Archivo de la categoría: Poema

Vida de los poetas. Por José Emilio Pacheco

En la poesía no hay final feliz.

Los poetas acaban

viviendo su locura.

Y son descuartizados como reses

(sucedió con Darío).

O bien los apedrean y terminan

arrojándose al mar o con cristales

de cianuro en la boca.

O muertos de alcoholismo, drogadicción, miseria.

O lo que es peor: poetas oficiales,

amargos pobladores de un sarcófago

llamado Obras completas.

 

José Emilio Pacheco, Irás y no volverás. Poemas 1969-1972. Era, México, 2001, p. 99.

Entre irse y quedarse. Por Octavio Paz

Entre irse y quedarse duda el día,
enamorado de su transparencia.

La tarde circular es ya bahía:
en su quieto vaivén se mece el mundo.

Todo es visible y todo es elusivo,
todo está cerca y todo es intocable.

Los papeles, el libro, el vaso, el lápiz
reposan a la sombra de sus nombres.

Latir del tiempo que en mi sien repite
la misma terca sílaba de sangre.

La luz hace del muro indiferente
un espectral teatro de reflejos.

En el centro de un ojo me descubro;
no me mira, me miro en su mirada.

Se disipa el instante. Sin moverme,
yo me quedo y me voy: soy una pausa.

Everness. Por Jorge Luis Borges

Sólo una cosa no hay. Es el olvido.

Dios, que salva el metal, salva la escoria

Y cifra en Su profética memoria
Las lunas que serán y las que han sido.

Ya todo está. Los miles de reflejos
Que entre los dos crepúsculos del día

Tu rostro, fue dejando en los espejos
Y los que irá dejando todavía.
Y todo es una parte del diverso
Cristal de esa memoria, el universo;
No atienen fin sus arduos corredores
Y las puertas se cierran a tu paso;
Sólo del otro lado del ocaso

Verás los Arquetipos y Esplendores.

 

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Viento sagrado. Por Enrique González Martínez

A Alfonso Reyes

Sobre el ancia marchita,
sobre la indiferencia que dormita,
hay un sagrado viento que se agita;

un milagroso viento,
de fuertes alas y de firme acento,
que a cada corazón infunde aliento.

Viene del mar lejano,
y en su bronco rugir hay un arcano
que flota en medio del silencio humano.

Viene de profecía,
que a las tinieblas del vivir envía
la evangélica luz de un nuevo día;

viento que en su carrera,
sopla sobre el amor, y hace una hoguera;
que enciende en caridad la vida entera;

viento que es una aurora,
en la noche del mal, y da la hora
de la consolación para el que llora . . .

Los ímpetus dormidos
despiertan al pasar, y en los oídos
hay una voz que turba los sentidos.

Irá desde el profundo
abismo hasta la altura, y su fecundo
soplo de redención llenará el mundo.

Producirá el espanto
en el pecho rebelde, y en el santo,
un himno de piedad será su canto.

Vendrá como un divino
hálito de esperanza en el camino,
y marcará su rumbo al peregrino;

dejará en la conciencia
la flor azul de perdurable esencia
que disipa el dolor con la presencia.

Hará que los humanos,
en solemne perdón, unan las manos
y el hermano conozca a sus hermanos.

No cejará en su vuelo
hasta lograr unir, en un consuelo
inefable, la tierra con el cielo;

hasta que el hombre, en celestial arrobo,
hable a las aves y convenza al lobo;

hasta que deje impreso
en las llagas de Lázaro su beso;

hasta que sepa darse, en ardorosas
ofrendas, a los hombres y a las cosas,
y en su lecho de espinas sienta rosas;

hasta que la escondida
entraña, vuelta manantial de vida,
sangre de caridad como una herida . . .

¡Ay de aquel que en la senda
cierra el oído ante la voz tremenda!
¡Ay del que oiga la voz y no comprenda!

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La corona, por Alfonso Reyes

TE FALTABA este dolor,

esta pasión te faltaba.

Hija del suelo más dulce,

vivías toda la gracia.

Tuve que venir de lejos

como la sazón amarga,

tuve que traer los ácidos

de mi tierra mexicana

para revolcar en lloro

la paz con que te engañabas.

Sólo sabías reír,

no te entristecía nada.

Te faltaba este dolor,

esta pasión te faltaba.

 

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