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Diálogo de mi ingenio y de mi conciencia. Por Alfonso Reyes

(Pesadilla)

ERA YO mismo; pero más esbelto y adelgazado: sutil. En el rostro estaban marcadas las rayas de la risa. Las miradas picaban como puntas agudas. La voz se atiplaba, llena de firmeza; y el andar parecía volar.

Al lado de esta extraña visión, y como arrastrado por ella, también me acercaba yo mismo; pero, esta vez, torpe y obeso, bajo, lento. La mirada perdía fijeza y se disipaba, fatigada. El rostro se hacía ancho y vulgar; gruesa y bronca el habla, honda y tenebrosísima.

Y el último y definitivo yo mismo, el que yo no veía ni casi sentía, pero que, en poridad, me explicaba las apariciones del sueño, me dijo así:

—Aquél es tu ingenio; ésta, tu conciencia. Entre ambos se reparten tu alma; y así, no es raro que en medio de las risas llores, y en mitad del llanto sonrías . . .

Iba a continuar cuando, súbitamente, y con una voz de clarín,

—Todo soy yo ímpetu —comenzó mi ingenio; y

—Toda soy yo derrota —salmodió mi conciencia, como desde abajo de la tierra.

—A mí las flores y los cascabeles —gritaba mi ingenio, danzando—; a mí las coronas y los frutos llenos de miel. A mí todos los perfumes de Arabia; a mí todo el oro de la tierra; a mí la risa varonil, la sana soledad y la vida libre de los viajeros. Por mí hay una bandera de gala en la cumbre de la Creación. Por mí pasa mi dueño horas amables; y, en la charla de los amigos y dentro de la sala abrigada, el día es igual a la noche, la noche es igual al día, y las horas arden en el hilo azul del tabaco, o se diluyen, como los terrones de azúcar, en las tazas del té.

—A mí los cardos, para mí las esquilas fúnebres —gemía, en sordina, mi conciencia—; para mí el sabor de la ceniza, y la brasa ardiente sobre los labios de la sed. A mí el amor, y las bocas que se destiñen con los besos; y los ojos fulgurantes en la oscuridad, y los relámpagos de carne desnuda, y el grito y la fiebre y los puñales. A mí todo el hierro de la tierra, y la sombra de los árboles que envenenan. A mí todo el llanto del duelo y todo el sudor de la fatiga. Para mí el mal sueño de la posada extranjera, y el rápido ensillar de los caballos y la fuga trágica en el frío del amanecer. Por mí flota una mortaja en trizas sobre la cumbre de la Creación. Por mí pasa mi dueño horas crueles; y en el diálogo eterno de los que se entienden y de los que se adivinan, el amor se enfría y apaga, mientras crece la antorcha helada de la inteligencia, que consume sin calentar.

Y mi tercer yo me dijo entonces:

—Cuando crees en la seriedad de tu vida, tu conciencia se te adelanta como un obrero que se acerca al taller, la frente estoica y con los brazos desnudos. Tu ingenio entonces, que supera en talla a tu conciencia, si ésta lo supera en vigor, tu ingenio —que es un elegante desdeñoso— se asomará sobre el hombro del pobre obrero, y le hará un guiño, una muequecilla imperceptible: bastante para que la vida te parezca al punto un hormiguero miserable, digno de aplastarlo con los pies. Mas, si te dispones a reír, tu conciencia te lo impedirá. Y así vivirás en un estropearse de tus lágrimas con tus risas —cuando no te asiles en los libros. Porque los libros son, como la libertad, el refugio de los pecadores. Y vivirás para ir satisfaciendo a cada uno de estos lobos hambrientos: tu ingenio, tu conciencia. Y ellos se disputarán el señorío de tu alma.

A este punto llegaba yo en la exégesis de mí mismo, cuando sucedió algo que, aun en la vigilia, me conmueve y me turba. Y fue notar lo que hasta entonces no había notado: que mi ingenio era un hombre, y mi conciencia era una mujer: y mi ingenio la galanteaba, y ella se le rendía, llorando. Y me sublevé y empecé a gritar:

—¡Oh, frívolo, insensato! ¿Qué sabes tú de sus lágrimas? ¿Qué entiendes tú de sus dolores? Tú que sólo eres la sonrisa del conocimiento; tú que sólo eres la opinión del espíritu sobre la materia, ¿qué engendrarás en sus entrañas fecundas? Y tú, necia, vulgar y supersticiosa, que crees en duendes y en endriagos, ¿qué sabes tú de sus sonrisas? ¿Qué entenderás tú de sus alegrías terribles? Tú que sólo eres la amargura de la voluntad; tú que sólo eres la desesperación de la materia ante el espíritu, y el rayo de duda en los ojos del barro, ¿qué aprovecharás de sus inefables semillas? Pues ¿qué imposible maridaje es éste? ¿Qué monstruo de dos cabezas ofrecéis a mi sublevado albedrío?

Pero me detuve temblando. Aquellos dos fantasmas, el varón dotado de alas y la hembra armada de cuchillo, se reproducían en numerosa prole de gnomos, que todos se parecían a mí. Cuando abrí los ojos, sobresaltado, tratando de descifrar las sombras, me llegaron todavía palabras del sueño. Y oí claramente que mi ingenio decía a mi conciencia, significando el entusiasmo ético que ella, vagamente, le despertaba:

—Tu cuello, como la torre de David, edificada para enseñamientos: mil escudos cuelgan de ella: todos de valientes. (Cant. Cant. IV, 4.)

Y que mi conciencia requebraba a mi ingenio, significando la borrachera vital que él, vagamente, le infundía:

—Tus ojos, bermejos del vino; tus dientes, blancos de leche. (Cant. Cant. XLIX, 12.) *

 

 

* En la “Carta a dos amigos”, recogida en alguna serie de mis Simpatías y diferencias, me atreví a observar que esta pagina juvenil anuncia, por caminos independientes, la parábola de Paul Claudel Animus et anima, primeramente publicada en la Nouvelle Revise Française, París, octubre de 1925. (Referencia a Lucrecio, a la Psychomachia de Prudencio, y a Jung.)

 

 

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Dinero para la cultura. Por Gabriel Zaid

Hay cinco fuentes de financiamiento para la cultura: el sacrificio personal, la familia, los mecenas, el mercado y el Estado. Todas pueden liberar o esclavizar, aunque de maneras distintas. Todas tienen consecuencias en la calidad de la obra, más allá de sus efectos en la situación económica de los participantes.
El gran arte popular tiene la situación más deseable. Que la obra excepcional sea apreciada y pagada por quienes la reciben, sin necesidad de sacrificios ni patrocinios, implica una elevación del nivel de vida (en el sentido más amplio, no sólo económico); implica una obra que dice algo importante a la mayoría; implica una renovación creadora de la tradición: algo original y valioso que no rompe con la historia, ni con la sociedad. Las circunstancias pueden ser pueblerinas (como en la pintura de Hermenegildo Bustos) o mediáticas (como en las canciones de los Beatles), con resultados económicos muy distintos, pero secundarios. Bustos y sus vecinos alcanzaron en sus retratos una plenitud semejante a la que alcanzaron los Beatles y su público.
     A falta de eso, lo ideal sería recibir una herencia sin ataduras. Así se han hecho cosas muy notables. Un joven heredero se retira a una casa de Copenhague y, pensando en danés (una lengua tan marginal como su vida, para los grandes centros filosóficos), llega a cuestionamientos decisivos en el pensamiento occidental. Nadie le hubiera dado una beca para eso, menos aún anticipos sobre futuras regalías autorales. Y ¿quién le hubiera dado a una señora de Buenos Aires dinero para hacer una editorial que nunca sería negocio, aunque modificó la cultura argentina y abrió horizontes para todos los lectores de habla española? Es asombroso lo que hicieron Sören Kierkegaard y Victoria Ocampo con la libertad que les dio una cantidad relativamente modesta. Y está claro que no lo hubieran hecho, sin esa oportunidad. Es asombroso lo que hizo Van Gogh, que se pasó la vida como un fracasado, mantenido por su hermano; o Sor Juana Inés de la Cruz, mientras tuvo protección. En el caso de Van Gogh, el mercado permite calcular la inmensa desproporción entre lo que costó la manutención del pintor y lo que vale su obra. Pero puede decirse lo mismo de los otros. Algo que vale mucho costó poco y, aunque era poco, el mercado no lo pagó.
     Kierkegaard se hundió al recibir el último cheque de su pensión y, en el camino del banco a su casa, cayó muerto. Otros se hunden en el resentimiento y la mediocridad, o dan la pelea con furia. Raymond Carver, con ese realismo sórdido tan suyo, ha contado el odio que sintió contra sus hijos pequeños, a los cuales tenía que mantener, a costa de no poder escribir. Se entiende que un organista cargado de hijos, bajo la presión de un trabajo pesado y con una clientela convencional, vaya sacando mal que bien los encargos que recibe, dejando para después hacer su propia música; y que se deje arrastrar por la depresión o el resentimiento de ver que nunca llega el momento soñado: la oportunidad de hacer lo suyo, con toda libertad. Lo milagroso es que Bach viva como una oportunidad creadora sus tareas cotidianas, encuentre su libertad en tocar el órgano por obligación y convierta cualquier vulgar encargo en un prodigio.
     Toda vida es creadora de muchas maneras, y lo mejor sería que, sobre la marcha, supiéramos convertir nuestra opresión en libertad, nuestra vida cotidiana en milagro. No es imposible que el resultado de un encargo sea prodigioso y satisfaga plenamente al autor y a los otros, a un buen precio para ambas partes. Pero este cielo del encuentro feliz entre unos y otros, objetivado en una obra de valor perdurable, puede nublarse de muchas maneras. El desencuentro puede ser terrible. La realidad de que el mercado son los otros puede vivirse como “El infierno son los otros”: Para vivir tengo que hacer cosas que no me gustan, pues lo que hago por mi gusto no gusta, como para dedicarme a eso.
     Si el mercado fuera perfecto en sus juicios de valor (como parecen creer algunos economistas), yo debería dejar de hacer lo que a los otros no les gusta. Si mi obra respondiera a las necesidades populares (como decían los revolucionarios), el pueblo la reconocería, liberándose y liberándome. Pero las cosas son como son. Es posible que mi obra no valga nada, y que, al rechazarla, con buen juicio, el mercado me esté situando en la realidad, para que me dedique a otra cosa. También puede suceder algo peor, aunque parezca una bendición: que mi obra no valga nada y guste mucho, y me la paguen maravillosamente. La verdadera bendición es que sí valga, y me la reconozcan y paguen bien; aunque, para las modas nihilistas o relativistas, no hay obras objetivamente valiosas: hay precios en el mercado, chifladuras colectivas, prestigios manipulables, enjuagues del poder, mercadotecnia y relaciones públicas.
     Lo más incómodo de todo es creer en algo objetivamente valioso que los otros no ven: la astronomía, la música, los libros sin erratas, el rescate de un pintor desconocido, la novela que escribí o pienso escribir, las bibliotecas públicas, el teatro, todo lo que parece tonto a los ojos de quienes se niegan a pagarlo. Y, para sentirse todavía más tonto, a los veinte años de no convencerlos, puede aparecer de pronto el funcionario, el mecenas, el mercado, que diga: Aquí está el dinero. Esto vale muchísimo. Es obvio. No hace falta explicarlo… Los mismos cuadros, antes arrinconados, de pronto valen oro. 
     Mientras se llega a esto (si se llega), ¿qué hacer en los años anteriores, si uno cree que los otros están equivocados? ¿Renunciar, sacrificarse? El sacrificio personal puede ser tan terrible que resulta difícil de entender. Parece una locura. Para ciertas vulgatas, ni siquiera puede ser real. No hay sacrificio: hay placeres masoquistas, dice un psicólogo. No hay sacrificio: hay un hobby costoso, o inversión a largo plazo, o “ingresos” que no parecen serlo, como la ilusión de sentirse genial, dice un economista. No hay sacrificio, todo es un fraude, dice un periodista.
     El sostén último de las obras objetivamente valiosas está en el sacrificio personal: en creer en lo que se cree, a pesar de las opiniones de los otros, a pesar de las consecuencias deprimentes que eso tiene en la práctica, a pesar de la familia, los mecenas, el mercado y el Estado. No es un buen augurio para la cultura que el sacrificio personal empiece a parecer inaceptable y hasta ridículo. Cuando se produce únicamente lo que tiene mercado o patrocinio, hace falta un milagro para que la cultura no termine siendo próspera y conformista. –

Fuente: https://www.letraslibres.com/mexico/dinero-la-cultura

Entre irse y quedarse. Por Octavio Paz

Entre irse y quedarse duda el día,
enamorado de su transparencia.

La tarde circular es ya bahía:
en su quieto vaivén se mece el mundo.

Todo es visible y todo es elusivo,
todo está cerca y todo es intocable.

Los papeles, el libro, el vaso, el lápiz
reposan a la sombra de sus nombres.

Latir del tiempo que en mi sien repite
la misma terca sílaba de sangre.

La luz hace del muro indiferente
un espectral teatro de reflejos.

En el centro de un ojo me descubro;
no me mira, me miro en su mirada.

Se disipa el instante. Sin moverme,
yo me quedo y me voy: soy una pausa.

Viento sagrado. Por Enrique González Martínez

A Alfonso Reyes

Sobre el ancia marchita,
sobre la indiferencia que dormita,
hay un sagrado viento que se agita;

un milagroso viento,
de fuertes alas y de firme acento,
que a cada corazón infunde aliento.

Viene del mar lejano,
y en su bronco rugir hay un arcano
que flota en medio del silencio humano.

Viene de profecía,
que a las tinieblas del vivir envía
la evangélica luz de un nuevo día;

viento que en su carrera,
sopla sobre el amor, y hace una hoguera;
que enciende en caridad la vida entera;

viento que es una aurora,
en la noche del mal, y da la hora
de la consolación para el que llora . . .

Los ímpetus dormidos
despiertan al pasar, y en los oídos
hay una voz que turba los sentidos.

Irá desde el profundo
abismo hasta la altura, y su fecundo
soplo de redención llenará el mundo.

Producirá el espanto
en el pecho rebelde, y en el santo,
un himno de piedad será su canto.

Vendrá como un divino
hálito de esperanza en el camino,
y marcará su rumbo al peregrino;

dejará en la conciencia
la flor azul de perdurable esencia
que disipa el dolor con la presencia.

Hará que los humanos,
en solemne perdón, unan las manos
y el hermano conozca a sus hermanos.

No cejará en su vuelo
hasta lograr unir, en un consuelo
inefable, la tierra con el cielo;

hasta que el hombre, en celestial arrobo,
hable a las aves y convenza al lobo;

hasta que deje impreso
en las llagas de Lázaro su beso;

hasta que sepa darse, en ardorosas
ofrendas, a los hombres y a las cosas,
y en su lecho de espinas sienta rosas;

hasta que la escondida
entraña, vuelta manantial de vida,
sangre de caridad como una herida . . .

¡Ay de aquel que en la senda
cierra el oído ante la voz tremenda!
¡Ay del que oiga la voz y no comprenda!

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22 de febrero de 1926: nace Miguel León-Portilla

Un 22 de febrero de 1926 nace Miguel León-Portilla, historiador mexicano, destacado antropólogo por su conocimiento sobre la cultura náhuatl; eminente profesor e investigador de importantes universidades nacionales y extranjeras, miembro de academias como la de Historia y de la Lengua. Entre sus obras destacan “La filosofía náhuatl”, “La visión de los vencidos” y “Tonantzin Guadalupe”, traducidos a varios idiomas.

Se puede escuchar a Miguel León-Portilla hablar sobre su vida y obra en el programa “Letras y voces” en conversación con Adolfo Castañón, transmitido en 2015:

https://www.imer.mx/22-de-febrero-de-1926-nace-miguel-leon…/

En agosto de 2018, a propósito del Día Internacional de los Pueblos Indígenas y con la claridad que le caracteriza, el maestro de generaciones dijo: “Exhorto a todos los que tengan un ancestro náhuatl, zapoteca, purépecha, maya o ñañu, o de cualquier pueblo, que a sus hijos les conserven la lengua. A veces, antes les daba vergüenza hablarlas porque les decían ‘indio’… que te digan indio, que te digan pueblo originario, ¡es una cosa ma-ra-vi-llo-sa!”.

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