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Heráclito. Por Jorge Luis Borges

El segundo crepúsculo.
La noche que se ahonda en el sueño.
La purificación y el olvido.
El primer crepúsculo.
La mañana que ha sido el alba.
El día que fue la mañana.
El día numeroso que será la tarde gastada.
El segundo crepúsculo.
Ese otro hábito del tiempo, la noche.
La purificación y el olvido.
El primer crepúsculo…
El alba sigilosa y en el alba
la zozobra del griego.
¿Qué trama es ésta
del será, del es y del fue?
¿Qué río es éste
por el cual corre el Ganges?
¿Qué río es éste cuya fuente es inconcebible?
¿Qué río es éste
que arrastra mitologías y espadas?
Es inútil que duerma.
Corre en el sueño, en el desierto, en un sótano.
El río me arrebata y soy ese río.
De una materia deleznable fui hecho, de misterioso tiempo.
Acaso el manantial está en mí.
Acaso de mi sombra
surgen, fatales e ilusorios, los días.

Érase un perro. Por Alfonso Reyes

POR la terraza del hotel, en Cuernavaca, como los inacabables mendigos y los insolentes muchachillos del chicle, van y vienen perros callejeros, en busca de un bocado. Uno ha logrado conmoverme.

Es un pobre perro feo, pintado de negro y blanco, legañoso y despeinado siempre. Carece de encantos y de raza definida, pero posee imaginación, lo que lo enaltece en su escala. Como el hombre en el sofista griego —fundamento del arte y condición de nuestra dignidad filosófica—, es capaz de engañarse solo.

Se acerca siempre sin pedir nada, a objeto de que la realidad no lo defraude. Se tiende y enreda por los pies de los clientes, y así se figura tener amo. ¿Algún puntapié, algún mal modo, alguien que lo quiere echar de la terraza? El perro disimula, acepta el maltrato y vuelve, fiel: nada solicita, sólo quiere sentirse en dependencia, en domesticidad humana, su segunda naturaleza.

Los amos no son siempre afables, pero él entiende; los tiempos son duros, la gente no está de buen humor, los países andan revueltos, el dinero padece inflación, o sea que el trozo de carne está por las nubes. Toynbee diría que cruzamos una “era de tribulaciones” (age of troubles), algo como haberse metido en una densa polvareda. El perro entiende. Por lo pronto, ya es mucha suerte tener amos, o forjárselos a voluntad.

A veces, una mano ociosa, a fuerza de hábito, le acaricia el lomo. Esto lo compensa de sus afanes: “Sí —se dice meneando el rabo—, tengo amo, amo tengo.”

Hay algo todavía más expresivo cuanto a la ilusión del pobre perro, y es que se siente guardián del hotel, y gruñe a los demás perros y los persigue para que nadie moleste a sus señores ni mancille su propiedad.

Así, de espaldas a sus semejantes, sentado frente a su humana quimera, alza la cabeza, entra en éxtasis de adoración—y menea el rabo. (¿La “servidumbre voluntaria”?)

Novedades, México, 27 de diciembre de 1953.

Alfonso Reyes, “Érase un perro”, Las burlas veras, Obras Completas XXII, FCE, México,  1989, págs. 429-430.

La creación. Por Alfonso Reyes

JEHOVÁ se aburría divinamente.

—Me siento poeta creacionista —dijo al fin—. ¡Sea la luz!

Y fue la luz. Y creó la tierra y los cielos, las aves, los peces, los camellos y el hombre.

Y el hombre —Adán— recibió el encargo de poner nombre a los objetos de la creación. Y cuando acabó de enumerarlos todos, siguió creando objetos con la palabra.

Y Jehová observó:

—Privemos a Adán del don de crear por la palabra. De otra suerte, el mundo será pequeño para tanta creación, y el contenido será superior al continente.

Y Jehová, no pudiendo evitar que la palabra creara, inventó el ripio —que es como una falsa palabra— e inventó la palabra misteriosa, la que no se debe pronunciar, so pena de provocar catástrofes; por ejemplo, el nombre secreto de Alá, entre los antiguos árabes; el nombre secreto de Roma, sólo conocido de pocos iniciados y perdido ya para los sabios modernos.

Y de aquí el hermetismo: quien posee el nombre del dios, posee al dios; hay identidad entre el nombre y lo nombrado; luego conviene a la policía del universo que haya palabras misteriosas. Quien sabe mi nombre —mi nombre substancial— ése dispone de mí a su antojo.

—Y de aquí —opina un iniciado—, de aquí que Ivonne, Germaine y Georgette se resistan tanto a decirnos cómo se llaman.

Basta con enunciar una cosa para que exista. Pero hay que enunciarla “bien” (como en el Derecho Formulario); de lo contrario, sobreviene el ripio, que no crea.

Así pues, “crear” es hablar “bien”. No “crean” todos los que “hablan” (o escriben).

El Universal Ilustrado, México, 26 de agosto de 1920.

Alfonso Reyes, “La creación”, Anecdotario inédito [1914-1959], Obras Completas XXIII, FCE, México, 1994, p. 423

Del juego a la economía. Por Alfonso Reyes

I

LA MATEMÁTICA, la física, la química —las que provisionalmente suelen llamarse “ciencias exactas”— nos han cegado durante los dos últimos siglos con una serie de relámpagos. Las pobres ciencias humanas, las ciencias sociales o como se las quiera llamar, pudieron decirse, a su turno,

que el que a buen árbol se arri-

buena sombra le cobi-.

Y quisieron adoptar los métodos de las disciplinas experimentales, sin ver que no les convenían. El resultado es que se han quedado atrás o marcan el paso sin adelantar un palmo siquiera. Calculamos al centésimo de segundo el eclipse de un satélite de Júpiter, pero no sabemos evitar una guerra, una revolución, una huelga, un alza de los precios, mucho menos un desconcierto moral como el que causa hoy el acelerado progreso técnico, cuyo efecto más inmediato es el derrumbar tradiciones, sin tener prontos otros nuevos pilares para sostener el techo amenazado.

Y, como en la ocurrencia de Heine, el Golem, el Hombre Artificial de los cuentos, corre desesperadamente detrás de su ingeniero y creador, pidiéndole a gritos: “¡Dame un alma!” La máquina se va de las manos y, en su inconsciencia, empieza a matar a los hombres que la inventaron. La máquina padece ya delicadezas, fatigas y exacerbaciones nerviosas, según la Cibernética del doctor Wiener nos lo acaba de revelar. El Robot, fantasma inhumano, quiere alardear de prójimo nuestro, mientras nos asesta un golpe fatal. La bomba atómica y la bomba de hidrógeno calientan sus malas intenciones, preparándose a obrar por su cuenta y riesgo, sin contar con la ética ni otras antiguallas, que fueron antaño el orgullo de nuestra especie.

De tiempo en tiempo, la intromisión impertinente del método ajeno alcanza extremos irritables, como en la “sociología matemática” de Volterra, odiosa reducción de las evoluciones humanas al automatismo de la materia; como en los ingeniosos esquemas de Wilfredo Pareto, a quien ya tachó Benedetto Croce de entregarse a la metafísica inconsciente, para que ésta metamorfosee la teleología en mecánica. De tiempo en tiempo también, los verdaderos hombres de ciencia aciertan a rectificar la postura y —ya que no resuelvan con reactivos científicos el nunca reducible misterio humano—, al menos, consiguen aislar y limitar tal misterio, acotar su terreno auténtico para evitar nuevas invasiones.

Entonces, tras de proceder al apeo y deslinde, plantan en la zona peligrosa unos letreros que dicen: “Propiedad privada del hombre. El método experimental abandone aquí toda esperanza. Las mismas nociones de causa y continuidad procedan con extrema cautela, porque la complejidad y velocidad de los fenómenos las dejan aquí en trance de casi completa esterilidad para toda aplicación práctica.”

Es posible que estos hombres de ciencia —Vendryès en su Vida y probabilidad, 1943, o Von Neumann y Morgenstern en su Teoría de los juegos y la conducta económica, 1944— se figuren haber hecho algo más, cuando apenas han emprendido una retirada estratégica. Pues ¿qué hemos ganado como fruto de sus arduas investigaciones? Hemos ganado el trazar, con precisión científica, una frontera, un cerco, en torno a los fenómenos que la ciencia no podrá nunca asimilar. Hemos accedido a un abandono científico de las pretensiones de la ciencia. Es una rendición honorable, nada más, pero es ya un progreso, y muy preferible, en todo caso, a la mentida ilusión de la victoria.

Pero ¿cuántos años, cuántos lustros tardarán todavía estas nociones en obtener el pasaporte que les dé ingreso a las aulas y a las enseñanzas oficiales?

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Diarios de Alfonso Reyes: Tomos I y II. Presentación editorial

Presentación editorial

Diarios de Alfonso Reyes

Tomos I y II

Miércoles 21 de marzo, 19 horas

Capilla Alfonsina

Ciudad de México

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