Archivo de la etiqueta: México

Alfonso Reyes en Brasil, a 90 años de su Embajada

Documental que hace una revisión sobre la obra diplomática del humanista mexicano Alfonso Reyes, en su paso por la Embajada de México en Río de Janeiro, Brasil, en la voz de académicos mexicanos y brasileños.

Los cuatros avisos. Por Alfonso Reyes

I. LOS CUATRO AVISOS

EL AISLAMIENTO, una dolencia que no abate y deja margen a la meditación, determina un clima propicio para el examen de la propia conducta. Y más cuando la enfermedad hace padecer poco, pero se sabe mortal y que puede vencernos de súbito en cualquier instante, al menor descuido.

Vivir bajo una amenaza durante uno, dos, tres meses, puede aniquilar; pero también puede despejar en grado increíble nuestra visión del mundo. Los vapores que estorban la contemplación se disipan. Las cosas adquieren perfiles firmes y una nitidez deslumbradora. El olvido de los pequeños cuidados diarios, el reposo del cuerpo, la certeza de que el fin puede sobrevenir de repente, todo ello crea un desasimiento, una indiferencia superior que aclara y limpia la atmósfera del espíritu. Nos acercarnos a la Éstix y comenzamos a contemplarlo todo como en el recuerdo. Y ¿hay cosa que, siendo más nuestra, nos sea más ajena que el recuerdo? —¿Aquél era yo?—nos decimos. Y así, desde este termino indeciso, nuestra propia persona se deja observar a lo lejos.

Los médicos nos han dicho: —Ya nunca serás el que eras. Hazte a la idea de vivir de hoy más a media rienda. Otro ritmo, otra cantidad vital. Nada de las agilidades de ayer. Aunque no percibas padecimiento alguno, imagínate que llevas por corazón un jarrito de barro frágil, el cual ha comenzado a rajarse. (Acuérdate del cuento que te refirió Ávila Camacho.) De modo que. . . ¡mucho cuidado! ¡Parsimonia! Y, como dice el llamado “músico-poeta” en su disparate delicioso, cruzar la vida “con la lentitud de un personaje”. Un eco en mi romance “Cerro de la Silla”:

¡El corazón! Urna rota.
¡Qué juguete el corazón!
¡Pobre jarrito rajado!
¡Cerro mío: te lo doy!

El solo programa, por cuanto convida a ser otro en cierta manera, convida también a considerar a ese otro, al de antes, con alejamiento y despego. ¡Qué privilegiada situación para las reflexiones éticas! ¿No me envidias, lector? ¡Oh, sí! Me envidias seguramente, a poco que, en tus horas de soledad, hayas sentido palpitar esos reflejos azulados que, como en el poeta romántico, anuncian la vecindad de unas alas, de unos ángeles invisibles.

II

¡Tantas filosofías han brotado en la soledad, junto a la estufa de Descartes, en la cueva de Andrenio, en la torre del Vigía árabe! Y veamos, ¿a qué doctrina pediremos refugio en esta “noche del alma solitaria”? ¿Qué principios nos han conducido a lo largo de la existencia hasta el punto en que hoy descansamos? Muchos seguramente. Más de una vez habremos andado y desandado el camino. Más de una vez, creyendo cruzar las tempestades de la herejía, habremos caído, como el ensayista inglés, en el modesto ancoraje de la ortodoxia. Tal noción pudo seducirnos un día por atrevida y valiente, tal otra por elegante y sencilla, la de más allá por fastuosa y deslumbradora. Pero aquí, en esta quietud, en este silencio a que ahora nos acogemos, descubrimos que dos o tres sentimientos fundamentales han acompañado nuestra jornada, ostensible o secretamente, ríos subterráneos que de tiempo en tiempo afloran y nunca dejaron de retumbar en los hondos senos de nuestro ser.

Esta hora de soledad obliga a aceptar algunas evidencias, algunos lugares comunes que en vano tratan de disimular ante el mundo la capa de mundanidad con que solemos andar entre los hombres y los libros. ¿Hay nada más impopular que el lugar común, en esta clase u oficio de la inteligencia y las letras a que tenemos la honra de pertenecer? No: antes cualquier circunloquio o rodeo mental, cualquier perífrasis que dé aire de novedad, de paradoja, de dolce stil nuovo, de perla culta, de preciosismo, de vida y pensar peligrosos, de inmersión, no digamos ya en lo sobrenatural —que la religión es vieja como el mundo—, sino en la suprarreal, lo sonambúlico, lo perteneciente a alguna otra esfera ajena al sentido y a la razón. . . ¡Todo, antes que lo obvio!

¿Pensáis que exagero? Pues acercaos a vuestros amigos y enemigos, leed lo que por ahí se escribe, andad por ahí un poco en los campamentos literarios y luego me contaréis las nuevas. Y os ofrezco desde aquí un premio si siquiera me traéis un uno por ciento de grano, de evidencia, de lealtad para con la propia imagen del mundo, entre toda esa paja de ideas postizas, de frases mandadas hacer, de actitudes voluntariamente violentas. ¡Ay, cuánta humildad, cuánto sacrificio hacen falta para acercarse, desnudo, hasta la verdad!

III

Ea, pues, coraje. ¿Cuáles son esos dos o tres principios a que reducimos ahora nuestro mundo, al decantarlo y limpiarlo de heces y materias ociosas? Prescindamos del orden sagrado, de la religión, que es cosa aparte. Atengámonos a lo terreno, cuya dignidad no podría negar la sana teología, aunque se esfuercen por negarla todos los extravíos ascéticos. Aquí, para hollar esta tierra (y no para soñar o esperar en lo ultraterrestre); aquí, para viajar a lo largo de la carrera humana, dos filosofías morales, con las que desde luego nunca hemos cumplido cabalmente, se nos representan ahora como términos de la evidencia, como dos ángeles guardianes y custodios junto a nuestro lecho. Y tales son el Cinismo y el Estoicismo; pero sin olvidar la cortesía como brújula de andar entre hombres: que quede bien claro.

Y ojalá que el solo haber nombrado estas dos doctrinas no alarme a los incautos, y mi suerte me depare lectores que posean, al menos, alguna noticia sobre la historia de las culturas y sepan referir estas denominaciones a la Grecia que las vio nacer. Porque entonces sabrán también que el estoicismo y el cinismo—y este último sobre todo—distan mucho de significar, para los entendidos, lo que significan hoy por hoy en la conversación y el uso corrientes; que estoicismo no es mera resignación pasiva, sino una participación de la mente en el proceso del mundo, ni cinismo es en modo alguno desvergüenza o procacidad o ilícita desaprensión. Pena da que las palabras se gasten, se ensucien y perviertan, y así decaigan de su grado. Lo mismo ha pasado con el epicureísmo, que tantos toman hoy por una baja sensualidad, cuando fue una alegría del espíritu, un jardín en que se cultivaban como arbustos los más nobles estímulos. Y es suerte que los filósofos cirenaicos —amos y no esclavos de sus placeres, pero, eso sí, amigos de los placeres del cuerpo— hayan sido olvidados, porque, al menos, la posteridad, ignorándolos, los respeta.

Pero cuando se dice “estoico”, los más creen ver un varón de mal genio y ceño fruncido; * y cuando se dice “cínico”, algo muy parecido a eso que hoy se llama “el político profesional”, el poder en menos si acaso. Y si nos pusiéramos a sacar inventario de los términos decaídos y venidos a menos, y los términos de arribada o “nuevos ricos”, no sé a qué consecuencias llegaríamos sobre el valor, o siquiera el carácter de nuestra época. ¡Época que ve en la propaganda una virtud intrínseca; en disolver la persona dentro del grupo, el summum de los deberes cívicos y humanos; a la que no importa, ante todo, el averiguar si las doctrinas son verdaderas o falsas, sino el averiguar si son teóricas (académicas) o prácticas (de aplaudida charlatanería); usadas o nuevas, respetuosas (que se tienen por desdeñables) o audaces (así lo sean en la equivocación aceptada y sabida); época que llama “dinámico” a lo grosero, y que a todas horas califica con el excelso nombre de “realidad” a la falta de aseo en todas las formas corporales o espirituales!

* “. . . cette vertu stoique qu’on peint avec une mine sevère,un regard farouche, des cheveuz hérissés, le front ridé et en sueur, dans une posture pénible et tendue, loin des hommes, dans un morne silence, et seule sur la pointe d’un rocher. . .“ Charla de Pascal con M. de Saci, según N. Fontaine, Mémoires de Port Royal, en las Mémoires del oratoriano P. N. Desmolets (1728).

IV

El cinismo exige un despojo muy semejante a la cautela de las exploraciones científicas. En el fondo, impone una sumisión a los datos de la existencia; a aquello que, si no me equivoco, los filósofos suelen llamar “lo dado”. Por su parte, el estoicismo propone una determinada figura del universo y espera, a medio camino, que el hombre se acerque a aceptarla, orillas del río sobrenatural donde han pactado su acuerdo el yo y el no yo. De suerte que, contra lo que generalmente se supone, en el cinismo hay también un tanto de obediencia, y en el estoicismo, un tanto de libre elección.

Esta vez cinismo quiere decir realidad auténtica, realidad desnuda, y no escondida a su pozo ciertamente, sino brevemente expuesta al sol a modo de árbol ya brotado. Esta vez estoicismo quiere decir, desde luego, acatamiento a las normas universales que escapan a nuestro albedrío, pero aceptación por libre disciplina y por sanción intelectual, emancipación por el entendimiento, y obediencia a lo qué ha de ser obedecido: filosofía que sale al encuentro de la Creación y quiere colaborar con ella, siquiera acatándola. En suma, y reduciéndolo a la expresión más simple, verdad de un lado, y de otro, dignidad. Verdad sin estorbosas patrañas ni refracciones, sin disimulos ni acarreos parasitarios, sin pestañas ni adiposidades, asepsia perfecta, inteligencia. Y dignidad sin veleidades de lucha contra lo imposible —triste figura ésta, en que el hombre decae en simio y aun lanza alaridos estériles—, y libertad por comprensión, o sea, otra vez, asepsia perfecta, inteligencia. Y, sin remedio, la inteligencia significa crueldad, alegre sometimiento, bien templado acero.

Tal era la espada que, sin recordarlo ni saberlo, habíamos llevado al cinto. Tal la que tenemos aquí, colgada junto al lecho; la espada, como en el romance,

que estaba vieja y mohosa
por la ausencia de su amo.

Pues, en verdad, creo que la guardo por herencia desde mis abuelos.

Pero ¡qué acero! Y cómo rebrilla, a poco que la reclusión y la soledad nos han dado tiempo y antojo de limpiarlo y probarle el filo. Cinismo: verdad; estoicismo, dignidad. ¡Qué par de ángeles a la cabecera! ¡Qué dos reflejos del mandoble! Gracias, soledad; gracias, amenaza de muerte, que tales presentes me habéis traído. Verdad tan saludable y tan confortante como el agua helada para el sediento; dignidad tan severamente seductora como la conciencia misma de ocupar el sitio que nos incumbe. Al pan, pan, y al vino, vino, sí: y un adjudicar lo suyo, y nada más que lo suyo, a la piedra, a la flor, a la bestia, al hombre. Justicia que no sólo atribuye y distribuye las escalas de la realidad, sino que contenta el espíritu y hasta el cuerpo, como martillazo que da en el clavo. Alegría de la inteligencia, cruel por insobornable —cierto— y por precisa; pero gustosa por cuanto sacia igualmente la voluntad y el entendimiento. Transparencia que parece acortar distancias y hasta fundir sujeto y objeto —propia capacidad humana— o, para decirlo con el místico: “Amada en el amado transformada.”

Un mínimo de verdad: cinismo; un máximo de decencia: estoicismo. Con eso basta.

2 de julio de 1947.

Alfonso Reyes. “Los cuatros avisos”, Obras completas XXIV, FCE, México, 1990, págs. 119-124.

Frontera del dolor. Por Alfonso Reyes

¡FRONTERA del dolor y el pensamiento,
alma hecha de carne todavía,
ave engañada que en sus alas fía
y es prisionera cuando cruza el viento!

¿Dónde está el rumbo, dónde está el momento
de libertad, y la “derecha vía”?
No vueles, ave, que te cansaría
el vago errar, el angustiado intento.

No vueles, ave: quieta en el engaño,
en medio del mudable desatino,
deja al tiempo girar año tras año.

Confía sólo en la virtud del trino,
y guarda sólo, en tu desdén huraño,
una dulce quietud ante el destino.

México, 22 de marzo, 1940.—VS

Alfonso Reyes. Obras completas X. Fondo de Cultura Económica, México, 1996, pág. 203.

¿Por qué Alfonso Reyes es un Maestro? Por Germán Arciniegas

Ir a México y no ver a Alfonso Reyes no es ir a México. Sólo que en estos últimos años ha habido algunos debates entre don Alfonso y su corazón que paran con frecuencia en dificultades para los visitantes. Él ha sido un hombre de corazón aventurero. Lo viene jugando desde su juventud en lo único que él tiene de alborotado que es su buen humor. Este ha sido su caballito de batalla. Caballito fino que da a saltos la diagonal, como los del ajedrez. Llegó un día en que el corazón le dijo: “O te quedas tranquilo, o te reviento”. Es la manera que tienen los corazones de anunciar una huelga. Y el buen corazoneador de Alfonso Reyes ha tenido varias veces que aceptar el pliego, y apaciguarse. Burla burlando, ha administrado su salud con la mayor delicadez, como si se tratara de una cuestión diplomática. Una vez fui a verlo en París. En la antesala estaba su cardiólogo de cabecera, eminente sabio mexicano, de quien obtuve algunas series indicaciones sobre el corazón de Alfonso. Pero Alfonso me llevó a un rincón de su cuarto, y como un chiquillo del pícaro México me dijo en voz muy confidencial: “Anoche le he jugado ésta al corazón . . .”.

En otros términos, un maestro para nosotros, para los nuestros-americanos, no puede ser como aquellos sabios solemnes que nos daban antes entre camisa dura y tono magistral. Nuestro sabio ha de tener malicia, ironía, juego guardado, gracia, burla, es decir: otra cosa. Al caballero pedante lo pueden soportar algunos medios europeos. A nosotros, nos subleva. Nadie ha leído tantas cosas como Alfonso Reyes, y las tiene coleccionadas en ficheros por los cuales daría cualquier académico lo que, naturalmente, no tiene. Nadie podrá negar que muchos de sus tratados son inevitablemente eruditos. El Deslinde, para dar un ejemplo, es uno de esos volúmenes, que en otras manos serían enciclopedias de fastidio. Pero en El Deslinde lo que a cada línea se ve es el luciferillo o mexicano o español que está alerta para hacer su pequeña diablura. Es un texto en donde valen todas las líneas como las entre-líneas, y a veces más las entre-líneas que las líneas. Por ese diablito todo el mundo le perdona a Alfonso Reyes sus largos paseos académicos, que nunca lo alejan.

Esta vez, volviendo como siempre a su misma casa en donde sólo la calle ha cambiado de nombre —antes se llamaba Industria, y ahora se llama General Benjamín Hill— le he hallado trabajando como toda la vida en ese balcón único que ha dejado para su escritorio. Su casa es el edificio de su librería donde el segundo piso lo marca solo un corredor de baranda que le da vuelta a la sala y corta a media altura los siete metros de estanterías. El hombre estaba enfermo. Lo había retenido de asistir al Congreso por la Libertad de la Cultura otro achaque, que ya no era del corazón. A poco entró el médico y le clavó una inyección. Pero él es el maestro del deslinde. Acepta las enfermedades con condiciones. Que le dejen mente clara, y humorismo libre. Trabaja en la empresa más dura de su vida: la ordenación y revisión de sus obras. Cincuenta años trabajados sin regateos en la más vasta empresa literaria. Las gentes por fuera están escribiendo a Estocolmo candidatizándole para el Premio Nobel. El propio congreso por la Libertad de la Cultura lo ha hecho. Él, en esto, también deslinda. Su preocupación está en su propio ordenamiento, en la serie monumental de sus “Obras completas”, que edita el Fondo de Cultura Económica. Ese es “su” Premio Nobel.

Barbado, en bata de enfermo, cuando le vi dije para mis adentros: “Definitivamente, no está bien”. Empezamos a conversar; otra vez fue desatando su ingenio, le brillaban esos ojillos donde la inteligencia saca chispas, y dije para mis adentros: “Definitivamente, está muy bien”. Él le concede a la fiebre y a otros detalles lo de la barba y lo de la bata. Pero se reserva su don como de diablo cojuelo, que va destapando las casas en la ciudad de los libros para mostrarnos las intimidades, pecadillos y travesuras que se hacen bajo las tejas de barro.

¿Por qué es don Alfonso un maestro? ¿Por su laboriosidad literaria? ¿Por su gracia? ¿Por ese equilibrio que le dan el estar de vuelta, el margen de ironía, el no dejarse ir a ciegas? Por todo eso, y algo más. Por su ser espiritual. Por la ausencia de chabacanería, de estrépito, de catarata. Por enseñarnos a manejar la lucecilla cuando estábamos acostumbrados al relámpago. Por habernos llevado a las regiones transparentes del aire y sorprendernos así: Hermano: está usted en su casa: esta es su América. Nadie antes lo hubiera creído.

Germán Arciniegas. “¿Por qué Alfonso Reyes es un Maestro?”. Los pinos nuevos. Diario de un sonámbulo enamorado. Instituto de Estudios para el Desarrollo e Integración de América Latina. Editorial Bolivariana Internacional, Bogotá, 1982, págs. 230-231

 

¿Como leer poesía? Por Gabriel Zaid

No hay receta posible. Cada lector es un mundo, cada lectura diferente. Nuevas aguas corren tras las aguas, dijo Heráclito; nadie embarca dos veces en el mismo río. Pero leer es otra forma de embarcarse: lo que pasa y corre es nuestra vida, sobre un texto inmóvil. El pasajero que desembarca es otro: ya no vuelve a leer con los mismos ojos.

La estadística, el psicoanálisis, la historia, la sociología, el estructuralismo, la glosa, la exégesis, la documentación, el estudio de las fuentes, de variantes, de influencias, el humor, el marxismo, la teología, la lingüística, la descripción, la traducción, todo puede servir para enriquecer la lectura. Un poema se deja leer de muchos modos (aunque no de cualquier modo: el texto condiciona las lecturas que admite). Y cada modo ayuda a ver esto o aquello que pone de relieve. Pero una vez que el método se convierte en receta (estadística, sociológica, psicoanalítica, semiótica, deconstructiva), restringe la lectura.

Leer de muchos modos (con los ojos que dan los métodos conocidos y los que se lleguen a inventar) puede ser otro método: el de leer por gusto.

Cuando se lee por gusto, la verdadera unidad “metodológica” está en la vida del lector que pasa, que se anima, que actúa, que se vuelve más real, gracias a la lectura.

¿Cómo leer poesía? Embarcándose. Lo que unos lectores nos digamos a otros puede ser útil, y hasta determinante. Pero lo mejor de la conversación, no es pasar tal juicio o tal receta: es compartir la animación del viaje.

Gabriel Zaid, “¿Cómo leer poesía?, Ensayos sobre poesía, El Colegio Nacional, México, 2004, pág. 111.