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Tres conceptos de cultura. Por Gabriel Zaid

Versión original: http://www.letraslibres.com/mexico-espana/tres-conceptos-cultura

De la cultura pueden subrayarse algunos aspectos: el patrimonio acumulado, la forma de heredarlo o el nivel adquirido por los herederos, lo cual se presta a confusiones. La educación acultura a los niños, pero no es la cultura, sino una forma de heredarla. No hay inconveniente en llamar cultura a la educación, siempre y cuando esté claro de qué estamos hablando.

Los griegos no tenían el concepto de cultura (Heidegger, Parmenides). El anacronismo de atribuir este concepto a la palabra paideia se entiende por la confusión entre educación y cultura, y por razones prácticas de traducción en ciertos contextos, como lo explica Werner Jaeger (Paideia. Los ideales de la cultura griega). Pero paideia (de pais, paidós, ‘muchacho’, como en la raíz de pedagogía) era educación. (La palabra paideia se usa todavía para el ministerio de educación, como puede verse en http://www.ypepth.gr.) Significativamente, en el griego moderno se introdujo la palabra koultoura, de origen latino (www.google.gr).

Los romanos inventaron el primer concepto de cultura: la cultura personal. Dieron a las palabras cultura, cultus, incultus (que tenían significados referentes al cultivo del campo y el culto a los dioses) un nuevo significado: cultivarse, adquirir personalmente el nivel de libertad, el espíritu crítico y la capacidad para vivir que es posible heredar de los grandes libros, el gran arte y los grandes ejemplos humanos. Cicerón habló de cultura animi, el cultivo del espíritu (Disputas tusculanas, 45 a. C.). Naturalmente, el cultivo de sí mismo ya existía, pero no estaba conceptualizado. Los romanos fueron “los primeros en tomar la cultura en serio” (Hannah Arendt, La crise de la culture).

La cultura personal puede ser favorecida, estorbada o ignorada por la educación o la buena educación; pero es otra cosa: lo que se hereda por el simple gusto de leer y apreciar las obras de arte, de crecer en la comprensión y transformación de la realidad y de sí mismo, de ser libre. El apetito de ser, de ver, de entender, de hacer, se mueve por su cuenta y aprende sobre la marcha; incluso cuando la familia, los amigos, la escuela, la sociedad, lo favorezcan. Todos nos educamos a todos, pero cada uno tiene que aprender por sí mismo.

Las instituciones de la cultura personal no son las del saber jerárquico, certificado y credencializado del mundo educativo, ni las del éxito comercial o mediático. Son las instituciones de la cultura libre: la lectura, la tertulia, la correspondencia, los circuitos del mundo editorial y artístico (publicaciones, librerías, bibliotecas, museos, galerías, tiendas de discos, salas de conciertos, de teatro, cine, danza) que organizan y difunden lo digno de ser leído, escuchado, visto, admirado, por gusto y nada más, ociosamente. Las “credenciales” de la cultura personal son la curiosidad, la ignorancia inteligente, el espíritu creador, la animación, el buen humor, la crítica, la libertad.

La Edad Media inventó la palabra modernus y el concepto de historia como progreso. En los siglos XII y XIII, el paraíso (perdido en el pasado, entrevisto por místicos y poetas en un presente perpetuo, esperado en el futuro absoluto del fin de los tiempos) se convierte en misión cristiana de progreso gradual (Joaquín de Fiore, Bernardo de Chartres, Roger Bacon). Se vuelve un paraíso deseable aquí y ahora, cotidiano, creciente, construible. Anima el Renacimiento, la Reforma, la Revolución, con un optimismo progresista que despierta la adhesión y la crítica.

Para Joaquín de Fiore, la eternidad divina se despliega en el tiempo como historia sagrada: la era del Padre, luego la del Hijo y finalmente la del Espíritu Santo. Para Leibniz (The Ultimate Origin of Things, 1697, http://www.earlymoderntexts.com), “hay un progreso perpetuo y libre del universo entero”, “que siempre está avanzando hacia más”, sin alcanzar la perfección de Dios. Para Teilhard de Chardin (El fenómeno humano, 1955), en el avance cosmológico hacia Omega, van apareciendo las especies, la vida humana y la noósfera que recubre el planeta (el mundo 3 de Popper, la atmósfera cultural). Todo lo cual supone la humanidad entera (no un pueblo elegido) que converge hacia más; y, por supuesto, hacia Dios.

La historia como progreso proyecta en el espacio los avances en el tiempo: la geografía como desigualdad. Hace de la misión histórica una misión imperialista: la redención de los pueblos atrasados. Hace del imperio, como en Constantino, un pueblo elegido para salvar a los demás; y de la cultura dominante, la cultura universal. La primera crítica es la religiosa: Los apóstoles “no usaron de la fuerza corporal, ni de multitud de ejércitos” (Bartolomé de las Casas, Del único modo de atraer a todos los pueblos a la verdadera religión, 1537). Luego viene la crítica escéptica: Llamamos bárbaros a los que tienen otras costumbres, pero “los sobrepasamos en toda clase de barbaries” (Montaigne, Sobre los caníbales, 1580). Y, finalmente, la anticlerical. Voltaire se burla de Leibniz (y de los ateos), pero mantiene su optimismo. Cree en el progreso conducido por la Razón, rescatado del oscurantismo eclesiástico y las supersticiones populares. A la Razón se debe “la prodigiosa superioridad de nuestro siglo sobre los antiguos”. Europa ha dejado atrás a griegos y romanos (El siglo de Luis I, 1751).

La Ilustración inventa el segundo concepto de cultura: el nivel superior alcanzado por la humanidad. No es la cultura personal, sino social. Incluye el patrimonio acumulado por los grandes creadores, el saber alcanzado, el buen gusto, la pulida civilidad de las costumbres, las instituciones sociales, empezando por la propiedad. Para Rousseau, el primero que cercó un terreno, declaró “Esto es mío” y logró que respetaran su propiedad fue el fundador de la sociedad civil (Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, 1754). Para Adam Ferguson (An Essay on the History of Civil Society, 1767), toda la humanidad está en diversas etapas de progreso: salvajismo, barbarie o civilización. En este concepto, la sociedad civil no es el cuerpo social intermedio entre la familia y el Estado (Hegel), sino el estado de civilización frente al estado silvestre de la humanidad primitiva. Lo deseable es que todos alcancen el nivel superior (los niños, los adultos insuficientemente educados y los pueblos atrasados) y que el nivel vaya subiendo.

La crítica aparece en la misma Ilustración, y sobre todo en el Romanticismo. Cuando la Razón inventa la guillotina (para superar la barbarie clerical de la quema de brujas) y somete a los pueblos alemanes (para liberarlos del atraso), el entusiasmo por la cultura universal se nubla. Beethoven, como otros progresistas, admiraba de lejos la Francia revolucionaria, hasta que los invadió.

El Romanticismo inventa el tercer concepto de cultura: la identidad comunitaria que defiende sus creencias, usos y costumbres de la barbarie progresista. Johann Gottfried Herder recoge el tema de que la humanidad, como si fuera una persona, se va desarrollando por grados sucesivos, y revira una crítica radical del progreso. Ninguna etapa es superior a otra. Cada cultura es su propia finalidad, no un paso previo a la supuesta cultura superior. La infancia tiene sentido por sí misma, no como preparación para la vida adulta. Ves como niñerías de un pueblo sus creencias, usos y costumbres, y quieres generosamente dotarlo de “tu deísmo filosófico, de tu virtud y honor de buen gusto, de tu amor por todos los pueblos en general, que rebosa opresión tolerante, explotación y filosofía de las luces”. El niño eres tú. (Otra filosofía de la historia, 1774, en Histoire et cultures)

De Herder deriva la antropología como estudio de las culturas particulares. Claude Lévi-Strauss, en su entrevista libro con Didier Éribon (De près et de loin) cuenta que Franz Boas “tenía en su comedor un cofre soberbio, esculpido y pintado por los indios kwakiutl, a los cuales dedica gran parte de su obra. Cuando le dije que vivir entre creadores de tales obras maestras debió de ser una experiencia única, me respondió secamente: ‘Son indios como los otros.’ Supongo que su relativismo cultural no le permitía establecer una jerarquía de valores entre los pueblos”.

La crítica de la cultura occidental culmina en el siglo XX. En 1919, ante el desastre de la guerra (1914-1918), quizá inspirado por el libro de Oswald Spengler (La decadencia de Occidente, 1918), Paul Valéry escribe una reflexión cuya primera frase se volvió famosa: “Nosotras, las civilizaciones, sabemos ahora que somos mortales.” “Elam, Nínive, Babilonia, eran bellos nombres vagos, y la ruina total de esos mundos nos decía poco, igual que su existencia.” “Ahora vemos que el abismo de la historia es suficientemente grande para todos. Sentimos que una civilización tiene la misma fragilidad que una vida.” (“La crise de l’Esprit”,Varieté i.) La frase contribuyó a la difusión del concepto de culturas en plural, aunque se refiere a las grandes civilizaciones, no a todas las culturas.

Se puede hablar, entonces, de un concepto clásico, un concepto ilustrado y un concepto romántico de la cultura. El primero subraya la forma de heredar (la frecuentación personal de los grandes libros, las grandes obras de arte, los grandes ejemplos); el segundo, el nivel alcanzado (la superioridad de los que están en la cumbre); el tercero, el patrimonio (todo lo que puede considerarse propio). Pero en los tres se dan los tres aspectos. Por ejemplo, con respecto al nivel: el concepto clásico ve la cultura como nivel personal (en comparación con otras personas); el ilustrado, como nivel social (en comparación con otras sociedades o estamentos); el romántico, como identidad (incomparable). El primero y el segundo son elitistas, frente al tercero, que enaltece la cultura popular y los valores comunitarios. El segundo y el tercero son paternalistas, a diferencia del primero, que enaltece el esfuerzo personal. En el concepto clásico, la cultura que importa es la mía: la que me lleva al diálogo con los grandes creadores. En el concepto ilustrado, hay una sola cultura universal que va progresando, ante la cual los pueblos son graduables como adelantados o atrasados. En el romántico, todos los pueblos son cultos (tienen su propia cultura); todas las culturas son particulares y ninguna es superior o inferior.

Gabriel Zaid, “Tres conceptos de cultura”, Letras libres, 30 de junio de 2007

Alfonso Reyes y la filología: entre la Revista de Filología Española y la Nueva Revista de Filología Hispánica. Por Mario Pedrazuela Fuentes

Resumen

En este artículo se propone un recorrido por la labor filológica de Alfonso Reyes, sobre todo la que realizó en el Centro de Estudios Históricos durante los diez años que pasó en España entre 1914 y 1924. En ese tiempo, trabajó intensamente en la literatura de los siglos XVI y XVII y también en la Revista de Filología Española. A su regreso a México, cuando preside El Colegio de México, acogerá allí a muchos de los intelectuales españoles que le ayudaron en sus años madrileños y dará continuidad al trabajo filológico que se había iniciado en el Centro de Estudios Históricos, truncado por la Guerra Civil, y que después fue continuado en cierta medida por el Instituto de Filología de Buenos Aires. Reyes colaboró en la continuidad de la Revista de Filología, pues después de un breve período en Buenos Aires, donde se desarrolló la Revista de Filología Hispánica, ésta se publicó finalmente en El Colegio de México con el título de Nueva Revista de Filología Hispánica.

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Ortega y Alfonso Reyes (Una relación intelectual con América al fondo). Por Antonio Lago Carballo

Cuando en 1992 publiqué en Ediciones de Cultura Hispánica una Antología de Alfonso Reyes, sin duda alguna la figura intelectual de México más relevante de la primera mitad del siglo XX, le envié un ejemplar a mi amigo José Ortega Spottorno, quien poco después me hizo llegar el libro que acababa de publicar, Historia probable de los Spottorno, con una dedicatoria en la que decía que era un «canje de Reyes por Spottornos». No pasó mucho tiempo y un día me anunció que estaba dando vueltas al propósito de escribir otro libro, éste acerca de los Ortega, para cuya redacción estaba acopiando papeles y recuerdos. Meses después me dijo que, dado mi conocimiento de Alfonso Reyes, me agradecería le diese las citas y referencias relativas a la relación que el humanista mexicano había tenido con don José. Cumplí su encargo y de vez en cuando le preguntaba por la marcha del libro, cuando nos encontrábamos en las conferencias de Pedro Laín en los cursos que nuestro común y admirado amigo daba bajo los auspicios del Colegio Libre de Eméritos.

Pasó algún tiempo y una tarde me confesó que le preocupaba el estado de su salud y me habló de su deseo de terminar cuanto antes el libro sobre los Ortega. En una carrera contra el tiempo, me dijo que había preferido ceñirse a lo que estimaba esencial en la biografía de su padre, lo que le había llevado a cortar referencias no sustanciales. Y en efecto, en su excelente libro, aparecido con carácter póstumo en la primavera de 2002, sólo una vez figura el nombre de Alfonso Reyes. Cuento todo esto porque pienso que quizá tenga interés reseñar en qué consistieron las relaciones entre los dos excelentes escritores. Son tantas y de tanto interés las referencias del mexicano hacia el autor de La rebelión de las masas, que creo no resulta superfluo el empeño de dar cuenta de ellas *.

Alfonso Reyes llegó a Madrid a finales del año 1914, tras haber cesado en el puesto diplomático que desempeñaba en París desde mediados del año anterior, para el que había sido nombrado por el gobierno mexicano, tras la muerte violenta, el 9 de febrero de 1913, en plena confusión revolucionaria, de su padre, el general Bernardo Reyes, con ocasión de una acción militar de asalto al Palacio Nacional contra el presidente Madero.

Sin medios de fortuna, los primeros tiempos de Reyes en Madrid, al principio sólo y enseguida con su esposa e hijo, fueron muy difíciles. Vivía tan al día que una mañana, sin un céntimo, salió a buscar fortuna, «sin duda esperando que algún pájaro del Señor me trajera la media torta como a San Antonio. Crucé el tercer patio, el segundo patio, el primer patio… y al pasar frente al cuarto de los porteros, estos me entregaron una tarjeta… La tarjeta era de don Luis Ruiz Contreras [a quien había conocido en una cena en casa de Mme. Carcassone]. Fui a verlo». Y Ruiz Contreras le encarga la traducción de una historia de la guerra europea. Y, con insólita generosidad de editor, le dice: «Viene el invierno y usted necesita calentarse: aquí está el pago adelantado».

Poco a poco Reyes fue entrando en la vida literaria y cultural de Madrid. Comenzó a frecuentar el Ateneo, del que entonces era secretario Manuel Azaña, y a iniciar su amistad con Díez-Canedo, Pedro Salinas, Moreno Villa… Fue Díez-Canedo quien lo presentó en la editorial La Lectura, y allí conoció a Juan Ramón Jiménez, Comienzan los encargos: en La Lectura le encomiendan la preparación de un volumen con el teatro de Ruiz Alarcón, y Saturnino Calleja, hasta entonces editor de los famosos cuentos infantiles, le pide prólogos y notas críticas para el Libro de buen amor, para Quevedo, para Lope, para Baltasar Gracián… Por entonces, «la noble amistad de José Ortega y Gasset me valió desde el primer momento, asociándome primero al semanario España, después a El Imparcial y finalmente a El Sol», escribió Reyes en el prólogo a su libro Vísperas de España. Y cuando Ortega funda la Revista de Occidente también requiere la colaboración de Reyes, que publica en el primer número, que apareció en julio de 1923, un artículo acerca del poeta José de Espronceda.

En el semanario España, con su compatriota Martín Luis Guzmán –y bajo el seudónimo compartido de «Fósforo»– Reyes publicó notas sobre el cinematógrafo, tarea en la que les había precedido el filólogo Federico de Onís.

En El Imparcial –animado por Ortega, que le dijo: «El secreto de la perfección está en emprender obras algo inferiores a nuestras capacidades»– escribió una serie de crónicas cinematográficas, iniciadas el primero de junio de 1916. Su relación con Ortega se afirma cuando, tres años más tarde, éste le encarga que dirija y escriba en la página que los jueves publicaba el diario El Sol, dedicada a historia y geografía, para lo que Reyes pidió la colaboración de Juan Dantín Cereceda para los asuntos geográficos. Buena parte de los extensos artículos publicados, desde 1918 a 1920, en las páginas de El Sol, los recogería Reyes en sus libros Simpatías y diferencias, Historia de un siglo y Las mesas de plomo. Precisamente en la cuarta serie de Simpatías y diferencias reunió Reyes tres apuntes sobre Ortega y Gasset: el primero fechado en 1916, el siguiente en 1917 y el tercero en 1922. El primero arranca con una afirmación definitoria: «José Ortega y Gasset se destaca entre la juventud española con un ademán de paladín. Aplicando a la crítica literaria el tono patético de la historia, pudiéramos decir que es el héroe». Y a renglón seguido un largo y explicativo párrafo:

En él, como en muchos, hay una bifurcación interior, más o menos inconfesa o reconocida, y comparte su actividad entre dos vocaciones: la oficial y la personal, para decirlo de algún modo. ¿La oficial? Él es catedrático de Filosofía en la Universidad Central, y dirige una sección de investigaciones en el Centro de Estudios Históricos, ¿La personal? La personal es la literatura. ¿Tengo que añadir que, sin pretender restar nada a su palmaria capacidad de filósofo, estoy, contra la afición oficial, por la personal? Os diré por qué: si como literato Ortega y Gasset ve las cosas humanas bajo especies cálidas y concretas, y las expresa con un ánimo de belleza, como filósofo quisiera ceñir su conducta intelectual dentro de una sola tendencia, coordinarla con su conducta práctica y construir, a través de la palabra, algo como un nuevo ideal de España, cuya última manifestación tendría que ser la obra de reforma política.

Un año después, y en el segundo apunte, comentaba Reyes el viaje que Ortega había hecho el año anterior a la Argentina y escribe que:

podemos decir, con una sonrisa, que José Ortega y Gasset descubrió a América. La descubrió, en efecto, para sí mismo. América ha logrado así una envidiable conquista, y ha sellado un pacto de alianza con una de las voluntades más limpias y claras de que se honra la España joven. Agradecemos esa frase de cordial humorismo con que acaba el prólogo: –En las páginas de El Espectador no se pone el sol.

En otro texto publicado en La Pluma en enero de 1923 insiste: «Ortega y Gasset trae de América un secreto de fantasía renovada semejante al de Fausto».

Y en más de una ocasión Reyes contó que Ortega, después de ese primer viaje a la Argentina, le había confesado que le agradaría ser apodado «Ortega, el Americano», como se dijo en la Antigüedad «Escipión, el Africano».

Pero hay un texto de Ortega que llamó la atención de Reyes una y otra vez. Es un texto publicado en 1915 en las páginas del semanario España y en el que afirmaba: «Es América el mayor deber y el mayor honor que queda en nuestra vida. ¡España, España es el único pueblo europeo que no tiene una política de América! ¿Cómo es esto posible? No queda a nuestra raza otra salida por el camino real de la Historia, si no es América».

Reyes recordó más de una vez esta cita, pero fue en su respuesta a una encuesta de El Tiempo (Madrid, 8 de marzo de 1921) cuando su glosa adquirió mayor hondura y gravedad:

Me complazco en repetir las hermosas palabras de Ortega y Gasset: «América representa el mayor deber y el mayor honor de España». Fuerza es que los pueblos tengan ideales o los inventen. Así como América no descubrirá plenamente el sentido de su vida en tanto no rehaga, pieza a pieza, su «conciencia española», así España no tiene mejor empresa en el mundo que reasumir su papel de hermana mayor de las Américas. A manera de ejercicios espirituales, al americano debiera imponerse la meditación metódica de las cosas de España, y al español la de las cosas de América. En las escuelas y en los periódicos debiera recordarse constantemente a los americanos el deber de pensar en España; a los españoles, el de pensar en América. En las hojas diarias leeríamos cada semana estas palabras: «Americanos, ¿habéis pensado en España? Españoles, ¿habéis pensado en América?» Concibo la educación de un joven español que se acostumbrara a adquirir todos los meses algún conocimiento nuevo sobre América, por modesto que fuese. Hay que acostumbrar al español a que tenga siempre una ventana abierta hacia América.

Si hermosa era la frase orteguiana no lo eran menos las reflexiones y conclusiones que suscitó en la mente de Reyes, quien mantendría de por vida una actitud admirativa y amistosa hacia nuestro filósofo, en quien siempre apreció su interés y devoción hacia la América hispánica. Valga como muestra lo que escribió en su artículo Goethe y América, publicado en 1932: «José Ortega y Gasset sufre y siente a América como un problema personal».

En 1923 tuvo lugar en Madrid un evento literario en el que coincidieron Ortega y Reyes, y de tal suceso ambos nos dejaron testimonio escrito. Se trata del homenaje tributado a Stéphane Mallarmé, el domingo, día 11 de octubre, para conmemorar, con un silencio de cinco minutos, el XXV aniversario de la muerte del poeta francés. El escenario, el Jardín Botánico «en la puerta que da sobre la Feria de Libros». La hora: «las once en punto de la mañana» Los reunidos fueron: José Ortega y Gasset, Eugenio d’Ors, Enrique Díez-Canedo, José Moreno Villa, José María Chacón y Calvo, Antonio Marichalar, José Bergamín, Mauricio Bacarisse y Alfonso Reyes, de quien fue la iniciativa y quien escribió una sabrosa e ingeniosa crónica que figura en su libro Culto a Mallarmé, incluido en el tomo XXV de sus Obras Completas. Por su parte el secretario de Revista de Occidente, Fernando Vela, escribió una carta a todos los asistentes preguntándoles qué habían pensado durante los cinco minutos de silencio. Las respuestas fueron publicadas en el número de noviembre de la Revista. En su texto, Ortega declara:

La idea de este silencio es de Alfonso Reyes… A ningún español se nos hubiera ocurrido esto. A los españoles nos avergüenza toda solemnidad, nos ruboriza. ¿Por qué? Pueblo viejo. Tenemos en el alma centurias de solemnidades; éstas han perdido ya la frescura de sentido y nos hemos acostumbrado a pensar que son falsas y desvirtuadas. Alfonso Reyes es americano. Alfonso… Reyes… Alfonso, nombre de reyes…, es americano. Pueblo joven…

La crónica de Reyes es un prodigio de encanto y finura:

El primero en llegar fue José Ortega y Gasset… Era un día gris, nublado y claro. Algo París-de-los-años-de-Ochenta… Sacudiendo el viento los ramajes de nubes, hizo caer escasas gotas. Luego, quedó el tiempo seguro; y había una frescura casi dulce» […] El Botánico tenía una iluminación de vidrieras opacas, de taller fotográfico. Cada árbol, al paso, nos decía una palabra, como al estudioso Goethe en sus excursiones de naturalista: la palabra escrita en su etiqueta: Almez, Alerce, Sófora Japónica, Pawlonia, Arce Sacarino. Cada árbol, al paso, nos alargaba su tarjeta de visita…

En abril de 1924, en vísperas de su regreso a México Alfonso Reyes, que entonces desempeñaba el puesto de primer secretario de la legación de su país en Madrid, recibió un homenaje en el restaurante Lhardy, con Ortega en la presidencia. Compartieron las mesas D’Ors, Azorín, Eduardo Marquina. Manuel Azaña, Díez Canedo, José María Chacón y Calvo… y muchos más escritores y amigos. Eduardo Gómez de Baquero pronunció el discurso de ofrecimiento. Todos los reunidos, más Unamuno, Valle-Inclán, Juan Ramón Jiménez, Gómez de la Serna, Maeztu, Moreno Villa… habían sido sus amigos a lo largo de los diez años de vida madrileña, así como cuantos pertenecían al Centro de Estudios Históricos, presidido por don Ramón Menéndez Pidal, en donde Reyes también colaboró activamente.

Dejaba Reyes un Madrid en el que se sentía arraigado y unos amigos con los que había compartido trabajos y conversaciones, que evocará años más tarde en su libro Tertulia de Madrid. Otro amigo suyo, el fino crítico literario Melchor Fernández Almagro, cuando comente ese libro en Cuadernos Hispanoamericanos (Madrid, marzo-abril de 1951), escribirá:

Recordamos a Alfonso Reyes, menudo y redondo, sutil, cortés y seseante, en grupo con los demás contertulios, [en el hotel Regina] alrededor de la mesa rectangular, junto a la columna central del café: todo nuevo, blanco, sin espejo ni divanes de pelouche rojo: «Son los intelectuales», decían los otros asiduos al café, políticos de provincias, mujeres equívocas o sin equívoco alguno, toreros; los tipos mismos, al natural, que dibujaban por entonces Penagos y Tovar.

En aquellos días de su despedida de Madrid, la prensa publicó diversos artículos en los que se elogiaba la personalidad de Alfonso Reyes. En el ABC, don Eugenio d’Ors en una de sus glosas sentenciaba: «Alfonso Reyes es el que ha torcido el cuello a la exuberancia y ha dejado limpio de su imagen mítica el mapa ideal de nuestra América». Y Azorín definió a sus lectores argentinos de La Nación la personalidad de Reyes con estas palabras: «Cortés, atento, conciliador, Reyes logró captarse prestamente las simpatías de las personas con quienes trata. Y las mismas cualidades de finura y escrupulosidad lleva a sus trabajos de crítica literaria y de erudición».

Perfecto retrato. En él coinciden cuantos le trataron. Sus dotes intelectuales eran parejas con sus dotes de bondad, de simpatía, de ingenio. Gabriela Mistral escribió que «conversar con Reyes es una fiesta». Y el escritor paraguayo Julio César Chaves contó que un día en París y en casa de Jean Cassou, Miguel de Unamuno, en presencia de Rainer Maria Rilke, dijo hablando de nuestro hombre: «La inteligencia de Reyes es una función de su bondad».

Sin abandonar su labor de escritor, Reyes dedicó los siguientes años a cumplir sus deberes como diplomático: ministro de México en París, hasta que pasó a desempeñar la Embajada de México en Buenos Aires (1927-1930) y en Río de Janeiro (1930-1937).

Cuando en 1928 Ortega y Gasset hizo su segundo viaje a la Argentina se vio con Reyes y reavivaron afecto y amistad. En el libro Anecdotario, publicado póstumamente por su nieta Alicia en 1968, figuran varias anécdotas que tienen a Ortega y a Reyes como protagonistas. Entre ellas sólo dos traigo aquí a colación porque presentan perfiles, entre la vanidad y el donjuanismo, que contribuyen a matizar la condición humana de uno y otro. La primera es ésta:

En una reunión social de Buenos Aires, me rodeaban unas señoras jóvenes, sentadas como yo en almohadones sobre el suelo, para que yo les improvisara cuentos como Oscar Wilde. José Ortega y Gasset cruzó la sala entera a paso veloz, gritando.

–No, señoras. A Reyes lo tienen ustedes aquí de modo permanente. Rodéenme a mí que me voy en unos días.

Le cedí mi almohadón, pero el prefirió una butaca de respeto y comenzó una suerte de flirt filosófico, en que era experto. Las señoras se dispersaron poco a poco.

La otra anécdota sube de tono y de indiscreción:

En Buenos Aires también, me dijo:

–¿Dónde esconderme con una señora respetable?

Lo llevé a un departamento precioso que yo tenía y le di la llave:

–¿Le agrada?

–¡Es una octava real! ¡Caramba con este Alfonsito!

Algunos días después pasé al Hotel Plaza a recoger la llave y visité mi rincón; todo en orden, pero para que no se dudara de que él, José, había estado ahí, dejó la envoltura, con su nombre, de unas pantuflas nuevas.

Este encuentro en Buenos Aires sería el último de los celebrados entre Reyes y Ortega. Cuando éste volvió en 1939 a la capital argentina, el gran mexicano ya residía en México. Si se repasan los índices onomásticos de los veintiséis tomos de las Obras Completas de Reyes, se comprueba las numerosísimas citas de textos de Ortega, desde los primeros tiempos hasta la conferencia de éste sobre Goethe en Aspen en julio de 1949. Precisamente es con Goethe como tema de fondo cuando encontramos un testimonio de Reyes en el que manifiesta una actitud crítica y discrepante de Ortega, compatible con el afecto y admiración que siempre le profesó. Se trata de la carta, rescatada por José Luis Martínez y publicada en el tomo XXVI de las Obras Completas (México, 1993) de Reyes, que éste escribió al novelista y ensayista argentino Eduardo Mallea a propósito del ensayo «Pidiendo un Goethe desde dentro. Carta a un alemán», que Ortega había publicado en Revista de Occidente en abril de 1932. La carta de Reyes comienza con una confesión:

La Carta a un alemán de José Ortega y Gasset me ha causado un verdadero arrobamiento, lo mismo que a usted. El gran escritor lo empuña a uno y lo transporta. Pero tiene la elocuencia engañosa de las sirenas. No se deje usted engañar. Ortega es sofístico y engañoso. Esto se lo digo a usted en secreto. Esta carta es un desahogo que yo confío a su corazón de amigo, pero no quiero que usted le dé el aire, porque no quiero tener que sufrir más en mis relaciones con José. Cuando entre él y yo se ha atravesado una pestaña, le confieso a usted que me sentí muy desdichado. Quizá Victoria [Ocampo] también podrá leer esta carta. Yo creo que le pasa con José lo que a mí: yo lo admiro, lo «amo» y no lo aguanto.

Después siguen cinco densas páginas de análisis y comentario de las tesis de Ortega en torno a Goethe expuestas en su ensayo, escrito que, según Reyes, «es el fruto de dos sentimientos que él lleva a una temperatura de sublimidad: la soberbia y la envidia».

No viene al caso reproducir aquí los argumentos empleados por Reyes –excelente conocedor de Goethe, como lo reflejan las primeras 445 páginas del citado tomo XXVI– para razonar su discrepancia con Ortega. Pero sí debo citar el expresivo final de la recordada carta:

Y ahora ¿puedo esperar de usted que guarde esta carta como secreto? Mire que no quiero hacer junto a Ortega y Gasset el papel que él hace junto a Goethe. Mire que discutir públicamente con Ortega y Gasset quien se siente menor que él y no tiene siquiera posibilidad de combate periodístico, quien al fin lo quiere y admira de veras, quien quizá siente que choca con él por un fenómeno de «adoración», quien nunca se acercó a él sin utilidad y provecho en pro o en contra, sería absurdo. Suyo cordial.

El mismo día en que murió Ortega en Madrid, 18 de octubre de 1955, su amigo Reyes escribió un artículo titulado «Treno para José Ortega y Gasset», que aparecería en la revista Cuadernos Americanos (México, febrero 1956). En aquellas páginas reiteraba su testimonio de deuda y gratitud por el trato que había recibido de Ortega años atrás, a la vez que recordaba que, ante la situación que vivió la España en guerra civil, él se apresuró a ofrecer a Ortega su casa en México, y recibió esta respuesta: «Agradecí muy vivamente su cariñosa carta, que me trae su vieja amistad. Siempre en lo recóndito contaba con ella».

Y Reyes evocaba a su amigo con estas hermosas palabras:

Perdemos en José Ortega y Gasset a un escritor que ha dejado un rastro de fuego en la lengua y en la mente de nuestro siglo; a un filósofo imperial, no por la coherencia sistemética de un Kant o de un Hegel –a que él nunca quiso sujetarse–, sino por el altivo señorío de sus concepciones, la actitud orgullosa y la varonil trascendencia; a un pensador que de mil modos llegó a superar a sus maestros y hasta dio al mundo la expresión auténtica de algunas nociones que aún latían en la nebulosa; a un artista en quien jamás desmayó la soberbia voluntad de forma. Era hombre de ánimo solemne que luchó siempre contra las travesuras de la ironía y del humorismo, sus dos verdaderos adversarios; de una sensibilidad tan aguda que solía herirse con su propio aguijón o, mejor, que acabó atravesándose con su espada; de una honda capacidad moral que, por ser tan honda, se desgarraba entre los ideales teóricos y los apremios del deber cí- vico, por manera que iba y venía como el péndulo electrizado de saúco, sin poder resignarse nunca a lo que hay de transacción en la acción.[…] Cuando hayan corrido los años, operando su justicia de larga vista sobre las desigualdades y accidentes y demás miserias del acontecer cotidiano, esta imagen se levantará entre las más altas de España, no lo dudo.

Reyes concluía su treno con un bello y piadoso deseo:

Yo quiero evocar sobre su tumba las palabras de Horacio a Hamlet, envolviendo así en cortesías poéticas las asperidades de la desgracia: «Buenas noches, dulce príncipe; los coros de ángeles arrullen tu sueño».

Alfonso Reyes falleció en la ciudad de México el 27 de diciembre de 1959. Cabe pensar que, de haber vivido, José Ortega y Gasset le hubiese despedido con similar y conmovido elogio.

Disciplina e interdisciplina en ciencias y humanidades. Por Pablo González Casanova

 

 

 

 

Enlaces relacionados:

http://cidhem.mx

http://www.academia.org.mx/Pablo-Gonzalez-Casanova-%28sociologo%29

http://es.wikipedia.org/wiki/Pablo_González_Casanova

 

Aviso sobre la trayectoria de la modernidad. Por Octavio Paz

La expresión poesía mexicana es ambigua: ¿poesía escrita por mexicanos o poesía que de alguna manera revela el espíritu, la realidad o el carácter de México? Nuestros poetas escriben un español de mexicanos del siglo XX pero la mexicanidad de sus poemas es tan dudosa como la idea misma de genio nacional. Se dice que López Velarde es el más mexicano de nuestros poetas y, no obstante, se afirma que su obra es de tal modo personal que sería inútil buscar una parecida entre sus contemporáneos y descendientes. Si aquello que le distingue es su mexicanidad, habría que concluir que ésta consiste en no parecerse a la de ningún otro mexicano. No sería un carácter general sino una anomalía personal. En realidad la obra de López Velarde tiene más de un parecido con la del argentino Lugones que, a su vez, se parece a la del francés Laforgue. No es el genio nacional sino el espíritu de la época lo que une a estos tres poetas tan distinto entre sí. Esta observación es aplicable a otras literaturas: Manrique se parece más a Villon que a Garcilaso, y Góngora está más cerca de Marino que de Berceo. Es discutible la existencia de una poesía barroca, romántica o simbolista. No niego las tradiciones nacionales ni el temperamento de los pueblos; afirmo que los estilos son universales o, más bien, internacionales. Lo que llamamos tradiciones nacionales son, casi siempre, versiones y adaptaciones de estilos que fueron universales. Por último, una obra es algo más que una tradición y un estilo: una creación única, una visión singular. A medida que la obra es más perfecta son menos visibles la tradición y el estilo. El arte aspira a la transparencia.

La poesía de los mexicanos es parte de una tradición más vasta: la de poesía de lengua castellana escrita en Hispanoamérica en la época moderna. Esta tradición no es la misma que la de España. Nuestra tradición es también y sobre todo un estilo polémico, en lucha constante con la tradición española y consigo mismo: al casticismo español opone un cosmopolitismo a su propio cosmopolitismo, una voluntad de ser americano. Apenas se hizo patente esta voluntad de estilo a partir del “modernismo”, se entabló un diálogo entre España e Hispanoamérica. Ese diálogo es la historia de nuestra poesía: Darío y Jiménez, Machado y Lugones, Huidobro y Guillén, Neruda y García Lorca. Los poetas mexicanos participan en ese diálogo desde los tiempos de Gutiérrez Nájera y la Revista Azul. Sin este diálogo no habría poetas modernos en México pero asimismo, sin los mexicanos la poesía de nuestra lengua no sería lo que es. Subrayo el carácter hispanoamericano de nuestros autores porque creo que la poesía escrita en nuestro país es parte de un movimiento generacional que se inicia hacia 1885 en la porción hispánica de América. No hay poesía argentina, mexicana, venezolana: hay una poesía hispanoamericana o, más exactamente, una tradición y un estilo hispanoamericanos. Las historias nacionales de nuestra literatura son tan artificiales como nuestras fronteras políticas. Unas y otras son consecuencia del gran fracaso de las guerras de independencia. Nuestros libertadores y sus sucesores nos dividieron. Ahora bien, lo que separaron los caudillos ¿no lo unirá la poesía? Así pues, este libro sólo presenta un fragmento, la porción mexicana, de la poesía hispanoamericana. Esta limitación nacional, por más antipática que parezca, no es demasiado grave. Nuestro libro no es sino una contribución al diálogo hispanoamericano.

Si el criterio de nacionalidad me parece insuficiente, ¿qué decir del prejuicio de la modernidad? Escribo prejuicio porque convengo en que lo es. Ahora que es un prejuicio inseparable de nuestro ser mismo: la modernidad, desde hace cien años, es nuestro estilo. Es el estilo universal. Querer ser moderno parece locura: estamos condenados a serlo, ya que el futuro y el pasado nos están vedados. Pero la modernidad no consiste en resignarse a vivir este ahora fantasma que llamamos siglo XX. La modernidad es una decisión, un deseo de no ser como los que nos antecedieron y un querer ser el comienzo de otro tiempo. La sabiduría antigua predicaba vivir el instante -un instante único y, sin embargo, idéntico a todos los instantes que lo habían precedido. La modernidad afirma que el instante es único porque no se parece a los otros: nada hay nuevo bajo el sol, excepto las creaciones e inventos del hombre; nada es nuevo sobre la tierra, excepto el hombre que cambia cada día. Aquello que distingue el instante de los otros instantes es su carga de futuro desconocido. No repetición sino inauguración, ruptura y no continuidad. La tradición moderna es la tradición de la ruptura. Ilusoria o no, esta idea enciende al joven Rubén Darío y lo lleva a proclamar una estética nueva. El segundo gran movimiento del siglo se inicia también como ruptura: Huidobro y los ultraístas niegan con violencia el pasado inmediato.

El proceso es circular: la búsqueda de un futura termina siempre con la reconquista de un pasado. Ese pasado no es menos nuevo que el futuro: es un pasado reintentado. Cada instante nace un pasado y se apaga un futuro. La tradición también es un invento de la modernidad. O dicho de otro modo: la modernidad construye su pasado con la misma violencia con que edifica su futuro. Castillos en el aire, no menos fantásticos y vulnerables que los edificios intemporales de otras épocas. En suma, nuestro perjuicio  es más un destino: es asumir el tiempo que nos tocó vivir no como algo impuesto sino como algo querido -un tiempo que no se parece a los otros tiempos y que es siempre hasta en sus cacofonías y repeticiones, la encarnación de lo inesperado. La modernidad nace de la desesperación y está perpetuamente enamorada de lo inesperado. Su gloria y su castigo no son de este mundo: son las maravillas y los desengaños del futuro. Nuestro libro pretende reflejar la trayectoria de la modernidad en México: poesía en movimiento, poesía en rotación.

Las antologías aspiran a presentar los mejores poemas de un autor o de un período y, así, postulan implícitamente una visión más o menos estática de la literatura. Inclusive si admite que los gustos cambian, la crítica afirma casi siempre que las obras permanecen aunque la visión de un crítico sea distinta de la de otro crítico, el paisaje que contemplan es el mismo. Este libro está inspirado por una idea distinta: el paisaje también cambia, las obras no son nunca las mismas, los lectores son igualmente autores (actores). Las obras que nos apasionan son aquellas que se transforman indefinidamente; los poemas que amamos son mecanismos de significaciones sucesivas -una arquitectura que sin cesar se deshace y se rehace, un organismo en perpetua rotación. No la belleza quieta sino las mutaciones, las transformaciones. El poema no significa pero engendra las significaciones: es es lenguaje en su forma más pura.

Movilidad del paisaje contemplado y movilidad de punto de vista: no es lo mismo leer a Segovia o a Sabines desde la perspectiva de un lector de González Martínez que leer a Tablada o a Gorostiza desde la de Montes de Oca o de Aridjis. En el primer caso nuestro punto de vista será estático: vemos al presente desde un pasado consumado; en el segundo, vemos al pasado desde un presente en movimiento: el pasado insensible se anima, cambia, marcha hacia nosotros. En general la crítica busca la continuidad de una literatura a partir de autores consagrados: ve al pasado como un comienzo y al presente como un fin provisional; nosotros pretendemos alterar la visión acostumbrada: ver en el presente un comienzo, en el pasado un fin. Este fin también es provisional porque cambia a medida que cambia el presente. Si el presente es un comienzo, la obra de Pellicer, Villaurrutia y Novo es la consecuencia natural de la poesía de los jóvenes y no a la inversa. La prueba de la juventud de estos tres poetas es que soporta la cercanía de los jóvenes. El presente la cambia, le otorga nuevo sentido. En cambio, si no hay una relación viva entre el presente y el pasado, si el pasado es insensible a la acción de los jóvenes, no es aventurado afirmar que hay una ruptura: ese pasado no nos pertenece. Por supuesto, no quiero decir que sea desdeñable: simplemente no es nuestro, no forma parte de nuestro presente.

Este libro no es una antología sino un experimento. Lo es en dos sentidos: por la idea que lo anima y por ser una obra colectiva. Sobre lo segundo diré que nuestra coincidencia no ha sido absoluta. Desde el principio se manifestaron ciertas diferencias de interpretación. Nada más natural. Uno de nosotros observó que la idea de “tradición de la ruptura” es contradictoria: si hay tradición, algo permanece (sustancia o forma) y la cadena no se rompe; si hay ruptura, la tradición se quebranta e, inclusive, se extingue. Otro repuso que la tradición se preserva gracias a la ruptura: los cambios son su continuidad. Una tradición que se petrifica sólo prolonga a la muerte. Y más: transmite muerte. Réplica: el ejemplo de las sociedades tradicionales desmiente las supuestas virtudes vivificadoras de la ruptura. Nada cambia en ellas y, no obstante, la tradición está viva. Contestación: la tradición es una invención moderna. Los llamados pueblos tradicionales no saben que lo son; repiten unos gestos heredados de la historia, fuera del tiempo -o, más bien, inmersos en otro tiempo, cíclico y cerrado. Sólo la ruptura nos da conciencia de la tradición. Nueva réplica: lo contrario es cierto: gracias a la tradición tenemos conciencia de los cambios…

No repetiré aquí todo lo que dijimos. En un momento de la discusión surgió la verdadera divergencia: Alí Chumacero y José Emilio Pacheco sostuvieron que, al lado del criterio central del cambio, deberíamos tomar en cuenta otros valores: la dignidad estética, el decoro -en el sentido horaciano de la palabra-, la perfección. Aridjis y yo nos opusimos. Nos parecía que aceptar esa proposición era recaer en el eclecticismo que domina desde hace muchos años la crítica y la vida intelectual de México. Ni los convencimos ni nos convencieron. Se me ocurrió que no quedaba otro remedio que publicar, en el mismo libro, dos selecciones. Nueva dificultad: algunos poetas figurarían en ambas, aunque con poemas diferentes. Alguien propuso una solución intermedia: incluir también a los autores que cultivan el “decoro” pero que, en algún momento, han coincido con la tradición del cambio. A pesar de que Aridjis y yo queríamos un libro parcial, nos inclinamos sin alegría. Esto explica la presencia de nombres que sólo de una manera tangencial pertenecen a la tradición del movimiento y la ruptura. Al mismo tiempo procuramos al seleccionar sus poemas, ajustarnos dentro de lo posible a la idea de mutación. No creo que lo hayamos conseguido en todos los casos. No importa: a despecho de este libro, el lector percibirá la continuidad de una corriente que comienza con José Juan Tablada, avanza y se ensancha en la obra de 4 o 5 poetas del grupo siguiente, más tarde se desvía y oculta -aunque sólo para reaparecer con mayor violencia en tres o cuatro poetas de mi generación- y, en fin, acaba por animar a la mayoría de los nuevos poetas.

Dividimos el libro en cuatro partes. La primera está consagrada a los jóvenes. No es ni puede ser una selección completa. Más que un cuadro de la poesía reciente es una ventana abierta a un paisaje que cambia con velocidad. La segunda parte nos enfrentó a un grupo disperso y cuya obra de verdad significativa se inicia no en la juventud sino en la madurez. Es una generación marcada por la segunda Guerra Mundial y por las querellas ideológicas que la precedieron y siguieron. Más tarde que las otras, como para recobrar el tiempo perdido, da un salto hacia adelante, hacia su juventud. Omitimos a Neftalí Beltrán y a Manuel Ponce porque pensamos que lo mejor de su obra no corresponde a la “tradición de la ruptura”. Confieso que, ya en prensa este libro, pensé que su exclusión no se justifica enteramente: su caso no es distinto al de varios poetas que figuran en esta sección y en la siguiente. La tercera parte es más homogénea. Las obras decisivas de este grupo, con la excepción de José Gorostiza, son las de juventud. No faltará quien nos reproche la ausencia de Jorge Cuesta. La influencia de su pensamiento fue muy profunda en los poetas de su generación y aún en la mía, pero su poesía no está en sus poemas sino en la obra de aquellos que tuvimos la suerte de escucharlo. A media que nos internamos en el tiempo los nombres disminuyen. Por eso no es extraño que el cuarto grupo (1915) sólo incluya a cuatro poetas. Uno de ellos, Alfonso Reyes, no pertenece realmente a la tradición moderna pero una porción limitada de su obra sí revela ese espíritu de aventura y exploración que nos interesa destacar. El caso de López Velarde también parece, a primera vista, dudoso. No lo es. Cierto, es el poeta de la tradición: ¿será necesario recordar que para él esa palabra era sinónimo de novedad? El tercer poeta de este grupo es un solitario que nunca ha publicado un libro de versos: Julio Torri. Fue uno de los primeros que, entre nosotros, escribieron poemas en prosa. Con él aparece en nuestra lengua el humor moderno. El cuarto poeta es un tránsfuga del modernismo: José Juan Tablada. Tal vez es nuestro poeta más joven.

 

Las tres Electras del teatro ateniense. Por Alfonso Reyes

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Para Pedro Henríquez Ureña

La grave culpa de Tántalo, prolongado a través del tiempo su influjo pernicioso, y como en virtud de una ley de compensación, fue contaminando con su maldad e hiriendo con su castigo a los numerosos Tantálidas, hasta que el último de ellos, Orestes, libertó, con la expiación final, a su raza, del fatalismo: pues ni el tormento del agua y los frutos vedados, ni el de la roca amenazante, bastaron a calmar la cólera de las potencias subterráneas; y sucedió que la semilla de maldición, atraída por Tántalo, germinará, ruinosamente, en el campo doméstico. Y desenrolló la fatalidad su curso, proyectándose por sobre los hijos de la raza; y ellos desfilaron, espectrales, esterilizando la tierra con los pies.

Pélope, hijo del Titán, heredó la maldición para transmitirla a la raza. Y el designio de Zeus se cumplía pavorosamente, en tanto que Tiestes y Atreo, los dos Pelópidas, divididos por aquella fraternal, se disputaban el cetro. Y, en convite criminal, Tiestes, engañado por Atreo, devoraba a sus propios hijos y, advertido de la abominación, desfallecía vomitando los despojos horrendos.

Tiestes había engendrado a Egisto, y Atreo, a la Fuerza de Agamemnón y al blondo Menelao. Y fue por Helena, hija del cisne y esposa de Menelao, por quien la llanura del Escamandro se pobló de guerreros muertos; y por Clitemnestra la Tindárida –que vino a ser, trágicamente, esposa de Agamemnón–, por quien nuevos dolores ensombrecieron la raza.

En tanto que Menelao y Agamemnón asediaban a los troyanos, para la conquista de Helena, Clitemnestra, aconsejada por Egisto su amante, prevenía el puñal. Y al puñal y a la astucia sucumbió Agamemnón, victorioso y de vuelta al lugar nativo, arrastrando tras sí, como por contagio de fatalidad, a la delirante Casandra. Así Clitemnestra regocijó a Egisto su amante, acreciendo las voluptuosidad del lecho.

Pero soñó con sueño augural –dice Esquilo–, que dragón nacido de sus propias entrañas y amamantando a su mismo seno sacaba del pezón materno, mezcladas, la sangre y la leche. Soñó –dice Sófocles– que Agamemnón, resucitado, plantaba en la tierra, orgullosamente, el antiguo cetro de Tántalo, y que el cetro soltaba ramas y, trocado en árbol floreciente, asombraba a toda Micenas.

Y vino Orestes, hijo de Agamemnón: vino del destierro a desgarrar el vientre materno, en venganza de su padre y atendiendo a los mandatos de Apolo. Y por ello sufrió persecución de las gentes y de las Erinies de la Madre; y ya, reñido con Menelao, se disponía a clavar su espada en el flanco de Helena, cuando ésta escapó hacía el éter, convertida en astro.

Perseguido por las Erinies y siempre acompañado del fiel Pílades, huyó Orestes abandonando a Electra su hermana. Y cuenta Esquilo que, perdonado en la tierra de Palas por el consejo de los ancianos, ante el cual los propios dioses comparecieron como partícipes en las acciones del héroe, halló Orestes fin a sus fatigas, y así terminó la expiación de la raza de Tántalo. Eurípides cuenta que, de aventura en aventura, Orestes dio, por fin, en tierra de tarros, donde, para alcanzar perdón, debía robar del templo la estatua de la diosa Artemis, y que ahí encontró a Ifigenia, su otra hermana, oficiando como sacerdotisa del templo: a Ifigenia, a quien su padre Agamemnón, constreñido por los oráculos, y para que sus caminasen con fortuna hacia Ilión, había creído sacrificar, en Áulide, a la propia Artemis, pero que, salvada por la diosa en el momento del sacrificio, cumplía hoy, como en una segunda vida, los ritos sangrientos de la divinidad, recordando, a veces, por la visión del sueño, su vida anterior, y no sabiendo qué hacer de su existencia. Orestes huyó de Táurida con la anhelada estatua, y, llevando consigo a Ifigenia, navegó hacia Atenas. Ésta es, según Eurípides, la suerte de la raza de Tántalo.

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Visión de Anáhuac. Por José Luis Martínez

Cátedra Alfonso Reyes en Cuernavaca
Igualdad entre Manuela y Marie-José

Aprovechando breves veranos de bienestar, y en ocasiones entre sorbo de oxígeno, Alfonso Reyes grabó para la Universidad Nacional, en su casa de la ciudad de México y en Cuernavaca, en agosto y septiembre de 1959, Visión de Anáhuac Ifigenia cruel, dos de sus obras más hermosas y significativas. Había aceptado, además, grabar una selección de poemas y algunos ensayos breves, característicos de su pensamiento y estilo de épocas anteriores, pero la vida no se lo consintió. Su exhausto corazón habría de rendirse la mañana del 27 de diciembre del mismo año, y la muerte que tan insistentemente se le había anunciado y con la que se empeñó valientemente en jugar carreras, habría de encontrarle entre sus libros y con las manos puestas en numerosas empresas.

Estos dos amplios poemas, uno en prosa, Visión de Anáhuac, y otro en verso, Ifigenia cruel, pertenecen al principio y al fin de su estancia madrileña que se extendería de 1914 a 1924, entre sus veinticinco y sus treinta y cinco años de madura juventud, cuando se sentía alejado de su país y cuando lo conturbaban los trágicos recuerdos de la muerte de su padre, confundido y perdido por la violencia revolucionaria. Inmediatamente después de las agudas instantáneas de Cartones de Madrid, que serían su tarjeta de presentación intelectual ante aquella ciudad a la que iba, como el abuelo Ruiz de Alarcón, a ganarse la vida, “el recuerdo de las cosas lejanas, el sentirme olvidado de mi país y la nostalgia de mi alta meseta -cuenta Alfonso Reyes- me llevaron a escribir la Visión de Anáhuac (1915). Sirviéndose de los testimonios proporcionados por las Cartas de relación de Cortés, la Historia verdadera de la conquista de Nueva España de Bernal Díaz del Castillo y la Crónica del Conquistador Anónimo, y de algunas fuentes modernas para la interpretación histórica, la Visión de Anáhuac es una evocación, no erudita ni documental sino artística, de la imagen de la antigua ciudad de México o Tenochtitlan, tal como apareció a principios del siglo XVI, en 1519 precisamente, a los ojos maravillados de los conquistadores españoles.

Pero Reyes no se propuso exclusivamente realizar, para decirlo en palabras de Valery Larbaud, “una descripción lírica, y de un lirismo emparentado con el del Sain-John Perse. Gran poema de colores y hombres, de extraños monumentos y de riquezas acumuladas: en suma la verdadera visión prometida, en todo su brillo y misterio”, sino que su intención profunda fue, además, la de interrogar a aquella imagen original de México y a aquel encuentro radical de dos razas, en busca del sentido de nuestra existencia.

Yo sueño -escribía Alfonso Reyes en 1922- en emprender una serie de ensayos que habrían de desarrollarse bajo esta divisa: En busca del alma nacional. La Visión de Anáhuac puede considerarse como un primer capítulo de esta obra, en la que yo procuraría extraer e interpretar la moraleja de nuestra terrible fábula histórica: buscar el pulso de la Patria en todos los momentos y en todos los hombres en que parece haberse intensificado; pedir a la brutalidad de los hechos un sentido espiritual; descubrir la misión del hombre mexicano en la tierra, interrogando pertinazmente a todos los fantasmas y las piedras de nuestras tumbas y nuestros monumentos.

Alfonso Reyes. Voz del autor. El Colegio Nacional, UNAM, Cátedra Alfonso Reyes UAEM, México, 2004.

A.R. Visión De Anáhuac

Enrico Mario Santí y Octavio Paz

Ensayo

A propósito de uno de los ensayos más importantes de Octavio Paz, Enrico Mario Santí establece:

El laberinto de la soledad (1950), del poeta mexicano Octavio Paz (1914-1998), es una de las piezas claves de la literatura moderna: ensayo él mismo moderno y reflexión crítica sobre la modernidad. En la historia de la literatura hispanoamericana se trata de la prosa ensayística más importante de este siglo, la que ha influido más en el pensamiento y en la literatura de lengua española y resonado más en los de otras lenguas. En el contexto intelectual hispánico, pertenece a la tradición del ensayo de identidad nacional -lo que en Alemania se llamó, en cierto momento la Völkerpsychologie (psicología de los pueblos) y que durante el siglo XIX repercutió en todo el continente, incluyendo España.

Santí. Laberinto de la soledad
19ª edición, 2013 Ilustración de cubierta: Marie-José Paz, El hilo de Ariadna (collage). @Octavio Paz

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La carretilla alfonsina. Por Gabriel Zaid

Por Gabriel Zaid

Fuente: Letras Libres

Carretilla de librosEntre los cuentos y leyendas del folclor industrial, hay la historia del que llevaba materiales en una carretilla, sospechosamente. Una y otra vez, los inspectores revisaban la documentación, y todo estaba en regla; revisaban los materiales, para ver si no escondían otra cosa, y era inútil. El hombre se alejaba sonriendo, como triunfante de una travesura, y los inspectores se quedaban perplejos, derrotados en un juego que no entendían. Tardaron mucho en descubrir que se robaba las carretillas.

Los inspectores de Alfonso Reyes parecen más afortunados, pero no lo son. Una y otra vez han descubierto que sus conocimientos del griego eran limitados, que sus credenciales académicas (una simple licenciatura en derecho) eran del todo insuficientes para los temas que trataba. Que, en muchos casos, manejaba fuentes de segunda mano. Peor aún: que, en tal o cual caso, no hizo más que poner en sus propias palabras materiales ajenos. Para decirlo soezmente: que sus ensayos eran divulgación. ¿Cuál es el campo de su autoridad? Escribe bien, pero de todo. No puede ser. Entra y sale por los dominios universitarios, sin respetar jurisdicciones. Saquea la biblioteca, como si toda fuera suya. Lleva la carretilla con gracia, pero no lleva nada.

Aquí, como en su poesía, hay un problema de expectativas del lector. Si todo poema debe ser intenso y fascinante, los de Reyes decepcionan. Si la prosa no es más que el vehículo expositor de resultados de una investigación académica, sus ensayos aportan poco. Pero el lector que así los vea se lo merece, por no haber visto la mejor prosa del mundo: un resultado sorprendente que este genial investigador disimuló en la transparencia; un vehículo inesperado que les robó a los dioses, y que vale infinitamente más que los datos acarreados. Datos, por lo general, obsoletos al día siguiente: sin embargo, perennes en la sonrisa de un paseo de lujo.

La investigación artística de la lengua es investigación. De ahí pueden resultar descubrimientos importantes para quienes los sepan apreciar, y hasta para el vulgo. Pero se trata de investigaciones, descubrimientos y divulgaciones invisibles para los inspectores. Un poeta descubrió hace milenios que se pueden intercambiar las palabras usadas para el agua que corre y las lágrimas. ¿Qué hubo de nuevo en el experimento? Que nunca se había construido una frase como “ríos de lágrimas”; que sí se podía construir, y que decía algo nunca dicho sobre el dolor: que puede sentirse como algo caudaloso. Hay dolores que queman, como ácidos; dolores que pesan como piedras; dolores que sacuden, que asfixian, que envenenan. Pero también hay dolores que brotan caudalosamente y corren como un río. En lo cual hubo un triple descubrimiento: lingüístico (la construcción es válida, aunque nunca se había intentado), literario (una nueva metáfora, bonita y expresiva), psicológico (la taxonomía del dolor se enriquece con otra categoría).

La divulgación, naturalmente, no consistió en explicar a los legos el descubrimiento. Consistió simplemente en aprovecharlo, hasta que se volvió una frase vulgar, o en construir variantes a partir de ese hallazgo; algunas tan alejadas del original que resultaron descubrimientos adicionales. Por ejemplo: el del poeta que se remontó al origen de las lágrimas, le dio vuelta a la metáfora y dijo que los manantiales eran ojos. Esta nueva metáfora se divulgó tanto que fue lexicalizada: llamar ojo de agua a un manantial ya no se considera una creación poética de su autor, sino el nombre de algo, como cualquier otro nombre del vocabulario.

Un ensayo no es un informe de investigaciones realizadas en el laboratorio: es el laboratorio mismo, donde se ensaya la vida en un texto, donde se despliega la imaginación, creatividad, experimentación, sentido crítico del autor. Ensayar es eso: probar, investigar, nuevas formulaciones habitables por la lectura, nuevas posibilidades de ser leyendo. El equívoco surge cuando el ensayo, en vez de referirse, por ejemplo, a “La melancolía del viajero” (Calendario), se refiere a cuestiones que pueden o deben (según el lector estrecho) considerarse académicas. Surge cuando el lector se limita a leer los datos superables, no la prosa insuperable. Así también, el inspector puede indignarse con el actor que hace maravillosamente el papel de malo, en vez de admirarlo. O indignarse con Shakespeare, porque escribió la obra aprovechando un argumento ajeno. O con el pintor que considera suya la copia que hizo en un museo de un cuadro que le interesó, para observarlo y recrearse recreándolo (como Reyes reescribió a su manera y publicó en su Archivo un libro que le interesó). O indignarse con el público que escucha La Pasión según San Mateo sin saber alemán, aunque lo importante en esta obra no es lo que dice la letra, sino lo que dice Bach.

Reyes se dio cuenta del problema, y nos ayudó a entenderlo con una metáfora memorable: el ensayo es el centauro de los géneros. Un inspector de centauros difícilmente entenderá el juego, si cree que el centauro es un hombre a caballo; si cree que el caballo es simplemente un medio de transporte. El ensayo es arte y ciencia, pero su ciencia principal no está en el contenido acarreado, sino en la carretilla; no es la del profesor (aunque la aproveche, la ilumine o le abra caminos): su ciencia es la del artista que sabe experimentar, combinar, buscar, imaginar, construir, criticar, lo que quiere decir, antes de saberlo. El saber importante en un ensayo es el logrado al escribirlo: el que no existía antes, aunque el autor tuviera antes muchos otros saberes, propios o ajenos, que le sirvieron para ensayar.

Es posible que el ensayista avance por ambas vías, porque el centauro así lo pide. Que llegue a descubrir no sólo textos inéditos importantes que salen de su ser, su cabeza, sus manos, sino cosas que los especialistas no habían descubierto, y que deberían aprovechar. Desgraciadamente, no pueden hacerlo sin arriesgar su legitimidad. Se supone que, fuera del gremio, no puede haber descubrimientos válidos. Por eso es tan común el escamoteo mezquino de aprovechar, sin reconocer: sería mal visto citar a un ensayista en un trabajo académico. Lo cual es una pequeñez, pero sin importancia literaria; a menos que los ensayistas se dejen intimidar y actúen como si la creación fuese menos importante o menos investigación que el trabajo académico.

Reyes no se dejaba intimidar. A los veintitantos años, escribía reseñas admirables por su prosa, animación y precisión en la Revista de Filología Española (recogidas en Entre libros): como un filólogo que domina su técnica, en el doble sentido de ser profesional y de escribir muy por encima de su profesión: como verdadero escritor. Lo recordaba en Monterrey, treinta años después (“Mi idea de la historia”, Marginalia, segunda serie): “me sometí desde el buscarlo hasta el publicarlo con todo su aparato crítico. Pero no confundiría yo, sin embargo, esas disciplinas preparatorias con la exégesis y la valoración de la cultura a la que aspiraba. Lo que acontece es que las artimañas eruditas son reducibles a reglas automáticas fáciles de enseñar y que, una vez aprendidas, se aplican con impersonal monotonía. No pasa lo mismo para las artes de la interpretación y la narración, cuya técnica se resuelve en tener talento”. La importancia del distingo y, sobre todo, la jerarquización, salta a la vista en las reseñas de Entre libros, que se pueden leer sabrosamente, aunque fueron escritas entre 1912 y 1923. No importa que los libros y conocimientos a los cuales se refieren estén datados. La verdadera novedad, que sigue siendo noticia, como diría Pound (poetry is news that stays news), está en la prosa trabajada como poesía. Los datos envejecen, la carretilla no.

Es posible y deseable, como lo muestra Reyes, que el especialista sea mucho más que un especialista: un espíritu ensayante, un escritor de verdad. Ha sucedido con filósofos, historiadores, juristas, médicos. Pero, con el auge de la universidad como centro de formación de tecnócratas, la cultura libre (frente a la cultura asalariada), la cultura de autor (frente a la cultura autorizada por los trámites y el credencialismo), la creación de ideas, metáforas, perspectivas, formas de ver las cosas, parecen nada, frente a la solidez del trabajo académico. La jerarquización correcta es la contraria. El ensayo es tan difícil que los escritores mediocres no deberían ensayar: deberían limitarse al trabajo académico.

Es natural que los especialistas, sobre todo cuando la ciencia necesita grandes presupuestos, estén conscientes de la importancia de las relaciones públicas. Que practiquen dos formas de comunicación social complementarias: las notificaciones de resultados dirigidas formalmente a sus colegas en revistas especializadas y la divulgación para el gran público. Que vean los ensayos como divulgación.

Que lleguen a contratar escritores para exponer sus investigaciones. Pero el ensayo es un género literario de creación intelectual, no un servicio informativo de divulgación. La función ancilar (llamada así por Reyes en El deslinde) usa la prosa como ancila, sierva, esclava, criada, del material acarreado: como carretilla subordinada al laboratorio del especialista. El ensayo, por el contrario, subordina los datos (especializados o no) al laboratorio de la prosa, al laboratorio del saber que se busca en formulaciones inéditas, al laboratorio del ser que se cuestiona, se critica y se recrea en un texto.

El lector incapaz de recrearse, de reconstituirse, de reorganizarse, en la lectura de un ensayo que realmente ensaya, es un lector empobrecido por la cultura tecnocrática. No sabe que le robaron la carretilla.

Octavio Paz, un espíritu excepcional. Por Gabriel Zaid

La aparición de Octavio Paz en la cultura mexicana ha sido un milagro, que la subió de nivel en una sola vida, como esos árboles que de pronto empiezan a echar ramas y a crecer más allá de lo esperado, hasta cambiar el paisaje mismo, del cual se vuelven símbolos.

No es la primera vez que sucede. Ni Nezahualcóyotl ni Sor Juana fueron extraños en la cultura náhuatl o novohispana, sino, por el con­trario, expresión intensa de su desarrollo. Tan intensa que lo rebasaba, y parecía llevarlo peligrosamente no se sabe a dónde. Tan intensa que algunos se inquietaban, y llegaban a resentir el milagro, y a tratarlos como cuerpos extraños, cuando todo lo que pasaba es que hacían avan­zar la cultura hasta una marca demasiado alta, difícil de igualar.

Octavio Paz tenía confianza en que lo mejor de todas las culturas está vivo y puede seguir produciendo milagros. Mostró que era posible pasar de un nacionalismo puramente defensivo a un desarrollo de las propias raíces en la cultura universal. El mundo lo recordará como un poeta innovador, de gran fuerza visual y reflexiva; como un explorador del alma y las raíces mexicanas; como un crítico íntegro y penetrante; como un ensayista de curiosidad universal.

Su poesía llamó la atención muy pronto en los países de habla española y luego en otras lenguas. Así como, en el siglo XVII, Sor Juana Inés de la Cruz fue el canto del cisne del gran barroco poético europeo en un lugar inesperado (México), Octavio Paz prolongó brillantemente la vanguardia poética del siglo XX y estimuló a otros grandes poetas, con la poesía innovadora de ¿Águila o sol? (1951), Piedra de sol (1957), Blanco (1967) y Renga (1971, en colaboración con Jaques Roubaud, Edoardo Sanguineti y Charles Tomlinson). Su vitalidad creadora, en la poesía y en la prosa, fue constante. También sus aprendizajes. Para quienes co­nocen su obra, es transparente todo lo que hay de nuevo en un libro como La llama doble (1993); todo lo que aprendió después de los setenta años. Nunca tuvo interés en la comodidad de haber llegado.

En la conversación, en su copiosa correspondencia, en sus poemas, en sus ensayos, hay siempre animación, libertad, invención, frescura. Tenía una vastísima cultura de libros y de obras de arte, de viajes, de experiencia, de personalidades, de reflexión a solas. Pero al hablar o escribir se dejaba llevar por la inspiración, hacía las conexiones y metá­foras más sorprendentes, estimulado por el curso de la conversación o de lo que estaba escribiendo. Toda su cultura reaparecía con la inspi­ración del momento, pero como algo vivo que continuaba desarrollán­dose ahí mismo. Milagrosamente, su creatividad no sufría por el peso de la erudición, o su extremada capacidad de análisis, o su conciencia his­tórica de la tradición. Por el contrario, a partir de eso, vivía en perpetua exploración.

La inspiración y el amor no son temas nuevos en la cultura occidental, pero es raro que entre la gente culta y de cierta edad sean tomados en serio; más raro aún, que sean vividos; y todavía más, que sean corres­pondidos. Para algunos, creer en eso es como inmadurez. Para otros, es discurso. Pero Octavio Paz fue siempre y ante todo poeta. Creía en el oficio y la cultura, pero sabía que algo más importante los rebasa. Ade­más, para su buena suerte, y la nuestra, tampoco fue como los desdicha­dos que tienen un gran amor a la poesía mal correspondido. La ins­piración lo zarandeaba y lo hacía decir cosas que lo rebasaban, y por las cuales se dejaba llevar como por vientos favorables (o que se volvían favorables porque sabía cómo sí y cómo no dejarse llevar). Sus poemas y ensayos son inspirados, y no se pueden explicar ni por su oficio ni por su cultura, sino como milagros. Como si fuera poco, también tuvo la suerte de vivir un largo amor correspondido.

Tuvo siempre el sentido de la polis. Se sintió responsable, no sólo de su casa, sino de esa casa común que es la calle y la plaza pública. Le pa­recía inconcebible no intervenir cuando sentía que el país o el mundo iban mal, o desaprovechaban oportunidades de mejorar. Sus plantea­mientos rompían los esquemas de la política inmediata y remontaban las cuestiones a niveles desacostumbrados: los de un estadista fuera del Estado, los de un estadista ciudadano que no perdía de vista la perspec­tiva histórica, ni el sentido último de construir la casa común.

Venía de la prensa militante. Su abuelo luchó contra la Intervención francesa, estuvo en la cárcel varias veces, escribió poemas satíricos y no­velas históricas, tuvo puestos políticos y terminó haciendo un periódico (La Patria, 1877-1912). Su padre, que administraba el periódico, dejó a su esposa y el niño en casa del abuelo para tomar las armas con Emiliano Zapata, del cual fue secretario y representante en los Estados Unidos, a donde se llevó a la familia.

La conciencia transcultural del niño que no sabía una palabra de inglés empezó con un shock. Lo metieron a un kinder de Los Angeles, y el primer día no podía comer por falta de cuchara. Cuando le pregunta­ron a señas qué pasaba, respondió en español: cuchara. Los otros niños empezaron a corear ¡cuchara! ¡cuchara!, y a burlarse de él, hasta que terminaron a golpes. Pero el shock continuó cuando volvió a México: sus nuevos compañeros de escuela veían con desconfianza al niño “gringo”, blanco y de ojos azules que llegaba de los Estados Unidos. De ese doble rechazo nacerían treinta años después las reflexiones sobre la identidad mexicana que publicó en El laberinto de la soledad (1950), libro admirado, pero poco vendido (pasaron nueve años de la primera a la segunda edición), antes de volverse un clásico y luego un bestseller, que ha vendido más de un millón de ejemplares.

Su capacidad para pasar del shock a la comprensión transcultural maduró en largos años de servicio diplomático. Trató realmente de en­tender a la India y Japón, de entender la mentalidad norteamericana. Cuando estuvo en París, participó en la vida intelectual francesa, espe­cialmente en el movimiento surrealista.

México fue un país extrovertido en el siglo XVIII. Veía el exterior como una oportunidad, no como un peligro. Expandió su territorio al norte, su comercio marítimo al oriente y el poniente. En Manila, había obispos nacidos en México. En Bolonia, un grupo de brillantes mexicanos (desterrados, como todos los jesuítas del imperio español) enseñaba, escribía y causaba admiración entre sus colegas europeos. Pero el siglo XIX fue traumático. México perdió gran parte de su territorio en una guerra desastrosa con los Estados Unidos, sufrió la intervención militar de Francia, no fue capaz de crear una república donde liberales y con­servadores alternaran en el poder, perdió confianza en su propia capaci­dad, llegó a ver el exterior como un peligro. Todo lo cual desembocó en una larga dictadura hierática, defensiva, introvertida, pero estable.

Octavio Paz criticó ese régimen destruido por la Revolución mexicana. Creyó que la revolución haría a los mexicanos “contemporáneos  de todos los hombres”. Sin embargo, en 1968, también criticó la cerrazón del nuevo régimen, que organizó una masacre de estudiantes en la Plaza de Tlatelolco, para reprimir las demandas democráticas de una clase media creciente y cada vez más educada. Desde entonces, dejó el servicio diplomático y se dedicó a hacer vida de escritor y editor de una revista literaria. En 1976, cuando el periódico Excélsior, que patrocinaba la revista Plural, sufrió una intervención del presidente Luis Echeverría, abandonó la revista y fundó Vuelta, una revista semejante, pero indepen­diente, que fue importante en la transformación de la mentalidad mexicana y tuvo una influencia decisiva en todo el mundo de habla española.

No seguía una línea ideológica, sino su instinto histórico, poético y moral. Hasta sus errores y cambios de opinión demostraban autentici­dad. En su juventud, estuvo próximo a las posiciones del Partido Comu­nista, pero no le gustó que en el Congreso Internacional de Escritores Antifascistas en Valencia (1937) se condenara a André Gide como traidor por haber escrito Retour de l’ URRS. La ruptura se produjo en 1939, cuan­do Stalin firmó con Hitler el pacto para ocupar y repartirse Polonia.

Octavio Paz fue uno de los primeros crítícos de las imposturas totalitarias, por lo cual fue castigado igual que Gide y tantos otros, con cam­pañas de desprestigio. Su autenticidad llegó a extremos heroicos, porque no dudó en exponerse al abucheo en los medios culturales, cuando sus convicciones lo llevaron a posiciones que no le convenían. Pero se interesaba en las cuestiones mismas, por encima del me con­viene o no me conviene. Todavía en 1984, recibió el honor de ser que­mado en efigie por una turba prosandinista en México. Pero no retro­cedió, como lo deseaban los fanáticos y los tibios, que no entendían por qué no se callaba. Aunque tenía 70 años y su presagio internacional le hubiera permitido una vida más cómoda, siguió participando combati­vamente en la plaza pública. Dos años después, denunció el fraude del gobierno mexicano en las elecciones del estado de Chihuahua.

Quizá fue una especie de justicia poética que un hombre tan colmado de todos los dones del cielo, como Job, recibiera al final una prueba tras otra. En diciembre de 1996, un incendió destruyó parte de su bi­blioteca y lo expulsó para siempre de su departamento. La destrucción continuó en la biblioteca de su cuerpo, atacado por una serie de enfermedades que lo dejaron en una silla de ruedas, con dolores intensos y demacrado, pero no mudo. Apareció por última vez en público el 17 de diciembre de 1997, cuando se creó la Fundación Octavio Paz. Era un día gris, pero empezó a hablar del sol, de la gratitud y de la gracia. Lo más conmovedor de todo fue que el sol, como llamado a la conver­sación, apareció.

Tuvimos la suerte de convivir con un espíritu excepcional. La seguimos teniendo, porque su obra y su ejemplo están con nosotros. Que haya puesto una marca demasiado alta no debe desanimarnos, sino acompañarnos, dándonos confianza en que los milagros son posibles.

Fuente: www.colegionacional.org.mx

El deslinde. Por Alfonso Reyes

Cuatro lecciones sobre la Ciencia de la Literatura, en el Colegio de San Nicolás, Morelia, entre mayo y junio de 1940, han sido la ocasión  de este libro. Las lecciones formaban parte de los Cursos sobre el siglo XX, primera etapa de la Universidad de Primavera “Vasco de Quiroga“. Entre los actos con que se celebró el IV Centenario de aquel Colegio, ninguno más atinado que la creación de esta Universidad viajera, que de año en año ha de transportar su sede a otras ciudades de la provincia, corrigiendo así un aislamiento tan desventajoso para los intereses generales del país como incompatible con las más elementales conceptos de la cultura y de la política. Los dos mayores peligros que amenazan a las naciones, de que todos los demás dependen, son la deficiente respiración internacional y la deficiente circulación interna. A la luz de estos dos criterios podrían interpretarse algún día todas las vicisitudes mexicanas.

Las lecciones originales, necesariamente limitadas por la circunstancia, han sido objeto de sucesivas transformaciones posteriores y han ido dando de sí nuevos desarrollos. Entonces se trataba de situar nuestra materia dentro del cuadro general de una cultura, abarcando a grandes trazos un panorama inmenso, y prescindiendo, además, de muchos sondeos que hubieran resultado excesivos. Hubo, pues, que refundirlo todo. Esto produjo en el primitivo cuadro una proliferación interior. Sus especies implícitas afloraron a la superficie como en la placa fotográfica que poco a poco se revela.

Y de aquí han resultado varios ensayos que iré publicando uno tras otro: ya sobre la Ciencia de la Literatura propiamente tal, ya sobre la descripción de sus técnicas específicas, ya sobre los fundamentos de la Teoría Literaria, a la cual sirve de introducción este libro. Puedo decir de él que se parece al bosquejo original como se parece un huevo a una granja de avicultura.

Reduzco al mínimo mis referencias bibliográficas —puesto que la primitiva exposición se ha convertido en una tesis personal—, procurando que ellas correspondan a la necesidad de mis argumentos y sin entregarme a ostentaciones inútiles. Porque no quise hacer “un libro que los acote todos desde la A hasta la Z”, y porque en esta ocasión al menos, yo también me sentí “poltrón y perezoso de andarme buscando autores que digan lo que yo me sé decir sin ellos”. Se ha escrito tanto sobre todas las cosas, que la sola consideración de la montaña acumulada en cada área del saber produce escalofríos y desmayos, y a menudo nos oculta los documentos primeros de nuestro estudio, los objetos mismos y las dos o tres interpretaciones fundamentales que bastan para tomar el contacto. Nuestra América, heredera hoy de un compromiso abrumador de cultura y llamada a continuarlo, no podrá arriesgar su palabra si no se decide a eliminar, en cierta medida, al intermediario. Esta candorosa declaración pudiera ser de funestas consecuencias como regla didáctica para los jóvenes —a quienes no queda otro remedio que confesarles: lo primero es conocerlo todo, y por ahí se comienza.

A. R. Definiciones Literatura

Pero es de correcta aplicación para los hombres maduros que, tras de navegar varios años entre las surtes de la información, han llegado ya a las urgencias creadoras. Los Chadwick nunca hubieran alcanzado sus preciosas conclusiones sobre la génesis de las literaturas orales si no se atreven a prescindir de lo que se llama “la literatura de la materia“. Para los americanos —una vez rebasados los intolerables linderos de la ignorancia, claro está— es mucho menos dañoso descubrir otra vez el Mediterráneo por cuenta propia (puesto que, de paso y por la originalidad del rumbo, habrá que ir descubriendo algunos otros mares inéditos), que no el mantenernos en postura de eternos lectores y repetidores de Europa.

La civilización americana, si ha de nacer, será el resultado de una síntesis que, por disfrutar a la vez de todo el pasado —con una naturalidad que otros pueblos no podrían tener, por lo mismo que ellos han sido partes en el debate—, suprima valientemente algunas etapas intermedias, las cuales han significado meras contingencias históricas para los que han tenido que recorrerlas, pero en modo alguno pueden aspirar a categoría de imprescindibles necesidades teóricas.

complejidad-componentes

 

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Aristarco o anatomía de la crítica. Por Alfonso Reyes

La paradoja de la crítica

“¡La crítica, esta aguafiestas, recibida siempre, como el cobrador de alquileres, recelosamente y con las puertas a medio abrir! La pobre musa, cuando tropieza con esta hermana bastarda, tuerce los dedos, toca madera, corre en cuanto puede a desinfectarse.

¿De dónde salió esta criatura paradójica, a contrapelo en el ingenuo deleite de la vida? ¿Este impuesto usurario que las artes pagan por el capital de que disfrutan? ¿De suerte que también aquí, como en la Economía Política, rige el principio de la escasez y se pone un precio a la riqueza?

Ya se ha dicho tanto que, para el filisteo, el Poeta es ave de mal agüero, por cuanto lo obliga a interrogarse. ¡Pues lo que el Poeta es al filisteo viene a serlo el Crítico para el mismo Poeta, por donde resulta que la crítica es una insolencia de segundo grado y un último escollo en la vereda de los malos encuentros! Incidente del tránsito, siempre viene contra la corriente y entra en las calles contra flecha. Anda al revés y se abre paso a codazos. Todo lo ha de contrastar, todo lo pregunta e inquiere, todo lo echa a perder con su investigación analítica.

Si es un día de campo, se presenta a anunciar la lluvia. “Pero ¿lo has pensado bien?”, le dice en voz baja al que se entusiasma. Y hasta se desliza en la cámara de los deleites más íntimos para sembrar la duda. Al galanteador, le hace notar el diente de oro y la arruguita del cuello, causa del súbito desvío. Al enamorado, le hace notar aquella sospechosa cifra del pañuelo que costó la vida a Desdémona. ¡Ay, Atenas era Atenas, ni más ni menos; y con serlo, acabó dando muerte a Sócrates! ¿Y sabéis por qué? He aquí: ni más ni menos, porque Sócrates inventó la crítica.

Convidar a una amable compañía para reflexionar sobre la naturaleza de la crítica tal vez sea una falta de urbanidad y de tino, como convidarla a pasear en la nopalera. Se me hace tarde para pedir disculpas. Yo no quise dar a nadie un mal rato”.

A. R. Aristarco O Anatomía De La Crítica

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Rubén Darío: Shakespeare en la política mexicana. Adolfo Castañón

Por Adolfo Castañón (Ciudad de México, 8 de agosto de 1952; Generación 1945. Desde el 23 de octubre de 2003 es el sexto ocupante de la silla II de la Academia Mexicana de la Lengua).

París, marzo de 1912

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