre del Nuevo Mundo. No hay que mirar la tierra donde hemos nacido como un regalo de los dioses, sino como un campo en donde nos toca ofrecer a los demás, ese lugar de esperanza de que habla el papa Juan Pablo. No porque él lo haya dicho propiamente, sino porque eso está en el corazón de nuestra historia.

Esta fiesta que me hacen ustedes tiene esa profundidad tremenda, que yo veía en el fondo de la sonrisa de don Alfonso Reyes. Porque cuando él hablaba de la Ultima Tule, lo que estaba viendo era esa América de siete colores, en donde cada matiz de iris acaba por convertirse en una especie de compromiso con la gente ingenua, que se viene de Europa o de cualquier parte de los cuatro continentes, siempre con la idea de que aquí llegará a libertarse y convivir en un ambiente republicano porque aquí se inventó la república de la orden moderna.

Es cuanto tengo que decir para agradecer de todo corazón el que hayan unido mi nombre al de don Alfonso, a la sombra de su Capilla, en donde tantas veces he soñado cuando pienso en mi tierra y en la suya.

De nuevo, mil gracias por haberme escuchado.

Germán Arciniegas

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Reyes y América. Por David A. Brading

Versión original: http://www.letraslibres.com/mexico-espana/reyes-y-america

En El puercoespín y la zorra (1935), Isaiah Berlin cita un fragmento de Arquíloco donde el poeta griego dice “la zorra sabe de muchas cosas, pero el puercoespín sabe de una muy importante”. Berlin aprovecha el sentido figurado de estas palabras “enigmáticas” para dividir el reino de los filósofos, poetas, dramaturgos y novelistas en dos grandes provincias. Flanqueado entre otros por Platón, Dostoievski y Proust, Dante va a la cabeza de los escritores a cuya obra anima “una sola visión central” que por sí sola confiere sentido a todo lo que hicieron y dijeron. Shakespeare, flanqueado por Aristóteles, Goethe y Joyce, entre otros, representa a los escritores de pensamiento “esparcido y difuso que se mueven en planos diversos, nutriéndose de la esencia de una gran variedad de experiencias y asuntos, tomándolos por lo que son en sí mismos”, sin proponerse reducirlos a los límites de una “visión unitaria interior”. El primer grupo es el de los puercoespines; el segundo, el de las zorras.1
Si aplicamos la clasificación de Berlin a los escritores mexicanos, en particular al círculo que fundó el Ateneo de la Juventud en 1909, salta a la vista que José Vasconcelos (1881-1959) era un puercoespín, toda vez que su vida y escritos se inspiraban en la visión que él tenía de sí mismo como un reformador cultural, a veces rey-filósofo o profeta, elegido para redimir a su nación y a su raza. En cambio, don Alfonso Reyes (1889-1959), el benjamín del Ateneo, era una zorra que desempeñaba los papeles de diplomático, historiador de la literatura, poeta, periodista y presidente del Colegio, cuyos escritos abarcaron gran variedad de asuntos y géneros. Al mismo tiempo, el escritor más viejo influyó en el más joven, y más que en ningún otro sentido, en su preocupación por la situación cultural de Iberoamérica, o como Reyes prefería llamarla, “nuestra América”.2
Para entender el origen de esa preocupación basta ver sus Notas sobre la inteligencia americana (1936), donde Reyes lamentaba la orientación positivista de la Escuela Nacional Preparatoria, en la cual se educó, orientación que inculcaba en los estudiantes un profundo pesimismo sobre la América hispana, pues éste era un continente que parecía estar preso en una jaula de determinantes —Reyes las llamaba “fatalidades”—, ya fueran raciales, geográficas o políticas, que obstaculizaban su progreso y la mantenían en la condición de un conjunto de países dependientes de Europa occidental y Estados Unidos. En particular, advertía Reyes, la generación de su padre había lamentado nacer “en un suelo que no era el foco actual de la civilización, sino una sucursal del mundo”, y citaba a Victoria Ocampo, la escritora argentina, quien comentaba que la generación pasada se había concebido como la de los “propietarios de un alma sin pasaporte”. Era, además, una generación que conservaba el resentimiento liberal contra España, nación a la que veía sumida en la decrepitud histórica. En cuanto a México, se pensaba que la supervivencia de las comunidades indígenas era un obstáculo insuperable al progreso social. En efecto, se juzgaba que todo lo valioso provenía del exterior, mientras que lo autóctono, ya fuera nativo o criollo, era objeto de burla y considerado retrógrado. Todo esto contrastaba a todas luces con el pujante poder industrial y la prosperidad de Estados Unidos.
La paradoja de tal pesimismo, ejemplificada por Francisco Bulnes en El porvenir de las naciones hispanoamericanas (1899), era que, como Alfonso Reyes observó en su Panorama de América (1918), “comenzó hacia 1870 una nueva era de prosperidad material y de tranquilidad relativa”. A todo lo largo del continente, la inversión extranjera en ferrocarriles, puertos y minas, había producido un auge de exportaciones, no sólo de minerales y petróleo, sino también de productos agrícolas de clima tropical y templado. En la Argentina y el sur del Brasil, la expansión económica había provocado una gran inmigración del sur de Europa así como la emergencia de grandes ciudades, de manera que hacia 1910 la población de Buenos Aires y São Paulo superó con creces a la de la ciudad de México. Por si fuera poco, esta nueva prosperidad enriqueció tanto a los grandes propietarios rurales como a los empresarios nacionales, y permitió e las elites políticas establecer regímenes basados en oligarquías parlamentarias o en presidencialismos pretorianos. Si en México estalló la revolución social de 1910, en otros países de Iberoamérica la economía de explotación y las instituciones republicanas sobrevivieron hasta 1930, cuando la Gran Depresión precipitó el fin de toda una época.
Fue José Enrique Rodó (1872-1917), ensayista y político uruguayo, quien, en Ariel (1900), apeló a la figura shakespeareana de Próspero como autor de un planteamiento en el que se contrasta la espiritualidad y la acción desinteresada, representada por Ariel, con los impulsos sensuales y egoístas de Calibán. Así, exhorta a la juventud hispanoamericana a acometer una empresa elevada y a procurar “la plenitud de vuestro ser”. Rodó rechazaba en particular la filosofía utilitaria y materialista que entonces dominaba a Estados Unidos, país que, si bien mostraba una “grandeza titánica” en su economía, estaba gobernado por una plutocracia vulgar y animado por una “semicultura universal”. En consecuencia, conminaba a la juventud hispanoamericana a rechazar la “nordomanía” y abrazar en cambio los valores clásicos y la actitud contemplativa de la belleza que había florecido en la edad dorada de Atenas. El arte, argumentaba, no sólo expresa la mayor parte de las facultades humanas, sino que permite al hombre concebir “la ley moral como una estética de la conducta”. Por otro lado, insistía en que todas las repúblicas de Hispanoamérica formaban una sola nación cultural y que su lengua, historia y literatura eran expresiones de un solo espíritu. “Tenemos, los americanos latinos, una herencia de raza, una gran tradición étnica que mantener, un vínculo sagrado que nos une a inmortales páginas de historia”.3
En todo esto, aparte de la influencia evidente de Ernest Renan, teórico francés del nacionalismo y autor de Calibán, un drama filosófico, Rodó echó mano de los Discursos a la nación alemana (1807-1808) de Johann Gottlieb Fichte, y De los héroes, el culto de los héroes y lo heroico en la historia (1840) de Thomas Carlyle, ya que éste había definido al hombre de letras de la era moderna como “luz y sacerdote del mundo que, a modo de faro, le sirve de guía en su oscuro peregrinar a través del desierto del Tiempo”.4 Cuando José Vasconcelos se arroja al centro de la vorágine de la Revolución mexicana y más tarde figura como secretario de Instrucción Pública, se apega a las exhortaciones de Rodó y abraza las embriagadoras ideas de Carlyle.
De la influencia que el uruguayo ejerció sobre Alfonso Reyes no puede haber duda, ya que en 1908, cuando éste tenía diecinueve años, convenció a su padre el general Bernardo Reyes, entonces gobernador de Nuevo León y posible candidato a la Presidencia, de publicar la primera edición mexicana del Ariel en Monterrey, aun cuando, según admitía el propio don Alfonso, era Theodore Roosevelt el filósofo y literato que más admiraba.5 La posición de Rodó se elevó aún más en virtud de la presencia en México de Pedro Henríquez Ureña (1884-1946), intelectual dominicano, hijo de un expresidente, partidario del Modernismo, movimiento iniciado por el poeta nicaragüense Rubén Darío. Cinco años mayor que Reyes y con más viajes por el mundo en su haber, Henríquez Ureña se convertiría en su mentor y amigo. Los unía el disfrute de la literatura hispánica, ya fuera medieval o barroca, así como su común dedicación al estudio de los clásicos grecolatinos. De igual forma, compartían su desdén por la gastada filosofía de Auguste Comte y Herbert Spencer, actitud que llevó a Reyes a relatar jocosamente que había escuchado a Antonio Caso “en un grupo de profesionales, haciendo un sabroso guiso de positivistas”.
Perturbado por El nacimiento de la tragedia y la exaltación que en ella hace Nietzsche del espíritu dionisiaco sobre la razón apolínea, Reyes busca una afirmación intelectual en Henríquez Ureña, quien de muy buena gana le explica que tal distinción entraña el contraste entre la poesía épica y la lírica, y no es sino otra expresión de la consabida antítesis entre filosofía y literatura romántica y clásica. En la correspondencia entre estos dos hombres se advierte también la influencia del gran historiador y crítico español Marcelino Menéndez y Pelayo, influencia que Reyes admitía aunque no dejaba de lamentar.6
En 1913 Reyes se recibe de abogado y lo nombran segundo secretario de la legación mexicana en París, donde se entera de la trágica muerte de su padre durante un intento fallido de asalto al Palacio Nacional, noticia a la que sucederá el asesinato de Francisco I. Madero y el reinicio de la guerra civil. Para entonces Reyes ya había escrito “quisiera salirme de México para siempre”, pues temía que la política fuera a absorberlo desviándolo de lo que él consideraba su vocación en la vida.7 En 1914, tras ser retirado de la legación, establece su residencia en España, se dedica al periodismo y se integra al Centro de Estudios Históricos de Madrid que dirigía Ramón Menéndez Pidal, destacado investigador del Cantar de Mio Cid. En los años subsecuentes profundiza sus conocimientos de la literatura medieval castellana, estudia a los cronistas del descubrimiento y la conquista de América, y, con Dámaso Alonso, participa en la renovación del interés por la poesía de Luis de Góngora. En efecto, en esos años se opera un cambio decisivo en los valores literarios, ya que desde fines del siglo XVIII los críticos habían descalificado el estilo de Góngora por considerarlo afectado e impuro, juicio con el que había coincidido nada menos que Menéndez y Pelayo. Este cambio de perspectiva fue comparable al que impulsó T.S. Eliot cuando revaloró la poesía de John Donne y la escuela metafísica de los poetas ingleses del siglo XVII.
En Góngora y América (1929) Reyes investigó la influencia de este poeta barroco en el Nuevo Mundo y señaló la importancia de Juan de Espinosa Medrano, “El Lunarejo”, canónigo de la catedral de Cuzco, quien en 1662 publicó en Lima su Apologético a favor de don Luis de Góngora, obra en la que defiende al cordobés de los ataques de un crítico lusitano. No menor importancia reviste el que haya llamado la atención sobre la revaloración de Sor Juana Inés de la Cruz, a quien los liberales del siglo xix, como Ignacio Manuel Altamirano, habían menospreciado como a una representante del mundo virreinal bajo el dominio “del culteranismo y de la Inquisición y de la teología escolástica”. En este caso, el responsable de dicha reivindicación había sido Menéndez y Pelayo, al saludar en la monja al mejor poeta que haya escrito en español a fines de la era de los Habsburgo, opinión que indujo a los críticos mexicanos a abandonar sus prejuicios liberales.8 Por último, Reyes se alía con Henríquez Ureña en su explicación de Juan Ruiz de Alarcón, dramaturgo del siglo XVII, como literato esencialmente criollo en lo tocante al estilo y la creación de caracteres. No está de más notar que este cambio de actitud ante la literatura se vio acompañado por la revaloración de la arquitectura barroca y churrigueresca, movimiento que en México encabezó Jesús T. Acevedo, uno de los miembros del Ateneo de la Juventud.
Como aportación al rescate de la tradición histórica de la América hispana, Reyes publicó un buen número de ensayos sobre el descubrimiento del Nuevo Mundo, entre ellos Capricho de América (1933), donde en lugar de celebrar el singular desempeño de Colón, se extiende en su examen de los actos colectivos de los españoles en la gran aventura, haciendo hincapié, por ejemplo, en las hazañas de los hermanos Pinzón. En esa misma vena, afirma que Américo Vespucio era mejor navegante que el explorador genovés. Con todo, lo que lo fascinaba era el papel que había desempeñado el mito en los grandes descubrimientos, y argumentaba que el significado de esos acontecimientos dependió tanto o más de la imaginación que de los hechos escuetos del caso. Después de todo, lo que esa gente veía al aventurarse en tierras desconocidas dependía de lo que ellos esperaban encontrar y, desde luego, de lo que eran capaces de ver. En una frase sorprendente, afirma que “América fue la invención de los poetas”, fórmula con la que se adelantaba a la tesis de Edmundo O’Gorman por cuanto “América” nunca fue descubierta, sino más bien inventada y concebida por los hombres que la conquistaron y por los cronistas que defendieron la importancia de la Conquista.9
En 1920 Reyes fue readmitido en el servicio diplomático mexicano y permaneció en España hasta 1924; luego de tres años en Francia, sirvió como embajador en la Argentina y el Brasil hasta 1937. Durante su prolongada gira por América del Sur, estableció buenas relaciones con la comunidad intelectual, sobre todo en Buenos Aires, y a menudo se lo invitaba a hablar en público. En 1932 leyó en Río de Janeiro En el día americano, empezando por señalar que siendo tan escaso el comercio entre los países de Iberoamérica, tocaba a los estudiantes establecer las relaciones culturales, aprovechando sus universidades como vehículos de dicho intercambio. En El Brasil en una castaña (1942) demostró su habilidad para este tipo de ensayo interpretativo y atendió a los ciclos de la economía de exportación, del azúcar al café, anotando los diferentes tipos sociales vinculados con cada fase. De igual manera, también rindió tributo a las habilidades políticas de sus dirigentes, quienes nunca habían cobrado el gusto hispanoamericano por las revoluciones. Sin embargo, en ningún momento estableció comparación alguna entre México y el Brasil, ejercicio que podía haberlo llevado a algunas conclusiones interesantes. Por lo demás, en Goethe y América (1932) advirtió que gracias a la información proporcionada por un naturalista alemán que viajó por el Brasil, Goethe echó mano de numerosos ejemplos de este país para llegar a la formulación de su filosofía natural. Sin embargo, tuvo que confesar también que, pese a la amistad que cultivaba con Alejandro de Humboldt, para Goethe “América” significaba primero y ante todo Estados Unidos, la tierra de promisión para los europeos del norte.
Cuando Reyes llegó a Buenos Aires en 1927, encontró un país que disfrutaba de un nivel de vida superior al del sur de Europa y que constituía un próspero centro cultural, comparable a Barcelona en cuanto a la actividad editorial. En sus Palabras sobre la nación argentina (1929-1930) define a México y a la Argentina como “los dos países polos, los dos extremos representativos de los dos fundamentales modos de ser que encontramos en Hispanoamérica”. Refiere entonces que se había topado en París con poeta argentino Leopoldo Lugones, quien lo desconcertó al decirle a quemarropa que México parecía un país más europeo que la Argentina, toda vez que posee una larga historia, muchas tradiciones y numerosos indígenas, y agregó: “Sois pueblos vueltos de espaldas. Nosotros estamos de cara al porvenir: los Estados Unidos, Australia y la Argentina, los pueblos sin historia, somos los del mañana”. No es de extrañar pues que, tras este encuentro, Reyes le escribiera a Henríquez Ureña que “todo mexicano suficientemente desinteresado sacará provecho de hablar con un argentino: es una perspectiva opuesta”.10
Ideas semejantes le había expresado José Ortega y Gasset, quien observó que México se parecía a los países de Europa central, resultado de la Conquista y donde se había operado una lenta fusión de vencedores y vencidos, en tanto que “por el extremo argentino, el caso americano se da en toda su pureza; historia leve, problemas de raza casi nulos, mezcla reciente de pueblos que se transportan con su civilización ya hecha, a cuestas”. Era el contraste entre una conquista justificada por la imposición de una religión nueva, por un lado, y, por el otro, una colonización que concentraba sus recursos humanos en la agricultura. En efecto, Ortega y Gasset definía a América como un modelo hecho a imagen de Estados Unidos, relegando a México (y por lo tanto a la zona andina) a una suerte de limbo extraño que resultaba la antítesis de lo que el Nuevo Mundo significaba para la mayoría de los europeos. Por su parte, Reyes, sin añadir su comentario personal, se contentó con hacer ver el contraste.
Sin embargo Reyes causó revuelo en esta conferencia, al declarar que en Argentina existía una peligrosa fisura entre los patricios hispánicos y la plebe inmigrante, y que en Buenos Aires había una fuerte tendencia a imponer un comportamiento acorde con el de los patricios, forzando por lo tanto una disciplina de apariencias. Una conocida suya le había explicado que para ella “belleza” significaba “distinción”. Además, si Estados Unidos, haciendo a un lado su obsesión por el progreso material, había sido fundado por las aspiraciones religiosas de los puritanos, Argentina era “hija de una aspiración cívica” y de la busca del “bienestar económico”, de manera que “más que una nación de acarreo o depósito histórico, la Argentina es una nación de creación voluntaria”. El resultado actual era el orgullo nacional exacerbado, la prepotencia que llevaba a la afirmación continua en los diarios de la superioridad de la Argentina frente a sus vecinos, lo que, a pesar de la excelencia de su sistema educativo, argüía cierto malestar e incertidumbre.
En Notas sobre la inteligencia americana, discurso leído en Buenos Aires en 1936, Reyes hacía reflexiones generales sobre la historia y la situación que a la sazón vivía “nuestra América”, afirmando que: “llegada tarde al banquete de la civilización europea, América vive saltando etapas, apresurando el paso y corriendo de una forma a otra, sin haber dado tiempo a que madure del todo la forma precedente.” Dicho lo cual, no estaba claro si América debería ajustarse al ritmo de los cambios europeos, sobre todo teniendo en cuenta que la improvisación siempre había predominado en su historia, su política y su vida misma. Sin embargo, “hoy por hoy, existe ya una humanidad americana característica, existe un espíritu americano”. Durante el siglo XVIII se dio una lucha entre los defensores de la tradición autóctona y los partidarios de los modelos europeos, aunque “nuestras utopías constitucionales combinan la filosofía política francesa con el federalismo presidencial de los Estados Unidos”. Y como prevalece la mezcla racial, el mestizaje que comenzó con Hernán Cortés y la Malinche, “la inteligencia de nuestra América” vio con repugnancia la segregación étnica que imperaba en Estados Unidos y, consecuentemente, percibía a Europa como “más universal, más básica, más conforme con su propio sentir”. Donde Europa era incapaz de ofrecer un modelo aplicable era en su práctica de la especialización profesional, ya que los escritores hispanoamericanos frecuentemente ingresaban en la política y actuaban como “caudillos y apóstoles”. A Reyes le gustaba afirmar que esos escritores ejercían “la profesión general del hombre”. Haciendo una metáfora sorprendente, escribió: “Nace el escritor europeo en el piso más alto de la torre Eiffel… Nace el escritor americano como en la región del fuego central”. A pesar de los contratiempos, las repúblicas de América se mantenían unidas por la “hermandad histórica”; en cuanto al sentimiento, eran internacionalistas y, como lo había afirmado Vasconcelos, constituían el fundamento de la futura “raza cósmica”, inspiradas por “el sueño de la utopía, de la república feliz”.
En su Discurso por Virgilio (1932-1933) Reyes saluda al poeta como “gloria de la latinidad, y México, mantenedor constante del espíritu latino, no debe permanecer indiferente” a la celebración de su memoria. Lamentaba que a “los que seguimos el camino real del liberalismo mexicano” nunca se nos enseñó latín en la escuela, lengua cuyo cultivo se reservó en buena medida al clero católico. No obstante, el espíritu de México, insistía Reyes, era mucho más latino que indígena, puesto que “no tenemos una representación moral del mundo precortesiano, sino sólo una visión fragmentaria sin más valor que el que inspira la curiosidad, la arqueología: un pasado absoluto”. Es en la Eneida, mucho más que en la épica homérica, donde puede asistirse al nacimiento de un “sentimiento nacional” y “una noción de la patria”. De igual forma, en sus Geórgicas, el poeta romano celebra la agricultura y el interés por un suelo en particular y por quienes lo cultivan. En conclusión, Reyes argumenta que, comoquiera que el español se deriva directamente del latín, en su etimología podemos encontrar el “sustrato de las experiencias mentales de toda una civilización”, donde las palabras desempeñan el oficio de “cápsulas explosivas” que contienen “toda la historia espiritual de una familia étnica”. Ahí está, advierte Reyes, el mensaje de Fichte en sus Discursos a la Nación Alemana, por no mencionar las obras de Vico y de Herder: la etimología es “disciplina y ejercicio de la dilatación patriótica”. Su exposición concluía con una metáfora orgánica en la que afirmaba que los individuos son injertos sobre el tronco ancestral, simples hojas de un árbol, pero todos se nutren de “los pozos ocultos de nuestra psicología colectiva”.11 Y si bien Reyes exponía estas reflexiones ante un auditorio mexicano, igualmente podrían ser de provecho a todos los americanos que valoran su herencia hispánica.
En su Apéndice sobre Virgilio y América, Reyes retoma un tema que ya había introducido en su ensayo “México en una nuez” (1930), donde echaba mano del paralelo que existe entre la conquista del Lacio por Eneas y la conquista de México por Cortés. En ambos casos los caudillos luchaban a la cabeza de una alianza reclutada en su país de origen: etruscos y arcadios en Italia, tlaxcaltecas y texcocanos en el Anáhuac, y antes de derrotar al rey Latino y a Moctezuma, hubieron de matar a sus heroicos defensores: Turno y Cuauhtémoc. Hubo, sin embargo, algunas diferencias. Hecha la paz en Italia, Eneas desposó a Lavinia, hija del rey Latino, y acordó que él y sus seguidores troyanos se llamarían en lo sucesivo latinos, formando así un nuevo pueblo con los habitantes ya existentes, con quienes compartían una misma lengua. En México, por lo contrario, Cortés no desposó a la Malinche, y el español se convirtió en la lengua destinada a unir, con el paso del tiempo, a los diversos pueblos del Anáhuac.12
En Los hijos del limo (1974), Octavio Paz se declaró miembro (ya fuera maestro o discípulo) de “la tradición moderna de la poesía”, movimiento iniciado por los románticos alemanes e ingleses, renovado por Baudelaire y los simbolistas franceses, y que encontró su reformulación contemporánea más vital en el surrealismo francés. Lo que unió a todos estos movimientos fue su rechazo de la Ilustración y su insistencia en las leyes naturales y económicas, así como su afirmación de los poderes creadores de la imaginación. Paz puso de relieve que lo más importante no tiene que ver con los valores estéticos sino con elegir “una forma de ser” en la que concurran la vida, la historia y la poesía. Por lo que hace al mundo hispánico, Paz se burlaba de los llamados románticos de la primera mitad del siglo xix, mero “reflejo de un reflejo”, afirmando que el modernismo, iniciado por Rubén Darío, es “nuestro verdadero romanticismo”.13 En efecto, apenas en sus postrimerías aparecieron poetas y filósofos dotados con la voz profética de un Wordsworth o un Baudelaire, hombres que ya no se contentan con escribir imitaciones de Sir Walter Scott o de Víctor Hugo. En más de un sentido, el primer intelectual mexicano que osó llevar la carga entera de la vocación romántica fue José Vasconcelos, asumiendo el papel de profeta en La raza cósmica (1925) y pronunciando después una encendida jeremiada en contra de los vencedores corruptos de la Revolución Mexicana. Además, en su Ulises criollo se identificó con el taimado héroe griego que había burlado a Circe y privado de la visión a Polifemo, para luego retornar a su hogar en Ítaca y encontrarlo sitiado por los pretendientes de su esposa Penélope, todo ello, qué duda cabe, alegoría de la propia experiencia de Vasconcelos.14
Si bien Alfonso Reyes a todas luces recibió del modernismo el influjo del romanticismo, su temperamento era más clásico, filiación que se advierte por sus preferencias por Goethe y Virgilio. Más aún, en su “Discurso por Virgilio”, hay un pasaje evidentemente autobiográfico, cuando escribe de Atenas: “En las aventuras del héroe que va de tumbo en tumbo salvando los penates sagrados, sé de muchos, en nuestra tierra, que han creído ver la imagen de su propia aventura, y dudo si nos atreveríamos a llamar buen mexicano al que fuera capaz de leer la Eneida sin conmoverse.15
En verdad, la caída del Estado porfiriano y la muerte de su padre, a quien muchos esperaban ver llegar a la Presidencia, fue en la vida personal de Don Alfonso el equivalente de la destrucción de Troya, siendo él mismo un piadoso Eneas que vagó de una a otra costa durante muchos años sin establecerse en ningún lado, y pasando un cuarto de siglo en el extranjero antes de su regreso final a México en 1939.

 Traducción de Jorge Brash

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La gran cruz de Boyacá. Por Alfonso Reyes

Excmo. señor Embajador don Jorge Zalamea: Reciba Vuestra Excelencia la expresión de nuestra gratitud más profunda, y dígnese hacerla llegar hasta el Excelentísimo señor don Alfonso López, Presidente de la República de Colombia, procurando—como sin duda sabrá hacerlo un mensajero de tales prendas— que, sin empañarse la objetividad y la tersura impuestas por los cánones oficiales, se deje sentir de alguna manera, y como entre líneas, ese calor de la emoción sin el cual las cosas humanas pierden su necesidad y su justicia.

Un amistoso encargo, que por de contado en la orden más inapelable, me pone en el trance de contestar a Vuestra Excelencia en nombre de los señores generales don Francisco L. Urquizo, don Leobardo C. Ruiz y don Gustavo A. Salinas, a la vez que en mi propio nombre: nuevo consorcio, éste, de las armas y las letras, en que no puedo menos de complacerme y aun sentirme guiado por algún secreto y sabio destino; por la amistad que me une con los tres señores generales; porque nunca en nuestro  país fue mejor la armonía entre militares y civiles, ahora que nuestra juventud cruza por el servicio del Estado como una etapa natural de su vida, y porque, además de ser un oficial de los libros, soy hijo de un guerrero.

Pero este paso honroso me obliga, sin remedio, a sumergir en mi propia confusión, oscureciéndola con ella, la gallarda personalidad de estos militares y estadistas, a quienes —sin salirme del pacto— no podría yo elogiar aquí como quisiera, ni felicitar a mi turno.

Se, en cambio, que los interpreto cabalmente, al asegurar que nuestra gratitud se acrecienta por el hecho de haberse escogido el aniversario nacional de Colombia para entregarnos las insignias de la Orden de Boyacá, cuyo solo nombre es grito de victoria, y evoca nuestras  bregas comunes y nuestras comunes esperanzas.

Tenemos que dejar de lado las gentiles palabras con que el señor Embajador nos acoge, y disimular con el silencio todo ese rumor de alma que se precipita a nuestros labios, sin hallar la palabra justa. Porque tampoco estaría bien que nos detuviéramos demasiado en hablar de nosotros mismos, con pretexto de rectificar favores sin duda desmedidos; y porque estas deudas, en suma —al fin engendradas por la generosidad y la nobleza del otorgante—, ni se cementan ni se pagan.

A ver cómo se las arregla este caballero de las letras y del pensamiento americanos, a quien seguimos con admiración y de sorpresa en sorpresa desde sus primeras hazañas en la pluma; este claro e intachable amigo, que por suerte ostenta entre nosotros la representación del país hermano, para que la opinión y el Gobierno de Colombia adviertan que los ahora agraciados con las insignias de la Orden de Boyacá no nos engañamos sobre la intención de esta honra inapreciable: —Servimos come memos intermediarios para que se manifieste la amistad entre dos pueblos y dos Gobiernos. Nada más: nada menos.

Cada vez nos despersonaliza más el imperativo de los deberes sociales. Siempre fue de rigor devolver a la sociedad lo que cada uno le debe. Mucho más en estos días aciagos. Nuestra vida ya no tiene más fin que ofrecer los hombros, para que salte a escalar el eterno muro otra generación a la que deseamos mejor ventura. Desaparecemos en la base de los empeños colectivos. Valemos y somos cuanto valga nuestra voluntad de integrarnos con los nuestros, absorbidos el el seno de las naciones. Y vamos, de paso, arrastrados por el gran viento histórico.

Colombia, en la constelación de las naciones americanas, ofrece una fisonomía inconfundible y, digámoslo de una vez, digna de envidia. Nunca más palpable esa posibilidad de reducir a virtud, razón e inteligencia los ímpetus juveniles y algo desordenados que, a veces, imprimen en la fisonomía de nuestros pueblos una gesticulación ingrata y excesiva. Nunca más celosamente preservada aquella vieja tradición de cortesía que, desde la hora en que Hispanoamérica pudo dejar oír su voz entre el coro de las voces de Europa, la distinguió como un carácter propio y acaso como una promesa: la promesa que América ha significado siempre para el día en que se cese el mundo.

En la mitología del Continente —en decir: en esos trasfondos de conciencia donde precipitan, ya depuradas y acendradas, las imágenes definitivas—, Colombia ha ocupado el lugar de una Atenas americana. Y aun se han dado instantes preciosos, de exquisita irrealidad —diríamos—, en que las ásperas luchas cívicas, donde hasta un poco de grosería se usa y se perdona, asumieran, allá, el aire de aquel inacabable diálogo, entablado desde que nació la palabra, entre la Gramática y la Poesía.

Para Colombia sean, pues, nuestra gratitud y nuestros votos fervientes. Y, señor Embajador, sépase y entiéndase que aquella nación—hermana mayor por la discreción y el civismo—no arroja en tierra estéril estas semillas de su generosidad. Si ya sólo como mexicanos nos cumplía amar a Colombia, ahora doblemente nos compete como señalados por el fuego de su simpatía. El amor y el entendimiento de Colombia, nosotros los atizaremos gustosamente: en la medida de su insigne acción, mis amigos, yo en mis “oscuras soledades”, de que hablaba el poeta. Nosotros lo transmitiremos a nuestros hijos, a nuestros hijos de la carne y a nuestros hijos del espíritu.

México, 20-VII-1945.

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Siete maestros: la huella de una generación

Entre la paz y progreso del porfirismo y el fragor de la Revolución surgieron dos generaciones de mexicanos excepcionales, encabezados por Alfonso Caso, José Vasconcelos, Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes, Vicente Lombardo, Daniel Cosio Villegas y Manuel Gómez Morín. Su ánimo de “hacer algo” por México los llevó a crear instituciones como la Secretaría de Educación Pública o el Banco de México; lo que no les impidió convertirse en duros críticos del régimen de la Revolución y en oposición política. En más de un sentido, el México de hoy sería inexplicable sin la aportación de estos siete maestros.

Realización: Juan Prieto Molina
Investigación: Lucía Beltrán
Guión: Lucía Beltrán y Edgar Rojano
Duración: 45 min.  Año: 2004

Análisis de una pasión. Por Alfonso Reyes

Río, 10 de junio de 1940

Yo había oído decir mucho bien y mucho mal de esta tierra. Más bien que mal. El bien se refiere a su espléndida naturaleza y a la general, dulzura de su gente. El mal, a cierto carácter escurridizo que se advierte en el trato, cierta aparente hipocresía disimulada bajo extremos corteses. La suerte me ha proporcionado la ocasión de ponderar por mí mismo estas medidas. A un casi recién llegado no hay que pedirle que cale muy hondo. Pero he comenzado ya a creer que ese carácter escurridizo es una fórmula de equilibrio ante la vida, tan legítima como cualquiera otra; que esa aparente hipocresía no lo es de veras, porque no esconde mala intención ni engaño, sino un deseo de ser agradable ocultando toda aspereza a todo impulso ingrato; que esos extremos corteses son un hábito fundado sin duda en bases étnicas, contaminaciones del mestizaje y solicitaciones telúricas, de ambiente, de geografía, del aire que se respira y del agua que se bebe.

Si en la América hispana el tipo popular acentúa otros aspectos más bruscos de la fuente ibérica primitiva, en la América lusitana más bien acentúa los aspectos de suavidad y amaneramiento. ¿Pone Africa, también, su modesta contribución de sonrisa, sometimiento y gracia cándida? La verdad es que estas generalizaciones étnicas no llevan muy lejos. Lo que importa es insistir en la buena intención de semejante actitud, que desarma toda censura, y también en la naturalidad y constancia con que esa tendencia se expresa, lo que desarma toda sospecha de artificialidad o cálculo.

En la vida familiar, en los interiores domésticos, el ceremonial cortés —suelo de civilizaciones— se mantiene con igual persistencia. El padre anciano da las gracias cumplidamente a la niña que le trae el vaso de agua, como si estuviera de visita en su casa y tratara con persona mayor a quien debe algún acatamiento. El viejo imperio de confitería y colorines perpetúa así sus ritos de corte en medio de una república relativamente turbulenta (relativamente tan sólo: junto a las hispánicas, parece pacífica).

Después de todo, cada pueblo tiene su mímica y ahora recuerdo que los hispanoamericanos recién llegados a España casi se sienten ofendidos y maltratados por cierto altivo tono de voz de los españoles, y hasta creen que quieren mandarlos a otra parte cuando les dicen cosa tan santa como: “¡Vaya usted con Dios!” Pues ¿y los argentinos que lo miden a uno de pies a cabeza, comparan los respectivos trajes con la mirada y luego se dirigen a uno en términos que parecen delatar una guardia previa contra alguna agresión posible? Y sin embargo, son leales, varoniles, y dan de una vez la mano para siempre. Enigmas de frontera son éstos, y la experiencia y la simpatía nos enseñan a resolverlos poco a poco.

20 de junio

No acababa yo con el enigma anterior cuando otro nuevo me solicita. Éste me parece menos general que el primero. Aquél se refiere a una característica nacional, y ahora entro en consideraciones sobre un temperamento individual cuyo tipo, aunque bastante extendido en este país, acaso sea propio solamente de cierta capa social, o de ciertos grupos limitados. He comenzado a frecuentar familias y corrillos. Me he dado cuenta de que, sobre la cortesía escurridiza que antes provocó mis reflexiones, crece a veces una planta humana con características singulares. Buena parte de la conversación de esta gente, sobre todo entre las mujeres jóvenes, se consagra a exterioridades triviales. Pero nada hay tan trivial como el aceptar lo trivial en calidad de ultima ratio. Analicemos. Si por ejemplo, debajo de la preocupación argentina por el vestido puede descubrirse una gran virtud de disciplina social, ¿por qué no ha de haber alguna virtud resguardada bajo la aparente trivialidad de la conversación de estas jóvenes?

Y ante todo, ¿en qué consiste esta trivialidad? En que viven intensamente con los sentidos y dan noticia constantemente de los mensajes que reciben por los sentidos. Ceden a la fórmula del “extravertido”. Y, como es de rigor, el sentido visual domina, simbólicamente, sobre los demás. Viven con los ojos ante todo; después, con los oídos; después, con el tacto, a lo que ayudan las libertades playeras, el nudismo gimnástico (valga el pleonasmo), el calor, la sensualidad natural; y luego, en una categoría ya muy atenuada, viene el olfato, que no tiene cualidad especial, y al fin viene el gusto, tan rudimental que no saben comer bien, y a veces apenas comen porque no les hace mucha falta: lo compensan la luz, el aire, el clima.

Ahora bien, yo he observado siempre que los temperamentos visuales dan un carácter de optimismo, de alegría candorosa. Para el que se divierte mucho con los ojos, no hay rumia malsana, no hay graves complejos psicológicos. Está como sometido a una purga o catarsis continua. Nada más trivial en la apariencia, nada más saludable en el fondo. La muchacha agredida por declaraciones sentimentales y apasionadas, en vez de sobresaltarse, contesta como si estuviera ausente (a fuerza de estar más que presente): “¿Has visto qué lindo gorrito rojo lleva aquel niño?”

Este procedimiento, en los caracteres que describo, es tan constante y tan infalible, que aunque comencé por creer que era un arte defensivo, he acabado por pensar que es un automatismo, un reflejo.

Dejémonos de generalidades y vamos a la verdadera cuestión. Estas experiencias proceden, para mí, de intentos amorosos. Tengo que ser completamente sincero, si es que este diario ha de tener alguna utilidad para mí mismo o los que lo lean a mi muerte.

Cecilia no me deja llegar hasta ella, aunque todo el día parece provocarme, no sólo con sus gracias y prendas, sino también con el tacto y las miradas, y aun con la sensualidad espontánea (¿inconsciente?) de sus maneras. Pero no me deja llegar hasta ella, cuando me adelanto hacia el terreno sagrado, me ataja con una observación visual. Todo el día la estudio y trato de entenderla. Debo de estar muy apasionado si, como supongo, el amor humano y el amor divino consisten igualmente en una larga meditación para captar al objeto amado.

Es medianoche. Otro día, cuando me deje libertad este naciente amor, me ofrezco seguir reflexionando. Gran ergotista el amor, consumado escolástico, doctor sutil. Constantemente parte cabellos en dos, enreda y desenmadeja. ¿Amar es un extremo agudo del razonar? No es tal su esencia, pero sí su procedimiento.

30 de junio

Hay, en esta nueva generación de hembritas, un gobierno de las costumbres que nada tiene que ver con el pudor, porque ni siquiera son muy púdicas y con la mayor naturalidad declaran, por ejemplo, que se sienten algo cariñosas porque andan en los “días incómodos”. Más bien parece un efecto de elegancia del trato y de anhelo de independencia. Del amor sólo se habla como murmuración social, y siempre se le ridiculiza en los otros. Del propio amor no se habla sino cuando se hace el amor. Y en las horas vagas, si te vi no me acuerdo. Cecilia, al menos, es así, aunque no conozco todavía a fondo su vida de amor.

A este dominio, que llega a la inhibición de ciertas expansiones naturales, yo le llamo in mente “el encogimiento británico”, y lo atribuyo para mí a la influencia de alguna institutriz inglesa en la infancia. ¿Cómo aliarlo con el carácter extravertido y el temperamento que he llamado visual? Muy fácilmente: yuxtapónganse lo uno sobre lo otro y se comprenderá que se ensamblan y se ajustan como el cóncavo y el convexo. No entre en los jardines de la psicología quien no entienda de geometría. La visualidad se organiza en sistema defensivo de la intimidad. Así, la superficialidad no es más que la expresión de una profundidad recatada.

Y hago bien en buscar estos símiles físicos, porque precisamente el dominio de Cecilia sobre sí misma puede reducirse a un esquema físico: toda conducta se resuelve en movimientos del cuerpo, en moverse para este lado o para el otro, en dejar o no dejar llegar una mano hasta nosotros, en pronunciar estas y no las otras palabras. Y el cuerpo, cuando se quiere, siempre es gobernable. Éste es el secreto estratégico de Cecilia, razonado, claro está, con las viejas mañas de Eva de que no hay ya ni para qué hablar: decir que no para que se insista en el sí, y otros artificios por el estilo. La Venus arroja la manzana y huye, “pero al huir procura que la vean”.

Esta apelación al rasgo visual divertido o que se quiere hacer pasar por divertido —aunque se trate de una bobería cualquiera— para desviar con este procedimiento una efusión sentimental, es tan constante que desespera, y a veces causa brutales efectos de frialdad, de desprecio para nuestras ideas. Irrita al punto que yo me alejo de Cecilia prometiéndome no verla más, para lo que nunca tengo fuerzas.

Y luego, en el momento menos esperado, como si ella transparentara mi estado de ánimo con esos ojos dilatados y fijos que parecen medio alucinados y son la guardia permanente del ave de presa, gradúa y atempera mi irritación, me da un alivio inesperado, me cae encima con algunas palabras directas y cortantes, ataca con resolución y sobriedad el centro mismo de nuestro problema amoroso, o me deja caer promesas absolutas que me alimentan para dos o tres días.

Yo sé bien que en este tira y afloja voy perdiendo, voy dejando que se me desangre la voluntad. Yo no me engaño. Y si la pasión entrara por el cerebro, este ejercicio de análisis a que me someto en mi diario bastaría para resguardarme. Pero la pasión no cede a la dimensión racional. Y yo soy el primero en sentirme envilecido por no poder gobernarme con la inteligencia. De un día a otro, de uno a otro momento, y según que Cecilia emplea el escudo o el estoque, el recato o el ataque, el universo muda de sabor para mí. Y me pregunto, revolviéndome en mis insomnios, hasta dónde puede llegar la miseria humana, cuando tan afanosamente nos abrazamos a lo que más daño nos hace.

10 de julio

¡Las cosas de Cecilia! Su ejercicio visual incesante, que tantas veces se me presenta como un sistema defensivo, es sin duda un modo de ser, y aun por eso le aprovecha mejor que un cálculo.

Buscando un ejemplo, se me ocurre observar cómo procede cuando guía su automóvil. Ni qué decir que con ella no hay lugar a caricias en los paseos de auto, aunque sean al claro de luna, porque —exclama— ¿para qué tiene uno casa? Y no hay manera de convencerla de que una de las superioridades fundamentales de la vida europea sobre la americana es que, en Europa, de modo general, se disfruta de la mujer amada en todo lugar y a la luz del día, en comunión con todo el ambiente, mientras por acá el amor discurre en cuarto cerrado y a hora fija. Tratándose especialmente del Brasil, esta desvinculación entre el paisaje y el amor resulta realmente una exigencia contra natura, y de hecho la gente brasileña se permite —y hace bien— ciertas libertades en los paseos, las playas, los lugares públicos, los autos.

No: para Cecilia guiar su auto es proceso de experiencias visuales, y siempre las va comentando en voz alta, de suerte que hasta la verdadera conversación se anula. Tiene que explicar cómo ha medido el espacio para pasar entre dos vehículos, por qué se apresuró, por qué frenó, por qué cierra el paso o deja. pasar al que viene detrás, por qué decide pasar o no pasar al que la precede, si viene o no viene en su línea el que avanza a su encuentro, si su máquina obedeció bien o mal a la maniobra, si aparece o no, a tantos metros, una ondulación en el pavimento.

Y además, va identificando el paso, distintamente, a los transeúntes de a pie, de tranvía, de ómnibus, de auto; las placas y registros de los vehículos, los escudos de los clubs. Advierte las abolladuras de las carrocerías; nota que aquel auto va lleno de polvo por delante y limpio por detrás. Cuenta rápidamente la historia del que la saluda por la calle. Y cuando no ve, es que ya conoce: “Yo no puedo, porque voy guiando —explica—, pero al doblar aquella esquina fíjate en la reja del primer balcón, que es muy curiosa.”

¿Qué hacer contra esta fuerza de la naturaleza? Nada, sino entregarse a la fuerte divinidad que nos domina y absorbe por los ojos. Es un extraño vampirismo objetivo, una succión de todo el orbe de formas por el embudo de dos retinas poderosas. No quiero negar que vivo celoso, celoso hasta la furia, aunque no lo dejo ver, que estaría perdido. Pondero, en mi interior, los inacabables recursos de que un temperamento así puede disponer para el engaño, la fuga, el escondite, el esquinazo. “Aunque voy moderando la marcha —dice—, no saco el brazo, porque no quiero que repare en mí aquel sujeto, y yo misma le llamaría la atención si ve salir por la ventanilla una lengua blanca.”

Porque habla así, también en metáforas y epigramas visuales. Para decir que se revuelca en la cama las noches de insomnio, dice: “Me pasé la noche oliendo la pared.” Y otra vez, en la oscuridad del cine: “Mira si puedes reconocer a la señora que está a mi lado. Yo no puedo volver la cara, porque ella haría lo mismo y nuestras narices se frotarían.” Por este estilo, su conversación es una serie de síntesis y hallazgos verbales que obligan a una atención constante.

Inútil decir que esta flor del trópico me va resultando lo menos tropical que existe. O entonces hay que interpretar de otro modo lo que se llama tropical.

20 de julio

Esta ciudad está derramada sobre la playa, serpenteando por entre las montañas, colinas y caprichosas rocas que bajan hasta el mar. Toda la región que uno frecuenta, y que va de los centros del comercio elegante hasta los puestos de baño y los paseos en cornisa, se extiende, prácticamente, en una sola línea. El que se aposta en un sitio estratégico, en la terraza de un restaurante sobre la costa, ve pasar a toda la gente de sociedad. La vida mundana consiste nada más en verse vivir unos a otros. Esto explica, en parte, la educación visual de Cecilia. Muchas de sus conversaciones son historias de simple visión. Alguna vez, en Sevilla, donde los clubs tienen unos como escaparates con cristales donde los socios se sientan a ver pasar la gente, pensaba yo que esto era una transformación moderna de la vida árabe: el señor árabe se sentaba en su patio a ver correr el agua de sus fuentecillas privadas. Cecilia se pasa el día diciendo: “Vi pasar dos veces a Fulana; Mengano iba con su perro.” “¿Y qué?” —pregunto yo. “Nada, que los vi pasar.” Historias de simple visión. La visualidad, para ella, se justifica por sí misma.

Pero hay en sus conversaciones otro estilo que me inquieta sobremanera, porque tiene el aire de satisfacción no pedida y acusación manifiesta: le da por contar, marcando las horas, todo lo que ha hecho en el día: “Me levanté a tal hora; mientras me arreglé dieron las tantas; tomé café (aunque no tomen café, así dicen, porque ignoran el verbo desayunar); recibí a la costurera que trabajó conmigo hasta tal otra hora; fui a sacar el auto para dejar un encargo a tal amiga; volví a almorzar a la una; me quedé descansando hasta las tres; hice tricot hasta las cinco; llevé a mi familia a tal barrio, y volví a casa a las siete, etc., etc.” Lo que parece, a pesar del candor del relato, una manera de esconder algo, de escamotear alguna hora secreta. Esto y los silencios de esfinge en que acostumbra caer, la falta de motivación sobre casi todos sus movimientos de ánimo, me tienen en ascuas, me ponen celoso, me hacen pensar que siempre esconde algo.

Y lo peor es que, del modo más natural del mundo, ejerce, no la simulación de la virtud, sino la simulación del pecado, como muchas otras mujeres de esta tierra.

—Yo paso una vida insignificante, pero no se lo digo a nadie, eso no: a nadie le voy a confesar que soy una tonta.

—¿Para qué te pintas esas ojeras?

—¡Ah, para hacer creer que hago cosas!

Y en medio de esta provocación continua, una evidente frigidez, en muchos instantes y ocasiones que cualquier mujer de temperamento aprovecharía… ¡Oh, cielos! ¿No es esto la psicología típica de la allumeuse? Algo de sequedad enigmática, mucha conversación en tomo a las cosas escabrosas, y una serie de defensas graduadas que empiezan por ese condenado rojo de los labios, pegajoso y acusador, que la hace esquivar todos los besos amorosos y ofrecer siempre la mejilla. Y todo esto, mezclado con un exhibicionismo innegable: el maillot de baño que casi deja escapar el botón del seno, los shorts de playa que permiten admirar muchas de sus opulencias secretas, y hasta el modo de mirar a los hombres, tan fijamente que encandila.

30 de julio

Ha comenzado a ser mi amante. Como yo lo suponía, no era virgen, pero tampoco era una verdadera mujer. A pesar de su erudición teórica, de su conocimiento del amor por conversaciones y relatos, asegura que no había llegado al placer, que nunca ensayó las travesuras entre niñas ni los goces solitarios. Y lo más extraí~oes que parece verdad, aunque tiene la imaginación acostumbrada a los peores excesos. Sus preguntas, en aquel momento, eran de un candor desconcertante.

—Pero entonces —le digo—, ¿qué has hecho hasta ahora?

—Muy sencillo —explica con un impudor casi casto—.

Un día me harté de ser virgen. Un primo me ha ofrecido matrimonio hace muchos años. Pensé en él, porque, si me sentía muy alarmada, siempre me quedaba el recurso de casarme con él. Lo provoqué, cuando él creía que ya ni lo recordaba. Renovó sus ofertas. Le dije que era necesario ensayar antes para ver si daba buen resultado. Aunque el pobre se asustó un poco, acabó por aceptar. Tuvimos unas cuantas sesiones. Rompí los derechos de aduana sin sentir el menor placer. Creí que era un defecto mío. Contigo he sentido esto por primera vez.

—¿Y el primo?

—No me interesa. Está furioso. No he vuelto a verlo.

¿Y por este monstruo de perversidad y frigidez, que más bien hace pensar en ciertas historias desconcertantes de escandinavas, es por quien yo ando perdido y loco? Sí, así es. No puedo evitarlo. Por lo mismo que no lo entiendo, me tortura y me sobreexcita. Otros lo expliquen. Así es nuestra pobre naturaleza. Ha comenzado a ser mi amante, y no puedo decir que me desilusione. Al contrario. Tiene el cuerpo más agradecido que he tratado en mis experiencias. Pero, en cuanto acabamos con aquello —como yo me lo sospechaba— es inútil querer rumiarlo, recordarlo, delectarse morosamente haciendo alusiones. Nada, nada. Cae el telón. A otra cosa. Se vuelve a la vida convencional, social, insípida, seca, frígida. Y eso que hasta me ha pedido, para de una vez conocerlo todo, ciertos ensayos atrevidos, que en ocasiones ha aceptado con gustosa sorpresa, y en otras con sinceras lágrimas de arrepentimiento.

Y aquí estoy, vencido por esta rara mezcolanza de conocimiento y de ingenuidad, de estragos imaginativos y retenciones, de audacias e impericias, de imprudencias y recatos, de coquetería e inocencia. Y no sé ya ni qué pensar de ella ni de mí mismo. Porque no hay historia procaz que se le haya escapado, ni referencia libidinosa, ni rincón equívoco de la ciudad de que no tenga puntual noticia. Y, sin embargo, es evidente que apenas había dado los primeros pasos vacilantes. ¿O seré un tonto de capirote? Pero ¿qué empeño podría tener en engañarme? Para descubrirla, hasta he exagerado cierto gusto por sus coqueterías y sus impudores. No me ha entendido. O apenas he creído pulsar cierto vago estremecimiento, lejano, incipiente todavía, como de una malicia que apenas despierta.

Y me horrorizo pensando que esta gimnástica de análisis me va conduciendo, sin sentirlo yo mismo, a una zona viciosa que hasta hoy nunca penetré. “¿Será la psicología un vicio?” —se preguntaba Nietzsche. Por este afán de conocer y entender voy entrando en un terreno resbaladizo. A veces me alivia convencerme de la ignorancia de Cecilia, cuyo conocimiento es todo de segunda mano, de referencia y de información, y otras me entra como un insano afán de poner su práctica a la altura de su teoría, que casi equivaldría a prostituirla. Nunca vi caso más complicado.

10 de agosto

Poco a poco, me ha ido contando otras experiencias, tan insulsas e incompletas que se quedan en aquella región de la libidinosidad infantil, no fijada aún en el verdadero objeto erótico. Pero lo que más me sorprende es su aceptación natural de cualquier aberración en nosotros. En vano espero, hasta ahora, un momento de verdadera efusión. Todo parece, en ella, charla social, cosa exterior, trivialidad en suma. Sus historias de incipiente malicia despiertan en mí verdaderos amagos de salacidad que ella nunca acompaña, aunque los encuentra muy divertidos. No pierde el sentido del humorismo ni a la hora del éxtasis. Si se me ocurre quedarme inmóvil y hacerla trabajar por mí, me dice de repente:

—¡Pero estoy como el portugués del cuento, que movía la cara y mantenía inmóvil el abanico, para no gastarlo!

Lo cual ciertamente es muy gracioso, pero más que inoportuno. ¿Será la trivialidad el secreto de estos misterios? ¿Tendré que resignarme al fin con una explicación tan poco inteligente, tan desnuda de intención? Porque, en suma, lo que el espíritu quiere es desentrañar intenciones. La superficialidad, en cambio, la ausencia de dimensión espiritual, parece que todo lo resuelve algebraica y simbólicamente, llamándoles a y b a las peras y las manzanas de la operación matemática, y sin penetrar en la realidad natural, en la intimidad misma de los objetos.

¿Será la trivialidad una solución esquemática, pobre y elegante, de todas las complicaciones de la conducta? Yo salgo de los encuentros lloroso y nervioso. Ella, en cambio, se arregla el peinado y el afeite, y a otra cosa. No parece cargar el lastre de las emociones recibidas. ¡Es para dudar de la ciencia y del conocimiento! ¡Es para dudar del propio amor, en lo que tiene de más humano y consciente! Hay candor, sí, pero candor animal en la solución que encuentra Cecilia. Ella es más fuerte que yo, porque es más débil. Ella es acaso más pura que yo, por cuanto no profundiza ni interroga. ¡ Otra vez la salvación visual, lo que pasa frente a los ojos y luego se va, sin torcerse en los laberintos del alma! ¡Qué pocas letras en su alfabeto, y sin embargo le bastan para expresarlo todo!

¿O será un exceso heroico de dominio de sí, que todavía puede enseñarme muchos misterios de la conducta que yo ignoro? Ya lo creo, ya lo dudo. Y en este tira y afloja me canso y me desangro, recordando toda la escena, a lo largo de mis noches de soledad.

Se me ocurre, como una prueba más cuya conclusión yo mismo no sé cuál puede ser, mantenerme algunos días sobrio, no ser yo el que ataque, sino esperar la insinuación o la invitación de ella. Voy a juntar fuerzas para hacerlo así. Pero ¿cuál será la enseñanza que extraiga de este experimento? Lo ignoro. Lo ignoro todo. Me he enfrentado con una divinidad más fuerte que yo. Esto no estaba en mis libros. Tal vez otros hayan pasado por trances como el mío, pero nadie ha tenido el coraje de decírselo con claridad a sí propio, o de contarlo, para escarmiento, a los demás. Algunos lo aprenderán de mí, cuando yo me muera y se publique mi diario.

Entre las cosas que me incomodan en Cecilia, seguramente que una de las primeras es la limitación de su charla a unas cuantas trivialidades que todos los días se repiten con una regularidad automática. Sólo parece brillar su característico genio de invención verbal ante los pequeños sucesos inesperados de todos los días. Todo lo que es acontecimiento acostumbrado, lo comenta con iguales fórmulas, y no se causa de repetirlas. Ante la novedad, en cambio, siempre inventa una manera nueva de expresión. También la maledicencia social excita su ingenio, sobre todo cuando se refiere a las llamadas malas costumbres de los demás. Y no porque se complazca en censurarlas, sino en contemplarlas. En el fondo, lo acepta todo con una mezcla de indiferencia y de superioridad que tiene también su poquito de morbosa. Cuando cae en esos transitorios periodos de frigidez, hasta procuro herir esta cuerda para ver si por ahí la despierto. Me doy cuenta de que no es juego limpio, pero hasta hoy no he descubierto un procedimiento mejor.

El otro día, en pleno ejercicio, me preguntó inesperadamente ¡si era verdad que las mujeres decentes no se desnudaban del todo para hacer el amor! ¡Y yo figurándome que cierta tendencia a entregarse vestida era una afición larvada a sentirse víctima de una violación! De modo que lo que juzgué un rapto del temperamento no pasaba de ser una convención admitida por inexperiencia.

Y al mismo orden de inexperiencia debo atribuir sus preguntas sobre si siempre se hace el amor, a nuestro modo, sellando boca contra boca; o las desagradables sorpresas que me da esquivando a veces los besos para defender el famoso rouge.

Pero seguramente lo peor son ciertas reacciones que todavía se permite conmigo y que tengo por cierto no obedecen al cálculo, sino al arrastre social adquirido. De repente, cuando la acaricio, me rechaza, lo que ciertos autores eróticos de otro siglo llamaban “besos a la florentina”, diciendo que “no le gustan esas cosas”, o que le repugnan, aunque muchas otras veces las haya provocado ella misma.

Tal vez todo esto sea inexperiencia, pero también puede achacarse a las alternativas de frigidez, tan irritantes y absurdas. Ha comenzado a dar en la manía de no acompañarme hasta el fin pretextando que “no sabe hacerlo”; y poco a poco va descubriendo cierta debilidad o escasez biológica, aunque a los comienzos yo la tomé por una criatura de hierro.

Y luego, lo más extraño de todo: creo que, mezcladas confusamente entre estos síntomas, aparecen ciertas contracciones de arrepentimiento y ciertas vagas esperanzas matrimoniales. A veces habla de “regularizar estas locuras”, de poner término al desenfreno, y otras cosas por el estilo.

Y con todo ello se va arreglando para llevarme por la cuesta abajo de la pasión, entre contradicciones y sobresaltos, desconciertos y… ¡trivialidades!

Algo hay todavía que me inquieta en ella, pero es de tal modo complicado que voy a pensarlo más despacio antes de contárselo al papel.

30 de agosto

He aquí lo que pasa: Cecilia no tiene celos de mí, ni sabe lo que son los celos en general. Confieso que he incurrido en esa tonta maniobra de darle celos, por vulgar que sea, para ver si así rompo el muro de su impenetrabilidad, pero fue en vano. La otra tarde me dejé sorprender a medias con otra compañía, cuando ella se presentó en mi departamento. Fingió no darse cuenta de nada, se despidió y, por la noche, con grandes risas, me dijo: “Oye ¿por qué no me cuentas cómo la pasaste? Anda, dime quién era, deja que nos divirtamos los dos, no seas egoísta.”

Mis vulgares armas quedaron completamente inútiles. “Es que no me quiere, que no le importo” —llegué a decirme. “No sé para qué doy vueltas de ardilla en esta jaula.”

Interrumpo esta nota, presa de una gran desazón.

Buenos Aires, 20 de septiembre

Tomé de repente el vapor para Buenos Aires, y aquí me hallo desde hace días. La mente no me servía para nada, y me dejé llevar por la mecánica elemental de la fuga.

Un amigo me escribe, contándome que Cecilia quiso envenenarse y, en cuanto se recuperó, aceptó la proposición de matrimonio de un rico cafetero que la pretendía de meses atrás.

Caricatura de Reyes

Alfonso Reyes. “Análisis de una pasión”, Obras completas XXIII Ficciones, Fondo de Cultura Económica, México, 1994, pp. 51-64.

Visita del Parnaso. Por Alfonso Reyes

Los poetas, los poetas

—qué cosa tan singular—

beben su vino de gallo

y lo duermen hasta el mar.

Musa de grandes orejas,

si hay huevos en tu panal,

entre cada sol y sol

tiende otro verso a secar.

Los poetas, los poetas

—qué cosa tan singular—

beben su vino de gallo

y lo duermen hasta el mar.

El amor tira con letras,

que es mucha su libertad;

da la hora el alfabeto,

y la pluma, la señal.

Los poetas, los poetas

—qué cosa tan singular—

beben su vino de gallo

y lo duermen hasta el mar.

El cuco de los doctores

crece en la bota marcial,

y el clavel suelta sus trinos

en la hembra natural.

Los poetas, los poetas

—qué cosa tan singular—

beben su vino de gallo

y lo duermen hasta el mar.

Ya no sabe la campana

de qué mano ha de tirar,

y el sastre a cortar empieza

su pesebre y su portal.

Los poetas, los poetas

—qué cosa tan singular—

beben su vino de gallo

y lo duermen hasta el mar.

Salta el árbol de la historia

de la manzana de Adán:

de cada pezón, a Eva

se le salía el maná.

Los poetas, los poetas

—qué cosa tan singular—

beben su vino de gallo

y lo duermen hasta el mar.

Río de Janeiro, 1931.—OV.

Alfonso Reyes, Obras completas X, Constancia poética, Fondo de Cultura Económica, México, 1996, pp. 134-136.

Consagración. Por Alfonso Reyes

Ya no pedirás albricias,

mitad del conocimiento,

que te hice de cristal

para siempre.

Ya verás, mitad del día;

ya verás, mitad del tiempo,

lo que vale ser recuerdo

para siempre.

A la gala de la luz,

y a la noche no,

fija en acciones volcadas,

aquí te sujeto yo.

Con tres compases de santa,

de santa sin resplandor,

bajaste de la peana,

que es el milagro mayor.

Hoy te adoran las sandalias

que aplastas con el talón;

te adoran los candeleros

que tiemblan en el salón,

y hasta la forma del aire,

en el hueco que dejaste,

donde se cuajó tu vida

para siempre.

Ya no corres ni te vas:

te matamos, te maté.

—Y vosotras, a soñar

sin decir palabra,

que las estrellas nacieron

para estar calladas.

Río de Janeiro, 1934.—OV.

Alfonso Reyes, Obras completas X, Constancia poética, Fondo de Cultura Económica, México, 1996, pp. 133-134.

Ángeles. Por Alfonso Reyes

A Jean Cocteau

Los ÁNGELES con joroba,

Juan Coqueto,

los ángeles con joroba

no llevan cruz en el pecho.

No llevan escapularios,

ni llevan nada.

Sólo —Dios sabe por qué—

cargan alas a la espalda.

En tiempo de mis abuelos,

los ángeles con joroba

solían contar un cuento,

sabían labrar, sabían

cocinar para el convento.

Se han olvidado de todo

ahora, con tanto invento.

Si antes, a todo apurar,

eran ángeles domésticos,

como no sirven de nada

son ahora más angélicos,

del modo que, sin la rima,

el verso ha de ser más verso.

Ya no ayudan, ya no velan,

ya no nos cuidan el sueño;

ya no vamos recostados

en ellos, como el poeta.

La ley de gravitación

los deja insensibles. Ellos

y los suspiros no hacen

nada por el Universo.

Ya no sirven para nada,

son ángeles, sólo eso.

Río de Janeiro, 1931.—OV. RA

Alfonso Reyes, Obras completas X, Constancia poética, Fondo de Cultura Económica, México, 1996, pp. 132-133.

Teoría prosaica. Por Alfonso Reyes

I

En mi tierra sancochaban

los cabritos en la estaca,

con otra estaca arrancando

el pellejo hecho carbón.

Pero en el campo argentino

lo hacen mejor:

con la costumbre judía

de que hablan los Tharaud,

el noble asado con cuero

se come junto al fogón,

en la misma res mordiendo,

cortando con el facón.

¡Hasta la gente del campo

nos da lección!

Alguna vez hay que andar

sin cuchillo y tenedor,

pegado a la humilde vida

como Diógenes al charco,

y como cualquier peón.

II

¡Y decir que los poetas,

aunque aflojan las sujetas

cuerdas de la preceptiva,

huyen de la historia viva,

de nada quieren hablar,

sino sólo frecuentar

la vaguedad pura!

Yo prefiero promiscuar

en literatura.

No todo ha de ser igual

al sistema decimal:

mido a veces con almud,

con vara y con cuarterón.

Guardo mejor la salud

alternando lo ramplón

con lo fino,

y junto en el alquitara

—como yo sé—

el romance paladino

del vecino

con la quintaesencia rara

de Góngora y Mallarmé.

III

Algo de ganga en el oro,

algo de tierra sorbida

con la savia vegetal;

la estatua medio metida

en la piedra original;

la voz, perdida entre el coro;

cera en la miel del panal;

y el habla vulgar fundida

con el metal del habla más escogida

—así entre cristiano y moro—,

hoy por hoy no cuadran mal:

así va la vida,

y no lo deploro.

Río de Janeiro, 1931.—OV.

Alfonso Reyes, Obras completas X, Constancia poética, Fondo de Cultura Económica, México, 1996, pp. 130-132.

Cacería divina. Por Alfonso Reyes

Se mecía en la luz como entre espadas,

azuzaba con voces las estrellas,

amanecía con locuras nuevas

y dormía celado de fantasmas.

Retozaba en el viento hecho palabras,

iba entre flores sin burlarse de ellas

y volteaba en la campana hueca

del cielo, sordo de la campanada.

Pero en el aire se juntaban fuerzas,

tretas de cazador, silbos de flechas…

—Y quiere huír. Y rueda sin sollozo.

Que lame el asta atravesado el oso,

y éste miraba sonriendo el bronco

árbol que salta de su corazón.

Río de Janeiro, 1931.—VS

Alfonso Reyes, Obras completas X, Constancia poética, Fondo de Cultura Económica, México, 1996, p. 130.

Ciencia y deber social. Por Alfonso Reyes

Se ha dicho que todo el hombre es vida social. Los esfuerzos teóricos para concebirlo en aislamiento sólo tienen un valor de acertijo y son una prueba “apagógica” o por reducción al absurdo. Así, el Robinsón infantil no hace más que esforzarse por sustituir el alimento social de que se ve privado, demostrando por la negativa lo indispensable, lo precioso de semejante alimento. Y los Robinsones metafísicos, desde Aben-Tofail a Gracián y sus imitaciones, no son más que ejemplos fecundos de cómo el solitario camina, a tientas, hacia la meta de la vida social. Como el tema del río es el mar, el tema de Robinsón es la sociedad, en la que se afana por desembocar algún día.

Si todo el hombre es vida social, la ciencia social comprende el registro de todas las posibles disciplinas humanas, y en ella todas se confunden. La economía del espíritu la obliga, sin embargo, a recortar tan imperiales fronteras, reduciendo convenientemente sus técnicas a lo que pudiéramos llamar el delta del río, y dejando para otras ciencias las peripecias anteriores de la corriente. Después de todo, la realidad es continua y todas las cosas y todos los conocimientos se entrecruzan: viven de su mutua fertilización.

Pero como la inteligencia humana no alcanza los ensanches angélicos, procede según el Discurso del Método, reparte en porciones la dificultad, y encomienda a sendos oficiales el cultivo de cada región determinada. ¡Pero ay de la ciencia que olvida la integración de sus destinos humanos, y particularmente si ella es la ciencia social! Esta integración se llama ética. El especialista—y hoy todos lo somos, por la multiplicación de los conocimientos y las técnicas— nunca debe abandonar los universales, a riesgo de engendrar monstruos y de dar pábulo a los crímenes. La cultura de la Antigüedad jamás perdió de vista sus destinos sociales. La tarea de edificar y conservar la Polis —la “defensa de los muros” que decían los líricos y los filósofos— era su punto de imantación. Produjo las más portentosas obras de arte, al grado que muchas veces se ha pretendido interpretarla conforme al criterio puro del estetismo, y casi de la sensualidad. Pero a la hora de juzgarse a sí misma, la Antigüedad sólo aplicó tablas de valores religiosos, éticos y políticos. Por eso era una cultura; es decir, una integración.

La cultura de la Edad Media, en su intensa referencia a Dios, no dejaba resquicio por donde se fugaran las energías de su sistema, y transportaba derechamente al hombre en sus brazos, por la cuesta de la salvación. La cultura moderna se nos fue volviendo un mosaico, por falta de nexo, por enmohecimiento de la brújula. Cada pieza nos aparece mucho mejor trabajada en sí misma que los ladrillos, algo toscos, de la época anterior. Pero ya las piezas no encajan fácilmente en el rompecabezas, por falta de un plan de conjunto. Digamos en honor de Comte que se afanó por sustituir el antiguo misticismo por un misticismo del servicio humano. Pero las desatadas corrientes científicas y filosóficas asaltaron por mil partes su improvisada ciudadela hasta que no la hicieron pedazos. Dígase lo mismo para los sueños de los llamados “socialistas utópicos”. Y hoy por hoy ¿qué es esta crisis que padecemos, sino un disparate de la especialización que ha perdido el norte de la ética? En vano el inventor sueco quiere demostrarnos que la dinamita se fraguó para servir a la industria, al bienestar de los hombres. En vano deja el testimonio de su filantropía instituyendo premios a las ciencias y a las artes. El especialista sin universo usa de la dinamita para matar hombres. ¡Triste destino el de nuestros descubridores contemporáneos! Yo estaba en Río de Janeiro cuando, una mañana, Santos Dumont apareció colgado en su casa. Y no se ha repetido suficientemente que aquel precursor del hombre aéreo dejó escrita una carta en que pedía perdón a los hombres por haber lanzado al mundo una máquina que resultaba ser, por excelencia, el arma de todas las destrucciones.*

¿Queréis una rápida caricatura de la enfermedad que hoy padecemos? Pues imaginad al fisiólogo que sólo piensa y obra como fisiólogo, y abre las entrañas de su hijo para estudiar sus palpitaciones secretas; imaginad —contemplad mejor— un Estado que mata a sus hijos para sólo alimentarse con ellos, porque sólo piensa en fines abstractos, y ha olvidado que nació para servir al hombre. Estamos enfermos de una dolencia extraña: se ha vuelto loco aquel recóndito pulso del alma en que reside el sentido de la orientación. Estamos heridos en el rumbo, estamos cercenados del Norte.

Si en todas las ciencias el deber social se impone hoy como nunca, mucho más en la ciencia social, cuyo asunto mismo es el problema político, altamente considerado; es decir: el problema de la convivencia del hombre con el hombre, camino de su felicidad. Problema de tal magnitud rebasa con mucho las posibilidades de los hombres de ciencia reunidos en este Congreso, por muy eminentes que sean, puesto que no podríamos abarcar desde esta sala la humanidad entera. Pero, como Goethe decía, si cada uno barre el frente de su casa, entre todos habremos limpiado toda la ciudad. El problema, por otra parte, ante la inminencia de los actuales peligros, parece que incumbe más bien al despacho de los gobernantes que no al laboratorio de los sabios. Pues señores, los gobernantes, por educación, por deber y por oficio no pueden considerar las cuestiones en esos cuadros panorámicos que llamamos campos científicos. Los distrae el incidente diario, que exige su diaria resolución. Por mucho que hagan, por mucho que se desvelen, está en la naturaleza de las cosas el que los árboles mismos les estorben para ver el bosque. No sucede así con los hombres de ciencia, libres de todo compromiso administrativo y de todo apremio burocrático, y adiestrados ya en esta contemplación a larga vista, que es la esencia de los estudios históricos. Y ha llegado la hora de que los hombres de ciencia fuercen la puerta de los gobernantes y se hagan oír. Al fin y al cabo ellos no piden prebendas ni disputan puestos, sólo reclaman la función de consejeros que por derecho les corresponde, y que ya Platón les asignaba en una célebre carta, desde el momento, decía, en que no puede realizarse el sueño de que los filósofos sean monarcas. La humanidad está ya cansada de que la dirijan la casualidad y la improvisación, que son los inevitables caminos por donde se ve obligado a marchar el que tiene que proponer, para los males de cada día, panaceas de efecto instantáneo. Si los gobiernos quieren cumplir su difícil, su tremenda misión, en esta hora aciaga del mundo, tienen que escuchar a la ciencia. Si los hombres de ciencia no quieren pasar por monstruos aberrantes, talladores de cabezas de alfiler sin respeto para las cabezas de los hombres, tienen la obligación de hacerse escuchar por los directores políticos.

Armados de este criterio, acerquémonos ahora a nuestro mundo americano. De tiempo atrás, América viene dando señales de inquietud ante la descomposición de Europa, que primero ensayó en España la virulencia de sus armas para luego entregarse abiertamente a su deporte hoy favorito: el destruir todo lo que construye.

Maestra civilizadora de larga proyección imperial, he aquí que Europa vacila y pierde el juicio. Los americanos, siempre acusados de inquietos y hasta de sanguinarios, han visto con estupefacción que sus mismas revoluciones endémicas aniquilan menos vidas en dos lustros que las asonadas europeas en una semana, para no hablar de los combates.

Dígase si se quiere que ello es efecto de las formidables máquinas de guerra de que por acá no “disfrutamos”. Pero los hechos son los hechos: junto a aquellos crímenes colectivos, las últimas reyertas americanas resultan torneos caballerescos, donde los caudillos se citan al lance en campo abierto, lejos de mujeres y niños. Hasta es conocido el rasgo, santamente cómico y más en este siglo xx, de cierto sublevado que renunció al éxito y se detuvo a las puertas de alguna ciudad sudamericana “a petición de las familias”, o el rasgo no menos expresivo de una provincia alzada contra la capital que prefirió rendirse —como decía el parte de guerra— “para salvar el patrimonio” de la región.

Ahora, ante la locura de Europa, se da el caso patético de un Continente que quiere defenderse con un cordón sanitario. Nada hay más terrible en la Historia. Hay que remontar hasta la Mitología, donde encontramos a Gea, hembra recelosa, escondiendo a sus crías en el seno para sustraerlas a la demencia devoradora del padre Cronos.

América puede enorgullecerse de una tradición jurídica de conciertos continentales que se han mantenido desde hace cincuenta años, lo que nunca ha alcanzado Europa. No importan los errores, las deficiencias, los tropiezos: el gran ideal se ha conservado y ha ido rindiendo algunos frutos. Más de un conflicto bélico ha podido atajarse por medios pacíficos. Y cuando una guerra ha estallado, la conciencia americana la consideró como un dolor inevitable, no como un motivo de orgullo. En este acento de intención se funda toda la dignidad ética del espíritu público.

Dígase si se quiere que todo esto pudo lograrse gracias al común denominador ibérico de nuestras naciones, que íntimamente las acerca a la comprensión hasta por ese vehículo intuitivo de las hablas afines. Pero los hechos son los hechos, afortunados efectos de la circunstancia que hacen posible una orientación de concordia, al menos como resultante, como último saldo.

El espíritu internacional, la educación internacional, han podido prosperar con relativo éxito donde las fronteras aparecen como convenciones políticas, sobre las cuales el hombre lanza una mirada familiar al otro territorio.

Y cuando en el Norte se habla de panamericanismo —desprendiendo la palabra de todas sus adherencias oficiales y generalizándola como noción pura— debe tenerse muy en cuenta que tal armonía reconoce por fundamento la homogeneidad iberoamericana; la cual, siendo tan vasta en sus ensanches, acaba por desbordar hasta las fronteras étnicas que parecían más infranqueables.

Así se puede crear un sentido continental en el que importa insistir por decoro del Nuevo Mundo, sin abdicar por eso de los mutuos respetos elementales: antes, al contrario, se funda en ellos. Pues si por desgracia la menor ambición imperial empeñara en algo tales respetos, al instante todo el edificio se vendría abajo. Entonces repetiríamos aquí el lamentable cuadro de Europa, con la desventaja de que aquí interpretaríamos “a la criolla” ciertos procedimientos que, si por allá causan estragos, por acá los causarían peores.

Ahora bien: política defensiva, precauciones armamentales, cordón sanitario, son arbitrios de la contingencia, pero no son soluciones científicas. Benditos sean tales arbitrios si siquiera nos ayudan a parar el golpe inmediato. Después de todo, primero es ser que filosofar, como dice el proloquio clásico, y ante la ofensa inmediata se opone la defensa inmediata. Pero éstos no pasan de ser recursos desesperados, para atajar de momento un mal, sembrando al paso nuevos males futuros. Mientras los gobiernos se mantienen en guardia en la primer trinchera, la ciencia debe trabajar denodadamente en la segunda trinchera, preparando alivios más trascendentales. A los gobiernos americanos, que se juntan una y otra vez para afrontar como quiera algunos remedios urgentes, no podemos pedirles que planteen las cuestiones en toda su integridad científica. Agradezcámosles en buenhora que se sientan inspirados en el grande ideal de un Continente que, desde su aparición en la historia, siempre ha anhelado ser el teatro donde se ensaye una humanidad más justa y feliz. Agradezcámosles que abran crédito y confianza a los fugitivos de Europa y sepan decirles: “Hombres de Europa, traed a nosotros, como Wilhelm Meister, vuestros ímpetus para las empresas del bien; no traigáis acá vuestros rencores.” Pero, entretanto, ayudemos a nuestros gobiernos, desde la retaguardia, para evitar que la nueva paz, o lo que resulte del actual conflicto, encuentre a nuestra América, último reducto humano, en el lamentable estado de impreparación en que la paz de Versalles sorprendió al mundo, estado de impreparación cuyas consecuencias todavía estamos purgando.

Las soluciones a larga vista, la preparación para el mundo nuevo con que pronto hemos de enfrentarnos —pues no esperéis que el pasado se reproduzca, porque la vida no es reversible—incumben a la ciencia. La educación, última instancia de la función política, tiene que inculcar pacientemente los nuevos hábitos mentales que hagan posible la existencia a la juventud y la conservación del decoro humano. Y la ciencia social tiene que investigar este caos en que ahora nos debatimos, abrir veredas, jardinar la maleza, y dictar así los preceptos en que ha de fundarse la educación.

Para no quedarnos en buenos propósitos y vaguedades, permitidme que dé algunos ejemplos y señale algunas intenciones concretas.

Sea, ante todo, lo que puede considerarse como el problema general de América. Lo que América es, lo que representa en este vuelco de la historia que presenciamos, debiera constituir una preocupación diaria y constante de todos los americanos: de los estadistas, de los escritores, de los maestros, de los directores de pueblos en el más amplio sentido de la palabra, de las juventudes universitarias llamadas a dar las orientaciones futuras, de las mismas masas infantiles a quienes, como ejercicio espiritual, debiera proponerse todas las mañanas una pequeña meditación sobre el sentido humano y los destinos del Nuevo Continente.

Es quimérico pensar que la humanidad se desarrolla por compartimentos estancos, y mucho menos en nuestro tiempo. La era de las civilizaciones que se ignoran ha pasado definitivamente; empezó con la prehistoria y se cerró, en concepto, con el descubrimiento de América. Y lo que era ya verdad en concepto, lo que era ya desde el siglo XVI una posibilidad teórica, poco a poco se resolvió en una realidad práctica merced a la Física, honor del pensamiento occidental, que gradualmente fue metiendo como en un puño el tiempo y el espacio terrestres. Hoy el suceder histórico es común a toda la tierra y es, en cierto modo, simultáneo.

Así pues, ante hechos como los que estamos presenciando, cuyo foco principal es Europa, cuyo foco secundario es Asia, y cuyo reflejo inmediato afecta al África, ¿pueden las medidas políticas unilaterales salvaguardar a América? ¿O en qué grado se la puede, al menos, inmunizar relativamente contra los inevitables trastornos generales, siquiera para evitar que alcancen también entre nosotros los caracteres de catástrofe?

Este problema se descompone en varios problemas parciales, que resultan del modo en que el acontecimiento general afecta a los distintos grupos funcionales de América. De Norte a Sur, en el sentido de los paralelos, encontramos zonas bien discernibles: el Canadá y los Estados Unidos; México y el Caribe hasta la frontera de Colombia; la América bolivarina; la América lusitana; la América platense. Todavía pueden discernirse, en la multiplicación política de Sudamérica, ciertos matices en el sentido de los meridianos, de Oriente a Occidente: la faja atlántica, la faja interior, la faja pacífica. Y claro es que estas grandes zonas de distinta relación geográfica y de distinta vinculación intercontinental aún podrían dividirse en otras regiones circunscritas. Por ejemplo, en torno a las cuencas de los grandes ríos.

Pues bien, ¿con qué intensidad los acontecimientos extra americanos afectan a cada una de estas regiones, y hasta dónde puede cada una operar de momento la desarticulación sanitaria? ¿Afectan lo mismo el orden o el desorden europeo o asiático a las diversas zonas longitudinales y transversales de América? ¿Y hasta qué grado la repercusión de lo extra americano en cada zona determina una reacción inevitable en las demás zonas vecinas o lejanas? ¿Hasta qué grado, por ejemplo, los Estados Unidos dependen del orbe británico o “pertenecen a la paz británica”? ¿Hasta qué punto depende de ellos el resto de nuestra América, y si esta dependencia es total, o si es graduada a su vez según las diferentes zonas? ¿Hasta qué punto la zona platense depende del sistema comercial británico? ¿Cómo se gradúan y cómo pueden resolverse las intrincaciones británicas y norteamericanas en zonas de influencia mixta, como el Brasil?

Todavía falta preguntarse, para admitir en los supuestos del problema todas las posturas mentales posibles, si es o no preferible para América ofrecer resistencia; si no debería simplemente dejarse invadir de modo pasivo por la onda que barre a Europa. Pero desechamos al instante este punto de vista, porque lo que en Europa sucede es hasta ahora una destrucción y no una reconstrucción; y de aquí a que Europa comience su reconstrucción, habríamos perdido un tiempo precioso, y aun nos habríamos colocado, con punible imprudencia, en una situación de retroceso con respecto al estado de relativa “incontaminación” en que por el momento nos encontramos.

Todavía habría que considerar, junto al aspecto crudo de los intereses materiales, el de los intereses espirituales. Es más urgente la solución del primer punto, pero es más trascendente la del segundo. Hay que atender desde el primer instante a lo material y a lo espiritual. Y aquí entra desde luego la consideración de lo que América debe al concepto democrático tradicional y lo que puede esperar del nuevo concepto totalitario, aun suponiendo que éste no se encontrase actualmente desviado o polarizado hacia la sola pugnacidad bélica, lo que ya supone un grave extremo de saneamiento previo.

He aquí el programa para los trabajadores de la ciencia social, que no parece, por cierto, indigno de sus instrumentos y de sus capacidades. ¡Como que se trata, en una palabra, de orientar el huracán! Ya no es posible desvincular a América de la Tierra, hacer que las fuerzas desordenadas lleguen hasta nosotros en forma relativamente atenuada, en forma que admitan ser dirigidas en lo posible y, si los sueños fueran más que sueños, hasta aprovechables.

¡Quién sabe! América está esperando su hora y sintiéndola prefigurarse en los vaivenes del mundo. Algo prematuramente es llamada a su alto deber, su deber de continuadora de civilizaciones; pero alguna vez había que empezar y más vale pronto que tarde. En duro momento es convocada América a realizar su misión, pero todos los pueblos señalados para proseguir la historia lo fueron igualmente a causa de un desastre. El vuelo comienza contra el viento, no a favor del viento. La paloma de Kant se remonta gracias al obstáculo.

No hay tiempo de preguntarnos ya si estamos maduros para recoger la herencia de una cultura y transportarla definitivamente a nuestros cauces; para así, salvando la herencia, salvarnos de paso nosotros mismos. Al fin y a la postre, sin conciencia de la responsabilidad el adolescente no se transforma en hombre. Basta que sintamos la responsabilidad y que abriguemos en nuestro pecho la voluntad de responder al destino. Este querer es sin duda el impulso determinante de la madurez que ya nos reclama. En cierto modo, la catástrofe europea ha venido a ser un aviso providencial que nos despierta de la infancia. Entre las ruinas se columbra, así, nuestro sino de creación positiva. Los peligros esclarecen la conciencia de las culturas. Hijos de la cultura europea, nuestros países, a través de sacudimientos, han ido revelándose a sí propios su autenticidad histórica, y hoy por hoy podemos ya decir que nuestra América no quiere imitar, sino que aplica las técnicas adquiridas de Europa a la investigación de los fenómenos propios, lo cual, al mismo tiempo, le va revelando la posibilidad de nuevas técnicas americanas. Y ésta es la operación en que nuestra ciencia debe insistir ante los sucesos mundiales. Es innegable que tales sucesos nos perturban. Posible es que alcancen a perturbarnos todavía más. Pero no creo que nos arrastren necesariamente hasta impedir lo que hemos llamado la madurez americana.      ¡Al contrario! Hay que decirse y repetirse que ha llegado el momento ¡Ahora o nunca!

De este fenómeno general descrito a grandes rasgos para nuestra América, México, por los antecedentes de sus transformaciones sociales últimas y aun por su temperamento nacional y su sensibilidad política, que lo empujan nerviosamente a atacar todos los problemas a la vista, es, como si dijéramos, un testigo privilegiado: lo que se da para toda nuestra América en estado más o menos observable, aquí adquiere relieve de sobresalto. El testigo privilegiado, no quiere decir el testigo afortunado o feliz. La dignidad histórica se adquiere con sufrimiento. Quiere decir esto que el alumbramiento de lo americano, aunque tal vez se produzca aquí antes que en otra parte, tiene que costarnos redoblados padecimientos.

Pero volvamos a las consideraciones generales sobre América y sigamos con los ejemplos problemáticos. Seguramente que en las tradiciones del pensamiento jurídico americano, a que ya nos hemos referido, está la preocupación por crear un organismo de la paz. Hay, en tal sentido, mil esfuerzos dispersos y se han firmado varios tratados. Las partes signatarias coinciden y son las mismas para algunos de ellos. De unos a otros, ciertos preceptos se repiten y otros no ajustan del todo en un sistema teórico completo. Estos miembros desarticulados debieran reducirse a un cuerpo común, si es que han de ser eficaces. De lo contrario, todo es tropiezos y cruce de caminos que a veces se estorban unos con otros. Cabe a México la honra de haber sugerido dos veces ante los congresos interamericanos la creación de un Código de la Paz que concierte y concilie las conclusiones de todos nuestros pactos parciales, en una gradación sistemada, automática y comprensiva: la conciliación, el arbitraje y la justicia internacional. De este Código existen dos textos, redactados por los delegados mexicanos. En la primera versión (Montevideo, 1933) me tocó colaborar con el Lic. Manuel J. Sierra. En la segunda (Buenos Aires, 1936), con el Lic. Pablo Campos Ortiz, y en ella se unifica el lenguaje y se recogen algunas nuevas nociones más eficaces para coordinar los métodos de paz. El Código mexicano ha sido objeto de toda clase de recomendaciones teóricas y manifestaciones de aprecio. Pero siempre se consideró complicado el pedir de veinte repúblicas que acepten el revisar todo su sistema contractual. Y sin embargo, es fuerza que algún día se haga. El internacionalista Manley O. Hudson ha expuesto lúcidamente el laberinto en que se encontrarían, en nuestro actual régimen, dos países americanos en conflicto, aun suponiendo —lo que dista mucho de suceder— que ambos hubieran ratificado ya previamente todos nuestros actuales instrumentos de paz y tuvieran la mejor voluntad de someterse a las prescripciones pactadas (“The Inter-American Treaties of Pacific Settlement”, en Foreign Affairs, Nueva York, octubre de 1936) – Entrego a nuestros hombres de ciencia la sugestión de esta nueva e indispensable estructura.

Otro ejemplo más: varios intentos se han hecho, entre México, Buenos Aires, Río de Janeiro, etc., en la campaña que pudiéramos llamar “la paz por la historia”: la revisión de los textos escolares de historia, no para falsearla, sino para dar a las informaciones un espíritu de mayor comprensión internacional y más auténtica cordialidad humana. Han intervenido algunas sociedades científicas; se han firmado algunos tratados bilaterales, a los que después han accedido nuevos países; los Ministerios de Educación han anunciado concursos al efecto. Hasta ahora, labor dispersa. El punto es digno de un congreso americano entre los hombres de ciencia. Los resultados, a primera generación, se harían sentir.

La campaña de la paz por la historia ha tenido cuatro manifestaciones principales: 1, las iniciativas privadas; 2, las Conferencias Interamericanas; 3, las Conferencias Internacionales de Historia de América, y 4, los Tratados especiales. El reseñar las iniciativas privadas daría materia a un volumen, en que no podrían olvidarse antecedentes tan ilustres como El crimen de la guerra, de Alberdi; las excitativas de educadores e historiógrafos como Gilberto Loyo, Ricardo Levene, Rómulo Zavala, Enrique de Gandía, y aun del Club de Rotarios de Valparaíso, todas las cuales fueron tenidas en cuenta en el proyecto Cestero-Cohen-Cisneros-Reyes, presentado a la Conferencia Interamericana de Montevideo (1933), y en los Tratados Argentino-Brasileño y México-Brasileño (1933). En las Conferencias Interamericanas y las que de ellas derivan, el asunto ha reaparecido varias veces, ya en forma directa, ya soslayado entre otros temas conexos como en la resolución núm. 49 de Chile (1923), que propone “cursos de fraternidad continental”. Por primera vez el asunto fue considerado con amplitud en el ya citado proyecto de Montevideo (1933), el cual insiste en la creación de un Instituto, con sede en Buenos Aires, para la enseñanza de la historia en las Repúblicas Americanas. Allí la delegación uruguaya presentó otro proyecto afín, con referencia a las conclusiones del Primer Congreso de Historia (Montevideo, 1928). El delegado peruano A. Solf y Muro ofreció una iniciativa para la “formación de la conciencia panamericana”. Tres años más tarde, la Conferencia de Buenos Aires para la Consolidación de la Paz resucitó la cuestión. Como antecedentes europeos, deben recordarse el Congreso de La Haya (1932), en que Lapierre y Emery cambiaron puntos de vista encontrados; el de Praga (1935), en que se confrontaron el criterio objetivo y el criterio propiamente pacifista; el de París (1937), entre profesores de historia franceses y alemanes, que Albert Mousset calificaba de “gentlemen’s agreement pedagógico”. (Les Nouvelies Littéraires. París, 2, octubre, 1937.)**

Consigno aquí los anteriores apuntes para tentar a los aficionados, y paso a una consideración de mayor alcance, y que se refiere a uno de los males crónicos del pensamiento americano. Os aseguro que en las siguientes consideraciones no me inspira una preocupación exclusivamente literaria. No, no soy víctima de la deformación profesional, cosa contra la que siempre me he sublevado. No me guía solamente el amor y el cuidado que a las palabras concedemos, al fin como a materia prima de nuestro oficio literario. Tampoco queremos hacer retruécanos con el significado del vocablo “verbo”, cayendo una vez más en aquello de que al principio de todas las cosas era el verbo, o sea la palabra. Mucho menos deseamos ofrecer alegorías filosóficas como aquella de Renan, según la cual el universo es un diálogo entre el Padre y el Hijo, donde el diálogo es el Espíritu Santo que va encarnando en realidades. En suma, la creación como fenómeno lingüístico. Por supuesto que si nos empeñáramos en defenderlo, no faltarían razones; ahora mismo podríamos movilizar en nuestro auxilio ejércitos mecanizados de ideas, o sea sistemas filosóficos, y patrullas de paracaidistas, o sea argumentos llovidos del cielo. No, nuestro fin es mucho más modesto, y sólo queremos sintetizar en breves sentencias lo que todos saben: que la palabra, la denominación que se da a las cosas, influye en los actos; que el lenguaje engendra una conducta. Así se explica que Tahleyrand, tan realista que llegaba al cinismo, concediera singular atención a los nuevos términos de moda en política, a las nuevas denominaciones que el fenómeno social acarrea consigo. Y aquí tocamos el punto neurálgico a que queríamos llegar. América no ha creado su lenguaje político, sino que adopta el europeo. Esto trasciende mucho más allá del lenguaje. Ello ha tenido consecuencias en las soluciones europeizantes que hemos procurado para nuestros negocios. Mientras no aparezca en América el genio que descubra las fórmulas de nuestro lenguaje político, semejante mal será inevitable; y las realidades americanas, torcidas en la traducción, hasta resultarán muchas veces inútil y artificialmente empeoradas.

Así aconteció en la Independencia, violentamente prohijada al calor de la filosofía política francesa, filosofía para adultos que parecía destetar con ajenjo a la criatura, cunada hasta entonces en el régimen del absolutismo y que carecía de la indispensable educación previa. Ved en cambio cómo la evolución del Brasil se operó casi insensiblemente desde la colonia a la autonomía y desde el imperio a la república. Lo cual no quiere decir que aplaudamos en modo alguno los imperios insensatos, sin tradición institucional ni arraigo en la vida, que quiso implantar en nuestro suelo un día un aventurero, y otro día un conquistador disimulado. Otro ejemplo nos lo da la violenta adopción del federalismo norteamericano, que provocó aquel famoso “discurso de las profecías” de Fray Servando, quien encontraba esta innovación del todo ajena a los inveterados hábitos nacionales. Lo propio ha sucedido —todos lo saben— con muchas otras veleidades que han atravesado la vida americana. Nuestra última transformación social, por falta de un lenguaje propio, se refractó al vertirse en las fórmulas de las transformaciones europeas. Entiéndase bien que sólo hago apreciaciones históricas sobre el pasado, y en modo alguno declaración de simpatías sobre el porvenir, pues no sería ésta la ocasión.

¿Queréis apreciar de cerca cómo funciona el reflejo inverso de las palabras sobre el sentimiento de los actos? Veámoslo sobre ejemplos tomados de las nociones sociales y de los nombres que reciben. El que comete un homicidio es un homicida. La sola calificación de homicida da un sello de fijeza, de permanencia a lo que, en la conducta del hombre, ha podido ser una contingencia desgraciada, un tropiezo de su carácter moral. Pero, en adelante, lo vemos ya como un hombre cuya inclinación permanente es matar al prójimo. De aquí que el mismo Derecho tiene que introducir rectificaciones en la denominación general: atenuantes y hasta exculpantes. Esta calificación penal tiene por objeto escapar a la trampa fijadora de la palabra, y es la que esgrimirá el defensor. En cambio, el acusador tendrá que apoyarse en la función fijadora de la palabra: muerte ha habido, y el que la causó es un homicida.

Hay más: entre unas y otras palabras se crean constelaciones, que a veces no proceden de ninguna necesidad psicológica, sino de una reiteración de hechos, de un hábito. Nuestros Estados americanos tienen régimen presidencialista. Pero en los países parlamentarios, la modalidad parlamentaria del régimen se ha trabado con la noción de la democracia, al punto que muchos censores del parlamentarismo se llevan de paso, en sus argumentos, a la democracia misma, como si ésta no tuviera otros medios posibles de operación, y confunden así una filosofía política con uno de sus procedimientos ensayados. Y si la palabra democracia pudiera humanamente aplicarse en todo su sentido, el pueblo sería un solo ser, sin partirse nunca en individuos ni grupos, y el gobernante y el gobernado se confundirían en su seno. Mas la realidad no lo consiente. Clemenceau, en una salida de mal humor, decía: “¿Por qué atacan la democracia los adversarios, si hasta hoy no la han visto realizada?” La democracia, entonces, viene a significar una intención o tendencia, que resulta clara por el contraste con la aristocracia, y que en principio comporta principalmente dos cosas: 1, la preferencia para la opinión pública, y 2,la rotación de los grupos gobernantes, de acuerdo con aquella opinión, testimoniada en las mayorías.

Mientras se dijo “liberalismo”, imperó el laissez-faire, y la noción económica y la noción política se confundieron en una. Como el laissez-faire condujo al predominio de los grupos pudientes y determinó una explotación injusta de los demás, entonces se dijo “control de Estado”, “Economía dirigida”, etc. Estas nuevas denominaciones significan y a la vez impulsan una nueva tendencia; la cual, si olvida el imperativo democrático que insiste en el bienestar del pueblo, puede derivar hacia la peor tiranía. Nótese que también las monarquías brotaron de la alianza entre un capitán y el pueblo, para acabar con el privilegio de los señores, y nótese cómo derivaron hacia el absolutismo.

Cuando aparece una nueva denominación política, es por que aparece otra tendencia. En sus orígenes puede ser modesta, hasta ridícula: ya son unos cuantos desterrados rusos que divagan en torno a la mesa de un café de París; ya son unos cuantos ilusos que se juntan en la cervecería de Munich. Pero la nueva denominación significa ya, por sí sola, la expresión de otra coagulación del pensamiento político, y lleva en potencia una prédica, una propaganda.

Habría que revisar minuciosamente toda la historia para apreciar el tanto de impulso conveniente y de impulso deformador que la nomenclatura europea haya producido entre nosotros. Y todavía para esta revisión sería muy difícil encontrar aquella mente impasible, capaz de distinguir la pura observación de las preferencias temperamentales. Y todavía en este caso afortunado, habría que saber si la realidad del fenómeno admite distingos entre la pura razón y las inspiraciones de la emoción humana.

El maestro uruguayo Carlos Vaz Ferreira reclama, en materia de filosofía política, el derecho de pensar con ideas y no con vocablos. Sin duda le incomoda el ver que las palabras, por su automatismo, echan a correr, adaptándose más o menos a la contingencia histórica, por cauces que desvirtúan la doctrina. Así, cuando se hablaba de liberales y conservadores, se veía en España a Sánchez Guerra proceder unas veces con la mano del absolutismo violento, y otras implantar las únicas reformas verdaderamente liberales que se dieron en varios lustros. Así, Chesterton advertía: Si soy conservador, necesito por fuerza ser revolucionario: para que se conserve blanco aquel poste de la esquina, tengo que repintarlo constantemente. Así, en nuestro tiempo, las izquierdas y las derechas no siempre concilian su acción con su filosofía. Y es que el estatismo de la noción, presa en la palabra, mal corresponde a la fluidez de la vida. Vaz Ferreira propone un ejemplo: imaginemos una escuela o partido de astrónomos que sostienen que los planetas carecen de satélites: serían los “asatelistas”; otros sostienen que cada planeta posee un satélite: serían los “monosatehistas”; otros, que cada uno posee varios, y serían los “polisatehistas”. Y ninguno de ellos tiene razón: sólo están en la verdad aquellos que no tienen nombre y admiten las tres posibilidades. Bien está así para el filósofo. Pero el político tiene que escoger todos los días en vista de sus problemas actuales, y decidir si estamos ante un satélite, o varios, o ninguno. ¡Qué duda cabe que el tener a mano una noción, con su denominación propia, ayuda su trabajo mental! No todos pueden pensar sin palabras y aún está por averiguar si alguno lo logra, o hasta qué punto puede lograrlo.

Creo que las anteriores dilucidaciones describen suficientemente el problema. No es de hoy, es de siempre. Y si algún problema social merece los honores de ser profundamente estudiado por los hombres de ciencia, es seguramente el que apuntamos.

Por lo que a nuestro país respecta, cierto semanario mexicano propuso hace meses tres preguntas que me parecen un nuevo índice de cuestiones sociales. Me referiré a tales preguntas sin resolverlas. No hay aquí tiempo, ni creo que se las pueda atacar sin detenida investigación previa. La primera pregunta se reducía a saber si existe ya en México una verdadera conciencia nacional. Lo cierto es que la filosofía rompe lanzas para averiguar si existe un ente nacional. Si entramos hasta el subsuelo del problema, el problema desaparece en la homogeneidad de la raza humana. Mantengámonos en el suelo histórico. Las naciones aparecen aquí como seres cambiantes, aunque en torno a núcleos resistentes, y en constante elaboración dentro de procesos espirituales en marcha (religión, cultura, lengua) y de procesos naturales algo más estables (limitación histórica y limitación geográfica). La nación es un movimiento orientado. A veces, desorientado por las contingencias. La conservación del ser nacional se dibuja por las fronteras de sus peligros. Los dos peligros de una nación, a que todos los demás se reducen, son la imperfecta respiración internacional y la imperfecta circulación interior de la propia savia. La respiración internacional sólo se regulariza mediante la regularización del mundo internacional. No podemos esperar que ésta se haya logrado en instantes de crisis humana como el presente. La regularidad de la circulación interior supone una completa unificación en la representación del mundo y en los intereses que posee un pueblo. Aún no hemos logrado esta unificación, pero, por encima de las vicisitudes, se percibe que ella está en marcha a lo largo de nuestra historia. Hay en México varios niveles inconexos de cultura, de raza, de conciencia del mundo y religión, de lengua, de vida económica. No se trata sólo de indios y blancos: esto no es más que un aspecto transversal de la cuestión, puesto que muchos blancos viven como indios y muchos indios, como blancos. El equilibrio en marcha que significa una conciencia nacional es difícil de definir aun para naciones de muy larga elaboración sociológica. Mucho más para naciones como las nuestras. ¡ Y considérese que, en América, bien puede México estar satisfecho de ser la cuna más antigua! Sufrimos, además, una sacudida histórica cuyos resultados pudieran ser desorientadores; pero, si nos empeñamos en ello, serán orientadores. El que México saque elementos para su conciencia nacional de la crisis presente, depende de una magnetización de su voluntad en tal sentido. Hay que fomentarla. Alguna vez me atreví a decir que, cuando un pueblo no tiene una misión, habría que inventársela. Este símbolo literario quisiera yo que se interpretara a la luz de las consideraciones anteriores.

La segunda pregunta se reducía a saber cuál es el contenido de nuestra conciencia nacional. Confieso que me encontró un poco atónito, acaso por su vastedad misma. No soy capaz de describir en tres palabras lo que considero como el contenido de la conciencia mexicana en elaboración. Necesitaríamos volver a leer toda nuestra historia, y sospechar todos los ensayos de psicología nacional que hasta la fecha se han escrito. Evidentemente, México, como todos los países de la América ibera, por la misma naturaleza de su origen nacional, ha adquirido la práctica de la vida internacional. También la de buscar en todo el panorama humano las formas de su cultura. La experiencia de tratar con pueblos americanos que están tan cerca de nosotros, y la de estudiar todo el pasado de la cultura humana como cosa propia, es la compensación que se nos ofrece a cambio de haber llegado tarde a la llamada civilización occidental. Estamos en postura de hacer síntesis y de sacar saldos, sin sentirnos limitados por estrechos orbes culturales como otros pueblos de mayor abolengo. Para llegar a su conciencia del mundo, el hijo de un gran país europeo casi no necesita salir de sus fronteras. Nosotros hemos ido a buscar las fuentes del conocimiento por todos los rumbos humanos. Lo que llamo nuestra postura sintética nos ahorra también la necesidad de revivir procesos intermedios, que para Europa, por ejemplo, han sido meras contingencias históricas, pero que en modo alguno son necesidades teóricas de los problemas humanos. Conviene que nos penetremos de esta levedad, de esta facilidad para el salto. Después de todo, la historia de América ha sido una serie de carreras por atajos, para ponernos al día en menos tiempo. El trazo de nuestra figura nacional, supuestos los anteriores antecedentes, pudiera reducirse, en términos muy generales, pues no me atrevería yo a entrar en detalles, al nervio del sentimiento autóctono e hispano-latino, robustecido por todos los nuevos elementos y nuevas técnicas aprendidas en otras tradiciones, complementados con las técnicas que resultan de la investigación de nuestro propio suelo. El descubrimiento de estas técnicas propias puede llevarnos hasta la sustitución de alguna técnica heredada. En tal caso, no deberíamos vacilar en sustituirla. Tenemos que procurar la perpetuación de ciertas normas que se reducen a lo que llamaba Pascal “el espíritu de fineza”, pero sin negarnos por eso a recibir la fertilización del “espíritu de geometría”. Tenemos que conversar mucho con los pueblos americanos, afines o diferentes del nuestro.

Por último, la tercer pregunta quedaba formulada en estos o parecidos términos: Puesto que toda conciencia nacional desprende de sí una misión ¿cuáles son los medios para realizar nuestra misión nacional? Sobre el punto ejecutivo de la misión mexicana, ya se desprende de lo dicho anteriormente que considero indispensable un plano de absoluta sinceridad en el diálogo entre los países de América. Se dirá que esto no depende de una sola de las personas del diálogo. Yo creo que sí depende en gran parte. La orientación ética, el deseo del bien y la justicia humanos tienen que inspirar cuanto se haga. Es un caso de voluntad (y vuelvo aquí sobre el punto de la primer pregunta), mucho más que un caso de intelección pura. La enumeración de los medios ejecutivos la dejamos a los políticos, y a los políticos de última instancia, que son los educadores. Yo me limitaría a aconsejar un deseo de entendimiento humano. Me percato de que mis respuestas son vagas y teóricas. Pero las preguntas, que aquí he querido recoger por su trascendencia, podrían constituir todo el programa de este Congreso de Ciencias Sociales. El hombre es particular por naturaleza, decía Aristóteles. El hombre se enfrenta con problemas concretos y cotidianos. En estas condiciones, lo que nos importa es robustecer la voluntad hacia el bien. Lo demás, nace de cada circunstancia.

En suma, reduciendo la antigua doctrina helénica, podemos decir que hay dos actitudes frente al mundo: la Teórica, visión del mundo, y la Poética, que es la obra y la intervención sobre el mundo. Pues bien: los especialistas de las ciencias sociales deben, hoy por hoy, mezclar la Teórica y la Poética; estudiar y obrar, abandonar el reposo de las ideas puras, y salir con ellas a media calle. Sólo así podremos salvarnos.

Alfonso Reyes, Congreso de Ciencias Sociales convocado por la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística. México, julio, 1941.

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Notas sobre la inteligencia americana. Por Alfonso Reyes

1. Mis observaciones se limitan a lo que se llama la América Latina*. La necesidad de abreviar me obliga a ser ligero, confuso y exagerado hasta la caricatura. Sólo me corresponde provocar o desatar una conversación, sin pretender agotar el planteo de los problemas que se me ofrecen, y mucho menos aportar soluciones. Tengo la impresión de que, con el pretexto de América, no hago más que rozar al paso algunos temas universales.

2. Hablar de civilización americana sería, en el caso, inoportuno: ello nos conduciría hacia las regiones arqueológicas que caen fuera de nuestro asunto. Hablar de cultura americana sería algo equívoco: ello nos haría pensar solamente en una rama del árbol de Europa trasplantada al suelo americano. En cambio, podemos hablar de la inteligencia americana, su visión de la vida y su acción en la vida. Esto nos permitirá definir, aunque sea provisionalmente, el matiz de América.

3. Nuestro drama tiene un escenario, un coro y un personaje. Por escenario no quiero ahora entender un espacio, sino más bien un tiempo, un tiempo en el sentido casi musical de la palabra: un compás, un ritmo. Llegada tarde al banquete de la civilización europea, América vive saltando etapas, apresurando el paso y corriendo de una forma en otra, sin haber dado tiempo a que madure del todo la forma precedente. A veces, el salto es osado y la nueva forma tiene el aire de un alimento retirado del fuego antes de alcanzar su plena cocción. La tradición ha pesado menos, y esto explica la audacia. Pero falta todavía saber si el ritmo europeo —que procuramos alcanzar a grandes zancadas, no pudiendo emparejarlo a su paso medio—, es el único “tempo” histórico posible; y nadie ha demostrado todavía que una cierta aceleración del proceso sea contra natura. Tal es el secreto de nuestra historia, de nuestra política, de nuestra vida, presididas por una consigna de improvisación. El coro: las poblaciones americanas se reclutan, principalmente, entre los antiguos elementos autóctonos, las masas ibéricas de conquistadores, misioneros y colonos, y las ulteriores aportaciones de inmigrantes europeos en general. Hay choques de sangres, problemas de mestizaje, esfuerzos de adaptación y absorción. Según las regiones, domina el tinte indio, ibérico, el gris del mestizo, el blanco de la inmigración europea general, y aun las vastas manchas del africano traído en otros siglos a nuestro suelo por las antiguas administraciones coloniales. La gama admite todos los tonos. La laboriosa entraña de América va poco a poco mezclando esta sustancia heterogénea, y hoy por hoy, existe ya una humanidad americana característica, existe un espíritu americano. El actor o personaje, para nuestro argumento, viene aquí a ser la inteligencia.

4. La inteligencia americana va operando sobre una serie de disyuntivas. Cincuenta años después de la conquista española, es decir a primera generación, encontramos ya en México un modo de ser americano: bajo las influencias del nuevo ambiente, la nueva instalación económica, los roces con la sensibilidad del indio y el instinto de propiedad que nace de la ocupación anterior, aparece entre los mismos españoles de México un sentimiento de aristocracia indiana, que se entiende ya muy mal con el impulso arribista de los españoles recién venidos. Abundan al efecto los testimonios literarios: ya en la poesía satírica y popular de la época, ya en las observaciones sutiles de los sabios peninsulares, como Juan de Cárdenas. La crítica literaria ha centrado este fenómeno, como en su foco luminoso, en la figura del dramaturgo mexicano don Juan Ruiz de Alarcón, quien a través de Corneille —que la pasó a Moliére— tuvo la suerte de influir en la fórmula del moderno teatro de costumbres de Francia. Y lo que digo de México, por serme más familiar y conocido, podría decirse en mayor o menor grado del resto de nuestra América. En este resquemor incipiente latía ya el anhelo secular de las independencias americanas. Segunda disyuntiva: no bien se logran las independencias, cuando aparece el inevitable conflicto entre americanistas e hispanistas, entre los que cargan el acento en la nueva realidad, y los que lo cargan en la antigua tradición. Sarmiento es, sobre todo, americanista. Bello es, sobre todo, hispanista. En México se recuerda cierta polémica entre el indio Ignacio Ramírez y el español Emilio Castelar que gira en torno a iguales motivos. Esta polémica muchas veces se tradujo en un duelo entre liberales y conservadores. La emancipación era tan reciente que ni el padre ni el hijo sabían todavía conllevarla de buen entendimiento. Tercera disyuntiva: un polo está en Europa y otro en los Estados Unidos. De ambos recibimos inspiraciones. Nuestras utopías constitucionales combinan la filosofía política de Francia con ni federalismo presidencial de los Estados Unidos. Las sirenas de Europa y las de Norteamérica cantan a la vez para nosotros. De un modo general, la inteligencia de nuestra América (sin negar por ello afinidades con las individualidades más selectas de la otra América), parece que encuentra en Europa una visión de lo humano más universal, más básica, más conforme con su propio sentir. Aparte de recelos históricos, por suerte cada vez menos justificados y que no se deben tocar aquí, no nos es simpática la tendencia hacia las segregaciones étnicas. Para no salir del mundo sajón, nos contenta la naturalidad con que un Chesterton, un Bernard Shaw contemplan a los pueblos de todos los climas, concediéndoles igual autenticidad humana. Lo mismo hace Gide en el Congo. No nos agrada considerar a ningún tipo humano como mera curiosidad o caso exótico divertido, porque ésta no es la base de la verdadera simpatía moral. Ya los primeros mentores de nuestra América, los misioneros, corderos de corazón de león, gente de terrible independencia, abrazaban con amor a los indios, prometiéndoles el mismo cielo que a ellos les era prometido. Ya los primeros conquistadores fundaban la igualdad en sus arrebatos de mestizaje: así, en las Antillas, Miguel Díaz y su Cacica, a quienes encontramos en las páginas de Juan de Castellanos; así aquel soldado, un tal Guerrero, que sin este rasgo sería oscuro, el cual se negó a seguir a los españoles de Cortés, porque estaba bien hallado entre indios y, como en el viejo romance español, “tenía mujer hermosa e hijos como una flor”. Así, en el Brasil, los célebres Joao Ramaiho y el Caramurú, que fascinaron a las indias de San Vicente y de Bahía. El mismo conquistador Cortés entra en el secreto de su conquista al descansar sobre el seno de Doña Marina; acaso allí aprende a enamorarse de su presa como nunca supieron hacerlo otros capitanes de corazón más frío (el César de las Galias), y empieza a dar albergue en su alma a ciertas ambiciones de autonomismo que, a puerta cerrada y en familia, había de comunicar a sus hijos, más tarde atormentados por conspirar contra la metrópoli española. La Iberia imperial, mucho más que administrarnos, no hacía otra cosa que irse desangrando sobre América. Por acá, en nuestras tierras, así seguimos considerando la vida: en sangría abierta y generosa.

5. Tales son el escenario, el coro, el personaje. He dicho las principales disyuntivas de la conducta. Hablé de cierta consigna de improvisación, y tengo ahora que explicarme. La inteligencia americana es necesariamente menos especializada que la europea. Nuestra estructura social así lo requiere. El escritor tiene aquí mayor vinculación social, desempeña generalmente varios oficios, raro es que logre ser un escritor puro, es casi siempre un escritor “más” otra cosa u otras cosas. Tal situación ofrece ventajas y desventajas. Las desventajas: llamada a la acción, la inteligencia descubre que el orden de la acción es el orden de la transacción, y en esto hay sufrimiento. Estorbada por las continuas urgencias, la producción intelectual es esporádica, la mente anda distraída. Las ventajas resultan de la misma condición del mundo contemporáneo. En la crisis, en el vuelco que a todos nos sacude hoy en día y que necesita del esfuerzo de todos, y singularmente de la inteligencia (a menos que nos resignáramos a dejar que sólo la ignorancia y la desesperación concurran a trazar los nuevos cuadros humanos), la inteligencia americana está más avezada al aire de la calle; entre nosotros no hay, no puede haber torres de marfil. Esta nueva disyuntiva de ventajas y desventajas admite también una síntesis, un equilibrio que se resuelve en una peculiar manera de entender el trabajo intelectual como servicio público y como deber civilizador. Naturalmente que esto no anula, por fortuna, las posibilidades del paréntesis, del lujo del ocio literario puro, fuente en la que hay que volver a bañarse con una saludable frecuencia. Mientras que, en Europa, el paréntesis pudo ser lo normal. Nace el escritor europeo en el piso más alto de la Torre Eiffel. Un esfuerzo de pocos metros, y ya campea sobre las cimas mentales. Nace el escritor americano como en la región del fuego central. Después de un colosal esfuerzo, en que muchas veces le ayuda una vitalidad exacerbada que casi se parece al genio, apenas logra asomarse a la sobrehaz de la tierra. Oh, colegas de Europa: bajo tal o cual mediocre americano se esconde a menudo un almacén de virtudes que merece ciertamente vuestra simpatía y vuestro estudio. Estimadlo, si os place, bajo el ángulo de aquella profesión superior a todas las otras que decían Guyau y José Enrique Rodó: la profesión general de hombre. Bajo esta luz, no hay riesgo de que la ciencia se desvincule de los conjuntos, enfrascada en sus conquistas aisladas de un milímetro por un lado y otro milímetro por otro, peligro cuyas consecuencias tan lúcidamente nos describía Jules Romains en su discurso inaugural del PEN Club. En este peculiar matiz americano tampoco hay amenaza de desvinculaciones con respecto a Europa. Muy al contrario, presiento que la inteligencia americana está llamada a desempeñar la más noble función complementaria: la de ir estableciendo síntesis, aunque sean necesariamente provisionales; la de ir aplicando prontamente los resultados, verificando el valor de la teoría en la carne viva de la acción. Por este camino, si la economía de Europa ya necesita de nosotros, también acabará por necesitarnos la misma inteligencia de Europa.

6. Para esta hermosa armonía que preveo, la inteligencia americana aporta una facilidad singular, porque nuestra mentalidad, a la vez que tan arraigada a nuestras tierras como ya lo he dicho, es naturalmente internacionalista. Esto se explica, no sólo porque nuestra América ofrezca condiciones para ser el crisol de aquella futura “raza cósmica” que Vasconcelos ha soñado, sino también porque hemos tenido que ir a buscar nuestros instrumentos culturales en los grandes centros europeos, acostumbrándonos así a manejar las nociones extranjeras como si fueran cosa propia. En tanto que el europeo no ha necesitado de asomarse a América para construir su sistema del mundo, el americano estudia, conoce y practica a Europa desde la escuela primaria. De aquí una pintoresca consecuencia que señalo sin vanidad ni encono: en la balanza de los errores de detalle o incomprensiones parciales de los libros europeos que tratan de América y de los libros americanos que tratan de Europa, el saldo nos es favorable. Entre los escritores americanos es ya un secreto profesional el que la literatura europea equivoque frecuentemente las citas en nuestra lengua, la ortografía de nuestros nombres, nuestra geografía, etc. Nuestro internacionalismo connatural, apoyado felizmente en la hermandad histórica que a tantas repúblicas nos une, determina en la inteligencia americana una innegable inclinación pacifista. Ella atraviesa y vence cada vez con mano más experta los conflictos armados y, en el orden internacional, se deja sentir hasta entre los grupos más contaminados por cierta belicosidad política a la moda. Ella facilitará el gracioso injerto con el idealismo pacifista que inspira a las más altas mentalidades norteamericanas. Nuestra América debe vivir como si se preparase siempre a realizar el sueño que su descubrimiento provocó entre los pensadores de Europa: el sueño de la utopía, de la república feliz, que prestaba singular calor a las páginas de Montaigne, cuando se acercaba a contemplar las sorpresas y las maravillas del nuevo mundo*.

7. En las nuevas literaturas americanas es bien perceptible un empeño de autoctonismo que merece todo nuestro respeto, sobre todo cuando no se queda en el fácil rasgo del color local, sino que procura echar la sonda hasta el seno de las realidades psicológicas. Este ardor de pubertad rectifica aquella tristeza hereditaria, aquella mala conciencia con que nuestros mayores contemplaban el mundo, sintiéndose hijos del gran pecado original, de la capitis diminutio de ser americanos. Me permito aprovechar aquí unas páginas que escribí hace seis años: ***

La inmediata generación que nos precede, todavía se creía nacida dentro de la cárcel de varias fatalidades concéntricas. Los más pesimistas sentían así: en primer lugar, la primera gran fatalidad, que consistía desde luego en ser humanos, conforme a la sentencia del antiguo Sileno recogida por Calderón:

Porque el delito mayor

del hombre es haber nacido.

Dentro de éste, venía el segundo círculo, que consistía en haber llegado muy tarde a un mundo viejo. Aún no se apagaban los ecos de aquel romanticismo que el cubano Juan Clemente Zenea compendia en dos versos:

Mis tiempos son los de la antigua Roma,

y mis hermanos con la Grecia han muerto.

En el mundo de nuestras letras, un anacronismo sentimental dominaba a la gente media. Era el tercer círculo, encima de las desgracias de ser humano y ser moderno, la muy específica de ser americano; es decir, nacido y arraigado en un suelo que no era el foco actual de la civilización, sino una sucursal del mundo. Para usar una palabra de nuestra Victoria Ocampo, los abuelos se sentían “propietarios de un alma sin pasaporte”. Y ya que se era americano, otro handicap en la carrera de la vida era el ser latino o, en suma, de formación cultural latina. Era la época del A quoi tieni la superiorité des Anglo-Saxons? Era la época de la sumisión al presente estado de las cosas, sin esperanzas de cambio definitivo ni fe en la redención. Sólo se oían las arengas de Rodó, nobles y candorosas. Ya que se pertenecía al orbe latino, nueva fatalidad dentro de él pertenecer al orbe hispánico. El viejo león hacía tiempo que andaba decaído. España parecía estar de vuelta de sus anteriores grandezas, escéptica y desvalida. Se había puesto el sol en sus dominios. Y, para colmo, el hispanoamericano no se entendía con España, como sucedía hasta hace poco, hasta antes del presente dolor de España, que a todos nos hiere. Dentro del mundo hispánico, todavía veníamos a ser dialecto, derivación, cosa secundaria, sucursal otra vez: lo hispano-americano, nombre que se ata con guioncito como con cadena. Dentro de lo hispanoamericano, los que me quedan cerca todavía se lamentaban de haber nacido en la zona cargada de indio: el indio, entonces, era un fardo, y no todavía un altivo deber y una fuerte esperanza. Dentro de esta región, los que todavía más cerca me quedan tenían motivos para afligirse de haber nacido en la temerosa vecindad de una nación pujante y pletórica, sentimiento ahora transformado en el inapreciable honor de representar el frente de una raza. De todos estos fantasmas que el viento se ha ido llevando o la luz del día ha ido redibujando hasta convertirlos, cuando menos, en realidades aceptables, algo queda todavía por los rincones de América, y hay que perseguirlo abriendo las ventanas de par en par y llamando a la superstición por su nombre, que es la manera de ahuyentarla. Pero, en sustancia, todo ello está ya rectificado.

8. Sentadas las anteriores premisas y tras este examen de causa, me atrevo a asumir un estilo de alegato jurídico. Hace tiempo que entre España y nosotros existe un sentimiento de nivelación y de igualdad. Y ahora yo digo ante el tribunal de pensadores internacionales que me escucha: reconocemos el derecho a la ciudadanía universal que ya hemos conquistado. Hemos alcanzado la mayoría de edad. Muy pronto os habituaréis a contar con nosotros.

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Cartilla moral: lecciones XIII y XIV. Por Alfonso Reyes

Lección XIII

El hombre es superior al animal porque tiene conciencia del bien. El bien no debe confundirse con nuestro gusto o nuestro provecho. Al bien debemos sacrificarlo todo.

Si los hombres no fuéramos capaces del bien no habría persona humana, ni familia, ni patria, ni sociedad.

El bien es el conjunto de nuestros deberes morales. Estos deberes obligan a todos los hombres de todos los pueblos. La desobediencia a estos deberes es el mal.

El mal lleva su castigo en la propia vergüenza y en la desestimación de nuestros semejantes. Cuando el mal es grave, además, lo castigan las leyes con penas que van desde la indemnización hasta la muerte, pasando por multa y cárcel.

La satisfacción de obrar bien es la felicidad más firme y verdadera. Por eso se habla del “sueño del justo”. El que tiene la conciencia tranquila duerme bien. Además, vive contento de sí mismo y pide poco de los demás.

La sociedad se funda en el bien. Es más fácil vivir de acuerdo con sus leyes que fuera de sus leyes. Es mejor negocio ser bueno que ser malo.

Pero cuando obrar bien nos cuesta un sacrificio, tampoco debemos retroceder. Pues la felicidad personal vale ante esa felicidad común de la especie humana que es el bien.

El bien nos obliga a obrar con rectitud, a decir la verdad, a conducimos con buena intención. Pero también nos obliga a ser aseados y decorosos, corteses y benévolos, laboriosos y cumplidos en el trabajo, respetuosos con el prójimo, solícitos en la ayuda que podemos dar. El bien nos obliga asimismo a ser discretos, cultos y educados en lo posible.

La mejor guía para el bien es la bondad natural. Todos tenemos el instinto de la bondad. Pero este instinto debe completarse con la educación moral y con la cultura y adquisición de conocimientos. Pues no en todo basta la buena intención.

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Correspondencia entre Julio Torri y Alfonso Reyes (1910-1911)

Torreón, Coah., Méx., abril 5 de 1910.

Mi querido don Alfonso: Le agradezco infinitamente su carta y tengo vivísimos deseos de abrazarle. Con una amistad franca y leal corresponderé el favor que Ud. me hace eligiéndome para compañero de estudio. En mi afecto para Ud. siempre ha habido sus puntos de respeto religioso (no se ría Ud.); nunca he podido tratarle de amigo a amigo; delante de Ud. me sentía cohibido, desazonado, no sé cómo decirlo; y cuando quedaba solo me daba mucha tristeza pensar que cada vez me alejaba más de su corazón con mi timidez, mi poquedad y una afectación involuntaria, algo de innatural en mí que nunca pude vencer estando Ud. delante, y que me venía de una especie de incomodidad espiritual; en fin, Ud. que es tan sabio en estas cosas, puede desenredarme esta serpiente. Cuenta Heine que cuando vio por primera vez a Goethe, a pesar de que imaginaba decirle muchas cosas sublimes, no pudo hablarle sino de lo sabroso que eran las ciruelas de los árboles que crecen entre Jena y Weimar; y yo nunca he podido tampoco hablar con Ud. de al que de cosas de poca cuenta. Ud. me entiende.

No se equlvoca Ud. al suponer que quiero mantenerme y vivir por cuenta propia; mi padre, reprochándome un día que miraba más por los clásicos españoles que por los libros de texto, me amenazó, sin querer, con retirarme su apoyo y ayuda; después ha procurado hacerme olvidar sus palabras, pero yo creo que no es decoroso para mi el seguir viviendo de su dinero. Por esto le ruego me ayude a conseguir cualquier cosa que me baste para proveer a mis gastos indispensables.

Quiero además con esto comprar mi libertad espiritual al precio de mi esclavitud material. Con estas cosas que me han sucedido, me he acordado que en cierta ocasión Ud. renegaba de los intelectuales nuestros de la pasada generación, que nada aptos para la vida y comidos de abominab1es vicios de castradores de puércos, han sido autores de los enojos y disgustos que nuestros padres reciben cuando nos sorprenden escribiendo versos o estudiando clásicos.

Le felicito calurosamente por lo de su casa en Santa María, y por lo de su libro Cuestiones estéticas, donde me figuro que habrá puesto sus diálogos, su estudio sóbre las rimas bizantinas, lo de Góngora, su trabajo sobre la tragedia griega (del cual sólo trozos conozco) y sus otros artículos críticos, que siempre he tenido por admirables y perfectos. Crea que en el contento que tengo por esto último hay un poco de snobismo, es decir, que me siento orgulloso de que mi amigo don Alfonso pueda ser conocido y apreciado como lo estima su amigo.

Reciba un estrecho abrazo.

Julio Torri

Méx., abril 17, 1910.

Mi querido Julio: Nada hay más conmovedor para mí que una manifestación de talento. Me entendió Ud. tan bien, que su carta me conmovió.

Le aconsejo que ya se vuelva. Avísele a su papá que en este mes se cierran las inscripciones. Aquí arreglaremos lo que Ud. desea.

Espero que venga pronto. Avíseme cuándo e iremos Silva y yo a la estación. Traiga Ud. trabajos literarios que haya hecho por allá.

Silva ¡ha comprado un terreno en Coyoacán! Le da el dinero el Lic. Victorino Pérez, a cuenta de asuntos que éste le trabaja. Véngase pronto. Ya calculé bien: es muy posible que logre Ud. los $lOO.OO. Milanés desde luego le da, con seguridad su antiguo puesto, pero con el antiguo sueldo. Por lo pronto véngase mantenido como antes.

Junto a Pedro Henríquez y con puerta para el cuarto de éste, hay otro vacío que renta, a lo más $18.00 (a lo más).

Adiós. Espero su carta súbita.

Alfonso Reyes

México, febrero 23 de 1911.

EPÍSTOLA A MARIANO SILVA Y A JULIO TORRI

Guerra de las asonantes,

trastorno de los sentidos,

martillo de las orejas,

de las orejas martillo,

confusión de las vocales,

sarta de versos torcidos,

manirrotos y quebrados

y cojos y desvalidos

tal, don Julio y don Mariano,

vuestra epístola ha venido

en las alas del correo

y en la intención del envío

a tirarme las orejas,

a zumbarme en los oídos

a reprender mi pereza

a desperezar mi olvido.

Mal versero sois don Julio

y consejero putillo;

mal versero sois Mariano

hombre in perpetuam dormido.

Para banco de pereza

dos pies habéis conseguido,

echáis menos el tercero

porque yo me os he perdido.

Bien trabajan por ociar

los que hacen de ociar oficio

y para tercer ociante

solicitan al amigo.

Mas os pusisteis censores

más que Catón Censorino

y muy más que mi Papá

cuando yo era chiquitillo

escuchad en mis palabras

las disculpas que ahora os pido,

que, dando traspiés de versos,

ante vuestros pies me humillo:

*

Aunque dicen que el no ir

es ahora el mayor mal

tal me he llegado a aburrir

que por no aburrirme tal

ya no volveré a asistir.

*

Y por si no lo entendéis,

os haré de estas razones

una glosa en que podréis

entender mis intenciones,

cuido las acataréis:

*

Cosas he llegado a oír

en clase tan enojosas

que para querer morir

no hay como oír esas cosas,

Aunque dicen que el no ir.

*

Y pues, pese al general,

soy estudiante a porfía

(no capigorrón, pardal)

para mí la escuelería

es ahora el mayor mal.

*

Tiempos habrán de venir

de semanas de domingos.

Juro entre tanto vivir

mejor que a escuela, a respingos:

tal me he llegado a aburrir.

*

La clase es muy matinal,

y mi almohada huele a beleño,

dormir es cosa fatal:

más vale dormir por sueño

que por no aburrirme tal.

*

En fin os llego a decir

(¡Manes del pobre Artalejo!)

que aunque haya de repetir,

y ello me cueste el pellejo,

ya no volveré a asistir.

Alfonso Reyes

Julio Torri, Epistolarios, edición de Serge I. Zaïtzeff, UNAM, México, 1995, pp. 29-33.

Del fundamental helenismo de Reyes o cómo se frustró un peregrinaje a las fuentes. Por Jaime García Terrés

El día en que fue sepultado Alfonso Reyes, después de los solemnes discursos, melancólico por la pérdida del generoso maestro, y harto de rituales funerarios, fui al café con mis amigos, no lejos de la familiar casa en Benjamín Hill (antes Industria), a descansar de la triste jornada. En la mesa de junto, un hombre común y corriente leía El Redondel, semanario taurino que circulaba los domingos y que esa tarde engalanó la primera plana con un encabezado insólito en publicación de tal naturaleza: Murió Alfonso Reyes.

El ciudadano aquel, sin quitar los ojos de la letra impresa, se rascaba el cráneo con visible perplejidad. Al fin lanzó un exabrupto que sus compañeros de mesa recibieron ecuánimes:

—No sé, no sé quién pueda ser este Reyes que murió. Por ahí anda la noticia de un banderillero Reyes, que fue corneado en Tlalnepantla. ¡Sabrá Dios! Pero ¿no se les hace poco para una primera plana?

Como ya no frecuento los cafés de la ciudad, y El Redondel dejó de circular sin ceder a otros periódicos su dominguera popularidad, ignoro si el desconocimiento que ese buen señor, típico por anónimo, manifestaba en 1959, exista en el hombre de la calle treinta años más tarde, al arribo de un centenario que nos ha inundado de conferencias, concursos y discursos conmemorativos, y de todo género de menciones y celebraciones por los canales difusores hoy bautizados —con inevitable anglicismo que Reyes desaprobaría— como “medios de comunicación masiva”.

Hablaré con franqueza: aunque de ninguna manera estoy seguro, tal vez la reiteración machacona del nombre haya acabado por llevarlo, junto con cierta vaga noción de su valía literaria, a determinados estratos de la conciencia popular. Pero es por completo improbable que esta noción alivie la radical lejanía de los libros y de la ejemplar figura.

En el mejor de los casos, Alfonso Reyes ha venido a erigirse en otro mito nacional, en otro de los nombres que la oratoria pública venera por cuasi mecánico reflejo.

Lo cual no es necesariamente malo. ¿Por qué iríamos a menospreciar esta llegada a los altares patrios de una inteligencia rigurosa, de un escritor entregado por entero a la tarea de expresar, en prosa tan firme como transparente, mucho de lo mejor de nosotros?

No pocos escritores de mi generación, o vecinos a ella, fuimos aleccionados, y aun formados, por la obra fértil de Alfonso Reyes, aunada a su docta presencia. Tuvimos la doble fortuna de su amistad y su lección personal. En lo particular, he confiado a menudo a mis papeles cómo y cuánto lo conocí, lo estudié y procuré su reconfortante sabiduría, de la cual soy deudor gustoso. ¿Por qué iba yo a condenar el justiciero tributo de la nación a su memoria?

Muy al contrario. Aplaudo y comparto el homenaje. Y aprecio, además, los buenos frutos que se han cosechado. Las Obras completas de Reyes, y su correspondencia con Henríquez Ureña se han seguido compilando y anotando con orden y rigor. Tampoco faltan los estudios dignos y las proclamaciones sugestivas, como las imborrables que le ha dedicado Octavio Paz. Hay jóvenes, con talento y espontáneo interés, que se han abocado a esta o aquella fase de su estela. Pero en torno a don Alfonso —y no sólo a la sombra de su Centenario— ha ido creciendo una industria ajena a la crítica y al análisis, edificada sobre lugares comunes y trillados epítetos. Es tan fácil encontrar, en los millares de páginas alfonsinas, la cita citable, y a tal grado reditúa incrustarla en un panegírico circunstancial, que bien podemos ahorrarnos el rastreo y la digestión de las ideas capitales, el acercamiento a su táctica expresiva, la búsqueda y ponderación del contexto; tres empresas que por cierto ha llevado a cabo, con esmero y amena novedad, esa rara avis de nuestra crítica literaria, José Emilio Pacheco, noble excepción que confirma la infausta regla.

Alfonso Reyes no fue ni será nunca un autor para grandes públicos. No deja de parecerme irónico el que a menudo se le trate de convertir en bandera de medianías y oportunismos que él desalentaba sin reserva. Su vocación aristocrática —llamemos las cosas por sus nombres—, si acaso le hizo desatender el drama profundo de la comunidad a que pertenecía, de fijo lo preservó de abaratarse o comercializar la prosa; si le prohibió el novelesco desahogo confesional de Vasconcelos y sus esmirriados epígonos, también lo llevó, por congruencia estoica con el principio, a sacrificar el cumplimiento de hondos anhelos, con tal de no verlos contaminarse de ramplona demagogia.

A este último respecto, evocaré un episodio de su vida que fue y ha seguido siendo desvirtuado, y cuya verdad estricta, por tanto, quisiera restablecer, poniendo los puntos sobre las íes.

La afición de Alfonso Reyes al mundo helénico, comoquiera se pondere hoy el valor de sus investigaciones referentes a ese mundo, tuvo raíces tempranas y fue, a la par, auténtica y sostenida. Nunca se cansó de practicarla ni de pregonarla, y en más de una ocasión expresó su gran deseo de conocer de cerca el escenario histórico y geográfico de aquella edad de oro. Nada, en consecuencia, pareció más natural a sus amigos eminentes que el suscitar, por las vías adecuadas, una invitación formal del gobierno de Grecia.

A manos de Reyes llegó, en efecto, la invitación de Pablo, monarca de los helenos, entregada por el cónsul honorario de Grecia en México, un afable banquero llamado Leandro Vourvoulias. Pero fue cortésmente rehusada, luego de una o dos semanas de aparentes cavilaciones e incertidumbres. Mucho dio que hablar tamaña negativa en el círculo de los más próximos al maestro. Y me acuerdo bien, asimismo, de lo que se dijo y se repitió durante largo tiempo: que don Alfonso no se había atrevido a visitar la tierra natal de sus héroes, dioses y filósofos, por miedo a la decepción, por evitarse afrontar el cotejo de sus ideales con la realidad.

Sus amigos y discípulos razonamos y racionalizamos. No carecía de base la versión que a la larga se tornó oficial. Aun el protagonista se había encargado de fomentarla, así con su renuencia al desmentido como por las ambiguas impresiones que sus propios escritos, pasados y presentes, habían diseminado a propósito de “su” Grecia. Inspirado en estos rumores y antecedentes equívocos, yo mismo sostuve, en una breve opinión que se me solicitó alrededor de 1969, a mi regreso de Atenas y a diez años de haber desaparecido nuestro helenista:

Él —como Hölderlin— murió sin haber conocido el escenario natural de sus dioses. Prefirió conservar intacto el legado a cuyo rescate dedicó la devoción más clara. Había descubierto la cabal utopía, y eludió el riesgo de verla disminuida, dotada de una ubicación espacial amenazante. “No es Grecia”, escribió al pie de su Ifigenia cruel, “es nuestra Grecia”. En el fondo, y sin mengua de la indagación que delatan sus estudios helénicos, Reyes no buscaba tanto la Hélade histórica cuanto una imagen creada y personal del paradigma clásico, un asidero mitológico para el uso cotidiano; o dicho en sus palabras, “una perspectiva de ánimo”. En el fondo —discípulo de los maestros de Machado— iba derecho al momento de su verdad, que era el momento de las grandes fabulaciones, de lo supuesto, de lo imaginado. La autenticidad de una obra de arte -profesaba- no se ve confirmada por lo que llamamos realidad, sino por “una necesidad superior a las contingencias”. Y eso es, precisamente, lo que Grecia representaba para él: una obra de arte, una creación del espíritu, que desde el primer momento, como un cuadro de Velázquez se había desprendido de su modelo y echado a vivir por cuenta propia.

No es una casualidad, en efecto, que en plena disquisición helenista, evoque al Caballero de la mano al pecho, y sentencie: “Así fue él, no nos cabe duda; así concibe la imaginación a un hombre de su categoría humana. Y si él no fue así, él se equivocó sobre sí mismo”. Sin embargo, por lo que a Grecia toca, Reyes no desembocó nunca en una actitud de indiferencia ante las circunstancias y vicisitudes del modelo. No ocultaba su profunda nostalgia de aquello que, siéndole familiar, desconocían de hecho sus sentidos. Si se abstuvo del viaje físico, fue porque temía la decepción.

Vamos por partes. Hay conceptos y opiniones en estos dos párrafos que sigo considerando válidos. La Hélade era ciertamente para Reyes, ante todo, “una perspectiva de ánimo” , y sus mejores libros de tema helénico o helenizante son, a mi juicio, los que, como la Ifigenia, asumen sin recato esa postura. Pero no es exacto que se haya rehusado a visitar de primera mano “el escenario natural de sus dioses” sólo “porque temía la decepción”.

El propio Alfonso Reyes cuenta en su voluminoso, inédito e impublicable diario (impublicable, al menos por ahora, en su integridad) cómo sucedió lo que sucedió. Y aunque aludo al pasaje de memoria, respondo de su contenido esencial.

Con la protocolaria invitación de marras, don Alfonso recibió diáfanos informes del contexto en que se había producido; informes según los cuales, lejos de ser invitado único, o cuando menos principal, a dicho viaje, habría él resultado, digámoslo así, huésped de relleno, ya que la estrella del grupo sería un ex presidente de la República Mexicana, y el segundo de a bordo un distinguido periodista de aquellos tiempos, famoso, más que por su nula formación académica, por su rapaz falta de escrúpulos. Y ni siquiera el motivo de la expedición era de carácter cultural, sino político. Los griegos deseaban agradecer de tal suerte al señor ex presidente un voto favorable a la posición de Grecia sobre el problema chipriota, que el prócer habría emitido en alguna conferencia internacional. El periodista funcionaría en calidad de agente de relaciones públicas en las reuniones, políticas y rutinarias, que se habían programado. Y en cuanto al mayor prosista de nuestra lengua —como Borges alcanzó a titularlo— apenas si actuaría, frente a todo esto, como figura decorativa.

Abundaban, pues, las razones para descartar el convite, y Reyes no las eludió. Pero siempre cortés —a veces, de labios afuera, su cortesía lindaba con el masoquismo—, cocinó, y coadyuvó a divulgar excusas verosímiles, reservando para las hojas íntimas de su diario la exactitud de los hechos y su personal reacción ante los mismos. No sobra hoy ponerlos en claro. Si la verdad de lo que ahí aconteció no aumenta su gloria de helenista, en cambio restituye firmeza a la devoción y la dignidad que nosotros asociábamos a su trabajo y a su ejemplo. No, no fue ninguna especie de cobardía o temor al desengaño lo que hizo a Reyes abstenerse en definitiva de visitar a Grecia, a “su” Grecia: lo detuvo, sí, el honesto afán de no venderla por un plato de lentejas.

Jaime García Terrés, Nueva revista de filología hispánica, Tomo 37, Nº 2, 1989, págs. 413-418.

Versión original:

http://codex.colmex.mx:8991/exlibris/aleph/a18_1/apache_media/YQKQBSVR2GVFJIPXFM44A795M2U9FQ.pdf

Los caciques culturales. Por José Luis Martínez

Versión original: http://www.letraslibres.com/mexico/los-caciques-culturales

Así en el mundo político, en el de la cultura existen también caciques: el personaje más fuerte que guía a los demás, que dicta las reglas, protege a su grey y, excepcionalmente, castiga a los rebeldes. Suele llamársele maestro.
Cuando se estabiliza la actividad literaria con el triunfo de la República en 1867, el maestro o cacique es Ignacio M. Altamirano y su vigencia dura hasta 1889, cuando se va a España como cónsul de México. En la despedida que le organizó el Liceo Mexicano, Manuel Gutiérrez Nájera reconoció cuánto había hecho Altamirano por las letras nacionales y dijo que él era “algo así como el presidente de la república de las letras mexicanas”.
En la década final del siglo XIX y a principios del XX, ese magisterio recayó en Justo Sierra. Desde sus puestos en el Ministerio de Educación, él encauzaba y cuidaba a la grey literaria y daba becas a pintores como Diego Rivera para que fueran a Europa a “perfeccionarse”. Como subsecretario (1901-1905) y ministro de Instrucción Pública (1905-1911) al final del régimen porfiriano, pudo hacer e hizo mucho por la cultura y la educación, culminando su obra con la fundación de la Universidad Nacional en 1910. Su magisterio concluyó con su viaje a España en 1912, donde moriría poco después.
Lo ocurrido con estos dos primeros maestros-caciques va a determinar las características que tendrá esta función en nuestro siglo:

1. Deberá ser un escritor importante y en lo posible el mejor de su tiempo.
2. Deberá ocupar puestos que le permitan ayudar y proteger a los escritores jóvenes.
3. Deberá vivir en México.

En los primeros años del siglo XX, con el Ateneo de la Juventud, el dominicano Pedro Henríquez Ureña, aunque no tiene el poder, es el impulsor de la vida cultural y el maestro que guía a los ateneístas, sobre todo a Alfonso Reyes, a cuya formación intelectual se consagra.
El primer ateneísta que tuvo el poder fue José Vasconcelos que, en sus “años de águila” —como los llamó Claude Fell— de 1921 a 1924, como rector de la Universidad y secretario de Educación Pública, organizó la educación popular, creó bibliotecas, promovió la pintura mural, hizo espléndidas publicaciones, importó educadores hispanoamericanos y se rodeó de un renacentista conjunto de maestros, filósofos, escritores, arquitectos, artistas y poetas. Muchos de ellos lo siguieron en su aventura política de 1929, que fracasó y lo lanzó al destierro y a la confusión.
Vasconcelos —escribió Christopher Domínguez Michael— vivió sin consuelo durante treinta años, ofreciendo a sus compatriotas el espectáculo de la descomposición moral que infectó a una de las almas más turbulentas y hermosas de la historia nacional.
Después de una década sin cacique, en 1939 vuelve Alfonso Reyes de sus embajadas, instala su biblioteca, dirige La Casa de España y luego El Colegio de México y, durante una veintena de años, es el cabal hombre de letras, el amigo de toda la inteligencia del mundo, el padrino obligado de las nuevas revistas y de los nuevos escritores; es, pues, el cacique y maestro hasta su muerte en 1959. La correspondencia de don Alfonso con Octavio Paz, que acaba de publicarse, muestra la generosidad y el empeño con que el maestro intervino para la publicación del primer libro poético importante, Libertad bajo palabra, de Octavio.
Por estos años, Fernando Benítez realiza la hazaña de los suplementos culturales semanales que dirige a lo largo de más de cuarenta años y que serán muy influyentes. En torno a ellos se formó el grupo al que la maledicencia llamó la Mafia. Fueron los siguientes: Revista Mexicana de Cultura, de El Nacional (1947-1948) —que inició con Luis Cardoza y Aragón, que abrió el camino de interés y calidad; México en la Cultura, de Novedades (1949-1961) —con los notables diseños tipográficos de Miguel Prieto y Vicente Rojo, que continuarán, los de este último, en algunos de los siguientes; La Cultura en México, de Siempre! (1962-1971); Sábado, de unomásuno (1977-1985), y La Jornada Semanal, de La Jornada (1987-1989). En los tres últimos suplementos, José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis fueron colaboradores eficaces de Benítez. Los mejores escritores nacionales y extranjeros del momento; la variedad de temas siguiendo el “aire del tiempo”; la atención, además de la literatura, al arte, teatro, cine, filosofía y ciencias, y a la política cuando era preciso; la plasticidad y belleza del diseño tipográfico y las ilustraciones; el contar con plantas de escritores jóvenes e imaginativos para las tareas de redacción y una apertura constante para acoger a escritores destacados; la atención a los comentarios bibliográficos, todo esto, más un cierto aire juvenil y antisolemne, fueron las fórmulas que hicieron vivaces, legibles y valiosos los suplementos que dirigió Fernando Benítez.
El libro de Jorge Volpi La imaginación y el poder. Una historia intelectual de 1968 (1998), que es la exposición rigurosa de los acontecimientos en torno a la matanza de Tlatelolco, está apoyado fundamentalmente en las páginas de La Cultura en México, de Siempre!
Cuando Octavio Paz volvió a México, después de haber renunciado a la embajada en la India como protesta por Tlatelolco, tuvo una recepción excepcionalmente cálida. Poco después, fundó la revista Plural (1971-1976), a la que seguiría Vuelta (1976-1998). Él será el nuevo cacique cultural, aunque con discrepancias. Durante la época de Reyes, un grupo menor y pintoresco, el de Jesús Arellano, se burlaba del acatamiento que dábamos a don Alfonso. Con Paz, las discrepancias eran sobre todo políticas y llegaron a extremos como la quema de imágenes del escritor por sus opiniones acerca de los conflictos centroamericanos. Octavio solía ser agresivo no sólo en materias políticas sino aun en las literarias. Y se trenzó en polémicas ruidosas con Carlos Monsiváis, José Joaquín Blanco, Elías Trabulse y Fernando del Paso. De éstas la más sustanciosa, acerca de la función de las izquierdas, fue la de Monsiváis. Las otras se disolvieron y olvidaron. Y en cierta ocasión, sin que hubiera contienda, agredió a Víctor Flores Olea.
Pero, superando estas rispideces, Octavio Paz fue un cacique excelente y generoso. En su larga vida literaria escribió mucho sobre poetas, novelistas, ensayistas, pintores y arquitectos, de México y del mundo, no sólo elogiándolos sino precisando lo distintivo de cada uno. Y con sus amigos más cercanos se preocupó por abrirles el camino a instituciones o mover los resortes necesarios para que recibieran auxilio en sus dolencias.
¿Cuándo terminará el siglo XX para las letras mexicanas? Tengo la impresión de que ya ha concluido y que fue el 19 de abril de 1998, día de la muerte de Octavio Paz, en Coyoacán, Distrito Federal. Es muy remoto que, en el año y meses que restan del siglo, ocurra un acontecimiento tan grave como éste. Ese día se apaga la vida de uno de los mayores escritores mexicanos, a los 84 años de su fecunda existencia. En tanto que Alfonso Reyes es el cacique de nuestra vida literaria en parte de la primera mitad del siglo —digamos hasta su muerte en 1959—, Octavio Paz le sucede en el señorío en la segunda mitad. Fue nuestro “mayor faro”, como dijo Eduardo Lizalde. Así pues, en los días que restan para llegar al nuevo milenio, estamos en una especie de días nemontemi, de días francos que no cuentan.

José Luis Martínez, “Los caciques culturales, Letras libres, 31 de julio de 1999.

La cena. Por Alfonso Reyes

La cena es un relato fantástico de Alfonso Reyes de 1912 que se incluyó en el libro El plano oblicuo publicado en 1920. En este cuento, el sueño y la realidad, así como las dimensiones temporales y espaciales, se confunden en una experiencia irracional, mágica. La riqueza de símbolos y referencias literarias que Reyes teje a lo largo de la historia son una característica de esta pieza fundacional de la literatura fantástica latinoamericana.

La versión de La cena que se presenta en esta ocasión cuenta con la voz de Juan Stack y la dirección de Eduardo Ruiz Saviñón. Sobre este autor, en Descarga Cultura.UNAM también puedes escuchar “Oración del 9 de febrero”.

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Disponible en: http://descargacultura.unam.mx/app1#

Editorial: Almadía
Lectura a cargo de: Juan Stack
Estudio de grabación: Radio UNAM
Dirección: Eduardo Ruiz Saviñón
Música: Juan Pablo Villa
Operación y postproducción: Gustavo Páez / Fabiola Rodríguez
Año de grabación: 2015

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Ante los centenarios. Rumbo de Goethe. Por Alfonso Reyes

Toda literatura solicitada por una utilidad pasajera se contenta con un equilibrio muy inestable. El aniversario del fallecimiento de Goethe (1832-1932) me arrebató unas cuartillas en desorden*. Ni siquiera tuve tiempo de ser conciso. Por una vez, acudí al toque de asamblea con el dormán todavía desabrochado y el lazo suelto. Peor hubiera sido faltar, yo tenía mis razones: Goethe y los trágicos griegos me acompañaron en mi primer aventura hacia mí mismo**. Ni a uno ni a otros he dejado nunca de la mano; pero una cosa es el estudio, el examen crítico, y otra la declaración de la deuda. Con los trágicos ya había yo cumplido a mi manera, ofreciendo, en los comentarios de la Ifigenia cruel, mis confesiones de helenista sentimental. Me faltaba la confesión de Goethe. Pues el caso es que en la adolescencia, cuando el sentimiento del yo se abulta como absceso, la obra de Goethe y aun la contemplación de su persona me daban aquella visión del mundo semejante a la que traemos de ciertas lecturas científicas: una objetividad y distanciamiento que devuelve a las cosas sus proporciones tolerables y que tanto ayuda para navegar las crisis de la edad. Todo panegírico de Goethe pudiera fundarse en ese poder “levitador” que de él emana: ennoblece y hasta solemniza un tanto el espectáculo de la existencia, y nos coloca ante ella en una actitud confortable. Disipa la polvareda de la chabacanería y el humo del rencor.

Mientras tenéis, oh negros corazones,

conciliábulos de odio y de miseria,

el órgano de Amor riega sus sones.

Cantan: oíd: “La vida es dulce y seria”

Tal fue el origen de estas páginas que más tarde, en el bicentenario natalicio del poeta (1749-1949), me puse a retocar lentamente. No quise someterlas a una composición estricta y conjunta. Mil tentaciones me hacían señas a lo largo de la jornada. Goethe embriaga a quienes lo siguen. O diré mejor que experimenté en alma propia aquella fábula de Simbad: a horcajadas sobre mis hombros, el terrible viejo, mil veces más fuerte que yo, me llevaba por donde quería. Y además de esta dificultad de impulso, dos dificultades de materia me salieron al paso. La primera —todos los autores fecundos la han padecido con sus críticos—, que mientras tenemos a la vista una centésima parte de la obra, olvidamos otras noventa y nueve; y en el caso de Goethe, cuyos libros son, a veces, meros racimos de fragmentos, y cuyas sentencias aisladas son tan brillantes que orillan a desvirtuarlas citándolas sin el contexto,ello ha sido causa de algunos errores de apreciación. La segunda—de carácter más hondo— es que la integración de su obra con su vida nos confunde los temas, y ellos nos transportan insensiblemente de unos a otros. Había que resignarse, pues, al tratamiento por toques sucesivos, a las insistencias y repeticiones, idas y venidas como en el juego de la oca. Ni era posible evitar que se me pegaran en el trance, y a pretexto de escolios, éstas y las otras páginas adventicias. Rayas de lápiz al margen de los libros, rinconcillos goethianos, ocios de la afición, piezas sobrantes del artilugio: de todos modos podrán entenderse mis empeños, mas no como vértebras de una monografía metódica que nunca cruzó por mi intención. Quien no acepte este orden disperso, quien sienta ausencia de un comentario orgánico, acuda a tantas autoridades que abundan y son ya harto conocidas. Goethe no cabe en mis medidas y desisto de toda síntesis. Yo sólo sigo a mi poeta desde el otro cabo de la civilización y desde la orilla distante de otra lengua, conformándome con pedirle aquellos auxilios o incitaciones que nunca me ha negado hasta ahora.

Sur, Buenos Aires, primer trimestre de 1932, núm. 5, pp. 7-85.

* Cuestiones estéticas (1911): “Las tres Electras del Teatro Ateniense” y “Sobre la simetría en la estética de Goethe”.

Alfonso Reyes, “Ante los centenarios. Rumbo de Goethe”, Obras completas XXVI, Fondo de Cultura Económica, México, 1993

Oración por Atenea política. Alfonso Reyes

No olvidéis que un universitario mexicano de mis años sabe ya lo que es cruzar una ciudad asediada por el bombardeo durante diez días seguidos, para acudir al deber de hijo y de hermano, y aun de esposo y padre, con el luto en el corazón y el libro escolar bajo el brazo. Nunca, ni en medio de dolores que todavía no pueden contarse, nos abandonó la Atenea Política.

     No quiero despedirme sin recordaros que esta divinidad tiene muchos nombres, no contando el que Zeus le prodiga en el poema homérico (“querida ojizarca”) que más bien es un apodo paternal cariñoso. Repetir los nombres de las divinidades es una forma elemental de plegaria. Orar quiere decir hablar con la boca. Oremos:

Atenea, además de Polías o política, se llama Promacos, que viene a ser campeón en las armas, diosa campeadora; se llama Sthenias o pederosa, Areia o de bélica naturaleza. Y todo esto significa que nunca deja de enmohecerse su tradición, sus victorias pasadas, sino que a cada nueva aurora madruga a combatir por ellas. Atenea se llama también Bulaia, porque asiste y juzga en los consejos, porque sofrena la cólera del héroe tirándole oportunamente por las riendas de la cabellera; y se llama Ergane, maestra de artesanos, por donde la escuela y el taller se confunden. Por último, Atenea es Kurótrofos, nutriz de los retoños, diosa que alimenta los nuevos planteles de hombres. Protectora de los muchachos, ella os defienda y os ampare, ella os guíe, ella os fatigue y os repose.

Alfonso Reyes, “Atenea política”, Universidad, política y pueblo, UNAM, México, 1967, pp. 97-98

Salambona. Por Alfonso Reyes

¡Ay, Salambó, Salambona,
ya probé de tu persona!

¿Y sabes a lo que sabes?
Sabes a piña y a miel,
sabes a vino y a dátiles,
a naranja y a clavel,
a canela y azafrán,
a cacao y a café,
a perejil y tomillo,
higo blando y dura nuez.
Sabes a yerba mojada,
sabes al amanecer.
Sabes a égloga pura
cantada con el rabel.
Sabes a leña olorosa,
pino, resina y laurel.
A moza junto a la fuente,
que cada noche es mujer.
Al aire de mis montañas,
donde un tiempo cabalgué.
Sabes a lo que sabía
la infancia que se me fue.
Sabes a todos los sueños
que a nadie le confesé.

¡Ay, Salambó, Salambona,
ya probé de tu persona!

Alianza del mito ibérico
y el mito cartaginés,
tienes el gusto del mar,
tan antiguo como es.
Sabes a fiesta marina,
a trirreme y a bajel.
Sabes a la Odisea,
sabes a Jerusalén.
Sabes a toda la historia,
tan antigua como es.
Sabes a toda la tierra,
tan antigua como es.
Sabes a luna y a sol,
cometa y eclipse, pues
sabes a la astrología,
tan antigua como es.
Sabes a doctrina oculta
y a revelación tal vez.
Sabes al abecedario,
Rtan antiguo como es.
Sabes a vida y a muerte
y a gloria y a infierno, amén.

Río de Janeiro, 20 de agosto, 1935

Tomo X, Obras completas, Fondo de Cultura Económica, México, 1996, pp. 157-158

 

El Vitruvio espiritual de Alfonso Reyes. Por Jesús Silva-Herzog Márquez

El poeta puede verlo todo en cada cosa. Nada es sólo lo que es. Y bien visto, es todo lo demás… hasta su opuesto. En el poema el ser se desparrama en significados. El universo en cada partícula de polvo. Así lo muestra William Blake en sus Augurios de la inocencia:

Para ver el mundo en un grano de arena,
Y el Cielo en una flor silvestre,
Abarca el infinito en la palma de tu mano
Y la eternidad en una hora.

Cuando una publicación bogotana preguntó a Alfonso Reyes su regla filosófica, el ensayista dudó responder. Imposible sintetizar las cuerdas contradictorias de su entendimiento, las líneas incompletas de su orientación intelectual. La simpleza de la pregunta periodística, sin embargo, lo sedujo: ¿cuál sería, en efecto, el principio filosófico que mayor influencia espiritual había tenido en su vida? Se dispuso entonces a bosquejar una respuesta. El escritor no acudió a sus clásicos para encontrar respuesta. Si se atrevió a delinear una imagen de su doctrina vital en una notita a la que tituló “ Anatomía espiritual” fue porque se miró al espejo. Su filosofía quedaba revelada en su cuerpo. Todo hombre, sacando lección de su cuerpo, podría descubrir su escuela, su ideario. El apunte de Reyes es apenas un bosquejo. Una cruda relación de ideas descosidas. Este comentario es más extenso que su nota.

La frente lanza la primera advertencia. Somos débiles y pequeños. Nuestro paso por el mundo es fugaz. No somos el centro del universo. La roca de su filosofía está ahí: es la determinación de no engañarnos, de no mentirnos, no consolarnos en la mentira. “La primera, en la frente”, dice el moralista, recordando esa expresión popular que entiende el beneficio de recibir, cuanto antes, el golpe de las malas noticias. El mal existe, somos criaturas dolientes, el universo es indiferente a nuestra desgracia. Para los dioses nuestros fines son risibles. La enseñanza es clara para Reyes: si queremos afirmar la libertad, hemos de reconocer estoicamente el contorno de estas verdades. Nuestra libertad, dijo en otra parte, ha de estar en la bravura de nuestra imaginación. Si el cuerpo nos somete a lo dado, la fantasía nos desanuda.

En los ojos Reyes ve reverencia antes que curiosidad. Bajo los párpados vive el apetito de la contemplación. En busca de belleza, la mirada alumbra la Estética. Desde luego, no es, para Reyes, sólo un puente a la hermosura, sino la vía de una peculiar sabiduría. La observación atenta y amorosa del mundo, la celebración de las armonías y disonancias del mundo conducen a la verdadera comprensión: ver para entender, es decir, para apreciar. Hay que permitirle a la mirada que aloje la desinteresada fiesta de la belleza.

La boca saborea la expresión. Los labios ofrecen el placer de la comunicación, la aventura de la seducción. Ahí se encuentra, al mismo tiempo, la raíz de la Poética y de la Erótica. La palabra, “suma voluptuosidad, suma sensualidad”, es la primera morada común. Poesía y erotismo brotan de la boca en busca del diálogo, de la comunión. La voz es la esperanza de los solitarios, el vehículo de la amistad. El ensayista recordaba a la Celestina cuando le decía a Pármeno: “De ninguna cosa es alegre posesión sin compañía”. Los libros y las experiencias que no son compartidas en el diálogo sólo pueden alegrar a los locos. En la conversacion “está todo el sabor del mundo”.

El poder y la necesidad radican en el vientre. Por ahí andan las costillas del orgullo y los recipientes del almuerzo. Asuntos, confiesa Reyes, que no entiende bien: Economía, Economía Política, Política. Sólo acierta a las preguntas: “¿Acaso aquí el anhelo de independencia, de libertad? ¿Libertad para qué? Para conquistar el ocio. ¿El ocio para qué? Para trabajar siempre en lo que yo quiera. Y trabajar siempre en lo que yo quiera ¿no sería más bien jugar? Tal vez”. El apunte nos deja tarea para pensar: quizá las majestades y las leyes, las industrias y los precios tienen como último propósito el juego.

Pero no vivimos para el recreo solamente. El corazón, órgano de la moralidad, nos lo recuerda con el golpe tenaz de sus latidos. El ritmo bombea una voluntad moral de levantarnos sobre las bestias, como dice en su Cartilla moral. Todo triunfo humano encamina al bien. Ni cerebro, ni vientre, ni sexo ni mandíbula. Reyes era corazón, dijo Octavio Paz al enterarse de su muerte. “Vaivén de la sangre, mano que se abre y se cierra: dar y recibir y volver a dar”.

Y, finalmente, nuestros extremos: manos y pies. Las manos son la acción, los pies la sensatez. Esculpiendo la materia, las manos revelan los tres principios de toda acción: “1) rigor en lo esencial; 2) tolerancia en lo accesorio; 3) abandono de lo inútil”. Los pies cuentan la fábula del astrónomo al revés: ver el piso a la luz del día y afirmar la planta al suelo. Seguir siempre las invitaciones de la circunstancia.

Ahí concluye Alfonso Reyes su Vitruvio espiritual: “creo que es inútil continuar más debajo de los pies”.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver.

Fuente:

http://www.nexos.com.mx/?p=29762

Rubén Darío, genio municipal. Por Alfonso Reyes

Con todo,  yo tuve que hablar en una Glorieta de Madrid, en la última Fiesta de la Raza. Cuando sepáis que se trataba de bautizar esa Glorieta con el nombre de Rubén Darío, me perdonaréis mi alarde oratorio. Dije así:

Por delegación del Excelentísimo Señor Ministro de Cuba (a quien corresponde el derecho de antigüedad), toca al representante de México la honra inapreciable, de dar las gracias al Ayuntamiento de Madrid, en nombre del Cuerpo Diplomático hispano-americano —y seguramente interpretando él sentir de tantas naciones—, por la consagración que acabáis de hacer, señor Alcalde, de la Glorieta del Cisne, al alto poeta de los cisnes.

Pero habéis pronunciado, junto al nombre de Rubén Darío, otros nombres, para los americanos sagrados, que arrebatan mi atención a otra parte. Felicitémonos porque nos ha sido dable presenciar la hora en que las glorias de América pueden redundar en gloria de España. Renuncio a evocar siquiera la enorme suma de esfuerzos de comprensión que a uno y otro lado del mar ha hecho falta para que sea posible proponer, en la capital del orbe hispano, homenajes y recuerdos a los padres de América. Sois, españoles, ejemplares en la cordialidad generosa al reconocer y aceptar los valores humanos definitivos, así sean los del otro campo, y (según acabamos de verlo, por la vibrante carta de Grandmontagne) la misma severidad excesiva que adoptáis para juzgaros a vosotros mismos —heroica condición crítica de la mente, que alguna vez ha sido explotada en contra vuestra— se convierte en un extraño y viril desprendimiento, casi impolítico en ocasiones, siempre conmovedor y valiente, para reconocer, cuando es justo, la grandeza del contrincante. Habéis hecho, en la larga historia, un viaje a la tierra de las ambiciones y los poderes. Y estáis de regreso, entre el asombro de los que no siempre aciertan a entenderos, con una filosofía sencilla, en que muchas veces las contradicciones se avienen, formando una síntesis moral superior a los extravíos que todavía están costando a los pueblos lágrimas y sangre.

¡Feliz acuerdo el de consagrar en la Fiesta de la Raza un homenaje a la memoria del mayor poeta de la lengua durante los últimos siglos! Su nombre, desde hoy, queda incorporado a la vida diaria, callejera, de vuestra graciosa ciudad. Y, por justa paradoja y compensación, he aquí que convertís al solitario, al desigual, al rebelde y altivo genio, al pecador torturado y elegante, al león entre tímido y bravío, que de pronto se acobardaba y de pronto comenzaba a rugir, al melancólico que cruzaba la vida “ciego de ensueño y loco de armonía”, al hijo terrible de un Continente que es todo el un grito de insaciados anhelos, a nuestro Rubén Darío, el menos municipal de los hombres, en algo tan benéfico y manso como un Genio Municipal. Acógelo la divinidad que reina en las plazas y en las calles, y nosotros —buenos hijos de Roma— saludamos con ritos públicos, bajo el cielo de otoño, al héroe mensajero de las primaveras americanas.

La obra de Rubén Darío fue obra de concordia latina. América, desde la hora de su autonomía, venía padeciendo las dos circulaciones contrarias del ser que se arranca de la madre. Y mientras, por una parte, la expresión del alma española se purificaba en los mejores gramáticos que ha tenido la lengua —los americanos Andrés Bello, Rufino José Cuervo, Rafael Ángel de la Peña, Marco Fidel Suárez—, por otra se dejaba sentir una honda conmoción de sublevaciones más que juveniles: “¡Desespañolicémonos!”, gritaba el argentino Sarmiento. “¡Desespañolicémonos!”, gritaba el mexicano Ignacio Ramírez, en controversia contra vuestro gran Castelar… Éstos no eran independientes; no están aún desarticulados del centro hispano; eran todavía hijos adolescentes que se alzan contra las tradiciones y costumbres caseras, por su misma incapacidad de reformarlas a su gusto. Más tarde llegará la hora adulta, la hora ‘en que el americano pueda amar a España sin compromisos, sin explicaciones y sin protestas. La hora en que, sintiéndose otro, el hombre se siente semejante a sus familiares y como justificado en ellos. Los Dióscuros americanos Rubén Darío y José Enrique Rodó trazan, en trayectorias gemelas, esta elocuente declinación hacia España. Habéis escogido la más alta realización de América para sellar, con su recuerdo, la Fiesta de la Raza, y resulta que, de paso, habéis escogido el nombre de aquel en quien con más plenitud se expresa esta voluntad de amor a España por parte de una América ya emancipada y ya consciente de sus destinos. Porque ya no está a discusión —sino entre los necios y los sordos— el radical casticismo de Rubén Darío. “Francesismo”, se ha dicho. Y es verdad, porque Rubén Darío trajo a la masa de la lengua española, trajo a la atmósfera del alma española, cuanto el mundo tenía entonces que aprender de Francia. Acaso su condición de hijo de América le ayudaba a dar el salto mortal del espíritu. Nicaragua pesa sobre la mente mucho menos que España, y fue uno de los hijos más pobres el que se echó al mundo a conquistar, para toda la familia, las cosas buenas que entonces había por el mundo. Y un día volvió —hoy así lo vemos— cargado y reluciente de joyas, como un rey de fábulas.

En la gran renovación de la sensibilidad española, que precipita a América sobre España —donde España puede ya sacar el consuelo de sentirse reivindicada por los mismos a quienes se pretendía presentar como víctimas del error hispano—, Rubén Darío desató la palabra mágica en que todos habíamos de reconocernos como herederos de igual dolor y caballeros de la misma promesa. Poeta sumo, hombre vertiginoso, alma traspasada de sol, tramó con lo más íntimo de sus ternuras y lo más atronador de sus furores la escala de hexámetros de oro, el himno de esperanza más grande que vuela sobre las alas de la lengua:

¡Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda!

¡Espíritus fraternos, luminosas almas, salve!

Alfonso Reyes, “Rubén Darío, genio municipal”, Glorieta de Rubén Darío, América, Obras completas IV, Fondo de Cultura Económica, México, 1956, pp. 318-320.

Conversación entre Valéry Larbaud y Alfonso Reyes

Virgilio es decididamente el poeta de todos los pueblos. A la vez que aparece la obra de T. J. Haarhoff, Vergil in the experience of South Africa (Oxford, Blackwell) -cuya tesis no tiene nada de caprichoso, al acercar hasta el alma de los boers ciertos ideales virgilianos- algunos, en México, hicimos un esfuerzo por demostrar que Virgilio también a nosotros nos pertenece. Por mi parte, y en mi medida, tomé la materia virgiliana, que lleva dos mil años en la elaboración en la mente de los hombres, como zona de pensamiento, y me atreví a ver a través de ella, como a través de una lente, el espectáculo de México. Mi punto de vista recibe la confirmación más hermosa en estas palabras de Valéry Larbaud:

París, 10 de noviembre de 1931.

Sí, la Eneida es el poema de la Conquista: en ella podrían insertarse las ilustraciones de aquellos libros de los siglos XVI y XVII que se refieren a los viajes y a las empresas de los conquistadores, a las entrevistas con los caciques, las guerras con los indios, la penetración por vía fluvial de países desconocidos. Todo es transportable del Mediterráneo y del Lacio al Atlántico, a las Antillas y a tierra firme. Por ejemplo, he aquí un epígrafe para una descripción de México, o del Perú, antes de la llegada de Cortés, o de Pizarro:

Nunc age, qui reges, Erato, quae tempora rerum, Quis Latio antiguo fuerit status, advena classem Quum primun Ausniis excersitus appulit oris Expediam…

Préstame ahora tu auxilio, ¡oh Erato!, para que diga cuáles fueron los reyes, cuáles los remotos sucesos, cuál el estado del antiguo Lacio, cuando un ejército extranjero arribó por primera vez en sus naves a las playas ausonias. 

A decir verdad, los hechos relatados en la Eneida son de corto alcance, en comparación con la conquista de América, pero el tono épico los magnifica. Y la igualdad poética es completa entre Colón, el Adelantado, Ojeda, Balboa, Cortés, etcétera, y Eneas; así como lo es entre los caciques de México y el Perú. En cuanto a las Geórgicas, es el poema que muestra cómo se da valor a los territorios conquistados, una vez pasada la “fiebre de oro” de los primeros momentos, y tal poema es aplicable dondequiera que haya valles y fértiles llanuras. Acaso Virgilio y la parte lírica de la Biblia (los Salmos, el Cantar de los Cantares en Sor Juana Inés de la Cruz) y, hasta cierto punto, Ovidio, estén en la base de la lírica del Nuevo Mundo.

Alfonso Reyes, “Apéndice sobre Virgilio y América”, Universidad, política y pueblo, UNAM, 1967, pp. 65-66

Fernando Curiel (ed.). Casi oficios : cartas cruzadas entre Jaime Torres Bodet y Alfonso Reyes, 1922-1959. Por Serge Ivan Zaïtzeff

En años recientes la vasta correspondencia del humanista Alfonso Reyes (1889-1959) con sus amigos mexicanos ha visto la luz en un número creciente de ediciones. Al lado de Julio Torri, Mariano Silva y Aceves, Martín Luis Guzmán, Antonio Castro Leal, Manuel Toussaint, Xavier Icaza, Rafael Cabrera, Genaro Estrada y José Vasconcelos (en una nueva edición), ahora figura Jaime Torres Bodet (1902-1974). Del autor de Biombo sólo se conocían algunas cartas sueltas dirigidas a sus compañeros de generación así como a Miguel N. Lira, Ermilo Abreu Gómez y Genaro Estrada y es por eso que Casi oficios viene a ser una grata sorpresa. Es de suponer que ésta debe ser la correspondencia más sostenida de Jaime Torres Bodet (durante 37 años) y la más nutrida del diálogo de Alfonso Reyes con los Contemporáneos. Todo lo cual ya da a este volumen una innegable importancia.

Las 178 cartas recogidas en este tomo pulcramente editado por dos de las instituciones de mayor prestigio en México, se agrupan en tres períodos (o trechos): 1922-1939, 1940-1949 y 1949-1959. En el primero —el cual en realidad termina en 1935— predominan las cartas de Torres Bodet (45 de las 49) quien audazmente entabla la conversación con el escritor mayor radicado en Madrid. El pretexto es literario y literaria será la amistad que unirá a estos dos hombres ejemplares. El joven poeta busca la aprobación del maestro y éste se la da en seguida. Con su característica generosidad Reyes no sólo expresa su admiración por los versos juveniles de Torres Bodet (quien contaba con apenas veinte años) sino que le ofrece su amistad. A Torres Bodet le urge ser reconocido y Reyes es quien lo puede ayudar y animar. Reyes siempre vio con interés los anhelos estéticos de las nuevas promociones y aceptó colaborar en sus revistas. Así, la amistad con Torres Bodet lo lleva a participar en La Falange y sobre todo en Contemporáneos. Desde 1922 se establece entre ambos escritores un constante intercambio de libros y colaboraciones que durará toda la vida.

Durante la visita de Reyes a México en 1924 los dos corresponsales por fin se conocieron y aunque fue breve el contacto, contribuyó a fortalecer los lazos de simpatía, lo cual se manifiesta en un tono un tanto más personal pero sin llegar a la intimidad. Sólo en un par de ocasiones Torres Bodet se atreve apenas a cruzar esa línea al aludir a lo que siente (cuando se encuentra en París) para luego retroceder al terreno mucho más cómodo para él de las tareas literarias. No se trata de falta de afecto o de confianza sino sencillamente de exceso de pudor. Reyes respeta esta distancia impuesta por su interlocutor y le corresponde evitando confidencias y confesiones las cuales reservará más bien para otros amigos como, por ejemplo, Julio Torri o Genaro Estrada. Cada amistad es única y encuentra su propio tono, su propio lenguaje, de acuerdo con la personalidad y sensibilidad de cada amigo. A final de cuentas la verdadera amistad no es más que la comprensión mutua, condición que se revela a lo largo del presente intercambio epistolar a pesar de su tono objetivo y aun oficinesco. Cartas que son “Casi oficios”, según la acertada expresión de Curiel. Toda correspondencia nos hace revivir una época a través de su propia óptica. En este caso se ve el fracaso inicial (en 1925) y luego el triunfo de Contemporáneos, la polémica desatada por Los de abajo, el proyecto de hacer una nueva antología de la poesía mexicana y siempre los libros de don Alfonso (Ifigenia cruel, Pausa, Cuestiones gongorinas, Fuga de Navidad, etc.) que invariablemente despiertan el entusiasmo de Torres Bodet. Las cartas de este último siguen el itinerario diplomático de Reyes por Madrid, París y Buenos Aires y en 1929 el propio Torres Bodet emprende la misma ruta con su primer puesto en la Legación de México en Madrid. Caminos paralelos o con paralelos (como dice Curiel) son los que recorren Torres Bodet y Reyes en sus vidas literarias y profesionales (es decir, la diplomacia). En cada capital el joven diplomático siente la presencia de su compañero cuyos amigos llegan a ser los suyos. Cambia la geografía pero no la devoción. Las cartas alfonsinas son una auténtica fuente de placer para Torres Bodet quien siempre necesita estímulo. Le agrada leer Monterrey —el correo literario de Alfonso Reyes en Río de Janeiro a partir de 1930— y en alguna ocasión figura en sus páginas. Aprecia los comentarios de Reyes sobre su Destierro y a su vez resalta las cualidades de El testimonio de Juan Peña, Casi cinco sonetos y A vuelta de correo entre otros. Ante tal productividad Torres Bodet le hace la inevitable pregunta: “¿Cómo hace usted para conciliar esta labor con la charla de lejos con los amigos?” (p. 73). Cabe recordar que entre sus corresponsales (además de los ya mencionados) se destacan también Pedro Henríquez Ureña, José María Chacón y Calvo, Gabriela Mistral, Victoria Ocampo, Jorge Luis Borges, Ramón Gómez de la Serna, Enrique Díez-Canedo y muchísimos más. El material epistolar de Alfonso Reyes alcanza dimensiones verdaderamente deslumbrantes. Además, la sostenida alta calidad de los libros que va publicando Reyes impresiona profundamente a Torres Bodet quien lucha en vano en contra del tiempo que le quita la burocracia. Con todo, éste dedicará su vida al servicio público en puestos cada vez más prestigiosos mientras que el regiomontano abandonará la “carrera” y se reintegrará a la vida capitalina en 1939. A pesar de la casi inexistencia de misivas alfonsinas durante este primer período, las cartas de Torres Bodet logran reflejar la vida de Reyes —sus pasos, sus huellas, sus libros. Y sobre todo representan un testimonio de simpatía, de afecto y de admiración.

Al segundo trecho sólo pertenecen 14 cartas (6 de Torres Bodet y 8 de Reyes) las cuales van desde enero de 1941 hasta marzo de 1949 cuando Torres Bodet ocupa los cargos más altos en Relaciones Exteriores, Educación Pública y la UNESCO. El hecho de vivir los dos amigos en la misma ciudad de México (hasta 1948) explica quizás la escasez de cartas —más bien recados (semi)oficiales. Desde París el nuevo Secretario General de la UNESCO muestra su enorme admiración por su amigo Reyes al invitarlo a encabezar la Delegación Permanente de México ante aquel organismo, pero Reyes se ve obligado a rechazar ese honor por motivos de salud y de trabajo. Ni la amistad de Torres Bodet ni la atracción de París logran apartarlo del rumbo que se ha fijado, o sea hacer “algunos libros”.

Con la presencia de Torres Bodet en la capital francesa, primero en la UNESCO y luego como Embajador de México (1952-1958), el contacto epistolar entre ambos corresponsales aumenta considerablemente. De hecho, se incluyen en el último trecho (1949-1959) 60 cartas de Torres Bodet y 53 de Reyes. En general se trata de un período de intensa colaboración y de ayuda mutua. Incesantemente Torres Bodet le solicita artículos y notas de diversa índole así como opiniones y sugerencias. Siempre cuenta con Reyes quien cumple invariablemente con gusto y eficacia. Torres Bodet no deja de pensar en su compatriota a la hora de necesitar algún trabajo sobre Goethe, Sor Juana o Julio Verne. A su vez Reyes confía enteramente en Torres Bodet para corregir sus textos. Existe una perfecta armonía entre los dos amigos: “Siempre acordes como dos violoncellos” (carta de Reyes a Torres Bodet, 22 de abril de 1955). Inclusive en momentos muy difíciles Reyes sigue ejecutando con “heroísmo” (palabra de Torres Bodet) los encargos de ese “guerrero siempre arriba de su caballo o al pie del cañón” (p. 119). Hasta la última carta (8 de septiembre de 1959) Torres Bodet y Reyes se consultan, se prestan servicios y se admiran mutuamente. Y sobre todo se esconde detrás de la formalidad y de la cortesía extrema de esa correspondencia un entrañable afecto, una verdadera comprensión. Lo que falta, sin embargo, es la auténtica comunicación entre dos grandes amigos y escritores.

Igual que en trabajos anteriores, Fernando Curiel —reconocido epistológrafo reyista— ha hecho una excelente edición. Abren el volumen un prólogo que ofrece los datos pertinentes a la trayectoria paralela de Torres Bodet y Reyes, una caracterización del epistolario y una justificación por dar a conocer estos “casi oficios”. Además, el sistemático y lúcido Curiel introduce cada uno de los tres trechos de la correspondencia con unas útiles observaciones (Sinopsis, Estadística, Comentario general). Acompañan las cartas amplias notas que proporcionan toda la información necesaria para una lectura provechosa del material epistolar. Como apéndice se recogen siete “textos contiguos” —esencialmente de ambos corresponsales— que contribuyen a un mayor conocimiento del tema. A manera de epílogo, Alicia Reyes traza una evocación muy personal y conmovedora de su “otro abuelo”, de “Jaime-abuelo”. Esta edición, en la cual no falta nada, concluye con una lista de las “Principales figuras mexicanas aludidas” (casi un índice onomástico) y una bibliografía. Casi oficios es lectura obligatoria para conocer más a fondo a dos de los pilares de la cultura mexicana moderna: el ateneísta Alfonso Reyes y el Contemporáneo Jaime Torres Bodet.

Lección inaugural de José Emilio Pacheco en la Cátedra Alfonso Reyes en Cuernavaca (2005)

José Emilio Pacheco Cátedra Alfonso Reyes en Cuernavaca 1997-2017- Veinte años.
Conferencia: Alfonso Reyes en Cuernavaca por el Dr. José Emilio Pacheco.
(Ceremonia inaugural de la Cátedra Alfonso Reyes en Cuernavaca en la UAEM. 21 de enero de 2005)
Parte 1, discurso del Rector de la UAEM. Psic. René Santoveña.
Lección inaugural de la Cátedra Alfonso Reyes en Cuernavaca, UAEM, 21 de enero de 2005. Presidium: Alicia Reyes, José Emilio Pacheco, José Luis Martínez, Adolfo Castañón, Vicente Quirarte.
Parte 2 Inicio de la conferencia Alfonso Reyes en Cuernavaca por el Dr. José Emilio Pacheco.
Lección inaugural por el Dr. José Emilio Pacheco: Alfonso Reyes en Cuernavaca, 21 de enero de 2005. La Cátedra Alfonso Reyes en Cuernavaca se fundó con esta fecha en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos UAEM, estuvo en operación los años 2005 a 2006 durante el rectorado del Psic. René Santoveña Arredondo.  Presidium: Alicia Reyes, José Emilio Pacheco, José Luis Martínez, Adolfo Castañón, Vicente Quirarte.
Parte 3 Final de la  conferencia: Alfonso Reyes en Cuernavaca por el Dr. José Emilio Pacheco.
La Cátedra Alfonso Reyes en Cuernavaca se fundó con esta fecha en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos UAEM, estuvo en operación los años 2005 a 2006 durante el rectorado del Psic. René Santoveña Arredondo.

“Nota preliminar”; Universidad, política y pueblo de Alfonso Reyes. Por José Emilio Pacheco

En Inglaterra un libro de C. P. Snow, Las dos culturas y la revolución científica, planteó el problema que entraña para la sociedad contemporánea el abismo que separa a los intelectuales de los científicos. La rapidez con que se desarrollan los procesos de cambio en nuestra época, la urgencia de terminar con la disparidad entre las naciones industrializadas y los países subdesarrollados que forman el Tercer Mundo, demuestran que salvar ese abismo resulta una obligación inaplazable. Si las humanidades y las ciencias se apartan no habrá sociedad capaz de pensar con cordura. Por la vida intelectual, por la sociedad de Occidente que vive rodeada de la extrema miseria, por los pobres que dejarán de serlo si hay inteligencia en el mundo, la educación debe mirarse con nuevos ojos. Ciertamente, no solucionará todos los problemas; pero sin la educación no podemos enfrentarnos a ellos. Todos tenemos que aprender unos de otros. Queda muy poco tiempo. Y lo peligroso es que nos criaron como si tuviéramos el tiempo de los siglos.

Casi treinta años antes de C. P. Snow, Alfonso Reyes manifestó propósitos en gran medida coincidentes al intentar una filosofía de la cultura, orientada hacia el caso concreto de Hispanoamérica, que defiende la universalidad y la tradición como condiciones de nuestro porvenir intelectual.

En Reyes la palabra “humanista” define antes que al estudioso de la antigüedad clásica al hombre consciente de sus responsabilidades sociales, dueño de una cultura no asediada por las limitaciones de la especialización excesiva, aficionado a otras disciplinas que le permitan conocer mejor la propia, ávido en fin de mantenerse al tanto del progreso científico para tratar de que su empleo se encauce en beneficio del mundo. Al advertirnos contra los peligros crecientes de la especialización, Reyes no defiende la superficialidad, el conocimiento ligero de todo y profundo de nada: “defiende la profesión general del hombre”, afín a la corriente enciclopedista del XVIII que propició la independencia para combatir las iniquidades sociales mediante la difusión del conocimiento científico y filosófico.

universidad-politica-y-pueblo

Así, Reyes se propone definir la naturaleza de la cultura y los deberes que impone a quienes la sirven, trata de hallar un medio que eleve a Hispanoamérica al plano de la cultura universal sin que ello implique la renuncia a los valores humanos fundamentales de su tradición. La cultura es el patrimonio común a todos los miembros de una sociedad. Es la obra en que se expresa la inteligencia -la facultad más específicamente humana- cuyo objeto característico es unificar, establecer sistemas regulares de conexiones. Esta función en el orden del espacio comunica a los coetáneos y se llama cosmopolitismo; en el orden del tiempo comunica a las generaciones y se llama tradición.

Al incorporar a sus Obras completas varios de los ensayos que forman este libro, Reyes señalaba que algunas palabras han cambiado de sentido y hasta se han vuelto de revés. “No se impacienten las Furias Políticas y procuren entender las cosas conforme al lenguaje de su momento.” Por eso, aunque él empleaba “cosmopolitismo” en su sentido griego y no en la trivial connotación de nuestros días, acaso sea preferible ahora el impreciso término de “universalidad” para referirse al esfuerzo de la inteligencia por unificar espiritualmente al hombre, hacer triunfar la unidad del género humano contra el racismo o el clasismo, convertir la Tierra en una morada menos injusta y menos infeliz para todos.

Por su parte, la tradición es el esfuerzo de la cultura que busca unificarse a sí misma, establecer la continuidad de su obra a través del tiempo, asegurar el aprovechamiento de las anteriores conquistas por las nuevas generaciones. Si el deber del intelectual, de todo hombre que ha tenido acceso a los beneficios de la cultura, es fomentar el mutuo conocimiento que acerque espiritualmente a los hombres, ello es aún más imperioso en nuestros países cuyo progreso depende su unión y la democratización de las instituciones. El cauce natural para aglutinar tales elementos es la tradición hispano-latina. Estos valores y no los de las culturas aborígenes, constituyen el núcleo de la cultura en Hispanoamérica. De ellos debe partir a la realización de su destino: ser cuna de la “raza cósmica”, del nuevo mundo.

No hay que olvidar que estas nociones preceden al redescubrimiento del legado prehispánico y son anteriores al trágico sentido que el término raza adquirió bajo el nazismo. Ya en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, Reyes combatió la idea de superioridad y definió la raza como un concepto sin fundamento científico ni consecuencia ninguna sobre la dignidad e inteligencia humanas, uniformes en principio cuando se ofrecen iguales oportunidades. En vez de razas, habló de culturas: porque todos los pueblos son mestizos y las grandes civilizaciones fueron producto del hibridismo. Olvidarlo es poner la ciencia al servicio del fraude. En otro ensayo de esta época Reyes defendió cómo la defensa de la cultura y la civilización podía ser una de las falacias del imperialismo moderno -al lado de “espacio vital”, “supremacía racial”, “prestigio de país”- falacias con que se trata de rodear de misticismo a la guerra y enmascarar de cruzada heroica, patriótica y civilizadora lo que sólo es la lucha de privilegios, mercados y colonias. De esta manera, un escritor como Alfonso Reyes que fue censurado por su excesivo respeto a la opinión ajena, no vaciló en escribir que a fin de alcanzar la paz y la armonía entre los pueblos, hay que luchar contra las naciones imperialistas y conquistadoras hasta vencerlas para siempre.

Reyes entendió la tarea del escritor como obra de servicio y esclarecimiento. No es otra la unidad en la diversidad que liga los diferentes ensayos de este libro. Maestro en el mejor sentido de nuestra idea moderna de la Universidad que no nos hace oyentes o lectores pasivos, sino que orienta el juicio y la voluntad para que cada uno libre y espontáneamente derive sus propias conclusiones, “la importancia de Reyes -escribió Octavio Paz- reside sobre todo en que leerlo es una lección de claridad y transparencia. Al enseñarnos a decir, nos enseña a pensar”.

Es difícil encontrar una respuesta más precisa al debate sobre el nacionalismo que un concepto de Reyes presente en muchos de sus textos pero resumibles en dos sencillas frases: Nada puede sernos ajeno sino lo que ignoramos. Seremos mejores mexicanos en la medida en que hagamos mejores cosas.

No es otra la voluntad que alienta en el Discurso por Virgilio, tentativa de rescatar las humanidades para el conocimiento mexicano, borrar la creencia de que la tradición cultural es un peso muerto o el privilegio de una casta, y que no importa al pueblo atareado en las urgencias vitales. “Quiero el latín para las izquierdas, porque no veo la ventaja de dejar caer conquistas ya alcanzadas. Y quiero las humanidades como vehículo natural para todo lo autóctono”. Aquí Reyes comprueba que Virgilio también nos pertenece. En las Geórgicas se cumple el sueño del hombre libre: no hay capataz ni peón sino el campo poseído por el mismo que lo cultiva. Hidalgo es un héroe virgiliano. La actitud de Moctezuma ante Cortés se diría idéntica a la del rey Latino ante Eneas. Incluso una comparación inscrita en La Eneida nos da la figura exacta del escudo de México, tal como se le ve en las armas nacionales.

Quizá lo más importante de este capítulo sea la reducción del optimismo americanista a sus justas, fecundas proporciones. La hora de América no significa que se hunda Europa y nos levantemos bajo una lluvia de virtudes ofrendadas por gracia. Quiere decir que apenas comenzamos a dominar el utensilio europeo, a igualar el cuadro de la civilización en que Europa nos metió de repente. Aunque se opere según las leyes del combate, el alzamiento de los pueblos postrados será una incorporación: el vencedor absorberá las virtudes del enemigo muerto como sucedió entre Grecia y Roma. A nada conduce insistir desde América en la división de Oriente y Occidente. Faltos de un criterio para proceder a esa síntesis sobrehumana, viviremos en crisis por más de un siglo. El resultado no será oriental ni occidental sino amplia y totalmente humano. Mientras tanto debemos acoger todas las conquistas, procurando con todas ellas una elaboración sintética.

Atenea política aclara lo que Reyes entiende por tarea unificadora de la inteligencia. Unificar no entraña la renuncia a los sabores individuales de las cosas, a lo inesperado, a la parte de la aventura que la vida ha de ofrecer para ser vida. No estanca: facilita el movimiento. No despoja a las cosas de su expresión propia: establece entre todas ellas un sistema regular de conexiones. El ideal de la unificación, la más noble conquista de la inteligencia, se llama idea de paz. Cuando la inteligencia trabaja como agente unificador se llama cultura, se desarrolla en el pasado, se recoge en el presente y se orienta hacia el porvenir. Todos sabemos que al asegurar el presente afirmamos el porvenir. Pero no todos estamos convencidos de que sólo se puede asegurar el futuro mediante la asimilación del pasado, lo cual no significa ser retrógado ni conservador. Aprovechar las tradiciones no es un paso atrás sino un paso adelante, si sabemos orientarlo en una línea maestra que desdeñe el azar. Por lo demás, no todo lo que ha existido funda tradición.

Reyes se pronuncia contra la teoría que nos hace héroes ante nuestros ojos por el solo hecho de vivir en estos tiempos difíciles. “Además, nos sentimos incitados a la pereza, lo cual parece que es muy agradable: si nada nos enseña el pasado, ¡a cerrar los libros! Así se distrae a la juventud del ejercicio y el estudio que han de ser toda su defensa para mañana, con la consoladora perspectiva del fin del mundo, propio consuelo de cobardes.”

El fruto verdadero de las culturas es, en suma, la resistencia moral para los reveses y casualidades exteriores. Reyes, estudiante perpetuo, aconsejaba la vida de la cultura como garantía de equilibrio en medio de las crisis morales. Querer encontrar este equilibrio -añade en Homilía para la cultura- en el solo ejercicio de una actividad técnica sin dejar abierta la ventana a la circulación de las corrientes espirituales, conduce a una manera de desnutrición y de escorbuto. Este mal afecta al espíritu, a la felicidad, al bienestar y hasta la misma economía. Después de todo, economía quiere decir recto aprovechamiento y armoniosa repartición entre los recursos de subsistencia. El desvincular la especialidad de la universalidad equivale a cortar la raíz, la línea de la alimentación. La realidad se empeña siempre en destrozarnos. El objeto de la cultura es reconstruirnos incesantemente. Los distintos órdenes del saber se interrelacionan, unas disciplinas ayudan a las otras. El estudio de materias distintas no desvía la personal afición, ante las nutre y enriquece. Una sola rama del conocimiento puede conducirnos al más amplio contacto humano si nos mantenemos en el propósito de abrir los vasos comunicantes.

La segunda parte de este libro agrupa ensayos sobre temas nacionales: “México en una nuez”, introducción a nuestra historia conveniente para públicos extranjeros y recordatorio de las líneas esenciales para el lector mexicanos, es un modelo de resumen y un ejemplo de lo que pueden ser los trabajos en clase. “Recuerdos preparatorianos”, evocación e invocación de la adolescencia, iba a integrarse a las Memorias de Alfonso Reyes, obra de la que sólo alcanzó a terminar los dos primeros tomos: Parentalia (1959) y Albores (1960).

Pasado inmediato examina la atmósfera política y universitaria del tiempo en que se formaron Reyes y su generación: la etapa del Centenario, cuando al pueblo,  en el despertar de un sueño prolongado, quería ya escoger por sí mismo y pasar a nuevo capítulo de su historia. Porque la historia parecía ya parte de la prehistoria. México era -a juicio de la clase dominante- un país maduro, no pasible de cambio, en equilibrio final que había superado las revoluciones y también la era metafísica. Los antiguos positivistas, reunidos en colegio político con el nombre de los Científicos, creadores de grandes negocios nacionales, eran dueños de la enseñanza superior. No se esforzaron por dotar al país de escuelas industriales y técnicas, y prescindieron de las humanidades. El pueblo estaba condenado a trabajar empíricamente y con los procedimientos más atrasados; a ser siempre discípulo, empleado o siervo del maestro, del patrón o del capataz extranjeros, que venían de afuera a ordenarle, sin enseñarle, lo que había que hacer en el país.

El régimen de Porfirio Díaz duraba más de lo que la naturaleza puede consentir y daba síntomas de absoluta caducidad. La paz envejecida reinaba en las calles y en las plazas, pero no en las conciencias. Junto al espejismo de la celebración, cundían ya los primeros latidos revolucionarios. Los hechos de la cultura no fueron determinantes pero si concomitantes. La joven generación de 1910 no creyó en lo que habían creído sus mayores. Alumnos de todas las profesiones manifestaron que se sentían llamados a entenderse con los deberes públicos. El Congreso Nacional de Estudiantes fue una prueba de que se acercaba una renovación de las ideas petrificadas en esa raridad de campana neumática donde los jóvenes habían perdido el gusto por las tradiciones y se iban insensiblemente descastando en una imitación europea más elegante que el interés por las realidades inmediatas. Pero esa generación dio señales de una conciencia pública emancipada del régimen. Los esfuerzos de Reyes, Pedro Henríquez Ureña, Antonio Caso y José Vasconcelos -entre otros- culminaron en la creación de la Sociedad de Conferencias y el Ateneo de la Juventud. Pronto se dejaría sentir en todas partes el sacudimiento político. Al triunfo de la Revolución, la campaña de los ateneístas prosigue en la cátedra y se funda la Universidad Popular que va a ilustrar al pueblo en sus talleres y en sus centros, llevan a quienes no pueden costearse estudios superiores los conocimientos indispensables que no caben en los programas de primaria.

El año del Centenario está muy lejos; se le recuerda con dificultad pero entre vagidos y titubeos “abrió la salida al porvenir, puso en marcha el pensamiento, propuso interrogaciones y emprendió promesas que, atajadas por la discordia, habrá que reatar otra vez al carro del tiempo”.

Esta mínima antología no pretende más que ser una invitación a la lectura de Alfonso Reyes, una muestra de la variedad temática de su obra, animada con el propósito central de crear una base sobre la que pueda edificarse una auténtica cultura mexicana y el afán de no dejar que el porvenir quede entregado a la desesperación ni al violencia.

José Emilio Pacheco, “Nota preliminar”, Universidad, política y pueblo, Lecturas universitarias, Universidad Nacional Autónoma de México, Ciudad de México, 1967, pp. 7- 16.

La canción del equipaje, por Alfonso Reyes

Para Bitácora, revista de los más jóvenes

No todo ha de ser vivir,

y vivir para jamás cantar.

Era, pues, un nuevo equipaje,

que cantaba al hacerse al mar.

La nave, como era tan leve,

partía por la vertical.

Los que se quedaban en tierra

no se lo van a perdonar.

“¡Suba el que quiera! —gritan ellos,

pero el recelo puede más;

y aunque muchos los envidiaban,

no se querían arriesgar.

Que aunque hay Islas Afortunadas

y muchos reinos que buscar,

también hay Mares Tenebrosos,

caníbales y lo demás.

¡Mejor es largar las amarras

y que nos dejen ir en paz!

Esos que cuentan con los dedos

¡que nos dejen en paz!

Quédense ahí con sus disputas,

con su rabia y su porfiar.

Después de todo y a la postre,

no los vamos a contentar.

Porque está más allá del sueño

lo que queremos conquistar;

está más allá de la noche;

está más allá

de las manos y de los ojos;

está más allá

de los espacios y los años;

está más allá

de las raíces y del humus;

está más allá

de las lágrimas y la sangre;

está más allá.

Buenos Aires, 25 de marzo, 1937

Apuntes del instante: Alfonso Reyes. TV UNAM

A través de los valiosos testimonios de Carlos Fuentes, Carlos Monsiváis, Alicia Reyes, Margo Glantz y Hugo Hiriart, así como de amigos, diplomáticos e investigadores literarios, este documental sobre Alfonso Reyes traza un panorama de su trayectoria humanística y literaria, a la par que hace un repaso de sus labores diplomáticas desarrolladas en varios países de Iberoamérica, donde se relacionó estrechamente con las manifestaciones culturales y los grupos intelectuales de esas naciones, lo que nutrió buena parte de su vasta producción literaria.

Ver video: https://www.youtube.com/watch?v=3YR4V9YDe3A

AR

Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña. Correspondencia 1907-1914

En 1906 el escritor dominicano Pedro Henríquez Ureña (1884-1946) llega a México. Modelo de erudición y curiosidad intelectual, su presencia animó la actividad cultural de las postrimerías del Porfiriato. De inmediato la joven generación de escritores, conocida como el Ateneo de la Juventud lo adoptó como una de sus figuras tutelares.
Alfonso Reyes (1889-1959), con apenas 17 años, se convierte en el discípulo más cercano de Henríquez Ureña e inicia con él un constante y duradero intercambio epistolar. En los años que abarca la presente Correspondencia, maestro y discípulo comentan su ambiente intelectual ejercitan su estilo, manifiestan sus admiraciones literarias y, sobre todo, hacen patente, en las 112 cartas que integran el epistolario, una de las amistades más importantes de la literatura hispanoamericana.
Este epistolario, sin duda el más importante de sus respectivas obras, tuvo larga resonancia en las vidas de ambos. Todavía al final de su vida Reyes tenía presente la imagen de Henríquez Ureña: “cuando no logro expresarme con diafanidad y precisión, creo ver el rostro de Pedro Henríquez Ureña que me reconviene”, escribió en 1956.
Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña. Correspondencia 1907-1914, fue editado por José Luis Martínez con la ayuda de José Emilio Pacheco, cuenta con un detallado onomástico, así como con una útil cronología.

Alfonso Reyes y la filología: entre la Revista de Filología Española y la Nueva Revista de Filología Hispánica. Por Mario Pedrazuela Fuentes

Resumen

En este artículo se propone un recorrido por la labor filológica de Alfonso Reyes, sobre todo la que realizó en el Centro de Estudios Históricos durante los diez años que pasó en España entre 1914 y 1924. En ese tiempo, trabajó intensamente en la literatura de los siglos XVI y XVII y también en la Revista de Filología Española. A su regreso a México, cuando preside El Colegio de México, acogerá allí a muchos de los intelectuales españoles que le ayudaron en sus años madrileños y dará continuidad al trabajo filológico que se había iniciado en el Centro de Estudios Históricos, truncado por la Guerra Civil, y que después fue continuado en cierta medida por el Instituto de Filología de Buenos Aires. Reyes colaboró en la continuidad de la Revista de Filología, pues después de un breve período en Buenos Aires, donde se desarrolló la Revista de Filología Hispánica, ésta se publicó finalmente en El Colegio de México con el título de Nueva Revista de Filología Hispánica.

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Órbita italiana de Alfonso Reyes. Por Ismael Carvallo Robledo

CF

I

Esta es la revista –Critica Fascista– que no contó nunca con un artículo de Alfonso Reyes, a pesar de la insistencia, escoltada siempre por merecidísimos elogios, de Mario Puccini para que así fuera. La cortesía elegante de Reyes hizo que no saliera nunca de su pluma un no rotundo, dejando las cosas abiertas a la posibilidad para no herir susceptibilidades. El texto prometido difusamente, al final de cuentas, no llegó jamás a la redacción de la revista, zafándose así Reyes del compromiso en litigio con la agilidad del consumado esgrimista de la inteligencia que fue.

Critica Fascista fue el órgano de crítica, debate y difusión del fascismo italiano que nace en junio de 1923 bajo la dirección de Giuseppe Bottai. Tuvo una vida aproximada de veinte años. En 1923, Álvaro Obregón era presidente de México. Su Secretario de Educación era José Vasconcelos.

II

El Partido Nacional Fascista fue fundado en Italia en noviembre de 1921 por iniciativa de Benito Mussolini. El Partido Comunista Italiano nació a su vez y por otro lado en enero del mismo año, en el Congreso de Livorno, a iniciativa de Amadeo Bordiga y Antonio Gramsci. Los tres -Mussolini, Bordiga y Gramsci- habían sido militantes del Partido Socialista Italiano. De su escisión orgánica tras la Primera Guerra Mundial, y a la vista del colapso tanto del liberalismo burgués como del internacionalismo proletario, estaban llamadas a desprenderse las dos opciones antagónicas -fascista y comunista- que protagonizarían la dramática dialéctica política e ideológica fundamental del siglo XX.

En marzo de 1929, por iniciativa de Plutarco Elías Calles, era fundado en México el Partido Nacional Revolucionario. Diez años antes, a instancias de Manabendra Nath Roy, lo había hecho el Comunista Mexicano.

III

Mario Puccini vivió entre 1887 y 1957. Alfonso Reyes lo hizo entre 1889 y 1959. Su contemporaneidad coincidió casi milimétricamente. Forman parte los dos de la que acaso pueda ser tenida -yo así lo creo- como de las generaciones más importantes e intensas y grandes del siglo XX, que es aquélla que recorre el arco temporal que conecta al siglo XIX con el XX, y que vive el esplendor de su juventud y madurez en medio de acontecimientos ideológico-políticos de primera magnitud para los efectos de la configuración histórica de toda una época la resonancia de cuyos ecos seguimos escuchando hoy aún todavía.

Es la época de las dos grandes guerras mundiales, del fin del liberalismo y del optimismo burgués que con tanto dramatismo y belleza relató Stefan Zweig en sus memorias, y de la configuración de los nacionalismos y del comunismo y el fascismo como las alternativas fundamentales de organización socio-económica, ideológica y cultural que le fue dado al mundo tener como alternativas históricas.

Es la generación de Vasconcelos (1882-1959) y Lázaro Cárdenas (1895-1970), de Gramsci (1891-1937) y James Joyce (1882-1941); de Musil (1880-1942), Broch (1886-1951) y Thomas Mann (1875-1955); de Lukács (1885-1971), Auerbach (1892-1957) y Ernst Robert Curtius (1886-1956) así como la de Togliatti (1893-1964) y Trotski (1879-1940) o Mao (1893-1976), o Hitler, Stalin, Churchill y Juan Negrín (1889-1945, 1878-1953, 1874-1965 y 1892-1956 respectivamente). De lo que estos y otros hombres hicieron, pensaron y escribieron vivimos aún en nuestros días, a pesar de la evanescencia y el olvido amenazantes.

IV

Es la generación, decimos entonces, de Alfonso Reyes y Mario Puccini, la correspondencia epistolar de los cuales, junto con la de algunos otros hombres y mujeres de letras más -Guido Mazzoni, Achille Pellizzari, Dario Puccini, Elena Croce y Alda Croce-, ha sido compilada y anotada por Gabriel Rosenzweig para la edición que El Colegio de México nos ofrece en Alfonso Reyes y sus corresponsales italianos (1918-1959), presentándosenos como el sugerente y breve cifrado de la ecuación de algo así como la órbita italiana de Alfonso Reyes, y que incorporada a otras órbitas como la francesa, la alemana, la española o la hispanoamericana, configuran en su trabazón o symploké el fascinante, definitivo y refulgente orbe intelectual de la que sin duda es la menta más lúcida, la inteligencia más abarcadora y estoicamente universal que ha dado México: la de Alfonso Reyes. El perfilamiento de esta sutil inteligencia americana según es vista por los italianos es lo que hace que las cartas aquí reunidas tengan un valor historiográfico inestimable, grávido de claves fundamentales.

«Roma es una ciudad donde se puede trabajar mucho y usted, escritor clásico, podría hallar aquí su verdadera atmósfera», le dice Puccini a Reyes en una de las cartas en compendio. Y es que lejos de lo que algún acomplejado pudiera pensar respecto de lo que es México y América a través de la obra que con la mediación y el troquel irreemplazable de España fue realizado por Europa en estas tierras, Alfonso Reyes, al hablar, pensar y escribir en español con el genio con que lo hizo no estaba siendo originario de periferia alguna, estaba ubicado en el vértice intelectual de la matriz occidental de la que Roma fue sumatoria y síntesis perfecta: es la sumatoria de la pasión dialéctica griega con la pasión moral del cristianismo, que tuvo en la Divina Comedia su monumento estético supremo, que es el de Dios y Virgilio, la trinidad y el corporeismo de los escolásticos acomodados en esa antigua a la vez que medieval hermosura escrita en italiano.

Este es el fondo universal sobre el que se dibuja la brevedad luminiscente de la órbita italiana de Alfonso Reyes (son pocas cartas en realidad), que ha sido, según dijo en 1960, por otro lado, Dario Puccini, el hijo de Mario, con motivo de la muerte de aquél, «uno de esos hombres que llenan con su compleja personalidad -capaz lo mismo de vuelos poéticos que de fulgurantes descubrimientos culturales, de pacientes investigaciones literarias lo mismo que de minuciosas observaciones humanistas- toda una época, todo un mundo».

Si tuviera que explicar a Alfonso Reyes en términos «italianos» (y, en parte, europeos) diría que fue para Hispanoamérica y para la cultura hispánica lo que fue Benedetto Croce para la cultura italiana (y, en parte, europea y mundial). Pero ni siquiera así lograría ser completo y exhaustivo en mi explicación: en efecto, Reyes fue también un «hombre de arte», en el sentido renacentista y modernísimo, una persona hecha toda de fibras sensibles, dotado de una íntima y activa virtud poética. Además de su obra gigantesca, que no se ha ordenado todavía por completo -tan vasta es, y tan compleja- dio a la cultura hispánica, y no sólo a la hispánica, un estilo, un gran estilo: y es éste, tal vez, su legado más penetrante, aunque no sea el más vistoso. [Dario Puccini, La Gaceta del Fondo de Cultura Económica, año VI, núm. 65, México, enero de 1960, p. 5.] (Alfonso Reyes y sus corresponsales italianos (1918-1959), El Colegio de México, p. 167)

Guido Mazzoni le decía a su vez, en carta del 2 de diciembre de 1923 desde Florencia, que:

«Hace verdaderamente el bien quien, teniendo el ingenio agudo y vivo como usted, escribe con tanta soltura elegante y atractiva, de modo que, en cualquier página que se abra el libro, rápido se encuentra algo que invita a seguir y, de ensayo en ensayo, a leer todo. En conjunto, más allá de la buena crítica, sus libros constituyen un espejo de una producción más interesante que la de España. Las cuestiones que usted dilucida pertenecen con frecuencia a la civilización europea (¡e incluso japonesa!). Causa estupor tanta y tan variada cultura y el dominio de todos los argumentos.» (Alfonso Reyes y sus corresponsales italianos, pp. 34 y 35)

V

Por cuanto al affaire fascista, las cosas fueron más o menos así.

Desde Roma, Mario Puccini le escribe a Reyes el 6 de noviembre de 1926, en una carta redactada originalmente en un español un tanto errático que se mantiene sin corrección en la compilación en comento, lo siguiente (extraemos lo fundamental para nuestros propósitos):

«Recibí hace unos días su foto tan agradecida y su carta tan cariñosa, no así su poema dramático sobre el cual entiendo escribir un artículo. Lo espero. Aquí le envío una carta en la cual en nombre de Critica Fascista se le pide un artículo, una nota, algo en que usted me exprese su opinión sobre el fascismo. Si quiere y. si puede.» (Alfonso Reyes y sus corresponsales italianos, p. 64.)

La carta referida, con la misma fecha y el mismo español errático, es la siguiente:

Ilustre y querido compañero:

El director de Critica Fascista (que es la revista más comprensiva y profunda publicada por este importante movimiento, que ahora ya es imposible Usted también no reconozca vital y vasto), el diputado Bottai, desearía conocer en un ensayo o artículo, o más ensayos y artículos, lo que usted, hombre de pensamiento superior y escritor de tan nombre, piensa del «Fascismo»: no solamente como valiente expresión de vida del nuestro país, más aún como concepción política y moral de una época que, después de la guerra, ha determinado, junto al fracaso del comunismo, el ocaso del liberalismo y que acaso puede ver por el fascismo efectuada una nueva expresión del estado moderno, oligárquica es probable, pero enérgica y restauradora.

El director Bottai, por mi mediación, se le ruega por uno o más artículos suyos, dejándole toda su libertad de pensamiento; y agradecería mucho si Usted pudiese explicar y mostrar la resonancia de que el Fascismo ha tenido en su país (positiva y negativa) y sus deducciones de Usted particulares.

En fin, invoca a su colaboración la que sea: y si usted también no quiera hablar del Fascismo, y solamente escribir algo sobre la vida de su país, política o moral o espiritual, su artículo o sus artículos serán igualmente agradecidos e indemnizados convenientemente.

Esperando sus noticias, reciba cariñosos y devotos saludos de su amigo compañero y admirador italiano. (Alfonso Reyes y sus corresponsales italianos, pp. 65 y 66.)

A los pocos días, Puccini insiste en la solicitud de colaboración de Reyes para la inquietante revista de Bottai, para lo cual firma una carta con fecha del primero de diciembre de 1926, desde Roma, con las consideraciones siguientes:

Ilustre y querido amigo:

Acaba de salir en este instante de mi casa el diputado y sub ministro Bottai, director de Critica Fascista. Él ha visto aquí su retrato y después que le hablé de usted y de su obra profunda y original, él ha querido de que le pidiese aún un artículo. ¿No querría usted decir algo sobre el fascismo? Acaso no quiere; pero usted podría hacer un artículo sobre México (vida literaria, vida espiritual, lo que quiere). Haría yo mismo su presentación.

¿Su poema? Lo espero siempre. También noticias de los diarios mexicanos, si los directores han contestado a su carta.

Disponga como guste de su buen amigo y admirador. (Alfonso Reyes y sus corresponsales italianos, p. 67.)

Esta es la fecha, 6 de diciembre del veintiséis, en la que Reyes escribe a Puccini desde París, en su calidad de diplomático de México en Francia, para zafarse del compromiso, diciéndole lo siguiente:

Querido e ilustre amigo:

No tengo, en efecto, suficiente libertad política para opinar sobre el régimen público de Italia: soy un soldado en filas. Sólo, aquí en lo personal, le declaro a Ud., como Goethe, que me es más odioso el desorden que nada, porque el desorden es la fuente de todas las injusticias. Tal es mi filosofía social. Creo que estamos de acuerdo.

Sí le enviaré, con sumo gusto, algún artículo para la Critica Fascista, correspondiendo a su amable invitación y a la del Sr. Bottai, que agradezco mucho.

Creo ya habrá Ud. recibido mi poema Ifigenia cruel.

Gracias por su amable oferta de una Antología Reyes. ¿Qué prefiere Ud.: lo americano, lo español, la crítica, las impresiones personales, o una miscelánea tal vez? Abrigo la esperanza de tomar unos días de vacaciones en Roma, después de Navidad, y entonces lo arreglaríamos todo.

Entre tanto, soy siempre suyo cordialísimo. (Alfonso Reyes y sus corresponsales italianos, p. 68.)

Como queda indicado al inicio de esta reseña, ese artículo prometido «con sumo gusto» jamás llegó a Critica Fascista.

VI

Y el resto de la correspondencia, tanto con las hijas de Benedetto Croce -ni más ni menos- como con los otros interlocutores italianos, no tiene en verdad desperdicio, y contribuye a la ya indicada sorpresa y fascinación que no deja de llegarnos al ánimo cada vez que tocamos, o que nos acercamos más bien, a alguna de las órbitas de Alfonso Reyes.

Por eso vale tanto la pena -nada se pierde, si quieren verlo así- acercarse a las páginas que recogen su breve epistolario italiano, y encontrarnos por ejemplo con la alegría que le produce el conocimiento de la traducción de uno de sus brevísimos cuentos, y que lo empuja a decir desde Brasil.

Ilustre y caro amigo:

Con su gratísima carta, me llega la sorpresa de mi FUGA DE NAVIDAD vestida de lujo, ¡toda envuelta en los armiños mejores y en la tersura elegante de su incomparable lengua! En verdad, yo me doy cuenta ahora de que este poemita o lo que sea debió haberse escrito en italiano. Parece que así cobra toda la levedad a que aspira, toda la transparencia que el ruido grave y sentencioso del castellano no acierta a darle. ¡Qué alegría me ha dado Ud., y qué colmado me siento!

Alfonso Reyes y Porfirio Barba Jacob

En nueve cuartetos de versos alejandrinos de rima pareada, Alfonso Reyes (de 20 años) formula un saludo al romero peregrino (en ese entonces llamado Ricardo Arenales de 26 años de edad). Ricardo Arenales, quien pocos años después sería, Porfirio Barba Jacob. Ricardo era un poeta de la fatalidad trágica y un valeroso periodista crítico y polémico: “ciego del mundo, y sabio para mirar al cielo/ sueltas la mente por donde los astros van”, que con sus huesos a la cárcel había ido a parar, por criticar en 1909 al régimen porfirista, desde una postura “reyista”. El general Bernardo Reyes (padre de Alfonso) era un prestigiado militar, aliado y compañero de armas de Porfirio Diaz durante más de veinte años, pero para ese entonces, ya era un incómodo rival (al grado que existía un Partido Reyista), en la sucesión presidencial del Presidente por 30 años, el general don Porfirio Díaz.
Años después, nuestro “romero”, ya como Porfirio Barba Jacob, también criticará implacable a los “revolucionarios”: Carranza, Obregón y Calles. En cambio, sabrá reconocer en las figuras de los “bandidos” Emiliano Zapata y sobre todo Pancho Villa, a los representantes de la revolución social del México profundo.
Cuenta una de las leyendas negras, que escribió una biografía de Villa, de la que se vendieron más de veinte mil ejemplares, en el norte de México y el sur de los Estados Unidos, aunque a la fecha no aparece ni uno sólo.
Miguel Ángel, Ricardo, Porfirio, Pedro, Pablo, Juan Pueblo, fueron algunos de los otros, de los heterónimos en los que su espíritu encarnó, como queriendo fundirse en el crepúsculo, mientras vuelan los serafines “y en la tarde tu lámpara arde como un rubí.”

Salutación al Romero
A Ricardo Arenales

Caminas por el Prado, que está de primavera
Y, ciego, ¿no contemplas sino el radioso vano?
¿Adónde, adónde, ciego, conduces la carrera,
alzando a Dios las palmas que llevas en la mano?

Ciego del mundo, y sabio para mirar el cielo,
sueltas la mente por donde los astros van,
Como en la noche oscura, por el monte Carmelo,
Erraba, libre, el alma del mismo San Juan.

La tierra estaba verde, el cielo estaba rosa
Y, lejos, en el cielo, fulguraba una cruz.
Pasaste tú, romero, y no mirabas cosa,
sino, en el cielo, la maravillosa luz.

¿Andabas por el prado, que está de primavera,
y, ciego, no mirabas sino el radioso vano?
¿Adónde, adónde, ciego, llevabas la carrera
alzando a Dios las palmas que ofrecía tu mano?

A mi, qué, dónde piso, siento en la voz del suelo,
¿qué me dices con tu silencio y tu oración?
¿Qué buscas, con los ojos fatigados de cielo,
más alto que la vida y sobre la pasión?

Romero: en el crepúsculo vuelan los serafines.
En la dorada luz te borras para mí.
Tu alma y el crepúsculo se mezclan por afines,
y en la tarde tu lámpara arde como un rubí.

La sacrosanta lámpara donde quemar perfumes;
la de alumbrar, nocturna, la trabajosa senda;
la que ha de velar por ti, cuando te abrumes
en medio de la noche azul, bajo la tienda-.

El romero, que estaba en medio de la tarde,
me miró silenciosamente, con claridad:
yo no vi en sus ojos mentira ni alarde,
sino la inmóvil luz de la fatalidad.

La lumbre de la tarde se apaga. Raudo giro
de imperceptibles pájaros vibra con suave son.
Y un grito, y un sollozo, y un canto, y un suspiro
se ahogan en la tarde como en mi corazón.

Alfonso Reyes, noviembre de 1909

Alfonso Reyes: el viajero empedernido

Entrevista al Dr. Braulio Hornedo Rocha en la radio de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos:

Alfonso Reyes viajero

Oración del 9 de febrero. Por Alfonso Reyes

En Oración del 9 de febrero, Alfonso Reyes rinde un homenaje a su padre, quien perdió la vida en 1913 durante los acontecimientos de la Decena Trágica, y explora la orfandad desde la complicidad de su amor filial. Sobre este texto, el crítico literario Christopher Domínguez Michael ha escrito: “Es una de las piezas más perfectas y conmovedoras en la historia de la prosa hispanoamericana”. La voz es de Juan Stack.

AudioIcono11

Disponible en: http://descargacultura.unam.mx/app1#

Lectura a cargo de: Juan Stack
Estudio de grabación: Universum. Museo de las Ciencias
Música: Juan Pablo Villa
Operación y postproducción: Fabiola Rodríguez /Cristina Martínez
Año de grabación: 2015

Diálogo de los muertos: Alfonso Reyes y José Vasconcelos. Por José Emilio Pacheco

A Jesús Arellano: In Memoriam

Son las cinco de La mañana. La hora del Lobo. La hora en que, dice López Velarde, se nace, se muere y se ama. México parece un cementerio. Nadie se aventura a pie por las calles en que será invariablemente asaltado, si no por los ladrones por la patrulla. Con todo, no cesa el estruendo de los vehículos. En la esquina de lo que fueron calzada de Tacubaya y Juanacatlán aparece el fantasma de Alfonso Reyes. Cruza el Circuito Interior el espectro de José Vasconcelos y se aproxima a su amigo de juventud.

Vasconcelos: ¿Qué haces a estas horas, Alfonso?

Reyes: Contemplo mi calle. Un poco triste ¿no?

Vasconcelos: Cuando menos la animan alguna putas. En cambio la mía ni siquiera es calle. Un puente sin agua, un viaducto, algo hecho para las máquinas y no para los seres humanos.

Reyes: Después de muertos seguimos unidos: nuestras calles hacen esquina. Y en Tacubaya. Para nuestra generación fue muy importante Tacubaya.

Vasconcelos: Como verás, no queda nada de Tacubaya. No era un lugar de ricos como San Ángel. Acabaron con ella las obras viales, todas inconclusas, de no sé cuántos sexenios. Oye ¿qué es eso que se levanta donde estaban las bombas de la Condesa?

Reyes: El lmcé, más conocido como el monumento a la devaluación. ¿No quieres caminar un poco? Me gustaría aparecerme en mi casa. Hace veinte años que no la veo.

Reyes y Vasconcelos atraviesan la calle entre camiones que no se detienen, pero como no los ven tampoco pueden atropellarlos. Tomados del brazo caminan lentamente por la acera del Circuito Interior.

Vasconcelos: Veinte años. Llevamos muertos veinte años.

Reyes: Parecen veinte siglos. Es otro mundo. No me gustaría nada seguir viviendo en él.

Vasconcelos: Hay cosas buenas. Me da gusto comprobar que al fin se adoptaron oficialmente mis tesis sobre el criollismo.

Reyes: Cambiemos de tema. No critico al régimen ni me gusta hablar de política.

Vasconcelos: Ni la muerte pudo curarte de tu trauma, Alfonso; el general Reyes murió hace mucho tiempo. Todo es política en la vida.

Reyes: Todo es violencia. Jamás pude aceptarlo. Nunca quise el sufrimiento ni el exterminio de los demás.

Vasconcelos: Nadie te lo agradeció. Por eso no te leen. Tus virtudes no son de este siglo. Tu obra es una gratísima conversación, un salón literario portátil. Eres el compañero ideal para endulzar las incomodidades y abolir el tedio del viaje. Tu mundo es el siglo dieciocho, antes de la Revolución francesa por supuesto.

Reyes: ¿Y tú?

Vasconcelos: Hablé el lenguaje de la pasión, sacudí las conciencias como decíamos entonces. Ante mí nadie puede ser indiferente. Me odian o me veneran, Alfonso: no se limitan a respetarme. Soy algo más que una gloria literaria, una estatua a la que pocos vuelven la mirada. Soy muchos, no soy uno. En mí encamaron todas las contradicciones que forman la miseria y la gloria humana.

Reyes: Te admiro y me horrorizas, José. Por tu causa se derramó la sangre. Yo no conduje a nadie a su muerte.

Vasconcelos: Traté de redimir a este país de infamias, a esta tierra de asesinos, ladrones y fariseos.

Reyes: Tu tierra.

Vasconcelos: La nuestra, Alfonso. Somos lo que México hizo de nosotros.

Reyes: México y tu ambición y vanidad sin medida. ¿Por qué no te conformaste con ser lo mejor que fuiste? Tu sitio no estaba en la república del poder, al menos no de ese poder que buscaste.

Vasconcelos: Me robaron las elecciones.

Reyes: Y si no te las hubieran robado ¿sabes cuál hubiese sido tu destino? A los tres meses los generales, los empresarios y el embajador norteamericano te hubieran echado a patadas. Acuérdate de Madero, de Rómulo Gallegos y de Juan Bosch.

Vasconcelos: Tú no te arriesgaste, Alfonso. Por eso cometiste menos errores.

Reyes: Me arriesgué a ser nada más escritor, a darle a mi país lo único y lo mejor que podía darle.

Vasconcelos: Si, una obra encantadora e inconclusa. Proyectos, esquemas, puntos de partida, resúmenes, glosas. Muy bien escrita, claro. El estilismo. Siempre odié el estilismo, consuelo de los estériles y los cobardes.

Reyes: Lo odiaste porque no podías escribir prosa como Martín Luis ni como yo. Sin embargo, a pesar tuyo, fuiste un gran escritor. Ulises criollo es un libro prodigioso. Lo más parecido, junto con El águila y la serpiente y La sombra del caudillo, a una novela en una generación de extraordinarios prosistas y narradores que jamás pudimos escribir novelas ni dramas ni verdaderos poemas.

Vasconcelos: Fui un filósofo, intenté crear un sistema filosófico. En cambio tú, Alfonso -con toda la admiración que mereces y con medio siglo de afecto- no fuiste sino esa cosa amorfa y horrible que llamamos “hombre de letras” porque no podemos nombrarlo de una manera más precisa.

Reyes: Fui un escritor, a secas. Un ensayista.

Vasconcelos: Un especialista en generalidades. Alguien que mariposea sobre todos los temas y no se compromete con ninguno. Tu obra entera es periodismo, sin duda magistral y de suprema calidad literaria, pero al fin y al cabo periodismo.

Reyes: ¿Por qué te parece mal el periodismo? Democraticé hasta donde pude el saber de los pocos y lo llevé a quienes habían aprendido el alfabeto gracias a tu labor como secretario de Educación Pública. Además, Pepe, casi toda la literatura española de nuestra época es periodismo: Ortega, Unamuno, Azorín, Díez-Canedo. Tú también fuiste un gran periodista. Lástima que hayas puesto ese talento al servicio de las peores causas. Qué pena ver que terminaste tus días como editorialista estrella del coronel García Valseca.

Vasconcelos: No robé. Tenía que ganarme la vida. Acepto, si tú quieres, que me equivoqué trágicamente respecto a Hitler, Franco y Mussolini. Pero lo hice por antimperialismo, por creer que los enemigos de nuestros enemigos eran nuestros amigos.

Reyes: Pepe, no contribuyamos a la confusión general. Tu antiyanquismo fue tan de derecha como el de Federico Gamboa o Carlos Pereyra.

Inmersos en la discusión, Reyes y Vasconcelos han llegado sin darse cuenta frente a la casa del primero. Atraviesan las paredes y entran en la biblioteca.

Reyes: Todo está como lo dejé hace veinte años.

Vasconcelos: Un museo. Qué espanto.

Reyes: Pepe, estás a punto de alcanzar tu centenario (te quitabas la edad, como tu coterráneo don Porfirio). Los desplantes juveniles ya no te quedan. ¿Por qué no te sientas?

Vasconcelos: Déjame ver tus libros. Qué antiguallas. Mira, Toynbee. Dedicado. Ya nadie cita a Toynbee. Sic transit.

Reyes: Pero Toynbee fue el único que predijo adecuadamente lo que iban a ser los terribles setentas. Fortuna nuestra no haberlos vivido. Nadie, basado en el pensamiento socioeconómico ni en el pensamiento mágico, supo ver lo que nos esperaba, de la crisis petrolera a la crisis de Irán, de Camboya al Cono Sur. El 16 de diciembre de 1969 Arnold dijo: “En la próxima década la violencia llegará a extremos infernales. La situación será espantosa para todo el planeta, especialmente para el Tercer Mundo”.

Vasconcelos: Te da miedo la situación, Alfonso.

Reyes: Me aterra. Pienso siempre en lo que dijo T. W. Adorno: “Del mundo, tal como existe, uno nunca estará lo suficientemente asustado”.

Vasconcelos: Buscaste la paz. Paz en la guerra. Por eso a tu manera fuiste un freak. Perdona el pochismo: formamos, qué curioso, la primera generación mexicana que habló fluidamente el inglés. En un mundo donde todos quieren pelea, tú intentaste no hacerle daño a nadie. Por tanto interrumpiste la maquinaria. Todo se vino encima. Tu ideal hubiera sido no el siglo dieciocho -me equivoqué- sino el monasterio del siglo doce: libros, manuscritos, tranquilidad, buena mesa, buena cama. La isla rodeada de barbarie por todas partes. Alfonso, “fuego y sangre ha sido nuestro tiempo”. Tus virtudes -tolerancia, concordia, respeto humano- no son de este mundo. Aun muerto, eres un anacronismo viviente.

Reyes: Objeta lo que desees a esos rasgos. Cuando todo se ha dicho son preferibles a sus contrarios: intolerancia, inhumanidad, tortura, exterminio de quien no es o no piensa como yo.

Vasconcelos: El mundo es de los fuertes y de los crueles, Alfonso. Tu proyecto de vida es una utopía.

Reyes: Hace setenta años traducíamos en voz alta a Wilde. ¿Te acuerdas?: “No vale la pena ningún mapa que no incluya la isla de Utopía”.

La luz de la mañana invade la Capilla Alfonsina.

Vasconcelos: Adiós, Alfonso. Nos veremos en mi cementerio.

Reyes: Hasta muy pronto, Pepe, hasta el 82. Mientras tanto, no dejaré que mueras; te seguiré leyendo. A pesar de todo.

Vasconcelos: Yo también te seguiré leyendo, Alfonsito.

Desaparecen. La Capilla Alfonsina queda en silencio.

"Diálogo de los muertos: Alfonso Reyes y José Vasconcelos”. Proceso No. 164, 24 de diciembre de 1979. pp. 50-51, recogido en Asedio a Alfonso Reyes 1889-1989. México, IMSS -UAM-A, 1989, pp. 141-145.

Cronologia de Alfonso Reyes

1889 Nace, el 17 de mayo, en la Ciudad de Monterrey. Su padre, el General Bernardo Reyes, era por entonces Gobernador del Estado de Nuevo León.

1897 Inicia los estudios primarios en la escuela Manuela G. Viuda de Sada, el Instituto de Varones de Jesús Loreto y el Colegio Bolívar, de su ciudad natal.

1901 Concluye sus estudios en el Liceo Francés de la ciudad de México y comienza a escribir poesía.

1902 Trasladada su familia nuevamente a Nuevo León, iniciará la enseñanza preparatoria en el Colegio Civil de Monterrey. Tras un año y medio, volverá a la ciudad de México, donde continúa y concluye estos estudios (1907) en la Escuela Nacional Preparatoria.

1905 Publica en Monterrey sus primeros poemas.

1906 Año importante, ya que además de publicar en Savia Moderna conocerá a Pedro Henríquez Ureña.

1907 Comienza su relación con Manuela Mota.

1908-1910 Concluida la enseñanza preparatoria, permanecerá algún tiempo en Monterrey. Escribirá entonces algunos de los ensayos incluidos en Cuestiones Estéticas así como las fantasías de El Plano Oblicuo. De vuelta en la ciudad de México, se inscribirá en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de México y como miembro del Ateneo de la Juventud participará en el ciclo de conmemoración del primer centenario de la Independencia mexicana (1910) con la conferencia “Los poemas rústicos de Manuel José Othón”. Lee además “Sobre la estética de Góngora”, conferencia dedicada al intelectual alicantino Rafael Altamira.

1911 En este año aparecerán, en México, su conferencia “El paisaje de la poesía mexicana del siglo XIX”, y en París, dentro de la prestigiosa editorial de Paul Ollendroff, Cuestiones estéticas. Contrae matrimonio con Manuela Mota.

1912 Nace su único hijo. Es secretario (del 28 de agosto de ese año hasta el 28 de febrero de 1913) de la Escuela Nacional de Altos Estudios, germen de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional, donde funda la cátedra de Historia de la Literatura Española. Será también miembro fundador de la Universidad Popular. Es entonces cuando imagina La cena, cuento que anticipará algunos aspectos de la literatura de vanguardia europeas, y escribe estudios sobre Stevenson y Chesterton.

1913 El 9 de febrero, recién electo Francisco I. Madero como Presidente de México, muere su padre al intentar la toma del Palacio Nacional. Presionado por las circunstancias, obtendrá el título profesional de abogado con la tesis Teoría de la sanción. Muerto Madero y con Victoriano Huerta ya en la presidencia de la República, sale en agosto rumbo a París, en un velado destierro, como Segundo Secretario de la Legación Mexicana. Entrará en contacto, por iniciativa propia, con el hispanista Raymond Foulché-Delbosc e iniciará Visión de Anáhuac. El descubrimiento de la “literatura militante de la Nouvelle Revue Francaise“, y de otras mil facetas de este nuevo-viejo mundo, lo llevara a escribir “París cubista”. Traduce de manera anónima La novena de Coleta, de Colette Yver.

1914 Cesado el cuerpo diplomático mexicano destacado en Europa bajo la presidencia de Venustiano Carranza, con el pretexto del estallido de la Primera Guerra Mundial, se trasladará a España en octubre. Es así como empieza su labor periodística y, en el Centro de Estudios Históricos de Madrid, erudita, en la preparación -gracias al apoyo de Enrique Díez-Canedo- de obras clásicas para la editorial La Lectura. Frecuentará las tertulias y El Ateneo Científico y Literario y conocerá, entre otros, a Juan Ramón Jiménez. Escribe las crónicas que reunirá más tarde en Cartones de Madrid.

1915 Después de recorrer toda suerte de posadas que remiten a Quevedo, al fin se instala en la madrileña calle de Torrijos, donde concluirá Visión de Anáhuac. Se crea, por iniciativa de José Ortega y Gasset, el semanario España, del que Reyes será asiduo colaborador. Comparte allí con Martín Luis Guzmán el seudónimo de “Fósforo”, para escribir sobre cine.

1916 Ya como único responsable, traslada su colaboración sobre cine a El Imparcial. Este año comenzará a circular el periódico El Sol, donde se ocupará, a partir de diciembre de 1917 y hasta fines de 1919, de la página semanal dedicada a Historia y Geografía. Termina de escribir los textos de El Suicida y se traslada a su segunda residencia madrileña, en la calle de General Pardiñas del barrio de Salamanca, donde llegará a tener como vecinos a Carlos Pereyra, José María Chacón y Calvo, Antonio G. Solalinde y Pedro Henríquez Ureña. Continúa allí escribiendo sobre Góngora y Gracián, y se inicia su interés por Fray Antonio Fuente la Peña. Publica colaboraciones en el Boletín de la Real Academia Española y dirige la sección bibliográfica de la Revista de Filología Española. Comienza además su importante colaboración con Raymond Foulché-Delbosc en la edición de la obra completa de Góngora y sus traducciones para editorial Calleja.

1917 Año de gran producción editorial. Aparecerán sus libros: Cartones de Madrid, El suicida, Visión de Anáhuac; su traducción de Ortodoxia, de Chesterton, y sus ediciones de Memorias de Fray Servando Teresa de Mier, Páginas escogidas de Quevedo y Libro de Buen Amor del Arcipreste de Hita. Será también cuando inicie su amistad con Amado Alonso y Jorge Guillén y crea, con José Moreno Villa, Américo Castro y Antonio G. Solalinde, una pequeña cofradía literaria y de esparcimiento bajo el título de El Ventanillo de Toledo. Colabora con la Revista General de la casa Calleja, apenas fundada. Se acercará a Henri Bergson, de paso por Madrid.

1918 Imparte cursos de literatura española en el Centro de Estudios Históricos; uno de sus alumnos será John Dos Passos. Además estudia los orígenes del teatro americano en lengua española y la influencia de la literatura artúrica en la castellana y publica, en El Sol, artículos sobre la historia del periodismo bajo el título genérico de “Las mesas de plomo”. Primera versión de El cazador, que será luego vuelto a “arreglar”. Escribe algunas de las páginas que recogería en Las vísperas de España y Horas de Burgos, así como poesía que pasará, en parte, a Huellas. Se publican Páginas escogidas de Ruíz de Alarcón y Tratados de Gracián; en colaboración con Solalinde, Guía del estudiante. A finales de año será elegido miembro de la Academia Mexicana correspondiente de la Academia de la Lengua Española.

1919 Este año ayuda a Luis G. Urbina en la preparación de Lírica mexicana, antología de la fiesta de la Raza que publicará la Legación de México en Madrid. Asimismo, aparecen su prosificación moderna del Poema del Cid, las ediciones de Los pechos privilegiados de Ruíz de Alarcón, el Teatro de Lope de Vega y su versión de el Viaje sentimental por Francia e Italia de Laurence Stern. Comienza, en colaboración con Díez-Canedo, las burlas literarias, que aparecerán en España e Índice entre 1919 y 1922. Inicia la traducción de “El abanico de Mme. Mallarmé”. Se publican en francés algunos de los poemas que conformarán Huellas, prácticamente terminado ese año, y sigue creciendo su libro Calendario. Colabora en diarios de México y Nueva York y, por invitación de Azorín, impartirá en Burdeos, Francia, tres conferencias sobre pintura y literatura españolas. Formará parte, también, de la Comisión Histórica “Paso y Troncoso”.

1920 Es llamado nuevamente a integrarse al Cuerpo Diplomático mexicano, ahora en la Legación de España. Será en principio, como en París, Segundo Secretario, pero al poco tiempo se le ascenderá a Primer Secretario y Encargado de Negocios ad-int. Es elegido miembro correspondiente de la Academia Hispanoamericana de Ciencias y Artes de Madrid y delegado de México al VII Congreso de la Unión Postal Universal reunido en Madrid. Aparecen sus libros Retratos reales e imaginarios y El plano oblicuo, su traducción de la Pequeña historia de Inglaterra de Chesterton así como sus ediciones de Las aventuras de Pánfilo de Lope de Vega y Lecturas: ensayos. Inicia la publicación de las Obras completas de Amado Nervo. Año poco fecundo en el aspecto poético pero en el que profundiza en sus estudios gongorinos, publica sus “ejercicios” de traslado de “El abanico de Mme. Mallarmé” y finaliza las crónicas que darán cuerpo a Aquellos días. Colaboraciones en la revista La pluma, dirigida por Manuel Azaña. Visita a Unamuno en Salamanca.

1921 Aparecen El cazador y su traducción de El candor del padre Brown de Chesterton. Comienza la publicación de Simpatías y diferencias (dos primeras series) y continúa con las Obras completas de Nervo. Ascendido por el presidente Álvaro Obregón a Primer Secretario de la Legación, procura mejorar las relaciones entre México y España, seriamente afectadas a causa de los avatares revolucionarios. Se inicia la publicación de la revista Índice, hecha conjuntamente con Juan Ramón Jiménez. Viaja con Manuel Toussaint y Valle Arizpe a Singüenza. Viaja a Turín, Italia, como representante de la Universidad de México a un congreso sociológico, en el que se le confunde con el Rey Alfonso XIII. Veraneo en el Cantábrico del que quedarán rastros en sus libros Las vísperas de España, Cortesía, Los siete sobre Deva y Obra poética.

1922 Aparece su primer libro de poesía, Huellas, la tercera serie de Simpatías y diferencias y sus versiones de El hombre que fue Jueves, de Chesterton, y Olalla, de Robert Louis Stevenson. Por segunda ocasión se le nombra Encargado de Negocios ad-int de México en España. Cubrirá como corresponsal gráfico, para la revista Social de La Habana, las fiestas del cuarto centenario de la vuelta al mundo de Juan Sebastián de Elcano. Participa en tres actos públicos de que quedará constancia en su obra: la inauguración de la Glorieta de Rubén Darío, un mensaje al Ayuntamiento de Madrid y la inauguración del curso en el Ateneo. Escribe, durante la Semana Santa en Sevilla, La saeta, que se publicará primeramente en el periódico El Universal de México.

1923 Ingresa como miembro al Club Internacional de Escritores (PEN). Viaje a París, donde leerá su conferencia L’ Evolution du Mexique, publicada ese año, en francés y español, en diarios y revistas de Europa y América. Aparecen su edición de la Fábula de Polifemo y Galatea de Góngora y la cuarta serie de Simpatías y diferencias. Profusa actividad poética. Organiza el homenaje, “Cinco minutos de silencio”, en honor de Mallarmé. Con José Moreno Villa y Enrique Díez-Canedo, “inventa” los Cuadernos Literarios para la editorial La Lectura.

1924 En el mes de abril finalizará su misión diplomática en España y volverá a México, donde recibe, por iniciativa hispana, la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica. Se le nombra Enviado Extraordinario y Ministro Plenipontenciario de México en Argentina, pero no llega a tomar posesión. Mientras tanto, se irá enfriando paulatinamente la amistad entre él y José Vasconcelos. A finales de año vuelve a España como Ministro Plenipontenciario en Misión Confidencial para entrevistarse con el Rey Alfonso XIII. Cumplida la misión, se traslada a Francia, donde permanecerá como Enviado Extraordinario y Ministro Plenipontenciario hasta 1927. En este año aparecerán en España su libro de ensayos breves Calendario y el poema dramático Ifigenia cruel.

1925 Ya instalado en París, se relaciona con Jean Cassou. Consigue introducir a México en el Comité Central del PEN Club de Londres, mientras la Nouvelle Revue Française considera la posibilidad de publicar en francés El plano oblicuo. Además de desarrollar una profusa actividad diplomática y cultural, decide apoyar a artistas jóvenes.

1926 Después de gestionar la creación de una Legación mexicana en Suiza, obtiene de este país el agréement como Ministro, cargo que no llegará a ser efectivo y que se suma a su misión en Francia. Tampoco llega a ejercer el cargo de Enviado Extraordinario y Ministro Plenipontenciario en España. Aparecerá su segundo libro de poesía, Pausa, y Simples rémarques sur le Méxique. En ese año mantiene contactos frecuentes con Jules Romains, Toño Salazar, Angelina Beloff, Gabriela Mistral; vuelve a ver a Martín Luis Guzmán y a Vasconcelos y realiza un viaje por Bélgica. Al acercarse el tercer centenario de la muerte de Góngora, recibe una invitación especial, por parte de los autores hispanos de la generación del 27, para participar en los Cuadernos Gongorinos en homenaje al poeta. Mientras termina Cuestiones gongorinas, surge la posibilidad de publicar Cartones de Madrid en francés.

1927 Todavía durante sus últimos meses en París, mantendrá contactos con Jules Supervielle, Paul Valéry, Paul Morand, Valéry Larbaud, entre otros. Asimismo, recibe la condecoración de Comendador de la Legión de Honor de Francia. Regresa a México, donde es elegido Miembro Honorario del Ateneo de Ciencias y Artes, y más adelante se le nombra Enviado Extraordinario y Ministro Plenipontenciario en Argentina, nombramiento que, en curso del viaje a Buenos Aires, será sustituido por el de Embajador Extraordinario y Plenipontenciario. Aparece Cuestiones gongorinas y, en París, Vision de l’ Anahuac, traducida por Valéry Larbaud.

1928 En medio de una incesante labor diplomática y literaria, leerá el discurso inaugural de la Casa del Teatro Argentino así como fragmentos de Visión de Anáhuac, e impartirá sus conferencias “Presagio de América” y “El hombre y la naturaleza en el monólogo de Segismundo”. Comienza a dar cuerpo al libro de discursos y artículos Al servicio de México e intenta la publicación de Culto a Mallarmé y el Testimonio de Juan Peña, así como de la colección de Cuadernos del Plata, proyecto gracias al cual mantendrá una relación muy cercana con la intelectualidad argentina y, en particular, con Jorge Luis Borges. Realiza estudios del Polifemo y elabora su bibliografía personal sobre Góngora. Reencuentro con Ortega y Gasset y contactos frecuentes con Victoria Ocampo y Juana de Ibarbourou.

1929 Recibe de Norah Borges y José Moreno Villa ilustraciones para Fuga de Navidad y La saeta. Realiza una lectura pública de El testimonio de Juan Peña; al mismo tiempo continuará el proyecto de los Cuadernos del Plata e iniciará la escritura de su Landrú-Opereta.

1930 Elegido Pascual Ortiz Rubio Presidente de México, se le nombra, en sustitución de éste, Embajador Extraordinario y Pleniponteciario de México en el Brasil. Es asimismo considerado como miembro de honor del PEN Club de Buenos Aires. Aparece en Río El testimonio de Juan Peña, con dibujos de Rodríguez Lozano, y el primer número de Monterrey, su correo literario.

1931 Encuentro con Paul Morand, de paso rumbo a Argentina. Aparecerá, en París, 5 casi sonetos, y en México su Discurso por Virgilio.

1932 Después de leerlas como conferencias, una de ellas en el Palacio de Itamaraty, aparecerán en volumen En el día americano y Atenea política. También verá publicados los libros A vuelta de correo y Tren de ondas. Se relaciona con los poetas brasileños Cecilia Meireles y Manuel Bandeira, así como con Foujita, quien, de paso por Sudamérica, realizará retratos de la familia Reyes.

1933 Viaje a Uruguay, Argentina y Chile en Comisión Preparatoria de la VII Conferencia Internacional Americana. La Universidad de Nuevo León le otorga el doctorado Honoris Causa. Publicará libros de la más variada estirpe: Romances del Río de Enero, La caída, Voto por la Universidad del Norte y su edición de Si el hombre puede artificiosamente volar de Antonio Fuente la Peña. En colaboración: Código de la Paz.

1934 Regresará a México a finales de año, donde verá aparecer los volúmenes A la memoria de Ricardo Güiraldes, Golfo de México y Yerbas del Tarahumara.

1935 Reasume su cargo de Embajador en Brasil. Aparecen Minuta e Infancia.

1936 Poco antes de salir de Brasil, al habérsele nombrado por segunda vez Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de México en Argentina, dejará una copia del dios Xochipilli en el Jardín Botánico de Río y publicará en Monterrey “Maximiliano descubre el colibrí”, ensayo ilustrado por Cándido Portinari, pintor y amigo del que reyes tenía ya varias obras. También aparece el libro de poemas Otra voz. Gracias al Congreso del PEN Club llevado a cabo en Argentina, ve nuevamente a Henríquez Ureña, Anderson Imbert, Cremieux, Michaud, Ungaretti y Romains, entre otros.

1937 Seriamente conmovido por los violentos hechos desarrollados en España, escribirá los poemas “Cuatro soledades”, “Dos años” y la “Cantata en la tumba de Federico García Lorca”. También publica los libros: Tránsito de Amado Nervo, Idea política de Goethe, Las vísperas de España, El Servicio Diplomático Mexicano, su traducción de Doctrinas y formas de la organización política de G. D. H. Cole y el último número de Monterrey.

1938 Regresa a México en enero y, a mediados del año, se le comisiona, con categoría de Embajador, para Brasil. Aparecen Homilía por la cultura, Aquellos días, Mallarmé entre nosotros e Introducción al estudio económico del Brasil.

1939 Regresa a México, donde colaborará en la creación de La Casa de España en México. Publica la primera serie de sus Capítulos de literatura española.

1940 Es Presidente de la Junta de Gobierno de El Colegio de México (antes La Casa de España en México). Aparecen Villa de Unión y su prólogo a Evolución política del pueblo mexicano de Justo Sierra.

1941 Siendo catedrático de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de México, recibe el grado honorífico de Doctor en Leyes de la Universidad de California. Ese año publica Algunos poemas, La crítica en la edad ateniense, Pasado inmediato y el prólogo a Cancionero de la noche serena de Luis G. Urbina.

1942 Se le distingue como Doctor en Letras, Honoris Causa, por la Universidad Tulane así como por la Universidad de Harvard. Aparecerán Los siete sobre Deva, La antigua retórica, Última Tule, La experiencia literaria y sus prólogos a Virgin Spain de Waldo Frank y ¿Se comió el lobo a Caperucita? de Antoniorrobles.

1943 Es catedrático fundador de El Colegio Nacional, miembro correspondiente de la Real Academia Española y de Honor de la Sociedad Nuevoleonesa de Historia, Geografía y Estadística. Publicará sus prólogos a Reflexiones sobre la historia universal de J. Burckhardt y a Juan Ruiz de Alarcón: su vida y su obra de Antonio Castro Leal y su traducción de Nomentano el refugiado de Jules Romains.

1944 Mientras trabaja en la elaboración de Perfiles del hombre, sufre su primer infarto cardíaco. Aparecen El deslinde, Tentativas y orientaciones, Dos o tres mundos y su prólogo a Poemas de Ángel Zárraga.

1945 Se le concede el Premio Nacional de Literatura. Asimismo, será miembro de la Junta de Gobierno de la Universidad Nacional de México y académico de Honor de la Academia Nacional de Historia y Geografía de México, correspondiente del Centro Literario de Monterrey. Este año será especialmente prolífico en publicaciones: Romances y afines, Norte y sur, Tres puntos de exegética literaria, Capítulos de literatura española (segunda serie), Panorama del Brasil, Juan Ruiz de Alarcón (en inglés), Discursos en la Academia Mexicana de la Lengua, La casa del grillo y sus prólogos a Un destino de M. de Villanueva y Resurrección de Homero de V.  Bérard.

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Un camino marcado por la curiosidad, la obstinación y la casualidad. Eusebio Juaristi en Cuernavaca

El 10 y 11 de septiembre de 2014, el Dr. Eusebio Juaristi (Profesor Emérito e Investigador en el Departamento de Química del CINVESTAV-IPN) compartirá con la comunidad académica y estudiantil del Tecnológico de Monterrey, Campus Cuernavaca, y de la Universidad Politécnica del Estado de Morelos, su discurso de ingreso a El Colegio Nacional Un camino marcado por la curiosidad, la obstinación y la casualidad; discurso en el que narra sus aventuras y peripecias como investigador en Ciencias químicas:

Tendría unos 12 años cuando el personaje central de una película de Walt Disney —un joven de 18 años que realizaba experimentos en el laboratorio ubicado en el sótano de su casa— despertó en mí la vocación por explorar e inventar cosas. Al terminar la Preparatoria, y gracias a una beca del Club Rotario de Querétaro gestionada por mi abuelo Gregorio Juaristi, me decidí por estudiar la carrera de licenciatura en ciencias químicas (LCQ) en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM). La mayor parte de mis amigos y compañeros estudiaban ingeniería química, por lo que estuve a punto de cambiarme de carrera, pero el doctor Xorge A. Domínguez, jefe del Departamento de Química del ITESM, me hizo ver la belleza, el orden y el enorme potencial de la química orgánica, y supo mantener en mí el entusiasmo por la investigación científica, de modo que me convenció de continuar en la carrera de LCQ.

10 de septiembre: Salón Learning Commons de la Biblioteca del Tecnológico de Monterrey, Campus Cuernavaca. 12:00 horas.

11 de septiembre: Auditorio Universidad Politécnica del Estado de Morelos. 12:00 horas.

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Pasado inmediato. Alfonso Reyes. México, septiembre de 1939

Conferencias del Ateneo de la Juventud. Antonio Caso, Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña, Carlos González Peña, José Escofet, José Vasconcelos