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Alfonso Reyes en una nuez de Adolfo Castañón. Presentación editorial

Presentación editorial “Alfonso Reyes en una nuez. Índice consolidado de nombres propios de personas, personajes y títulos en sus Obras completas” de Adolfo Castañón.
Presentan: Juan de Dios González Ibarra, El Colegio de Morelos; Carolina Moreno Echeverry, Cátedra Alfonso Reyes en Cuernavaca; Braulio Hornedo Rocha, Universidad Virtual Alfonsina.
Modera: Ángel Cuevas, Secretaría de Turismo y Cultura de Morelos.
Miércoles 20 de febrero de 2019, 17:00 horas.
Sala Manuel M. Ponce del Centro Cultural Jardín Borda
Av. Morelos 271, Centro, Cuernavaca, Morelos
Entrada libre

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Estornudos literarios. Por Alfonso Reyes

I*

JORGE LUIS BORGES me escribe desde Buenos Aires:

“Releo en la página 40 del Calendario: Un solo estornudo sublime conozco en Ia literatura: el de Zaratustra.” ¿Puedo proponerle otro? Es uno de los tormentosos presagios de la Odisea y está en el libro XVII, al final. La reina, fastidiada, hace votos por la terrible vuelta del héroe y entonces (sigo Ia versión de Andrew Lang) “Telémaco estornudó con vigor y en torno el techo resonó maravillosamente.”

El ominoso carácter de la efusión es reconocido en seguida, y Penelope exclama: “Eumeo, ¿no adviertes que mi hijo ha estornudado una bendición sobre mis palabras? Ya sé de cierto que ningún destino a medio forjar caerá sobre los pretendientes y que ninguno de ellos conseguirá eludir la muerte y los hados.”

Sería entretenido rastrear los escamoteos y las deformaciones de este estornudo a través de los púdicos traductores. ¿Lo estornudó Mme Dacier o lo falsificó? Chapman, en mi versión de 1614, no lo silencia:

. . . in echoes round
Her son’s strange neesings made a horrid sound.

(Neesing, me informa el Diccionario, es una antigua forma de sneezing.) —P. D. También, en una revista americana, este epíteto homérico: “The not to be sneezed at sum of two thousand dollars.”— El estornudo, ahí, es despectivo.

Amigo Jorge Luis: No tengo a la mano a Mme Daciem, ni tampoco la Ulixea, de Pérez, el padre del célebre secretario de Felipe II, libros ambos que se me han quedado en mi tierra. Usted puede consultar allá a don Leopoldo Lugones, experto en materia de Odisea. En Ia traducción castellana de Segalá y Estalella, la página 453 se abre con el alegre estornudo. También lo encuentro en la versión de Bérard, III, página 45.

* Monterrey, Nº 8. Río de Janeiro, III-1932.

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Los gestos prohibidos. Por Alfonso Reyes

MÁS ALLÁ del preciosismo verbal, hay cierto preciosismo de los sentidos que se opone a la representación literaria de nuestros gestos animales. La teoría de las palabras “nobles” y de las palabras “innobles”, del admirable Longino, resulta sin duda discutible, por lo que pudiera tener de oculta ponzoña académica. Pero, cuando de actos se trata, ya no de palabras, el concierto es unánime; todos estamos de acuerdo en rechazar la alusión a ciertas pequeñas miserias, sobre todo en lo que el retórico llamaría “estilo elevado”: estornudar, toser, “ni hacer otras cosas que la soledad y libertad traen consigo”, decía Cervantes.

El genio pantagruélico puede dispensarse ciertas libertades. Y asimismo la Picaresca Española. A su “culta latiniparla”, que es su “preciosa ridícula”, Quevedo la enseña a decir todas las cosas llanas de mil modos enrevesados, para burlarse de los que huyen del pan, pan: vino, vino.

El bostezo —ese “aullido silencioso”, de Chesterton—a lo sumo puede inspirar bufonadas, como la de aquel muchacho de escuela que se entretenía las horas largas en la misteriosa ocupación de echar a volar un bostezo; y el bostezo, por simpatía no bien explicada aún, iba de una en otra cara, hasta que hacía presa en el maestro.

En el estornudo sólo se puede fundar un chascarrillo. Y véase, en cambio, la dignidad literaria del ruido animal que más se le parece: el relincho del caballo, que se oye, como en el piso bajo, en el fondo de algunas comedias de Lope y de Ruiz de Alarcón. Entre otros, un estornudo sublime conozco en la literatura: el de “Zaratustra” cuando se enfrenta de nuevo con la soledad y, cosquilleada por el aire vivo como por vinos espumosos, su alma “estornuda” y exclama gozosa: “!A tu salud!”

Ya la muerte del Rey don Sancho, herido a mansalva en ocasión de una materialidad tan humilde, es uno de los rasgos más típicamente crueles, más heroicamente prosaicos, del Romance Viejo.

Fuera de los cuentos licenciosos (como aquel del Conde de Benavente que dijo al que arrastraba la silla: “No le busquéis la consonante”), los gestos prohibidos rondan inútilmente el castillo de la literatura.

Pero el pañuelo —que, aunque evoca una pequeña servidumbre del cuerpo, ha venido a ser el símbolo de las despedidas románticas y se ha ennoblecido en grado máximo con la metáfora de las gaviotas—, el pañuelo que flota con austera belleza en el adiós de las mujeres pescadoras de Arteta— ¿sabéis que el pañuelo mismo fue, en un tiempo, cosa prohibida?

Hubo días en que los escritores y el público sentían así. ¿Un pañuelo en la literatura? ¡Despropósito! Y, sobre todo, ¿un pañuelo en un episodio trágico? ¡Abominación! Los franceses del siglo XVIII —Voltaire, Ducis— traducían a Shakespeare, pero lo expurgaban, lo reducían a la peluquería del gusto decente. Cuando Vigny se puso, con ánimo bravo, a parafrasear el Otelo, pudo burlarse ingeniosamente de sus predecesores. Y nos describe los aspavientos de la antigua Melpómene ante el pañuelo de Desdémona —este inocente rasgo casero del realismo…

En Zaïre —primera adaptación del Otelo— el vitando objeto es sustituído por una carta de la heroína que Orosmane llega a sorprender. Más tarde, el púdico Ducis reemplazará el pañuelo por un “bandeau de diamant”. Tartufo, al menos, había sentido el pudor de la ausencia del pañuelo, cuando, alargándole el suyo, decía a Dorina:

. . .Ah, mon Dieu! je voas prie,

Avant que de parler, prenez-moi ce mouchoir.

—Comment!

—Couvrez ce sein que je ne saurais voir. . . *

 

* Ver “Estornudos literarios”, A lápiz, México, 1943, págs. 173-182.

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Alfonso Reyes y la inteligencia michoacana (1909-1959)

El Colegio de Morelos y la Cátedra Alfonso Reyes en Cuernavaca

invitan a la presentación del libro

Alfonso Reyes y la inteligencia michoacana (1909-1959)

Hacia la universalidad de la ciencia y la cultura mexicanas

de Alberto Enríquez Perea

Participan:

Mtra. Carolina Moreno Echeverry, Dr. Braulio Hornedo Rocha y el autor.

Sábado 8 de diciembre de 2018, 12:00 horas.

Auditorio de El Colegio de Morelos.

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El vendedor de felicidad. Por Alfonso Reyes

COMO en el verso de Rubén Darío, “fue en alguna extraña ciudad”. El nombre no importa. Basta saber que era una de esas horas en que todas las cosas parecen irreales. La gente iba y venía y nadie hacía caso de un vendedor ambulante que anunciaba alguna mercancía invisible. Temí que fuera uno de esos traficantes en tentaciones vulgares. Era hombre de edad indefinida. En sus ojos había muchos siglos de malicia y, de repente, destellos de juventud y candor. La curiosidad me atrajo.

—Vendo —me dijo— el secreto de la felicidad. Vendo la felicidad por cinco centavos, y nadie quiere hacerme caso.

—Buena mercancía en los tiempos que corren —le contesté— y sin duda en todos los tiempos. Pero los hombres somos desconfiados por naturaleza. Un negocio demasiado bueno nos pone recelosos. “No caerá esa breva”, decimos, y nos alejamos llenos de dudas. Santiago Rusiñol salió por la plaza de un pueblo de Cataluña un día de feria, disfrazado de campesino. Quería probar la estupidez humana. Llevaba una cesta llena de “duros”, monedas de a cinco pesetas, y anunciaba que vendía duros a tres pesetas. Todos se detenían un instante, examinaban los duros, los mordían, los hacían sonar sobre el suelo, y no se decidían a comprarlos. No hubo uno solo que creyera en la felicidad.

—Sin embargo —me dijo el vendedor ambulante—, por cinco centavos bien vale la pena de probar. ¿Se atreve usted?

Me atreví. Nos sentamos en el umbral de una puerta. Y mi embaucador comenzó:

—No voy a venderle a usted un sermón moral o religioso. Si usted es hombre de sólidas bases religiosas o morales, mi secreto no le sirve a usted para nada, porque entonces cuenta usted con sostenes superiores al anhelo de felicidad práctica. No quiero defraudarlo a usted. Mi mercancía sólo aprovecha a los escépticos absolutos.

—Pues yo soy uno de ellos —le dije, por seguirle el humor y para conocer el fin de la historia—. Estoy asqueado de la humanidad, lo que hoy por hoy no tiene nada de insólito. Es posible que la vida humana esté llamada a mejorar después de la catástrofe que hoy presenciamos. Pero eso no puede consolarme. Lo que me importaría es ser feliz yo mismo, en mi existencia actual y en el tiempo que me ha tocado. Y mi disgusto por cuanto veo y experimento ha asumido tales proporciones, que declaro, sin paradoja, que cuanto existe, el universo, la creación, han comenzado a incomodarme.

—Entonces usted es mi hombre, mi comprador ideal —me dijo el mago—. Me guardo sus cinco centavos y le doy en cambio mi receta: suicídese usted.

—¿Y eso es todo lo que tenía usted que decirme?

—Calma, no se impaciente, no he acabado. El valor de mi consejo está todo en el procedimiento. Hay muchos modos de suicidarse. El que yo propongo es el siguiente: suicídese usted mediante el único método del suicidio filosófico.

—¿Y es?

—Esperando que le llegue la muerte. Desinterésese un instante, olvídese de su persona, dése por muerto, considérese como cosa transitoria llamada necesariamente a extinguirse. En cuanto logre usted posesionarse de este estado de ánimo, todas las cosas que le afectan pasarán a la categoría de ilusiones intrascendentes, y usted deseará continuar sus experiencias de la vida por una mera curiosidad intelectual, seguro como está de que la liberación lo espera. Entonces, con gran sorpresa suya, comenzará usted a sentir que la vida le divierte en sí misma, fuera de usted y de sus intereses y exigencias personales. Y como habrá usted hecho, en su interior, tabla rasa, cuanto le acontezca le parecerá ganancia y un bien con el que ya usted no contaba. Al cabo de unos cuantos días, el mundo le sonreirá de tal suerte que ya no deseará usted morir, y entonces su problema será el contrario. Voy a darle a usted un ejemplo que encuentro en un autor predilecto. Usted, en su actual situación, ¿qué atención puede prestarle a un hacha de mano? Pero si usted fuera Robinsón, el náufrago, el que todo lo ha dado ya por perdido al rodar sobre la playa desierta ¿se imagina usted la alegría de rescatar una hacha? Pues aplíquelo usted a las cosas que le rodean, y hasta a los objetos que lleva en los bolsillos, el reloj y la pluma.

Medité un instante, y repuse:

—Tome usted otros cinco centavos, porque después de esto, voy a necesitar que me venda usted otra receta cuando, enamorado de la vida, vea venir la muerte con terror.

Cadena “Anta”, México, V-1943.

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