Archivo de la categoría: Poema

Ángeles. Por Alfonso Reyes

A Jean Cocteau

Los ángeles con joroba,

Juan Coqueto,

los ángeles con joroba

no llevan cruz en el pecho.

No llevan escapularios,

ni llevan nada.

Sólo -Dios sabe por qué-

cargan alas a la espalda.

En tiempo de mis abuelos,

los ángeles con joroba

solían contar un cuento,

sabían labrar, sabían

cocinar para el convento.

Se han olvidado de todo

ahora, con tanto invento.

Si antes, a todo apurar,

eran ángeles domésticos,

como no sirven de nada

son ahora más angélicos,

del modo que, sin la rima,

el verso ha de ser más verso.

Ya no ayudan, ya no velan,

ya no nos cuidan el sueño;

ya no vamos recostados

en ellos, como el poeta.

La ley de gravitación

los deja insensibles. Ellos

y los suspiros no hacen

nada por el Universo.

Ya no sirven para nada,

son ángeles, sólo eso.

Río de Janeiro, 1931

Zoon Politikon. Por Ida Vitale

Il nʼy a de paix quʼau-dessus des
serpents de la terre.

Max Jacob

Quisieras escribir al margen de combustiones
y escalofríos,
malezas que ametrallan
y testimonios del fracaso de toda magia,
remediando azogues roídos para que
del otro lado del espejo se llegue
a los jardines sin tormenta ni astucia,
donde el té circular y los amigos íntimos
lejanos.
Quisieras convertir los pantanos en manantiales de limpio
berro,
izar la historia,
red reptante donde tropiezas
y te cubres de presagios amoratados.
Pero sigues por arenales de sofocación hasta ningún fin,
a vararte en el horror prometido.
La espalda, triste signo,
acata tablas dictadas entre
truenos y violencia.

Quisieras estar naciendo en edad de razón.

 

Fuente: Ida Vitale. Nota introductoria Víctor Sosa y selección de la autora. Material de lectura, UNAM, México, 2013, p. 19. Disponible en: http://www.materialdelectura.unam.mx/index.php/poesia-moderna/16-poesia-moderna-cat/344-196-ida-vitale?showall= 

 

D. H. Lawrence y los poetas muertos. Por José Emilio Pacheco

They look on and help

No desconfiemos de los muertos

que prosiguen viviendo en nuestra sangre.

No somos ni mejores ni distintos:

Tan sólo nombres y escenarios cambian.

 

Y cada vez que inicias un poema

convocas a los muertos.

Ellos te miran escribir,

te ayudan.

9 de febrero de 1913. Por Alfonso Reyes

¿En qué rincón del tiempo nos aguardas,
desde qué pliegue de la luz nos miras?
¿Adónde estás, varón de siete llagas,
sangre manando en la mitad del día?

Febrero de Caín y de metralla:
humean los cadáveres en pila.
Los estribos y riendas olvidabas
y, Cristo militar, te nos morías...

Desde entonces mi noche tiene voces,
huésped mi soledad, gusto mi llanto.
Y si seguí viviendo desde entonces

es porque en mí te llevo, en mí te salvo,
y me hago adelantar como a empellones,
en el afán de poseerte tanto.

Río de Janeiro, 24 de diciembre, 1932.-VS

Retrato de Alfonso Reyes. Por Carlos Pellicer

I
La palabra a la mano y en la mano
toda la flor de la sabiduría.
Era un bosque y hablaba como el día;
noche de lucidez tuvo su arcano .

Fue como un príncipe republicano;
un diamante de toda garantía.
Un diamante engarzado en la alegría
de tener siempre cerca lo lejano.

Si de la Poesía los confines
alcanzó, los antiguos paladines
le vieron junto al mar armando el viaje

que entre sirenas y constelaciones
colocó, a la manera de un paisaje
lleno de misteriosas relaciones.

II

En el espacio de una perla, cabe;
es todo el mar y sólo es una gota.
Escribe con ternura de gaviota
Poniéndole la sal a su jarabe.

Hay un rincón en el que todo cabe:
el arpa abandonada y lo que brota
de tanta soledad. De odio, ni jota.
Nada que la armonía menoscabe

Si con los ojos la palabra hechiza
y sonríe al mirar, su voz maciza
de pájaro barítono clarea.

¡Ay, Alfonso, qué hermoso haber estado
contigo tantas veces! Lisonjea
toda una vida haberte siempre amado.

III

Si sacar las palomas del sombrero
aun cuando en el sombrero no hay palomas …
Esto fue así ¿no es cierto? Las palomas
a veces fueron águilas primero.

Toda Tenoxtitlán y todo Homero
y diagonales límpidas de aromas.
y las Grecias, las Francias y las Romas
le dieron de sus luces el lucero.

Si Góngora y el Cid —alma y diadema—
diéronle conjunción y no dilema;
si habitar el idioma fue su silla

y comprender, el drama de su juego,
Alfonso Reyes, hombre y maravilla
tuvo del solla luz y el amor ciego.

Las Lomas, junio 4 y 5 de 1960

A Cuernavaca. Por Alfonso Reyes

A Cuernavaca voy, dulce retiro,
cuando, por veleidad o desaliento,
cedo al afán de interrumpir el cuento
y dar a mi relato algún respiro.

A Cuernavaca voy, que sólo aspiro
a disfrutar sus auras un momento:
pausa de libertad y esparcimiento
a la breve distancia de un suspiro.
Ni campo ni ciudad, cima ni hondura;
beata soledad, quietud que aplaca
o mansa compañía sin hartura.

Tibieza vegetal donde se hamaca
el ser en filosófica mesura…
¡A Cuernavaca voy, a Cuernavaca!

II

No sé si con mi ánimo lo inspiro
o si el reposo se me da de intento.
Sea realidad o fingimiento,
¿a qué me lo pregunto, a qué deliro?
Básteme ya saber, dulce retiro
que solazas mis sienes con tu aliento:
pausa de libertad y esparcimiento
a la breve distancia de un suspiro.

El sosiego y la luz el alma apura
como vino cordial; trina la urraca
y el laurel. de los pájaros murmura;

Vuela una nube; un astro se destaca,
y el tiempo mismo se suspende y dura . . .
¡A Cuernavaca voy, a Cuernavaca!

Decir: Hacer. Por Octavio Paz

A Roman Jakobson

Entre lo que veo y digo,
Entre lo que digo y callo,
Entre lo que callo y sueño,
Entre lo que sueño y olvido:

La poesía

 

Se desliza entre el sí y el no:
dice
lo que callo,
calla
lo que digo,
sueña
lo que olvido.

No es un decir:
es un hacer.
Es un hacer
que es un decir.

La poesía
se dice y se oye:
es real.
Y apenas digo
es real,
se disipa.


¿Así es más real?
Idea palpable,
palabra
impalpable:
la poesía
va y viene
entre lo que es
y lo que no es.
Teje reflejos
y los desteje.

La poesía
siembra ojos en las páginas
siembra palabras en los ojos.
Los ojos hablan
las palabras miran,
las miradas piensan.


Oír
los pensamientos,
ver
lo que decimos
tocar
el cuerpo
de la idea.
Los ojos
se cierran
Las palabras se abren.

Octavio Paz

A Bolívar, por Carlos Pellicer

Señor: he aquí a tu pueblo; bendícelo y perdónalo.

Por ti todos los bosques son bosques de laurel.

Quien destronó a la Gloria para suplirla, puede

juntar todos los siglos para exprimir el Bien.

Dónanos tu pujanza, resucita la Aurora

que encendiste en los Andes iluminando el mar.

Desnuda sobre el cielo los rayos de tu espada

y úngenos con los ínclitos áloes de tu bondad.

Si una fuerza envidiosa desordenara el trazo

con que impusiste aquí los senderos al Sol,

cincela con tu espada y funde con tu abrazo,

(Oh escultor desta América), el hondo corazón

de las veinte Repúblicas atentas a tu brazo

para mostrarle al mundo tu milagro de Amor.

En la América Española, el 7 de agosto de 1919, primer Centenario del triunfo de Boyacá

Carlos Pellicer, Colores en el mar y otros poemas, 1921

Hermandad. Por Octavio Paz

Homenaje a Claudio Ptolomeo

Soy hombre: duro poco

y es enorme la noche.

Pero miro hacia arriba:

las estrellas escriben.

Sin entender comprendo:

también soy escritura

y en este mismo instante

alguien me deletrea.

Morena. Por Alfonso Reyes

Trigueña nuez del Brasil,

castaña de Marañón:

tienes la color tostada

porque se te unta el sol.

De las algas mitológicas

en el marino crisol,

como la sal se te pega

tienes tostado el color.

Ilesa virgen de aceite,

lámpara de hondo fulgor:

sales a apagar el día,

ya diamante, ya carbón.

En el vaho de la arena

¿no se consume la flor?

No se consume: se alarga

el tallo, rompe el botón.

Misterio: ceniza y fruta;

ceniza sin amargor,

fruta áspera con acres

aromas de tocador.

Mirra y benjuí por los brazos,

gusto de clavo el pezón:

quien hace la ruta de Indias

corta la especia mejor.

Cierto, tenderé la vela:

me siento descubridor,

alumno de Marco Polo

y de Cristóbal Colón.

—¡Tierra!—grito, y en el seno

del barro que te crió,

hinca ya la carabela

la quilla y el espolón.

Tierra oscura me recibe,

en sorda germinación,

en la que saltan los árboles

como rayos de explosión.

Truena Dios, y mi ventura,

al tiempo que truena Dios,

está en volver a la sombra

donde he nacido yo.

—Callen las onzas de plata

cuando se escucha esta voz:

“Hijas de Jerusalén,

el sueldo de cobre soy.”

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Visita del Parnaso. Por Alfonso Reyes

Los poetas, los poetas

—qué cosa tan singular—

beben su vino de gallo

y lo duermen hasta el mar.

Musa de grandes orejas,

si hay huevos en tu panal,

entre cada sol y sol

tiende otro verso a secar.

Los poetas, los poetas

—qué cosa tan singular—

beben su vino de gallo

y lo duermen hasta el mar.

El amor tira con letras,

que es mucha su libertad;

da la hora el alfabeto,

y la pluma, la señal.

Los poetas, los poetas

—qué cosa tan singular—

beben su vino de gallo

y lo duermen hasta el mar.

El cuco de los doctores

crece en la bota marcial,

y el clavel suelta sus trinos

en la hembra natural.

Los poetas, los poetas

—qué cosa tan singular—

beben su vino de gallo

y lo duermen hasta el mar.

Ya no sabe la campana

de qué mano ha de tirar,

y el sastre a cortar empieza

su pesebre y su portal.

Los poetas, los poetas

—qué cosa tan singular—

beben su vino de gallo

y lo duermen hasta el mar.

Salta el árbol de la historia

de la manzana de Adán:

de cada pezón, a Eva

se le salía el maná.

Los poetas, los poetas

—qué cosa tan singular—

beben su vino de gallo

y lo duermen hasta el mar.

Río de Janeiro, 1931.—OV.

Alfonso Reyes, Obras completas X, Constancia poética, Fondo de Cultura Económica, México, 1996, pp. 134-136.

Consagración. Por Alfonso Reyes

Ya no pedirás albricias,

mitad del conocimiento,

que te hice de cristal

para siempre.

Ya verás, mitad del día;

ya verás, mitad del tiempo,

lo que vale ser recuerdo

para siempre.

A la gala de la luz,

y a la noche no,

fija en acciones volcadas,

aquí te sujeto yo.

Con tres compases de santa,

de santa sin resplandor,

bajaste de la peana,

que es el milagro mayor.

Hoy te adoran las sandalias

que aplastas con el talón;

te adoran los candeleros

que tiemblan en el salón,

y hasta la forma del aire,

en el hueco que dejaste,

donde se cuajó tu vida

para siempre.

Ya no corres ni te vas:

te matamos, te maté.

—Y vosotras, a soñar

sin decir palabra,

que las estrellas nacieron

para estar calladas.

Río de Janeiro, 1934.—OV.

Alfonso Reyes, Obras completas X, Constancia poética, Fondo de Cultura Económica, México, 1996, pp. 133-134.

Ángeles. Por Alfonso Reyes

A Jean Cocteau

Los ÁNGELES con joroba,

Juan Coqueto,

los ángeles con joroba

no llevan cruz en el pecho.

No llevan escapularios,

ni llevan nada.

Sólo —Dios sabe por qué—

cargan alas a la espalda.

En tiempo de mis abuelos,

los ángeles con joroba

solían contar un cuento,

sabían labrar, sabían

cocinar para el convento.

Se han olvidado de todo

ahora, con tanto invento.

Si antes, a todo apurar,

eran ángeles domésticos,

como no sirven de nada

son ahora más angélicos,

del modo que, sin la rima,

el verso ha de ser más verso.

Ya no ayudan, ya no velan,

ya no nos cuidan el sueño;

ya no vamos recostados

en ellos, como el poeta.

La ley de gravitación

los deja insensibles. Ellos

y los suspiros no hacen

nada por el Universo.

Ya no sirven para nada,

son ángeles, sólo eso.

Río de Janeiro, 1931.—OV. RA

Alfonso Reyes, Obras completas X, Constancia poética, Fondo de Cultura Económica, México, 1996, pp. 132-133.

Teoría prosaica. Por Alfonso Reyes

I

En mi tierra sancochaban

los cabritos en la estaca,

con otra estaca arrancando

el pellejo hecho carbón.

Pero en el campo argentino

lo hacen mejor:

con la costumbre judía

de que hablan los Tharaud,

el noble asado con cuero

se come junto al fogón,

en la misma res mordiendo,

cortando con el facón.

¡Hasta la gente del campo

nos da lección!

Alguna vez hay que andar

sin cuchillo y tenedor,

pegado a la humilde vida

como Diógenes al charco,

y como cualquier peón.

II

¡Y decir que los poetas,

aunque aflojan las sujetas

cuerdas de la preceptiva,

huyen de la historia viva,

de nada quieren hablar,

sino sólo frecuentar

la vaguedad pura!

Yo prefiero promiscuar

en literatura.

No todo ha de ser igual

al sistema decimal:

mido a veces con almud,

con vara y con cuarterón.

Guardo mejor la salud

alternando lo ramplón

con lo fino,

y junto en el alquitara

—como yo sé—

el romance paladino

del vecino

con la quintaesencia rara

de Góngora y Mallarmé.

III

Algo de ganga en el oro,

algo de tierra sorbida

con la savia vegetal;

la estatua medio metida

en la piedra original;

la voz, perdida entre el coro;

cera en la miel del panal;

y el habla vulgar fundida

con el metal del habla más escogida

—así entre cristiano y moro—,

hoy por hoy no cuadran mal:

así va la vida,

y no lo deploro.

Río de Janeiro, 1931.—OV.

Alfonso Reyes, Obras completas X, Constancia poética, Fondo de Cultura Económica, México, 1996, pp. 130-132.

Cacería divina. Por Alfonso Reyes

Se mecía en la luz como entre espadas,

azuzaba con voces las estrellas,

amanecía con locuras nuevas

y dormía celado de fantasmas.

Retozaba en el viento hecho palabras,

iba entre flores sin burlarse de ellas

y volteaba en la campana hueca

del cielo, sordo de la campanada.

Pero en el aire se juntaban fuerzas,

tretas de cazador, silbos de flechas…

—Y quiere huír. Y rueda sin sollozo.

Que lame el asta atravesado el oso,

y éste miraba sonriendo el bronco

árbol que salta de su corazón.

Río de Janeiro, 1931.—VS

Alfonso Reyes, Obras completas X, Constancia poética, Fondo de Cultura Económica, México, 1996, p. 130.

Salambona. Por Alfonso Reyes

¡Ay, Salambó, Salambona,
ya probé de tu persona!

¿Y sabes a lo que sabes?
Sabes a piña y a miel,
sabes a vino y a dátiles,
a naranja y a clavel,
a canela y azafrán,
a cacao y a café,
a perejil y tomillo,
higo blando y dura nuez.
Sabes a yerba mojada,
sabes al amanecer.
Sabes a égloga pura
cantada con el rabel.
Sabes a leña olorosa,
pino, resina y laurel.
A moza junto a la fuente,
que cada noche es mujer.
Al aire de mis montañas,
donde un tiempo cabalgué.
Sabes a lo que sabía
la infancia que se me fue.
Sabes a todos los sueños
que a nadie le confesé.

¡Ay, Salambó, Salambona,
ya probé de tu persona!

Alianza del mito ibérico
y el mito cartaginés,
tienes el gusto del mar,
tan antiguo como es.
Sabes a fiesta marina,
a trirreme y a bajel.
Sabes a la Odisea,
sabes a Jerusalén.
Sabes a toda la historia,
tan antigua como es.
Sabes a toda la tierra,
tan antigua como es.
Sabes a luna y a sol,
cometa y eclipse, pues
sabes a la astrología,
tan antigua como es.
Sabes a doctrina oculta
y a revelación tal vez.
Sabes al abecedario,
tan antiguo como es.
Sabes a vida y a muerte
y a gloria y a infierno, amén.

Río de Janeiro, 20 de agosto, 1935

Tomo X, Obras completas, Fondo de Cultura Económica, México, 1996, pp. 157-158

 

La canción del equipaje, por Alfonso Reyes

Para Bitácora, revista de los más jóvenes

No todo ha de ser vivir,

y vivir para jamás cantar.

Era, pues, un nuevo equipaje,

que cantaba al hacerse al mar.

La nave, como era tan leve,

partía por la vertical.

Los que se quedaban en tierra

no se lo van a perdonar.

“¡Suba el que quiera! —gritan ellos,

pero el recelo puede más;

y aunque muchos los envidiaban,

no se querían arriesgar.

Que aunque hay Islas Afortunadas

y muchos reinos que buscar,

también hay Mares Tenebrosos,

caníbales y lo demás.

¡Mejor es largar las amarras

y que nos dejen ir en paz!

Esos que cuentan con los dedos

¡que nos dejen en paz!

Quédense ahí con sus disputas,

con su rabia y su porfiar.

Después de todo y a la postre,

no los vamos a contentar.

Porque está más allá del sueño

lo que queremos conquistar;

está más allá de la noche;

está más allá

de las manos y de los ojos;

está más allá

de los espacios y los años;

está más allá

de las raíces y del humus;

está más allá

de las lágrimas y la sangre;

está más allá.

Buenos Aires, 25 de marzo, 1937

Alfonso Reyes y Porfirio Barba Jacob

En nueve cuartetos de versos alejandrinos de rima pareada, Alfonso Reyes (de 20 años) formula un saludo al romero peregrino (en ese entonces llamado Ricardo Arenales de 26 años de edad). Ricardo Arenales, quien pocos años después sería, Porfirio Barba Jacob. Ricardo era un poeta de la fatalidad trágica y un valeroso periodista crítico y polémico: “ciego del mundo, y sabio para mirar al cielo/ sueltas la mente por donde los astros van”, que con sus huesos a la cárcel había ido a parar, por criticar en 1909 al régimen porfirista, desde una postura “reyista”. El general Bernardo Reyes (padre de Alfonso) era un prestigiado militar, aliado y compañero de armas de Porfirio Diaz durante más de veinte años, pero para ese entonces, ya era un incómodo rival (al grado que existía un Partido Reyista), en la sucesión presidencial del Presidente por 30 años, el general don Porfirio Díaz.
Años después, nuestro “romero”, ya como Porfirio Barba Jacob, también criticará implacable a los “revolucionarios”: Carranza, Obregón y Calles. En cambio, sabrá reconocer en las figuras de los “bandidos” Emiliano Zapata y sobre todo Pancho Villa, a los representantes de la revolución social del México profundo.
Cuenta una de las leyendas negras, que escribió una biografía de Villa, de la que se vendieron más de veinte mil ejemplares, en el norte de México y el sur de los Estados Unidos, aunque a la fecha no aparece ni uno sólo.
Miguel Ángel, Ricardo, Porfirio, Pedro, Pablo, Juan Pueblo, fueron algunos de los otros, de los heterónimos en los que su espíritu encarnó, como queriendo fundirse en el crepúsculo, mientras vuelan los serafines “y en la tarde tu lámpara arde como un rubí.”

Salutación al Romero
A Ricardo Arenales

Caminas por el Prado, que está de primavera
Y, ciego, ¿no contemplas sino el radioso vano?
¿Adónde, adónde, ciego, conduces la carrera,
alzando a Dios las palmas que llevas en la mano?

Ciego del mundo, y sabio para mirar el cielo,
sueltas la mente por donde los astros van,
Como en la noche oscura, por el monte Carmelo,
Erraba, libre, el alma del mismo San Juan.

La tierra estaba verde, el cielo estaba rosa
Y, lejos, en el cielo, fulguraba una cruz.
Pasaste tú, romero, y no mirabas cosa,
sino, en el cielo, la maravillosa luz.

¿Andabas por el prado, que está de primavera,
y, ciego, no mirabas sino el radioso vano?
¿Adónde, adónde, ciego, llevabas la carrera
alzando a Dios las palmas que ofrecía tu mano?

A mi, qué, dónde piso, siento en la voz del suelo,
¿qué me dices con tu silencio y tu oración?
¿Qué buscas, con los ojos fatigados de cielo,
más alto que la vida y sobre la pasión?

Romero: en el crepúsculo vuelan los serafines.
En la dorada luz te borras para mí.
Tu alma y el crepúsculo se mezclan por afines,
y en la tarde tu lámpara arde como un rubí.

La sacrosanta lámpara donde quemar perfumes;
la de alumbrar, nocturna, la trabajosa senda;
la que ha de velar por ti, cuando te abrumes
en medio de la noche azul, bajo la tienda-.

El romero, que estaba en medio de la tarde,
me miró silenciosamente, con claridad:
yo no vi en sus ojos mentira ni alarde,
sino la inmóvil luz de la fatalidad.

La lumbre de la tarde se apaga. Raudo giro
de imperceptibles pájaros vibra con suave son.
Y un grito, y un sollozo, y un canto, y un suspiro
se ahogan en la tarde como en mi corazón.

Alfonso Reyes, noviembre de 1909

Oración del 9 de febrero. Por Alfonso Reyes

En Oración del 9 de febrero, Alfonso Reyes rinde un homenaje a su padre, quien perdió la vida en 1913 durante los acontecimientos de la Decena Trágica, y explora la orfandad desde la complicidad de su amor filial. Sobre este texto, el crítico literario Christopher Domínguez Michael ha escrito: “Es una de las piezas más perfectas y conmovedoras en la historia de la prosa hispanoamericana”. La voz es de Juan Stack.

AudioIcono11

Disponible en: http://descargacultura.unam.mx/app1#

Lectura a cargo de: Juan Stack
Estudio de grabación: Universum. Museo de las Ciencias
Música: Juan Pablo Villa
Operación y postproducción: Fabiola Rodríguez /Cristina Martínez
Año de grabación: 2015

Aviso sobre la trayectoria de la modernidad. Por Octavio Paz

La expresión poesía mexicana es ambigua: ¿poesía escrita por mexicanos o poesía que de alguna manera revela el espíritu, la realidad o el carácter de México? Nuestros poetas escriben un español de mexicanos del siglo XX pero la mexicanidad de sus poemas es tan dudosa como la idea misma de genio nacional. Se dice que López Velarde es el más mexicano de nuestros poetas y, no obstante, se afirma que su obra es de tal modo personal que sería inútil buscar una parecida entre sus contemporáneos y descendientes. Si aquello que le distingue es su mexicanidad, habría que concluir que ésta consiste en no parecerse a la de ningún otro mexicano. No sería un carácter general sino una anomalía personal. En realidad la obra de López Velarde tiene más de un parecido con la del argentino Lugones que, a su vez, se parece a la del francés Laforgue. No es el genio nacional sino el espíritu de la época lo que une a estos tres poetas tan distinto entre sí. Esta observación es aplicable a otras literaturas: Manrique se parece más a Villon que a Garcilaso, y Góngora está más cerca de Marino que de Berceo. Es discutible la existencia de una poesía barroca, romántica o simbolista. No niego las tradiciones nacionales ni el temperamento de los pueblos; afirmo que los estilos son universales o, más bien, internacionales. Lo que llamamos tradiciones nacionales son, casi siempre, versiones y adaptaciones de estilos que fueron universales. Por último, una obra es algo más que una tradición y un estilo: una creación única, una visión singular. A medida que la obra es más perfecta son menos visibles la tradición y el estilo. El arte aspira a la transparencia.

La poesía de los mexicanos es parte de una tradición más vasta: la de poesía de lengua castellana escrita en Hispanoamérica en la época moderna. Esta tradición no es la misma que la de España. Nuestra tradición es también y sobre todo un estilo polémico, en lucha constante con la tradición española y consigo mismo: al casticismo español opone un cosmopolitismo a su propio cosmopolitismo, una voluntad de ser americano. Apenas se hizo patente esta voluntad de estilo a partir del “modernismo”, se entabló un diálogo entre España e Hispanoamérica. Ese diálogo es la historia de nuestra poesía: Darío y Jiménez, Machado y Lugones, Huidobro y Guillén, Neruda y García Lorca. Los poetas mexicanos participan en ese diálogo desde los tiempos de Gutiérrez Nájera y la Revista Azul. Sin este diálogo no habría poetas modernos en México pero asimismo, sin los mexicanos la poesía de nuestra lengua no sería lo que es. Subrayo el carácter hispanoamericano de nuestros autores porque creo que la poesía escrita en nuestro país es parte de un movimiento generacional que se inicia hacia 1885 en la porción hispánica de América. No hay poesía argentina, mexicana, venezolana: hay una poesía hispanoamericana o, más exactamente, una tradición y un estilo hispanoamericanos. Las historias nacionales de nuestra literatura son tan artificiales como nuestras fronteras políticas. Unas y otras son consecuencia del gran fracaso de las guerras de independencia. Nuestros libertadores y sus sucesores nos dividieron. Ahora bien, lo que separaron los caudillos ¿no lo unirá la poesía? Así pues, este libro sólo presenta un fragmento, la porción mexicana, de la poesía hispanoamericana. Esta limitación nacional, por más antipática que parezca, no es demasiado grave. Nuestro libro no es sino una contribución al diálogo hispanoamericano.

Si el criterio de nacionalidad me parece insuficiente, ¿qué decir del prejuicio de la modernidad? Escribo prejuicio porque convengo en que lo es. Ahora que es un prejuicio inseparable de nuestro ser mismo: la modernidad, desde hace cien años, es nuestro estilo. Es el estilo universal. Querer ser moderno parece locura: estamos condenados a serlo, ya que el futuro y el pasado nos están vedados. Pero la modernidad no consiste en resignarse a vivir este ahora fantasma que llamamos siglo XX. La modernidad es una decisión, un deseo de no ser como los que nos antecedieron y un querer ser el comienzo de otro tiempo. La sabiduría antigua predicaba vivir el instante -un instante único y, sin embargo, idéntico a todos los instantes que lo habían precedido. La modernidad afirma que el instante es único porque no se parece a los otros: nada hay nuevo bajo el sol, excepto las creaciones e inventos del hombre; nada es nuevo sobre la tierra, excepto el hombre que cambia cada día. Aquello que distingue el instante de los otros instantes es su carga de futuro desconocido. No repetición sino inauguración, ruptura y no continuidad. La tradición moderna es la tradición de la ruptura. Ilusoria o no, esta idea enciende al joven Rubén Darío y lo lleva a proclamar una estética nueva. El segundo gran movimiento del siglo se inicia también como ruptura: Huidobro y los ultraístas niegan con violencia el pasado inmediato.

El proceso es circular: la búsqueda de un futura termina siempre con la reconquista de un pasado. Ese pasado no es menos nuevo que el futuro: es un pasado reintentado. Cada instante nace un pasado y se apaga un futuro. La tradición también es un invento de la modernidad. O dicho de otro modo: la modernidad construye su pasado con la misma violencia con que edifica su futuro. Castillos en el aire, no menos fantásticos y vulnerables que los edificios intemporales de otras épocas. En suma, nuestro perjuicio  es más un destino: es asumir el tiempo que nos tocó vivir no como algo impuesto sino como algo querido -un tiempo que no se parece a los otros tiempos y que es siempre hasta en sus cacofonías y repeticiones, la encarnación de lo inesperado. La modernidad nace de la desesperación y está perpetuamente enamorada de lo inesperado. Su gloria y su castigo no son de este mundo: son las maravillas y los desengaños del futuro. Nuestro libro pretende reflejar la trayectoria de la modernidad en México: poesía en movimiento, poesía en rotación.

Las antologías aspiran a presentar los mejores poemas de un autor o de un período y, así, postulan implícitamente una visión más o menos estática de la literatura. Inclusive si admite que los gustos cambian, la crítica afirma casi siempre que las obras permanecen aunque la visión de un crítico sea distinta de la de otro crítico, el paisaje que contemplan es el mismo. Este libro está inspirado por una idea distinta: el paisaje también cambia, las obras no son nunca las mismas, los lectores son igualmente autores (actores). Las obras que nos apasionan son aquellas que se transforman indefinidamente; los poemas que amamos son mecanismos de significaciones sucesivas -una arquitectura que sin cesar se deshace y se rehace, un organismo en perpetua rotación. No la belleza quieta sino las mutaciones, las transformaciones. El poema no significa pero engendra las significaciones: es es lenguaje en su forma más pura.

Movilidad del paisaje contemplado y movilidad de punto de vista: no es lo mismo leer a Segovia o a Sabines desde la perspectiva de un lector de González Martínez que leer a Tablada o a Gorostiza desde la de Montes de Oca o de Aridjis. En el primer caso nuestro punto de vista será estático: vemos al presente desde un pasado consumado; en el segundo, vemos al pasado desde un presente en movimiento: el pasado insensible se anima, cambia, marcha hacia nosotros. En general la crítica busca la continuidad de una literatura a partir de autores consagrados: ve al pasado como un comienzo y al presente como un fin provisional; nosotros pretendemos alterar la visión acostumbrada: ver en el presente un comienzo, en el pasado un fin. Este fin también es provisional porque cambia a medida que cambia el presente. Si el presente es un comienzo, la obra de Pellicer, Villaurrutia y Novo es la consecuencia natural de la poesía de los jóvenes y no a la inversa. La prueba de la juventud de estos tres poetas es que soporta la cercanía de los jóvenes. El presente la cambia, le otorga nuevo sentido. En cambio, si no hay una relación viva entre el presente y el pasado, si el pasado es insensible a la acción de los jóvenes, no es aventurado afirmar que hay una ruptura: ese pasado no nos pertenece. Por supuesto, no quiero decir que sea desdeñable: simplemente no es nuestro, no forma parte de nuestro presente.

Este libro no es una antología sino un experimento. Lo es en dos sentidos: por la idea que lo anima y por ser una obra colectiva. Sobre lo segundo diré que nuestra coincidencia no ha sido absoluta. Desde el principio se manifestaron ciertas diferencias de interpretación. Nada más natural. Uno de nosotros observó que la idea de “tradición de la ruptura” es contradictoria: si hay tradición, algo permanece (sustancia o forma) y la cadena no se rompe; si hay ruptura, la tradición se quebranta e, inclusive, se extingue. Otro repuso que la tradición se preserva gracias a la ruptura: los cambios son su continuidad. Una tradición que se petrifica sólo prolonga a la muerte. Y más: transmite muerte. Réplica: el ejemplo de las sociedades tradicionales desmiente las supuestas virtudes vivificadoras de la ruptura. Nada cambia en ellas y, no obstante, la tradición está viva. Contestación: la tradición es una invención moderna. Los llamados pueblos tradicionales no saben que lo son; repiten unos gestos heredados de la historia, fuera del tiempo -o, más bien, inmersos en otro tiempo, cíclico y cerrado. Sólo la ruptura nos da conciencia de la tradición. Nueva réplica: lo contrario es cierto: gracias a la tradición tenemos conciencia de los cambios…

No repetiré aquí todo lo que dijimos. En un momento de la discusión surgió la verdadera divergencia: Alí Chumacero y José Emilio Pacheco sostuvieron que, al lado del criterio central del cambio, deberíamos tomar en cuenta otros valores: la dignidad estética, el decoro -en el sentido horaciano de la palabra-, la perfección. Aridjis y yo nos opusimos. Nos parecía que aceptar esa proposición era recaer en el eclecticismo que domina desde hace muchos años la crítica y la vida intelectual de México. Ni los convencimos ni nos convencieron. Se me ocurrió que no quedaba otro remedio que publicar, en el mismo libro, dos selecciones. Nueva dificultad: algunos poetas figurarían en ambas, aunque con poemas diferentes. Alguien propuso una solución intermedia: incluir también a los autores que cultivan el “decoro” pero que, en algún momento, han coincido con la tradición del cambio. A pesar de que Aridjis y yo queríamos un libro parcial, nos inclinamos sin alegría. Esto explica la presencia de nombres que sólo de una manera tangencial pertenecen a la tradición del movimiento y la ruptura. Al mismo tiempo procuramos al seleccionar sus poemas, ajustarnos dentro de lo posible a la idea de mutación. No creo que lo hayamos conseguido en todos los casos. No importa: a despecho de este libro, el lector percibirá la continuidad de una corriente que comienza con José Juan Tablada, avanza y se ensancha en la obra de 4 o 5 poetas del grupo siguiente, más tarde se desvía y oculta -aunque sólo para reaparecer con mayor violencia en tres o cuatro poetas de mi generación- y, en fin, acaba por animar a la mayoría de los nuevos poetas.

Dividimos el libro en cuatro partes. La primera está consagrada a los jóvenes. No es ni puede ser una selección completa. Más que un cuadro de la poesía reciente es una ventana abierta a un paisaje que cambia con velocidad. La segunda parte nos enfrentó a un grupo disperso y cuya obra de verdad significativa se inicia no en la juventud sino en la madurez. Es una generación marcada por la segunda Guerra Mundial y por las querellas ideológicas que la precedieron y siguieron. Más tarde que las otras, como para recobrar el tiempo perdido, da un salto hacia adelante, hacia su juventud. Omitimos a Neftalí Beltrán y a Manuel Ponce porque pensamos que lo mejor de su obra no corresponde a la “tradición de la ruptura”. Confieso que, ya en prensa este libro, pensé que su exclusión no se justifica enteramente: su caso no es distinto al de varios poetas que figuran en esta sección y en la siguiente. La tercera parte es más homogénea. Las obras decisivas de este grupo, con la excepción de José Gorostiza, son las de juventud. No faltará quien nos reproche la ausencia de Jorge Cuesta. La influencia de su pensamiento fue muy profunda en los poetas de su generación y aún en la mía, pero su poesía no está en sus poemas sino en la obra de aquellos que tuvimos la suerte de escucharlo. A media que nos internamos en el tiempo los nombres disminuyen. Por eso no es extraño que el cuarto grupo (1915) sólo incluya a cuatro poetas. Uno de ellos, Alfonso Reyes, no pertenece realmente a la tradición moderna pero una porción limitada de su obra sí revela ese espíritu de aventura y exploración que nos interesa destacar. El caso de López Velarde también parece, a primera vista, dudoso. No lo es. Cierto, es el poeta de la tradición: ¿será necesario recordar que para él esa palabra era sinónimo de novedad? El tercer poeta de este grupo es un solitario que nunca ha publicado un libro de versos: Julio Torri. Fue uno de los primeros que, entre nosotros, escribieron poemas en prosa. Con él aparece en nuestra lengua el humor moderno. El cuarto poeta es un tránsfuga del modernismo: José Juan Tablada. Tal vez es nuestro poeta más joven.

 

El otro tigre. Por Jorge Luis Borges

 

Borges y Kodama
Jorge Luis Borges y María Kodama

And the craft createth a semblance.

Morris: Sigurd the Volsung (1876)

Pienso en un tigre. La penumbra exalta
La vasta Biblioteca laboriosa
Y parece alejar los anaqueles;
Fuerte, inocente, ensangrentado y nuevo,
él irá por su selva y su mañana
Y marcará su rastro en la limosa
Margen de un río cuyo nombre ignora
(En su mundo no hay nombres ni pasado
Ni porvenir, sólo un instante cierto.)
Y salvará las bárbaras distancias
Y husmeará en el trenzado laberinto
De los olores el olor del alba
Y el olor deleitable del venado;
Entre las rayas del bambú descifro,
Sus rayas y presiento la osatura
Baja la piel espléndida que vibra.
En vano se interponen los convexos
Mares y los desiertos del planeta;
Desde esta casa de un remoto puerto
De América del Sur, te sigo y sueño,
Oh tigre de las márgenes del Ganges.

Cunde la tarde en mi alma y reflexiono
Que el tigre vocativo de mi verso
Es un tigre de símbolos y sombras,
Una serie de tropos literarios
Y de memorias de la enciclopedia
Y no el tigre fatal, la aciaga joya
Que, bajo el sol o la diversa luna,
Va cumpliendo en Sumatra o en Bengala
Su rutina de amor, de ocio y de muerte.
Al tigre de los simbolos he opuesto
El verdadero, el de caliente sangre,
El que diezma la tribu de los búfalos
Y hoy, 3 de agosto del 59,
Alarga en la pradera una pausada
Sombra, pero ya el hecho de nombrarlo
Y de conjeturar su circunstancia
Lo hace ficción del arte y no criatura
Viviente de las que andan por la tierra.

Un tercer tigre buscaremos. Éste
Será como los otros una forma
De mi sueño, un sistema de palabras
Humanas y no el tigre vertebrado
Que, más allá de las mitologías,
Pisa la tierra. Bien lo sé, pero algo
Me impone esta aventura indefinida,
Insensata y antigua, y persevero
En buscar por el tiempo de la tarde
El otro tigre, el que no está en el verso.

 

Infancia. Por Alfonso Reyes

Yo vivía entre cazadores
que guardan el cañón del rifle,
desarmado, en tubos de aceite,
y que arrancan a martillazos
el alza y la mira.
«Porque —dicen— eso sólo estorba
para la buena puntería.»

Yo vivía entre jinetes
que montaban en pelo, y a lo sumo
usaban bozal o almartigón;
que regían con la voz, y apenas
con un leve quiebro del tronco
o con la presión de las piernas.
«Porque —dicen— hasta el estribo
parece cosa de catrines.»

Yo vivía entre vaqueros
que huelen a res
y traen las manos cuarteadas,
porque nada endurece tanto
como ese calor de las ubres
y la nata seca en la piel.

Yo vivía entre gendarmes rurales,
contrabandistas en su tiempo,
que sabían de guitarra y de albures
y de pistola y de machete,
tan bravos que no se escondían
cuando les daba por llorar.

Yo vivía entre improvisadores
que, aconsejados del mezcal,
componían unos corridos
dignos del Macario Romero,
dignos del Herácleo Bernal,
sobre recuerdos del Río Bravo
y las hazañas de Crispín,
el que tenía pacto con el Diablo.

Yo me vivía en las moliendas
viendo cómo la piedra trituraba
la caña, y echa a un lado el bagazo
y al otro cuela el aguamiel
que se concentra al fuego en los peroles
y se va ennegreciendo y espesando.
El campo, a veces, al relente,
daba el olor de jara mojada en el arroyo,
y las haciendas olían todas
al cigarrillo de hoja de maíz.

Yo me vivía entre cerveceros
viendo mezclar el lúpulo,
viendo escurrir los hilos rubios;
y entrábamos después en la cámara del hielo
que tenía un aroma de marea y pescado,
y donde parecía que los párpados
perdían su peso natural
y los ojos se dilataban.

Yo me vivía entre gentes de fragua
y sabía mover los fuelles,
y para ver los hornos
me ponía gafas ahumadas.
Corrían chorros de metal fundido,
había llamas por el suelo,
había grúas por el aire;
y había laderas de brasas
que teñían de rojo medio cielo.

Yo me vivía en las minas,
viendo torcer los malacates,
oyendo tronar la dinamita,
viajando en canastillas y ascensores,
charlando con las tres categorías
—las tres edades de mineros—:
tigres, peones y barreteros.

Después… he frecuentado climas y naciones
y he visto hacer y deshacer entuertos.

¡Ay de mí! Cada vez que me sublevo,
mi fantasía suscita y congrega
cazadores, jinetes y vaqueros,
guardias contrabandistas,
poetas de tendajo,
gente de las moliendas, de las minas,
de las cervecerías y de las fundiciones;
y ando así, por los climas y naciones,
dando, en la fantasía
—mientras que llega el día—,
mil batallas campales
con mis mesnadas de sombras
de la Sierra-Madre-del-Norte.

Río de Janeiro, 23 de junio, 1934.
Pliego suelto: Buenos Aires, Asteria, 1935.

X Reminiscencia

Por Alfonso Reyes

"Empezó primero el coro
de chirimías    Tras ellas
el de las vihuelas de arco
sonó en la segunda tienda.

Salieron con suavidad
las flautas    de la tercera
y en la cuarta cuatro voces
con guitarras y arpas suenan"

Ruiz de Alarcón

VIII Platito de almendras

(Décima segunda)

Por Alfonso Reyes

 

Al huésped que se concentra

siempre tu piedad le acuda

oh cápsula diminuta

de plata para la almendra

 

Como se rompe la hembra

o abre la reja el terrón

entra el diente de rondón

hasta la pulpa cautiva

 

La sal llama la saliva

y ésta          la conversación.

 

VII Sopa

Por Alfonso Reyes

…Entre los pucheros anda el Señor…

Santa Teresa

En buen romance casero

de verdura y de calor

con los brazos remangados

me siento a la mesa yo

Tierra terrena     terruño
del fondo del corazón
Bien haya el caldo y bien haya
la madre que lo parió

Coplas*. Por Alfonso Reyes

1

Andabas con sed de gozo,

como hija de la pena.

¿Sí o no?
Y yo,
debajo de tu rebozo
me pasé la Noche Buena.

2

Sirena que entre las olas
se esconde para no verme,
¿con quién habla a solas,
con quién duerme?

3

Bordado de la almohada
que castigaste su orgullo
y la dejaste marcada:
cuéntame si está en capullo
o si es que duerme casada.

México, 26 de febrero de 1940. -VS.

* Omitido inpensadamente en OP.

 

Gandalín, escudero de Amadís de Gaula. A Sancho Panza, escudero de Don Quijote

Salve, varón famoso, a quien Fortuna,
Cuando en el trato escuderil te puso,
Tan blanda y cuerdamente lo dispuso,
Que lo pasaste sin desgracia alguna.
Ya la hazada o la hoz, poco repugna
Al andante ejercicio; ya está en uso
La llaneza escudera, con que acuso
Al soberbio que intenta hollar la luna.

Envidio a tu jumento y a tu nombre,

Y a tus alforjas igualmente envidio,

Que mostraron tu cuerda providencia.

Salve otra vez ¡oh Sancho! tan buen hombre,
Que a solo tú nuestro español Ovidio
Con buscorona te hace reverencia.

Orlando furioso a Don Quijote de la Mancha. Por Miguel de Cervantes

Si no eres para, tampoco le has tenido;
Que par pudieras ser entre mil pares;
Ni puede haberle donde tú te halles,
Invicto vencedor, jamás vencido.

Orlando soy, Quijote, que, perdido
Por Angélica, vi remotos mares,
Ofreciendo a la Fama en sus altares
Aquel valor que respetó el olvido.

No puedo ser tu igual, que este decoro
Se debe a tus proezas y a tu fama,
Puesto que, como yo, perdiste el seso.

Más serlo has mío, si al soberbio Moro
Y Cita fiero domas, que hoy nos llama
Iguales en amor con mal suceso.

Amadís de Gaula a Don Quijote de la Mancha. Por Miguel de Cervantes

Soneto
Tú, que imitaste la llorosa vida
Que tuve ausente y desdeñado sobre
El gran ribazo de la Peña Pobre,
De alegre a penitencia reducida,
 Tú, a quien los ojos dieron la bebida
De abundante licor, aunque salobre,
Y alzándote la plata, estaño y cobre,
Te dio la tierra en tierra la comida,
Vive seguro de que eternamente,
En tanto, al menos, que en la cuarta esfera
Sus caballos aguije el rubio Apolo,
Tendrás claro renombre de valiente;
Tu patria será en todas la primera;
Tu sabio autor, al mundo único y solo.

A mi ahijada Melina Rosa. Por Alfonso Reyes

Nombre de abeja, Melisa
y Rosa, nombre de flor:
virtud habrá en tu sonrisa,
y en tu alegría, calor.

Harás  un mundo mejor

dentro de tu pensamiento;

vivirás en el contento

de sentirte tan cabal.

que aun los intentos del mal

vencerás al solo intento.

Quiero para tu existencia
el coraje de vivir:
ni el temor del porvenir,
ni menos la indiferencia.
Tus padres te den la ciencia
de andar por el mundo, y
aprende a escucharte si
necesitas de consejo;

mas si lo quieres de un viejo,
Rosa, acuérdate de mí.

22 de julio, 1953

Una defensa del anonimato. Carta a George B. Moore para negarle una entrevista. Por José Emilio Pacheco Berny

Cátedra Alfonso Reyes en Cuernavaca
Gabriel y José Emilio. El eterno masculino

No sé por qué escribimos, querido George,
y a veces me pregunto por qué más tarde
publicamos lo escrito.
Es decir, lanzamos
una botella al mar que está repleto
de basura y botellas con mensajes.
Nunca sabremos
a quién ni adónde la arrojarán las mareas.
Lo más probable
es que sucumba en la tempestad y el abismo,
en la arena del fondo que es la muerte.

Y sin embargo
no es inútil esta mueca de náufrago.
Porque un domingo
me llama usted de Estes Park, Colorado.
Me dice que ha leído lo que está en la botella
(a través de los mares: nuestras dos lenguas)
y quiere hacerme una entrevista.
¿Cómo explicarle que jamás he dado una entrevista,
que mi ambición es ser leído y no “célebre”,
que importa el texto y no el autor del texto,
que descreo del circo literario ?

Luego recibo un telegrama inmenso
(cuánto se habrá gastado usted, querido amigo, al enviarlo).
No puedo contestarle ni dejarlo en silencio.
Y se me ocurren estos versos. No es un poema.
No aspira al privilegio de la poesía (no es voluntaria).
Y voy a usar, como lo hacían los antiguos,
el verso como instrumento de todo aquello
(relato, carta, tratado, drama, historia, manual agrícola)
que hoy decimos en prosa.

Para empezar a no responderle diré:
no tengo nada que añadir a lo que está en mis poemas,
no me interesa comentarlos, no me preocupa
(si tengo alguno) mi lugar en la “historia”.
Escribo y eso es todo. Escribo: doy la mitad del poema.
Poesía no es signos negros en la página blanca.
Llamo poesía a ese lugar del encuentro
con la experiencia ajena. El lector, la lectora,
harán (o no) el poema que tan sólo he esbozado.

No leemos a otros: nos leemos en ellos.
Me parece un milagro
que alguien que desconozco pueda verse en mi espejo.
Si hay un mérito en esto –dijo Pessoa–
corresponde a los versos, no al autor de los versos.

Si de casualidad es un gran poeta
dejará tres o cuatro poemas válidos,
rodeados de fracasos y borradores.
Sus opiniones personales
son de verdad muy poco interesantes.

Extraño mundo el nuestro: cada vez
le interesan más los poetas,
la poesía cada vez menos.
El poeta dejó de ser la voz de la tribu,
aquel que habla por quienes no hablan.
Se ha vuelto nada más otro entertainer.
Sus borracheras, sus fornicaciones, su historia clínica,
sus alianzas y pleitos con los demás payasos del circo,
o el trapecista o el domador de elefantes,
tienen asegurado el amplio público
a quien ya no hace falta leer poemas.

Sigo pensando
que es otra cosa la poesía:
una forma de amor que sólo existe en silencio,
en un pacto secreto de dos personas,
de dos desconocidos casi siempre.
Acaso leyó usted que Juan Ramón Jiménez
pensó hace medio siglo en editar una revista poética
que iba a llamarse Anonimato.
Anonimato publicaría poemas, no firmas;
estaría hecha de textos y no de autores.
Y yo quisiera como el poeta español
que la poesía fuese anónima ya que es colectiva
(a eso tienden mis versos y mis versiones).
Posiblemente usted me dará la razón.
Usted que me ha leído y no me conoce.
No nos veremos nunca pero somos amigos.

Si le gustaron mis versos
¿qué más da que sean míos / de otros / de nadie?
En realidad los poemas que leyó son de usted:
Usted, su autor, que los inventa al leerlos.

Alfonso Reyes. Por José Luis Martínez

Por Adolfo Castañón

La vida

Hijo del general Bernardo Reyes y de la señora Aurelia Ochoa de Reyes, oriundos del estado de Jalisco, Alfonso Reyes nació en Monterrey, Nuevo León, el 17 de mayo de 1889. Allí mismo inició sus estudios y en 1905 se trasladó a la Ciudad de México para continuarlos en la Escuela Nacional Preparatoria. En este año publicó sus primeros versos en El Espectador, de Monterrey. Mientras cursaba la carrera de abogado, que concluiría en 1913, participó en las empresas culturales del Ateneo de la Juventud al lado de una generación ilustre: Antonio Caso, José Vasconcelos, Pedro Henríquez Ureña, Martín Luis Guzmán, Julio Torri, Genaro Fernández Mac Gregor, entre otros.

Los sucesos políticos y la trágica muerte de su padre lo empujaron a Europa a mediados de 1913. En Francia y España, donde permanecerá de 1914 a 1927 escribe intensamente, sirve cargos diplomáticos y trabaja como investigador filológico en el Centro de Estudios Históricos de Madrid. De 1927 a 1939 es representante de México en Buenos Aires y Río de Janeiro. A principios de 1939 regresa definitivamente a México donde organiza y preside La Casa de España que luego se transforma en El Colegio de México. En varias etapas de su vida enseñó literatura. Universidades e instituciones de Europa y América le otorgaron los máximos honores académicos y solicitaron para él el Premio Nobel.

Presidió desde 1957 hasta su muerte la Academia Mexicana de la Lengua y fue miembro fundador de El Colegio Nacional. En 1955, al cumplirse 50 años de su carrera literaria, se le tributaron honores y homenajes y se comenzó la publicación de sus Obras completas. Murió en la ciudad de México, D.F., el 27 de diciembre de 1959 y fue sepultado en la Rotonda de los Hombres Ilustres, del Panteón Civil.

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En la impaciente juventud… Por Alfonso Reyes Ochoa

En la impaciente juventud, un día
vale una eternidad por lo que anhela,
por lo que ofrece y por lo que recela,
por lo que aguarda o lo que desconfía.
Acorta el tiempo su horizonte.
Cría su ruta reiterada cada vela.
Se camina tal vez, ya no se vuela.
Al menos, ésta fue la historia mía.
Se vuelve soledad la compañía,
porque la soledad colmada vela
el rostro de las cosas, y no fía

sino en tejer y destejer su tela.
Al menos, ésta fue la historia mía,
y todo lo demás fue la novela.

 

México, 18 de marzo, 1942. —VS.

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De la cardinalidad de los números Reales. Por Braulio Hornedo Rocha

Una imagen duplicada reclaman,
números a la docta geometría
con aquella magnifica ironía
de la razón inversa, en los que aman.

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Juego mi vida, cambio mi vida. León de Greiff

Francisco de Asís León Bogislao de Greiff Häusler (MedellínColombia22 de julio de 1895 – Bogotá, Colombia11 de julio de 1976; Generación 1900), mejor conocido como “León de Greiff“, es uno de los más destacados poetas colombianos del siglo XX. Se le conoció también como Leo Le Gris y Gaspar de la Nuit . De Greiff fue de los impulsores del movimiento literario Los Panidas (Medellín1915):

Juego mi vida, cambio mi vida,
de todos modos
la llevo perdida…

Y la juego o la cambio por el más infantil espejismo,
la dono en usufructo, o la regalo…

La juego contra uno o contra todos,
la juego contra el cero o contra el infinito,
la juego en una alcoba, en el ágora, en un garito,
en una encrucijada, en una barricada, en un motín;
la juego definitivamente, desde el principio hasta el fin,
a todo lo ancho y a todo lo hondo
—en la periferia, en el medio,
y en el sub-fondo…—

Juego mi vida, cambio mi vida,
la llevo perdida
sin remedio.
Y la juego, o la cambio por el más infantil espejismo,
la dono en usufructo, o la regalo…:
o la trueco por una sonrisa y cuatro besos:
todo, todo me da lo mismo:
lo eximio y lo rüin, lo trivial, lo perfecto, lo malo…

Todo, todo me da lo mismo:
todo me cabe en el diminuto, hórrido abismo
donde se anudan serpentinos mis sesos.

Cambio mi vida por lámparas viejas
o por los dados con los que se jugó la túnica inconsútil:
—por lo más anodino, por lo más obvio, por lo más fútil:
por los colgajos que se guinda en las orejas
la simiesca mulata,
la terracota rubia;
la pálida morena, la amarilla oriental, o la hiperbórea rubia:
cambio mi vida por una anilla de hojalata
o por la espada de Sigmundo,
o por el mundo
que tenía en los dedos Carlomagno:                                                                         —para echar a rodar la bola…

Cambio mi vida por la cándida aureola
del idiota o del santo;
la cambio por el collar
que le pintaron al gordo Capeto;
o por la ducha rígida que llovió en la nuca
a Carlos de Inglaterra;
la cambio por un romance, la cambio por un soneto;
por once gatos de Angora,
por una copla, por una saeta,
por un cantar;
por una baraja incompleta;
por una faca, por una pipa, por una sambuca…

o por esa muñeca que llora
como cualquier poeta.

Cambio mi vida —al fiado— por una fábrica de crepúsculos
(con arreboles);
por un gorila de Borneo;
por dos panteras de Sumatra;
por las perlas que se bebió la cetrina Cleopatra—
o por su naricilla que está en algún Museo;
cambio mi vida por lámparas viejas,
o por la escala de Jacob, o por su plato de lentejas…

¡o por dos huequecillos minúsculos
—en las sienes— por donde se me fugue, en grises podres,
la hartura, todo el fastidio, todo el horror que almaceno en mis odres…!

Juego mi vida, cambio mi vida.
De todos modos
la llevo perdida…

Para conocer más sobre la vida de León de Greiff, le convidamos a que aprecie el siguiente documental:

Sátira de la compañía, Alfonso Reyes

 

SÁTIRA DE LA COMPAÑÍA
(Fragmento)

 

¡Oh mis sabios, mis filósofos:
cerrada hallasteis mi puerta!
Ocasión es de marcharos:
la casa tengo hoy de fiesta.
¿Qué se os dan mis interiores
ni qué mis cosas domésticas?
Idos, que en mi corazón
muchas visitas se hospedan,
y hoy recibo en mi taller
mis libros de cabecera.

Robásteisme ayer en charlas
toda mi ausencia entera:
burla hicisteis de mi vida,
chismorreos de mis penas,
hablillas de mis amores,
escarnio de mis cadenas,
de mi ademán comentarios,
discursos de mis maneras,
críticas sobre mi andar,
sobre mi vestir sentencias,
de mis días efemérides,
de mis noches analectas,
notas de mis desayunos,
de mis comidas polémicas,
escolios de mis bebidas,
corolarios de mis cenas.
Tal, amigos, me dejasteis
peor que no digan dueñas,
castigado por fiarme
de las orejas ajenas.

Alfonso Reyes, Constancia poética, Obras completas de Alfonso Reyes X, Fondo de Cultura Económica, México, 1981, p. 52

Arte poética, Alfonso Reyes

1

Asustadiza gracia del poema:
flor temerosa, recatada en yema.

2

Y se cierra, como la sensitiva,
si la llega a tocar la mano viva.

3

—Mano mejor que la mano de Orfeo,
mano que la presumo y no la creo,

4

para traer la Eurídice dormida
hasta la superficie de la vida.

París, 1925

Alfonso Reyes,  Constancia poética, Obras completas de Alfonso Reyes X, Fondo de Cultura Económica, México, 1981, p. 113