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El escéptico. Por Alfonso Reyes

—EL MUNDO no tiene seriedad —dijo el Escéptico—. Y la conclusión no es humorística, sino melancólica. No vemos el mundo, sino nuestra imagen del mundo, y la imagen es caprichosa y cambiante al punto de ser una ilusión, un engaño que a nosotros mismos nos proponemos. “Que nada podemos saber”, escribía Francisco Sánchez. “¡Qué sé yo!”, exclamaba Montaigne. Y “¿Qué es la verdad?”, preguntó Pilato. Cuando nuestro maestro Pirrón fue a la India, en el séquito de Alejandro, a la sola presencia de los “gimnosofistas” o filósofos desnudos comprendió que la verdad puede ser considerada desde tan opuestos puntos de vista que, en rigor, no sabemos dónde se encuentra o si es un simple devaneo. Es decir, que las cosas son de todos modos o de ninguno. Por eso lo mejor es callar, suspender el juicio, vivir en estado de adiaforía o indiferencia.

—Y entonces —le replicó el hombre del pueblo— ¿los dioses son unos embaucadores?

—La inteligencia humana es muy corta, la vida humana es muy corta. No podemos demostrar que existan los dioses. Ni tenemos medios ni tiempo suficiente —contestó el Escéptico—. Y luego añadió, cerrando un ojo. —Pero si es que existen, ellos se encargarán de todo. Como algún día lo dirá un poeta: “Los dioses me perdonarán, porque perdonar es su oficio.”

—¿De suerte —prosiguió el hombre del pueblo— que tu secta cuenta tácitamente con la benevolencia de los dioses, a pesar de todo, como el muchacho calavera cuenta con que su padre habrá de sacarlo de apuros?

(Y yo que los escuchaba, en sueños, tuve un recuerdo. Alguien, en un corro de amigos, observó una vez: “Ustedes, los que se dicen creyentes, no tienen confianza en Dios, puesto que todo el día se preocupan por quedar bien con Dios. Yo hago lo que me place, y confío en Dios: confío en su suprema bondad.” “Señor mío —le contestó don Víctor Andrés Belaúnde, que es un creyente—. Eso no es tener confianza en Dios, sino permitirse confianzas con Dios.”)

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Las casas de Balzac. Por Alfonso Reyes

Renan nunca pudo leer una novela. Cierto día Renan y Taine veraneaban junto a un lago de Saboya, y Taine, empeñado en corregir a su amigo, le dejó en las manos una novela de Balzac. Cuando volvió, al poco tiempo, Renan dormía profundamente y el libro se había caído al agua. Seguros de que algunos participan en este punto de los gustos de Taine —que declara en sus cartas haber leído cincuenta veces la Cartuja de Parma, de Stendhal— y están lejos de compartir el desdén de Renan hacia el abundante Balzac; y ciertos, por lo demás, de que la afición a los libros del gran novelista siempre anda junta con la afición a su persona extravagante y amable, traducimos a continuación estas curiosas noticias:

La familia de Balzac vivía en París, rue du Temple, Marais. Cuando su familia se fue a Villeparisis, el joven Balzac alquiló una buhardilla en el número 9, calle Lesdiguiéres, junto al Arsenal. Reposo en Villeparisis. Idilio. Balzac, de regreso, se establece como impresor, calle Visconti, con madame de Berny. (Domicilio personal: 2, calle Tournon) Quiebra y fuga a Bretaña. Al regreso, vive en la calle Cassini, cerca del Observatorio; después, calle de Las Batallas. Al fin, se decide a abandonar la ciudad. De 1838 a 1840, sus señas son: “Aux Jardies, par Sévres (Seine-et-Oise)”

Tres cuartos —dice él— encaramados uno sobre otro; propia percha de loro. Por un capricho muy suyo, los servicios y accesorios de la casa ocupaban un departamento enorme. (Al instalarse en Jardies, Gambetta ocupa este departamento; y hace demoler con toda impasibilidad el pabellón-percha en que Balzac dormía y trabajaba.) De 1840 a 1848, soporta la vida en su “cabaña” de Passy, que todavía puede verse entre la calle Basse y la Roe. (Hoy Raynouard y Berton: tenía dos salidas. Mientras los acreedores tiraban con furor de la campanilla, Balzac se salía por la otra puerta y se internaba tranquilamente en las Tullerías.) Acaba sus días en el barrio de Beaujon, en un hotelito de la calle Fortunée, hoy Balzac, donde quiso recibir dignamente a Mme Hanska, su mujer castellana de Wirschnownia. Este hotelito, propiedad de Rothschild, fue demolido en 1890, a pesar de las protestas de los “balzacianos”, y particularmente de Paul Bourget (Royaumont, Prodomo. La rnaison de Balzac, Figuiére).

Hojeando el Mercure de France, leemos una carta de Carlos Larrondo en que éste da cuenta de que el periódico L’Affranchi ha tomado en arrendamiento la casa de Balzac con el fin de consagrarla al culto de su recuerdo. La noticia tiene algo de manifiesto literario, y el que la da asegura que algún día la casa de Balzac vendrá a ser como el corazón de un renacimiento literario. En todo caso, es fácil que llegue muy pronto a ser un museo curioso.

S., IX-1918.

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La intelectualidad mexicana y la guerra europea. Por Alfonso Reyes

El Universal, diario de México, publica en su número del 20 de junio de 1917 las opiniones de los intelectuales mexicanos sobre la conveniencia de que México intervenga en la guerra europea. Todas las opiniones se inclinan en favor de los aliados.

Además de las transcritas a continuación —y que hemos ordenado, en lo posible, según su importancia—, se publicaron las del autor dramático Marcelino Dávalos, el poeta anacreóntico Enrique Fernández Granados, los jóvenes poetas Ramón López Velarde y José D. Frías, el poeta parnasiano Rafael López, el novelista Rubén M. Campos, el fuerte pintor Saturnino Herrán, los periodistas Hipólito Seijas, Arturo Cisneros, José Coellar y Luis Alva, y los médicos Luis Coyula y Manuel Mestre Ghigliazza.

Tienen singular importancia, por el mérito intelectual de las personas que los emiten, el juicio de Antonio Caso, filósofo y director espiritual do la juventud, y el de Julio Torri, fino escritor y sutil ensayista que dirige actualmente la colección de publicaciones “Cvltvra”.

Adviértase, en la opinión de Caso —francófilo de corazón que alguna vez nos decía que en México se debiera alzar un monumento a la cultura francesa—, ese primer movimiento de reserva propio del hombre acostumbrado a considerar históricamente el pro y el contra de las cuestiones. Y adviértase, en Torri, la decisión rápida y certera del artista que vive en contacto con las realidades inmediatas.

Con contadas excepciones (como el erudito González Obregón y el académico Revilla), la gran mayoría de los que han sido interrogados por El Universal pertenecen a la última generación literaria, inmediatamente posterior a la de Nervo, Urbina, Urueta. No es extraño, en todo caso, que sus simpatías estén por los aliados. Algunos, hipnotizados por lo apremiante del actual problema mexicano, procuran dar a sus juicios cierta apariencia de frialdad, y parecen inferir su actitud, favorable a los aliados, de consideraciones meramente interamericanas. Pero, en el fondo, a la mayoría, y a los jóvenes sobre todo, los inspira un desinteresado amor a Francia.

México debe en parte a Francia su verdadera independencia, que es la del espíritu: los grandes creadores de su fisonomía intelectual han sido, para lo oficial y universitario, Gabino Barreda, un discípulo de Auguste Comte, fundador de la Escuela Preparatoria y organizador de la enseñanza liberal, y para el mundo más libre de la literatura y de la poesía, Manuel Gutiérrez Nájera, glorioso discípulo de las Musas de Francia, uno de los primeros propulsores de las nuevas corrientes que han transformado nuestro lenguaje poético, y uno de los primeros en escribir la prosa española con esa sintaxis ligera y concisa que todos procuramos ahora.

Esto, por lo que atañe al pasado. Para el porvenir, en tanto que México no haya acabado esa penosa tarea de equilibrar su situación, a la que actualmente se entrega con todo empeño, tendrá que recibir influencias extrañas, y aun después seguramente, como es lo normal entre los pueblos. Por muy firme que se desee la amistad entre México y los Estados Unidos del Norte, aquella gran república podrá hacernos muchos beneficios, pero no en el robustecimiento del alma nacional. Aparte de las divergencias fundamentales, de orden psicológico y moral, nunca se ha dado en la historia el caso monstruosamente hermoso de que un pueblo fuerte y expansivo influya sobre su vecino débil y desorganizado en un sentido ventajoso para la dignidad nacional de éste. Y las fuerzas mecánicas de la historia pasan por sobre las buenas intenciones individuales.

Así pues, México tiene que volver los ojos a Europa. Volverlos a la antigua Metrópoli es obvio, pero teniendo en cuenta que ésta reacciona ahora, tratando de rectificar todo su pasado. México la ha precedido en esta tarea dolorosa de rectificación. Y de todos los demás países europeos, sólo Francia puede servirnos como fuerza espiritual orientadora, según lo ha probado ya la experiencia de nuestros educadores desde mediados del siglo XIX, tanto por la facilidad de aprender su lengua y lo muy difundida que está ya entre nosotros, como por ciertas internas afinidades mentales que algún día me propongo analizar largamente, y que comienzan a definirse desde el primer siglo de la Conquista, entre los criollos y mestizos de la vetusta Nueva España.

Madrid, agosto, 1917.

Publicado solamente en francés en el Bulletin de l’Amérique Latine VII, 1º y 2º, París, X y XI-1917.

Alfonso Reyes, “La intelectualidad mexicana y la guerra europea”, Obras completas VIIFondo de Cultura Económica, México, 1996, pp, 475-477.