Archivo de la etiqueta: Colombia

Carta a la juventud de Colombia. Por José Vasconcelos

Dirigida a Germán Arciniégas

Muy estimado señor y amigo:

He recibido su carta de abril último, en que me comunica la próxima celebración de un Congreso de la juventud colombiana, y me pide algunas palabras para tal ocasión. Su carta me ha conmovido no sólo porque me han recordado ustedes, sino porque los hijos de esta época, batalladora, sentimos a menudo la necesidad de descansar el anhelo en quienes nos han de reemplazar mañana. Viendo tan corto lo que hoy se alcanza, nos consuela mirar hacia los que pueden empujar el ideal, así que nosotros caigamos vencidos. Nadie puede explicar qué es lo que vienen a hacer sobre esta tierra maldita, los millares de seres que nacen a diario para padecer y morir sin dejar huella. Las teorías de la vida como redención parecían irrefutables cuando el pensamiento se encerraba en la tribu y se creía que el ciclo de la existencia planetaria abarcaba unos cuantos siglos, desde el Génesis hasta el juicio final; pero de entonces a la fecha, el espíritu humano ha creado otra Biblia en el conocimiento científico, fundado en el raciocinio, la observación y la experiencia, fuentes también divinas de sabiduría, y esta nueva Biblia nos habla de un planeta que ha tardado miles, acaso millones de años, en constituirse y de una sucesión de especies y de seres, entre los cuales aparecemos nosotros como un instante asombroso, que fulgura brevemente para rodar en el abismo dé los milenios. Ante esta concepción absurda y vasta, ¿qué hemos de hacer sino aprovechar nuestro instante para ensancharlo en toda la plenitud de los tiempos; para prolongarlo, ya que es tan Corto en toda la extensión infinita?

Todos vemos, unos confusamente, otros con clarividencia, que somos arrastrados por una corriente sombría que se ilumina a ratos con fulgor, como de intuición divina. Lograr estos instantes de iluminación, en que adivinamos una manera de escapar del ciclo absurdo, tal es la potencialidad más alta de nuestra naturaleza y el fin supremo de la vida. Pero si hemos de ejercitar nuestra conciencia, ya sea para este objeto o para otro cualquiera, es necesario romper la modorra del cuerpo y la estupidez del ambiente. Para que el cuerpo no moleste se le satisface; para que el trabajo no robe toda nuestra energía, se perfecciona nuestro dominio sobre la naturaleza, obligándola a que rinda frutos con poco esfuerzo; y para que la vida social se convierta en una colaboradora del espíritu, hay que reformarla a base de franqueza y de justicia, franqueza que descubre la realidad hasta lo más recóndito y justicia derivada, no de las leyes que son fruto de las argucias de la mente, sino de la ley superior del corazón. De esta suerte, produciendo riqueza con el trabajo y repartiendo los bienes con equidad, se logrará que todos puedan dar su mendrugo al cuerpo, sin necesidad de vender el tesoro mayor del alma, que es el tiempo. La maldición de la vida colectiva resulta del contraste de la pereza de los que no trabajan, y la esclavitud de los que trabajan tanto, que el trabajo material les consume la capacidad de la meditación y la alegría. Este es el estado de barbarie en que el mundo ha vivido hasta la fecha, pero precisamente se caracteriza nuestra época por un anhelo de redención universal y de dicha para todos, sin hipocresías y sin simulaciones. Desde que Tolstoi acabó con el mito del genio como caudillo, ya no buscan los pueblos ídolos que ensalzar, sino injusticia que corregir. El Quijote triunfa en el mundo; pero ha aprendido mucho en estos siglos de fracasos, y ahora ya no es el loco que mueve a risa, sino el caballero de la fuerza, al servicio de la generosidad y de la inteligencia. El genio para nosotros no es el que arrebata para sí gloria o poder, sino el que derrocha saber o energía. Y nuestra época toda, quiere que sea universal, todo lo que ha sido exclusivo: la dicha, el saber, el poder… Queremos, además, que lo excelso se cumpla no sólo allá arriba, sino también aquí abajo, y tachamos de impostor a todo el que levanta, impotente, las manos al cielo, en vez de usar los puños para corregir la injusticia… ¿Pero dónde va a estar el centro de esta palingenesia próxima, a la vez humana y divina?…

Los europeos, con el pretexto de ambiciones nacionalistas, pero en realidad porque se han reproducido con exceso, seguirán destrozándose hasta que las matanzas y la emigración descongestionen de habitantes una tierra que llegó a dar más bocas que panes. Víctimas de una organización errada, no podrán enseñarnos; se limitarán a invadirnos, proporcionándonos la savia de una humanidad nueva. La mezcla libre de razas y culturas, reproducirá en mayor escala y con mejores elementos. el ensayo de universalismo que fracasó en Norteamérica.

Allí fracasó porque se volvió norteamericanismo; aquí puede salvarse si la ductibilidad y la fuerza ibéricas ponen la base de un tipo realmente universal. La conciencia de esta misión late en todos los pueblos de la América Latina. y da impulso al latinoamericanismo contemporáneo. Un moderno latinoamericanismo distinto del de Bolívar, porque el de entonces era un sueño político, en tanto que el de ahora es étnico. Bolívar quería una Liga de Naciones Americanas, que no excluía a los Estados Unidos del Norte. Nosotros queremos la unión de los pueblos ibéricos, sin excluir a España y comprendiendo expresamente al Brasil; y tenemos que excluir a los Estados Unidos, no por odio, sino porque ellos representan otra expresión de la historia humana. Bolívar interpretando en grande las ideas de su tiempo, quiso una Liga de Naciones Americanas, capaz de garantizar la libertad de todo el mundo.

Esto mismo volvió a expresarlo, con menos grandeza, cien años más tarde, el doctrinarismo mediocre de Wodrow Wilson; cuando excitaba a las naciones americanas, para que participasen en la guerra europea, con el fin de garantizar la “democracia en el mundo”. A Bolívar no se le oyó porque no había llegado la hora; pero su ideal renace más preciso y más fuerte. A Wilson no se le escuchó porque los países ibéricos saben lo que es la democracia en el país del dólar; y tienen su propio ideal no meramente político, sino más bien místico, de dar expresión a cada raza conforme a su misión y su temperamento. Dentro del más generoso internacionalismo y reconociendo lealmente la universal capacidad de los hombres, queremos, sin embargo, que los pueblos no sean despojados de sus caracteres espirituales propios, porque cada uno de ellos es como un camino distinto para la revelación de lo divino, y nadie tiene derecho de suprimir uno solo de esos caminos. Creemos que es más importante para una raza, conservar su idiosincrasia que su territorio, y por eso exigimos la emancipación espiritual por encima de la política. En este punto, Bolívar no podía pensar como nosotros; acababa de sacudir el yugo español, y llevado de un exceso natural de sentimiento, se inclinaba a simpatizar con el inglés, el ancestral enemigo de España y de la raza española; en cambio, ahora sentimos que vuelve a ser nuestro enemigo el que lo sea de España. Este retorno al sentido común ha sido muy lento, a tal grado, que todavía algunos pueblos de nuestro Continente, se ufanan de guerreros de la independencia que eran irlandeses o escoceses. héroes y todo, pero al fin súbditos británicos, que peleaban de paso por el país americano, pero en realidad por atavismo de estirpe y porque liberando a la América Española, se debilitaba a España y se agrandaba Inglaterra. La confusión de sentimientos no tiene nada de extraño, pues mal podemos depurar la historia, cuando nuestras mismas ideas no han estado enteramente claras.

A raíz de nuestra independencia nos salieron tutores, y la presión mental de Francia sirvió, como ha servido casi siempre, en la historia, para debilitar a los latinos y asegurar el triunfo de los ingleses. El nacionalismo francés, torpemente imitado, nos llevó a constituir patrias ajenas, unas de otros, y sin darnos cuenta, reemplazamos todo lo que tiene de más firme un pueblo, su tradición noble, sus parentescos raciales, su unidad histórica, por la vana palabrería importada con etiquetas extrañas. Así nos disgregamos, hipnotizados con la primer tontería llegada de París, y todo esto lo hacíamos mientras la raza sajona, llevada de un sabio instinto, se organizaba para constituir el “english speaking world” contemporáneo, dominador del planeta. El intento de conquista hecho por los ingleses en la Argentina y las usurpaciones de territorios consumados en Venezuela, en México, etc., sirvieron para, recordarnos el peligro. Los cinco o seis mil ingleses aniquilados totalmente en Buenos Aires, nos hicieron ver que la patria no es un solo territorio y la libertad política, sino también, y principalmente, la estirpe, es decir, el tipo de cultura a que cada pueblo pertenece. La mera nacionalidad se forja en papeles;  la estirpe la constituye la vida. La creación de las nacionalidades latinoamericanas fue obra de la política. La creación de las nacionalidades latinoamericanas fué un caso de suicidio colectivo. Bolívar lo comprendió, y para evitarlo empleó todos los recursos de su enorme ingenio; sin embargo, el egoísmo, las barreras naturales y el interés de las potencias extrañas fueron más fuertes. El interés de Inglaterra prefirió veinte clientes a uno solo. La vanidad de Francia no podía ver bien un gran pueblo delante del cual hubiera parecido la maestra un poco ridícula, pero consintió en mostrar cierta desdeñosa condescendencia, para los veinte discípulos, como nosotros mismos dimos en llamarnos. Nos IIegó todo lo extraño; los ingleses se apoderaron de nuestros mercados, regalándonos teorías conforme a las cuales ellos son la raza superior y nosotros unos mestizos, capaces tal vez de aprender, pero mediante la obediencia y la imitación. Los franceses nos llenaron de cosas bonitas y llegaban a la Argentina para decir que aquél era el mejor país de la América, porque se hallaba más cerca culturalmente de Francia, y en seguida permitían que el peruano se afrancesara, como discípulo prediilecto, para gloriarse a renglón seguido, de que todavía era más francés el Brasil; y todos estábamos de acuerdo en que… el cerebro del mundo estaba en París. Los franceses, en cambio, opinaban concordes que el latinoamericano era un infeliz. Y tenían razón; entregamos las riquezas y entregamos el alma, y como buenos descastados no hacíamos otra cosa que injuriar a España, ensoberbecidos de nuestros amos nuevos, porque amos fueron hasta en la protección o tolerancia que siempre prestaron a los déspotas que sabían favorecer sus intereses. Contémplese la Venezuela de hoy, feudo del último y más monstruoso de los tiranos, protegido de las compañías extranjeras que explotan el país, y se verá como en un espejo lo que en distintas épocas fueron la Argentina, el Ecuador, Guatemala y México. Nuestra independencia estuvo en el papel, y nuestro decoro en el fango. Países de opereta trágica; razas bastardas, hemos sido los simios del mundo, porque habiendo renegado de casi todo lo propio, nos pusimos a imitar sin fe y sin esperanza de crear. La guerra sostenida por Juárez contra los franceses inicia la confusión en México; otros países más afortunados se han ido regenerando por el esfuerzo ordenado de su propio desarrollo, y hemos llegado, por fin, al período decisivo en que vivimos, para escuchar que de uno a otro confín surge renovado el concepto boliviano, pero ahora mucho más profundo, porque ya no busca la liga política para fines abstractos, sino la integración de una raza, que llega al instante de su misión universal. ¡Dichosa la juventud latinoamericana que llega a la vida cuando se sientan las bases de un nuevo período de la historia del mundo!

iPero cómo va a necesitar tesón y clarividencia para que no la ciegue el torbellino de los sucesos y para que los venidos de fuera no la desplacen de su papel interpretativo del aporte ajeno y unificador de la creación humana! Necesita sanear el ambiente para que la vida nueva se desarrolle vigorosa y libre. Necesita implantar la justicia para que no se produzca aquí una nueva barbarie, sino una verdadera civilización.

Los que sólo ven hacia atrás, los que transigen con la injusticia y con la mentira no podrán manejar el material humano que va a desbordarse sobre nosotros. Si la juventud no conquista el heroísmo que los tiempos reclaman, los recién venidos nos quitarán el papel de directores para hacer una cultura híbrida. La harán ellos si no la improvisamos nosotros; pero ellos pasarán años en adaptarse al nuevo ambiente y entretanto la civilización languidecerá o quedará destruída. En cambio, si la juventud de estos instantes toma sobre sus hombros la misión varonil, la victoria humana será gloriosa y rápida. Los extranjeros vendrán y quizás, no en son de conquista; los trataremos bien, porque son de noble sustancia humana y porque el abuso y la deslealtad no traen sino disolución y fracaso. Fraternalmente mejoraremos lo que se ha hecho antes, y el mundo se beneficiará con nuestro triunfo, y seremos la primera raza universal.

Confío mucho en ustedes, porque hay en Colombia un rancio espíritu casteIlano que obrará prodigios. El afán con que ustedes han cuidado la pureza del idioma es una garantía de que poseen ese orgullo propio sólo de las razas creadoras. Todo extranjerismo es fecundo si se le depura y organiza dentro del molde nativo, como lo hace el inglés y como lo hacía el español cuando era fuerte; en cambio, no hay caso más lamentable que el de toda nuestra América Española, empeñada durante un siglo en afrancesarse y anglicanizarse, como si no hubiera en nuestra propia sangre materia capaz de redención y de esplendor. No es copiando modas y costumbres extrañas como se puede regenerar una raza. sino cortando de raíz los abusos que son la causa de nuestro atraso; la pereza y el prejuicio, el abuso económico y político. Por eso los jóvenes deben exigir mucho y tercamente. La inercia social recorta y aplana bastante todos los ideales, para que ya desde que nacen salgan envilecidos por la conveniencia, y amenguados por una falsa prudencia. Hay en el entusiasmo eficaz una especie de cálculo instintivo que nos Ileva a pedir mucho para lograr aunque sea un poco. Reflexione la juventud, que no es sólo haciendo discursos, como se reforma el mundo, sino preparándose para llevar a la práctica todas las ideas que a nosotros nos parezcan buenas aunque el resto de la sociedad las repruebe. La sociedad en que se vive, generalmente, representa lo que ya ha pasado: el espíritu, en cambio, vive en perpetuo mañana; su intención de conjunto nos hace ser hombre antiguo y hombre moderno, rejuvenecedor del presente y visionario del porvenir. Sólo rompiendo abiertamente con el medio contemporáneo podremos alcanzar progreso.

Los prejuicios sociales y la mala distribución de la riqueza hacen que entre nosotros no exista civilización. En México. en la Argentina y en Chile, unas cuantas familias son dueñas de todas las tierras, y no la cultivan sino en parte y mantienen a sus colonos o arrendatarios en estado de vasallaje feudal. Probablemente lo mismo pasa en Colombia y Perú y en todas partes. Hay que dividir la tierra para que todos tengan patria. El progreso demanda que se desenvaine la espada de Cristo contra todos los enemigos del bienestar general en los hombres. Y la juventud está en el deber de proclamarse aliada de Cristo. Para los jóvenes no puede haber dos partidos: para los jóvenes no hay más que un partido: el avanzado. Los jóvenes que no sienten el impulso de la reivindicación generosa e inmediata no fundan patria ni conquistan gloria. Si son mediocres podrán gozar del mundo, pero llegarán al cielo sin una noble angustia, sin un ideal hecho pedazos. Nada importa, pues, el éxito inmediato; los tiempos son de lucha y los jóvenes colombianos no están solos en la cruzada moderna. Yo he visto la multitud estudiantil argentina en el Plata y en Córdoba, proclamando libertad y justicia. Yo he oído los gritos ásperos, de noble afán contenido, de la juventud chilena; y los brasileños y los mexicanos, todos estamos unidos en el mismo empeño de mejorar la condición humana, y el día que todos esos propósitos en manos de ustedes se vuelvan acción, el pasado se derrumbará para siempre.

Quedo de usted afectísimo amigo y atento seguro servidor…

José Vasconcelos

Seguir leyendo Carta a la juventud de Colombia. Por José Vasconcelos

Premio Alfonso Reyes para Germán Arciniégas

Santa Fe de Bogotá, 16 de febrero de 1996

 

Señor

Miguel Limón Rojas

Secretario de Educación Pública

de los Estados Unidos Mexicanos

Señora

Alicia Zendejas

Esposa de Don Francisco Zendejas

Fundador del Premio Alfonso Reyes

Señor Director y Compañeros de la Capilla Alfonsina

Señor Embajador de Colombia

Señores Embajadores

Amigos y Amigas

 

Cuando me acerco a cumplir mis primeros 100 años, me hacen ustedes, queridos amigos de la Capilla Alfonsina, la gracia que tanto me regocija, de darme el Premio Alfonso Reyes, en el mismo año en que se termina la edición de sus Obras completas, empeño en que han puesto ustedes su devoción. Todo esto ocurre cuando estamos en vísperas de que se cumplan los 500 de la fundación del Nuevo Mundo. Cuando junto a estos acontecimientos, me veo puesto en una esquina que me mueve a contemplar el destino de ideales, que nos animaron a cuantos estuvimos más cerca del gallardo poeta, cuya capilla conservan ustedes con tan celoso cuidado. Ese Nuevo Mundo, al cual ha llamado el Pontífice con un acierto genial, “el Continente de la Esperanza”, ha sido el personaje único que en mi corta vida vengo tratando de interpretar con los sentidos que ahora empiezo a perder. La historia del Nuevo Mundo, la verdadera historia, como diría Díaz del Castillo, es una fascinante aventura que sigue siendo la mayor tentación posible para quienes escriben y para quienes leen. Tengo la convicción de que ésa aún está por escribirse. Los mil o dos mil libros que circulan sobre el continente de siete colores no son sino caricias superficiales. Todavía no llegan a lo más hondo de lo que es nuestra América. Cuando ustedes me dan el diploma que hoy va a recibir mi hija, por no poder yo ir personalmente a que lo pongan en mis manos, se lo entregan simbólicamente a un estudiante. No soy otra cosa. Lo recibo alborozado para que quienes siguen estudiando nuestro Nuevo Mundo vean cómo hay una Escuela Alfonsina, que premia a quienes se detienen a explorar los recónditos secretos del continente que encontró Américo Vespucci, a los 10 años de que Colón anunciara que era posible atravesar de orilla a orilla el tenebroso Atlántico, que parecía condenado a devorar las naves que pretendieran atravesarlo. He dicho que los 200 millones de blancos que desde entonces han venido de Europa a poblar el Nuevo Mundo y aquí se han quedado para confundirse con los de la piel cobriza, y los de la morena, vienen desde 1493 inventando cuanto su ingenio les sugiere, porque haya sobre la tierra repúblicas de hombres libres, independientes, capaces de organizarse para la vida, donde se respete el derecho ajeno, y la república del pueblo y para el pueblo.

Vivo repitiendo estas cosas hasta la impertinencia, siguiendo la fórmula que nos dio Don Alfonso, de hacer el deslinde. Que se entienda bien que aquí los blancos del pueblo vinieron a inventar la república de la justicia para obtener la igualdad que no conocían en el Viejo Mundo. Así, los indígenas mismos les enseñaron a los blancos lo que Hidalgo y Morelos decían desde el púlpito. Que el cristianismo volviera a levantarse como se alzan nuevos pinos, según el símbolo que les ofrecía José Martí a las que en Tampa enrollaban las hojas de tabaco. Todo esto que tantas veces he dicho se me agolpa en la mente como si otra vez el valle de Anáhuac recobrara la transparencia de los tiempos antiguos. Lo que nosotros necesitamos es hacer el gran deslinde. Sentir la misma necesidad del emigrante humilde que en Cádiz subía a la nave española, llevando en la mente, no precisamente la idea de ensartar indios con la lanza, sino de buscar una tierra donde pudiera libertarse. El deslinde comienza cuando el emigrante se desprende del Viejo Mundo y se embarca para el Nuevo. Porque sí había muchos que lo que pensaban era soltar los perros sobre los indios, para que a mordiscos les dejaran libre el campo, no eran pocos los que venían a compartir con las indias la noche y la vida. Y poco a poco se fue dorando la piel, se fue formando el mestizo, se fueron amalgamando las razas y quedándose el pueblo equilibrado, que en tres siglos proclamó la independencia absoluta y vino a inventar la república americana; lo mismo que en España nacía la lengua para explicar la formación de nuevos reinos y, a la sombra del árbol de Guernica, los vascos proclamaban su propia identidad.

Cultivar la propia independencia, firmarla, defenderla, son virtudes naturales que trajeron los emigrantes y que encontraron aquí un suelo abonado para producir Bolívares, San Martines, Hidalgos y Morelos. Aquí en México, la cultura hispánica es válida hasta donde es mexicana.

 No siempre quienes han contribuido a la creación de esta América han visto lo que han hecho. Colón pensó haber llegado al mar del Japón y vio en Cuba la tierra firme de la China y en Panamá las minas de Salomón, que decía estaban en Egipto. Bolívar quiso que a Panamá regresaran los ingleses, que las tropas de Washington y de La Fayette habían puesto fuera de América. Fue una suerte inmensa para su gloria y para nosotros, que no hubiera hablado en el Congreso de Panamá. A Sucre le había escrito, cuando le envió la constitución bolivariana, aquella carta que nos hace estremecer de horror, donde le decía que la batalla de Ayacucho “no valía lo que un acorazado inglés”, y en los puntos que envió a Panamá, como la base de su pensamiento, proponía entregar a los ingleses el istmo para que quedaran ellos dueños del fiel de la balanza entre los dos océanos.

Lo movían a tan amargos pensamientos la desconfianza justa que tenía en los políticos que lo rodeaban, y quiso buscar un príncipe para hacer de la Gran Colombia un protectorado.

A principios de este siglo, Jorge Enrique Rodó nos ilusionaba describiendo a nuestra América como simbolizando la pureza de Ariel, tal como aparece en La Tempestad de Shakespeare, y en oposición al monstruo de Calibán, que simbolizaría el imperialismo yanqui. Hemos crecido en este siglo, con esa ilusión de pureza de nuestra parte, frente a un monstruo que hace del yanqui el constante imperialista, que debemos mirar siempre con la misma desconfianza que inspira el monstruoso Calibán de diabólica rapacidad. Al cultivar esta división, se nos ofreció, al celebrarse el centenario de la aparición del Nuevo Mundo, el logotipo donde sobre esta fecha se colocó la corona de la monarquía, como si los 300 años de la Colonia pesaran más que los 200 que llevamos de vida republicana. Si yo tengo el deseo de redondear mis 100 años de vida, es porque quiero llegar al 6 de diciembre cuando los cumplo, al año 2000, y aprovechar esta fecha para decirles a mis amigos, dentro de 4 años, que mi experiencia de este primer siglo me obliga a recordarles que nuestro destino es el de llevar las esperanzas que nos recuerda el pontífice romano en su certera manera de llamarnos. No debemos recibir las palabras de Juan Pablo como un elogio, sino como el recuerdo de lo que han visto en 500 años quienes han salido del Viejo Mundo para venir a crear uno Nuevo. Si en el Viejo hubo hambre, esperan que en el Nuevo encontrarán trabajo y una mesa suficiente.

Si en el Viejo, el fanatismo de nazistas, fascistas o franquistas les hizo invivibles sus patrias, que aquí encuentren un lugar de convivencia. Mayor compromiso no puede tener el hombre del Nuevo Mundo. No hay que mirar la tierra donde hemos nacido como un regalo de los dioses, sino como un campo en donde nos toca ofrecer a los demás, ese lugar de esperanza de que habla el papa Juan Pablo. No porque él lo haya dicho propiamente, sino porque eso está en el corazón de nuestra historia.

Esta fiesta que me hacen ustedes tiene esa profundidad tremenda, que yo veía en el fondo de la sonrisa de don Alfonso Reyes. Porque cuando él hablaba de la Ultima Tule, lo que estaba viendo era esa América de siete colores, en donde cada matiz de iris acaba por convertirse en una especie de compromiso con la gente ingenua, que se viene de Europa o de cualquier parte de los cuatro continentes, siempre con la idea de que aquí llegará a libertarse y convivir en un ambiente republicano porque aquí se inventó la república de la orden moderna.

Es cuanto tengo que decir para agradecer de todo corazón el que hayan unido mi nombre al de don Alfonso, a la sombra de su Capilla, en donde tantas veces he soñado cuando pienso en mi tierra y en la suya.

De nuevo, mil gracias por haberme escuchado.

Germán Arciniegas

Seguir leyendo Premio Alfonso Reyes para Germán Arciniégas

La gran cruz de Boyacá. Por Alfonso Reyes

Excmo. señor Embajador don Jorge Zalamea: Reciba Vuestra Excelencia la expresión de nuestra gratitud más profunda, y dígnese hacerla llegar hasta el Excelentísimo señor don Alfonso López, Presidente de la República de Colombia, procurando—como sin duda sabrá hacerlo un mensajero de tales prendas— que, sin empañarse la objetividad y la tersura impuestas por los cánones oficiales, se deje sentir de alguna manera, y como entre líneas, ese calor de la emoción sin el cual las cosas humanas pierden su necesidad y su justicia.

Un amistoso encargo, que por de contado en la orden más inapelable, me pone en el trance de contestar a Vuestra Excelencia en nombre de los señores generales don Francisco L. Urquizo, don Leobardo C. Ruiz y don Gustavo A. Salinas, a la vez que en mi propio nombre: nuevo consorcio, éste, de las armas y las letras, en que no puedo menos de complacerme y aun sentirme guiado por algún secreto y sabio destino; por la amistad que me une con los tres señores generales; porque nunca en nuestro  país fue mejor la armonía entre militares y civiles, ahora que nuestra juventud cruza por el servicio del Estado como una etapa natural de su vida, y porque, además de ser un oficial de los libros, soy hijo de un guerrero.

Pero este paso honroso me obliga, sin remedio, a sumergir en mi propia confusión, oscureciéndola con ella, la gallarda personalidad de estos militares y estadistas, a quienes —sin salirme del pacto— no podría yo elogiar aquí como quisiera, ni felicitar a mi turno.

Se, en cambio, que los interpreto cabalmente, al asegurar que nuestra gratitud se acrecienta por el hecho de haberse escogido el aniversario nacional de Colombia para entregarnos las insignias de la Orden de Boyacá, cuyo solo nombre es grito de victoria, y evoca nuestras  bregas comunes y nuestras comunes esperanzas.

Tenemos que dejar de lado las gentiles palabras con que el señor Embajador nos acoge, y disimular con el silencio todo ese rumor de alma que se precipita a nuestros labios, sin hallar la palabra justa. Porque tampoco estaría bien que nos detuviéramos demasiado en hablar de nosotros mismos, con pretexto de rectificar favores sin duda desmedidos; y porque estas deudas, en suma —al fin engendradas por la generosidad y la nobleza del otorgante—, ni se cementan ni se pagan.

A ver cómo se las arregla este caballero de las letras y del pensamiento americanos, a quien seguimos con admiración y de sorpresa en sorpresa desde sus primeras hazañas en la pluma; este claro e intachable amigo, que por suerte ostenta entre nosotros la representación del país hermano, para que la opinión y el Gobierno de Colombia adviertan que los ahora agraciados con las insignias de la Orden de Boyacá no nos engañamos sobre la intención de esta honra inapreciable: —Servimos come memos intermediarios para que se manifieste la amistad entre dos pueblos y dos Gobiernos. Nada más: nada menos.

Cada vez nos despersonaliza más el imperativo de los deberes sociales. Siempre fue de rigor devolver a la sociedad lo que cada uno le debe. Mucho más en estos días aciagos. Nuestra vida ya no tiene más fin que ofrecer los hombros, para que salte a escalar el eterno muro otra generación a la que deseamos mejor ventura. Desaparecemos en la base de los empeños colectivos. Valemos y somos cuanto valga nuestra voluntad de integrarnos con los nuestros, absorbidos el el seno de las naciones. Y vamos, de paso, arrastrados por el gran viento histórico.

Colombia, en la constelación de las naciones americanas, ofrece una fisonomía inconfundible y, digámoslo de una vez, digna de envidia. Nunca más palpable esa posibilidad de reducir a virtud, razón e inteligencia los ímpetus juveniles y algo desordenados que, a veces, imprimen en la fisonomía de nuestros pueblos una gesticulación ingrata y excesiva. Nunca más celosamente preservada aquella vieja tradición de cortesía que, desde la hora en que Hispanoamérica pudo dejar oír su voz entre el coro de las voces de Europa, la distinguió como un carácter propio y acaso como una promesa: la promesa que América ha significado siempre para el día en que se cese el mundo.

En la mitología del Continente —en decir: en esos trasfondos de conciencia donde precipitan, ya depuradas y acendradas, las imágenes definitivas—, Colombia ha ocupado el lugar de una Atenas americana. Y aun se han dado instantes preciosos, de exquisita irrealidad —diríamos—, en que las ásperas luchas cívicas, donde hasta un poco de grosería se usa y se perdona, asumieran, allá, el aire de aquel inacabable diálogo, entablado desde que nació la palabra, entre la Gramática y la Poesía.

Para Colombia sean, pues, nuestra gratitud y nuestros votos fervientes. Y, señor Embajador, sépase y entiéndase que aquella nación—hermana mayor por la discreción y el civismo—no arroja en tierra estéril estas semillas de su generosidad. Si ya sólo como mexicanos nos cumplía amar a Colombia, ahora doblemente nos compete como señalados por el fuego de su simpatía. El amor y el entendimiento de Colombia, nosotros los atizaremos gustosamente: en la medida de su insigne acción, mis amigos, yo en mis “oscuras soledades”, de que hablaba el poeta. Nosotros lo transmitiremos a nuestros hijos, a nuestros hijos de la carne y a nuestros hijos del espíritu.

México, 20-VII-1945.

Seguir leyendo La gran cruz de Boyacá. Por Alfonso Reyes

Convención sobre Derechos y Deberes de los Estados. Séptima Conferencia Internacional Americana, Montevideo (1933)

La Convención sobre Derechos y Deberes de los Estados (Convention on Rights and Duties of States), conocida también como Convención de Montevideo, es un tratado internacional firmado en Montevideo, Uruguay, el 26 de diciembre de 1933, en la Séptima Conferencia Internacional de los Estados Americanos (hoy Organización de los Estados Americanos).

Seguir leyendo Convención sobre Derechos y Deberes de los Estados. Séptima Conferencia Internacional Americana, Montevideo (1933)

Enrico Mario Santí y Octavio Paz

Ensayo

A propósito de uno de los ensayos más importantes de Octavio Paz, Enrico Mario Santí establece:

El laberinto de la soledad (1950), del poeta mexicano Octavio Paz (1914-1998), es una de las piezas claves de la literatura moderna: ensayo él mismo moderno y reflexión crítica sobre la modernidad. En la historia de la literatura hispanoamericana se trata de la prosa ensayística más importante de este siglo, la que ha influido más en el pensamiento y en la literatura de lengua española y resonado más en los de otras lenguas. En el contexto intelectual hispánico, pertenece a la tradición del ensayo de identidad nacional -lo que en Alemania se llamó, en cierto momento la Völkerpsychologie (psicología de los pueblos) y que durante el siglo XIX repercutió en todo el continente, incluyendo España.

Santí. Laberinto de la soledad
19ª edición, 2013 Ilustración de cubierta: Marie-José Paz, El hilo de Ariadna (collage). @Octavio Paz

Seguir leyendo Enrico Mario Santí y Octavio Paz

Discurso de Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura (1982)

Gabriel José de la Concordia García Márquez (Aracataca6 de marzo de 1927 – México, D. F.17 de abril de 2014; Generación 1930),  fue un escritor, novelista, cuentista, guionista, editor y periodista colombiano. En 1982 recibió el Premio Nobel de Literatura.

De la cardinalidad de los números Reales. Por Braulio Hornedo Rocha

Una imagen duplicada reclaman,
números a la docta geometría
con aquella magnifica ironía
de la razón inversa, en los que aman.

Seguir leyendo De la cardinalidad de los números Reales. Por Braulio Hornedo Rocha

Premio internacional de ensayo Pedro Henríquez Ureña

En el marco del 130 aniversario de su natalicio, la Academia Mexicana de la Lengua convoca a la primera edición del Premio Internacional de Ensayo “Pedro Henríquez Ureña” 2014 de acuerdo con las siguientes bases:

 

  1. El Premio Internacional de Ensayo “Pedro Henríquez Ureña” se otorgará a un escritor de lengua española que en su trayectoria haya destacado en el género del ensayo.
  2. Podrán ser postulados al premio todos los ensayistas que escriban en lengua española, independientemente de su país de origen o de residencia, salvo los miembros numerarios, electos, honorarios o correspondientes de la Academia Mexicana de la Lengua.
  3. Cada candidatura deberá ser presentada por un mínimo de tres académicos numerarios de cualquiera de las Academias pertenecientes a la Asociación de Academias de la Lengua Española.
  4. El monto del premio será de $1’000,000.00 (UN MILLÓN DE PESOS MEXICANOS) e irá acompañado de una medalla conmemorativa que ostente la efigie de don Pedro Henríquez Ureña.
  5. El premio será indivisible y, en su caso, podrá ser declarado desierto.
  6. El jurado estará presidido por el director de la Academia Mexicana de la Lengua e integrado, además de él, por otros cuatro miembros numerarios de la corporación propuestos por la Mesa directiva y avalados por el pleno. El jurado someterá su dictamen a la aprobación del pleno.
  7. Las candidaturas al premio deben presentarse, debidamente fundamentadas y acompañadas de las obras ensayísticas que las avalen, en la Secretaría de la Academia Mexicana de la Lengua (Liverpool 76, colonia Juárez, delegación Cuauhtémoc, 06600 México, D. F., México) antes de las doce de la noche (hora de México, D. F.) del día 8 de agosto de 2014.
  8. El premio será entregado en México, en el transcurso del mes de noviembre de 2014.

Juego mi vida, cambio mi vida. León de Greiff

Francisco de Asís León Bogislao de Greiff Häusler (MedellínColombia22 de julio de 1895 – Bogotá, Colombia11 de julio de 1976; Generación 1900), mejor conocido como “León de Greiff“, es uno de los más destacados poetas colombianos del siglo XX. Se le conoció también como Leo Le Gris y Gaspar de la Nuit . De Greiff fue de los impulsores del movimiento literario Los Panidas (Medellín1915):

Juego mi vida, cambio mi vida,
de todos modos
la llevo perdida…

Y la juego o la cambio por el más infantil espejismo,
la dono en usufructo, o la regalo…

La juego contra uno o contra todos,
la juego contra el cero o contra el infinito,
la juego en una alcoba, en el ágora, en un garito,
en una encrucijada, en una barricada, en un motín;
la juego definitivamente, desde el principio hasta el fin,
a todo lo ancho y a todo lo hondo
—en la periferia, en el medio,
y en el sub-fondo…—

Juego mi vida, cambio mi vida,
la llevo perdida
sin remedio.
Y la juego, o la cambio por el más infantil espejismo,
la dono en usufructo, o la regalo…:
o la trueco por una sonrisa y cuatro besos:
todo, todo me da lo mismo:
lo eximio y lo rüin, lo trivial, lo perfecto, lo malo…

Todo, todo me da lo mismo:
todo me cabe en el diminuto, hórrido abismo
donde se anudan serpentinos mis sesos.

Cambio mi vida por lámparas viejas
o por los dados con los que se jugó la túnica inconsútil:
—por lo más anodino, por lo más obvio, por lo más fútil:
por los colgajos que se guinda en las orejas
la simiesca mulata,
la terracota rubia;
la pálida morena, la amarilla oriental, o la hiperbórea rubia:
cambio mi vida por una anilla de hojalata
o por la espada de Sigmundo,
o por el mundo
que tenía en los dedos Carlomagno:                                                                         —para echar a rodar la bola…

Cambio mi vida por la cándida aureola
del idiota o del santo;
la cambio por el collar
que le pintaron al gordo Capeto;
o por la ducha rígida que llovió en la nuca
a Carlos de Inglaterra;
la cambio por un romance, la cambio por un soneto;
por once gatos de Angora,
por una copla, por una saeta,
por un cantar;
por una baraja incompleta;
por una faca, por una pipa, por una sambuca…

o por esa muñeca que llora
como cualquier poeta.

Cambio mi vida —al fiado— por una fábrica de crepúsculos
(con arreboles);
por un gorila de Borneo;
por dos panteras de Sumatra;
por las perlas que se bebió la cetrina Cleopatra—
o por su naricilla que está en algún Museo;
cambio mi vida por lámparas viejas,
o por la escala de Jacob, o por su plato de lentejas…

¡o por dos huequecillos minúsculos
—en las sienes— por donde se me fugue, en grises podres,
la hartura, todo el fastidio, todo el horror que almaceno en mis odres…!

Juego mi vida, cambio mi vida.
De todos modos
la llevo perdida…

Para conocer más sobre la vida de León de Greiff, le convidamos a que aprecie el siguiente documental:

Carolina Moreno Echeverry

Ingeniera civil, Especialista en Hermenéutica Literaria de la Universidad EAFIT (Medellín, Colombia), Maestra en Literatura con mención honorífica del Centro de Investigación y Docencia en Humanidades del Estado de Morelos (Cuernavaca, México). Se ha desempeñado como consultora empresarial y docente universitaria en Alemania, Colombia, México e Italia. Ha participado como ponente en diversos congresos académicos internacionales y nacionales, entre los cuales destacan el IV Coloquio internacional de estudios mexicanos: Octavio Paz entre nosotros. Homenaje a cien años de su nacimiento, El Colegio de Puebla A.C., III Congreso internacional de literatura hispanoamericana: Enrique Vila-Matas, Benemérita Autónoma Universidad de Puebla; El humanismo radical de Iván Illich. Encuentro intercultural 2012, Universidad Autónoma del Estado de Morelos; entre otros. Ha sido colaboradora de La Jornada Morelos. Entre sus últimas publicaciones se encuentran: En busca del poder mitopoético del agua (2016)Intertextualidad: entre la imitación y la creación (2012), París no se acaba nunca y la leyenda de Hemingway (2012), Imaginarios urbanos en la novela Angosta de Héctor Abad Faciolince (2012). Sus líneas de investigación comprenden la intertextualidad, el método histórico de las generaciones en las tradiciones del pensamiento y la crítica de la literatura hispanoamericana contemporánea.