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Alfonso Reyes y Porfirio Barba Jacob

En nueve cuartetos de versos alejandrinos de rima pareada, Alfonso Reyes (de 20 años) formula un saludo al romero peregrino (en ese entonces llamado Ricardo Arenales de 26 años de edad). Ricardo Arenales, quien pocos años después sería, Porfirio Barba Jacob. Ricardo era un poeta de la fatalidad trágica y un valeroso periodista crítico y polémico: “ciego del mundo, y sabio para mirar al cielo/ sueltas la mente por donde los astros van”, que con sus huesos a la cárcel había ido a parar, por criticar en 1909 al régimen porfirista, desde una postura “reyista”. El general Bernardo Reyes (padre de Alfonso) era un prestigiado militar, aliado y compañero de armas de Porfirio Diaz durante más de veinte años, pero para ese entonces, ya era un incómodo rival (al grado que existía un Partido Reyista), en la sucesión presidencial del Presidente por 30 años, el general don Porfirio Díaz.
Años después, nuestro “romero”, ya como Porfirio Barba Jacob, también criticará implacable a los “revolucionarios”: Carranza, Obregón y Calles. En cambio, sabrá reconocer en las figuras de los “bandidos” Emiliano Zapata y sobre todo Pancho Villa, a los representantes de la revolución social del México profundo.
Cuenta una de las leyendas negras, que escribió una biografía de Villa, de la que se vendieron más de veinte mil ejemplares, en el norte de México y el sur de los Estados Unidos, aunque a la fecha no aparece ni uno sólo.
Miguel Ángel, Ricardo, Porfirio, Pedro, Pablo, Juan Pueblo, fueron algunos de los otros, de los heterónimos en los que su espíritu encarnó, como queriendo fundirse en el crepúsculo, mientras vuelan los serafines “y en la tarde tu lámpara arde como un rubí.”

Salutación al Romero
A Ricardo Arenales

Caminas por el Prado, que está de primavera
Y, ciego, ¿no contemplas sino el radioso vano?
¿Adónde, adónde, ciego, conduces la carrera,
alzando a Dios las palmas que llevas en la mano?

Ciego del mundo, y sabio para mirar el cielo,
sueltas la mente por donde los astros van,
Como en la noche oscura, por el monte Carmelo,
Erraba, libre, el alma del mismo San Juan.

La tierra estaba verde, el cielo estaba rosa
Y, lejos, en el cielo, fulguraba una cruz.
Pasaste tú, romero, y no mirabas cosa,
sino, en el cielo, la maravillosa luz.

¿Andabas por el prado, que está de primavera,
y, ciego, no mirabas sino el radioso vano?
¿Adónde, adónde, ciego, llevabas la carrera
alzando a Dios las palmas que ofrecía tu mano?

A mi, qué, dónde piso, siento en la voz del suelo,
¿qué me dices con tu silencio y tu oración?
¿Qué buscas, con los ojos fatigados de cielo,
más alto que la vida y sobre la pasión?

Romero: en el crepúsculo vuelan los serafines.
En la dorada luz te borras para mí.
Tu alma y el crepúsculo se mezclan por afines,
y en la tarde tu lámpara arde como un rubí.

La sacrosanta lámpara donde quemar perfumes;
la de alumbrar, nocturna, la trabajosa senda;
la que ha de velar por ti, cuando te abrumes
en medio de la noche azul, bajo la tienda-.

El romero, que estaba en medio de la tarde,
me miró silenciosamente, con claridad:
yo no vi en sus ojos mentira ni alarde,
sino la inmóvil luz de la fatalidad.

La lumbre de la tarde se apaga. Raudo giro
de imperceptibles pájaros vibra con suave son.
Y un grito, y un sollozo, y un canto, y un suspiro
se ahogan en la tarde como en mi corazón.

Alfonso Reyes, noviembre de 1909

Discurso de Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura (1982)

Gabriel José de la Concordia García Márquez (Aracataca6 de marzo de 1927 – México, D. F.17 de abril de 2014; Generación 1930),  fue un escritor, novelista, cuentista, guionista, editor y periodista colombiano. En 1982 recibió el Premio Nobel de Literatura.

Juego mi vida, cambio mi vida. León de Greiff

Francisco de Asís León Bogislao de Greiff Häusler (MedellínColombia22 de julio de 1895 – Bogotá, Colombia11 de julio de 1976; Generación 1900), mejor conocido como “León de Greiff“, es uno de los más destacados poetas colombianos del siglo XX. Se le conoció también como Leo Le Gris y Gaspar de la Nuit . De Greiff fue de los impulsores del movimiento literario Los Panidas (Medellín1915):

Juego mi vida, cambio mi vida,
de todos modos
la llevo perdida…

Y la juego o la cambio por el más infantil espejismo,
la dono en usufructo, o la regalo…

La juego contra uno o contra todos,
la juego contra el cero o contra el infinito,
la juego en una alcoba, en el ágora, en un garito,
en una encrucijada, en una barricada, en un motín;
la juego definitivamente, desde el principio hasta el fin,
a todo lo ancho y a todo lo hondo
—en la periferia, en el medio,
y en el sub-fondo…—

Juego mi vida, cambio mi vida,
la llevo perdida
sin remedio.
Y la juego, o la cambio por el más infantil espejismo,
la dono en usufructo, o la regalo…:
o la trueco por una sonrisa y cuatro besos:
todo, todo me da lo mismo:
lo eximio y lo rüin, lo trivial, lo perfecto, lo malo…

Todo, todo me da lo mismo:
todo me cabe en el diminuto, hórrido abismo
donde se anudan serpentinos mis sesos.

Cambio mi vida por lámparas viejas
o por los dados con los que se jugó la túnica inconsútil:
—por lo más anodino, por lo más obvio, por lo más fútil:
por los colgajos que se guinda en las orejas
la simiesca mulata,
la terracota rubia;
la pálida morena, la amarilla oriental, o la hiperbórea rubia:
cambio mi vida por una anilla de hojalata
o por la espada de Sigmundo,
o por el mundo
que tenía en los dedos Carlomagno:                                                                         —para echar a rodar la bola…

Cambio mi vida por la cándida aureola
del idiota o del santo;
la cambio por el collar
que le pintaron al gordo Capeto;
o por la ducha rígida que llovió en la nuca
a Carlos de Inglaterra;
la cambio por un romance, la cambio por un soneto;
por once gatos de Angora,
por una copla, por una saeta,
por un cantar;
por una baraja incompleta;
por una faca, por una pipa, por una sambuca…

o por esa muñeca que llora
como cualquier poeta.

Cambio mi vida —al fiado— por una fábrica de crepúsculos
(con arreboles);
por un gorila de Borneo;
por dos panteras de Sumatra;
por las perlas que se bebió la cetrina Cleopatra—
o por su naricilla que está en algún Museo;
cambio mi vida por lámparas viejas,
o por la escala de Jacob, o por su plato de lentejas…

¡o por dos huequecillos minúsculos
—en las sienes— por donde se me fugue, en grises podres,
la hartura, todo el fastidio, todo el horror que almaceno en mis odres…!

Juego mi vida, cambio mi vida.
De todos modos
la llevo perdida…

Para conocer más sobre la vida de León de Greiff, le convidamos a que aprecie el siguiente documental: