Archivo de la categoría: Obras Alfonso Reyes

La campeona. Por Alfonso Reyes

Cuando el Presidente del Club de Natación y los Síndicos de París —chisteras, abultados abdómenes, bandas tricolores sobre el pecho— vieron acercarse a la triunfadora, prorrumpieron en aplausos y entusiastas exclamaciones:

—¡Si parece un delfín!

—Querrá usted decir una sirena.

—No, una náyade.

—¡Una oceánida, una “oceánida ojiverde”, como dijo el poeta!

La triunfadora, francesita comestible que hablaba con dejo italiano para más silbar las sibilantes y mejor suspenderse en un pie sobre las dobles consonantes, comenzó a coquetear:

—Non, mais vous m’accablez! Mon Dieu, que je suis confuse! Et une naiade, encore! C’est pas de ma faute, vous savez? Si j’avais sû…!

Y todo aquello de:

—Toque usted; sí, señor. No hay nada postizo. Eso también me lo dio mi madre con lo demás que traje al mundo, etcétera.

—Vamos a ver, señorita —interrumpió, profesional, el señor Presidente, poniendo fin a esos desvaríos con una tosecilla muy al caso— ¡Ejem! ¡Ejem! Para llenar este diploma hacen falta algunos datos. Decline usted sus generales.

—¿Aquí, en público?

Risas. El Presidente, protector:

—Su nombre, su edad… ¿En qué trabaja usted, cuál es su oficio?

—Mi oficio es muy modesto, señores. Porque, sin agraviar a nadie, yo, como decimos los del pueblo, soy puta.

Pánico. Silencio seguido de rumores.

—¿Ha dicho usted…?

—Puta.

¡……………………………………………………………………..!

Dominando la estupefacción general, Monsieur Machin, siempre analítico, interroga:

—Pero, entonces, delfín o sirena, náyade, oceánida o demonio… sin faldas, ¿quiere usted decirnos cómo, cuándo, dónde adquirió usted esa agilidad y esa gracia en el nadar, esa perfección deportiva, ese dominio extraordinario del… de la… de los… de las…

Y la oceánida, cándidamente, le ataja:

—C’est que… vous savez? Avant de venir ici je faisais le trottoir á Venise.

De Árbol de pólvora

 

Ifigenia cruel. Por Alfonso Reyes

Ifigenia Cruel es uno de los poemas clásicos de nuestras letras. Clásico en el sentido en que lo son Sindbad el Varado o Muerte sin Fin, y no sólo por su referencia griega. Junto con otros trece o catorce poemas, constituye lo que Alfonso Reyes (Monterrey, 1889-1959), dejó de perdurable en poesía, a la altura de su vasta obra de polígrafo, la obra de mayor dimensión de nuestras letras (es bueno recordar esto ahora, cuando en nuestro país la inteligencia y la cultura se confunden con muchas cosas).
Reyes dedicó algunas páginas para justificar este espléndido poema dramático. No eran necesarias, pero constituyen una de las interpretaciones más nítidas que sobre el poema pueden hacerse. El tema es el sacerdocio de Ifigenia en Táuride. En Eurípides, Ifigenia se
vengaba de lo padecido en Áulide; en Reyes, lo hace sin venganza y sin memoria. En Eurípides, su hermano la cree inmolada; en Reyes, viene en su busca, pues sabe que está ahí. En Eurípides, el monarca es bárbaro; en Reyes, es sabio y compasivo. En Eurípides, Ifigenia regresa como sacerdotisa de la diosa; en Reyes, regresaría para desposarse con otro y asegurar descendencia, ya no como virgen sagrada.
Además de esta diferencia, hay una dualidad permanente en el poema de Reyes, que lo hace un poema fundamentalmente moderno. No acosa a Ifigenia el pasado, sino su conciencia; la acosa una oscura sensación de no ser sólo ella, sino también la otra, la que
recuerda subterráneamente, sin compartirse. En hechos sangrientos vive, creyendo que nace; así recuerda que en sangrientos festines ha nacido: su linaje nuevo es como el antiguo. Ella olvida, pero después recuerda lo que Orestes ignora; el olvido tiene más recuerdos que nosotros. Ella debió morir, pero vive; debió ser sacrificada, y es sacrificadora; es el castigo para los que a esas playas llegan y, sin embargo, es la castigada. Se divide ella misma entre la imaginación, poblada de fantasmas, y la lealtad del cuerpo (división difícil de plantear en una Ifigenia antigua). Su cuerpo fue leal con ese pueblo bárbaro; su deseo, con su linaje. Ella, la sacerdotisa, fue conminada por su hermano a descender de ese desdoblamiento y ser mujer, ser madre, ser cuidadora de su telar familiar. Se le pidió que fuera lo opuesto, no la que mata, sino la dadora de vida. Ifigenia se negó a hacerlo. Más parece con esto una versión suavizada de una diosa mexicana, dadora de muerte, que la sacerdotisa griega que en Eurípides retorna amorosa a su país.
Ahora bien, el punto central del poema es cómo llega Ifigenia a ser libre. Ya abriste pausa en los destinos, dice el Coro cuando lo ha logrado. Tal libertad no lo fue de lo sangriento; tampoco de su linaje; tampoco de la diosa, del país o de Orestes: su libertad consistió no en haber detenido los sangrientos hechos de los hijos de Tántalo, sino en aceptarlos, en continuarlos aún, resistiéndose a convertirse en madre de muchos hijos. En sí misma reunió los sacrificios antiguos con los suyos, elevados ya a rituales: su libertad fue haber
elevado la muerte a un altar, a una sacralidad. Reyes creyó haber expresado otra cosa: la superación de hechos políticos dolorosos en su familia, pero se engañó. Lo que pudo lograr fue que esos hechos permanecieran en las manos sangrientas de Ifigenia sacralizados, voluntarios. En Eurípides, Ifigenia logró el deseo de Reyes; en este poema, lo rechazó. Y el acto de libertad no provino de una emancipación de su familia: no fue la salvación de su familia o estirpe, sino de ella misma respecto a la otra, la oscura que por fin llegó a mostrarse ante las palabras de Orestes: la que apartó, la que expulsó de sí misma para quedar libre, vencida por el peso propio de la sangre de los sacrificados, defendida y oculta en el templo, cual virgen cruel, sola, amando este bárbaro país donde los sacrificios humanos continúan.

CARLOS MONTEMAYOR

Texto disponible en:

http://www.materialdelectura.unam.mx/images/stories/pdf5/alfonso-reyes-50.pdf

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La originalidad. Por Alfonso Reyes

Se nos dice que una de las ideas motrices del Romanticismo fue la preocupación por la originalidad, entendida como fin en sí, como meta directa… ¡y es un by-product!

Aunque tal angustia hace crisis en los extremosos, tanto que todos acaban por resultar triviales, habría que meditar mucho la sentencia de un maestro ultra, Lautréamont, quien dice que el milagro no puede ser obra individual, sino sólo colectiva. Ya lo sabíamos por el coro de sátiros, a cuya solicitud multánime aparece el dios, y funda la tragedia.

De donde, por largo rodeo, la teoría de la “pintura al collage” de Aragón. Tal teoría es aplicable a las letras, sobre todo en las apariciones o milagros. No escribimos entre todos el Quijote, claro es —aunque si en mucha parte—; pero, en cambio, la Ilíada… ¡Alto! Este ejemplo nos corrige y da a la idea su propio dibujo. Homero combina y organiza, pero es uno. No entendamos groseramente la doctrina. No se trata de collage, sino de absorción, digestión, refundición de los temas tradicionales. Toda creación es re-creación y recreación.

Alfonso Reyes, “La originalidad”, De viva voz, Obras completas VIII, Fondo de Cultura Económica, México, 1996, pág. 207

Alfonso Reyes diplomático: intervenciones en la Conferencia Internacional de Estados Americanos. Montevideo (1933)

Durante la Séptima Conferencia Internacional de los Estados Americanos celebrada en Montevideo, Uruguay, el 26 de diciembre de 1933, además de que los estados miembros declararan la llamada “Política de buena vecindad” —la cual se oponía a la intervención estadounidense en los asuntos de los países de América— se aprobaron además las siguientes convenciones:

  1. Asilo político: ver documento.
  2. Derechos y deberes de los estados: ver documento.
  3. Enseñanza de la historia: ver documento.
  4. Extradición: ver documento.
  5. Nacionalidad de la mujer: ver documento.

Alfonso Reyes hizo parte del cuerpo diplomático mexicano junto con Jose Manuel Puig Casauranc, Basilio Vadillo, Genaro V. Vasquez, Romeo Ortega, Manuel J. Sierra y Eduardo Suárez.

Sitio web de referencia: http://www.oas.org

Nación y universidad. Por Alfonso Reyes

A nadie se oculta —sin volver ahora sobre las clásicas discusiones en torno a la idea de universidad que, desde Newman hasta Ortega y Gasset, debieran estar en la mente de cuantos a estas tareas se consagren (y abro aquí un paréntesis para mencionar con honor al sociólogo brasileño Tristao de Athayde, por lo mismo que no militamos en igual campo) —, a nadie se oculta que una universidad es, por su nombre, por su definición, por su oficio, algo universal aunque no extranjero: la ciencia no puede tener patria. Pero incurre en una confusión lamentable quien se figura que por eso sólo la universidad y la nación se contraponen. Cuanto enaltezca y mejore a un grupo humano, lo enaltece y mejora en su condición nacional. Cuando en la Edad Media, la Universidad de París congregaba a los estudiantes de todo el mundo, de aquellos barrios iban surgiendo naciones europeas modernas. El químico mexicano será más buen mexicano al paso que sea más buen químico; y mejor que si, en vez de limitarse —porque en esto estriba el peligro para nosotros— a ser un ensayador empírico, adjunto a cualquier metalería, llega a ser un verdadero investigador, capaz de ingresar en la muy mexicana, pero muy universal y científica tradición de Río de la Loza. El arquitecto mexicano será más buen mexicano mientras más buen arquitecto sea; y mejor que mejor si, en vez de limitarse a transportar mecánicamente los cánones de un búngalo aprendidos en “el-Sur-que-nos-queda-al-Norte”, se injerta en la robusta tradición, varias veces secular, que es orgullo de las artes mexicanas y es asombro del mundo. Que en cuanto a querer averiguar dónde cae el límite exacto de lo mexicano o lo no mexicano, y cómo lo uno y lo otro se acomodan en lo universal, dejemos esta discusión estéril a los que prefieren no hacer nada, arrogándose el derecho de censurar lo que hacen los otros. Entreguémonos cuanto antes a la obra, seguros de que nos gobierna desde arriba una fatalidad venturosa, a la que nunca podremos escapar como no nos empeñemos en contrariarnos y adulterarnos a la fuerza. Hay una lealtad al trabajo, una docilidad a las líneas trazadas por la naturaleza del objeto mismo que nos preocupa; y esta lealtad o docilidad sustituyen con ventaja a las definiciones apriorísticas. Será mexicano todo lo bueno que haga un mexicano. Con todo, es innegable que hay ciertas direcciones preferidas por el espíritu de cada pueblo. Y sin ahondar en ello —que ni es el sitio, ni ha llegado para mí el momento— me atrevo a dejar aquí estas sugestiones: cuanto prefiera la calidad a la cantidad nos parecerá más mexicano, o más mexicanizante, que lo contrario. Y nos parecerá que defiende con más eficacia el patrimonio de nuestra nación (patrimonio hecho y, sobre todo, patrimonio por hacer) cuanto —para usar la lengua de Pascal— imponga el “espíritu de finura” por sobre el “espíritu de geometría”. Somos una raza metafísica y poética; y no se rebelen contra esta declaración los amontonadores de energía física y de materia, que también eran así los egipcios, y también dejaron las pirámides. Quiero decir que nuestra universidad será más mexicana mientras más procure suscitar las virtudes en el alma de sus educandos, y menos se entretenga en averiguar —pongamos por caso— si las estatura sumadas de todos ellos completan tal o cual submúltiplo del meridiano terrestre. Y conste que no hago caricatura, sino que me refiero a aberraciones registradas y conocidas.

Alfonso Reyes. “Voto por la Universidad del Norte”, Universidad, política y pueblo. Nota preliminar, selección y notas de José Emilio Pacheco. UNAM, 1967, pp. 18-20.

Morena. Por Alfonso Reyes

Trigueña nuez del Brasil,

castaña de Marañón:

tienes la color tostada

porque se te unta el sol.

De las algas mitológicas

en el marino crisol,

como la sal se te pega

tienes tostado el color.

Ilesa virgen de aceite,

lámpara de hondo fulgor:

sales a apagar el día,

ya diamante, ya carbón.

En el vaho de la arena

¿no se consume la flor?

No se consume: se alarga

el tallo, rompe el botón.

Misterio: ceniza y fruta;

ceniza sin amargor,

fruta áspera con acres

aromas de tocador.

Mirra y benjuí por los brazos,

gusto de clavo el pezón:

quien hace la ruta de Indias

corta la especia mejor.

Cierto, tenderé la vela:

me siento descubridor,

alumno de Marco Polo

y de Cristóbal Colón.

—¡Tierra!—grito, y en el seno

del barro que te crió,

hinca ya la carabela

la quilla y el espolón.

Tierra oscura me recibe,

en sorda germinación,

en la que saltan los árboles

como rayos de explosión.

Truena Dios, y mi ventura,

al tiempo que truena Dios,

está en volver a la sombra

donde he nacido yo.

—Callen las onzas de plata

cuando se escucha esta voz:

“Hijas de Jerusalén,

el sueldo de cobre soy.”

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Cuatro soledades. Por Alfonso Reyes

1.ª
Clara voz de mis mañanas,
¿dónde estás?
Mi Rua das Laranjeiras,
donde aprendían los pájaros
a cantar en español.
¿Dónde estoy?
¿Dónde estáis y dónde estoy?
Cielo y mar, sonrisa y flor,
¿dónde estáis y dónde estoy?
Último sueño del tiempo
gracia, esperanza y perdón,
¿dónde estáis y dónde estoy?
¿Dónde la secreta dicha
que corría sin rumor?
¿Qué se hizo el rey don Juan,
los Infantes de Aragón?
¿Dónde estáis y dónde estoy?
¿Dónde las nubes de antaño?
¿Adónde te fuiste, amor?
¿Dónde apacientas tus greyes
y las guareces del sol?
Digan: ¿Quién la vio pasar?
(Y todos dicen: ¡Yo, no!)

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El coleccionista. Por Alfonso Reyes

1. Por qué ya no colecciono sonrisas

“He dejado de coleccionar sonrisas —a que antes fui tan aficionado— porque la experiencia del trato humano al fin enseña que se abusa más de la sonrisa que de la risa. Es más difícil fingir una risa que una sonrisa. Y los hombres suelen usar de la sonrisa como ripio social, para llenar todos los huecos de la conversación, o suplir las frases rituales del saludo, la despedida, el agradecimiento, la enhorabuena y demás mecánica de la cortesía.

“Yo mismo que, a fuer de especialista, he procurado en lo posible que mi sonrisa tenga siempre un contenido sustancioso y real, me sorprendí hace pocos meses dando un pésame con una sonrisa: una sonrisa externa, obligada, inconsciente, disciplinaria, muerta. Desde entonces desconfío mucho de las sonrisas.

“Las sonrisas sólo me interesan ya cuando vienen a ser, como alguna otra vez lo he dicho, el fulgor de un pensamiento solitario; de un pensamiento que tiene henchida del toda la conciencia, y se va escapando, manando, en breves vibraciones faciales. Entonces las sonrisas tienen el valor de una confesión, y hay que recogerlas con el ánimo tembloroso y codicioso. Pero, adquirido el hábito de distinguir estas sonrisas de las otras —de las sonrisas muertas—, ya no hay que preocuparse más; hay que pasar de largo. Dios escoge a los suyos: las buenas sonrisas se coleccionan solas. Por eso he dejado de coleccionar sonrisas desde hace algunos meses.

Además, hay ya muchos aficionados; el mercado ha perdido su su virginidad encantadora de antaño; entre la viciosa oferta y la excesiva demanda, los valores justos han desaparecido. Cualquiera mujer vende a precios fabulosos una sonrisa embustera, recién fabricada, pretendiendo que es una sonrisa Luis XIV o una sonrisa Directorio.

“Y no es que las falsificaciones carezcan necesariamente de valor, no. Hay, por ejemplo, sonrisas ‘sevillanas’, que valen por sí mismas mucho más que las de cuño oficial; las hay hechas por la noche en casa, de tapadillo, que no se pagarían con nada. Pero es que al verdadero coleccionador le puede gustar el artículo falsificado, a condición de que se lo propongan franca y expresamente como artículo falsificado. Yo tenía por ahí, arrumbadas en mi colección, dos o tres sonrisas completamente artificiales, hechizas, por las cuales he pagado varios años de adoración rendida. Pienso, entre los demás despojos de mi tesoro, legarlas a mis amigos para experiencia.

“Hay, sobre todo, algo que me inquieta: he dado en pensar que la sonrisa es una risa sin entrañas, una risa insalubre, sin eficacia vital; una risa que se ha vuelto loca y ha olvidado su propósito a medio camino, como flecha que se pierde en el aire. He dado en pensar que la sonrisa es una risa marchita, que ha crecido falta de luz y aire —planta blanquecina y sin sol—, anémica, raquítica, con unas piernecitas flacas y un cuerpo jorobadito; que la sonrisa es una risa de mal humor; una risa a la que tuercen el pescuezo a última hora: una ‘catarsis’ mancada, un desahogo que se arrepiente.

“Yo sé bien, en mi fuero interno, que todas éstas son malas ideas. Antes, en mi mejor época, aunque tales ideas me asaltaran, no me inquietaban ni hacían mella. Las tenía yo descontadas de antemano. Lo que me importaba era llegar a las almas colgado del hilo de araña de una sonrisa, como el amante que trepa hasta el balcón por las trenzas de oro de Ruiponche.

“Entonces solía yo perseguir con dolor la entrevista imagen de una Gioconda callejera, y era mi oración favorita aquella página de Pater dedicada a descifrar los mil y un sentidos del lienzo de Leonardo, de aquella insondable sonrisa, ‘siempre adornada con un toque siniestro’, perseguida siempre en múltiples tanteos juveniles en torno a los trazos del Verrocchio, que un día se deja aprisionar, adormecida al halago de las flautas de los bufones, como una paloma viva que cae, poco a poco, bajo el hipnotismo de la serpiente.

(Es más antigua que las rocas que la circundan; como el vampiro, ha muerto ya muchas veces y ha arrebatado su secreto a la tumba; y ha buceado en mares profundos, de donde trajo esa luz mortecina en que aparece bañada; y ha traficado en telas extrañas con los mercaderes de Oriente; y fue, como Leda, madre de la Elena de Troya y, como Santa Ana, fue madre de María; y todo esto no significa más para ella que el rumor de aquellas liras y flautas que la hacían sonreír, ni vive ya todo ello sino en la delicada insistencia con que ha logrado modelar sus rasgos mudables y teñir sus párpados y sus manos…)

“…Pero imaginad lo que sería una Mona Lisa exagerada, por la fatiga, en bruja ganchuda y rugosa: pues algo semejante ha venido a ser el misterio de la sonrisa para el coleccionador hastiado. Y cuando se llena uno de malas ideas, hay que cambiar de ambiente, de oficio. He dejado de coleccionar sonrisas, en busca de algo más serio, más directo, más cristalino.”

2. Ahora colecciono miradas

“Ahora colecciono miradas. Los ojos son unas ventanas por donde entra y sale la conciencia a toda hora. Hay conciencias de gusto amargo, y otras de gusto dulce. Las hay cálidas, las hay gélidas. Las hay que tienen el frío cariñoso de la primavera, o el calor discreto del nido. Todo eso se gusta por los ojos. Ese abandono de los ojos —ese “impudor”, exageraba Longino— nos cura un poco, nos revive un poco a los que estamos hastiados de descifrar sonrisas. Esa tremenda confesión de los ojos ha logrado al fin devolverme las emociones que me embotó el abuso de las sonrisas. Una mirada me sumerge en suaves delirios: “siembra mi corazón de estrellas”. Y, a poco de interrogarlas, no hay mirada que no responda: todas se entregan.

“Y voy, bajo los árboles de la primavera, como un Don Juan de las miradas, sorprendiendo, robando fuegos rojos, azules, fuegos castaños, fuegos grises. Las hay que convidan con la serenidad zarca de Atenea, y las hay que arrastran a la negra meditación del búho. Y éstas y las otras se me antojan: se me antojan imperiosamente como al sediento el vino.

“Cuando veo venir unos ojos abiertos (no todos los ojos abiertos están abiertos), de esos que van —sin saberlo— derramando el contenido secreto, hay algo que se estremece en mí: algo como un escozor de quemadura que quiere ser quemada otra vez. En este delicioso rebusco del dolor, “¡Quiero que me quemen esos ojos!”, digo al pasar. Y soy tan desdichado cuando pasan de largo, como Dante con su Beatriz, junto al puente aquel donde ella no quiso devolverle el saludo.

“Cuando yo muera y los médicos me abran el cuerpo para sacarme el alma, la van a encontrar llena de quemaduras del color de todos los ojos de las mujeres; si ya no es que encuentran un miserable puñado de cenizas: ¡toda se me habrá consumido en esta posesión imposible de las miradas, tonel sin fondo a los deseos! ¡Oh, dadme, dadme la mirada que fija y clava, la mirada que sacia como el vaso plenamente apurado!”

Alfonso Reyes, “El coleccionista”, Calendario, Obras completas II, Fondo de Cultura Económica, México, 1995, pp. 352-355.

La gran cruz de Boyacá. Por Alfonso Reyes

Excmo. señor Embajador don Jorge Zalamea: Reciba Vuestra Excelencia la expresión de nuestra gratitud más profunda, y dígnese hacerla llegar hasta el Excelentísimo señor don Alfonso López, Presidente de la República de Colombia, procurando—como sin duda sabrá hacerlo un mensajero de tales prendas— que, sin empañarse la objetividad y la tersura impuestas por los cánones oficiales, se deje sentir de alguna manera, y como entre líneas, ese calor de la emoción sin el cual las cosas humanas pierden su necesidad y su justicia.

Un amistoso encargo, que por de contado en la orden más inapelable, me pone en el trance de contestar a Vuestra Excelencia en nombre de los señores generales don Francisco L. Urquizo, don Leobardo C. Ruiz y don Gustavo A. Salinas, a la vez que en mi propio nombre: nuevo consorcio, éste, de las armas y las letras, en que no puedo menos de complacerme y aun sentirme guiado por algún secreto y sabio destino; por la amistad que me une con los tres señores generales; porque nunca en nuestro  país fue mejor la armonía entre militares y civiles, ahora que nuestra juventud cruza por el servicio del Estado como una etapa natural de su vida, y porque, además de ser un oficial de los libros, soy hijo de un guerrero.

Pero este paso honroso me obliga, sin remedio, a sumergir en mi propia confusión, oscureciéndola con ella, la gallarda personalidad de estos militares y estadistas, a quienes —sin salirme del pacto— no podría yo elogiar aquí como quisiera, ni felicitar a mi turno.

Se, en cambio, que los interpreto cabalmente, al asegurar que nuestra gratitud se acrecienta por el hecho de haberse escogido el aniversario nacional de Colombia para entregarnos las insignias de la Orden de Boyacá, cuyo solo nombre es grito de victoria, y evoca nuestras  bregas comunes y nuestras comunes esperanzas.

Tenemos que dejar de lado las gentiles palabras con que el señor Embajador nos acoge, y disimular con el silencio todo ese rumor de alma que se precipita a nuestros labios, sin hallar la palabra justa. Porque tampoco estaría bien que nos detuviéramos demasiado en hablar de nosotros mismos, con pretexto de rectificar favores sin duda desmedidos; y porque estas deudas, en suma —al fin engendradas por la generosidad y la nobleza del otorgante—, ni se cementan ni se pagan.

A ver cómo se las arregla este caballero de las letras y del pensamiento americanos, a quien seguimos con admiración y de sorpresa en sorpresa desde sus primeras hazañas en la pluma; este claro e intachable amigo, que por suerte ostenta entre nosotros la representación del país hermano, para que la opinión y el Gobierno de Colombia adviertan que los ahora agraciados con las insignias de la Orden de Boyacá no nos engañamos sobre la intención de esta honra inapreciable: —Servimos come memos intermediarios para que se manifieste la amistad entre dos pueblos y dos Gobiernos. Nada más: nada menos.

Cada vez nos despersonaliza más el imperativo de los deberes sociales. Siempre fue de rigor devolver a la sociedad lo que cada uno le debe. Mucho más en estos días aciagos. Nuestra vida ya no tiene más fin que ofrecer los hombros, para que salte a escalar el eterno muro otra generación a la que deseamos mejor ventura. Desaparecemos en la base de los empeños colectivos. Valemos y somos cuanto valga nuestra voluntad de integrarnos con los nuestros, absorbidos el el seno de las naciones. Y vamos, de paso, arrastrados por el gran viento histórico.

Colombia, en la constelación de las naciones americanas, ofrece una fisonomía inconfundible y, digámoslo de una vez, digna de envidia. Nunca más palpable esa posibilidad de reducir a virtud, razón e inteligencia los ímpetus juveniles y algo desordenados que, a veces, imprimen en la fisonomía de nuestros pueblos una gesticulación ingrata y excesiva. Nunca más celosamente preservada aquella vieja tradición de cortesía que, desde la hora en que Hispanoamérica pudo dejar oír su voz entre el coro de las voces de Europa, la distinguió como un carácter propio y acaso como una promesa: la promesa que América ha significado siempre para el día en que se cese el mundo.

En la mitología del Continente —en decir: en esos trasfondos de conciencia donde precipitan, ya depuradas y acendradas, las imágenes definitivas—, Colombia ha ocupado el lugar de una Atenas americana. Y aun se han dado instantes preciosos, de exquisita irrealidad —diríamos—, en que las ásperas luchas cívicas, donde hasta un poco de grosería se usa y se perdona, asumieran, allá, el aire de aquel inacabable diálogo, entablado desde que nació la palabra, entre la Gramática y la Poesía.

Para Colombia sean, pues, nuestra gratitud y nuestros votos fervientes. Y, señor Embajador, sépase y entiéndase que aquella nación—hermana mayor por la discreción y el civismo—no arroja en tierra estéril estas semillas de su generosidad. Si ya sólo como mexicanos nos cumplía amar a Colombia, ahora doblemente nos compete como señalados por el fuego de su simpatía. El amor y el entendimiento de Colombia, nosotros los atizaremos gustosamente: en la medida de su insigne acción, mis amigos, yo en mis “oscuras soledades”, de que hablaba el poeta. Nosotros lo transmitiremos a nuestros hijos, a nuestros hijos de la carne y a nuestros hijos del espíritu.

México, 20-VII-1945.

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Adiós a los diplomáticos americanos. Por Alfonso Reyes

Ha sonado mi hora; y como para todos tiene que sonar, y estamos entre iguales, considero oportuno que hagamos algunas reflexiones sinceras sobre lo que sucede en torno a esta mesa redonda.

En torno a la Tabla Redonda, he aquí que estamos congregados, en efecto, algunos supervivientes de la Andante Caballería, que corremos el mundo desfaciendo agravios y enderezando entuertos o, si preferís, predicando entre las naciones la Cruzada de la buena voluntad.

¿Cómo y por qué hemos venido a dar aquí? Nuestra medalla tiene anverso y reverso. Empecemos por el reverso. Todos salimos de nuestra tierra para mejor servirla, contrariando la sabiduría china que aconseja vivir siempre bajo el cielo que nos viera nacer. Unos, empujados por una fuerza positiva: la vocación por las cosas internacionales. Otros, empujados más bien por una fuerza negativa: el conflicto, el callejón sin salida en que los azares de la política interior suelen enredar a los hombres. Bajo vuestra máscara afable, todos escondéis esta herida oculta: la nostalgia, Proteo de mil formas que se metamorfosea como las hechiceras del cuento árabe, para mejor atacarnos a toda hora. Cuándo es serpiente, cuándo es tortuga, cuándo es águila. Todos, entre nuestros fardos de viaje, arrastramos a este enemigo terrible: la nostalgia. En nuestras frecuentes noches de insomnio, todos, como Jacob, combatimos largamente con este ángel. Esto nos hace vivir en una alerta constante: sabemos dónde está nuestro pulso débil. Sentimos venir al agresor, y entonces, fieles a nuestro juramento de cortesía, nos ocultamos un poco para que nadie nos vea sufrir. El mito del Judío Errante no nos conviene. El Judío Errante viajaba sin echar raíces, y nosotros—más tristes todavía— tenemos tiempo de echar raíces y aun de cosechar las primeras flores ¡para luego, de repente, a la voz de mando, arrancarlo y deshacerlo todo! Así es como los bienes del mundo nos van pareciendo transitorios y un tanto ajenos. Así es como, bajo las apariencias de una cierta frivolidad, aprendemos a desconfiar de las cosas de los sentidos, cual si fueran aquellos dineros del diablo que se volvían cenizas en las manos, o bien —en los casos más lamentables— nos aferramos tal vez a ellas con visible desesperación. De una en otra experiencia y de una en otra lección, nuestro oficio nos convierte así en maestros del sufrimiento.

 Pero el anverso de nuestra medalla no tiene, por cierto, menor relieve. Acordaos de aquel afán juvenil por conocer gentes y pueblos, aquel apetito goloso por comparar y contrarrestar orgullos de razas, aquella sed —que a lo largo de la carrera se nos va depurando—, sed que yo llamaría la sed del catador de fronteras; el gusto, y casi la embriaguez de explorar el corazón humano en todos los climas y naciones; el salubre ejercicio de enfrentarse con el espectáculo de todas las ciudades y de asimilar,siquiera sea por un instante y come quien abre nuevas ventanas en su torre, el gesto espiritual, la contorsión propia de cada país. ¡Qué ensanches del alma! ¡Qué suerte de acrobacia moral! Ver un día desarrollarse, como en línea desplegada, la marcha de todos los acontecimientos de la tierra, en una hoja del periódico que para muchos es muda o jeroglífica, y que para nosotros ha cobrado ya el valor de los recuerdos y asociaciones personales, en lugares, en personas, en situaciones. Agrandar la noción de familia humana hasta volverla universal. No dejar punto muerto donde no hayamos sembrado una hora de trabajo o un minuto de esperanza. Participar en todos los altos intereses de la especie, aunque sea con el modesto valor de la simple presencia; y poder decir, como Menandro y Terencio: “Hombre soy, y nada de lo humano puede dejarme indiferente.”

Y luego—y por aquí nuestro oficio toca al sacerdocio— investigar, revolver datos de estudio y datos de mera sensibilidad, para ir descubriendo al fin aquellas resultantes dinámicas de los pueblos, a través de las cuales la colaboración y la concordia pueden ser posibles y eficaces. Y todo esto, mediante la mayor expresión de fuerza de que el hombre sea capaz; mediante aquella sublimación de la fuerza que se borra, se aligera, se vuelve tan leve que a veces resulta inefable: todo ello, mediante la sonrisa. Es decir: mediante el agrado, la buena disposición, el ánimo comprensivo, el espíritu conciliador y abierto. Todo lo cual, si nuestra misión sólo consistiera en ceder, sería muy fácil. Pero siendo así que nuestros negocios son los negocios de una Patria, el esfuerzo resulta tan complicado, y la necesidad del éxito tan imperiosa, como lo es para el volatinero el no caer de la cuerda. Y aun la postura es igualmente patética, porque, entre los ritmos de una danza, se va burlando un peligro serio.

Y ahora, para acabar permitidme una pequeña digresión filosófica. Aristóteles nos legó el adagio de que la naturaleza nada hace por saltos; pero el instinto mismo nos hace sentir que toda la vida se construye a ritmos y a saltos, como los latidos del corazón. Hay una palabra argentina, el pálpito (en México, llamamos a esto, la corazonada) que parece entrañar ya la sospecha de lo discontinuo y lo súbito; de que, por ejemplo, se puede llegar al conocimiento de la realidad por algún repente instintivo. El capítulo de los cambios súbitos en las evoluciones biológicas cada vez ocupa mas sitio. Y, por (último, la estructura del átomo, íntimamente interrogada por la Física Matemática, nos deja descubrir, entre esas zarabandas de iones en torno al electrón central, que hay intersticios en la naturaleza, zonas vacías de existencia por las cuales no puede pasar el ion —digamos— sino dejando de existir en un tramo del camino y renaciendo después; en suma, que la discontinuidad es tal vez la norma del mundo corpóreo. La continuidad, en cambio, es un orden espiritual del mundo; está en las almas, no en los objetos, y en moral se llama conducta. Nuestra vida, amigos míos, sometida a perpetuos cambios e interrupciones, sería sencillamente imposible sin esta rectificación o continuidad del espíritu, que proyecta luces de coherencia sobre el montón de los hechos atropellados. Hoy en un país, mañana en otro… Ya dice, en el Martín Fierro, el viejo Vizcacha, con aquellas sus palabras rudas y sabrosas:

 Vaca que cambia ‘e querencia,

se atrasa en la parición.

Pero un impulso interior lo remedia todo: una decisión de no dejarse atajar por obstáculos de tiempo y espacio. Nuestro viaje por el mundo, aun cuando sea, físicamente, una serie de partidas y contrapartidas geográficas, es —moralmente entendido— una suma constante, una línea en movimiento que cada vez enlaza entre sus mallas nuevos afectos, nuevos pueblos, nuevas nociones del mundo. Vamos, a través de reinos y repúblicas, tejiendo el cordón de miel evangélico. Somos, como la vieja Celestina, aunque en sentido mucho más noble, “zurcidores de voluntades”; gente consagrada precisamente a suturar roturas y a amortiguar sobresaltos, a crear continuidad. En tal sentido, ninguna conquista alcanzada puede perderse; y el contentamiento superior de esta continuidad de la obra irradia, como una idea tutelar, sobre la melancolía de todas nuestras despedidas y nuestros viajes. Apenas he alcanzado el fruto argentino, cuando ya el Brasil me brinda las opulencias y halagos de su pueblo, la profunda fantasía de su espíritu y la incomparable enseñanza de su historia.

Excelentísimos señores, y —lo que vale más, aunque sea menos superlativo— amigos excelentes: seguimos juntos. Juntos en la obra, juntos en la misma tierra que pisamos, juntos en la amistad, juntos en mi gratitud. Siempre juntos.

Buenos Aires, 31-III-1930

Análisis de una pasión. Por Alfonso Reyes

Río, 10 de junio de 1940

Yo había oído decir mucho bien y mucho mal de esta tierra. Más bien que mal. El bien se refiere a su espléndida naturaleza y a la general, dulzura de su gente. El mal, a cierto carácter escurridizo que se advierte en el trato, cierta aparente hipocresía disimulada bajo extremos corteses. La suerte me ha proporcionado la ocasión de ponderar por mí mismo estas medidas. A un casi recién llegado no hay que pedirle que cale muy hondo. Pero he comenzado ya a creer que ese carácter escurridizo es una fórmula de equilibrio ante la vida, tan legítima como cualquiera otra; que esa aparente hipocresía no lo es de veras, porque no esconde mala intención ni engaño, sino un deseo de ser agradable ocultando toda aspereza a todo impulso ingrato; que esos extremos corteses son un hábito fundado sin duda en bases étnicas, contaminaciones del mestizaje y solicitaciones telúricas, de ambiente, de geografía, del aire que se respira y del agua que se bebe.

Si en la América hispana el tipo popular acentúa otros aspectos más bruscos de la fuente ibérica primitiva, en la América lusitana más bien acentúa los aspectos de suavidad y amaneramiento. ¿Pone Africa, también, su modesta contribución de sonrisa, sometimiento y gracia cándida? La verdad es que estas generalizaciones étnicas no llevan muy lejos. Lo que importa es insistir en la buena intención de semejante actitud, que desarma toda censura, y también en la naturalidad y constancia con que esa tendencia se expresa, lo que desarma toda sospecha de artificialidad o cálculo.

En la vida familiar, en los interiores domésticos, el ceremonial cortés —suelo de civilizaciones— se mantiene con igual persistencia. El padre anciano da las gracias cumplidamente a la niña que le trae el vaso de agua, como si estuviera de visita en su casa y tratara con persona mayor a quien debe algún acatamiento. El viejo imperio de confitería y colorines perpetúa así sus ritos de corte en medio de una república relativamente turbulenta (relativamente tan sólo: junto a las hispánicas, parece pacífica).

Después de todo, cada pueblo tiene su mímica y ahora recuerdo que los hispanoamericanos recién llegados a España casi se sienten ofendidos y maltratados por cierto altivo tono de voz de los españoles, y hasta creen que quieren mandarlos a otra parte cuando les dicen cosa tan santa como: “¡Vaya usted con Dios!” Pues ¿y los argentinos que lo miden a uno de pies a cabeza, comparan los respectivos trajes con la mirada y luego se dirigen a uno en términos que parecen delatar una guardia previa contra alguna agresión posible? Y sin embargo, son leales, varoniles, y dan de una vez la mano para siempre. Enigmas de frontera son éstos, y la experiencia y la simpatía nos enseñan a resolverlos poco a poco.

20 de junio

No acababa yo con el enigma anterior cuando otro nuevo me solicita. Éste me parece menos general que el primero. Aquél se refiere a una característica nacional, y ahora entro en consideraciones sobre un temperamento individual cuyo tipo, aunque bastante extendido en este país, acaso sea propio solamente de cierta capa social, o de ciertos grupos limitados. He comenzado a frecuentar familias y corrillos. Me he dado cuenta de que, sobre la cortesía escurridiza que antes provocó mis reflexiones, crece a veces una planta humana con características singulares. Buena parte de la conversación de esta gente, sobre todo entre las mujeres jóvenes, se consagra a exterioridades triviales. Pero nada hay tan trivial como el aceptar lo trivial en calidad de ultima ratio. Analicemos. Si por ejemplo, debajo de la preocupación argentina por el vestido puede descubrirse una gran virtud de disciplina social, ¿por qué no ha de haber alguna virtud resguardada bajo la aparente trivialidad de la conversación de estas jóvenes?

Y ante todo, ¿en qué consiste esta trivialidad? En que viven intensamente con los sentidos y dan noticia constantemente de los mensajes que reciben por los sentidos. Ceden a la fórmula del “extravertido”. Y, como es de rigor, el sentido visual domina, simbólicamente, sobre los demás. Viven con los ojos ante todo; después, con los oídos; después, con el tacto, a lo que ayudan las libertades playeras, el nudismo gimnástico (valga el pleonasmo), el calor, la sensualidad natural; y luego, en una categoría ya muy atenuada, viene el olfato, que no tiene cualidad especial, y al fin viene el gusto, tan rudimental que no saben comer bien, y a veces apenas comen porque no les hace mucha falta: lo compensan la luz, el aire, el clima.

Ahora bien, yo he observado siempre que los temperamentos visuales dan un carácter de optimismo, de alegría candorosa. Para el que se divierte mucho con los ojos, no hay rumia malsana, no hay graves complejos psicológicos. Está como sometido a una purga o catarsis continua. Nada más trivial en la apariencia, nada más saludable en el fondo. La muchacha agredida por declaraciones sentimentales y apasionadas, en vez de sobresaltarse, contesta como si estuviera ausente (a fuerza de estar más que presente): “¿Has visto qué lindo gorrito rojo lleva aquel niño?”

Este procedimiento, en los caracteres que describo, es tan constante y tan infalible, que aunque comencé por creer que era un arte defensivo, he acabado por pensar que es un automatismo, un reflejo.

Dejémonos de generalidades y vamos a la verdadera cuestión. Estas experiencias proceden, para mí, de intentos amorosos. Tengo que ser completamente sincero, si es que este diario ha de tener alguna utilidad para mí mismo o los que lo lean a mi muerte.

Cecilia no me deja llegar hasta ella, aunque todo el día parece provocarme, no sólo con sus gracias y prendas, sino también con el tacto y las miradas, y aun con la sensualidad espontánea (¿inconsciente?) de sus maneras. Pero no me deja llegar hasta ella, cuando me adelanto hacia el terreno sagrado, me ataja con una observación visual. Todo el día la estudio y trato de entenderla. Debo de estar muy apasionado si, como supongo, el amor humano y el amor divino consisten igualmente en una larga meditación para captar al objeto amado.

Es medianoche. Otro día, cuando me deje libertad este naciente amor, me ofrezco seguir reflexionando. Gran ergotista el amor, consumado escolástico, doctor sutil. Constantemente parte cabellos en dos, enreda y desenmadeja. ¿Amar es un extremo agudo del razonar? No es tal su esencia, pero sí su procedimiento.

30 de junio

Hay, en esta nueva generación de hembritas, un gobierno de las costumbres que nada tiene que ver con el pudor, porque ni siquiera son muy púdicas y con la mayor naturalidad declaran, por ejemplo, que se sienten algo cariñosas porque andan en los “días incómodos”. Más bien parece un efecto de elegancia del trato y de anhelo de independencia. Del amor sólo se habla como murmuración social, y siempre se le ridiculiza en los otros. Del propio amor no se habla sino cuando se hace el amor. Y en las horas vagas, si te vi no me acuerdo. Cecilia, al menos, es así, aunque no conozco todavía a fondo su vida de amor.

A este dominio, que llega a la inhibición de ciertas expansiones naturales, yo le llamo in mente “el encogimiento británico”, y lo atribuyo para mí a la influencia de alguna institutriz inglesa en la infancia. ¿Cómo aliarlo con el carácter extravertido y el temperamento que he llamado visual? Muy fácilmente: yuxtapónganse lo uno sobre lo otro y se comprenderá que se ensamblan y se ajustan como el cóncavo y el convexo. No entre en los jardines de la psicología quien no entienda de geometría. La visualidad se organiza en sistema defensivo de la intimidad. Así, la superficialidad no es más que la expresión de una profundidad recatada.

Y hago bien en buscar estos símiles físicos, porque precisamente el dominio de Cecilia sobre sí misma puede reducirse a un esquema físico: toda conducta se resuelve en movimientos del cuerpo, en moverse para este lado o para el otro, en dejar o no dejar llegar una mano hasta nosotros, en pronunciar estas y no las otras palabras. Y el cuerpo, cuando se quiere, siempre es gobernable. Éste es el secreto estratégico de Cecilia, razonado, claro está, con las viejas mañas de Eva de que no hay ya ni para qué hablar: decir que no para que se insista en el sí, y otros artificios por el estilo. La Venus arroja la manzana y huye, “pero al huir procura que la vean”.

Esta apelación al rasgo visual divertido o que se quiere hacer pasar por divertido —aunque se trate de una bobería cualquiera— para desviar con este procedimiento una efusión sentimental, es tan constante que desespera, y a veces causa brutales efectos de frialdad, de desprecio para nuestras ideas. Irrita al punto que yo me alejo de Cecilia prometiéndome no verla más, para lo que nunca tengo fuerzas.

Y luego, en el momento menos esperado, como si ella transparentara mi estado de ánimo con esos ojos dilatados y fijos que parecen medio alucinados y son la guardia permanente del ave de presa, gradúa y atempera mi irritación, me da un alivio inesperado, me cae encima con algunas palabras directas y cortantes, ataca con resolución y sobriedad el centro mismo de nuestro problema amoroso, o me deja caer promesas absolutas que me alimentan para dos o tres días.

Yo sé bien que en este tira y afloja voy perdiendo, voy dejando que se me desangre la voluntad. Yo no me engaño. Y si la pasión entrara por el cerebro, este ejercicio de análisis a que me someto en mi diario bastaría para resguardarme. Pero la pasión no cede a la dimensión racional. Y yo soy el primero en sentirme envilecido por no poder gobernarme con la inteligencia. De un día a otro, de uno a otro momento, y según que Cecilia emplea el escudo o el estoque, el recato o el ataque, el universo muda de sabor para mí. Y me pregunto, revolviéndome en mis insomnios, hasta dónde puede llegar la miseria humana, cuando tan afanosamente nos abrazamos a lo que más daño nos hace.

10 de julio

¡Las cosas de Cecilia! Su ejercicio visual incesante, que tantas veces se me presenta como un sistema defensivo, es sin duda un modo de ser, y aun por eso le aprovecha mejor que un cálculo.

Buscando un ejemplo, se me ocurre observar cómo procede cuando guía su automóvil. Ni qué decir que con ella no hay lugar a caricias en los paseos de auto, aunque sean al claro de luna, porque —exclama— ¿para qué tiene uno casa? Y no hay manera de convencerla de que una de las superioridades fundamentales de la vida europea sobre la americana es que, en Europa, de modo general, se disfruta de la mujer amada en todo lugar y a la luz del día, en comunión con todo el ambiente, mientras por acá el amor discurre en cuarto cerrado y a hora fija. Tratándose especialmente del Brasil, esta desvinculación entre el paisaje y el amor resulta realmente una exigencia contra natura, y de hecho la gente brasileña se permite —y hace bien— ciertas libertades en los paseos, las playas, los lugares públicos, los autos.

No: para Cecilia guiar su auto es proceso de experiencias visuales, y siempre las va comentando en voz alta, de suerte que hasta la verdadera conversación se anula. Tiene que explicar cómo ha medido el espacio para pasar entre dos vehículos, por qué se apresuró, por qué frenó, por qué cierra el paso o deja. pasar al que viene detrás, por qué decide pasar o no pasar al que la precede, si viene o no viene en su línea el que avanza a su encuentro, si su máquina obedeció bien o mal a la maniobra, si aparece o no, a tantos metros, una ondulación en el pavimento.

Y además, va identificando el paso, distintamente, a los transeúntes de a pie, de tranvía, de ómnibus, de auto; las placas y registros de los vehículos, los escudos de los clubs. Advierte las abolladuras de las carrocerías; nota que aquel auto va lleno de polvo por delante y limpio por detrás. Cuenta rápidamente la historia del que la saluda por la calle. Y cuando no ve, es que ya conoce: “Yo no puedo, porque voy guiando —explica—, pero al doblar aquella esquina fíjate en la reja del primer balcón, que es muy curiosa.”

¿Qué hacer contra esta fuerza de la naturaleza? Nada, sino entregarse a la fuerte divinidad que nos domina y absorbe por los ojos. Es un extraño vampirismo objetivo, una succión de todo el orbe de formas por el embudo de dos retinas poderosas. No quiero negar que vivo celoso, celoso hasta la furia, aunque no lo dejo ver, que estaría perdido. Pondero, en mi interior, los inacabables recursos de que un temperamento así puede disponer para el engaño, la fuga, el escondite, el esquinazo. “Aunque voy moderando la marcha —dice—, no saco el brazo, porque no quiero que repare en mí aquel sujeto, y yo misma le llamaría la atención si ve salir por la ventanilla una lengua blanca.”

Porque habla así, también en metáforas y epigramas visuales. Para decir que se revuelca en la cama las noches de insomnio, dice: “Me pasé la noche oliendo la pared.” Y otra vez, en la oscuridad del cine: “Mira si puedes reconocer a la señora que está a mi lado. Yo no puedo volver la cara, porque ella haría lo mismo y nuestras narices se frotarían.” Por este estilo, su conversación es una serie de síntesis y hallazgos verbales que obligan a una atención constante.

Inútil decir que esta flor del trópico me va resultando lo menos tropical que existe. O entonces hay que interpretar de otro modo lo que se llama tropical.

20 de julio

Esta ciudad está derramada sobre la playa, serpenteando por entre las montañas, colinas y caprichosas rocas que bajan hasta el mar. Toda la región que uno frecuenta, y que va de los centros del comercio elegante hasta los puestos de baño y los paseos en cornisa, se extiende, prácticamente, en una sola línea. El que se aposta en un sitio estratégico, en la terraza de un restaurante sobre la costa, ve pasar a toda la gente de sociedad. La vida mundana consiste nada más en verse vivir unos a otros. Esto explica, en parte, la educación visual de Cecilia. Muchas de sus conversaciones son historias de simple visión. Alguna vez, en Sevilla, donde los clubs tienen unos como escaparates con cristales donde los socios se sientan a ver pasar la gente, pensaba yo que esto era una transformación moderna de la vida árabe: el señor árabe se sentaba en su patio a ver correr el agua de sus fuentecillas privadas. Cecilia se pasa el día diciendo: “Vi pasar dos veces a Fulana; Mengano iba con su perro.” “¿Y qué?” —pregunto yo. “Nada, que los vi pasar.” Historias de simple visión. La visualidad, para ella, se justifica por sí misma.

Pero hay en sus conversaciones otro estilo que me inquieta sobremanera, porque tiene el aire de satisfacción no pedida y acusación manifiesta: le da por contar, marcando las horas, todo lo que ha hecho en el día: “Me levanté a tal hora; mientras me arreglé dieron las tantas; tomé café (aunque no tomen café, así dicen, porque ignoran el verbo desayunar); recibí a la costurera que trabajó conmigo hasta tal otra hora; fui a sacar el auto para dejar un encargo a tal amiga; volví a almorzar a la una; me quedé descansando hasta las tres; hice tricot hasta las cinco; llevé a mi familia a tal barrio, y volví a casa a las siete, etc., etc.” Lo que parece, a pesar del candor del relato, una manera de esconder algo, de escamotear alguna hora secreta. Esto y los silencios de esfinge en que acostumbra caer, la falta de motivación sobre casi todos sus movimientos de ánimo, me tienen en ascuas, me ponen celoso, me hacen pensar que siempre esconde algo.

Y lo peor es que, del modo más natural del mundo, ejerce, no la simulación de la virtud, sino la simulación del pecado, como muchas otras mujeres de esta tierra.

—Yo paso una vida insignificante, pero no se lo digo a nadie, eso no: a nadie le voy a confesar que soy una tonta.

—¿Para qué te pintas esas ojeras?

—¡Ah, para hacer creer que hago cosas!

Y en medio de esta provocación continua, una evidente frigidez, en muchos instantes y ocasiones que cualquier mujer de temperamento aprovecharía… ¡Oh, cielos! ¿No es esto la psicología típica de la allumeuse? Algo de sequedad enigmática, mucha conversación en tomo a las cosas escabrosas, y una serie de defensas graduadas que empiezan por ese condenado rojo de los labios, pegajoso y acusador, que la hace esquivar todos los besos amorosos y ofrecer siempre la mejilla. Y todo esto, mezclado con un exhibicionismo innegable: el maillot de baño que casi deja escapar el botón del seno, los shorts de playa que permiten admirar muchas de sus opulencias secretas, y hasta el modo de mirar a los hombres, tan fijamente que encandila.

30 de julio

Ha comenzado a ser mi amante. Como yo lo suponía, no era virgen, pero tampoco era una verdadera mujer. A pesar de su erudición teórica, de su conocimiento del amor por conversaciones y relatos, asegura que no había llegado al placer, que nunca ensayó las travesuras entre niñas ni los goces solitarios. Y lo más extraí~oes que parece verdad, aunque tiene la imaginación acostumbrada a los peores excesos. Sus preguntas, en aquel momento, eran de un candor desconcertante.

—Pero entonces —le digo—, ¿qué has hecho hasta ahora?

—Muy sencillo —explica con un impudor casi casto—.

Un día me harté de ser virgen. Un primo me ha ofrecido matrimonio hace muchos años. Pensé en él, porque, si me sentía muy alarmada, siempre me quedaba el recurso de casarme con él. Lo provoqué, cuando él creía que ya ni lo recordaba. Renovó sus ofertas. Le dije que era necesario ensayar antes para ver si daba buen resultado. Aunque el pobre se asustó un poco, acabó por aceptar. Tuvimos unas cuantas sesiones. Rompí los derechos de aduana sin sentir el menor placer. Creí que era un defecto mío. Contigo he sentido esto por primera vez.

—¿Y el primo?

—No me interesa. Está furioso. No he vuelto a verlo.

¿Y por este monstruo de perversidad y frigidez, que más bien hace pensar en ciertas historias desconcertantes de escandinavas, es por quien yo ando perdido y loco? Sí, así es. No puedo evitarlo. Por lo mismo que no lo entiendo, me tortura y me sobreexcita. Otros lo expliquen. Así es nuestra pobre naturaleza. Ha comenzado a ser mi amante, y no puedo decir que me desilusione. Al contrario. Tiene el cuerpo más agradecido que he tratado en mis experiencias. Pero, en cuanto acabamos con aquello —como yo me lo sospechaba— es inútil querer rumiarlo, recordarlo, delectarse morosamente haciendo alusiones. Nada, nada. Cae el telón. A otra cosa. Se vuelve a la vida convencional, social, insípida, seca, frígida. Y eso que hasta me ha pedido, para de una vez conocerlo todo, ciertos ensayos atrevidos, que en ocasiones ha aceptado con gustosa sorpresa, y en otras con sinceras lágrimas de arrepentimiento.

Y aquí estoy, vencido por esta rara mezcolanza de conocimiento y de ingenuidad, de estragos imaginativos y retenciones, de audacias e impericias, de imprudencias y recatos, de coquetería e inocencia. Y no sé ya ni qué pensar de ella ni de mí mismo. Porque no hay historia procaz que se le haya escapado, ni referencia libidinosa, ni rincón equívoco de la ciudad de que no tenga puntual noticia. Y, sin embargo, es evidente que apenas había dado los primeros pasos vacilantes. ¿O seré un tonto de capirote? Pero ¿qué empeño podría tener en engañarme? Para descubrirla, hasta he exagerado cierto gusto por sus coqueterías y sus impudores. No me ha entendido. O apenas he creído pulsar cierto vago estremecimiento, lejano, incipiente todavía, como de una malicia que apenas despierta.

Y me horrorizo pensando que esta gimnástica de análisis me va conduciendo, sin sentirlo yo mismo, a una zona viciosa que hasta hoy nunca penetré. “¿Será la psicología un vicio?” —se preguntaba Nietzsche. Por este afán de conocer y entender voy entrando en un terreno resbaladizo. A veces me alivia convencerme de la ignorancia de Cecilia, cuyo conocimiento es todo de segunda mano, de referencia y de información, y otras me entra como un insano afán de poner su práctica a la altura de su teoría, que casi equivaldría a prostituirla. Nunca vi caso más complicado.

10 de agosto

Poco a poco, me ha ido contando otras experiencias, tan insulsas e incompletas que se quedan en aquella región de la libidinosidad infantil, no fijada aún en el verdadero objeto erótico. Pero lo que más me sorprende es su aceptación natural de cualquier aberración en nosotros. En vano espero, hasta ahora, un momento de verdadera efusión. Todo parece, en ella, charla social, cosa exterior, trivialidad en suma. Sus historias de incipiente malicia despiertan en mí verdaderos amagos de salacidad que ella nunca acompaña, aunque los encuentra muy divertidos. No pierde el sentido del humorismo ni a la hora del éxtasis. Si se me ocurre quedarme inmóvil y hacerla trabajar por mí, me dice de repente:

—¡Pero estoy como el portugués del cuento, que movía la cara y mantenía inmóvil el abanico, para no gastarlo!

Lo cual ciertamente es muy gracioso, pero más que inoportuno. ¿Será la trivialidad el secreto de estos misterios? ¿Tendré que resignarme al fin con una explicación tan poco inteligente, tan desnuda de intención? Porque, en suma, lo que el espíritu quiere es desentrañar intenciones. La superficialidad, en cambio, la ausencia de dimensión espiritual, parece que todo lo resuelve algebraica y simbólicamente, llamándoles a y b a las peras y las manzanas de la operación matemática, y sin penetrar en la realidad natural, en la intimidad misma de los objetos.

¿Será la trivialidad una solución esquemática, pobre y elegante, de todas las complicaciones de la conducta? Yo salgo de los encuentros lloroso y nervioso. Ella, en cambio, se arregla el peinado y el afeite, y a otra cosa. No parece cargar el lastre de las emociones recibidas. ¡Es para dudar de la ciencia y del conocimiento! ¡Es para dudar del propio amor, en lo que tiene de más humano y consciente! Hay candor, sí, pero candor animal en la solución que encuentra Cecilia. Ella es más fuerte que yo, porque es más débil. Ella es acaso más pura que yo, por cuanto no profundiza ni interroga. ¡ Otra vez la salvación visual, lo que pasa frente a los ojos y luego se va, sin torcerse en los laberintos del alma! ¡Qué pocas letras en su alfabeto, y sin embargo le bastan para expresarlo todo!

¿O será un exceso heroico de dominio de sí, que todavía puede enseñarme muchos misterios de la conducta que yo ignoro? Ya lo creo, ya lo dudo. Y en este tira y afloja me canso y me desangro, recordando toda la escena, a lo largo de mis noches de soledad.

Se me ocurre, como una prueba más cuya conclusión yo mismo no sé cuál puede ser, mantenerme algunos días sobrio, no ser yo el que ataque, sino esperar la insinuación o la invitación de ella. Voy a juntar fuerzas para hacerlo así. Pero ¿cuál será la enseñanza que extraiga de este experimento? Lo ignoro. Lo ignoro todo. Me he enfrentado con una divinidad más fuerte que yo. Esto no estaba en mis libros. Tal vez otros hayan pasado por trances como el mío, pero nadie ha tenido el coraje de decírselo con claridad a sí propio, o de contarlo, para escarmiento, a los demás. Algunos lo aprenderán de mí, cuando yo me muera y se publique mi diario.

Entre las cosas que me incomodan en Cecilia, seguramente que una de las primeras es la limitación de su charla a unas cuantas trivialidades que todos los días se repiten con una regularidad automática. Sólo parece brillar su característico genio de invención verbal ante los pequeños sucesos inesperados de todos los días. Todo lo que es acontecimiento acostumbrado, lo comenta con iguales fórmulas, y no se causa de repetirlas. Ante la novedad, en cambio, siempre inventa una manera nueva de expresión. También la maledicencia social excita su ingenio, sobre todo cuando se refiere a las llamadas malas costumbres de los demás. Y no porque se complazca en censurarlas, sino en contemplarlas. En el fondo, lo acepta todo con una mezcla de indiferencia y de superioridad que tiene también su poquito de morbosa. Cuando cae en esos transitorios periodos de frigidez, hasta procuro herir esta cuerda para ver si por ahí la despierto. Me doy cuenta de que no es juego limpio, pero hasta hoy no he descubierto un procedimiento mejor.

El otro día, en pleno ejercicio, me preguntó inesperadamente ¡si era verdad que las mujeres decentes no se desnudaban del todo para hacer el amor! ¡Y yo figurándome que cierta tendencia a entregarse vestida era una afición larvada a sentirse víctima de una violación! De modo que lo que juzgué un rapto del temperamento no pasaba de ser una convención admitida por inexperiencia.

Y al mismo orden de inexperiencia debo atribuir sus preguntas sobre si siempre se hace el amor, a nuestro modo, sellando boca contra boca; o las desagradables sorpresas que me da esquivando a veces los besos para defender el famoso rouge.

Pero seguramente lo peor son ciertas reacciones que todavía se permite conmigo y que tengo por cierto no obedecen al cálculo, sino al arrastre social adquirido. De repente, cuando la acaricio, me rechaza, lo que ciertos autores eróticos de otro siglo llamaban “besos a la florentina”, diciendo que “no le gustan esas cosas”, o que le repugnan, aunque muchas otras veces las haya provocado ella misma.

Tal vez todo esto sea inexperiencia, pero también puede achacarse a las alternativas de frigidez, tan irritantes y absurdas. Ha comenzado a dar en la manía de no acompañarme hasta el fin pretextando que “no sabe hacerlo”; y poco a poco va descubriendo cierta debilidad o escasez biológica, aunque a los comienzos yo la tomé por una criatura de hierro.

Y luego, lo más extraño de todo: creo que, mezcladas confusamente entre estos síntomas, aparecen ciertas contracciones de arrepentimiento y ciertas vagas esperanzas matrimoniales. A veces habla de “regularizar estas locuras”, de poner término al desenfreno, y otras cosas por el estilo.

Y con todo ello se va arreglando para llevarme por la cuesta abajo de la pasión, entre contradicciones y sobresaltos, desconciertos y… ¡trivialidades!

Algo hay todavía que me inquieta en ella, pero es de tal modo complicado que voy a pensarlo más despacio antes de contárselo al papel.

30 de agosto

He aquí lo que pasa: Cecilia no tiene celos de mí, ni sabe lo que son los celos en general. Confieso que he incurrido en esa tonta maniobra de darle celos, por vulgar que sea, para ver si así rompo el muro de su impenetrabilidad, pero fue en vano. La otra tarde me dejé sorprender a medias con otra compañía, cuando ella se presentó en mi departamento. Fingió no darse cuenta de nada, se despidió y, por la noche, con grandes risas, me dijo: “Oye ¿por qué no me cuentas cómo la pasaste? Anda, dime quién era, deja que nos divirtamos los dos, no seas egoísta.”

Mis vulgares armas quedaron completamente inútiles. “Es que no me quiere, que no le importo” —llegué a decirme. “No sé para qué doy vueltas de ardilla en esta jaula.”

Interrumpo esta nota, presa de una gran desazón.

Buenos Aires, 20 de septiembre

Tomé de repente el vapor para Buenos Aires, y aquí me hallo desde hace días. La mente no me servía para nada, y me dejé llevar por la mecánica elemental de la fuga.

Un amigo me escribe, contándome que Cecilia quiso envenenarse y, en cuanto se recuperó, aceptó la proposición de matrimonio de un rico cafetero que la pretendía de meses atrás.

Caricatura de Reyes

Alfonso Reyes. “Análisis de una pasión”, Obras completas XXIII Ficciones, Fondo de Cultura Económica, México, 1994, pp. 51-64.

Visita del Parnaso. Por Alfonso Reyes

Los poetas, los poetas

—qué cosa tan singular—

beben su vino de gallo

y lo duermen hasta el mar.

Musa de grandes orejas,

si hay huevos en tu panal,

entre cada sol y sol

tiende otro verso a secar.

Los poetas, los poetas

—qué cosa tan singular—

beben su vino de gallo

y lo duermen hasta el mar.

El amor tira con letras,

que es mucha su libertad;

da la hora el alfabeto,

y la pluma, la señal.

Los poetas, los poetas

—qué cosa tan singular—

beben su vino de gallo

y lo duermen hasta el mar.

El cuco de los doctores

crece en la bota marcial,

y el clavel suelta sus trinos

en la hembra natural.

Los poetas, los poetas

—qué cosa tan singular—

beben su vino de gallo

y lo duermen hasta el mar.

Ya no sabe la campana

de qué mano ha de tirar,

y el sastre a cortar empieza

su pesebre y su portal.

Los poetas, los poetas

—qué cosa tan singular—

beben su vino de gallo

y lo duermen hasta el mar.

Salta el árbol de la historia

de la manzana de Adán:

de cada pezón, a Eva

se le salía el maná.

Los poetas, los poetas

—qué cosa tan singular—

beben su vino de gallo

y lo duermen hasta el mar.

Río de Janeiro, 1931.—OV.

Alfonso Reyes, Obras completas X, Constancia poética, Fondo de Cultura Económica, México, 1996, pp. 134-136.

Consagración. Por Alfonso Reyes

Ya no pedirás albricias,

mitad del conocimiento,

que te hice de cristal

para siempre.

Ya verás, mitad del día;

ya verás, mitad del tiempo,

lo que vale ser recuerdo

para siempre.

A la gala de la luz,

y a la noche no,

fija en acciones volcadas,

aquí te sujeto yo.

Con tres compases de santa,

de santa sin resplandor,

bajaste de la peana,

que es el milagro mayor.

Hoy te adoran las sandalias

que aplastas con el talón;

te adoran los candeleros

que tiemblan en el salón,

y hasta la forma del aire,

en el hueco que dejaste,

donde se cuajó tu vida

para siempre.

Ya no corres ni te vas:

te matamos, te maté.

—Y vosotras, a soñar

sin decir palabra,

que las estrellas nacieron

para estar calladas.

Río de Janeiro, 1934.—OV.

Alfonso Reyes, Obras completas X, Constancia poética, Fondo de Cultura Económica, México, 1996, pp. 133-134.

Ángeles. Por Alfonso Reyes

A Jean Cocteau

Los ÁNGELES con joroba,

Juan Coqueto,

los ángeles con joroba

no llevan cruz en el pecho.

No llevan escapularios,

ni llevan nada.

Sólo —Dios sabe por qué—

cargan alas a la espalda.

En tiempo de mis abuelos,

los ángeles con joroba

solían contar un cuento,

sabían labrar, sabían

cocinar para el convento.

Se han olvidado de todo

ahora, con tanto invento.

Si antes, a todo apurar,

eran ángeles domésticos,

como no sirven de nada

son ahora más angélicos,

del modo que, sin la rima,

el verso ha de ser más verso.

Ya no ayudan, ya no velan,

ya no nos cuidan el sueño;

ya no vamos recostados

en ellos, como el poeta.

La ley de gravitación

los deja insensibles. Ellos

y los suspiros no hacen

nada por el Universo.

Ya no sirven para nada,

son ángeles, sólo eso.

Río de Janeiro, 1931.—OV. RA

Alfonso Reyes, Obras completas X, Constancia poética, Fondo de Cultura Económica, México, 1996, pp. 132-133.

Teoría prosaica. Por Alfonso Reyes

I

En mi tierra sancochaban

los cabritos en la estaca,

con otra estaca arrancando

el pellejo hecho carbón.

Pero en el campo argentino

lo hacen mejor:

con la costumbre judía

de que hablan los Tharaud,

el noble asado con cuero

se come junto al fogón,

en la misma res mordiendo,

cortando con el facón.

¡Hasta la gente del campo

nos da lección!

Alguna vez hay que andar

sin cuchillo y tenedor,

pegado a la humilde vida

como Diógenes al charco,

y como cualquier peón.

II

¡Y decir que los poetas,

aunque aflojan las sujetas

cuerdas de la preceptiva,

huyen de la historia viva,

de nada quieren hablar,

sino sólo frecuentar

la vaguedad pura!

Yo prefiero promiscuar

en literatura.

No todo ha de ser igual

al sistema decimal:

mido a veces con almud,

con vara y con cuarterón.

Guardo mejor la salud

alternando lo ramplón

con lo fino,

y junto en el alquitara

—como yo sé—

el romance paladino

del vecino

con la quintaesencia rara

de Góngora y Mallarmé.

III

Algo de ganga en el oro,

algo de tierra sorbida

con la savia vegetal;

la estatua medio metida

en la piedra original;

la voz, perdida entre el coro;

cera en la miel del panal;

y el habla vulgar fundida

con el metal del habla más escogida

—así entre cristiano y moro—,

hoy por hoy no cuadran mal:

así va la vida,

y no lo deploro.

Río de Janeiro, 1931.—OV.

Alfonso Reyes, Obras completas X, Constancia poética, Fondo de Cultura Económica, México, 1996, pp. 130-132.

Cacería divina. Por Alfonso Reyes

Se mecía en la luz como entre espadas,

azuzaba con voces las estrellas,

amanecía con locuras nuevas

y dormía celado de fantasmas.

Retozaba en el viento hecho palabras,

iba entre flores sin burlarse de ellas

y volteaba en la campana hueca

del cielo, sordo de la campanada.

Pero en el aire se juntaban fuerzas,

tretas de cazador, silbos de flechas…

—Y quiere huír. Y rueda sin sollozo.

Que lame el asta atravesado el oso,

y éste miraba sonriendo el bronco

árbol que salta de su corazón.

Río de Janeiro, 1931.—VS

Alfonso Reyes, Obras completas X, Constancia poética, Fondo de Cultura Económica, México, 1996, p. 130.

Notas sobre la inteligencia americana. Por Alfonso Reyes

1. Mis observaciones se limitan a lo que se llama la América Latina*. La necesidad de abreviar me obliga a ser ligero, confuso y exagerado hasta la caricatura. Sólo me corresponde provocar o desatar una conversación, sin pretender agotar el planteo de los problemas que se me ofrecen, y mucho menos aportar soluciones. Tengo la impresión de que, con el pretexto de América, no hago más que rozar al paso algunos temas universales.

2. Hablar de civilización americana sería, en el caso, inoportuno: ello nos conduciría hacia las regiones arqueológicas que caen fuera de nuestro asunto. Hablar de cultura americana sería algo equívoco: ello nos haría pensar solamente en una rama del árbol de Europa trasplantada al suelo americano. En cambio, podemos hablar de la inteligencia americana, su visión de la vida y su acción en la vida. Esto nos permitirá definir, aunque sea provisionalmente, el matiz de América.

3. Nuestro drama tiene un escenario, un coro y un personaje. Por escenario no quiero ahora entender un espacio, sino más bien un tiempo, un tiempo en el sentido casi musical de la palabra: un compás, un ritmo. Llegada tarde al banquete de la civilización europea, América vive saltando etapas, apresurando el paso y corriendo de una forma en otra, sin haber dado tiempo a que madure del todo la forma precedente. A veces, el salto es osado y la nueva forma tiene el aire de un alimento retirado del fuego antes de alcanzar su plena cocción. La tradición ha pesado menos, y esto explica la audacia. Pero falta todavía saber si el ritmo europeo —que procuramos alcanzar a grandes zancadas, no pudiendo emparejarlo a su paso medio—, es el único “tempo” histórico posible; y nadie ha demostrado todavía que una cierta aceleración del proceso sea contra natura. Tal es el secreto de nuestra historia, de nuestra política, de nuestra vida, presididas por una consigna de improvisación. El coro: las poblaciones americanas se reclutan, principalmente, entre los antiguos elementos autóctonos, las masas ibéricas de conquistadores, misioneros y colonos, y las ulteriores aportaciones de inmigrantes europeos en general. Hay choques de sangres, problemas de mestizaje, esfuerzos de adaptación y absorción. Según las regiones, domina el tinte indio, ibérico, el gris del mestizo, el blanco de la inmigración europea general, y aun las vastas manchas del africano traído en otros siglos a nuestro suelo por las antiguas administraciones coloniales. La gama admite todos los tonos. La laboriosa entraña de América va poco a poco mezclando esta sustancia heterogénea, y hoy por hoy, existe ya una humanidad americana característica, existe un espíritu americano. El actor o personaje, para nuestro argumento, viene aquí a ser la inteligencia.

4. La inteligencia americana va operando sobre una serie de disyuntivas. Cincuenta años después de la conquista española, es decir a primera generación, encontramos ya en México un modo de ser americano: bajo las influencias del nuevo ambiente, la nueva instalación económica, los roces con la sensibilidad del indio y el instinto de propiedad que nace de la ocupación anterior, aparece entre los mismos españoles de México un sentimiento de aristocracia indiana, que se entiende ya muy mal con el impulso arribista de los españoles recién venidos. Abundan al efecto los testimonios literarios: ya en la poesía satírica y popular de la época, ya en las observaciones sutiles de los sabios peninsulares, como Juan de Cárdenas. La crítica literaria ha centrado este fenómeno, como en su foco luminoso, en la figura del dramaturgo mexicano don Juan Ruiz de Alarcón, quien a través de Corneille —que la pasó a Moliére— tuvo la suerte de influir en la fórmula del moderno teatro de costumbres de Francia. Y lo que digo de México, por serme más familiar y conocido, podría decirse en mayor o menor grado del resto de nuestra América. En este resquemor incipiente latía ya el anhelo secular de las independencias americanas. Segunda disyuntiva: no bien se logran las independencias, cuando aparece el inevitable conflicto entre americanistas e hispanistas, entre los que cargan el acento en la nueva realidad, y los que lo cargan en la antigua tradición. Sarmiento es, sobre todo, americanista. Bello es, sobre todo, hispanista. En México se recuerda cierta polémica entre el indio Ignacio Ramírez y el español Emilio Castelar que gira en torno a iguales motivos. Esta polémica muchas veces se tradujo en un duelo entre liberales y conservadores. La emancipación era tan reciente que ni el padre ni el hijo sabían todavía conllevarla de buen entendimiento. Tercera disyuntiva: un polo está en Europa y otro en los Estados Unidos. De ambos recibimos inspiraciones. Nuestras utopías constitucionales combinan la filosofía política de Francia con ni federalismo presidencial de los Estados Unidos. Las sirenas de Europa y las de Norteamérica cantan a la vez para nosotros. De un modo general, la inteligencia de nuestra América (sin negar por ello afinidades con las individualidades más selectas de la otra América), parece que encuentra en Europa una visión de lo humano más universal, más básica, más conforme con su propio sentir. Aparte de recelos históricos, por suerte cada vez menos justificados y que no se deben tocar aquí, no nos es simpática la tendencia hacia las segregaciones étnicas. Para no salir del mundo sajón, nos contenta la naturalidad con que un Chesterton, un Bernard Shaw contemplan a los pueblos de todos los climas, concediéndoles igual autenticidad humana. Lo mismo hace Gide en el Congo. No nos agrada considerar a ningún tipo humano como mera curiosidad o caso exótico divertido, porque ésta no es la base de la verdadera simpatía moral. Ya los primeros mentores de nuestra América, los misioneros, corderos de corazón de león, gente de terrible independencia, abrazaban con amor a los indios, prometiéndoles el mismo cielo que a ellos les era prometido. Ya los primeros conquistadores fundaban la igualdad en sus arrebatos de mestizaje: así, en las Antillas, Miguel Díaz y su Cacica, a quienes encontramos en las páginas de Juan de Castellanos; así aquel soldado, un tal Guerrero, que sin este rasgo sería oscuro, el cual se negó a seguir a los españoles de Cortés, porque estaba bien hallado entre indios y, como en el viejo romance español, “tenía mujer hermosa e hijos como una flor”. Así, en el Brasil, los célebres Joao Ramaiho y el Caramurú, que fascinaron a las indias de San Vicente y de Bahía. El mismo conquistador Cortés entra en el secreto de su conquista al descansar sobre el seno de Doña Marina; acaso allí aprende a enamorarse de su presa como nunca supieron hacerlo otros capitanes de corazón más frío (el César de las Galias), y empieza a dar albergue en su alma a ciertas ambiciones de autonomismo que, a puerta cerrada y en familia, había de comunicar a sus hijos, más tarde atormentados por conspirar contra la metrópoli española. La Iberia imperial, mucho más que administrarnos, no hacía otra cosa que irse desangrando sobre América. Por acá, en nuestras tierras, así seguimos considerando la vida: en sangría abierta y generosa.

5. Tales son el escenario, el coro, el personaje. He dicho las principales disyuntivas de la conducta. Hablé de cierta consigna de improvisación, y tengo ahora que explicarme. La inteligencia americana es necesariamente menos especializada que la europea. Nuestra estructura social así lo requiere. El escritor tiene aquí mayor vinculación social, desempeña generalmente varios oficios, raro es que logre ser un escritor puro, es casi siempre un escritor “más” otra cosa u otras cosas. Tal situación ofrece ventajas y desventajas. Las desventajas: llamada a la acción, la inteligencia descubre que el orden de la acción es el orden de la transacción, y en esto hay sufrimiento. Estorbada por las continuas urgencias, la producción intelectual es esporádica, la mente anda distraída. Las ventajas resultan de la misma condición del mundo contemporáneo. En la crisis, en el vuelco que a todos nos sacude hoy en día y que necesita del esfuerzo de todos, y singularmente de la inteligencia (a menos que nos resignáramos a dejar que sólo la ignorancia y la desesperación concurran a trazar los nuevos cuadros humanos), la inteligencia americana está más avezada al aire de la calle; entre nosotros no hay, no puede haber torres de marfil. Esta nueva disyuntiva de ventajas y desventajas admite también una síntesis, un equilibrio que se resuelve en una peculiar manera de entender el trabajo intelectual como servicio público y como deber civilizador. Naturalmente que esto no anula, por fortuna, las posibilidades del paréntesis, del lujo del ocio literario puro, fuente en la que hay que volver a bañarse con una saludable frecuencia. Mientras que, en Europa, el paréntesis pudo ser lo normal. Nace el escritor europeo en el piso más alto de la Torre Eiffel. Un esfuerzo de pocos metros, y ya campea sobre las cimas mentales. Nace el escritor americano como en la región del fuego central. Después de un colosal esfuerzo, en que muchas veces le ayuda una vitalidad exacerbada que casi se parece al genio, apenas logra asomarse a la sobrehaz de la tierra. Oh, colegas de Europa: bajo tal o cual mediocre americano se esconde a menudo un almacén de virtudes que merece ciertamente vuestra simpatía y vuestro estudio. Estimadlo, si os place, bajo el ángulo de aquella profesión superior a todas las otras que decían Guyau y José Enrique Rodó: la profesión general de hombre. Bajo esta luz, no hay riesgo de que la ciencia se desvincule de los conjuntos, enfrascada en sus conquistas aisladas de un milímetro por un lado y otro milímetro por otro, peligro cuyas consecuencias tan lúcidamente nos describía Jules Romains en su discurso inaugural del PEN Club. En este peculiar matiz americano tampoco hay amenaza de desvinculaciones con respecto a Europa. Muy al contrario, presiento que la inteligencia americana está llamada a desempeñar la más noble función complementaria: la de ir estableciendo síntesis, aunque sean necesariamente provisionales; la de ir aplicando prontamente los resultados, verificando el valor de la teoría en la carne viva de la acción. Por este camino, si la economía de Europa ya necesita de nosotros, también acabará por necesitarnos la misma inteligencia de Europa.

6. Para esta hermosa armonía que preveo, la inteligencia americana aporta una facilidad singular, porque nuestra mentalidad, a la vez que tan arraigada a nuestras tierras como ya lo he dicho, es naturalmente internacionalista. Esto se explica, no sólo porque nuestra América ofrezca condiciones para ser el crisol de aquella futura “raza cósmica” que Vasconcelos ha soñado, sino también porque hemos tenido que ir a buscar nuestros instrumentos culturales en los grandes centros europeos, acostumbrándonos así a manejar las nociones extranjeras como si fueran cosa propia. En tanto que el europeo no ha necesitado de asomarse a América para construir su sistema del mundo, el americano estudia, conoce y practica a Europa desde la escuela primaria. De aquí una pintoresca consecuencia que señalo sin vanidad ni encono: en la balanza de los errores de detalle o incomprensiones parciales de los libros europeos que tratan de América y de los libros americanos que tratan de Europa, el saldo nos es favorable. Entre los escritores americanos es ya un secreto profesional el que la literatura europea equivoque frecuentemente las citas en nuestra lengua, la ortografía de nuestros nombres, nuestra geografía, etc. Nuestro internacionalismo connatural, apoyado felizmente en la hermandad histórica que a tantas repúblicas nos une, determina en la inteligencia americana una innegable inclinación pacifista. Ella atraviesa y vence cada vez con mano más experta los conflictos armados y, en el orden internacional, se deja sentir hasta entre los grupos más contaminados por cierta belicosidad política a la moda. Ella facilitará el gracioso injerto con el idealismo pacifista que inspira a las más altas mentalidades norteamericanas. Nuestra América debe vivir como si se preparase siempre a realizar el sueño que su descubrimiento provocó entre los pensadores de Europa: el sueño de la utopía, de la república feliz, que prestaba singular calor a las páginas de Montaigne, cuando se acercaba a contemplar las sorpresas y las maravillas del nuevo mundo*.

7. En las nuevas literaturas americanas es bien perceptible un empeño de autoctonismo que merece todo nuestro respeto, sobre todo cuando no se queda en el fácil rasgo del color local, sino que procura echar la sonda hasta el seno de las realidades psicológicas. Este ardor de pubertad rectifica aquella tristeza hereditaria, aquella mala conciencia con que nuestros mayores contemplaban el mundo, sintiéndose hijos del gran pecado original, de la capitis diminutio de ser americanos. Me permito aprovechar aquí unas páginas que escribí hace seis años: ***

La inmediata generación que nos precede, todavía se creía nacida dentro de la cárcel de varias fatalidades concéntricas. Los más pesimistas sentían así: en primer lugar, la primera gran fatalidad, que consistía desde luego en ser humanos, conforme a la sentencia del antiguo Sileno recogida por Calderón:

Porque el delito mayor

del hombre es haber nacido.

Dentro de éste, venía el segundo círculo, que consistía en haber llegado muy tarde a un mundo viejo. Aún no se apagaban los ecos de aquel romanticismo que el cubano Juan Clemente Zenea compendia en dos versos:

Mis tiempos son los de la antigua Roma,

y mis hermanos con la Grecia han muerto.

En el mundo de nuestras letras, un anacronismo sentimental dominaba a la gente media. Era el tercer círculo, encima de las desgracias de ser humano y ser moderno, la muy específica de ser americano; es decir, nacido y arraigado en un suelo que no era el foco actual de la civilización, sino una sucursal del mundo. Para usar una palabra de nuestra Victoria Ocampo, los abuelos se sentían “propietarios de un alma sin pasaporte”. Y ya que se era americano, otro handicap en la carrera de la vida era el ser latino o, en suma, de formación cultural latina. Era la época del A quoi tieni la superiorité des Anglo-Saxons? Era la época de la sumisión al presente estado de las cosas, sin esperanzas de cambio definitivo ni fe en la redención. Sólo se oían las arengas de Rodó, nobles y candorosas. Ya que se pertenecía al orbe latino, nueva fatalidad dentro de él pertenecer al orbe hispánico. El viejo león hacía tiempo que andaba decaído. España parecía estar de vuelta de sus anteriores grandezas, escéptica y desvalida. Se había puesto el sol en sus dominios. Y, para colmo, el hispanoamericano no se entendía con España, como sucedía hasta hace poco, hasta antes del presente dolor de España, que a todos nos hiere. Dentro del mundo hispánico, todavía veníamos a ser dialecto, derivación, cosa secundaria, sucursal otra vez: lo hispano-americano, nombre que se ata con guioncito como con cadena. Dentro de lo hispanoamericano, los que me quedan cerca todavía se lamentaban de haber nacido en la zona cargada de indio: el indio, entonces, era un fardo, y no todavía un altivo deber y una fuerte esperanza. Dentro de esta región, los que todavía más cerca me quedan tenían motivos para afligirse de haber nacido en la temerosa vecindad de una nación pujante y pletórica, sentimiento ahora transformado en el inapreciable honor de representar el frente de una raza. De todos estos fantasmas que el viento se ha ido llevando o la luz del día ha ido redibujando hasta convertirlos, cuando menos, en realidades aceptables, algo queda todavía por los rincones de América, y hay que perseguirlo abriendo las ventanas de par en par y llamando a la superstición por su nombre, que es la manera de ahuyentarla. Pero, en sustancia, todo ello está ya rectificado.

8. Sentadas las anteriores premisas y tras este examen de causa, me atrevo a asumir un estilo de alegato jurídico. Hace tiempo que entre España y nosotros existe un sentimiento de nivelación y de igualdad. Y ahora yo digo ante el tribunal de pensadores internacionales que me escucha: reconocemos el derecho a la ciudadanía universal que ya hemos conquistado. Hemos alcanzado la mayoría de edad. Muy pronto os habituaréis a contar con nosotros.

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Cartilla moral: lecciones XIII y XIV. Por Alfonso Reyes

Lección XIII

El hombre es superior al animal porque tiene conciencia del bien. El bien no debe confundirse con nuestro gusto o nuestro provecho. Al bien debemos sacrificarlo todo.

Si los hombres no fuéramos capaces del bien no habría persona humana, ni familia, ni patria, ni sociedad.

El bien es el conjunto de nuestros deberes morales. Estos deberes obligan a todos los hombres de todos los pueblos. La desobediencia a estos deberes es el mal.

El mal lleva su castigo en la propia vergüenza y en la desestimación de nuestros semejantes. Cuando el mal es grave, además, lo castigan las leyes con penas que van desde la indemnización hasta la muerte, pasando por multa y cárcel.

La satisfacción de obrar bien es la felicidad más firme y verdadera. Por eso se habla del “sueño del justo”. El que tiene la conciencia tranquila duerme bien. Además, vive contento de sí mismo y pide poco de los demás.

La sociedad se funda en el bien. Es más fácil vivir de acuerdo con sus leyes que fuera de sus leyes. Es mejor negocio ser bueno que ser malo.

Pero cuando obrar bien nos cuesta un sacrificio, tampoco debemos retroceder. Pues la felicidad personal vale ante esa felicidad común de la especie humana que es el bien.

El bien nos obliga a obrar con rectitud, a decir la verdad, a conducimos con buena intención. Pero también nos obliga a ser aseados y decorosos, corteses y benévolos, laboriosos y cumplidos en el trabajo, respetuosos con el prójimo, solícitos en la ayuda que podemos dar. El bien nos obliga asimismo a ser discretos, cultos y educados en lo posible.

La mejor guía para el bien es la bondad natural. Todos tenemos el instinto de la bondad. Pero este instinto debe completarse con la educación moral y con la cultura y adquisición de conocimientos. Pues no en todo basta la buena intención.

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Ante los centenarios. Rumbo de Goethe. Por Alfonso Reyes

Toda literatura solicitada por una utilidad pasajera se contenta con un equilibrio muy inestable. El aniversario del fallecimiento de Goethe (1832-1932) me arrebató unas cuartillas en desorden*. Ni siquiera tuve tiempo de ser conciso. Por una vez, acudí al toque de asamblea con el dormán todavía desabrochado y el lazo suelto. Peor hubiera sido faltar, yo tenía mis razones: Goethe y los trágicos griegos me acompañaron en mi primer aventura hacia mí mismo**. Ni a uno ni a otros he dejado nunca de la mano; pero una cosa es el estudio, el examen crítico, y otra la declaración de la deuda. Con los trágicos ya había yo cumplido a mi manera, ofreciendo, en los comentarios de la Ifigenia cruel, mis confesiones de helenista sentimental. Me faltaba la confesión de Goethe. Pues el caso es que en la adolescencia, cuando el sentimiento del yo se abulta como absceso, la obra de Goethe y aun la contemplación de su persona me daban aquella visión del mundo semejante a la que traemos de ciertas lecturas científicas: una objetividad y distanciamiento que devuelve a las cosas sus proporciones tolerables y que tanto ayuda para navegar las crisis de la edad. Todo panegírico de Goethe pudiera fundarse en ese poder “levitador” que de él emana: ennoblece y hasta solemniza un tanto el espectáculo de la existencia, y nos coloca ante ella en una actitud confortable. Disipa la polvareda de la chabacanería y el humo del rencor.

Mientras tenéis, oh negros corazones,

conciliábulos de odio y de miseria,

el órgano de Amor riega sus sones.

Cantan: oíd: “La vida es dulce y seria”

Tal fue el origen de estas páginas que más tarde, en el bicentenario natalicio del poeta (1749-1949), me puse a retocar lentamente. No quise someterlas a una composición estricta y conjunta. Mil tentaciones me hacían señas a lo largo de la jornada. Goethe embriaga a quienes lo siguen. O diré mejor que experimenté en alma propia aquella fábula de Simbad: a horcajadas sobre mis hombros, el terrible viejo, mil veces más fuerte que yo, me llevaba por donde quería. Y además de esta dificultad de impulso, dos dificultades de materia me salieron al paso. La primera —todos los autores fecundos la han padecido con sus críticos—, que mientras tenemos a la vista una centésima parte de la obra, olvidamos otras noventa y nueve; y en el caso de Goethe, cuyos libros son, a veces, meros racimos de fragmentos, y cuyas sentencias aisladas son tan brillantes que orillan a desvirtuarlas citándolas sin el contexto,ello ha sido causa de algunos errores de apreciación. La segunda—de carácter más hondo— es que la integración de su obra con su vida nos confunde los temas, y ellos nos transportan insensiblemente de unos a otros. Había que resignarse, pues, al tratamiento por toques sucesivos, a las insistencias y repeticiones, idas y venidas como en el juego de la oca. Ni era posible evitar que se me pegaran en el trance, y a pretexto de escolios, éstas y las otras páginas adventicias. Rayas de lápiz al margen de los libros, rinconcillos goethianos, ocios de la afición, piezas sobrantes del artilugio: de todos modos podrán entenderse mis empeños, mas no como vértebras de una monografía metódica que nunca cruzó por mi intención. Quien no acepte este orden disperso, quien sienta ausencia de un comentario orgánico, acuda a tantas autoridades que abundan y son ya harto conocidas. Goethe no cabe en mis medidas y desisto de toda síntesis. Yo sólo sigo a mi poeta desde el otro cabo de la civilización y desde la orilla distante de otra lengua, conformándome con pedirle aquellos auxilios o incitaciones que nunca me ha negado hasta ahora.

Sur, Buenos Aires, primer trimestre de 1932, núm. 5, pp. 7-85.

* Cuestiones estéticas (1911): “Las tres Electras del Teatro Ateniense” y “Sobre la simetría en la estética de Goethe”.

Alfonso Reyes, “Ante los centenarios. Rumbo de Goethe”, Obras completas XXVI, Fondo de Cultura Económica, México, 1993

Oración por Atenea política. Alfonso Reyes

No olvidéis que un universitario mexicano de mis años sabe ya lo que es cruzar una ciudad asediada por el bombardeo durante diez días seguidos, para acudir al deber de hijo y de hermano, y aun de esposo y padre, con el luto en el corazón y el libro escolar bajo el brazo. Nunca, ni en medio de dolores que todavía no pueden contarse, nos abandonó la Atenea Política.

     No quiero despedirme sin recordaros que esta divinidad tiene muchos nombres, no contando el que Zeus le prodiga en el poema homérico (“querida ojizarca”) que más bien es un apodo paternal cariñoso. Repetir los nombres de las divinidades es una forma elemental de plegaria. Orar quiere decir hablar con la boca. Oremos:

Atenea, además de Polías o política, se llama Promacos, que viene a ser campeón en las armas, diosa campeadora; se llama Sthenias o pederosa, Areia o de bélica naturaleza. Y todo esto significa que nunca deja de enmohecerse su tradición, sus victorias pasadas, sino que a cada nueva aurora madruga a combatir por ellas. Atenea se llama también Bulaia, porque asiste y juzga en los consejos, porque sofrena la cólera del héroe tirándole oportunamente por las riendas de la cabellera; y se llama Ergane, maestra de artesanos, por donde la escuela y el taller se confunden. Por último, Atenea es Kurótrofos, nutriz de los retoños, diosa que alimenta los nuevos planteles de hombres. Protectora de los muchachos, ella os defienda y os ampare, ella os guíe, ella os fatigue y os repose.

Alfonso Reyes, “Atenea política”, Universidad, política y pueblo, UNAM, México, 1967, pp. 97-98

Salambona. Por Alfonso Reyes

¡Ay, Salambó, Salambona,
ya probé de tu persona!

¿Y sabes a lo que sabes?
Sabes a piña y a miel,
sabes a vino y a dátiles,
a naranja y a clavel,
a canela y azafrán,
a cacao y a café,
a perejil y tomillo,
higo blando y dura nuez.
Sabes a yerba mojada,
sabes al amanecer.
Sabes a égloga pura
cantada con el rabel.
Sabes a leña olorosa,
pino, resina y laurel.
A moza junto a la fuente,
que cada noche es mujer.
Al aire de mis montañas,
donde un tiempo cabalgué.
Sabes a lo que sabía
la infancia que se me fue.
Sabes a todos los sueños
que a nadie le confesé.

¡Ay, Salambó, Salambona,
ya probé de tu persona!

Alianza del mito ibérico
y el mito cartaginés,
tienes el gusto del mar,
tan antiguo como es.
Sabes a fiesta marina,
a trirreme y a bajel.
Sabes a la Odisea,
sabes a Jerusalén.
Sabes a toda la historia,
tan antigua como es.
Sabes a toda la tierra,
tan antigua como es.
Sabes a luna y a sol,
cometa y eclipse, pues
sabes a la astrología,
tan antigua como es.
Sabes a doctrina oculta
y a revelación tal vez.
Sabes al abecedario,
Rtan antiguo como es.
Sabes a vida y a muerte
y a gloria y a infierno, amén.

Río de Janeiro, 20 de agosto, 1935

Tomo X, Obras completas, Fondo de Cultura Económica, México, 1996, pp. 157-158

 

La canción del equipaje, por Alfonso Reyes

Para Bitácora, revista de los más jóvenes

No todo ha de ser vivir,

y vivir para jamás cantar.

Era, pues, un nuevo equipaje,

que cantaba al hacerse al mar.

La nave, como era tan leve,

partía por la vertical.

Los que se quedaban en tierra

no se lo van a perdonar.

“¡Suba el que quiera! —gritan ellos,

pero el recelo puede más;

y aunque muchos los envidiaban,

no se querían arriesgar.

Que aunque hay Islas Afortunadas

y muchos reinos que buscar,

también hay Mares Tenebrosos,

caníbales y lo demás.

¡Mejor es largar las amarras

y que nos dejen ir en paz!

Esos que cuentan con los dedos

¡que nos dejen en paz!

Quédense ahí con sus disputas,

con su rabia y su porfiar.

Después de todo y a la postre,

no los vamos a contentar.

Porque está más allá del sueño

lo que queremos conquistar;

está más allá de la noche;

está más allá

de las manos y de los ojos;

está más allá

de los espacios y los años;

está más allá

de las raíces y del humus;

está más allá

de las lágrimas y la sangre;

está más allá.

Buenos Aires, 25 de marzo, 1937

Alfonso Reyes y Porfirio Barba Jacob

En nueve cuartetos de versos alejandrinos de rima pareada, Alfonso Reyes (de 20 años) formula un saludo al romero peregrino (en ese entonces llamado Ricardo Arenales de 26 años de edad). Ricardo Arenales, quien pocos años después sería, Porfirio Barba Jacob. Ricardo era un poeta de la fatalidad trágica y un valeroso periodista crítico y polémico: “ciego del mundo, y sabio para mirar al cielo/ sueltas la mente por donde los astros van”, que con sus huesos a la cárcel había ido a parar, por criticar en 1909 al régimen porfirista, desde una postura “reyista”. El general Bernardo Reyes (padre de Alfonso) era un prestigiado militar, aliado y compañero de armas de Porfirio Diaz durante más de veinte años, pero para ese entonces, ya era un incómodo rival (al grado que existía un Partido Reyista), en la sucesión presidencial del Presidente por 30 años, el general don Porfirio Díaz.
Años después, nuestro “romero”, ya como Porfirio Barba Jacob, también criticará implacable a los “revolucionarios”: Carranza, Obregón y Calles. En cambio, sabrá reconocer en las figuras de los “bandidos” Emiliano Zapata y sobre todo Pancho Villa, a los representantes de la revolución social del México profundo.
Cuenta una de las leyendas negras, que escribió una biografía de Villa, de la que se vendieron más de veinte mil ejemplares, en el norte de México y el sur de los Estados Unidos, aunque a la fecha no aparece ni uno sólo.
Miguel Ángel, Ricardo, Porfirio, Pedro, Pablo, Juan Pueblo, fueron algunos de los otros, de los heterónimos en los que su espíritu encarnó, como queriendo fundirse en el crepúsculo, mientras vuelan los serafines “y en la tarde tu lámpara arde como un rubí.”

Salutación al Romero
A Ricardo Arenales

Caminas por el Prado, que está de primavera
Y, ciego, ¿no contemplas sino el radioso vano?
¿Adónde, adónde, ciego, conduces la carrera,
alzando a Dios las palmas que llevas en la mano?

Ciego del mundo, y sabio para mirar el cielo,
sueltas la mente por donde los astros van,
Como en la noche oscura, por el monte Carmelo,
Erraba, libre, el alma del mismo San Juan.

La tierra estaba verde, el cielo estaba rosa
Y, lejos, en el cielo, fulguraba una cruz.
Pasaste tú, romero, y no mirabas cosa,
sino, en el cielo, la maravillosa luz.

¿Andabas por el prado, que está de primavera,
y, ciego, no mirabas sino el radioso vano?
¿Adónde, adónde, ciego, llevabas la carrera
alzando a Dios las palmas que ofrecía tu mano?

A mi, qué, dónde piso, siento en la voz del suelo,
¿qué me dices con tu silencio y tu oración?
¿Qué buscas, con los ojos fatigados de cielo,
más alto que la vida y sobre la pasión?

Romero: en el crepúsculo vuelan los serafines.
En la dorada luz te borras para mí.
Tu alma y el crepúsculo se mezclan por afines,
y en la tarde tu lámpara arde como un rubí.

La sacrosanta lámpara donde quemar perfumes;
la de alumbrar, nocturna, la trabajosa senda;
la que ha de velar por ti, cuando te abrumes
en medio de la noche azul, bajo la tienda-.

El romero, que estaba en medio de la tarde,
me miró silenciosamente, con claridad:
yo no vi en sus ojos mentira ni alarde,
sino la inmóvil luz de la fatalidad.

La lumbre de la tarde se apaga. Raudo giro
de imperceptibles pájaros vibra con suave son.
Y un grito, y un sollozo, y un canto, y un suspiro
se ahogan en la tarde como en mi corazón.

Alfonso Reyes, noviembre de 1909

Cronologia de Alfonso Reyes

1889 Nace, el 17 de mayo, en la Ciudad de Monterrey. Su padre, el General Bernardo Reyes, era por entonces Gobernador del Estado de Nuevo León.

1897 Inicia los estudios primarios en la escuela Manuela G. Viuda de Sada, el Instituto de Varones de Jesús Loreto y el Colegio Bolívar, de su ciudad natal.

1901 Concluye sus estudios en el Liceo Francés de la ciudad de México y comienza a escribir poesía.

1902 Trasladada su familia nuevamente a Nuevo León, iniciará la enseñanza preparatoria en el Colegio Civil de Monterrey. Tras un año y medio, volverá a la ciudad de México, donde continúa y concluye estos estudios (1907) en la Escuela Nacional Preparatoria.

1905 Publica en Monterrey sus primeros poemas.

1906 Año importante, ya que además de publicar en Savia Moderna conocerá a Pedro Henríquez Ureña.

1907 Comienza su relación con Manuela Mota.

1908-1910 Concluida la enseñanza preparatoria, permanecerá algún tiempo en Monterrey. Escribirá entonces algunos de los ensayos incluidos en Cuestiones Estéticas así como las fantasías de El Plano Oblicuo. De vuelta en la ciudad de México, se inscribirá en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de México y como miembro del Ateneo de la Juventud participará en el ciclo de conmemoración del primer centenario de la Independencia mexicana (1910) con la conferencia “Los poemas rústicos de Manuel José Othón”. Lee además “Sobre la estética de Góngora”, conferencia dedicada al intelectual alicantino Rafael Altamira.

1911 En este año aparecerán, en México, su conferencia “El paisaje de la poesía mexicana del siglo XIX”, y en París, dentro de la prestigiosa editorial de Paul Ollendroff, Cuestiones estéticas. Contrae matrimonio con Manuela Mota.

1912 Nace su único hijo. Es secretario (del 28 de agosto de ese año hasta el 28 de febrero de 1913) de la Escuela Nacional de Altos Estudios, germen de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional, donde funda la cátedra de Historia de la Literatura Española. Será también miembro fundador de la Universidad Popular. Es entonces cuando imagina La cena, cuento que anticipará algunos aspectos de la literatura de vanguardia europeas, y escribe estudios sobre Stevenson y Chesterton.

1913 El 9 de febrero, recién electo Francisco I. Madero como Presidente de México, muere su padre al intentar la toma del Palacio Nacional. Presionado por las circunstancias, obtendrá el título profesional de abogado con la tesis Teoría de la sanción. Muerto Madero y con Victoriano Huerta ya en la presidencia de la República, sale en agosto rumbo a París, en un velado destierro, como Segundo Secretario de la Legación Mexicana. Entrará en contacto, por iniciativa propia, con el hispanista Raymond Foulché-Delbosc e iniciará Visión de Anáhuac. El descubrimiento de la “literatura militante de la Nouvelle Revue Francaise“, y de otras mil facetas de este nuevo-viejo mundo, lo llevara a escribir “París cubista”. Traduce de manera anónima La novena de Coleta, de Colette Yver.

1914 Cesado el cuerpo diplomático mexicano destacado en Europa bajo la presidencia de Venustiano Carranza, con el pretexto del estallido de la Primera Guerra Mundial, se trasladará a España en octubre. Es así como empieza su labor periodística y, en el Centro de Estudios Históricos de Madrid, erudita, en la preparación -gracias al apoyo de Enrique Díez-Canedo- de obras clásicas para la editorial La Lectura. Frecuentará las tertulias y El Ateneo Científico y Literario y conocerá, entre otros, a Juan Ramón Jiménez. Escribe las crónicas que reunirá más tarde en Cartones de Madrid.

1915 Después de recorrer toda suerte de posadas que remiten a Quevedo, al fin se instala en la madrileña calle de Torrijos, donde concluirá Visión de Anáhuac. Se crea, por iniciativa de José Ortega y Gasset, el semanario España, del que Reyes será asiduo colaborador. Comparte allí con Martín Luis Guzmán el seudónimo de “Fósforo”, para escribir sobre cine.

1916 Ya como único responsable, traslada su colaboración sobre cine a El Imparcial. Este año comenzará a circular el periódico El Sol, donde se ocupará, a partir de diciembre de 1917 y hasta fines de 1919, de la página semanal dedicada a Historia y Geografía. Termina de escribir los textos de El Suicida y se traslada a su segunda residencia madrileña, en la calle de General Pardiñas del barrio de Salamanca, donde llegará a tener como vecinos a Carlos Pereyra, José María Chacón y Calvo, Antonio G. Solalinde y Pedro Henríquez Ureña. Continúa allí escribiendo sobre Góngora y Gracián, y se inicia su interés por Fray Antonio Fuente la Peña. Publica colaboraciones en el Boletín de la Real Academia Española y dirige la sección bibliográfica de la Revista de Filología Española. Comienza además su importante colaboración con Raymond Foulché-Delbosc en la edición de la obra completa de Góngora y sus traducciones para editorial Calleja.

1917 Año de gran producción editorial. Aparecerán sus libros: Cartones de Madrid, El suicida, Visión de Anáhuac; su traducción de Ortodoxia, de Chesterton, y sus ediciones de Memorias de Fray Servando Teresa de Mier, Páginas escogidas de Quevedo y Libro de Buen Amor del Arcipreste de Hita. Será también cuando inicie su amistad con Amado Alonso y Jorge Guillén y crea, con José Moreno Villa, Américo Castro y Antonio G. Solalinde, una pequeña cofradía literaria y de esparcimiento bajo el título de El Ventanillo de Toledo. Colabora con la Revista General de la casa Calleja, apenas fundada. Se acercará a Henri Bergson, de paso por Madrid.

1918 Imparte cursos de literatura española en el Centro de Estudios Históricos; uno de sus alumnos será John Dos Passos. Además estudia los orígenes del teatro americano en lengua española y la influencia de la literatura artúrica en la castellana y publica, en El Sol, artículos sobre la historia del periodismo bajo el título genérico de “Las mesas de plomo”. Primera versión de El cazador, que será luego vuelto a “arreglar”. Escribe algunas de las páginas que recogería en Las vísperas de España y Horas de Burgos, así como poesía que pasará, en parte, a Huellas. Se publican Páginas escogidas de Ruíz de Alarcón y Tratados de Gracián; en colaboración con Solalinde, Guía del estudiante. A finales de año será elegido miembro de la Academia Mexicana correspondiente de la Academia de la Lengua Española.

1919 Este año ayuda a Luis G. Urbina en la preparación de Lírica mexicana, antología de la fiesta de la Raza que publicará la Legación de México en Madrid. Asimismo, aparecen su prosificación moderna del Poema del Cid, las ediciones de Los pechos privilegiados de Ruíz de Alarcón, el Teatro de Lope de Vega y su versión de el Viaje sentimental por Francia e Italia de Laurence Stern. Comienza, en colaboración con Díez-Canedo, las burlas literarias, que aparecerán en España e Índice entre 1919 y 1922. Inicia la traducción de “El abanico de Mme. Mallarmé”. Se publican en francés algunos de los poemas que conformarán Huellas, prácticamente terminado ese año, y sigue creciendo su libro Calendario. Colabora en diarios de México y Nueva York y, por invitación de Azorín, impartirá en Burdeos, Francia, tres conferencias sobre pintura y literatura españolas. Formará parte, también, de la Comisión Histórica “Paso y Troncoso”.

1920 Es llamado nuevamente a integrarse al Cuerpo Diplomático mexicano, ahora en la Legación de España. Será en principio, como en París, Segundo Secretario, pero al poco tiempo se le ascenderá a Primer Secretario y Encargado de Negocios ad-int. Es elegido miembro correspondiente de la Academia Hispanoamericana de Ciencias y Artes de Madrid y delegado de México al VII Congreso de la Unión Postal Universal reunido en Madrid. Aparecen sus libros Retratos reales e imaginarios y El plano oblicuo, su traducción de la Pequeña historia de Inglaterra de Chesterton así como sus ediciones de Las aventuras de Pánfilo de Lope de Vega y Lecturas: ensayos. Inicia la publicación de las Obras completas de Amado Nervo. Año poco fecundo en el aspecto poético pero en el que profundiza en sus estudios gongorinos, publica sus “ejercicios” de traslado de “El abanico de Mme. Mallarmé” y finaliza las crónicas que darán cuerpo a Aquellos días. Colaboraciones en la revista La pluma, dirigida por Manuel Azaña. Visita a Unamuno en Salamanca.

1921 Aparecen El cazador y su traducción de El candor del padre Brown de Chesterton. Comienza la publicación de Simpatías y diferencias (dos primeras series) y continúa con las Obras completas de Nervo. Ascendido por el presidente Álvaro Obregón a Primer Secretario de la Legación, procura mejorar las relaciones entre México y España, seriamente afectadas a causa de los avatares revolucionarios. Se inicia la publicación de la revista Índice, hecha conjuntamente con Juan Ramón Jiménez. Viaja con Manuel Toussaint y Valle Arizpe a Singüenza. Viaja a Turín, Italia, como representante de la Universidad de México a un congreso sociológico, en el que se le confunde con el Rey Alfonso XIII. Veraneo en el Cantábrico del que quedarán rastros en sus libros Las vísperas de España, Cortesía, Los siete sobre Deva y Obra poética.

1922 Aparece su primer libro de poesía, Huellas, la tercera serie de Simpatías y diferencias y sus versiones de El hombre que fue Jueves, de Chesterton, y Olalla, de Robert Louis Stevenson. Por segunda ocasión se le nombra Encargado de Negocios ad-int de México en España. Cubrirá como corresponsal gráfico, para la revista Social de La Habana, las fiestas del cuarto centenario de la vuelta al mundo de Juan Sebastián de Elcano. Participa en tres actos públicos de que quedará constancia en su obra: la inauguración de la Glorieta de Rubén Darío, un mensaje al Ayuntamiento de Madrid y la inauguración del curso en el Ateneo. Escribe, durante la Semana Santa en Sevilla, La saeta, que se publicará primeramente en el periódico El Universal de México.

1923 Ingresa como miembro al Club Internacional de Escritores (PEN). Viaje a París, donde leerá su conferencia L’ Evolution du Mexique, publicada ese año, en francés y español, en diarios y revistas de Europa y América. Aparecen su edición de la Fábula de Polifemo y Galatea de Góngora y la cuarta serie de Simpatías y diferencias. Profusa actividad poética. Organiza el homenaje, “Cinco minutos de silencio”, en honor de Mallarmé. Con José Moreno Villa y Enrique Díez-Canedo, “inventa” los Cuadernos Literarios para la editorial La Lectura.

1924 En el mes de abril finalizará su misión diplomática en España y volverá a México, donde recibe, por iniciativa hispana, la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica. Se le nombra Enviado Extraordinario y Ministro Plenipontenciario de México en Argentina, pero no llega a tomar posesión. Mientras tanto, se irá enfriando paulatinamente la amistad entre él y José Vasconcelos. A finales de año vuelve a España como Ministro Plenipontenciario en Misión Confidencial para entrevistarse con el Rey Alfonso XIII. Cumplida la misión, se traslada a Francia, donde permanecerá como Enviado Extraordinario y Ministro Plenipontenciario hasta 1927. En este año aparecerán en España su libro de ensayos breves Calendario y el poema dramático Ifigenia cruel.

1925 Ya instalado en París, se relaciona con Jean Cassou. Consigue introducir a México en el Comité Central del PEN Club de Londres, mientras la Nouvelle Revue Française considera la posibilidad de publicar en francés El plano oblicuo. Además de desarrollar una profusa actividad diplomática y cultural, decide apoyar a artistas jóvenes.

1926 Después de gestionar la creación de una Legación mexicana en Suiza, obtiene de este país el agréement como Ministro, cargo que no llegará a ser efectivo y que se suma a su misión en Francia. Tampoco llega a ejercer el cargo de Enviado Extraordinario y Ministro Plenipontenciario en España. Aparecerá su segundo libro de poesía, Pausa, y Simples rémarques sur le Méxique. En ese año mantiene contactos frecuentes con Jules Romains, Toño Salazar, Angelina Beloff, Gabriela Mistral; vuelve a ver a Martín Luis Guzmán y a Vasconcelos y realiza un viaje por Bélgica. Al acercarse el tercer centenario de la muerte de Góngora, recibe una invitación especial, por parte de los autores hispanos de la generación del 27, para participar en los Cuadernos Gongorinos en homenaje al poeta. Mientras termina Cuestiones gongorinas, surge la posibilidad de publicar Cartones de Madrid en francés.

1927 Todavía durante sus últimos meses en París, mantendrá contactos con Jules Supervielle, Paul Valéry, Paul Morand, Valéry Larbaud, entre otros. Asimismo, recibe la condecoración de Comendador de la Legión de Honor de Francia. Regresa a México, donde es elegido Miembro Honorario del Ateneo de Ciencias y Artes, y más adelante se le nombra Enviado Extraordinario y Ministro Plenipontenciario en Argentina, nombramiento que, en curso del viaje a Buenos Aires, será sustituido por el de Embajador Extraordinario y Plenipontenciario. Aparece Cuestiones gongorinas y, en París, Vision de l’ Anahuac, traducida por Valéry Larbaud.

1928 En medio de una incesante labor diplomática y literaria, leerá el discurso inaugural de la Casa del Teatro Argentino así como fragmentos de Visión de Anáhuac, e impartirá sus conferencias “Presagio de América” y “El hombre y la naturaleza en el monólogo de Segismundo”. Comienza a dar cuerpo al libro de discursos y artículos Al servicio de México e intenta la publicación de Culto a Mallarmé y el Testimonio de Juan Peña, así como de la colección de Cuadernos del Plata, proyecto gracias al cual mantendrá una relación muy cercana con la intelectualidad argentina y, en particular, con Jorge Luis Borges. Realiza estudios del Polifemo y elabora su bibliografía personal sobre Góngora. Reencuentro con Ortega y Gasset y contactos frecuentes con Victoria Ocampo y Juana de Ibarbourou.

1929 Recibe de Norah Borges y José Moreno Villa ilustraciones para Fuga de Navidad y La saeta. Realiza una lectura pública de El testimonio de Juan Peña; al mismo tiempo continuará el proyecto de los Cuadernos del Plata e iniciará la escritura de su Landrú-Opereta.

1930 Elegido Pascual Ortiz Rubio Presidente de México, se le nombra, en sustitución de éste, Embajador Extraordinario y Pleniponteciario de México en el Brasil. Es asimismo considerado como miembro de honor del PEN Club de Buenos Aires. Aparece en Río El testimonio de Juan Peña, con dibujos de Rodríguez Lozano, y el primer número de Monterrey, su correo literario.

1931 Encuentro con Paul Morand, de paso rumbo a Argentina. Aparecerá, en París, 5 casi sonetos, y en México su Discurso por Virgilio.

1932 Después de leerlas como conferencias, una de ellas en el Palacio de Itamaraty, aparecerán en volumen En el día americano y Atenea política. También verá publicados los libros A vuelta de correo y Tren de ondas. Se relaciona con los poetas brasileños Cecilia Meireles y Manuel Bandeira, así como con Foujita, quien, de paso por Sudamérica, realizará retratos de la familia Reyes.

1933 Viaje a Uruguay, Argentina y Chile en Comisión Preparatoria de la VII Conferencia Internacional Americana. La Universidad de Nuevo León le otorga el doctorado Honoris Causa. Publicará libros de la más variada estirpe: Romances del Río de Enero, La caída, Voto por la Universidad del Norte y su edición de Si el hombre puede artificiosamente volar de Antonio Fuente la Peña. En colaboración: Código de la Paz.

1934 Regresará a México a finales de año, donde verá aparecer los volúmenes A la memoria de Ricardo Güiraldes, Golfo de México y Yerbas del Tarahumara.

1935 Reasume su cargo de Embajador en Brasil. Aparecen Minuta e Infancia.

1936 Poco antes de salir de Brasil, al habérsele nombrado por segunda vez Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de México en Argentina, dejará una copia del dios Xochipilli en el Jardín Botánico de Río y publicará en Monterrey “Maximiliano descubre el colibrí”, ensayo ilustrado por Cándido Portinari, pintor y amigo del que reyes tenía ya varias obras. También aparece el libro de poemas Otra voz. Gracias al Congreso del PEN Club llevado a cabo en Argentina, ve nuevamente a Henríquez Ureña, Anderson Imbert, Cremieux, Michaud, Ungaretti y Romains, entre otros.

1937 Seriamente conmovido por los violentos hechos desarrollados en España, escribirá los poemas “Cuatro soledades”, “Dos años” y la “Cantata en la tumba de Federico García Lorca”. También publica los libros: Tránsito de Amado Nervo, Idea política de Goethe, Las vísperas de España, El Servicio Diplomático Mexicano, su traducción de Doctrinas y formas de la organización política de G. D. H. Cole y el último número de Monterrey.

1938 Regresa a México en enero y, a mediados del año, se le comisiona, con categoría de Embajador, para Brasil. Aparecen Homilía por la cultura, Aquellos días, Mallarmé entre nosotros e Introducción al estudio económico del Brasil.

1939 Regresa a México, donde colaborará en la creación de La Casa de España en México. Publica la primera serie de sus Capítulos de literatura española.

1940 Es Presidente de la Junta de Gobierno de El Colegio de México (antes La Casa de España en México). Aparecen Villa de Unión y su prólogo a Evolución política del pueblo mexicano de Justo Sierra.

1941 Siendo catedrático de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de México, recibe el grado honorífico de Doctor en Leyes de la Universidad de California. Ese año publica Algunos poemas, La crítica en la edad ateniense, Pasado inmediato y el prólogo a Cancionero de la noche serena de Luis G. Urbina.

1942 Se le distingue como Doctor en Letras, Honoris Causa, por la Universidad Tulane así como por la Universidad de Harvard. Aparecerán Los siete sobre Deva, La antigua retórica, Última Tule, La experiencia literaria y sus prólogos a Virgin Spain de Waldo Frank y ¿Se comió el lobo a Caperucita? de Antoniorrobles.

1943 Es catedrático fundador de El Colegio Nacional, miembro correspondiente de la Real Academia Española y de Honor de la Sociedad Nuevoleonesa de Historia, Geografía y Estadística. Publicará sus prólogos a Reflexiones sobre la historia universal de J. Burckhardt y a Juan Ruiz de Alarcón: su vida y su obra de Antonio Castro Leal y su traducción de Nomentano el refugiado de Jules Romains.

1944 Mientras trabaja en la elaboración de Perfiles del hombre, sufre su primer infarto cardíaco. Aparecen El deslinde, Tentativas y orientaciones, Dos o tres mundos y su prólogo a Poemas de Ángel Zárraga.

1945 Se le concede el Premio Nacional de Literatura. Asimismo, será miembro de la Junta de Gobierno de la Universidad Nacional de México y académico de Honor de la Academia Nacional de Historia y Geografía de México, correspondiente del Centro Literario de Monterrey. Este año será especialmente prolífico en publicaciones: Romances y afines, Norte y sur, Tres puntos de exegética literaria, Capítulos de literatura española (segunda serie), Panorama del Brasil, Juan Ruiz de Alarcón (en inglés), Discursos en la Academia Mexicana de la Lengua, La casa del grillo y sus prólogos a Un destino de M. de Villanueva y Resurrección de Homero de V.  Bérard.

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VIII Platito de almendras

(Décima segunda)

Por Alfonso Reyes

 

Al huésped que se concentra

siempre tu piedad le acuda

oh cápsula diminuta

de plata para la almendra

 

Como se rompe la hembra

o abre la reja el terrón

entra el diente de rondón

hasta la pulpa cautiva

 

La sal llama la saliva

y ésta          la conversación.

 

VII Sopa

Por Alfonso Reyes

…Entre los pucheros anda el Señor…

Santa Teresa

En buen romance casero

de verdura y de calor

con los brazos remangados

me siento a la mesa yo

Tierra terrena     terruño
del fondo del corazón
Bien haya el caldo y bien haya
la madre que lo parió

Décimas en acróstico

Por Alfonso Reyes

para una niña peruana: “A Margarita Ulloa Elías”

A yunque muy de “tierras lejas”,

M argarita, quiero aquí

A consejarme de ti

R evelándote mis quejas.

G anarás, si así me dejas

A provechar la distancia,

R imas que, en su consonancia,

I miten mi voluntad,

T erca en la dificultad,

A trevida en la constancia.

 

U na niña del Perú

L ocos afanes traía,

L o que la niña pedía

O jalá lo entiendas tú:

A cabar un verso en u;

E nmendar, cerrando un ojo,

L os pies de un poeta cojo;

I mponerle, en fin, con tretas,

A crósticos por muletas.-

 

¿S abes si logró su antojo?

 

Río de Janeiro, 12 de marzo, 1934

 

Coplas*. Por Alfonso Reyes

1

Andabas con sed de gozo,

como hija de la pena.

¿Sí o no?
Y yo,
debajo de tu rebozo
me pasé la Noche Buena.

2

Sirena que entre las olas
se esconde para no verme,
¿con quién habla a solas,
con quién duerme?

3

Bordado de la almohada
que castigaste su orgullo
y la dejaste marcada:
cuéntame si está en capullo
o si es que duerme casada.

México, 26 de febrero de 1940. -VS.

* Omitido inpensadamente en OP.

 

La señora Oriana a Dulcinea del Toboso

¡Oh, quién tuviera, hermosa Dulcinea,
Por más comodidad y más reposo,
A Miraflores puesto en el Toboso,
Y trocara sus Londres con tu aldea!

¡Oh, quién de tus deseos y librea
Alma y cuerpo adornara, y del famoso
Caballero que hiciste venturoso
Mirara alguna desigual pelea!

¡Oh, quién tan castamente se escapara
Del señor Amadís como tú hiciste
Del comedido hidalgo don Quijote!

Que así envidiada fuera, y no envidiara,
Y fuera alegre el tiempo que fue triste,
Y gozara los gustos sin escote.

Don Belianís de Grecia a Don Quijote de la Mancha

Rompí, corté, abollé, y dije y hice
Más que en el orbe caballero andante;
Fui diestro, fui valiente, fui arrogante;
Mil agravios vengué, cien mil deshice.

Hazañas di a la Fama que eternice;
Fui comedido y regalado amante;
Fue enano para mí todo gigante
Y al duelo en cualquier punto satisfice.

Tuve a mis pies postrada la Fortuna,
Y trajo del copete mi cordura
A la calva Ocasión al estricote.

Mas, aunque sobre el cuerno de la luna
Siempre se vio encumbrada mi ventura,
Tus proezas envidio, ¡Oh, gran Quijote!

Al libro de Don Quijote de la Mancha

Urganda la desconocida

 

Si de llegarte a los bue-,
Libro, fueres con letu-,
No te dirá el boquirru-
Que no pones bien los de-.

Mas si el pan no se te cue-
Por ir a manos de idio-,
Verás de manos a bo-
Aun no dar una en el cla-,
Si bien se comen las ma-
Por mostrar que son curio-.

Y pues la experiencia ende-
Que al que a buen árbol se arri-
Buena sombra le cobi-,
En Béjar tu buena estre-
Un árbol real te ofre-
Que da príncipes por fru-,
En el cual florece un Du-
Que es nuevo Alejandro Ma-:
Llega a su sombra; que a osa-
Favorece la fortu-.

De un noble hidalgo manche-
Contarás las aventu-,
A quien ociosas letu-
Trastornaron la cabe-:
Damas, armas, caballe-,
Le provocaron de mo-,
Que, cual Orlando furio-
Templado a lo enamora-,
Alcanzó a fuerza de bra-
A Dulcinea del Tobo-.

No indiscretos hieroglí-
Estampes en el escu-;
Que cuando es todo figu-,
Con ruines punto se envi-.
Si en la dirección te humi-,
No dirá mofante algu-:

¡Qué don Álvaro de Lu-,
Qué Aníbal el de Carta-,
Qué Rey Francisco en Espa-
Se queja de la fortu-!


Pues al cielo no le plu-
Que salieses tan ladi-
Como el negro Juan Lati-,
Hablar latines rehu-.

No me despuntes de agu-,
Ni me alegues con filó-;
Porque, torciendo la bo-,
Dirá el que entiende la le-,
No un palmo en las ore-:
¿Para qué conmigo flo-?

No te metas en dibu-,
Ni en saber vidas aje-;
Que en lo que no va ni vie-
Pasar de largo es cordu-.
Que suelen en caperu-
Darles a los que grace-;
Más tú quémate las ce-
Sólo en cobrar buena fa-,
Que el que imprime neceda-
Dalas a censo perpe-.

Advierte que es desati-,
Siendo de vidrio el teja-,
Tomar piedras en la ma-
Para tirar al veci-.

Deja que el hombre de jui-
en las obras que compo-
Se vaya con pies de plo-;
Que el que saca a luz pape-
Para entretener donce-
Escribe a tontas y a lo-.

Sátira de la compañía, Alfonso Reyes

 

SÁTIRA DE LA COMPAÑÍA
(Fragmento)

 

¡Oh mis sabios, mis filósofos:
cerrada hallasteis mi puerta!
Ocasión es de marcharos:
la casa tengo hoy de fiesta.
¿Qué se os dan mis interiores
ni qué mis cosas domésticas?
Idos, que en mi corazón
muchas visitas se hospedan,
y hoy recibo en mi taller
mis libros de cabecera.

Robásteisme ayer en charlas
toda mi ausencia entera:
burla hicisteis de mi vida,
chismorreos de mis penas,
hablillas de mis amores,
escarnio de mis cadenas,
de mi ademán comentarios,
discursos de mis maneras,
críticas sobre mi andar,
sobre mi vestir sentencias,
de mis días efemérides,
de mis noches analectas,
notas de mis desayunos,
de mis comidas polémicas,
escolios de mis bebidas,
corolarios de mis cenas.
Tal, amigos, me dejasteis
peor que no digan dueñas,
castigado por fiarme
de las orejas ajenas.

Alfonso Reyes, Constancia poética, Obras completas de Alfonso Reyes X, Fondo de Cultura Económica, México, 1981, p. 52