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Mal de libros. Por Alfonso Reyes

HAY MAL de libros como hay mal de amores. Quien se entrega a ellos olvida el ejercicio de la caza y la administración de su hacienda. Las noches, leyendo, se le pasan de claro en claro y los días de turbio en turbio. Al fin, se le seca el cerebro.

Y menos mal si da en realizar sus lecturas, y el romanticismo acumulado por ellas lo descarga sobre la vida. Pero falta componer el otro Quijote: la Historia del ingenioso hidalgo que de tanto leer discurrió escribir. Leer y escribir se corresponden como el cóncavo y el convexo; el leer llama al escribir, y éste es el mayor y verdadero mal que causan los libros.

Montaigne se quejaba de que haya pocos autores: la mayoría no son sino glosadores de lo ajeno. Schopenhauer lamenta que sean tan escasos los que piensan sobre las cosas mismas: los más piensan en los libros de otros; al escribir, hacen reproducciones; otros, a su vez, reproducen lo que aquéllos han hecho, de modo que en la última copia ya no pueden reconocerse los rasgos del bello Antínoo.

Tales autores, a imitación de la deidad antigua, no pisan el suelo: andan sobre las cabezas de los hombres; que si tocaran la tierra, aprenderían a hablar.

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Del perfecto gobernante. Por Alfonso Reyes

Ya se entiende que el perfecto gobernante no era perfecto: estaba lleno de pequeños errores para que sus enemigos tuvieran donde morder. De este modo, todos vivían contentos.

El pueblo tampoco era perfecto: lleno estaba de extraños impulsos de rencor. Cada año, el gobernante entregaba a la cólera popular una víctima propiciatoria por todos los errores del año.

Había dos ministros: uno de la guerra, otro de la paz. El ministro de la guerra era muy prudente y metódico, porque en esto de declarar la guerra hay que irse con pies de plomo, y en esto de administrarla, con manos de araña. El ministro de la paz era muy impetuoso y bárbaro, a fin de dar a los pueblos ese equivalente moral de la guerra, sin el cual, durante la paz, los pueblos desfallecen.

El gobernante procuraba que todas las ruedas de su gobierno giraran sin cesar, porque el uso gasta menos que el abandono. De tiempo en tiempo, al pasar por las alcantarillas, dejaba caer algunas monedas, que luego distribuía entre los que habían bajado a buscarlas.

Un día advirtió el gobernante que los funcionarios no cumplían con eficacia sus cargos: el servicio público era para ellos cosa impuesta, ajena. Entonces dejó que los funcionarios se organizaran en juntas secretas y sociedades carbonarias, con el fin de mandarse solos.

Desde aquel día, el servicio público tuvo para los servidores del Estado todo el atractivo de un complot. Ellos encontraron en el desempeño de sus deberes los deleites de los Siete Pecados, y el pueblo prosperaba, dichoso.

 

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Un propósito. Por Alfonso Reyes

HEMOS dado algunos en suspirar por los días de la Enciclopedia, echando de menos en los escritores el estudio de ciencias definidas, y lamentando tal vez que las nociones artísticas del estilo no se contrasten siempre —oh Buffon— con la observación de las realidades metódicamente analizadas. Yo vuelvo los ojos a mi alma mater, a mi Escuela Preparatoria, orbe armonioso de conocimientos generales; tiemblo de pensar que la ciencia me deja atrás; examino con curiosidad, y casi con emoción, los libros de Einstein; discuto por las noches, con mis vecinos, para identificar esa y la otra estrella, y tengo por amigo predilecto al doctor en insectos y alimañas, Fabre, el de Aviñón, cuya lectura recomienda tanto Julien Benda, este intelectualista de ceño fruncido y mal humor.

No es aventurado pensar que en esta afición me acompañan muchos. No es aventurado esperar que el gusto por las lecturas científicas acabe por imponerse otra vez. Ya el anti- intelectualismo llegó a sus extremos. Ya el romanticismo, vuelto simbolismo y decadentismo primero, y al fin futurismo y dadaísmo, tocó sus límites, se deshizo solo, cumplió su misión providencial. Los mismos cubistas de penúltima hora representaban ya un tanteo hacia la síntesis clásica. Picasso y nuestro Diego Rivera están ya de vuelta con lo conquistado. Hemos aprendido muchas cosas y podemos tornar a la tierra natural de donde salimos. Conocemos ya muchos secretos. La magia negra del espíritu se nos ha hecho cotidiana. Como Chesterton volvió, por el camino de las audacias religiosas, a la más perfecta ortodoxia, henos otra vez, a fuerza de impulsos hacia el despeñadero subconsciente, por el camino real de la razón. La razón es lo mejor que tenemos los hombres: temblemos de nombrarla. Gustemos de conocer, de estudiar, de entender. Basta de absorberlo todo por los tentáculos del misterio. El instinto trabaja en nosotros, a pesar nuestro: no vale la pena de preocuparnos por él a toda hora. El instinto solo exige cuidados de higiene. Pero la parte racional que hay en nosotros, ésa se cae a pedazos, se cae sola, si no nos curamos de restaurarla día por día. Yo, por mi parte, vivo asqueado del abuso de sentimentalismo que me ha precedido: acabemos con ese caos blanducho, con ese cieno que hay en el fondo, con esa pereza, ese desorden . . . Cosa sagrada el sentimiento: vivimos de rodillas ante él. Pero ¿no es verdad, Jean Cocteau, soldado de la extrema izquierda de Francia, no es verdad que el arte no debe ser un perpetuo chantage sentimental? Algunos, aquí y allá, en todo el mundo, hemos comenzado a entendernos a guiños de ojos. Vamos a hacer una cruzada por lo que hay de superior en el hombre. Vamos a conquistar, a fuerza de brazo si hace falta, el respeto para las alas. Hemos dado algunos en suspirar otra vez por lo que hay en nosotros que nos acerca al ángel. Fray Luis de Granada hace decir, llorando, al abad Isidoro: “Lloro porque me avergüenzo de estar aquí comiendo manjar corruptible de bestias, habiendo sido criado para estar en compañía de ángeles y comer con ellos el mantenimiento divino.”

 

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A Circe. Por Julio Torri

¡Circe, diosa venerable! He seguido puntualmente tus avisos. Mas no me hice amarrar al mástil cuando divisamos la isla de las sirenas, porque iba resuelto a perderme. En medio del mar silencioso estaba la pradera fatal. Parecía un cargamento de violetas errante por las aguas.

¡Circe, noble diosa de los hermosos cabellos! Mi destino es cruel. Como iba resuelto a perderme, las sirenas no cantaron para mí.

1917

Origen de la poesía. Por Alfonso Reyes

[Fragmento]

El instinto de imitación, tan imperioso en el niño y que amanece tanto como el hombre, es en sí una fuente de goce, relacionado con el goce del conocimiento. La sinonimia filosófica lo mismo preside a la realización de la idea artística que a la contemplación de la obra ya realizada, y aun al reconocimiento del común denominador que sirve de base a la metáfora (S369 y 466). El placer imitativo lo mismo se experimenta en el ejercicio propio que en el disfrute de la obra ajena. La cosa imitada bien podrá ser en sí misma placentera o penosa: el efecto de la expresión será siempre placentero. El goce intelectual del conocer, origen de todo progreso humano, se matiza y madura con los halagos sensoriales de la vista y del oído. El instinto hacia la imitación y la armonía es el complejo impulso que late en el origen del arte. Tal impulso es una necesidad del alma, y no un lujo más o menos superfluo. Sabemos por la Ética hasta qué punto contribuye a la integración humana el júbilo que resulta de poner en juego nuestras facultades. Cuando aquel impulso, cuando estas facultades imitativas —patrimonio general de los hombres— son eminentes e imperiosos, nace el artista. En nuestro caso, nace el poeta.

Alfonso Reyes, “Origen de la poesía y relación entre sus géneros”, Crítica de la edad ateniense, Obras completas XIII, Fondo de Cultura Económica, México, 1997, p. 256