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¡Por favor…! de Alfonso Reyes

BRASIL ¿me das a la moza

que ha tiempo he dado en querer?

(El Brasil me la prestaba,

no me la quiere ceder.)

Mira, Brasil, que de siempre

fui tu devoto y fiel;

mira bien que te he tratado

en verso y en prosa, y que

la historia del Rey Candaulos

en mí se cumple otra vez;

que tanto en mi tierra dije

y tus gracias alabé,

que todos con mucha envidia

te han querido conocer:

sólo abandono la plaza

porque otros piden la vez.

 

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Ciudad remota. Por Alfonso Reyes

ENTRE espadas de cristal

que tajan tu luz radiosa,

¿de dónde tanto misterio,

México, ciudad remota?

Vuelo de un águila un día

que en sus garras desabrocha,

sobre el peñón de la fábula,

las semillas de tu historia.

A tus lagos ofrecida,

del altiplano señora,

cuna o balsa para el sueño

de tu raza suntüosa;

pronto tus muros valientes

espía el agua envidiosa,

mientras tus climas serenos

todas las flores convocan.

Codicia del español

que en sus ansias te avizora,

y donde dicen que el sol

muda en oro lo que dora.

Casi inaccesible valle

que dos sangres acrisola

para los duros destinos

de la muerte y de la gloria;

que aúllas bajo la planta

de las enemigas tropas,

y te defienden tus niños,

cayendo, la entraña rota;

que abres al príncipe rubio

los dos senos, voluptuosa,

y lo trituras después

en tu abrazo de leona;

que vas labrando en los siglos,

con la pica vengadora,

la pirámide viviente

que ha tanto tiempo amontonas:

¿Por qué te acercas de lejos,

México, ciudad famosa,

y estando cerca de ti

te me apareces remota?

¿Qué vidrio irreal te aísla,

te suspende y te arrebola?

¿Si del peso de tus nubes

o de aire tenue te ahogas?

¿Si triunfas o desfalleces,

cuchicheas o alborotas,

que ya no acierta el sentido

la pauta de tus cabriolas?

¿Qué rumor de oculto río

en tus adentros borbota?

¿Qué pavor sube del blando

suelo que se desmorona?

¿Por qué las torres ladeas

y los monumentos doblas,

y eres como mar de tierra

con su vaivén y sus ondas?

¿Qué esperanza te sustenta,

consigna te corrobora,

virtud te arma, prestigio

te levanta y te corona?

Tibio te acaricia el día,

y tu pecho no reposa,

porque jadea tu aliento

a lo largo de las horas.

No duermes, no te fatigas:

en la noche fría bogas,

y de tu noche en el seno

laten las locomotoras.

México, 1938.—VS. RA.

D. H. Lawrence y los poetas muertos. Por José Emilio Pacheco

They look on and help

No desconfiemos de los muertos

que prosiguen viviendo en nuestra sangre.

No somos ni mejores ni distintos:

Tan sólo nombres y escenarios cambian.

 

Y cada vez que inicias un poema

convocas a los muertos.

Ellos te miran escribir,

te ayudan.

Retrato de Alfonso Reyes. Por Carlos Pellicer

I
La palabra a la mano y en la mano
toda la flor de la sabiduría.
Era un bosque y hablaba como el día;
noche de lucidez tuvo su arcano .

Fue como un príncipe republicano;
un diamante de toda garantía.
Un diamante engarzado en la alegría
de tener siempre cerca lo lejano.

Si de la Poesía los confines
alcanzó, los antiguos paladines
le vieron junto al mar armando el viaje

que entre sirenas y constelaciones
colocó, a la manera de un paisaje
lleno de misteriosas relaciones.

II

En el espacio de una perla, cabe;
es todo el mar y sólo es una gota.
Escribe con ternura de gaviota
Poniéndole la sal a su jarabe.

Hay un rincón en el que todo cabe:
el arpa abandonada y lo que brota
de tanta soledad. De odio, ni jota.
Nada que la armonía menoscabe

Si con los ojos la palabra hechiza
y sonríe al mirar, su voz maciza
de pájaro barítono clarea.

¡Ay, Alfonso, qué hermoso haber estado
contigo tantas veces! Lisonjea
toda una vida haberte siempre amado.

III

Si sacar las palomas del sombrero
aun cuando en el sombrero no hay palomas …
Esto fue así ¿no es cierto? Las palomas
a veces fueron águilas primero.

Toda Tenoxtitlán y todo Homero
y diagonales límpidas de aromas.
y las Grecias, las Francias y las Romas
le dieron de sus luces el lucero.

Si Góngora y el Cid —alma y diadema—
diéronle conjunción y no dilema;
si habitar el idioma fue su silla

y comprender, el drama de su juego,
Alfonso Reyes, hombre y maravilla
tuvo del solla luz y el amor ciego.

Las Lomas, junio 4 y 5 de 1960

A Cuernavaca. Por Alfonso Reyes

A Cuernavaca voy, dulce retiro,
cuando, por veleidad o desaliento,
cedo al afán de interrumpir el cuento
y dar a mi relato algún respiro.

A Cuernavaca voy, que sólo aspiro
a disfrutar sus auras un momento:
pausa de libertad y esparcimiento
a la breve distancia de un suspiro.
Ni campo ni ciudad, cima ni hondura;
beata soledad, quietud que aplaca
o mansa compañía sin hartura.

Tibieza vegetal donde se hamaca
el ser en filosófica mesura…
¡A Cuernavaca voy, a Cuernavaca!

II

No sé si con mi ánimo lo inspiro
o si el reposo se me da de intento.
Sea realidad o fingimiento,
¿a qué me lo pregunto, a qué deliro?
Básteme ya saber, dulce retiro
que solazas mis sienes con tu aliento:
pausa de libertad y esparcimiento
a la breve distancia de un suspiro.

El sosiego y la luz el alma apura
como vino cordial; trina la urraca
y el laurel. de los pájaros murmura;

Vuela una nube; un astro se destaca,
y el tiempo mismo se suspende y dura . . .
¡A Cuernavaca voy, a Cuernavaca!