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Visión de Anáhuac (1519). Por Alfonso Reyes

En 1915, luego de haber dejado México y ya establecido en Madrid con su esposa y su hijo, Alfonso Reyes escribió uno de sus textos más conocidos: Visión de Anáhuac (1519). El ensayo –publicado por primera vez en 1917 en la editorial costarricense Imprenta Alsina– despliega una recreación de la mirada que los navegantes españoles tuvieron al observar el Valle de México por primera vez. El texto es un registro de asombros, un ensayo que va y viene de la crónica a la viñeta histórica, del poema en prosa a la estampa costumbrista. Lo mismo describe la vida cotidiana de los mexicas que establece una relación entre la naturaleza y la poesía: obra que huye de la exaltación regionalista –acostumbrada cuando se hablaba de lo nacional– para establecer un diálogo con la literatura y el arte universal a partir de la geografía y la poesía de las antiguas culturas mesoamericanas. Escrito desde el exilio, Visión de Anáhuac hace un recuento de México y su cultura en un momento en que la inestabilidad política era la moneda corriente del país.

 

Enlace para descarga el documento en la Biblioteca virtual Miguel de Cervantes:

http://www.cervantesvirtual.com/obra/vision-de-anahuac-1519/

La intelectualidad mexicana y la guerra europea. Por Alfonso Reyes

El Universal, diario de México, publica en su número del 20 de junio de 1917 las opiniones de los intelectuales mexicanos sobre la conveniencia de que México intervenga en la guerra europea. Todas las opiniones se inclinan en favor de los aliados.

Además de las transcritas a continuación —y que hemos ordenado, en lo posible, según su importancia—, se publicaron las del autor dramático Marcelino Dávalos, el poeta anacreóntico Enrique Fernández Granados, los jóvenes poetas Ramón López Velarde y José D. Frías, el poeta parnasiano Rafael López, el novelista Rubén M. Campos, el fuerte pintor Saturnino Herrán, los periodistas Hipólito Seijas, Arturo Cisneros, José Coellar y Luis Alva, y los médicos Luis Coyula y Manuel Mestre Ghigliazza.

Tienen singular importancia, por el mérito intelectual de las personas que los emiten, el juicio de Antonio Caso, filósofo y director espiritual do la juventud, y el de Julio Torri, fino escritor y sutil ensayista que dirige actualmente la colección de publicaciones “Cvltvra”.

Adviértase, en la opinión de Caso —francófilo de corazón que alguna vez nos decía que en México se debiera alzar un monumento a la cultura francesa—, ese primer movimiento de reserva propio del hombre acostumbrado a considerar históricamente el pro y el contra de las cuestiones. Y adviértase, en Torri, la decisión rápida y certera del artista que vive en contacto con las realidades inmediatas.

Con contadas excepciones (como el erudito González Obregón y el académico Revilla), la gran mayoría de los que han sido interrogados por El Universal pertenecen a la última generación literaria, inmediatamente posterior a la de Nervo, Urbina, Urueta. No es extraño, en todo caso, que sus simpatías estén por los aliados. Algunos, hipnotizados por lo apremiante del actual problema mexicano, procuran dar a sus juicios cierta apariencia de frialdad, y parecen inferir su actitud, favorable a los aliados, de consideraciones meramente interamericanas. Pero, en el fondo, a la mayoría, y a los jóvenes sobre todo, los inspira un desinteresado amor a Francia.

México debe en parte a Francia su verdadera independencia, que es la del espíritu: los grandes creadores de su fisonomía intelectual han sido, para lo oficial y universitario, Gabino Barreda, un discípulo de Auguste Comte, fundador de la Escuela Preparatoria y organizador de la enseñanza liberal, y para el mundo más libre de la literatura y de la poesía, Manuel Gutiérrez Nájera, glorioso discípulo de las Musas de Francia, uno de los primeros propulsores de las nuevas corrientes que han transformado nuestro lenguaje poético, y uno de los primeros en escribir la prosa española con esa sintaxis ligera y concisa que todos procuramos ahora.

Esto, por lo que atañe al pasado. Para el porvenir, en tanto que México no haya acabado esa penosa tarea de equilibrar su situación, a la que actualmente se entrega con todo empeño, tendrá que recibir influencias extrañas, y aun después seguramente, como es lo normal entre los pueblos. Por muy firme que se desee la amistad entre México y los Estados Unidos del Norte, aquella gran república podrá hacernos muchos beneficios, pero no en el robustecimiento del alma nacional. Aparte de las divergencias fundamentales, de orden psicológico y moral, nunca se ha dado en la historia el caso monstruosamente hermoso de que un pueblo fuerte y expansivo influya sobre su vecino débil y desorganizado en un sentido ventajoso para la dignidad nacional de éste. Y las fuerzas mecánicas de la historia pasan por sobre las buenas intenciones individuales.

Así pues, México tiene que volver los ojos a Europa. Volverlos a la antigua Metrópoli es obvio, pero teniendo en cuenta que ésta reacciona ahora, tratando de rectificar todo su pasado. México la ha precedido en esta tarea dolorosa de rectificación. Y de todos los demás países europeos, sólo Francia puede servirnos como fuerza espiritual orientadora, según lo ha probado ya la experiencia de nuestros educadores desde mediados del siglo XIX, tanto por la facilidad de aprender su lengua y lo muy difundida que está ya entre nosotros, como por ciertas internas afinidades mentales que algún día me propongo analizar largamente, y que comienzan a definirse desde el primer siglo de la Conquista, entre los criollos y mestizos de la vetusta Nueva España.

Madrid, agosto, 1917.

Publicado solamente en francés en el Bulletin de l’Amérique Latine VII, 1º y 2º, París, X y XI-1917.

Alfonso Reyes, “La intelectualidad mexicana y la guerra europea”, Obras completas VIIFondo de Cultura Económica, México, 1996, pp, 475-477.

Alfonso Reyes digital: Obras completas y dos epistolarios

En el 2002, gracias a la colaboración del Fondo de Cultura Económica, el Colegio de México y la Capilla Alfonsina se realizó la edición digital de las Obras completas del ilustre neoleonés: Alfonso Reyes digital hace parte de la Colección de Polígrafos Hispanoamericanos de la Biblioteca Virtual Ignacio Larramendi. Además de las Obras completas, Alfonso Reyes digital incluye dos epistolarios.

Este proyecto fue desarrollado conjuntamente por la Fundación Ignacio Larramendi, la Fundación MAPFRE TAVERA (actualmente Fundación MAPFRE), ambas de Madrid, y el Fondo de Cultura Económica de México, bajo la dirección de Xavier Agenjo Bullón. El disco incluye la versión íntegra de los veintiséis volúmenes de las Obras completas (editados entre 1955 y 1994 en la colección Letras Mexicanas), así como las respectivas ediciones de la correspondencia mantenida por Reyes con Pedro Henríquez Ureña (Volumen I, 1907-1914) y Julio Torri (1910-1959). La edición se presenta en formato facsimilar, con la posibilidad de efectuar búsquedas a texto libre en la totalidad de los contenidos. Junto a las obras del gran polígrafo mexicano, se incluyen textos, redactados expresamente para esta edición, de José Luis Martínez, director honorario perpetuo de la Academia Mexicana de la Lengua, de Alicia Reyes, nieta de Alfonso Reyes y directora de la Capilla Alfonsina, y de Adolfo Castañón, escritor y editor del Fondo de Cultura Económica.

La consulta de las Obras completas puede efectuarse en el siguiente enlace: Biblioteca Virtual de Polígrafos.

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El coleccionista. Por Alfonso Reyes

1. Por qué ya no colecciono sonrisas

“He dejado de coleccionar sonrisas —a que antes fui tan aficionado— porque la experiencia del trato humano al fin enseña que se abusa más de la sonrisa que de la risa. Es más difícil fingir una risa que una sonrisa. Y los hombres suelen usar de la sonrisa como ripio social, para llenar todos los huecos de la conversación, o suplir las frases rituales del saludo, la despedida, el agradecimiento, la enhorabuena y demás mecánica de la cortesía.

“Yo mismo que, a fuer de especialista, he procurado en lo posible que mi sonrisa tenga siempre un contenido sustancioso y real, me sorprendí hace pocos meses dando un pésame con una sonrisa: una sonrisa externa, obligada, inconsciente, disciplinaria, muerta. Desde entonces desconfío mucho de las sonrisas.

“Las sonrisas sólo me interesan ya cuando vienen a ser, como alguna otra vez lo he dicho, el fulgor de un pensamiento solitario; de un pensamiento que tiene henchida del toda la conciencia, y se va escapando, manando, en breves vibraciones faciales. Entonces las sonrisas tienen el valor de una confesión, y hay que recogerlas con el ánimo tembloroso y codicioso. Pero, adquirido el hábito de distinguir estas sonrisas de las otras —de las sonrisas muertas—, ya no hay que preocuparse más; hay que pasar de largo. Dios escoge a los suyos: las buenas sonrisas se coleccionan solas. Por eso he dejado de coleccionar sonrisas desde hace algunos meses.

Además, hay ya muchos aficionados; el mercado ha perdido su su virginidad encantadora de antaño; entre la viciosa oferta y la excesiva demanda, los valores justos han desaparecido. Cualquiera mujer vende a precios fabulosos una sonrisa embustera, recién fabricada, pretendiendo que es una sonrisa Luis XIV o una sonrisa Directorio.

“Y no es que las falsificaciones carezcan necesariamente de valor, no. Hay, por ejemplo, sonrisas ‘sevillanas’, que valen por sí mismas mucho más que las de cuño oficial; las hay hechas por la noche en casa, de tapadillo, que no se pagarían con nada. Pero es que al verdadero coleccionador le puede gustar el artículo falsificado, a condición de que se lo propongan franca y expresamente como artículo falsificado. Yo tenía por ahí, arrumbadas en mi colección, dos o tres sonrisas completamente artificiales, hechizas, por las cuales he pagado varios años de adoración rendida. Pienso, entre los demás despojos de mi tesoro, legarlas a mis amigos para experiencia.

“Hay, sobre todo, algo que me inquieta: he dado en pensar que la sonrisa es una risa sin entrañas, una risa insalubre, sin eficacia vital; una risa que se ha vuelto loca y ha olvidado su propósito a medio camino, como flecha que se pierde en el aire. He dado en pensar que la sonrisa es una risa marchita, que ha crecido falta de luz y aire —planta blanquecina y sin sol—, anémica, raquítica, con unas piernecitas flacas y un cuerpo jorobadito; que la sonrisa es una risa de mal humor; una risa a la que tuercen el pescuezo a última hora: una ‘catarsis’ mancada, un desahogo que se arrepiente.

“Yo sé bien, en mi fuero interno, que todas éstas son malas ideas. Antes, en mi mejor época, aunque tales ideas me asaltaran, no me inquietaban ni hacían mella. Las tenía yo descontadas de antemano. Lo que me importaba era llegar a las almas colgado del hilo de araña de una sonrisa, como el amante que trepa hasta el balcón por las trenzas de oro de Ruiponche.

“Entonces solía yo perseguir con dolor la entrevista imagen de una Gioconda callejera, y era mi oración favorita aquella página de Pater dedicada a descifrar los mil y un sentidos del lienzo de Leonardo, de aquella insondable sonrisa, ‘siempre adornada con un toque siniestro’, perseguida siempre en múltiples tanteos juveniles en torno a los trazos del Verrocchio, que un día se deja aprisionar, adormecida al halago de las flautas de los bufones, como una paloma viva que cae, poco a poco, bajo el hipnotismo de la serpiente.

(Es más antigua que las rocas que la circundan; como el vampiro, ha muerto ya muchas veces y ha arrebatado su secreto a la tumba; y ha buceado en mares profundos, de donde trajo esa luz mortecina en que aparece bañada; y ha traficado en telas extrañas con los mercaderes de Oriente; y fue, como Leda, madre de la Elena de Troya y, como Santa Ana, fue madre de María; y todo esto no significa más para ella que el rumor de aquellas liras y flautas que la hacían sonreír, ni vive ya todo ello sino en la delicada insistencia con que ha logrado modelar sus rasgos mudables y teñir sus párpados y sus manos…)

“…Pero imaginad lo que sería una Mona Lisa exagerada, por la fatiga, en bruja ganchuda y rugosa: pues algo semejante ha venido a ser el misterio de la sonrisa para el coleccionador hastiado. Y cuando se llena uno de malas ideas, hay que cambiar de ambiente, de oficio. He dejado de coleccionar sonrisas, en busca de algo más serio, más directo, más cristalino.”

2. Ahora colecciono miradas

“Ahora colecciono miradas. Los ojos son unas ventanas por donde entra y sale la conciencia a toda hora. Hay conciencias de gusto amargo, y otras de gusto dulce. Las hay cálidas, las hay gélidas. Las hay que tienen el frío cariñoso de la primavera, o el calor discreto del nido. Todo eso se gusta por los ojos. Ese abandono de los ojos —ese “impudor”, exageraba Longino— nos cura un poco, nos revive un poco a los que estamos hastiados de descifrar sonrisas. Esa tremenda confesión de los ojos ha logrado al fin devolverme las emociones que me embotó el abuso de las sonrisas. Una mirada me sumerge en suaves delirios: “siembra mi corazón de estrellas”. Y, a poco de interrogarlas, no hay mirada que no responda: todas se entregan.

“Y voy, bajo los árboles de la primavera, como un Don Juan de las miradas, sorprendiendo, robando fuegos rojos, azules, fuegos castaños, fuegos grises. Las hay que convidan con la serenidad zarca de Atenea, y las hay que arrastran a la negra meditación del búho. Y éstas y las otras se me antojan: se me antojan imperiosamente como al sediento el vino.

“Cuando veo venir unos ojos abiertos (no todos los ojos abiertos están abiertos), de esos que van —sin saberlo— derramando el contenido secreto, hay algo que se estremece en mí: algo como un escozor de quemadura que quiere ser quemada otra vez. En este delicioso rebusco del dolor, “¡Quiero que me quemen esos ojos!”, digo al pasar. Y soy tan desdichado cuando pasan de largo, como Dante con su Beatriz, junto al puente aquel donde ella no quiso devolverle el saludo.

“Cuando yo muera y los médicos me abran el cuerpo para sacarme el alma, la van a encontrar llena de quemaduras del color de todos los ojos de las mujeres; si ya no es que encuentran un miserable puñado de cenizas: ¡toda se me habrá consumido en esta posesión imposible de las miradas, tonel sin fondo a los deseos! ¡Oh, dadme, dadme la mirada que fija y clava, la mirada que sacia como el vaso plenamente apurado!”

Alfonso Reyes, “El coleccionista”, Calendario, Obras completas II, Fondo de Cultura Económica, México, 1995, pp. 352-355.

Llamamiento a los intelectuales de América. Conferencia Panamericana de Ayuda a los Republicanos Españoles, México, 1940

Atormentados por la doble angustia de haber perdido su patria y su libertad, millares de hombres españoles: Universitarios, artistas, literatos, maestros, estudiantes, pertenecientes a las más opuestas ideologías, y abarcando desde la categoría más modesta y humilde hasta la de aquellos otros de prestigio universalmente reconocido y, junto a ellos, los demás hombres de su pueblo, labradores,técnicos y de otros oficios, esperan su salvación desde los campos de concentración de Europa en guerra, con la fe puesta en la generosidad, en el sentimiento liberal, en la tradicional solidaridad humana de los pueblos de América.

Sus vidas apasionadamente entregadas a la profesión de la cultura, su esperanza de ejercerla para bien del hombre y cumplimiento de sus destinos, su arrebatado amor a la verdad, al humanismo profundo que los movió a sacrificar sus seguridades materiales, no pueden perderse en la desesperación, en la soledad de un destierro que les impone la misma humillación material y moral y la misma imposibilidad de continuar sus investigaciones, su labor creadora, su cátedra o su estudio, de continuar incluso existiendo, que si permanecieran en la Patria que abandonaron para evitar la muerte, la venganza ciega, el odio irreflexivo. Por nuestra condición de intelectuales, y más aún de intelectuales de las democracias hispanoamericanas, unidos a su linaje por hermandad de sangre y de vocación, y por lo que para el porvenir de los pueblos puede significar ese caudal de fe en el hombre y en el espíritu, no puede faltar nuestro apoyo a la Conferencia Panamericana de Ayuda a los republicanos españoles, que se celebrará en México los días 14 al 17 de febrero de 1940.

La palabra: hispanoamérica, la cultura hispanoamericana, son sentimientos vivos de honda fraternidad humana; clara decisión de solidaridad para todos los hombres de buena voluntad que con nuestra misma voz liberal, llamen a nuestros corazones, a nuestros ideales, con el derecho que su lealtad les concede.

Alfonso Reyes, Enrique González Martínez, Carlos Pellicer, Martín Luis Guzmán, Antonio Castro Leal, Daniel Cossío Villegas, José Mancisidor, Luis Cardoza y Aragón, Andrés Henestrosa, David A. Siqueiros, Jesús Guerrero Galván, Silvestre Revueltas, Octavio Paz, José Alvarado, Efraín Huerta, Alberto Quintero Álvarez

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