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Llamamiento a los intelectuales de América. Conferencia Panamericana de Ayuda a los Republicanos Españoles, México, 1940

Atormentados por la doble angustia de haber perdido su patria y su libertad, millares de hombres españoles: Universitarios, artistas, literatos, maestros, estudiantes, pertenecientes a las más opuestas ideologías, y abarcando desde la categoría más modesta y humilde hasta la de aquellos otros de prestigio universalmente reconocido y, junto a ellos, los demás hombres de su pueblo, labradores,técnicos y de otros oficios, esperan su salvación desde los campos de concentración de Europa en guerra, con la fe puesta en la generosidad, en el sentimiento liberal, en la tradicional solidaridad humana de los pueblos de América.

Sus vidas apasionadamente entregadas a la profesión de la cultura, su esperanza de ejercerla para bien del hombre y cumplimiento de sus destinos, su arrebatado amor a la verdad, al humanismo profundo que los movió a sacrificar sus seguridades materiales, no pueden perderse en la desesperación, en la soledad de un destierro que les impone la misma humillación material y moral y la misma imposibilidad de continuar sus investigaciones, su labor creadora, su cátedra o su estudio, de continuar incluso existiendo, que si permanecieran en la Patria que abandonaron para evitar la muerte, la venganza ciega, el odio irreflexivo. Por nuestra condición de intelectuales, y más aún de intelectuales de las democracias hispanoamericanas, unidos a su linaje por hermandad de sangre y de vocación, y por lo que para el porvenir de los pueblos puede significar ese caudal de fe en el hombre y en el espíritu, no puede faltar nuestro apoyo a la Conferencia Panamericana de Ayuda a los republicanos españoles, que se celebrará en México los días 14 al 17 de febrero de 1940.

La palabra: hispanoamérica, la cultura hispanoamericana, son sentimientos vivos de honda fraternidad humana; clara decisión de solidaridad para todos los hombres de buena voluntad que con nuestra misma voz liberal, llamen a nuestros corazones, a nuestros ideales, con el derecho que su lealtad les concede.

Alfonso Reyes, Enrique González Martínez, Carlos Pellicer, Martín Luis Guzmán, Antonio Castro Leal, Daniel Cossío Villegas, José Mancisidor, Luis Cardoza y Aragón, Andrés Henestrosa, David A. Siqueiros, Jesús Guerrero Galván, Silvestre Revueltas, Octavio Paz, José Alvarado, Efraín Huerta, Alberto Quintero Álvarez

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Rubén Darío, genio municipal. Por Alfonso Reyes

Con todo,  yo tuve que hablar en una Glorieta de Madrid, en la última Fiesta de la Raza. Cuando sepáis que se trataba de bautizar esa Glorieta con el nombre de Rubén Darío, me perdonaréis mi alarde oratorio. Dije así:

Por delegación del Excelentísimo Señor Ministro de Cuba (a quien corresponde el derecho de antigüedad), toca al representante de México la honra inapreciable, de dar las gracias al Ayuntamiento de Madrid, en nombre del Cuerpo Diplomático hispano-americano —y seguramente interpretando él sentir de tantas naciones—, por la consagración que acabáis de hacer, señor Alcalde, de la Glorieta del Cisne, al alto poeta de los cisnes.

Pero habéis pronunciado, junto al nombre de Rubén Darío, otros nombres, para los americanos sagrados, que arrebatan mi atención a otra parte. Felicitémonos porque nos ha sido dable presenciar la hora en que las glorias de América pueden redundar en gloria de España. Renuncio a evocar siquiera la enorme suma de esfuerzos de comprensión que a uno y otro lado del mar ha hecho falta para que sea posible proponer, en la capital del orbe hispano, homenajes y recuerdos a los padres de América. Sois, españoles, ejemplares en la cordialidad generosa al reconocer y aceptar los valores humanos definitivos, así sean los del otro campo, y (según acabamos de verlo, por la vibrante carta de Grandmontagne) la misma severidad excesiva que adoptáis para juzgaros a vosotros mismos —heroica condición crítica de la mente, que alguna vez ha sido explotada en contra vuestra— se convierte en un extraño y viril desprendimiento, casi impolítico en ocasiones, siempre conmovedor y valiente, para reconocer, cuando es justo, la grandeza del contrincante. Habéis hecho, en la larga historia, un viaje a la tierra de las ambiciones y los poderes. Y estáis de regreso, entre el asombro de los que no siempre aciertan a entenderos, con una filosofía sencilla, en que muchas veces las contradicciones se avienen, formando una síntesis moral superior a los extravíos que todavía están costando a los pueblos lágrimas y sangre.

¡Feliz acuerdo el de consagrar en la Fiesta de la Raza un homenaje a la memoria del mayor poeta de la lengua durante los últimos siglos! Su nombre, desde hoy, queda incorporado a la vida diaria, callejera, de vuestra graciosa ciudad. Y, por justa paradoja y compensación, he aquí que convertís al solitario, al desigual, al rebelde y altivo genio, al pecador torturado y elegante, al león entre tímido y bravío, que de pronto se acobardaba y de pronto comenzaba a rugir, al melancólico que cruzaba la vida “ciego de ensueño y loco de armonía”, al hijo terrible de un Continente que es todo el un grito de insaciados anhelos, a nuestro Rubén Darío, el menos municipal de los hombres, en algo tan benéfico y manso como un Genio Municipal. Acógelo la divinidad que reina en las plazas y en las calles, y nosotros —buenos hijos de Roma— saludamos con ritos públicos, bajo el cielo de otoño, al héroe mensajero de las primaveras americanas.

La obra de Rubén Darío fue obra de concordia latina. América, desde la hora de su autonomía, venía padeciendo las dos circulaciones contrarias del ser que se arranca de la madre. Y mientras, por una parte, la expresión del alma española se purificaba en los mejores gramáticos que ha tenido la lengua —los americanos Andrés Bello, Rufino José Cuervo, Rafael Ángel de la Peña, Marco Fidel Suárez—, por otra se dejaba sentir una honda conmoción de sublevaciones más que juveniles: “¡Desespañolicémonos!”, gritaba el argentino Sarmiento. “¡Desespañolicémonos!”, gritaba el mexicano Ignacio Ramírez, en controversia contra vuestro gran Castelar… Éstos no eran independientes; no están aún desarticulados del centro hispano; eran todavía hijos adolescentes que se alzan contra las tradiciones y costumbres caseras, por su misma incapacidad de reformarlas a su gusto. Más tarde llegará la hora adulta, la hora ‘en que el americano pueda amar a España sin compromisos, sin explicaciones y sin protestas. La hora en que, sintiéndose otro, el hombre se siente semejante a sus familiares y como justificado en ellos. Los Dióscuros americanos Rubén Darío y José Enrique Rodó trazan, en trayectorias gemelas, esta elocuente declinación hacia España. Habéis escogido la más alta realización de América para sellar, con su recuerdo, la Fiesta de la Raza, y resulta que, de paso, habéis escogido el nombre de aquel en quien con más plenitud se expresa esta voluntad de amor a España por parte de una América ya emancipada y ya consciente de sus destinos. Porque ya no está a discusión —sino entre los necios y los sordos— el radical casticismo de Rubén Darío. “Francesismo”, se ha dicho. Y es verdad, porque Rubén Darío trajo a la masa de la lengua española, trajo a la atmósfera del alma española, cuanto el mundo tenía entonces que aprender de Francia. Acaso su condición de hijo de América le ayudaba a dar el salto mortal del espíritu. Nicaragua pesa sobre la mente mucho menos que España, y fue uno de los hijos más pobres el que se echó al mundo a conquistar, para toda la familia, las cosas buenas que entonces había por el mundo. Y un día volvió —hoy así lo vemos— cargado y reluciente de joyas, como un rey de fábulas.

En la gran renovación de la sensibilidad española, que precipita a América sobre España —donde España puede ya sacar el consuelo de sentirse reivindicada por los mismos a quienes se pretendía presentar como víctimas del error hispano—, Rubén Darío desató la palabra mágica en que todos habíamos de reconocernos como herederos de igual dolor y caballeros de la misma promesa. Poeta sumo, hombre vertiginoso, alma traspasada de sol, tramó con lo más íntimo de sus ternuras y lo más atronador de sus furores la escala de hexámetros de oro, el himno de esperanza más grande que vuela sobre las alas de la lengua:

¡Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda!

¡Espíritus fraternos, luminosas almas, salve!

Alfonso Reyes, “Rubén Darío, genio municipal”, Glorieta de Rubén Darío, América, Obras completas IV, Fondo de Cultura Económica, México, 1956, pp. 318-320.

Alfonso Reyes y la filología: entre la Revista de Filología Española y la Nueva Revista de Filología Hispánica. Por Mario Pedrazuela Fuentes

Resumen

En este artículo se propone un recorrido por la labor filológica de Alfonso Reyes, sobre todo la que realizó en el Centro de Estudios Históricos durante los diez años que pasó en España entre 1914 y 1924. En ese tiempo, trabajó intensamente en la literatura de los siglos XVI y XVII y también en la Revista de Filología Española. A su regreso a México, cuando preside El Colegio de México, acogerá allí a muchos de los intelectuales españoles que le ayudaron en sus años madrileños y dará continuidad al trabajo filológico que se había iniciado en el Centro de Estudios Históricos, truncado por la Guerra Civil, y que después fue continuado en cierta medida por el Instituto de Filología de Buenos Aires. Reyes colaboró en la continuidad de la Revista de Filología, pues después de un breve período en Buenos Aires, donde se desarrolló la Revista de Filología Hispánica, ésta se publicó finalmente en El Colegio de México con el título de Nueva Revista de Filología Hispánica.

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Ortega y Alfonso Reyes (Una relación intelectual con América al fondo). Por Antonio Lago Carballo

Cuando en 1992 publiqué en Ediciones de Cultura Hispánica una Antología de Alfonso Reyes, sin duda alguna la figura intelectual de México más relevante de la primera mitad del siglo XX, le envié un ejemplar a mi amigo José Ortega Spottorno, quien poco después me hizo llegar el libro que acababa de publicar, Historia probable de los Spottorno, con una dedicatoria en la que decía que era un «canje de Reyes por Spottornos». No pasó mucho tiempo y un día me anunció que estaba dando vueltas al propósito de escribir otro libro, éste acerca de los Ortega, para cuya redacción estaba acopiando papeles y recuerdos. Meses después me dijo que, dado mi conocimiento de Alfonso Reyes, me agradecería le diese las citas y referencias relativas a la relación que el humanista mexicano había tenido con don José. Cumplí su encargo y de vez en cuando le preguntaba por la marcha del libro, cuando nos encontrábamos en las conferencias de Pedro Laín en los cursos que nuestro común y admirado amigo daba bajo los auspicios del Colegio Libre de Eméritos.

Pasó algún tiempo y una tarde me confesó que le preocupaba el estado de su salud y me habló de su deseo de terminar cuanto antes el libro sobre los Ortega. En una carrera contra el tiempo, me dijo que había preferido ceñirse a lo que estimaba esencial en la biografía de su padre, lo que le había llevado a cortar referencias no sustanciales. Y en efecto, en su excelente libro, aparecido con carácter póstumo en la primavera de 2002, sólo una vez figura el nombre de Alfonso Reyes. Cuento todo esto porque pienso que quizá tenga interés reseñar en qué consistieron las relaciones entre los dos excelentes escritores. Son tantas y de tanto interés las referencias del mexicano hacia el autor de La rebelión de las masas, que creo no resulta superfluo el empeño de dar cuenta de ellas *.

Alfonso Reyes llegó a Madrid a finales del año 1914, tras haber cesado en el puesto diplomático que desempeñaba en París desde mediados del año anterior, para el que había sido nombrado por el gobierno mexicano, tras la muerte violenta, el 9 de febrero de 1913, en plena confusión revolucionaria, de su padre, el general Bernardo Reyes, con ocasión de una acción militar de asalto al Palacio Nacional contra el presidente Madero.

Sin medios de fortuna, los primeros tiempos de Reyes en Madrid, al principio sólo y enseguida con su esposa e hijo, fueron muy difíciles. Vivía tan al día que una mañana, sin un céntimo, salió a buscar fortuna, «sin duda esperando que algún pájaro del Señor me trajera la media torta como a San Antonio. Crucé el tercer patio, el segundo patio, el primer patio… y al pasar frente al cuarto de los porteros, estos me entregaron una tarjeta… La tarjeta era de don Luis Ruiz Contreras [a quien había conocido en una cena en casa de Mme. Carcassone]. Fui a verlo». Y Ruiz Contreras le encarga la traducción de una historia de la guerra europea. Y, con insólita generosidad de editor, le dice: «Viene el invierno y usted necesita calentarse: aquí está el pago adelantado».

Poco a poco Reyes fue entrando en la vida literaria y cultural de Madrid. Comenzó a frecuentar el Ateneo, del que entonces era secretario Manuel Azaña, y a iniciar su amistad con Díez-Canedo, Pedro Salinas, Moreno Villa… Fue Díez-Canedo quien lo presentó en la editorial La Lectura, y allí conoció a Juan Ramón Jiménez, Comienzan los encargos: en La Lectura le encomiendan la preparación de un volumen con el teatro de Ruiz Alarcón, y Saturnino Calleja, hasta entonces editor de los famosos cuentos infantiles, le pide prólogos y notas críticas para el Libro de buen amor, para Quevedo, para Lope, para Baltasar Gracián… Por entonces, «la noble amistad de José Ortega y Gasset me valió desde el primer momento, asociándome primero al semanario España, después a El Imparcial y finalmente a El Sol», escribió Reyes en el prólogo a su libro Vísperas de España. Y cuando Ortega funda la Revista de Occidente también requiere la colaboración de Reyes, que publica en el primer número, que apareció en julio de 1923, un artículo acerca del poeta José de Espronceda.

En el semanario España, con su compatriota Martín Luis Guzmán –y bajo el seudónimo compartido de «Fósforo»– Reyes publicó notas sobre el cinematógrafo, tarea en la que les había precedido el filólogo Federico de Onís.

En El Imparcial –animado por Ortega, que le dijo: «El secreto de la perfección está en emprender obras algo inferiores a nuestras capacidades»– escribió una serie de crónicas cinematográficas, iniciadas el primero de junio de 1916. Su relación con Ortega se afirma cuando, tres años más tarde, éste le encarga que dirija y escriba en la página que los jueves publicaba el diario El Sol, dedicada a historia y geografía, para lo que Reyes pidió la colaboración de Juan Dantín Cereceda para los asuntos geográficos. Buena parte de los extensos artículos publicados, desde 1918 a 1920, en las páginas de El Sol, los recogería Reyes en sus libros Simpatías y diferencias, Historia de un siglo y Las mesas de plomo. Precisamente en la cuarta serie de Simpatías y diferencias reunió Reyes tres apuntes sobre Ortega y Gasset: el primero fechado en 1916, el siguiente en 1917 y el tercero en 1922. El primero arranca con una afirmación definitoria: «José Ortega y Gasset se destaca entre la juventud española con un ademán de paladín. Aplicando a la crítica literaria el tono patético de la historia, pudiéramos decir que es el héroe». Y a renglón seguido un largo y explicativo párrafo:

En él, como en muchos, hay una bifurcación interior, más o menos inconfesa o reconocida, y comparte su actividad entre dos vocaciones: la oficial y la personal, para decirlo de algún modo. ¿La oficial? Él es catedrático de Filosofía en la Universidad Central, y dirige una sección de investigaciones en el Centro de Estudios Históricos, ¿La personal? La personal es la literatura. ¿Tengo que añadir que, sin pretender restar nada a su palmaria capacidad de filósofo, estoy, contra la afición oficial, por la personal? Os diré por qué: si como literato Ortega y Gasset ve las cosas humanas bajo especies cálidas y concretas, y las expresa con un ánimo de belleza, como filósofo quisiera ceñir su conducta intelectual dentro de una sola tendencia, coordinarla con su conducta práctica y construir, a través de la palabra, algo como un nuevo ideal de España, cuya última manifestación tendría que ser la obra de reforma política.

Un año después, y en el segundo apunte, comentaba Reyes el viaje que Ortega había hecho el año anterior a la Argentina y escribe que:

podemos decir, con una sonrisa, que José Ortega y Gasset descubrió a América. La descubrió, en efecto, para sí mismo. América ha logrado así una envidiable conquista, y ha sellado un pacto de alianza con una de las voluntades más limpias y claras de que se honra la España joven. Agradecemos esa frase de cordial humorismo con que acaba el prólogo: –En las páginas de El Espectador no se pone el sol.

En otro texto publicado en La Pluma en enero de 1923 insiste: «Ortega y Gasset trae de América un secreto de fantasía renovada semejante al de Fausto».

Y en más de una ocasión Reyes contó que Ortega, después de ese primer viaje a la Argentina, le había confesado que le agradaría ser apodado «Ortega, el Americano», como se dijo en la Antigüedad «Escipión, el Africano».

Pero hay un texto de Ortega que llamó la atención de Reyes una y otra vez. Es un texto publicado en 1915 en las páginas del semanario España y en el que afirmaba: «Es América el mayor deber y el mayor honor que queda en nuestra vida. ¡España, España es el único pueblo europeo que no tiene una política de América! ¿Cómo es esto posible? No queda a nuestra raza otra salida por el camino real de la Historia, si no es América».

Reyes recordó más de una vez esta cita, pero fue en su respuesta a una encuesta de El Tiempo (Madrid, 8 de marzo de 1921) cuando su glosa adquirió mayor hondura y gravedad:

Me complazco en repetir las hermosas palabras de Ortega y Gasset: «América representa el mayor deber y el mayor honor de España». Fuerza es que los pueblos tengan ideales o los inventen. Así como América no descubrirá plenamente el sentido de su vida en tanto no rehaga, pieza a pieza, su «conciencia española», así España no tiene mejor empresa en el mundo que reasumir su papel de hermana mayor de las Américas. A manera de ejercicios espirituales, al americano debiera imponerse la meditación metódica de las cosas de España, y al español la de las cosas de América. En las escuelas y en los periódicos debiera recordarse constantemente a los americanos el deber de pensar en España; a los españoles, el de pensar en América. En las hojas diarias leeríamos cada semana estas palabras: «Americanos, ¿habéis pensado en España? Españoles, ¿habéis pensado en América?» Concibo la educación de un joven español que se acostumbrara a adquirir todos los meses algún conocimiento nuevo sobre América, por modesto que fuese. Hay que acostumbrar al español a que tenga siempre una ventana abierta hacia América.

Si hermosa era la frase orteguiana no lo eran menos las reflexiones y conclusiones que suscitó en la mente de Reyes, quien mantendría de por vida una actitud admirativa y amistosa hacia nuestro filósofo, en quien siempre apreció su interés y devoción hacia la América hispánica. Valga como muestra lo que escribió en su artículo Goethe y América, publicado en 1932: «José Ortega y Gasset sufre y siente a América como un problema personal».

En 1923 tuvo lugar en Madrid un evento literario en el que coincidieron Ortega y Reyes, y de tal suceso ambos nos dejaron testimonio escrito. Se trata del homenaje tributado a Stéphane Mallarmé, el domingo, día 11 de octubre, para conmemorar, con un silencio de cinco minutos, el XXV aniversario de la muerte del poeta francés. El escenario, el Jardín Botánico «en la puerta que da sobre la Feria de Libros». La hora: «las once en punto de la mañana» Los reunidos fueron: José Ortega y Gasset, Eugenio d’Ors, Enrique Díez-Canedo, José Moreno Villa, José María Chacón y Calvo, Antonio Marichalar, José Bergamín, Mauricio Bacarisse y Alfonso Reyes, de quien fue la iniciativa y quien escribió una sabrosa e ingeniosa crónica que figura en su libro Culto a Mallarmé, incluido en el tomo XXV de sus Obras Completas. Por su parte el secretario de Revista de Occidente, Fernando Vela, escribió una carta a todos los asistentes preguntándoles qué habían pensado durante los cinco minutos de silencio. Las respuestas fueron publicadas en el número de noviembre de la Revista. En su texto, Ortega declara:

La idea de este silencio es de Alfonso Reyes… A ningún español se nos hubiera ocurrido esto. A los españoles nos avergüenza toda solemnidad, nos ruboriza. ¿Por qué? Pueblo viejo. Tenemos en el alma centurias de solemnidades; éstas han perdido ya la frescura de sentido y nos hemos acostumbrado a pensar que son falsas y desvirtuadas. Alfonso Reyes es americano. Alfonso… Reyes… Alfonso, nombre de reyes…, es americano. Pueblo joven…

La crónica de Reyes es un prodigio de encanto y finura:

El primero en llegar fue José Ortega y Gasset… Era un día gris, nublado y claro. Algo París-de-los-años-de-Ochenta… Sacudiendo el viento los ramajes de nubes, hizo caer escasas gotas. Luego, quedó el tiempo seguro; y había una frescura casi dulce» […] El Botánico tenía una iluminación de vidrieras opacas, de taller fotográfico. Cada árbol, al paso, nos decía una palabra, como al estudioso Goethe en sus excursiones de naturalista: la palabra escrita en su etiqueta: Almez, Alerce, Sófora Japónica, Pawlonia, Arce Sacarino. Cada árbol, al paso, nos alargaba su tarjeta de visita…

En abril de 1924, en vísperas de su regreso a México Alfonso Reyes, que entonces desempeñaba el puesto de primer secretario de la legación de su país en Madrid, recibió un homenaje en el restaurante Lhardy, con Ortega en la presidencia. Compartieron las mesas D’Ors, Azorín, Eduardo Marquina. Manuel Azaña, Díez Canedo, José María Chacón y Calvo… y muchos más escritores y amigos. Eduardo Gómez de Baquero pronunció el discurso de ofrecimiento. Todos los reunidos, más Unamuno, Valle-Inclán, Juan Ramón Jiménez, Gómez de la Serna, Maeztu, Moreno Villa… habían sido sus amigos a lo largo de los diez años de vida madrileña, así como cuantos pertenecían al Centro de Estudios Históricos, presidido por don Ramón Menéndez Pidal, en donde Reyes también colaboró activamente.

Dejaba Reyes un Madrid en el que se sentía arraigado y unos amigos con los que había compartido trabajos y conversaciones, que evocará años más tarde en su libro Tertulia de Madrid. Otro amigo suyo, el fino crítico literario Melchor Fernández Almagro, cuando comente ese libro en Cuadernos Hispanoamericanos (Madrid, marzo-abril de 1951), escribirá:

Recordamos a Alfonso Reyes, menudo y redondo, sutil, cortés y seseante, en grupo con los demás contertulios, [en el hotel Regina] alrededor de la mesa rectangular, junto a la columna central del café: todo nuevo, blanco, sin espejo ni divanes de pelouche rojo: «Son los intelectuales», decían los otros asiduos al café, políticos de provincias, mujeres equívocas o sin equívoco alguno, toreros; los tipos mismos, al natural, que dibujaban por entonces Penagos y Tovar.

En aquellos días de su despedida de Madrid, la prensa publicó diversos artículos en los que se elogiaba la personalidad de Alfonso Reyes. En el ABC, don Eugenio d’Ors en una de sus glosas sentenciaba: «Alfonso Reyes es el que ha torcido el cuello a la exuberancia y ha dejado limpio de su imagen mítica el mapa ideal de nuestra América». Y Azorín definió a sus lectores argentinos de La Nación la personalidad de Reyes con estas palabras: «Cortés, atento, conciliador, Reyes logró captarse prestamente las simpatías de las personas con quienes trata. Y las mismas cualidades de finura y escrupulosidad lleva a sus trabajos de crítica literaria y de erudición».

Perfecto retrato. En él coinciden cuantos le trataron. Sus dotes intelectuales eran parejas con sus dotes de bondad, de simpatía, de ingenio. Gabriela Mistral escribió que «conversar con Reyes es una fiesta». Y el escritor paraguayo Julio César Chaves contó que un día en París y en casa de Jean Cassou, Miguel de Unamuno, en presencia de Rainer Maria Rilke, dijo hablando de nuestro hombre: «La inteligencia de Reyes es una función de su bondad».

Sin abandonar su labor de escritor, Reyes dedicó los siguientes años a cumplir sus deberes como diplomático: ministro de México en París, hasta que pasó a desempeñar la Embajada de México en Buenos Aires (1927-1930) y en Río de Janeiro (1930-1937).

Cuando en 1928 Ortega y Gasset hizo su segundo viaje a la Argentina se vio con Reyes y reavivaron afecto y amistad. En el libro Anecdotario, publicado póstumamente por su nieta Alicia en 1968, figuran varias anécdotas que tienen a Ortega y a Reyes como protagonistas. Entre ellas sólo dos traigo aquí a colación porque presentan perfiles, entre la vanidad y el donjuanismo, que contribuyen a matizar la condición humana de uno y otro. La primera es ésta:

En una reunión social de Buenos Aires, me rodeaban unas señoras jóvenes, sentadas como yo en almohadones sobre el suelo, para que yo les improvisara cuentos como Oscar Wilde. José Ortega y Gasset cruzó la sala entera a paso veloz, gritando.

–No, señoras. A Reyes lo tienen ustedes aquí de modo permanente. Rodéenme a mí que me voy en unos días.

Le cedí mi almohadón, pero el prefirió una butaca de respeto y comenzó una suerte de flirt filosófico, en que era experto. Las señoras se dispersaron poco a poco.

La otra anécdota sube de tono y de indiscreción:

En Buenos Aires también, me dijo:

–¿Dónde esconderme con una señora respetable?

Lo llevé a un departamento precioso que yo tenía y le di la llave:

–¿Le agrada?

–¡Es una octava real! ¡Caramba con este Alfonsito!

Algunos días después pasé al Hotel Plaza a recoger la llave y visité mi rincón; todo en orden, pero para que no se dudara de que él, José, había estado ahí, dejó la envoltura, con su nombre, de unas pantuflas nuevas.

Este encuentro en Buenos Aires sería el último de los celebrados entre Reyes y Ortega. Cuando éste volvió en 1939 a la capital argentina, el gran mexicano ya residía en México. Si se repasan los índices onomásticos de los veintiséis tomos de las Obras Completas de Reyes, se comprueba las numerosísimas citas de textos de Ortega, desde los primeros tiempos hasta la conferencia de éste sobre Goethe en Aspen en julio de 1949. Precisamente es con Goethe como tema de fondo cuando encontramos un testimonio de Reyes en el que manifiesta una actitud crítica y discrepante de Ortega, compatible con el afecto y admiración que siempre le profesó. Se trata de la carta, rescatada por José Luis Martínez y publicada en el tomo XXVI de las Obras Completas (México, 1993) de Reyes, que éste escribió al novelista y ensayista argentino Eduardo Mallea a propósito del ensayo «Pidiendo un Goethe desde dentro. Carta a un alemán», que Ortega había publicado en Revista de Occidente en abril de 1932. La carta de Reyes comienza con una confesión:

La Carta a un alemán de José Ortega y Gasset me ha causado un verdadero arrobamiento, lo mismo que a usted. El gran escritor lo empuña a uno y lo transporta. Pero tiene la elocuencia engañosa de las sirenas. No se deje usted engañar. Ortega es sofístico y engañoso. Esto se lo digo a usted en secreto. Esta carta es un desahogo que yo confío a su corazón de amigo, pero no quiero que usted le dé el aire, porque no quiero tener que sufrir más en mis relaciones con José. Cuando entre él y yo se ha atravesado una pestaña, le confieso a usted que me sentí muy desdichado. Quizá Victoria [Ocampo] también podrá leer esta carta. Yo creo que le pasa con José lo que a mí: yo lo admiro, lo «amo» y no lo aguanto.

Después siguen cinco densas páginas de análisis y comentario de las tesis de Ortega en torno a Goethe expuestas en su ensayo, escrito que, según Reyes, «es el fruto de dos sentimientos que él lleva a una temperatura de sublimidad: la soberbia y la envidia».

No viene al caso reproducir aquí los argumentos empleados por Reyes –excelente conocedor de Goethe, como lo reflejan las primeras 445 páginas del citado tomo XXVI– para razonar su discrepancia con Ortega. Pero sí debo citar el expresivo final de la recordada carta:

Y ahora ¿puedo esperar de usted que guarde esta carta como secreto? Mire que no quiero hacer junto a Ortega y Gasset el papel que él hace junto a Goethe. Mire que discutir públicamente con Ortega y Gasset quien se siente menor que él y no tiene siquiera posibilidad de combate periodístico, quien al fin lo quiere y admira de veras, quien quizá siente que choca con él por un fenómeno de «adoración», quien nunca se acercó a él sin utilidad y provecho en pro o en contra, sería absurdo. Suyo cordial.

El mismo día en que murió Ortega en Madrid, 18 de octubre de 1955, su amigo Reyes escribió un artículo titulado «Treno para José Ortega y Gasset», que aparecería en la revista Cuadernos Americanos (México, febrero 1956). En aquellas páginas reiteraba su testimonio de deuda y gratitud por el trato que había recibido de Ortega años atrás, a la vez que recordaba que, ante la situación que vivió la España en guerra civil, él se apresuró a ofrecer a Ortega su casa en México, y recibió esta respuesta: «Agradecí muy vivamente su cariñosa carta, que me trae su vieja amistad. Siempre en lo recóndito contaba con ella».

Y Reyes evocaba a su amigo con estas hermosas palabras:

Perdemos en José Ortega y Gasset a un escritor que ha dejado un rastro de fuego en la lengua y en la mente de nuestro siglo; a un filósofo imperial, no por la coherencia sistemética de un Kant o de un Hegel –a que él nunca quiso sujetarse–, sino por el altivo señorío de sus concepciones, la actitud orgullosa y la varonil trascendencia; a un pensador que de mil modos llegó a superar a sus maestros y hasta dio al mundo la expresión auténtica de algunas nociones que aún latían en la nebulosa; a un artista en quien jamás desmayó la soberbia voluntad de forma. Era hombre de ánimo solemne que luchó siempre contra las travesuras de la ironía y del humorismo, sus dos verdaderos adversarios; de una sensibilidad tan aguda que solía herirse con su propio aguijón o, mejor, que acabó atravesándose con su espada; de una honda capacidad moral que, por ser tan honda, se desgarraba entre los ideales teóricos y los apremios del deber cí- vico, por manera que iba y venía como el péndulo electrizado de saúco, sin poder resignarse nunca a lo que hay de transacción en la acción.[…] Cuando hayan corrido los años, operando su justicia de larga vista sobre las desigualdades y accidentes y demás miserias del acontecer cotidiano, esta imagen se levantará entre las más altas de España, no lo dudo.

Reyes concluía su treno con un bello y piadoso deseo:

Yo quiero evocar sobre su tumba las palabras de Horacio a Hamlet, envolviendo así en cortesías poéticas las asperidades de la desgracia: «Buenas noches, dulce príncipe; los coros de ángeles arrullen tu sueño».

Alfonso Reyes falleció en la ciudad de México el 27 de diciembre de 1959. Cabe pensar que, de haber vivido, José Ortega y Gasset le hubiese despedido con similar y conmovido elogio.

CANTATA. En la tumba de Federico García Lorca. Por Alfonso Reyes

Voces

El padre

La madre

La hermana

La novia

Guardianes de milicianos (Coro)

La Cantata salió como brota un quejido, aunque naturalmente tuvo que pasar por la razón.

Precisamente el esfuerzo consistió en darle cierta expresión objetiva de “epos”. Por eso, en vez de acudir a resortes de la propia sensibilidad, se acudió a los símbolos eternos; el tributo de la naturaleza amontonado sobre una tumba: las regiones, la geografía humana de España; el Padre, la Madre, en el espacio físico y en el “espacio del alma”, había que situarla en el tiempo. El trueno de los Milicianos, desde el fondo, la arraiga en el presente: la evocación de los temas líricos gratos a Lorca, la reminiscencia del Caballero de Olmedo, la atan a la tradición, al pasado: y el grito vengador final (tras los esfuerzos abortados de la Madre, que por más que hace no logra salir de la obsesión de una frase trunca: “¡Pero tu sangre…!”), la lanza al porvenir, al porvenir que es nuestro.

Una preocupación musical, que Pahissa interpretó cabalmente, domina la elaboración del poema. Tras la recitación de Mony Ermello, el poema quedó confiado a la teatralización de Margarita Xirgu.

La traducción francesa de L. Z. de Galtier fue recitada por Georgina de Uriarte en el Teatro Marigny de París, 1951.

EL PADRE

Madre de luto, suelta tus coronas.

LA HERMANA

La flor de ojeras, la risa de los llanos,
tus azucenas y tus amapolas,
claveles de pudor, jacintos pálidos,
y tréboles y fucsias y retamas,
y espliegos y laureles,
y hasta juncos, sarmientos y gavillas,
acres rastrojos, sápida verbena,
menta de ardor y cuasia de amargura;
y vengan estambradas
todas las trenzas de la tierra.
Madre de luto, suelta tus coronas.

LA NOVIA

Junta y apila en la silvestre tumba
los fragantes limones y naranjas,
túmulo vegetal, cerro de aromas,
la carne cristalina de las uvas,
gusto seco de nueces y castañas,
la granada vinosa,
la cidra vaporosa,
paltas y tunas y piñas de América,
y las anonas y los tamarindos,
y las lanzas del cacto mexicano...

GUARDIA

Y el trueno, fruto de la carabina.

EL PADRE

Madre de luto, suelta tus coronas
sobre la fiel desolación de España,
sacudido rosal, zarza entre lumbres.

LA NOVIA

Inquieto jardín
que hoy mecen clamores,
ayer castas flores
en olor de abril.

EL PADRE

Hay cóleras negras, llamaradas rojas,
espadas de cardos, banderas de hojas,
jardín; y en las sienes y en el corazón,
tónicos de buena y mala intención.

LA HERMANA

Perdida canción
de flauta y rabel.

LA NOVIA

Mustio girasol,
tronchado clavel.

LA HERMANA

Lo lloran los montes,
lo lloran los ríos.

LA NOVIA

Y los de las otras,
y los ojos míos.

LA MADRE

¡Pero tu sangre, tu secreta sangre!
¡Abel, clavel tronchado!
¡Pero tu sangre, tu secreta sangre
que revuelve la tierra y ciega el puente,
colma los surcos y amenaza el vado,
Abel, clavel tronchado!

EL PADRE

Presente tú donde el vino se cuela,
los crótalos redoblan y las palmas,
mana la voz y la guitarra vuela;
presente tú donde la gente baila,
donde la moza cesaraugustana
lanza en palillos de tambor de piernas...

LA HERMANA

Y las espuelas de Amozoc repican,
las barbas del rebozo de la china
cosquillean el vello de la boca,
y el gaucho zapatea,
el suelo santiguando con las botas.

EL PADRE

Hoy te lloren los pueblos,
el gitano solemne y el andaluz exacto,
el "maño" terco y bueno como el agua y el pan,
ebrio de luz el lírico huertano,
el catalán de las sagradas cóleras,
el forzudo gallego melancólico,
el dulce, hercúleo vasco,
el recio astur y el castellano santo.

LA NOVIA

El lazador de América y el fiero mexicano.

LA HERMANA

Matronas con los senos agitados,
vírgenes con las manos compasivas...

GUARDIA

Y el trueno, fruto de la carabina.

LA MADRE

¡Pero tu sangre, tu secreta sangre,
Abel, clavel tronchado!

EL PADRE

Te lloren la garúa y el tornado,
el turbio meteoro,
la gota del orvallo,
la pedriza que siega las mazorcas...

GUARDIA

Y el trueno, fruto de la carabina.

LA NOVIA

Que de noche lo mataron
al caballero,
la gala de Granada,
la flor del suelo.

LA HERMANA

En Fuentevaqueros
nació la gala:
traía cascabeles
entre las alas.

LA NOVIA

Crezcan la mejorana,
la yerbabuena,
dalia y clavel del aire,
flores de América.

LA HERMANA

Que de noche lo enterraron
entre cuatro velas,
cuatro ángeles mudos
por centinelas.

EL PADRE

Madre de luto, suelta tus coronas
sobre la fiel desolación de España.
Ascuas los ojos, muerte los colmillos,
bufa en fiestas de fango el jabalí de Adonis,
mientras en el torrente de picas y caballos
se oye venir el grito de los campeadores:

“¡Aprisa cantan los gallos

y quieren quebrar los albores!”

LA MADRE

¡Pero tu sangre, tu secreta sangre!
¡Pero tu sangre, tu secreta sangre!

TODOS

¡Pero tu sangre, tu secreta sangre,

Abel, clavel tronchado,

colma los surcos y amenaza el vado!

¡Aprisa cantan los gallos

y quieren quebrar los albores!

Buenos Aires, mayo de 1937 .-VS.

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Aviso sobre la trayectoria de la modernidad. Por Octavio Paz

La expresión poesía mexicana es ambigua: ¿poesía escrita por mexicanos o poesía que de alguna manera revela el espíritu, la realidad o el carácter de México? Nuestros poetas escriben un español de mexicanos del siglo XX pero la mexicanidad de sus poemas es tan dudosa como la idea misma de genio nacional. Se dice que López Velarde es el más mexicano de nuestros poetas y, no obstante, se afirma que su obra es de tal modo personal que sería inútil buscar una parecida entre sus contemporáneos y descendientes. Si aquello que le distingue es su mexicanidad, habría que concluir que ésta consiste en no parecerse a la de ningún otro mexicano. No sería un carácter general sino una anomalía personal. En realidad la obra de López Velarde tiene más de un parecido con la del argentino Lugones que, a su vez, se parece a la del francés Laforgue. No es el genio nacional sino el espíritu de la época lo que une a estos tres poetas tan distinto entre sí. Esta observación es aplicable a otras literaturas: Manrique se parece más a Villon que a Garcilaso, y Góngora está más cerca de Marino que de Berceo. Es discutible la existencia de una poesía barroca, romántica o simbolista. No niego las tradiciones nacionales ni el temperamento de los pueblos; afirmo que los estilos son universales o, más bien, internacionales. Lo que llamamos tradiciones nacionales son, casi siempre, versiones y adaptaciones de estilos que fueron universales. Por último, una obra es algo más que una tradición y un estilo: una creación única, una visión singular. A medida que la obra es más perfecta son menos visibles la tradición y el estilo. El arte aspira a la transparencia.

La poesía de los mexicanos es parte de una tradición más vasta: la de poesía de lengua castellana escrita en Hispanoamérica en la época moderna. Esta tradición no es la misma que la de España. Nuestra tradición es también y sobre todo un estilo polémico, en lucha constante con la tradición española y consigo mismo: al casticismo español opone un cosmopolitismo a su propio cosmopolitismo, una voluntad de ser americano. Apenas se hizo patente esta voluntad de estilo a partir del “modernismo”, se entabló un diálogo entre España e Hispanoamérica. Ese diálogo es la historia de nuestra poesía: Darío y Jiménez, Machado y Lugones, Huidobro y Guillén, Neruda y García Lorca. Los poetas mexicanos participan en ese diálogo desde los tiempos de Gutiérrez Nájera y la Revista Azul. Sin este diálogo no habría poetas modernos en México pero asimismo, sin los mexicanos la poesía de nuestra lengua no sería lo que es. Subrayo el carácter hispanoamericano de nuestros autores porque creo que la poesía escrita en nuestro país es parte de un movimiento generacional que se inicia hacia 1885 en la porción hispánica de América. No hay poesía argentina, mexicana, venezolana: hay una poesía hispanoamericana o, más exactamente, una tradición y un estilo hispanoamericanos. Las historias nacionales de nuestra literatura son tan artificiales como nuestras fronteras políticas. Unas y otras son consecuencia del gran fracaso de las guerras de independencia. Nuestros libertadores y sus sucesores nos dividieron. Ahora bien, lo que separaron los caudillos ¿no lo unirá la poesía? Así pues, este libro sólo presenta un fragmento, la porción mexicana, de la poesía hispanoamericana. Esta limitación nacional, por más antipática que parezca, no es demasiado grave. Nuestro libro no es sino una contribución al diálogo hispanoamericano.

Si el criterio de nacionalidad me parece insuficiente, ¿qué decir del prejuicio de la modernidad? Escribo prejuicio porque convengo en que lo es. Ahora que es un prejuicio inseparable de nuestro ser mismo: la modernidad, desde hace cien años, es nuestro estilo. Es el estilo universal. Querer ser moderno parece locura: estamos condenados a serlo, ya que el futuro y el pasado nos están vedados. Pero la modernidad no consiste en resignarse a vivir este ahora fantasma que llamamos siglo XX. La modernidad es una decisión, un deseo de no ser como los que nos antecedieron y un querer ser el comienzo de otro tiempo. La sabiduría antigua predicaba vivir el instante -un instante único y, sin embargo, idéntico a todos los instantes que lo habían precedido. La modernidad afirma que el instante es único porque no se parece a los otros: nada hay nuevo bajo el sol, excepto las creaciones e inventos del hombre; nada es nuevo sobre la tierra, excepto el hombre que cambia cada día. Aquello que distingue el instante de los otros instantes es su carga de futuro desconocido. No repetición sino inauguración, ruptura y no continuidad. La tradición moderna es la tradición de la ruptura. Ilusoria o no, esta idea enciende al joven Rubén Darío y lo lleva a proclamar una estética nueva. El segundo gran movimiento del siglo se inicia también como ruptura: Huidobro y los ultraístas niegan con violencia el pasado inmediato.

El proceso es circular: la búsqueda de un futura termina siempre con la reconquista de un pasado. Ese pasado no es menos nuevo que el futuro: es un pasado reintentado. Cada instante nace un pasado y se apaga un futuro. La tradición también es un invento de la modernidad. O dicho de otro modo: la modernidad construye su pasado con la misma violencia con que edifica su futuro. Castillos en el aire, no menos fantásticos y vulnerables que los edificios intemporales de otras épocas. En suma, nuestro perjuicio  es más un destino: es asumir el tiempo que nos tocó vivir no como algo impuesto sino como algo querido -un tiempo que no se parece a los otros tiempos y que es siempre hasta en sus cacofonías y repeticiones, la encarnación de lo inesperado. La modernidad nace de la desesperación y está perpetuamente enamorada de lo inesperado. Su gloria y su castigo no son de este mundo: son las maravillas y los desengaños del futuro. Nuestro libro pretende reflejar la trayectoria de la modernidad en México: poesía en movimiento, poesía en rotación.

Las antologías aspiran a presentar los mejores poemas de un autor o de un período y, así, postulan implícitamente una visión más o menos estática de la literatura. Inclusive si admite que los gustos cambian, la crítica afirma casi siempre que las obras permanecen aunque la visión de un crítico sea distinta de la de otro crítico, el paisaje que contemplan es el mismo. Este libro está inspirado por una idea distinta: el paisaje también cambia, las obras no son nunca las mismas, los lectores son igualmente autores (actores). Las obras que nos apasionan son aquellas que se transforman indefinidamente; los poemas que amamos son mecanismos de significaciones sucesivas -una arquitectura que sin cesar se deshace y se rehace, un organismo en perpetua rotación. No la belleza quieta sino las mutaciones, las transformaciones. El poema no significa pero engendra las significaciones: es es lenguaje en su forma más pura.

Movilidad del paisaje contemplado y movilidad de punto de vista: no es lo mismo leer a Segovia o a Sabines desde la perspectiva de un lector de González Martínez que leer a Tablada o a Gorostiza desde la de Montes de Oca o de Aridjis. En el primer caso nuestro punto de vista será estático: vemos al presente desde un pasado consumado; en el segundo, vemos al pasado desde un presente en movimiento: el pasado insensible se anima, cambia, marcha hacia nosotros. En general la crítica busca la continuidad de una literatura a partir de autores consagrados: ve al pasado como un comienzo y al presente como un fin provisional; nosotros pretendemos alterar la visión acostumbrada: ver en el presente un comienzo, en el pasado un fin. Este fin también es provisional porque cambia a medida que cambia el presente. Si el presente es un comienzo, la obra de Pellicer, Villaurrutia y Novo es la consecuencia natural de la poesía de los jóvenes y no a la inversa. La prueba de la juventud de estos tres poetas es que soporta la cercanía de los jóvenes. El presente la cambia, le otorga nuevo sentido. En cambio, si no hay una relación viva entre el presente y el pasado, si el pasado es insensible a la acción de los jóvenes, no es aventurado afirmar que hay una ruptura: ese pasado no nos pertenece. Por supuesto, no quiero decir que sea desdeñable: simplemente no es nuestro, no forma parte de nuestro presente.

Este libro no es una antología sino un experimento. Lo es en dos sentidos: por la idea que lo anima y por ser una obra colectiva. Sobre lo segundo diré que nuestra coincidencia no ha sido absoluta. Desde el principio se manifestaron ciertas diferencias de interpretación. Nada más natural. Uno de nosotros observó que la idea de “tradición de la ruptura” es contradictoria: si hay tradición, algo permanece (sustancia o forma) y la cadena no se rompe; si hay ruptura, la tradición se quebranta e, inclusive, se extingue. Otro repuso que la tradición se preserva gracias a la ruptura: los cambios son su continuidad. Una tradición que se petrifica sólo prolonga a la muerte. Y más: transmite muerte. Réplica: el ejemplo de las sociedades tradicionales desmiente las supuestas virtudes vivificadoras de la ruptura. Nada cambia en ellas y, no obstante, la tradición está viva. Contestación: la tradición es una invención moderna. Los llamados pueblos tradicionales no saben que lo son; repiten unos gestos heredados de la historia, fuera del tiempo -o, más bien, inmersos en otro tiempo, cíclico y cerrado. Sólo la ruptura nos da conciencia de la tradición. Nueva réplica: lo contrario es cierto: gracias a la tradición tenemos conciencia de los cambios…

No repetiré aquí todo lo que dijimos. En un momento de la discusión surgió la verdadera divergencia: Alí Chumacero y José Emilio Pacheco sostuvieron que, al lado del criterio central del cambio, deberíamos tomar en cuenta otros valores: la dignidad estética, el decoro -en el sentido horaciano de la palabra-, la perfección. Aridjis y yo nos opusimos. Nos parecía que aceptar esa proposición era recaer en el eclecticismo que domina desde hace muchos años la crítica y la vida intelectual de México. Ni los convencimos ni nos convencieron. Se me ocurrió que no quedaba otro remedio que publicar, en el mismo libro, dos selecciones. Nueva dificultad: algunos poetas figurarían en ambas, aunque con poemas diferentes. Alguien propuso una solución intermedia: incluir también a los autores que cultivan el “decoro” pero que, en algún momento, han coincido con la tradición del cambio. A pesar de que Aridjis y yo queríamos un libro parcial, nos inclinamos sin alegría. Esto explica la presencia de nombres que sólo de una manera tangencial pertenecen a la tradición del movimiento y la ruptura. Al mismo tiempo procuramos al seleccionar sus poemas, ajustarnos dentro de lo posible a la idea de mutación. No creo que lo hayamos conseguido en todos los casos. No importa: a despecho de este libro, el lector percibirá la continuidad de una corriente que comienza con José Juan Tablada, avanza y se ensancha en la obra de 4 o 5 poetas del grupo siguiente, más tarde se desvía y oculta -aunque sólo para reaparecer con mayor violencia en tres o cuatro poetas de mi generación- y, en fin, acaba por animar a la mayoría de los nuevos poetas.

Dividimos el libro en cuatro partes. La primera está consagrada a los jóvenes. No es ni puede ser una selección completa. Más que un cuadro de la poesía reciente es una ventana abierta a un paisaje que cambia con velocidad. La segunda parte nos enfrentó a un grupo disperso y cuya obra de verdad significativa se inicia no en la juventud sino en la madurez. Es una generación marcada por la segunda Guerra Mundial y por las querellas ideológicas que la precedieron y siguieron. Más tarde que las otras, como para recobrar el tiempo perdido, da un salto hacia adelante, hacia su juventud. Omitimos a Neftalí Beltrán y a Manuel Ponce porque pensamos que lo mejor de su obra no corresponde a la “tradición de la ruptura”. Confieso que, ya en prensa este libro, pensé que su exclusión no se justifica enteramente: su caso no es distinto al de varios poetas que figuran en esta sección y en la siguiente. La tercera parte es más homogénea. Las obras decisivas de este grupo, con la excepción de José Gorostiza, son las de juventud. No faltará quien nos reproche la ausencia de Jorge Cuesta. La influencia de su pensamiento fue muy profunda en los poetas de su generación y aún en la mía, pero su poesía no está en sus poemas sino en la obra de aquellos que tuvimos la suerte de escucharlo. A media que nos internamos en el tiempo los nombres disminuyen. Por eso no es extraño que el cuarto grupo (1915) sólo incluya a cuatro poetas. Uno de ellos, Alfonso Reyes, no pertenece realmente a la tradición moderna pero una porción limitada de su obra sí revela ese espíritu de aventura y exploración que nos interesa destacar. El caso de López Velarde también parece, a primera vista, dudoso. No lo es. Cierto, es el poeta de la tradición: ¿será necesario recordar que para él esa palabra era sinónimo de novedad? El tercer poeta de este grupo es un solitario que nunca ha publicado un libro de versos: Julio Torri. Fue uno de los primeros que, entre nosotros, escribieron poemas en prosa. Con él aparece en nuestra lengua el humor moderno. El cuarto poeta es un tránsfuga del modernismo: José Juan Tablada. Tal vez es nuestro poeta más joven.

 

Alfonso Reyes y el exilio español

A. R. y El exilio español

Orlando furioso a Don Quijote de la Mancha. Por Miguel de Cervantes

Si no eres para, tampoco le has tenido;
Que par pudieras ser entre mil pares;
Ni puede haberle donde tú te halles,
Invicto vencedor, jamás vencido.

Orlando soy, Quijote, que, perdido
Por Angélica, vi remotos mares,
Ofreciendo a la Fama en sus altares
Aquel valor que respetó el olvido.

No puedo ser tu igual, que este decoro
Se debe a tus proezas y a tu fama,
Puesto que, como yo, perdiste el seso.

Más serlo has mío, si al soberbio Moro
Y Cita fiero domas, que hoy nos llama
Iguales en amor con mal suceso.

Amadís de Gaula a Don Quijote de la Mancha. Por Miguel de Cervantes

Soneto
Tú, que imitaste la llorosa vida
Que tuve ausente y desdeñado sobre
El gran ribazo de la Peña Pobre,
De alegre a penitencia reducida,
 Tú, a quien los ojos dieron la bebida
De abundante licor, aunque salobre,
Y alzándote la plata, estaño y cobre,
Te dio la tierra en tierra la comida,
Vive seguro de que eternamente,
En tanto, al menos, que en la cuarta esfera
Sus caballos aguije el rubio Apolo,
Tendrás claro renombre de valiente;
Tu patria será en todas la primera;
Tu sabio autor, al mundo único y solo.

Al Duque de Béjar. Por Miguel de Cervantes

MARQUÉS DE GIBRALEÓN, CONDE DE BENALCÁZAR Y BAÑARES, VIZCONDE DE PUEBLA DE ALCOCER, SEÑOR DE LAS VILLAS DE LA CAPILLA, CURIEL Y BURGUILLOS.

En fe del buen acogimiento y honra que hace Vuestra Excelencia a toda suerte de libros, como príncipe tan inclinado a favorecer las buenas artes, mayormente las que por su nobleza no se abaten al servicio y granjerías del vulgo, he determinado sacar a luz EL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA al abrigo del clarísimo nombre de Vuestra Excelencia, a quien, con el acatamiento que debo a tanta grandeza, suplico le reciba agradablemente en su protección, para que a su sombra, aunque desnudo de aquel precioso ornamento de elegancia y erudición de que suelen andar vestidas las obras que se componen en las casas de los hombres que saben, ose parecer seguramente en el juicio de algunos que, no conteniéndose en los límites de su ignorancia, suelen condenar con más rigor y menos justicia los trabajos ajenos; que, poniendo los ojos la prudencia de Vuestra Excelencia en mi buen deseo, fío que no desdeñará la cortedad de tan humilde servicio.

Miguel de Cervantes Saavedra