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¿Por qué Alfonso Reyes es un Maestro? Por Germán Arciniegas

Ir a México y no ver a Alfonso Reyes no es ir a México. Sólo que en estos últimos años ha habido algunos debates entre don Alfonso y su corazón que paran con frecuencia en dificultades para los visitantes. Él ha sido un hombre de corazón aventurero. Lo viene jugando desde su juventud en lo único que él tiene de alborotado que es su buen humor. Este ha sido su caballito de batalla. Caballito fino que da a saltos la diagonal, como los del ajedrez. Llegó un día en que el corazón le dijo: “O te quedas tranquilo, o te reviento”. Es la manera que tienen los corazones de anunciar una huelga. Y el buen corazoneador de Alfonso Reyes ha tenido varias veces que aceptar el pliego, y apaciguarse. Burla burlando, ha administrado su salud con la mayor delicadez, como si se tratara de una cuestión diplomática. Una vez fui a verlo en París. En la antesala estaba su cardiólogo de cabecera, eminente sabio mexicano, de quien obtuve algunas series indicaciones sobre el corazón de Alfonso. Pero Alfonso me llevó a un rincón de su cuarto, y como un chiquillo del pícaro México me dijo en voz muy confidencial: “Anoche le he jugado ésta al corazón . . .”.

En otros términos, un maestro para nosotros, para los nuestros-americanos, no puede ser como aquellos sabios solemnes que nos daban antes entre camisa dura y tono magistral. Nuestro sabio ha de tener malicia, ironía, juego guardado, gracia, burla, es decir: otra cosa. Al caballero pedante lo pueden soportar algunos medios europeos. A nosotros, nos subleva. Nadie ha leído tantas cosas como Alfonso Reyes, y las tiene coleccionadas en ficheros por los cuales daría cualquier académico lo que, naturalmente, no tiene. Nadie podrá negar que muchos de sus tratados son inevitablemente eruditos. El Deslinde, para dar un ejemplo, es uno de esos volúmenes, que en otras manos serían enciclopedias de fastidio. Pero en El Deslinde lo que a cada línea se ve es el luciferillo o mexicano o español que está alerta para hacer su pequeña diablura. Es un texto en donde valen todas las líneas como las entre-líneas, y a veces más las entre-líneas que las líneas. Por ese diablito todo el mundo le perdona a Alfonso Reyes sus largos paseos académicos, que nunca lo alejan.

Esta vez, volviendo como siempre a su misma casa en donde sólo la calle ha cambiado de nombre —antes se llamaba Industria, y ahora se llama General Benjamín Hill— le he hallado trabajando como toda la vida en ese balcón único que ha dejado para su escritorio. Su casa es el edificio de su librería donde el segundo piso lo marca solo un corredor de baranda que le da vuelta a la sala y corta a media altura los siete metros de estanterías. El hombre estaba enfermo. Lo había retenido de asistir al Congreso por la Libertad de la Cultura otro achaque, que ya no era del corazón. A poco entró el médico y le clavó una inyección. Pero él es el maestro del deslinde. Acepta las enfermedades con condiciones. Que le dejen mente clara, y humorismo libre. Trabaja en la empresa más dura de su vida: la ordenación y revisión de sus obras. Cincuenta años trabajados sin regateos en la más vasta empresa literaria. Las gentes por fuera están escribiendo a Estocolmo candidatizándole para el Premio Nobel. El propio congreso por la Libertad de la Cultura lo ha hecho. Él, en esto, también deslinda. Su preocupación está en su propio ordenamiento, en la serie monumental de sus “Obras completas”, que edita el Fondo de Cultura Económica. Ese es “su” Premio Nobel.

Barbado, en bata de enfermo, cuando le vi dije para mis adentros: “Definitivamente, no está bien”. Empezamos a conversar; otra vez fue desatando su ingenio, le brillaban esos ojillos donde la inteligencia saca chispas, y dije para mis adentros: “Definitivamente, está muy bien”. Él le concede a la fiebre y a otros detalles lo de la barba y lo de la bata. Pero se reserva su don como de diablo cojuelo, que va destapando las casas en la ciudad de los libros para mostrarnos las intimidades, pecadillos y travesuras que se hacen bajo las tejas de barro.

¿Por qué es don Alfonso un maestro? ¿Por su laboriosidad literaria? ¿Por su gracia? ¿Por ese equilibrio que le dan el estar de vuelta, el margen de ironía, el no dejarse ir a ciegas? Por todo eso, y algo más. Por su ser espiritual. Por la ausencia de chabacanería, de estrépito, de catarata. Por enseñarnos a manejar la lucecilla cuando estábamos acostumbrados al relámpago. Por habernos llevado a las regiones transparentes del aire y sorprendernos así: Hermano: está usted en su casa: esta es su América. Nadie antes lo hubiera creído.

Germán Arciniegas. “¿Por qué Alfonso Reyes es un Maestro?”. Los pinos nuevos. Diario de un sonámbulo enamorado. Instituto de Estudios para el Desarrollo e Integración de América Latina. Editorial Bolivariana Internacional, Bogotá, 1982, págs. 230-231

 

¿Como leer poesía? Por Gabriel Zaid

No hay receta posible. Cada lector es un mundo, cada lectura diferente. Nuevas aguas corren tras las aguas, dijo Heráclito; nadie embarca dos veces en el mismo río. Pero leer es otra forma de embarcarse: lo que pasa y corre es nuestra vida, sobre un texto inmóvil. El pasajero que desembarca es otro: ya no vuelve a leer con los mismos ojos.

La estadística, el psicoanálisis, la historia, la sociología, el estructuralismo, la glosa, la exégesis, la documentación, el estudio de las fuentes, de variantes, de influencias, el humor, el marxismo, la teología, la lingüística, la descripción, la traducción, todo puede servir para enriquecer la lectura. Un poema se deja leer de muchos modos (aunque no de cualquier modo: el texto condiciona las lecturas que admite). Y cada modo ayuda a ver esto o aquello que pone de relieve. Pero una vez que el método se convierte en receta (estadística, sociológica, psicoanalítica, semiótica, deconstructiva), restringe la lectura.

Leer de muchos modos (con los ojos que dan los métodos conocidos y los que se lleguen a inventar) puede ser otro método: el de leer por gusto.

Cuando se lee por gusto, la verdadera unidad “metodológica” está en la vida del lector que pasa, que se anima, que actúa, que se vuelve más real, gracias a la lectura.

¿Cómo leer poesía? Embarcándose. Lo que unos lectores nos digamos a otros puede ser útil, y hasta determinante. Pero lo mejor de la conversación, no es pasar tal juicio o tal receta: es compartir la animación del viaje.

Gabriel Zaid, “¿Cómo leer poesía?, Ensayos sobre poesía, El Colegio Nacional, México, 2004, pág. 111.

Sor Juana. Por Alfonso Reyes

LA NUEVA ESPAÑA del siglo XVII dio dos grandes nombres a las letras: el comediógrafo Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza, harto conocido por estar incorporado a la historia de la comedia española, y la llamada Décima Musa Mexicana, Sor Juana Inés de la Cruz, que puede considerarse, al menos, como el nombre más importante de las letras hispánicas durante el reinado de Carlos II. Su figura tiene cierta actualidad a la vez social y humanística, pues mientras por una parte se estudia activamente su obra —y hasta el alcance de su misticismo— en el mundo sabio, lo mismo en México que en los Estados Unidos o en Alemania, por otra parte puede considerársela a justo título como precursora del feminismo americano, en cuanto ella significa una rebeldía contra el estado de ignorancia que afligía generalmente a la mujer en nuestras viejas sociedades coloniales.

En su vida se aprecia una evolución desde lo mundano y cortesano hasta la más pura caridad. Su carácter propio resalta si se la compara con otro gran nombre femenino de las letras hispánicas, más excelso sin duda: el de Santa Teresa. En su vida se pueden señalar cuatro etapas: 1º la infancia, en que descuellan la precocidad casi anormal de Juana de Asbaje y su esfuerzo de autodidactismo, su desordenado afán de saber, allá en su humilde pueblecito nativo; 2º su segunda infancia y su adolescencia en México, donde pronto alcanza un saber que confunde a las academias de doctos; donde su fama hace de ella una celebridad cortesana y le atrae las importunidades de los galanteadores en la fastuosa corte virreinal, lo que la decide a entrar al claustro, para salvar su vocación de estudiosa; 3° su vida de estudiosa en el convento, y la lucha entre la vocación puramente literaria y la vocación religiosa; 4º la última etapa, en que Sor Juana sacrifica todo a la caridad, incluso sus libros y sus aficiones personales, y muere curando a sus hermanas, contaminada de una epidemia que asolaba a la población.

Con las propias palabras de la monja, que mucho escribió sobre sí misma, y con ayuda de otros testimonios contemporáneos, se puede seguir el sesgo de esta evolución, marcando su relieve distintivo en cada una de las etapas. Lo más notable en esta vida es el afán casi heroico con que luchaba por llegar al pleno conocimiento de las cosas divinas y humanas. Fue fecunda y elegante poetisa, erudita y sensible a un tiempo, contaminada —como era de esperarse en su época— de conceptismo y de gongorismo. Es autora de aquellas célebres redondillas:

Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis.
. . . . . . . . . . . . 
¿Pues para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.

Noviembre de 1954.

Alfonso Reyes. Sor Juana, “Las burlas veras. Primer ciento”, Obras completas XXII, Fondo de Cultura Económica, México, 1989, págs. 478-479.

No hay tal lugar. Por Alfonso Reyes

I

HAY UN instante y corresponde singularmente a las épocas de transición brusca en que el poeta se adelanta al jurista e imagina, a lo novelesco, una sociedad perfeccionada, mejor que la actual; una ciudad teórica, soñada, donde los conflictos del trato entre los hombres hallan plácida solución; una fórmula armoniosa en que el bienestar se asegura mediante el cambio completo de costumbres y leyes; un ensueño revolucionario, todo lo fantástico que se quiera, pero índice claro y auténtico de las aspiraciones generales o siquiera de las más refinadas: aquello en suma que, con estilo de historiador literario, llamamos Utopía o República Perfecta. “Utopía”, lugar que no está en ninguna parte. El poeta inglés William Morris llama a su novela utópica News from Nowhere, noticias de ninguna parte. Y Samuel Butier, invirtiendo la palabra nowhere, llama a su australiana utopía Erewhon. La utopía anda en las coplas populares:

En la tierra No-Sé-Dónde
veneran no sé qué Santo,
que rezado no sé qué
se gana no sé qué tanto.

Sólo hay, en efecto, una diferencia de celeridad entre el ánimo del grande humanista inglés Tomás Moro, cuando —en el reposo de su estudio, pero empujado por la inquietud más fecunda de la historia— escribe la Utopía de que todos han oído hablar, y el diputado, cualquiera, del 1789 que, a punta de improperios y arrebatos parlamentarios, entrecortado de sobresaltos, pletórico de filosofía jacobina, trata de redactar ese grande poema práctico, la Declaración de los Derechos del Hombre. Ambos, con sus ideales propios y según las luces de su tiempo, aspiran a la República Perfecta: como en todas las Constituciones políticas de los pueblos modernos.

Fácil es distinguir entre las utopías políticas propiamente tales —proyectos de posibles reformas— y las meras fantasías en que la imaginación se alivia de la realidad por un puro placer poético. Pero, en efecto, aun las Constituciones mismas son metas propuestas a la conducta de los ciudadanos. No siempre es fácil cumplirlas, por lo tanto. Y hasta ocurre pensar, en horas de asueto contemplativo, que si se las cumple al pie de la letra, ya no satisfacen su misión y hay que reformarlas, hay que ofrecer una meta un poco más alta. Tal vez en esto pensaba John Cotton —el adusto salvajón eclesiástico de la Nueva Inglaterra— cuando se atrevió a escribir: “Una ley es tanto menos provechosa cuanto más huele a hombre.”

De suerte que la misma estrella preside al legislador, al reformista, al revolucionario, al apóstol, al poeta. Cuando el sueño de una humanidad mejor se hace literario, cuando el estímulo práctico se descarga en invenciones teóricas, el legislador, el reformista, el revolucionario y el apóstol son, como el poeta mismo, autores de utopías. Y, al contrario, en el escritor de utopías se trasluce al gobernante en potencia: toda república perfecta requiere, como juez supremo, a su inventor. Utopías en marcha son los impulsos que determinan las transformaciones sociales; ilusiones políticas que cuajan al fin en nuevas instituciones; sueños preñados del éxito y del fracaso que llevan en sí todos los sueños, y hasta recorridos interiormente por ese despego de las contingencias que, en último análisis, se llama ironía. Quiere decir que nos inspiran igualmente lo que ha existido y lo que todavía no existe.

Reflexiónese, por ejemplo, en la vieja idea del “pacto social” como fundamento filosófico de las sociedades. Protágoras y otros pensadores griegos la anuncian; la esbozan, después, Althusio y Grocio; por primera vez la desarrolla Hobbes en su Leviatán; la exponen, más tarde, Spinoza en su Tratado teológico político, Hooker en su Política eclesiástica, Locke en su Gobierno civil; Rousseau le da el nombre de “contrato”; y Kant la interpreta como criterio general de justicia.

Popularizada en la reforma romántica, interesa la concepción moderna del Estado, y en redor de nuestras Constituciones, Cartas Magnas o Pactos, divagamos o combatimos como si defendiéramos nuestro derecho a soñar, a enaltecernos, a salir cada día un poco más allá de nosotros mismos.

También los Enciclopedistas buscaron la felicidad en las reformas sociales. Y de aquel mundo nutrido de filosofía y retórica más o menos clásica, educado y conducido por literatos, nació la Revolución francesa. Aquí se descubre fácilmente lo que en ella hubo de sueño y, a pesar de tanta sangre vertida, hasta de juego infantil. ¿Qué otra cosa es el tratamiento ritual de “ciudadanos” que usan entre sí los vecinos? ¿Y el ensayo de religión laica, que había de resucitar con el Positivismo de Comte? Querían los hombres de entonces sanear el mundo del “miasma eclesiástico”, fomentando el culto de la Inteligencia. Los bautizados se lavaban para desbautizarse; los sacerdotes arrepentidos se divorciaban de su breviario en ceremonia pública. A la gótica Notre-Dame, llena de quimeras, se la llamaba oficialmente el Templo de la Razón, nueva deidad a que sería consagrada. Fabre d’Églantine inventó otro Calendario. (Comte también lo ha de recordar.) La economía política divagó: ya no habría pobres ni ricos, y esto por mera resolución gubernativa. La arquitectura se hizo sentimental: era menester que se demolieran los campanarios, porque las torres sobresalen como magnates y recuerdan los feudales oprobios. La filosofía se dictó por decretos. Uno, célebre, de Nevers, declaraba que la muerte es “un sueño eterno”. (¿Y no sabemos de algún conquistador español que, al hacerse cargo de su gobierno en las Indias, dictaba, por decreto oficial, la existencia de un solo Dios verdadero y Tres Personas distintas?) Impresiona en toda esta época el carácter acentuadamente verbal de los entusiasmos populares, acarreados entre las brisas girondinas. Entre 1789 y 1799 aparece una colección de términos y expresiones que regocijarían al humanismo, si no hubieran hecho caer tantas cabezas. Robespierre aparece verdaderamente acosado por una trinidad terrible: el Ser Supremo, la Virtud y la Propiedad. Pero donde se extrema el sentido utópico de la Revolución es en la creencia de que se legisla para el universo. (Lo que en cierto modo resultó verdad para todo un orbe de sociedades humanas.) La Asamblea Nacional llegó a recibir solemnemente en su seno a una supuesta diputación de indostánicos, árabes, armenios, egipcios y otros pueblos exóticos —lacayos y cocheros disfrazados por los aristócratas zumbones—, quienes venían, en nombre de toda la tierra, a agradecer el advenimiento de la Justicia.

 

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Reseña del libro Alfonso Reyes en una nuez de Adolfo Castañón. Por Carolina Moreno Echeverry

Adolfo Castañón, Alfonso Reyes en una nuez. Índice consolidado de nombres propios de personas, personajes y títulos en sus Obras completas, México, El Colegio Nacional, 2018.

Treinta y ocho años después de iniciada la publicación de las Obras completas y treinta y cuatro años luego de la muerte de Alfonso Reyes (Monterrey, Nuevo León 1889 – Ciudad de México, 1959) se llegó al término de la edición de los veintiséis tomos en 1993. Un total de 13.404 páginas componen el legado alfonsino dado a conocer por el Fondo de Cultura Económica entre 1955 y 1993. No en vano, esta publicación es considerada el “proyecto editorial más complejo” emprendido por el Fondo en toda su historia (Díaz Arciniega, Historia de la casa. Fondo de Cultura Económica 1934-1996, 1996: 308); herencia a la que se suman los siete tomos del Diario, las ediciones críticas, las decenas de epistolarios, los informes y escritos diplomáticos, las traducciones en verso y prosa; además de las antologías y selecciones que han ido surgiendo desde los años en que Reyes vivió; así como las cátedras, conferencias, discursos, entrevistas, musicalización de poemas, estudios, grabaciones, obras y ediciones críticas que suman Páginas Más páginas; sin dejar a un lado el trabajo realizado en El Colegio de México y El Colegio Nacional, instituciones que, junto con la Academia Mexicana de la Lengua, Reyes contribuyó decididamente a crear y fortalecer.

Reunir las obras completas de un escritor de la importancia de Alfonso Reyes, tal como lo establece José Luis Martínez en las “Consideraciones finales” del tomo XXVI, era necesario para ordenarlas en el “mausoleo condigno” con el propósito de hacer posible la elección, la valoración y el conocimiento del “panorama completo del jardín múltiple” (Martínez, Obras completas de Alfonso Reyes XXVI, 1993: 13). Los veintiséis tomos no exigen al lector que los lea todos, sino que tenga la opción de escoger de acuerdo con sus intereses. Para lograr explorar con libertad la vasta literatura alfonsina es fundamental establecer una carta de navegación. El gran reto consiste en determinar las bases de búsqueda y orientación necesarias en la diversidad de rutas posibles de lectura.

Las búsquedas del lector pueden facilitarse a partir de la creación de los índices: global, consolidado y analítico de las Obras completas; intención práctica que fue prevista por José Luis Martínez en 1993 al llamar la atención sobre el diseño de “un índice analítico acumulativo” (Martínez, 1993: 14); petición que fue secundada por Gabriel Zaid en 1999 al recordar la necesidad de establecer “la integración de los índices separados de cada volumen en otro volumen aparte, con una sola ordenación alfabética” (Zaid, “El futuro de Octavio Paz”, 1999: 16); propósito que materializó Adolfo Castañón con Alfonso Reyes en una nuez publicado por El Colegio Nacional en 2018, al proponer el Índice consolidado de nombres propios de personas, personajes y títulos en sus Obras completas, el cual puede ser eventualmente considerado como el tomo XXVII del legado alfonsino.

El agrupar los nombres de los veintiséis tomos en un solo índice consolidado responde a una intención práctica. En todos los casos los índices se ubican al final de cada uno de los volúmenes que hacen parte de las Obras completas. Para consultar las referencias afines de un nombre en particular, el lector no tiene más opción que la de revisar cada una de las veintiséis listas. Al reunir en un solo y mismo espacio los nombres propios de personas, personajes y títulos como lo ha hecho Adolfo Castañón en Alfonso Reyes en una nuez se le ofrece al lector la opción de ubicar en una sola búsqueda el conjunto de las referencias indagadas, aunque éstas remitan a tomos distintos. De esta forma se abarca con una mirada la recurrencia de nombres.

Mediante este índice consolidado, el lector puede relacionar aspectos tales como: autores (escritores, científicos, artistas), personajes (literarios, mitológicos, religiosos y populares), personas (de relevancia histórica, amigos y parientes), y títulos (libros, periódicos y revistas), esto es, las lecturas personales de Alfonso Reyes. Así por ejemplo, para un autor como Luis de Góngora y Argote, poeta español del Siglo de Oro que aparece citado 537 veces en las Obras completas, es dable observar su presencia en veintitrés tomos y sendos libros. Así por ejemplo:

Tomo I: Sobre la estética de Góngora; tomo II: El derecho a la locura; tomo III: Los orígenes de la guerra literaria en España; tomo IV: III. Las Musas menores, El índice de un libro; tomo VI: Rosas de Oquendo de América; tomo VII: Góngora y la gloria de Niquea; tomo VIII: Sobre mis libros (A. N., en Buenos Aires); tomo IX: El argentino Jorge Luis Borges; tomo X: Teoría prosaica.

Según esta aproximación es posible vislumbrar cómo el poeta español fue motivo de reflexión para Alfonso Reyes en arte, filosofía, historia, lingüística, literatura y política; en géneros tales como: artículos, ensayos, estudios, epistolarios, discursos y poemas. Además, se pueden establecer relaciones comparativas con: Antonio de Nebrija y la importancia de la gramática de la lengua castellana, las influencias en la obra de Mateo Rosas de Oquendo, la biografía de Francisco de Quevedo, de cómo la estética llevó a Descartes hacia su concepción sobre la armonía matemática del universo, las analogías técnicas con los poemas de Stéphane Mallarmé, las penurias económicas que aquejaron a Rubén Darío, la historia de la Amada inmóvil de Amado Nervo. Asimismo, es permisible seguir los rasgos autobiográficos en los relatos sobre las experiencias de lectura en el Ateneo de la Juventud en México; sus amistades con Pedro Henríquez Ureña, Miguel de Unamuno o Jorge Luis Borges; las horas dedicadas al estudio y traslado del Polifemo sin lágrimas al momento de sufrir el cuarto infarto.

Con Alfonso Reyes en una nuez de Adolfo Castañón es factible determinar también las lecturas de Alfonso Reyes sobre Luis de Góngora; destacan: A la armada que el Rey Felipe II, nuestro señor, envió contra InglaterraComedia del doctor CarlinoComedia Venatoria, CongratulatoriaFábula de Píramo y Tisbe, Las firmezas de Isabela, Letrillas y romances, Panegírico al duque de Lerma, Soledades. Además de estas obras, se dan las referencias de los libros que Reyes consultó sobre el poeta español: Apologético en favor de D. Luis de Góngora de Juan de Espinosa Medrano, Cartas y poesías inéditas de D. Luis de Góngora de Enrique Linares García, Don Luis de Góngora y Argote, biografía y estudio crítico de Miguel Artigas, Égloga fúnebre a don Luis de Góngora de versos entresacados de sus obras de Martín de Angulo y Pulgar, Lecciones solemnes a las obras de don Luis de Góngora y Argote, Píndaro Andaluz, Príncipe de los poetas líricos de España de Joseph Pellicer de Salas y Tovar, Three translators of Góngora and other Spanish poets during the seventeenth Century by H. Thomas, Todas las obras de don Luis de Góngora de Gonzalo de Hoces y Córdova.

Esta afición por el poeta español se manifestó igualmente en las labores filológicas: Reyes se encargó del cotejo y edición de las Obras poéticas de d. Luis de Góngora, editada en París por Raymond Foulché-Delbosc, con base en el Manuscrito Chacón, pues advirtió ciertos errores de puntuación que hacían incomprensibles algunos textos; el trabajo consistió en unificar los acentos graves y agudos, como por lo demás lo hacía la imprenta española de la época, tal vez para suplir las deficiencias de acentos heredados de las ediciones latinas. Asimismo, preparó una edición de la Fábula de Polifemo y Galatea para la colección de la revista Índice a cargo de Juan Ramón Jiménez, en la que mejoró la ortografía y la puntuación para el uso del lector contemporáneo. En los últimos años de su vida, Reyes se dedicó a la libre interpretación de El Polifemo sin lágrimas; para efectuar esta labor hermenéutica se figura como interlocutor del poeta español, así como el conde Niebla lo fue para Góngora, con el objeto de facilitar la lectura de la fábula de la ninfa Galatea y el joven Acis, lejos de una factura cultista que obliga irremediablemente a los lectores a una previa exégesis textual.

Alfonso Reyes fue un hombre nacido para las letras. Su vocación creadora fue certera y decidida. Desde su primer trabajo publicado cuando tenía solo dieciséis años hasta su muerte, el “mexicano universal”, al decir de Jorge Luis Borges, creó una obra monumental en su extensión, compleja en sus derivaciones, ascendente en el espacio y en el tiempo. Nada de lo relativo al hombre le fue indiferente. Polímata y polígrafo, Reyes no solo fue creador de una obra, sino de “toda una literatura” –como afirma Octavio Paz; no fue un solo autor, sino todo un grupo, un sindicato de escritores representado en una sola persona–.

Mediante el uso de Alfonso Reyes en una nuezÍndice consolidado de nombres propios de personas, personajes y títulos en sus Obras completas diversas rutas de lecturas surgen como un manantial por seguir: bibliográficas, biográficas, filológicas, históricas, literarias y otras que vislumbre el lector por razones de investigación académica o simple curiosidad. Esta carta de navegación propuesta por Adolfo Castañón nos permite calar en la médula profunda de la obra de Alfonso Reyes para transitar por los laberintos de las Obras completas, a fin de relacionar elementos heterogéneos y recrearlos en el seno fecundo de un propósito estético.

Carolina Moreno Echeverry

El Colegio de Morelos

Moreno Echeverry, Carolina. (2020). Alfonso Reyes en una nuez. Índice consolidado de nombres propios de personas, personajes y títulos en sus Obras completas. Valenciana, (26), 313-317. https://doi.org/10.15174/rv.vi26.499

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