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El vendedor de felicidad. Por Alfonso Reyes

COMO en el verso de Rubén Darío, “fue en alguna extraña ciudad”. El nombre no importa. Basta saber que era una de esas horas en que todas las cosas parecen irreales. La gente iba y venía y nadie hacía caso de un vendedor ambulante que anunciaba alguna mercancía invisible. Temí que fuera uno de esos traficantes en tentaciones vulgares. Era hombre de edad indefinida. En sus ojos había muchos siglos de malicia y, de repente, destellos de juventud y candor. La curiosidad me atrajo.

—Vendo —me dijo— el secreto de la felicidad. Vendo la felicidad por cinco centavos, y nadie quiere hacerme caso.

—Buena mercancía en los tiempos que corren —le contesté— y sin duda en todos los tiempos. Pero los hombres somos desconfiados por naturaleza. Un negocio demasiado bueno nos pone recelosos. “No caerá esa breva”, decimos, y nos alejamos llenos de dudas. Santiago Rusiñol salió por la plaza de un pueblo de Cataluña un día de feria, disfrazado de campesino. Quería probar la estupidez humana. Llevaba una cesta llena de “duros”, monedas de a cinco pesetas, y anunciaba que vendía duros a tres pesetas. Todos se detenían un instante, examinaban los duros, los mordían, los hacían sonar sobre el suelo, y no se decidían a comprarlos. No hubo uno solo que creyera en la felicidad.

—Sin embargo —me dijo el vendedor ambulante—, por cinco centavos bien vale la pena de probar. ¿Se atreve usted?

Me atreví. Nos sentamos en el umbral de una puerta. Y mi embaucador comenzó:

—No voy a venderle a usted un sermón moral o religioso. Si usted es hombre de sólidas bases religiosas o morales, mi secreto no le sirve a usted para nada, porque entonces cuenta usted con sostenes superiores al anhelo de felicidad práctica. No quiero defraudarlo a usted. Mi mercancía sólo aprovecha a los escépticos absolutos.

—Pues yo soy uno de ellos —le dije, por seguirle el humor y para conocer el fin de la historia—. Estoy asqueado de la humanidad, lo que hoy por hoy no tiene nada de insólito. Es posible que la vida humana esté llamada a mejorar después de la catástrofe que hoy presenciamos. Pero eso no puede consolarme. Lo que me importaría es ser feliz yo mismo, en mi existencia actual y en el tiempo que me ha tocado. Y mi disgusto por cuanto veo y experimento ha asumido tales proporciones, que declaro, sin paradoja, que cuanto existe, el universo, la creación, han comenzado a incomodarme.

—Entonces usted es mi hombre, mi comprador ideal —me dijo el mago—. Me guardo sus cinco centavos y le doy en cambio mi receta: suicídese usted.

—¿Y eso es todo lo que tenía usted que decirme?

—Calma, no se impaciente, no he acabado. El valor de mi consejo está todo en el procedimiento. Hay muchos modos de suicidarse. El que yo propongo es el siguiente: suicídese usted mediante el único método del suicidio filosófico.

—¿Y es?

—Esperando que le llegue la muerte. Desinterésese un instante, olvídese de su persona, dése por muerto, considérese como cosa transitoria llamada necesariamente a extinguirse. En cuanto logre usted posesionarse de este estado de ánimo, todas las cosas que le afectan pasarán a la categoría de ilusiones intrascendentes, y usted deseará continuar sus experiencias de la vida por una mera curiosidad intelectual, seguro como está de que la liberación lo espera. Entonces, con gran sorpresa suya, comenzará usted a sentir que la vida le divierte en sí misma, fuera de usted y de sus intereses y exigencias personales. Y como habrá usted hecho, en su interior, tabla rasa, cuanto le acontezca le parecerá ganancia y un bien con el que ya usted no contaba. Al cabo de unos cuantos días, el mundo le sonreirá de tal suerte que ya no deseará usted morir, y entonces su problema será el contrario. Voy a darle a usted un ejemplo que encuentro en un autor predilecto. Usted, en su actual situación, ¿qué atención puede prestarle a un hacha de mano? Pero si usted fuera Robinsón, el náufrago, el que todo lo ha dado ya por perdido al rodar sobre la playa desierta ¿se imagina usted la alegría de rescatar una hacha? Pues aplíquelo usted a las cosas que le rodean, y hasta a los objetos que lleva en los bolsillos, el reloj y la pluma.

Medité un instante, y repuse:

—Tome usted otros cinco centavos, porque después de esto, voy a necesitar que me venda usted otra receta cuando, enamorado de la vida, vea venir la muerte con terror.

Cadena “Anta”, México, V-1943.

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La malicia del mueble. Por Alfonso Reyes

¡OH GUSTOSA continuidad! Cuando se vive en trato constante con la pluma, la sola armonía de la vida comunica al trabajo del escritor una coherencia más legítima que la de los sistemas artificialmente buscados y —sin remedio— siempre algo “traídos de los cabellos”. Hace muchos años yo hablaba de la insistencia con que ciertos humildes objetos —los cuellos viejos, las navajitas de afeitar— parecen pegarse a nuestra vida. Les llamé los objetos moscas.*

He aquí: ahora se me ofrece delatar otro mal de las materialidades que nos rodean. He aquí que los muebles, testigos mudos de nuestro existir, adquieren poco a poco, a fuerza de vernos y de palparnos o de sentirse palpados por nosotros, una manera de muda y sigilosa conciencia. Animales estáticos y, al parecer, enteramente pasivos, nos acechan, y nos van envolviendo en una baba invisible de intenciones. Como al fin son nuestros esclavos, las intenciones son vengativas: hay en los muebles una rebeldía expectante, una paz armada, una actitud de guerra fría, para decirlo en la lengua de nuestro tiempo. Y en ocasiones, allá cada vez que se atreven y confían en no ser descubiertos, nos lanzan un zarpazo oscuro.

Si se cae el lápiz, ya se sabe, es inevitable: la comodita se las arregla para hacerlo rodar, atraerlo, metérselo atrás o debajo (guardárselo en el seno, al modo de las cortesanas), de forma que no podamos encontrarlo. Los plúteos dejan caer los papeles hasta el fondo del escritorio. Al Fulgencio Tapiro de Anatole France se le derraman las papeletas por toda la estancia como una cascada de primavera. El libro que nos está haciendo falta se esconde, subrepticio, entre sus semejantes, que “juegan de codos” para disimularlo. Cuando la señora busca una aguja, pide al destino un alfiler, y al contrario, porque el destino nunca da exactamente lo que de él se espera. No hay pata de la mesa que pueda atreverse a decir (o es una descarada embustera): “Nunca te he pegado en las espinillas.” ¡Qué pocos sillones podrán jactarse de no habernos estorbado el paso! iQué pocos cajones, qué pocos agarraderos, de no habérsenos enganchado en el bolsillo cada vez que les es posible, con el manifiesto propósito de rasgarnos la prenda! Y ya he contado (Los siete sobre Deva)** de las butacas que se tragan las tijeritas y los dedales y los aprisionan en los forros. La tinta de la estilográfica se agota precisamente a la hora de la inspiración. O sobreviene el corto circuito al tiempo de hundir el bisturí. La portezuela del auto nos agarra los dedos. El velo prendido al vehículo y que estranguló a Isadora Duncan lo hizo de propósito, según las últimas investigaciones. Al conde de Esteban Collantes se le saltó la botonadura de los pantalones —y fue de intento—, cuando pronunciaba un ardoroso discurso en la Cámara de los Diputados de Madrid, de donde la gente dio en llamarlo “estaban colgantes” (así como a sus hijas, que vestían a la moda vieja, “estaban como antes”). La tetera se desfonda de pronto, y siempre a la hora crítica de servir el té a los amigos. El estoque salta en el descabello, y clava de arriba abajo al más inocente de los espectadores. Don Quijote —sabio entre todos— prefirió la fe a la comprobación y, advertido por el ensayo anterior, no quiso pulsar por segunda vez la resistencia de la celada que tan trabajosamente se fabricó, así como el que cierra los ojos a los posibles desmanes de su amada y sigue entregándole su confianza. Y no hace otra cosa el que compra una vajilla irrompible y, conocedor de la ironía de estos enseres, prefiere recomendar que nadie los toque. El cilindrero se queda con el manubrio en la mano a la hora más sentimental de Agustín Lara; y al galanteador le suena el teléfono a deshora. El ratero tal vez se dejó la protectora alpargata —el pie de gato del ladrón que decía el inmortal don Benito—, y sucede que los zapatos le rechinan, porque tampoco se acordó de pagarlos. El ascensor (vulgo “elevador”) se desploma cuando lo acaban de aceitar. La máquina de escribir se atranca como mula en lo más florido del cuento. Aquella mecedora nos tiene locos: ha dado en balancearse sola…

Y así, en inacabable desfile, la imperceptible rechifla, la quieta burla, la malicia de los muebles que fingen —sin embargo— ser nuestros más fieles amigos.

13-XII-1959

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El hombre a medias. Por Alfonso Reyes

Como el personaje de una conocida novelita, había perdido su sombra. La perdió a la vuelta de un camino y nunca la volvió a encontrar. La sombra se evaporó y volvió al cielo. Como los hombres-vampiros de los Cárpatos, había perdido su imagen en los espejos y en el agua, lo que hubiera sido el castigo verdadero para Narciso. Y el triste se lamentaba y decía:

—Apurar, cielos, pretendo, por qué cebáis en mí vuestra cólera y vuestra crueldad. Madrasta se mostró conmigo la naturaleza, y pues me ha dejado nacer, ¿por qué tan despiadadamente mutila mi condición de hombre? Cierto, yo no soy más que un hombre a medias, puesto que me hallo condenado a vivir sin sombra y sin reflejo. La vida terrestre exige un mínimo de conformidad con el cuerpo, con la materia humana, y este mínimo de conformidad no se sacia con ver yo mismo y palpar mi cuerpo (¡y menos mal que todavía no soy invisible a los ojos ajenos, como temo que me suceda un día, al paso que voy!), sino que también nos hacen falta la sombra y el reflejo como para mejor aceptarnos a nosotros mismos.

Así se lamentaba el triste, escondiendo a todos sus lágrimas, por no poder dar explicaciones sobre los tormentos que lo afligían. Y los que acaso lo sorprendieron diciendo entre dientes: “¡Soy un hombre a medias!” no siempre entendieron bien su amargura.

Pero una noche recibió un consuelo inesperado, aunque no sea fácil de comprender. Y ello fue que, a la luz de la humilde bujía con que se alumbraba, vio pasear sobre la pared de su cuarto la sombra de tres ángeles, cuyo bulto —inútil decirlo— era invisible. No puede expresarse lo que pasó en su alma, ni cómo transportó el portento que veía a modo de explicación negativa (o positiva) sobre su mísero estado. Pero una alegría, un contentamiento místico pareció inundarlo y bañarlo. Se consideró mucho menos descabal que antes, acaso completo. Entendió que también las realidades invisibles son realidades, y al cabo vivió y murió en paz sin maldecir ya de su suerte.

4 de septiembre de 1959

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Érase un perro. Por Alfonso Reyes

POR la terraza del hotel, en Cuernavaca, como los inacabables mendigos y los insolentes muchachillos del chicle, van y vienen perros callejeros, en busca de un bocado. Uno ha logrado conmoverme.

Es un pobre perro feo, pintado de negro y blanco, legañoso y despeinado siempre. Carece de encantos y de raza definida, pero posee imaginación, lo que lo enaltece en su escala. Como el hombre en el sofista griego —fundamento del arte y condición de nuestra dignidad filosófica—, es capaz de engañarse solo.

Se acerca siempre sin pedir nada, a objeto de que la realidad no lo defraude. Se tiende y enreda por los pies de los clientes, y así se figura tener amo. ¿Algún puntapié, algún mal modo, alguien que lo quiere echar de la terraza? El perro disimula, acepta el maltrato y vuelve, fiel: nada solicita, sólo quiere sentirse en dependencia, en domesticidad humana, su segunda naturaleza.

Los amos no son siempre afables, pero él entiende; los tiempos son duros, la gente no está de buen humor, los países andan revueltos, el dinero padece inflación, o sea que el trozo de carne está por las nubes. Toynbee diría que cruzamos una “era de tribulaciones” (age of troubles), algo como haberse metido en una densa polvareda. El perro entiende. Por lo pronto, ya es mucha suerte tener amos, o forjárselos a voluntad.

A veces, una mano ociosa, a fuerza de hábito, le acaricia el lomo. Esto lo compensa de sus afanes: “Sí —se dice meneando el rabo—, tengo amo, amo tengo.”

Hay algo todavía más expresivo cuanto a la ilusión del pobre perro, y es que se siente guardián del hotel, y gruñe a los demás perros y los persigue para que nadie moleste a sus señores ni mancille su propiedad.

Así, de espaldas a sus semejantes, sentado frente a su humana quimera, alza la cabeza, entra en éxtasis de adoración—y menea el rabo. (¿La “servidumbre voluntaria”?)

Novedades, México, 27 de diciembre de 1953.

Alfonso Reyes, “Érase un perro”, Las burlas veras, Obras Completas XXII, FCE, México,  1989, págs. 429-430.

La creación. Por Alfonso Reyes

JEHOVÁ se aburría divinamente.

—Me siento poeta creacionista —dijo al fin—. ¡Sea la luz!

Y fue la luz. Y creó la tierra y los cielos, las aves, los peces, los camellos y el hombre.

Y el hombre —Adán— recibió el encargo de poner nombre a los objetos de la creación. Y cuando acabó de enumerarlos todos, siguió creando objetos con la palabra.

Y Jehová observó:

—Privemos a Adán del don de crear por la palabra. De otra suerte, el mundo será pequeño para tanta creación, y el contenido será superior al continente.

Y Jehová, no pudiendo evitar que la palabra creara, inventó el ripio —que es como una falsa palabra— e inventó la palabra misteriosa, la que no se debe pronunciar, so pena de provocar catástrofes; por ejemplo, el nombre secreto de Alá, entre los antiguos árabes; el nombre secreto de Roma, sólo conocido de pocos iniciados y perdido ya para los sabios modernos.

Y de aquí el hermetismo: quien posee el nombre del dios, posee al dios; hay identidad entre el nombre y lo nombrado; luego conviene a la policía del universo que haya palabras misteriosas. Quien sabe mi nombre —mi nombre substancial— ése dispone de mí a su antojo.

—Y de aquí —opina un iniciado—, de aquí que Ivonne, Germaine y Georgette se resistan tanto a decirnos cómo se llaman.

Basta con enunciar una cosa para que exista. Pero hay que enunciarla “bien” (como en el Derecho Formulario); de lo contrario, sobreviene el ripio, que no crea.

Así pues, “crear” es hablar “bien”. No “crean” todos los que “hablan” (o escriben).

El Universal Ilustrado, México, 26 de agosto de 1920.

Alfonso Reyes, “La creación”, Anecdotario inédito [1914-1959], Obras Completas XXIII, FCE, México, 1994, p. 423