Archivo de la etiqueta: México

¿Por qué Alfonso Reyes es un Maestro? Por Germán Arciniegas

Ir a México y no ver a Alfonso Reyes no es ir a México. Sólo que en estos últimos años ha habido algunos debates entre don Alfonso y su corazón que paran con frecuencia en dificultades para los visitantes. Él ha sido un hombre de corazón aventurero. Lo viene jugando desde su juventud en lo único que él tiene de alborotado que es su buen humor. Este ha sido su caballito de batalla. Caballito fino que da a saltos la diagonal, como los del ajedrez. Llegó un día en que el corazón le dijo: “O te quedas tranquilo, o te reviento”. Es la manera que tienen los corazones de anunciar una huelga. Y el buen corazoneador de Alfonso Reyes ha tenido varias veces que aceptar el pliego, y apaciguarse. Burla burlando, ha administrado su salud con la mayor delicadez, como si se tratara de una cuestión diplomática. Una vez fui a verlo en París. En la antesala estaba su cardiólogo de cabecera, eminente sabio mexicano, de quien obtuve algunas series indicaciones sobre el corazón de Alfonso. Pero Alfonso me llevó a un rincón de su cuarto, y como un chiquillo del pícaro México me dijo en voz muy confidencial: “Anoche le he jugado ésta al corazón . . .”.

En otros términos, un maestro para nosotros, para los nuestros-americanos, no puede ser como aquellos sabios solemnes que nos daban antes entre camisa dura y tono magistral. Nuestro sabio ha de tener malicia, ironía, juego guardado, gracia, burla, es decir: otra cosa. Al caballero pedante lo pueden soportar algunos medios europeos. A nosotros, nos subleva. Nadie ha leído tantas cosas como Alfonso Reyes, y las tiene coleccionadas en ficheros por los cuales daría cualquier académico lo que, naturalmente, no tiene. Nadie podrá negar que muchos de sus tratados son inevitablemente eruditos. El Deslinde, para dar un ejemplo, es uno de esos volúmenes, que en otras manos serían enciclopedias de fastidio. Pero en El Deslinde lo que a cada línea se ve es el luciferillo o mexicano o español que está alerta para hacer su pequeña diablura. Es un texto en donde valen todas las líneas como las entre-líneas, y a veces más las entre-líneas que las líneas. Por ese diablito todo el mundo le perdona a Alfonso Reyes sus largos paseos académicos, que nunca lo alejan.

Esta vez, volviendo como siempre a su misma casa en donde sólo la calle ha cambiado de nombre —antes se llamaba Industria, y ahora se llama General Benjamín Hill— le he hallado trabajando como toda la vida en ese balcón único que ha dejado para su escritorio. Su casa es el edificio de su librería donde el segundo piso lo marca solo un corredor de baranda que le da vuelta a la sala y corta a media altura los siete metros de estanterías. El hombre estaba enfermo. Lo había retenido de asistir al Congreso por la Libertad de la Cultura otro achaque, que ya no era del corazón. A poco entró el médico y le clavó una inyección. Pero él es el maestro del deslinde. Acepta las enfermedades con condiciones. Que le dejen mente clara, y humorismo libre. Trabaja en la empresa más dura de su vida: la ordenación y revisión de sus obras. Cincuenta años trabajados sin regateos en la más vasta empresa literaria. Las gentes por fuera están escribiendo a Estocolmo candidatizándole para el Premio Nobel. El propio congreso por la Libertad de la Cultura lo ha hecho. Él, en esto, también deslinda. Su preocupación está en su propio ordenamiento, en la serie monumental de sus “Obras completas”, que edita el Fondo de Cultura Económica. Ese es “su” Premio Nobel.

Barbado, en bata de enfermo, cuando le vi dije para mis adentros: “Definitivamente, no está bien”. Empezamos a conversar; otra vez fue desatando su ingenio, le brillaban esos ojillos donde la inteligencia saca chispas, y dije para mis adentros: “Definitivamente, está muy bien”. Él le concede a la fiebre y a otros detalles lo de la barba y lo de la bata. Pero se reserva su don como de diablo cojuelo, que va destapando las casas en la ciudad de los libros para mostrarnos las intimidades, pecadillos y travesuras que se hacen bajo las tejas de barro.

¿Por qué es don Alfonso un maestro? ¿Por su laboriosidad literaria? ¿Por su gracia? ¿Por ese equilibrio que le dan el estar de vuelta, el margen de ironía, el no dejarse ir a ciegas? Por todo eso, y algo más. Por su ser espiritual. Por la ausencia de chabacanería, de estrépito, de catarata. Por enseñarnos a manejar la lucecilla cuando estábamos acostumbrados al relámpago. Por habernos llevado a las regiones transparentes del aire y sorprendernos así: Hermano: está usted en su casa: esta es su América. Nadie antes lo hubiera creído.

Germán Arciniegas. “¿Por qué Alfonso Reyes es un Maestro?”. Los pinos nuevos. Diario de un sonámbulo enamorado. Instituto de Estudios para el Desarrollo e Integración de América Latina. Editorial Bolivariana Internacional, Bogotá, 1982, págs. 230-231

 

¿Como leer poesía? Por Gabriel Zaid

No hay receta posible. Cada lector es un mundo, cada lectura diferente. Nuevas aguas corren tras las aguas, dijo Heráclito; nadie embarca dos veces en el mismo río. Pero leer es otra forma de embarcarse: lo que pasa y corre es nuestra vida, sobre un texto inmóvil. El pasajero que desembarca es otro: ya no vuelve a leer con los mismos ojos.

La estadística, el psicoanálisis, la historia, la sociología, el estructuralismo, la glosa, la exégesis, la documentación, el estudio de las fuentes, de variantes, de influencias, el humor, el marxismo, la teología, la lingüística, la descripción, la traducción, todo puede servir para enriquecer la lectura. Un poema se deja leer de muchos modos (aunque no de cualquier modo: el texto condiciona las lecturas que admite). Y cada modo ayuda a ver esto o aquello que pone de relieve. Pero una vez que el método se convierte en receta (estadística, sociológica, psicoanalítica, semiótica, deconstructiva), restringe la lectura.

Leer de muchos modos (con los ojos que dan los métodos conocidos y los que se lleguen a inventar) puede ser otro método: el de leer por gusto.

Cuando se lee por gusto, la verdadera unidad “metodológica” está en la vida del lector que pasa, que se anima, que actúa, que se vuelve más real, gracias a la lectura.

¿Cómo leer poesía? Embarcándose. Lo que unos lectores nos digamos a otros puede ser útil, y hasta determinante. Pero lo mejor de la conversación, no es pasar tal juicio o tal receta: es compartir la animación del viaje.

Gabriel Zaid, “¿Cómo leer poesía?, Ensayos sobre poesía, El Colegio Nacional, México, 2004, pág. 111.

Ray Bradbury en el Colegio Nacional (México)

A cien años de su nacimiento, la enorme dimensión que ha tenido Ray Bradbury como escritor y a causa de sus aproximaciones a la ciencia y sus predicciones de lo que actualmente vivimos, su figura como escritor y pensador adquiere cada vez mayor relevancia. Para demostrarlo, un grupo de mujeres y hombres de ciencia y humanistas se congregarán para recordar su paso por la Tierra.

Coordina: Vicente Quirarte (Colnal).

El jueves 20 de agosto, participarán en el encuentro Ray Bradbury en El Colegio Nacional, el lingüista Luis Fernando Lara con el tema Cómo hablar con extraterrestres. El escritor Francisco Segovia desarrollará Poesía del planeta rojo. El biólogo Antonio Lazcano planteará las incógnitas ¿Marcianos?¿Extraterrestres? El geofísico Jaime Urrutia Fucugauchi,  disertará sobre Entre la ficción y la ciencia y la astrónoma Susana Lizano, hablará de Crónicas marcianas y la exploración de Marte.

El viernes 20 de agosto, el neurofisiólogo Pablo Rudomin, expondrá Fahrenheit 451 y la defensa del libro. El astrónomo Luis Felipe Rodríguez Jorge abordará  Arthur C. Clarke y Ray Bradbury. El matemático José Antonio de la Peña, analizará Los genios que vieron el futuro: Bradbury, Asimov, Dick, Clarke y otros. La escritora Gabriela Frías compartirá Entrevista con Sam Weller, biógrafo de Bradbury y el escritor Juan Villoro dictará la sesión Bradbury y Borges: la piel del tiempo.

Sobre el autor que trasciende fronteras y definiciones, hoy más vigente que nunca, como lo menciona Vicente Quirarte, el escritor argentino Jorge Luis Borges, a quien le entusiasmaron los textos El vino del estío y La feria de las tinieblas, escribió para la edición argentina de los cuentos sombríos publicados por el escritor estadounidense en el libro El país de octubre.

“¿Cómo pueden tocarme estas fantasías y de una manera tan íntima? Toda literatura (Me atrevo a contestar) es simbólica; hay unas pocas experiencias fundamentales y es indiferente que un escritor, para transmitirlas, recurra a lo “fantástico” o a lo “real”, a Macbeth o a Raskólnikov, a la invasión de Bélgica en agosto de 1914 o a una invasión de Marte. ¿Qué importa la novela, o la novelería, de la science fiction? En este libro de apariencia fantasmagórica, Bradbury ha puesto sus largos domingos vacíos, su tedio americano, su soledad”.

Ray Douglas Bradbury, (Waukegan, Illinois, 1920- Los Ángeles, 5 de junio, 2012), quien durante su etapa de escritor amateur, en 1941, publicó textos breves para los que utilizó ocho seudónimos diferentes, incluido el nombre de su padre Leonard Spaulding. Considerado junto a Issac Asimov y Philip K. Dick y Arthur C. Clark, uno de los titanes de la literatura fantástica y de ciencia ficción, dejó una obra poseedora de luz y oscuridad, en defensa de la sobrevivencia del alma humana.

Reconocido por títulos como Crónicas marcianasFarenheit-451, Las doradas manzanas del solEl hombre ilustradoCementerio para lunáticos, y La muerte es un asunto solitario, entre muchos más, el autor de relatos, novela, poesía y teatro, fue también coautor del guion de Moby Dick en 1953, estrenado tres años más tarde bajo la dirección de John Huston, protagonizada por Gregory Peck, Richard Basehart y Orson Welles.

Ray Bradbury en El Colegio Nacional, se transmitirá en vivo los días 20 y 21 de agosto, a las 6 pm, a través de A través de las plataformas digitales de El Colegio Nacional:

Página web: www.colnal.mx, Youtube: elcolegionacionalmx, Facebook: ColegioNacional.mx, Twitter: @ColegioNal_mx. prensa@colnal.mx