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Notas sobre la inteligencia americana. Por Alfonso Reyes

1. Mis observaciones se limitan a lo que se llama la América Latina*. La necesidad de abreviar me obliga a ser ligero, confuso y exagerado hasta la caricatura. Sólo me corresponde provocar o desatar una conversación, sin pretender agotar el planteo de los problemas que se me ofrecen, y mucho menos aportar soluciones. Tengo la impresión de que, con el pretexto de América, no hago más que rozar al paso algunos temas universales.

2. Hablar de civilización americana sería, en el caso, inoportuno: ello nos conduciría hacia las regiones arqueológicas que caen fuera de nuestro asunto. Hablar de cultura americana sería algo equívoco: ello nos haría pensar solamente en una rama del árbol de Europa trasplantada al suelo americano. En cambio, podemos hablar de la inteligencia americana, su visión de la vida y su acción en la vida. Esto nos permitirá definir, aunque sea provisionalmente, el matiz de América.

3. Nuestro drama tiene un escenario, un coro y un personaje. Por escenario no quiero ahora entender un espacio, sino más bien un tiempo, un tiempo en el sentido casi musical de la palabra: un compás, un ritmo. Llegada tarde al banquete de la civilización europea, América vive saltando etapas, apresurando el paso y corriendo de una forma en otra, sin haber dado tiempo a que madure del todo la forma precedente. A veces, el salto es osado y la nueva forma tiene el aire de un alimento retirado del fuego antes de alcanzar su plena cocción. La tradición ha pesado menos, y esto explica la audacia. Pero falta todavía saber si el ritmo europeo —que procuramos alcanzar a grandes zancadas, no pudiendo emparejarlo a su paso medio—, es el único “tempo” histórico posible; y nadie ha demostrado todavía que una cierta aceleración del proceso sea contra natura. Tal es el secreto de nuestra historia, de nuestra política, de nuestra vida, presididas por una consigna de improvisación. El coro: las poblaciones americanas se reclutan, principalmente, entre los antiguos elementos autóctonos, las masas ibéricas de conquistadores, misioneros y colonos, y las ulteriores aportaciones de inmigrantes europeos en general. Hay choques de sangres, problemas de mestizaje, esfuerzos de adaptación y absorción. Según las regiones, domina el tinte indio, ibérico, el gris del mestizo, el blanco de la inmigración europea general, y aun las vastas manchas del africano traído en otros siglos a nuestro suelo por las antiguas administraciones coloniales. La gama admite todos los tonos. La laboriosa entraña de América va poco a poco mezclando esta sustancia heterogénea, y hoy por hoy, existe ya una humanidad americana característica, existe un espíritu americano. El actor o personaje, para nuestro argumento, viene aquí a ser la inteligencia.

4. La inteligencia americana va operando sobre una serie de disyuntivas. Cincuenta años después de la conquista española, es decir a primera generación, encontramos ya en México un modo de ser americano: bajo las influencias del nuevo ambiente, la nueva instalación económica, los roces con la sensibilidad del indio y el instinto de propiedad que nace de la ocupación anterior, aparece entre los mismos españoles de México un sentimiento de aristocracia indiana, que se entiende ya muy mal con el impulso arribista de los españoles recién venidos. Abundan al efecto los testimonios literarios: ya en la poesía satírica y popular de la época, ya en las observaciones sutiles de los sabios peninsulares, como Juan de Cárdenas. La crítica literaria ha centrado este fenómeno, como en su foco luminoso, en la figura del dramaturgo mexicano don Juan Ruiz de Alarcón, quien a través de Corneille —que la pasó a Moliére— tuvo la suerte de influir en la fórmula del moderno teatro de costumbres de Francia. Y lo que digo de México, por serme más familiar y conocido, podría decirse en mayor o menor grado del resto de nuestra América. En este resquemor incipiente latía ya el anhelo secular de las independencias americanas. Segunda disyuntiva: no bien se logran las independencias, cuando aparece el inevitable conflicto entre americanistas e hispanistas, entre los que cargan el acento en la nueva realidad, y los que lo cargan en la antigua tradición. Sarmiento es, sobre todo, americanista. Bello es, sobre todo, hispanista. En México se recuerda cierta polémica entre el indio Ignacio Ramírez y el español Emilio Castelar que gira en torno a iguales motivos. Esta polémica muchas veces se tradujo en un duelo entre liberales y conservadores. La emancipación era tan reciente que ni el padre ni el hijo sabían todavía conllevarla de buen entendimiento. Tercera disyuntiva: un polo está en Europa y otro en los Estados Unidos. De ambos recibimos inspiraciones. Nuestras utopías constitucionales combinan la filosofía política de Francia con ni federalismo presidencial de los Estados Unidos. Las sirenas de Europa y las de Norteamérica cantan a la vez para nosotros. De un modo general, la inteligencia de nuestra América (sin negar por ello afinidades con las individualidades más selectas de la otra América), parece que encuentra en Europa una visión de lo humano más universal, más básica, más conforme con su propio sentir. Aparte de recelos históricos, por suerte cada vez menos justificados y que no se deben tocar aquí, no nos es simpática la tendencia hacia las segregaciones étnicas. Para no salir del mundo sajón, nos contenta la naturalidad con que un Chesterton, un Bernard Shaw contemplan a los pueblos de todos los climas, concediéndoles igual autenticidad humana. Lo mismo hace Gide en el Congo. No nos agrada considerar a ningún tipo humano como mera curiosidad o caso exótico divertido, porque ésta no es la base de la verdadera simpatía moral. Ya los primeros mentores de nuestra América, los misioneros, corderos de corazón de león, gente de terrible independencia, abrazaban con amor a los indios, prometiéndoles el mismo cielo que a ellos les era prometido. Ya los primeros conquistadores fundaban la igualdad en sus arrebatos de mestizaje: así, en las Antillas, Miguel Díaz y su Cacica, a quienes encontramos en las páginas de Juan de Castellanos; así aquel soldado, un tal Guerrero, que sin este rasgo sería oscuro, el cual se negó a seguir a los españoles de Cortés, porque estaba bien hallado entre indios y, como en el viejo romance español, “tenía mujer hermosa e hijos como una flor”. Así, en el Brasil, los célebres Joao Ramaiho y el Caramurú, que fascinaron a las indias de San Vicente y de Bahía. El mismo conquistador Cortés entra en el secreto de su conquista al descansar sobre el seno de Doña Marina; acaso allí aprende a enamorarse de su presa como nunca supieron hacerlo otros capitanes de corazón más frío (el César de las Galias), y empieza a dar albergue en su alma a ciertas ambiciones de autonomismo que, a puerta cerrada y en familia, había de comunicar a sus hijos, más tarde atormentados por conspirar contra la metrópoli española. La Iberia imperial, mucho más que administrarnos, no hacía otra cosa que irse desangrando sobre América. Por acá, en nuestras tierras, así seguimos considerando la vida: en sangría abierta y generosa.

5. Tales son el escenario, el coro, el personaje. He dicho las principales disyuntivas de la conducta. Hablé de cierta consigna de improvisación, y tengo ahora que explicarme. La inteligencia americana es necesariamente menos especializada que la europea. Nuestra estructura social así lo requiere. El escritor tiene aquí mayor vinculación social, desempeña generalmente varios oficios, raro es que logre ser un escritor puro, es casi siempre un escritor “más” otra cosa u otras cosas. Tal situación ofrece ventajas y desventajas. Las desventajas: llamada a la acción, la inteligencia descubre que el orden de la acción es el orden de la transacción, y en esto hay sufrimiento. Estorbada por las continuas urgencias, la producción intelectual es esporádica, la mente anda distraída. Las ventajas resultan de la misma condición del mundo contemporáneo. En la crisis, en el vuelco que a todos nos sacude hoy en día y que necesita del esfuerzo de todos, y singularmente de la inteligencia (a menos que nos resignáramos a dejar que sólo la ignorancia y la desesperación concurran a trazar los nuevos cuadros humanos), la inteligencia americana está más avezada al aire de la calle; entre nosotros no hay, no puede haber torres de marfil. Esta nueva disyuntiva de ventajas y desventajas admite también una síntesis, un equilibrio que se resuelve en una peculiar manera de entender el trabajo intelectual como servicio público y como deber civilizador. Naturalmente que esto no anula, por fortuna, las posibilidades del paréntesis, del lujo del ocio literario puro, fuente en la que hay que volver a bañarse con una saludable frecuencia. Mientras que, en Europa, el paréntesis pudo ser lo normal. Nace el escritor europeo en el piso más alto de la Torre Eiffel. Un esfuerzo de pocos metros, y ya campea sobre las cimas mentales. Nace el escritor americano como en la región del fuego central. Después de un colosal esfuerzo, en que muchas veces le ayuda una vitalidad exacerbada que casi se parece al genio, apenas logra asomarse a la sobrehaz de la tierra. Oh, colegas de Europa: bajo tal o cual mediocre americano se esconde a menudo un almacén de virtudes que merece ciertamente vuestra simpatía y vuestro estudio. Estimadlo, si os place, bajo el ángulo de aquella profesión superior a todas las otras que decían Guyau y José Enrique Rodó: la profesión general de hombre. Bajo esta luz, no hay riesgo de que la ciencia se desvincule de los conjuntos, enfrascada en sus conquistas aisladas de un milímetro por un lado y otro milímetro por otro, peligro cuyas consecuencias tan lúcidamente nos describía Jules Romains en su discurso inaugural del PEN Club. En este peculiar matiz americano tampoco hay amenaza de desvinculaciones con respecto a Europa. Muy al contrario, presiento que la inteligencia americana está llamada a desempeñar la más noble función complementaria: la de ir estableciendo síntesis, aunque sean necesariamente provisionales; la de ir aplicando prontamente los resultados, verificando el valor de la teoría en la carne viva de la acción. Por este camino, si la economía de Europa ya necesita de nosotros, también acabará por necesitarnos la misma inteligencia de Europa.

6. Para esta hermosa armonía que preveo, la inteligencia americana aporta una facilidad singular, porque nuestra mentalidad, a la vez que tan arraigada a nuestras tierras como ya lo he dicho, es naturalmente internacionalista. Esto se explica, no sólo porque nuestra América ofrezca condiciones para ser el crisol de aquella futura “raza cósmica” que Vasconcelos ha soñado, sino también porque hemos tenido que ir a buscar nuestros instrumentos culturales en los grandes centros europeos, acostumbrándonos así a manejar las nociones extranjeras como si fueran cosa propia. En tanto que el europeo no ha necesitado de asomarse a América para construir su sistema del mundo, el americano estudia, conoce y practica a Europa desde la escuela primaria. De aquí una pintoresca consecuencia que señalo sin vanidad ni encono: en la balanza de los errores de detalle o incomprensiones parciales de los libros europeos que tratan de América y de los libros americanos que tratan de Europa, el saldo nos es favorable. Entre los escritores americanos es ya un secreto profesional el que la literatura europea equivoque frecuentemente las citas en nuestra lengua, la ortografía de nuestros nombres, nuestra geografía, etc. Nuestro internacionalismo connatural, apoyado felizmente en la hermandad histórica que a tantas repúblicas nos une, determina en la inteligencia americana una innegable inclinación pacifista. Ella atraviesa y vence cada vez con mano más experta los conflictos armados y, en el orden internacional, se deja sentir hasta entre los grupos más contaminados por cierta belicosidad política a la moda. Ella facilitará el gracioso injerto con el idealismo pacifista que inspira a las más altas mentalidades norteamericanas. Nuestra América debe vivir como si se preparase siempre a realizar el sueño que su descubrimiento provocó entre los pensadores de Europa: el sueño de la utopía, de la república feliz, que prestaba singular calor a las páginas de Montaigne, cuando se acercaba a contemplar las sorpresas y las maravillas del nuevo mundo*.

7. En las nuevas literaturas americanas es bien perceptible un empeño de autoctonismo que merece todo nuestro respeto, sobre todo cuando no se queda en el fácil rasgo del color local, sino que procura echar la sonda hasta el seno de las realidades psicológicas. Este ardor de pubertad rectifica aquella tristeza hereditaria, aquella mala conciencia con que nuestros mayores contemplaban el mundo, sintiéndose hijos del gran pecado original, de la capitis diminutio de ser americanos. Me permito aprovechar aquí unas páginas que escribí hace seis años: ***

La inmediata generación que nos precede, todavía se creía nacida dentro de la cárcel de varias fatalidades concéntricas. Los más pesimistas sentían así: en primer lugar, la primera gran fatalidad, que consistía desde luego en ser humanos, conforme a la sentencia del antiguo Sileno recogida por Calderón:

Porque el delito mayor

del hombre es haber nacido.

Dentro de éste, venía el segundo círculo, que consistía en haber llegado muy tarde a un mundo viejo. Aún no se apagaban los ecos de aquel romanticismo que el cubano Juan Clemente Zenea compendia en dos versos:

Mis tiempos son los de la antigua Roma,

y mis hermanos con la Grecia han muerto.

En el mundo de nuestras letras, un anacronismo sentimental dominaba a la gente media. Era el tercer círculo, encima de las desgracias de ser humano y ser moderno, la muy específica de ser americano; es decir, nacido y arraigado en un suelo que no era el foco actual de la civilización, sino una sucursal del mundo. Para usar una palabra de nuestra Victoria Ocampo, los abuelos se sentían “propietarios de un alma sin pasaporte”. Y ya que se era americano, otro handicap en la carrera de la vida era el ser latino o, en suma, de formación cultural latina. Era la época del A quoi tieni la superiorité des Anglo-Saxons? Era la época de la sumisión al presente estado de las cosas, sin esperanzas de cambio definitivo ni fe en la redención. Sólo se oían las arengas de Rodó, nobles y candorosas. Ya que se pertenecía al orbe latino, nueva fatalidad dentro de él pertenecer al orbe hispánico. El viejo león hacía tiempo que andaba decaído. España parecía estar de vuelta de sus anteriores grandezas, escéptica y desvalida. Se había puesto el sol en sus dominios. Y, para colmo, el hispanoamericano no se entendía con España, como sucedía hasta hace poco, hasta antes del presente dolor de España, que a todos nos hiere. Dentro del mundo hispánico, todavía veníamos a ser dialecto, derivación, cosa secundaria, sucursal otra vez: lo hispano-americano, nombre que se ata con guioncito como con cadena. Dentro de lo hispanoamericano, los que me quedan cerca todavía se lamentaban de haber nacido en la zona cargada de indio: el indio, entonces, era un fardo, y no todavía un altivo deber y una fuerte esperanza. Dentro de esta región, los que todavía más cerca me quedan tenían motivos para afligirse de haber nacido en la temerosa vecindad de una nación pujante y pletórica, sentimiento ahora transformado en el inapreciable honor de representar el frente de una raza. De todos estos fantasmas que el viento se ha ido llevando o la luz del día ha ido redibujando hasta convertirlos, cuando menos, en realidades aceptables, algo queda todavía por los rincones de América, y hay que perseguirlo abriendo las ventanas de par en par y llamando a la superstición por su nombre, que es la manera de ahuyentarla. Pero, en sustancia, todo ello está ya rectificado.

8. Sentadas las anteriores premisas y tras este examen de causa, me atrevo a asumir un estilo de alegato jurídico. Hace tiempo que entre España y nosotros existe un sentimiento de nivelación y de igualdad. Y ahora yo digo ante el tribunal de pensadores internacionales que me escucha: reconocemos el derecho a la ciudadanía universal que ya hemos conquistado. Hemos alcanzado la mayoría de edad. Muy pronto os habituaréis a contar con nosotros.

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En el día americano. Por Alfonso Reyes

Entre personas de la familia, que habitan bajo el mismo techo, suelen suprirnirse fórmulas de cortesía reservadas a los extranos. Los buenos dias y las buenas noches se simplifican, y el no hacerlo así resultaría una afectación insoportable. —Amigos brasileños: me estáis acostumbrando tanto a considerarme como uno de los vuestros y a abrirme un sitio en vuestras fiestas espirituales, que ya comienza a parecerme afectado el insistir en la emoción con que correspondo a vuestra gentileza, y vosotros mismos tendréis la culpa si las expresiones de mi gratitud son cada vez menos aparentes. Después de todo, no hay mal en ello: ello significa que vamos sustituyendo la cortesía convencional por la fraternidad y la colaboración. Sin embargo, no puede menos de conmoverme que hayáis querido asociar a vosotros al representante de México precisamente en la celebración del Día Americano, símbolo de concordia entre nuestros pueblos, proporcionándome así esta brillante ocasión de explicarme en público sobre ideales que nos son igualmente caros. Sin duda os habéis acordado de que llevo muchos años combatiendo como el último soldado en los empeños de la inteligencia americana. Y entiendo aquí por inteligencia el mutuo conocimiento, base única de toda concordia. Y cuando evoco la idea de concordia americana, no puedo menos de asociar tácitamente a las antiguas metrópolis, descubridoras y colonizadoras, cuyo nombre late siempre en nuestra conciencia cuando hablamos de América. Me permitiréis que, dirigiéndome a un auditorio como éste, dé por demostrada la ventaja de crear relaciones espirituales, de información, de conocimiento y de simpatía entre los pueblos, aun en el caso de que no existan entre ellos relaciones mercantiles actuales. Me permitiréis que considere el guarismo y el alfabeto como fenómenos de igual importancia, que se nutren y se alimentan mutuamente. En consecuencia, me permitiréis que no entre aquí en vaguedades y tautologías sobre la prioridad de la gallina o del huevo, a propósito de las concomitancias entre comercios y culturas. Hay, en nuestra inmensa familia americana, muchos países que hoy por hoy no cambian productos entre sí; no hay razón ninguna para que, por sólo eso, se abstengan de comunicarse sus ideas, sus hechos de cultura. Dejemos nuestras voluntades abiertas al soplo de lo desinteresado y lo gratuito. Que es tal la lealtad de la naturaleza, que ello ha de redundar a la larga hasta en provecho material propio. Prescindamos, pues, por un instante, de esa noción mezquina y utilitaria que en vano procura reducirlo todo al esquema de la compra-venta. Saludemos con todo respeto a los que cuidan de los intereses materiales del mundo, y entremos derechamente a lo nuestro, que son los intereses espirituales.

Mi experiencia de los medios culturales de América no es muy vasta, pero sí ha sido suficiente para revelarme la incomunicación que existe entre unas y otras de nuestras repúblicas. Todo el que, en América, fatiga una pluma, ha tenido alguna vez ocasión de enfrentarse con este mal y lamentarlo. No nos conocemos. La antología de los errores que, en materia de información precisa, cometemos al hablar unos de otros, avergonzaría al Continente. No digo errores de apreciación, o aquellas deformaciones inevitables de la perspectiva que siempre acontecen (y no siempre son perjudiciales) al mover el punto de vista. Sino errores brutos, de dato, de fecha y de nombre, de desconocimiento de las publicaciones, de los sabios o los escritores de otro país, y aun del mismo carácter del pueblo que tenemos al lado, pasando el río.

De tiempo a esta parte, es muy grato reconocerlo, se ha desarrollado una efervescencia de curiosidad mutua entre los escritores y los medios intelectuales de nuestra América. Singularmente, entre los literatos y los poetas, que son, de todos los trabajadores del espíritu, los que operan con valores más universales, los que abarcan mayores zonas del alma,y también aquellos cuya labor es más vivaz y ostensible. Óiganlo bien los tartamudos que se vengan de la palabra declarándola impotente: este comienzo de solidaridad no ha sido efecto del comercio ni de la política, sino de la poesía, es decir: del espíritu. Esta virtud naciente puede apreciarse, por ejemplo, en la solidaridad con que se apoyan moralmente entre sí las juventudes universitarias de países americanos muy distantes. Los casos están al alcance de todo lector de periódicos, y revelan un nuevo estado moral en nuestra Amé- rica. Las juventudes universitarias son, por esencia, en nuestras sociedades, las agrupaciones más alertas —en tanto que agrupaciones— a las corrientes espirituales que soplan por América. Son, además, los únicos organismos que, ligados profesionalmente a la vida intelectual, se encuentran en condiciones de ejecutar estos actos solidarios del espíritu. Y esto por dos causas: la primera porque conviven constantemente y están ya agremiados de antemano; la segunda, porque constituidos por gente joven, poseen el ímpetu, y hasta la osadía algunas veces, que, en el caso, se hacen indispensables.

Pero no nos deslumbremos: estos episodios universitarios, si bien son intentos de una nueva circulación del espíritu en nuestra América, distan mucho de ser la conquista última a que aspiramos. Tales hechos, si los miramos de cerca (prescindiendo de los meros desórdenes domésticos por razón de exámenes y programas, cosas todas de que por ahora no tratamos, y refiriéndonos sólo a los casos de verdadera trascendencia humana y continental), tales hechos tienen tanto de hechos culturales como de hechos políticos y, con frecuencia, este último matiz es el más acentuado. Vivimos una era política; la política se insinúa hasta los templa serena de la enseñanza, agita el espíritu de las juventudes y las arrastra muchas veces a servir de instrumento a pasiones ajenas a sus propios fines. En varios centros universitarios de América, estos últimos tiempos, hemos visto a las juventudes lanzarse apresuradamente a una campaña pública, y sacrificarse en ella de un modo inútil. Cerrar los ojos ante esta fase actual de la vida americana es un crimen. Desconocer esta desazón es descuidar el porvenir. El hombre de cultura, que, pasados los cuarenta años, sea incapaz de mirar la mocedad que anda en veinte, sin un sentimiento de amor y angustia paternales, ni será hombre de cultura, ni siquiera hombre, sino un mutilado moral de la especie más lamentable. Sobre toda juventud se cierne una esperanza. Y el primer deber de los hombres de cultura en nuestra América, que viven todos más o menos uncidos al carro universitario, sería tomar acuerdos comunes que formen una como muralla moral, para evitar por una parte que esas criaturas en vía de desarrollo desperdicien atrozmente la frescura de que, en bien de la sociedad, son depositarias, y para corregir por otra parte la forma en que se ha procurado reprimir esas explosiones que, como quiera, fueron muchas veces el estallido de ideales justos y legítimos. Cuando los estudiantes de hoy sean los catedráticos de mañana, habremos dado un paso más, porque esos catedráticos ya conocerán en carne propia, por una parte, la inutilidad de querer apoderarse de la realidad antes de conocerla y, por otra parte, el respeto que merecen el dolor y la indignación de la juventud, que algún día fueron sentimientos suyos. Por eso las noticias de las huelgas y descontentos en las escuelas, cuando tienen, repito, verdadera trascendencia humana, merecen nuestra atención más profunda, la más delicada, la más sensible.

Como veis, estas juventudes nos dan ejemplo, a su modo, de una comunicación espiritual entre los que pudiéramos llamar los hijos de la cultura. Y este ejemplo debiera ser imitado por los padres de la cultura, por los creadores y distribuidores de la cultura en nuestros pueblos. Tal comunicación entre los intelectuales tendrá necesariamente que producir también efectos políticos. Sería pueril disimularlo. Y ya es bueno que todos se convenzan de que la función política es una facultad general repartida entre todos los hombres. La política no es coto cerrado. Todo acto humano se refleja en la polis y todo redunda en bien o en mal de la convivencia entre los hombres. Cuando los intelectuales de América se hayan dado la mano, habrá cambiado fundamentalmente la vida política americana. Porque entre todas las energías del mundo, el espíritu es el transformador y modelador más activo: es el escultor que nos labra. ¿Cuál será, entonces, la fisonomía política de América? Es aventurado decirlo, pero todos saben que la inteligencia es unificadora y aspira a organizar las acciones humanas en un sentido constructivo.

Pero esta marcha de las congregaciones intelectuales hacia la política no debe alarmamos como nos alarma un poco el montón de chicos que se echan a las cuatro esquinas a recibir palos de los gendarmes. Porque, esta vez, el conocimiento habrá precedido al acto, y será la comunicación puramente espiritual la que provoque, en su decurso, efectos políticos y no viceversa. La evolución acontecerá entonces en una masa de hombres ya maduros, que ya saben luchar con más persuación y menos violencia, que tienen autoridad en su país y son escuchados en el extranjero, que por ser ya conocidos se encuentran defendidos mejor y que, en el peor de los casos, tienen ya sus cuentas bien saldadas con las felicidades terrenas. En tanto que, en la otra postura, la del arrebato ciego de las juventudes, los resultados han sido estériles o sólo fértiles en desastres, y crean en el hombre de mañana un complejo de amargura y cautela cuyas consecuencias ignoramos. Someto estas reflexiones a la buena voluntad de los maestros americanos, y de los que tienen hijos sobre todo. No consintamos que el año sea afligido en su primavera.

El asunto que aquí recorremos a grandes pasos es de una oportunidad terrible. Y no sólo a los americanos nos preocupa, sino a los intelectuales del mundo entero. Europa, la vieja Europa cuyas culturas gozan de un sistema ya tan elaborado de vasos comunicantes, experimenta ahora mismo la necesidad de perfeccionar la circulación del espíritu. ¡Cómo no hemos de experimentarla en América, donde apenas están en formación las venas y arterias del vasto cuerpo, donde entre una y otra nación intelectual hay grandes regiones de selvas vírgenes tan impracticables como las otras!

Precisamente en estos momentos, llega a los intelectuales de todo el mundo un llamamiento lanzado, ante el Comité Permanente de Letras y Artes de la Sociedad de las Naciones, por dos ilustres maestros —el poeta Paul Valéry y el historiador del arte Henri Focillon— llamamiento que se ha encargado de distribuir el Instituto Internacional de Cooperación Intelectual, también dependiente de la Sociedad de las Naciones. E insisto en el carácter de este acto: no se trata de manifiestos descabellados o de una gritería de bohemios irresponsables, sino de problemas seriamente propuestos a la consideración de los hombres competentes por el instituto que reúne la mayor suma de representación de los gobiernos del mundo. Este llamamiento viene a decir que sin una sociedad de los espíritus no hay sociedad de las naciones; que en la época actual, cuando la magnitud y el prestigio de los problemas técnicos amenazan perturbar las conciencias y provocan graves inquietudes sobre el porvenir de la civilización, importa dar al cambio de pensamientos mayor energía, mejor organización y más constancia. Se contempla la posibilidad de provocar una correspondencia, un trueque epistolar, entre los más calificados representantes de la alta actividad intelectual, correspondencia semejante a la que existió siempre entre los duques del pensamiento en las épocas renacientes de la vida europea. Se habla de publicar metódicamente esta correspondencia, cuyos temas serían tan varios y graves como el desconcierto mismo de la humanidad contemporánea. Y se ataca desde luego el primer problema, sometiéndolo al examen de los intelectuales. He aquí el primer problema, cuyo enunciado es ya patético:

—¿Cuál es, cuál debe ser, en el estado actual del mundo, la función del orden intelectual? ¿Qué une, qué separa al orden intelectual y al orden político? Este orden intelectual no implica en manera alguna la odiosa y anticuada noción de clase, de casta o secta de iniciados. Hay intereses más generales e imperiosos que los intereses corporativos, hasta hoy materia exclusiva de la Sociedad de las Naciones. Por sobre los intereses de clases, de partidos y de países, están los intereses supremos del hombre, y son éstos los que quedan a cargo del orden intelectual. No contestar a esta cita de honor o convertir la discusión del tema en mero juego académico tanto sería como hacer dejación y abandono de la civilización en manos de la casualidad; equivaldría a confesar el antagonismo entre dos humanidades: la una que viviría conforme al espíritu y alejada de todo negocio como planta estéril, y la otra que viviría conforme al instinto, erigiendo arbitrariamente en doctrinas los apetitos más groseros.

Me ha tocado la honra de figurar entre los emplazados por esta generosa demanda, y quiero contestar que en América, en toda nuestra América, hay unos cuantos millones de hombres dispuestos a evitar, cada día con más empeño, que la casualidad nos maneje. Que, por suerte, la inteligencia no ha tenido tiempo entre nosotros de romper con los estímulos de la acción, como acontece en los países agotados por viejas civilizaciones, donde pueden edificarse torres de marfil y teorías estrafalarias conforme a las cuales el hombre de pensamiento que participe en la vida de su siglo viene a ser un “clérigo traidor”. Que, entre nosotros, los sabios tienen todavía que ser hombres públicos, y que de esta circunstancia, que pudo sernos desfavorable en otro momento de la historia (y sin duda lo es en el orden puro del espíritu), esperamos una ventaja. No para hoy ni para mañana en la tarde; estas evoluciones son largas. Aquí se trata de un proceso de maturación que no puede ser apresurado —¡casi digo que por desgracia!— con ayuda de la violencia. No: lo que en este proceso importa es la dirección adquirida, y esta dirección comienza ya a precisarse. Y la ventaja que esperamos será el que los hombres de disciplina espiritual, de cultura y de técnica —desde el filósofo hasta el artesano— los que se han castigado a sí mismos para adquirir un conocimiento o un adiestramiento verdaderos, los que han dado en consecuencia sus pruebas morales suficientes, empuñen algún día decididamente las riendas de la sociedad, para que el hombre americano sea más feliz y encuentre un orden plenamente responsable a quien acudir en su eterna brega. Porque sólo hay responsabilidad plena donde hay plena conciencia.

Entendámonos: un optimismo candoroso no pasa de ser una cobardía. Lo mejor para el intelectual absoluto, lo mejor para la inteligencia es conservarse en un término moderado respecto a la acción, y sólo participar en ella lo indispensable, reservándose un sitio de orientación y consejo. Pero, a la hora de los naufragios, también el capitán presta mano al timón, las bombas y las cuerdas. Habrá una o varias generaciones de intelectuales sacrificados en el servicio de la nueva sociedad. Esperemos que se conceda a unos cuantos el privilegio —privilegio precioso a la humanidad— de aislarse un poco y conservar el tesoro de la cultura adquirida, salvándolo íntegro para las generaciones de mañana. Aun allá, en aquella Rusia que se retuerce en transformaciones que todo lo invaden y penetran, se deja, sin embargo, al investigador Pavlov bien guarecido contra la tempestad que a todos azota, para que siga, en beneficio de la futura ciencia, estudiando durante largos años un solo fenómeno de la fisiología: el reflejo de la salivación en los perros. Los demás, los que no sean Pavlov, que saquen de necesidad virtud y se echen a media calle. Quiero decir, que se abracen decididamente con la inquietud social de su época, y aporten sus luces y su voluntad, su teoría y también su práctica. No dejen que sólo el rencor, que sólo la desesperación dibujen los contornos de la sociedad de mañana. Abrase paso la Inteligencia: reclame su sitio en la primera trinchera. Y los que sólo tengan costumbre de tratar con ideas y no sepan tratar con hombres, ésos, que acepten su dolor. Aquí os traigo el aforismo de Goethe: “No basta saber: hay que aplicar. No basta querer: hay que obrar.”

Relacionad, pues, a vuestros hombres de pensamiento unos con otros. Sed ingeniosos e incansables; discurrid medios para crear los vasos comunicantes: labor de prensa, correspondencia, obligación de cambiar libros a través de ciertos organismos adecuados, exposiciones de arte, conciertos, viajes de profesores y de estudiantes, congresos de escritores, sistemas de investigaciones paralelas, ¡qué sé yo! La preocupación avizora os sugerirá los recursos. Lo que el primer día es quimérico, el segundo día ya es probable y el tercero se ha comenzado a realizar. Tal sea nuestra meditación, tal sea nuestro “ejercicio espiritual” para el Día Americano. El mejor tributo que podemos ofrecer a la memoria de Bolívar, de San Martín, de Hidalgo, de todos los creadores de la independencia americana, es pensar con seriedad en el porvenir de nuestros pueblos. Lo que vosotros intentéis lo continuarán vuestros hijos y lo realizarán vuestros nietos. Desde aquí me parece oír sus bendiciones. Para eso hemos luchado.

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Acta de matrimonio entre Alfonso Reyes Mota y Alicia Mota (1 de abril de 1937, Ciudad de México)

Acta de matrimonio entre Alfonso Reyes Mota y Alicia Mota (1 de abril de 1937, Ciudad de México, México).

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Acta de defunción de Alfonso Reyes (Ciudad de México, 27 de diciembre de 1959)

Acta de defunción de Alfonso Reyes Ochoa (Ciudad de México, México, 27 de diciembre de 1959). Causa de la muerte: infarto del miocardio, arterioesclerósis coronaria.

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Acta de nacimiento de Alfonso Reyes (Monterrey, Nuevo León, 17 de mayo de 1889)

Acta de nacimiento de Alfonso Reyes Ochoa (Monterrey, Nuevo León, México, 17 de mayo de 1889)

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Revista Savia Moderna (México, 1906)

En el momento de aparecer Savia Moderna, se notaba en todo el país un inusitado movimiento intelectual, se dice en una nota escrita en la revista, dentro de una sección que apareció solo en el primer número, llamada “Revista de Revistas”.

El país vivía la creciente agitación, antecedente de la revuelta iniciada formalmente en 1910. El porfiriato llegaba a sus años críticos y en el ambiente intelectual las posiciones se diversificaban. Bajo estas circunstancias nació Savia Moderna.

Esta revista fue vástago directo de la Revista Moderna. Nació como consecuencia de la inquietud de un grupo de jóvenes que deseaba confirmar sus convicciones, expresar sus inquietudes. Dice Francisco Monterde que la revista no fue resultado de una segregación de disidentes, sino prolongación de la tendencia que aspiró a modernizar por completo la literatura mexicana.

Rafael López narra que la Redacción era pequeña y estaba ubicada en el quinto piso de un edificio en la esquina noroeste de la avenida 5 de Mayo y la calle Bolívar, en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Era lugar de reunión del grupo y estudio de pintura de Diego Rivera.

Los fundadores de la revista fueron Alfonso Cravioto y Luis Castillo Ledón, pero —según José Rojas GarcidueñasCravioto era el verdadero impulsor y “el alma de la revista”. José María Sierra fue retirado de su responsabilidad como secretario de redacción. En los números 4 y 5 aparece el nombre de Pedro Henríquez Ureña.

Savia Moderna apareció el 31 de marzo de 1906 y terminó con el número 5, del mes de julio del mismo año. El primer número se inicia con una nota de la Redacción titulada “En el umbral”. En ella, los directores explican sus propósitos: comenzar una labor libre, bella, joven, artística, que desecha todo sectarismo.

Los fundadores de la revista no comulgaban con doctrinas. Aspiraban al desarrollo propio y no concordaban con ideas cerradas alrededor de corrientes definidas. Declaran su odio a tendencias como el Clasicismo, el Modernismo o el Romanticismo. El grupo se constituía para continuar la búsqueda de las nuevas formas literarias en México. En el primer número rinden tributo al gran antecesor, fallecido doce años antes, Manuel Gutiérrez Nájera. En números sucesivos recordarán, entre otros, a Manuel J. OthónJusto Sierra.

El primer número de Savia Moderna incluye una gran lista de redactores entre los que se encuentran Jesús Acevedo, Manuel Carpio, Eduardo Colín, Roberto Argüelles Bringas y Ricardo Gómez Robelo, Alberto Herrera, Rafael López, Enrique Urthoff, Jesús Villalpando, Julio Uranga, José Gamboa,Antonio Caso, Marcelino Dávalos, José Elizondo. En el número 3, de mayo de 1906, desaparecen de la lista Jesús Acevedo, Roberto Argüelles Bringas y Enrique Urthoff.

Al parecer, en la revista, los fundadores quisieron convivir con escritores de la generación que los precedía. De la referencia modernista se incluían Rafael López, Jesús Valenzuela, Luis G. Urbina, entre otros. El contenido de Savia Moderna, en este sentido, era verdaderamente ecléctico.

La mayor parte de los colaboradores pertenece al grupo formado alrededor de Cravioto. Algunos de los firmantes, que después pasaron a formar parte del Ateneo de la Juventud, son Antonio CasoAlfonso Reyes, Carlos González Peña y Pedro Henríquez Ureña, quien publicó allí su primer ensayo de crítica, recién llegado a México en enero de 1906.

Destaca el interés de Savia Moderna por las artes plásticas. En sus páginas hay ilustraciones y reproducciones con fotograbado. Aparecen óleos de Joaquín Clausell, Jorge Enciso, Diego Rivera y Fabrés; dibujos de Francisco Zubieta y una fotografía artística de Lupercio, entre otras cosas.

El interés por la pintura llevó a los emprendedores de Savia Moderna a realizar una exposición a mediados del año 1906, en un local de la calle Motolinía. Eso era —dice Rojas Garcidueñas— algo nada frecuente.

Por primera vez se exponen obras de Francisco de la Torre, Rafael Ponce de León y Diego Rivera. Se presentaron también Germán Gedovius, Antonio y Alberto Garduño, Saturnino Herrán, Joaquín Clausell, Jorge Enciso, Gabino Zárate, Roberto Montenegro, Sóstenes Ortega, Jesús Martínez Carrión y Rafael Lillo. El animador de este acontecimiento fue Gerardo Murillo (“Dr. Atl”), quien acababa de llegar de Europa. Alfonso Reyes comentó que esta exposición, en pocos meses, provocó la efervescencia del impresionismo y la muerte súbita del estilo pompier.

Savia Moderna tuvo como secciones: “Autógrafos”, que contiene textos manuscritos de escritores connotados; “Arte fotográfico”, con una fotografía, reproducida en toda la página, de distinto autor en cada número; “Bibliografía”, que contiene comentarios sobre diversas publicaciones de libros y revistas, homenajes, aniversarios y otros; “Nuestros artistas”, que presentó información sobre artistas plásticos mexicanos; “Teatros extranjeros”, con datos sobre obras, conciertos, óperas, etc.

La portada del primer número presenta el dibujo al carbón de una indígena desnuda, de perfil, tocando el arpa. En el resto de los números aparece la carrera de un indígena, en un dibujo al carbón de Diego Rivera.

Con la salida de Alfonso Cravioto del país rumbo a Europa termina la breve y sustanciosa vida de Savia Moderna.

Fuentes: Enciclopedia de la literatura de MéxicoDiccionario de literatura mexicana. Siglo XX, coordinación de Armando Pereira. Colaboración de Claudia Albarrán, Juan Antonio Rosado, Angélica Tornero. (2ª ed. Corregida y aumentada. México, D.F.: Universidad Nacional Autónoma de México / Instituto de Investigaciones Filológicas / Centro de Estudios Literarios / Ediciones Coyoacán [Filosofía y Cultura Contemporánea; 19], 2004).

Seguir leyendo Revista Savia Moderna (México, 1906)

Correspondencia entre Julio Torri y Alfonso Reyes (1910-1911)

Torreón, Coah., Méx., abril 5 de 1910.

Mi querido don Alfonso: Le agradezco infinitamente su carta y tengo vivísimos deseos de abrazarle. Con una amistad franca y leal corresponderé el favor que Ud. me hace eligiéndome para compañero de estudio. En mi afecto para Ud. siempre ha habido sus puntos de respeto religioso (no se ría Ud.); nunca he podido tratarle de amigo a amigo; delante de Ud. me sentía cohibido, desazonado, no sé cómo decirlo; y cuando quedaba solo me daba mucha tristeza pensar que cada vez me alejaba más de su corazón con mi timidez, mi poquedad y una afectación involuntaria, algo de innatural en mí que nunca pude vencer estando Ud. delante, y que me venía de una especie de incomodidad espiritual; en fin, Ud. que es tan sabio en estas cosas, puede desenredarme esta serpiente. Cuenta Heine que cuando vio por primera vez a Goethe, a pesar de que imaginaba decirle muchas cosas sublimes, no pudo hablarle sino de lo sabroso que eran las ciruelas de los árboles que crecen entre Jena y Weimar; y yo nunca he podido tampoco hablar con Ud. de al que de cosas de poca cuenta. Ud. me entiende.

No se equlvoca Ud. al suponer que quiero mantenerme y vivir por cuenta propia; mi padre, reprochándome un día que miraba más por los clásicos españoles que por los libros de texto, me amenazó, sin querer, con retirarme su apoyo y ayuda; después ha procurado hacerme olvidar sus palabras, pero yo creo que no es decoroso para mi el seguir viviendo de su dinero. Por esto le ruego me ayude a conseguir cualquier cosa que me baste para proveer a mis gastos indispensables.

Quiero además con esto comprar mi libertad espiritual al precio de mi esclavitud material. Con estas cosas que me han sucedido, me he acordado que en cierta ocasión Ud. renegaba de los intelectuales nuestros de la pasada generación, que nada aptos para la vida y comidos de abominab1es vicios de castradores de puércos, han sido autores de los enojos y disgustos que nuestros padres reciben cuando nos sorprenden escribiendo versos o estudiando clásicos.

Le felicito calurosamente por lo de su casa en Santa María, y por lo de su libro Cuestiones estéticas, donde me figuro que habrá puesto sus diálogos, su estudio sóbre las rimas bizantinas, lo de Góngora, su trabajo sobre la tragedia griega (del cual sólo trozos conozco) y sus otros artículos críticos, que siempre he tenido por admirables y perfectos. Crea que en el contento que tengo por esto último hay un poco de snobismo, es decir, que me siento orgulloso de que mi amigo don Alfonso pueda ser conocido y apreciado como lo estima su amigo.

Reciba un estrecho abrazo.

Julio Torri

Méx., abril 17, 1910.

Mi querido Julio: Nada hay más conmovedor para mí que una manifestación de talento. Me entendió Ud. tan bien, que su carta me conmovió.

Le aconsejo que ya se vuelva. Avísele a su papá que en este mes se cierran las inscripciones. Aquí arreglaremos lo que Ud. desea.

Espero que venga pronto. Avíseme cuándo e iremos Silva y yo a la estación. Traiga Ud. trabajos literarios que haya hecho por allá.

Silva ¡ha comprado un terreno en Coyoacán! Le da el dinero el Lic. Victorino Pérez, a cuenta de asuntos que éste le trabaja. Véngase pronto. Ya calculé bien: es muy posible que logre Ud. los $lOO.OO. Milanés desde luego le da, con seguridad su antiguo puesto, pero con el antiguo sueldo. Por lo pronto véngase mantenido como antes.

Junto a Pedro Henríquez y con puerta para el cuarto de éste, hay otro vacío que renta, a lo más $18.00 (a lo más).

Adiós. Espero su carta súbita.

Alfonso Reyes

México, febrero 23 de 1911.

EPÍSTOLA A MARIANO SILVA Y A JULIO TORRI

Guerra de las asonantes,

trastorno de los sentidos,

martillo de las orejas,

de las orejas martillo,

confusión de las vocales,

sarta de versos torcidos,

manirrotos y quebrados

y cojos y desvalidos

tal, don Julio y don Mariano,

vuestra epístola ha venido

en las alas del correo

y en la intención del envío

a tirarme las orejas,

a zumbarme en los oídos

a reprender mi pereza

a desperezar mi olvido.

Mal versero sois don Julio

y consejero putillo;

mal versero sois Mariano

hombre in perpetuam dormido.

Para banco de pereza

dos pies habéis conseguido,

echáis menos el tercero

porque yo me os he perdido.

Bien trabajan por ociar

los que hacen de ociar oficio

y para tercer ociante

solicitan al amigo.

Mas os pusisteis censores

más que Catón Censorino

y muy más que mi Papá

cuando yo era chiquitillo

escuchad en mis palabras

las disculpas que ahora os pido,

que, dando traspiés de versos,

ante vuestros pies me humillo:

*

Aunque dicen que el no ir

es ahora el mayor mal

tal me he llegado a aburrir

que por no aburrirme tal

ya no volveré a asistir.

*

Y por si no lo entendéis,

os haré de estas razones

una glosa en que podréis

entender mis intenciones,

cuido las acataréis:

*

Cosas he llegado a oír

en clase tan enojosas

que para querer morir

no hay como oír esas cosas,

Aunque dicen que el no ir.

*

Y pues, pese al general,

soy estudiante a porfía

(no capigorrón, pardal)

para mí la escuelería

es ahora el mayor mal.

*

Tiempos habrán de venir

de semanas de domingos.

Juro entre tanto vivir

mejor que a escuela, a respingos:

tal me he llegado a aburrir.

*

La clase es muy matinal,

y mi almohada huele a beleño,

dormir es cosa fatal:

más vale dormir por sueño

que por no aburrirme tal.

*

En fin os llego a decir

(¡Manes del pobre Artalejo!)

que aunque haya de repetir,

y ello me cueste el pellejo,

ya no volveré a asistir.

Alfonso Reyes

Julio Torri, Epistolarios, edición de Serge I. Zaïtzeff, UNAM, México, 1995, pp. 29-33.

Los caciques culturales. Por José Luis Martínez

Versión original: http://www.letraslibres.com/mexico/los-caciques-culturales

Así en el mundo político, en el de la cultura existen también caciques: el personaje más fuerte que guía a los demás, que dicta las reglas, protege a su grey y, excepcionalmente, castiga a los rebeldes. Suele llamársele maestro.
Cuando se estabiliza la actividad literaria con el triunfo de la República en 1867, el maestro o cacique es Ignacio M. Altamirano y su vigencia dura hasta 1889, cuando se va a España como cónsul de México. En la despedida que le organizó el Liceo Mexicano, Manuel Gutiérrez Nájera reconoció cuánto había hecho Altamirano por las letras nacionales y dijo que él era “algo así como el presidente de la república de las letras mexicanas”.
En la década final del siglo XIX y a principios del XX, ese magisterio recayó en Justo Sierra. Desde sus puestos en el Ministerio de Educación, él encauzaba y cuidaba a la grey literaria y daba becas a pintores como Diego Rivera para que fueran a Europa a “perfeccionarse”. Como subsecretario (1901-1905) y ministro de Instrucción Pública (1905-1911) al final del régimen porfiriano, pudo hacer e hizo mucho por la cultura y la educación, culminando su obra con la fundación de la Universidad Nacional en 1910. Su magisterio concluyó con su viaje a España en 1912, donde moriría poco después.
Lo ocurrido con estos dos primeros maestros-caciques va a determinar las características que tendrá esta función en nuestro siglo:

1. Deberá ser un escritor importante y en lo posible el mejor de su tiempo.
2. Deberá ocupar puestos que le permitan ayudar y proteger a los escritores jóvenes.
3. Deberá vivir en México.

En los primeros años del siglo XX, con el Ateneo de la Juventud, el dominicano Pedro Henríquez Ureña, aunque no tiene el poder, es el impulsor de la vida cultural y el maestro que guía a los ateneístas, sobre todo a Alfonso Reyes, a cuya formación intelectual se consagra.
El primer ateneísta que tuvo el poder fue José Vasconcelos que, en sus “años de águila” —como los llamó Claude Fell— de 1921 a 1924, como rector de la Universidad y secretario de Educación Pública, organizó la educación popular, creó bibliotecas, promovió la pintura mural, hizo espléndidas publicaciones, importó educadores hispanoamericanos y se rodeó de un renacentista conjunto de maestros, filósofos, escritores, arquitectos, artistas y poetas. Muchos de ellos lo siguieron en su aventura política de 1929, que fracasó y lo lanzó al destierro y a la confusión.
Vasconcelos —escribió Christopher Domínguez Michael— vivió sin consuelo durante treinta años, ofreciendo a sus compatriotas el espectáculo de la descomposición moral que infectó a una de las almas más turbulentas y hermosas de la historia nacional.
Después de una década sin cacique, en 1939 vuelve Alfonso Reyes de sus embajadas, instala su biblioteca, dirige La Casa de España y luego El Colegio de México y, durante una veintena de años, es el cabal hombre de letras, el amigo de toda la inteligencia del mundo, el padrino obligado de las nuevas revistas y de los nuevos escritores; es, pues, el cacique y maestro hasta su muerte en 1959. La correspondencia de don Alfonso con Octavio Paz, que acaba de publicarse, muestra la generosidad y el empeño con que el maestro intervino para la publicación del primer libro poético importante, Libertad bajo palabra, de Octavio.
Por estos años, Fernando Benítez realiza la hazaña de los suplementos culturales semanales que dirige a lo largo de más de cuarenta años y que serán muy influyentes. En torno a ellos se formó el grupo al que la maledicencia llamó la Mafia. Fueron los siguientes: Revista Mexicana de Cultura, de El Nacional (1947-1948) —que inició con Luis Cardoza y Aragón, que abrió el camino de interés y calidad; México en la Cultura, de Novedades (1949-1961) —con los notables diseños tipográficos de Miguel Prieto y Vicente Rojo, que continuarán, los de este último, en algunos de los siguientes; La Cultura en México, de Siempre! (1962-1971); Sábado, de unomásuno (1977-1985), y La Jornada Semanal, de La Jornada (1987-1989). En los tres últimos suplementos, José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis fueron colaboradores eficaces de Benítez. Los mejores escritores nacionales y extranjeros del momento; la variedad de temas siguiendo el “aire del tiempo”; la atención, además de la literatura, al arte, teatro, cine, filosofía y ciencias, y a la política cuando era preciso; la plasticidad y belleza del diseño tipográfico y las ilustraciones; el contar con plantas de escritores jóvenes e imaginativos para las tareas de redacción y una apertura constante para acoger a escritores destacados; la atención a los comentarios bibliográficos, todo esto, más un cierto aire juvenil y antisolemne, fueron las fórmulas que hicieron vivaces, legibles y valiosos los suplementos que dirigió Fernando Benítez.
El libro de Jorge Volpi La imaginación y el poder. Una historia intelectual de 1968 (1998), que es la exposición rigurosa de los acontecimientos en torno a la matanza de Tlatelolco, está apoyado fundamentalmente en las páginas de La Cultura en México, de Siempre!
Cuando Octavio Paz volvió a México, después de haber renunciado a la embajada en la India como protesta por Tlatelolco, tuvo una recepción excepcionalmente cálida. Poco después, fundó la revista Plural (1971-1976), a la que seguiría Vuelta (1976-1998). Él será el nuevo cacique cultural, aunque con discrepancias. Durante la época de Reyes, un grupo menor y pintoresco, el de Jesús Arellano, se burlaba del acatamiento que dábamos a don Alfonso. Con Paz, las discrepancias eran sobre todo políticas y llegaron a extremos como la quema de imágenes del escritor por sus opiniones acerca de los conflictos centroamericanos. Octavio solía ser agresivo no sólo en materias políticas sino aun en las literarias. Y se trenzó en polémicas ruidosas con Carlos Monsiváis, José Joaquín Blanco, Elías Trabulse y Fernando del Paso. De éstas la más sustanciosa, acerca de la función de las izquierdas, fue la de Monsiváis. Las otras se disolvieron y olvidaron. Y en cierta ocasión, sin que hubiera contienda, agredió a Víctor Flores Olea.
Pero, superando estas rispideces, Octavio Paz fue un cacique excelente y generoso. En su larga vida literaria escribió mucho sobre poetas, novelistas, ensayistas, pintores y arquitectos, de México y del mundo, no sólo elogiándolos sino precisando lo distintivo de cada uno. Y con sus amigos más cercanos se preocupó por abrirles el camino a instituciones o mover los resortes necesarios para que recibieran auxilio en sus dolencias.
¿Cuándo terminará el siglo XX para las letras mexicanas? Tengo la impresión de que ya ha concluido y que fue el 19 de abril de 1998, día de la muerte de Octavio Paz, en Coyoacán, Distrito Federal. Es muy remoto que, en el año y meses que restan del siglo, ocurra un acontecimiento tan grave como éste. Ese día se apaga la vida de uno de los mayores escritores mexicanos, a los 84 años de su fecunda existencia. En tanto que Alfonso Reyes es el cacique de nuestra vida literaria en parte de la primera mitad del siglo —digamos hasta su muerte en 1959—, Octavio Paz le sucede en el señorío en la segunda mitad. Fue nuestro “mayor faro”, como dijo Eduardo Lizalde. Así pues, en los días que restan para llegar al nuevo milenio, estamos en una especie de días nemontemi, de días francos que no cuentan.

José Luis Martínez, “Los caciques culturales, Letras libres, 31 de julio de 1999.

Tres conceptos de cultura. Por Gabriel Zaid

Versión original: http://www.letraslibres.com/mexico-espana/tres-conceptos-cultura

De la cultura pueden subrayarse algunos aspectos: el patrimonio acumulado, la forma de heredarlo o el nivel adquirido por los herederos, lo cual se presta a confusiones. La educación acultura a los niños, pero no es la cultura, sino una forma de heredarla. No hay inconveniente en llamar cultura a la educación, siempre y cuando esté claro de qué estamos hablando.

Los griegos no tenían el concepto de cultura (Heidegger, Parmenides). El anacronismo de atribuir este concepto a la palabra paideia se entiende por la confusión entre educación y cultura, y por razones prácticas de traducción en ciertos contextos, como lo explica Werner Jaeger (Paideia. Los ideales de la cultura griega). Pero paideia (de pais, paidós, ‘muchacho’, como en la raíz de pedagogía) era educación. (La palabra paideia se usa todavía para el ministerio de educación, como puede verse en http://www.ypepth.gr.) Significativamente, en el griego moderno se introdujo la palabra koultoura, de origen latino (www.google.gr).

Los romanos inventaron el primer concepto de cultura: la cultura personal. Dieron a las palabras cultura, cultus, incultus (que tenían significados referentes al cultivo del campo y el culto a los dioses) un nuevo significado: cultivarse, adquirir personalmente el nivel de libertad, el espíritu crítico y la capacidad para vivir que es posible heredar de los grandes libros, el gran arte y los grandes ejemplos humanos. Cicerón habló de cultura animi, el cultivo del espíritu (Disputas tusculanas, 45 a. C.). Naturalmente, el cultivo de sí mismo ya existía, pero no estaba conceptualizado. Los romanos fueron “los primeros en tomar la cultura en serio” (Hannah Arendt, La crise de la culture).

La cultura personal puede ser favorecida, estorbada o ignorada por la educación o la buena educación; pero es otra cosa: lo que se hereda por el simple gusto de leer y apreciar las obras de arte, de crecer en la comprensión y transformación de la realidad y de sí mismo, de ser libre. El apetito de ser, de ver, de entender, de hacer, se mueve por su cuenta y aprende sobre la marcha; incluso cuando la familia, los amigos, la escuela, la sociedad, lo favorezcan. Todos nos educamos a todos, pero cada uno tiene que aprender por sí mismo.

Las instituciones de la cultura personal no son las del saber jerárquico, certificado y credencializado del mundo educativo, ni las del éxito comercial o mediático. Son las instituciones de la cultura libre: la lectura, la tertulia, la correspondencia, los circuitos del mundo editorial y artístico (publicaciones, librerías, bibliotecas, museos, galerías, tiendas de discos, salas de conciertos, de teatro, cine, danza) que organizan y difunden lo digno de ser leído, escuchado, visto, admirado, por gusto y nada más, ociosamente. Las “credenciales” de la cultura personal son la curiosidad, la ignorancia inteligente, el espíritu creador, la animación, el buen humor, la crítica, la libertad.

La Edad Media inventó la palabra modernus y el concepto de historia como progreso. En los siglos XII y XIII, el paraíso (perdido en el pasado, entrevisto por místicos y poetas en un presente perpetuo, esperado en el futuro absoluto del fin de los tiempos) se convierte en misión cristiana de progreso gradual (Joaquín de Fiore, Bernardo de Chartres, Roger Bacon). Se vuelve un paraíso deseable aquí y ahora, cotidiano, creciente, construible. Anima el Renacimiento, la Reforma, la Revolución, con un optimismo progresista que despierta la adhesión y la crítica.

Para Joaquín de Fiore, la eternidad divina se despliega en el tiempo como historia sagrada: la era del Padre, luego la del Hijo y finalmente la del Espíritu Santo. Para Leibniz (The Ultimate Origin of Things, 1697, http://www.earlymoderntexts.com), “hay un progreso perpetuo y libre del universo entero”, “que siempre está avanzando hacia más”, sin alcanzar la perfección de Dios. Para Teilhard de Chardin (El fenómeno humano, 1955), en el avance cosmológico hacia Omega, van apareciendo las especies, la vida humana y la noósfera que recubre el planeta (el mundo 3 de Popper, la atmósfera cultural). Todo lo cual supone la humanidad entera (no un pueblo elegido) que converge hacia más; y, por supuesto, hacia Dios.

La historia como progreso proyecta en el espacio los avances en el tiempo: la geografía como desigualdad. Hace de la misión histórica una misión imperialista: la redención de los pueblos atrasados. Hace del imperio, como en Constantino, un pueblo elegido para salvar a los demás; y de la cultura dominante, la cultura universal. La primera crítica es la religiosa: Los apóstoles “no usaron de la fuerza corporal, ni de multitud de ejércitos” (Bartolomé de las Casas, Del único modo de atraer a todos los pueblos a la verdadera religión, 1537). Luego viene la crítica escéptica: Llamamos bárbaros a los que tienen otras costumbres, pero “los sobrepasamos en toda clase de barbaries” (Montaigne, Sobre los caníbales, 1580). Y, finalmente, la anticlerical. Voltaire se burla de Leibniz (y de los ateos), pero mantiene su optimismo. Cree en el progreso conducido por la Razón, rescatado del oscurantismo eclesiástico y las supersticiones populares. A la Razón se debe “la prodigiosa superioridad de nuestro siglo sobre los antiguos”. Europa ha dejado atrás a griegos y romanos (El siglo de Luis I, 1751).

La Ilustración inventa el segundo concepto de cultura: el nivel superior alcanzado por la humanidad. No es la cultura personal, sino social. Incluye el patrimonio acumulado por los grandes creadores, el saber alcanzado, el buen gusto, la pulida civilidad de las costumbres, las instituciones sociales, empezando por la propiedad. Para Rousseau, el primero que cercó un terreno, declaró “Esto es mío” y logró que respetaran su propiedad fue el fundador de la sociedad civil (Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, 1754). Para Adam Ferguson (An Essay on the History of Civil Society, 1767), toda la humanidad está en diversas etapas de progreso: salvajismo, barbarie o civilización. En este concepto, la sociedad civil no es el cuerpo social intermedio entre la familia y el Estado (Hegel), sino el estado de civilización frente al estado silvestre de la humanidad primitiva. Lo deseable es que todos alcancen el nivel superior (los niños, los adultos insuficientemente educados y los pueblos atrasados) y que el nivel vaya subiendo.

La crítica aparece en la misma Ilustración, y sobre todo en el Romanticismo. Cuando la Razón inventa la guillotina (para superar la barbarie clerical de la quema de brujas) y somete a los pueblos alemanes (para liberarlos del atraso), el entusiasmo por la cultura universal se nubla. Beethoven, como otros progresistas, admiraba de lejos la Francia revolucionaria, hasta que los invadió.

El Romanticismo inventa el tercer concepto de cultura: la identidad comunitaria que defiende sus creencias, usos y costumbres de la barbarie progresista. Johann Gottfried Herder recoge el tema de que la humanidad, como si fuera una persona, se va desarrollando por grados sucesivos, y revira una crítica radical del progreso. Ninguna etapa es superior a otra. Cada cultura es su propia finalidad, no un paso previo a la supuesta cultura superior. La infancia tiene sentido por sí misma, no como preparación para la vida adulta. Ves como niñerías de un pueblo sus creencias, usos y costumbres, y quieres generosamente dotarlo de “tu deísmo filosófico, de tu virtud y honor de buen gusto, de tu amor por todos los pueblos en general, que rebosa opresión tolerante, explotación y filosofía de las luces”. El niño eres tú. (Otra filosofía de la historia, 1774, en Histoire et cultures)

De Herder deriva la antropología como estudio de las culturas particulares. Claude Lévi-Strauss, en su entrevista libro con Didier Éribon (De près et de loin) cuenta que Franz Boas “tenía en su comedor un cofre soberbio, esculpido y pintado por los indios kwakiutl, a los cuales dedica gran parte de su obra. Cuando le dije que vivir entre creadores de tales obras maestras debió de ser una experiencia única, me respondió secamente: ‘Son indios como los otros.’ Supongo que su relativismo cultural no le permitía establecer una jerarquía de valores entre los pueblos”.

La crítica de la cultura occidental culmina en el siglo XX. En 1919, ante el desastre de la guerra (1914-1918), quizá inspirado por el libro de Oswald Spengler (La decadencia de Occidente, 1918), Paul Valéry escribe una reflexión cuya primera frase se volvió famosa: “Nosotras, las civilizaciones, sabemos ahora que somos mortales.” “Elam, Nínive, Babilonia, eran bellos nombres vagos, y la ruina total de esos mundos nos decía poco, igual que su existencia.” “Ahora vemos que el abismo de la historia es suficientemente grande para todos. Sentimos que una civilización tiene la misma fragilidad que una vida.” (“La crise de l’Esprit”,Varieté i.) La frase contribuyó a la difusión del concepto de culturas en plural, aunque se refiere a las grandes civilizaciones, no a todas las culturas.

Se puede hablar, entonces, de un concepto clásico, un concepto ilustrado y un concepto romántico de la cultura. El primero subraya la forma de heredar (la frecuentación personal de los grandes libros, las grandes obras de arte, los grandes ejemplos); el segundo, el nivel alcanzado (la superioridad de los que están en la cumbre); el tercero, el patrimonio (todo lo que puede considerarse propio). Pero en los tres se dan los tres aspectos. Por ejemplo, con respecto al nivel: el concepto clásico ve la cultura como nivel personal (en comparación con otras personas); el ilustrado, como nivel social (en comparación con otras sociedades o estamentos); el romántico, como identidad (incomparable). El primero y el segundo son elitistas, frente al tercero, que enaltece la cultura popular y los valores comunitarios. El segundo y el tercero son paternalistas, a diferencia del primero, que enaltece el esfuerzo personal. En el concepto clásico, la cultura que importa es la mía: la que me lleva al diálogo con los grandes creadores. En el concepto ilustrado, hay una sola cultura universal que va progresando, ante la cual los pueblos son graduables como adelantados o atrasados. En el romántico, todos los pueblos son cultos (tienen su propia cultura); todas las culturas son particulares y ninguna es superior o inferior.

Gabriel Zaid, “Tres conceptos de cultura”, Letras libres, 30 de junio de 2007

La cena. Por Alfonso Reyes

La cena es un relato fantástico de Alfonso Reyes de 1912 que se incluyó en el libro El plano oblicuo publicado en 1920. En este cuento, el sueño y la realidad, así como las dimensiones temporales y espaciales, se confunden en una experiencia irracional, mágica. La riqueza de símbolos y referencias literarias que Reyes teje a lo largo de la historia son una característica de esta pieza fundacional de la literatura fantástica latinoamericana.

La versión de La cena que se presenta en esta ocasión cuenta con la voz de Juan Stack y la dirección de Eduardo Ruiz Saviñón. Sobre este autor, en Descarga Cultura.UNAM también puedes escuchar “Oración del 9 de febrero”.

AudioIcono11

Disponible en: http://descargacultura.unam.mx/app1#

Editorial: Almadía
Lectura a cargo de: Juan Stack
Estudio de grabación: Radio UNAM
Dirección: Eduardo Ruiz Saviñón
Música: Juan Pablo Villa
Operación y postproducción: Gustavo Páez / Fabiola Rodríguez
Año de grabación: 2015

Oración por Atenea política. Alfonso Reyes

No olvidéis que un universitario mexicano de mis años sabe ya lo que es cruzar una ciudad asediada por el bombardeo durante diez días seguidos, para acudir al deber de hijo y de hermano, y aun de esposo y padre, con el luto en el corazón y el libro escolar bajo el brazo. Nunca, ni en medio de dolores que todavía no pueden contarse, nos abandonó la Atenea Política.

     No quiero despedirme sin recordaros que esta divinidad tiene muchos nombres, no contando el que Zeus le prodiga en el poema homérico (“querida ojizarca”) que más bien es un apodo paternal cariñoso. Repetir los nombres de las divinidades es una forma elemental de plegaria. Orar quiere decir hablar con la boca. Oremos:

Atenea, además de Polías o política, se llama Promacos, que viene a ser campeón en las armas, diosa campeadora; se llama Sthenias o pederosa, Areia o de bélica naturaleza. Y todo esto significa que nunca deja de enmohecerse su tradición, sus victorias pasadas, sino que a cada nueva aurora madruga a combatir por ellas. Atenea se llama también Bulaia, porque asiste y juzga en los consejos, porque sofrena la cólera del héroe tirándole oportunamente por las riendas de la cabellera; y se llama Ergane, maestra de artesanos, por donde la escuela y el taller se confunden. Por último, Atenea es Kurótrofos, nutriz de los retoños, diosa que alimenta los nuevos planteles de hombres. Protectora de los muchachos, ella os defienda y os ampare, ella os guíe, ella os fatigue y os repose.

Alfonso Reyes, “Atenea política”, Universidad, política y pueblo, UNAM, México, 1967, pp. 97-98

Salambona. Por Alfonso Reyes

¡Ay, Salambó, Salambona,
ya probé de tu persona!

¿Y sabes a lo que sabes?
Sabes a piña y a miel,
sabes a vino y a dátiles,
a naranja y a clavel,
a canela y azafrán,
a cacao y a café,
a perejil y tomillo,
higo blando y dura nuez.
Sabes a yerba mojada,
sabes al amanecer.
Sabes a égloga pura
cantada con el rabel.
Sabes a leña olorosa,
pino, resina y laurel.
A moza junto a la fuente,
que cada noche es mujer.
Al aire de mis montañas,
donde un tiempo cabalgué.
Sabes a lo que sabía
la infancia que se me fue.
Sabes a todos los sueños
que a nadie le confesé.

¡Ay, Salambó, Salambona,
ya probé de tu persona!

Alianza del mito ibérico
y el mito cartaginés,
tienes el gusto del mar,
tan antiguo como es.
Sabes a fiesta marina,
a trirreme y a bajel.
Sabes a la Odisea,
sabes a Jerusalén.
Sabes a toda la historia,
tan antigua como es.
Sabes a toda la tierra,
tan antigua como es.
Sabes a luna y a sol,
cometa y eclipse, pues
sabes a la astrología,
tan antigua como es.
Sabes a doctrina oculta
y a revelación tal vez.
Sabes al abecedario,
Rtan antiguo como es.
Sabes a vida y a muerte
y a gloria y a infierno, amén.

Río de Janeiro, 20 de agosto, 1935

Tomo X, Obras completas, Fondo de Cultura Económica, México, 1996, pp. 157-158

 

Rubén Darío, genio municipal. Por Alfonso Reyes

Con todo,  yo tuve que hablar en una Glorieta de Madrid, en la última Fiesta de la Raza. Cuando sepáis que se trataba de bautizar esa Glorieta con el nombre de Rubén Darío, me perdonaréis mi alarde oratorio. Dije así:

Por delegación del Excelentísimo Señor Ministro de Cuba (a quien corresponde el derecho de antigüedad), toca al representante de México la honra inapreciable, de dar las gracias al Ayuntamiento de Madrid, en nombre del Cuerpo Diplomático hispano-americano —y seguramente interpretando él sentir de tantas naciones—, por la consagración que acabáis de hacer, señor Alcalde, de la Glorieta del Cisne, al alto poeta de los cisnes.

Pero habéis pronunciado, junto al nombre de Rubén Darío, otros nombres, para los americanos sagrados, que arrebatan mi atención a otra parte. Felicitémonos porque nos ha sido dable presenciar la hora en que las glorias de América pueden redundar en gloria de España. Renuncio a evocar siquiera la enorme suma de esfuerzos de comprensión que a uno y otro lado del mar ha hecho falta para que sea posible proponer, en la capital del orbe hispano, homenajes y recuerdos a los padres de América. Sois, españoles, ejemplares en la cordialidad generosa al reconocer y aceptar los valores humanos definitivos, así sean los del otro campo, y (según acabamos de verlo, por la vibrante carta de Grandmontagne) la misma severidad excesiva que adoptáis para juzgaros a vosotros mismos —heroica condición crítica de la mente, que alguna vez ha sido explotada en contra vuestra— se convierte en un extraño y viril desprendimiento, casi impolítico en ocasiones, siempre conmovedor y valiente, para reconocer, cuando es justo, la grandeza del contrincante. Habéis hecho, en la larga historia, un viaje a la tierra de las ambiciones y los poderes. Y estáis de regreso, entre el asombro de los que no siempre aciertan a entenderos, con una filosofía sencilla, en que muchas veces las contradicciones se avienen, formando una síntesis moral superior a los extravíos que todavía están costando a los pueblos lágrimas y sangre.

¡Feliz acuerdo el de consagrar en la Fiesta de la Raza un homenaje a la memoria del mayor poeta de la lengua durante los últimos siglos! Su nombre, desde hoy, queda incorporado a la vida diaria, callejera, de vuestra graciosa ciudad. Y, por justa paradoja y compensación, he aquí que convertís al solitario, al desigual, al rebelde y altivo genio, al pecador torturado y elegante, al león entre tímido y bravío, que de pronto se acobardaba y de pronto comenzaba a rugir, al melancólico que cruzaba la vida “ciego de ensueño y loco de armonía”, al hijo terrible de un Continente que es todo el un grito de insaciados anhelos, a nuestro Rubén Darío, el menos municipal de los hombres, en algo tan benéfico y manso como un Genio Municipal. Acógelo la divinidad que reina en las plazas y en las calles, y nosotros —buenos hijos de Roma— saludamos con ritos públicos, bajo el cielo de otoño, al héroe mensajero de las primaveras americanas.

La obra de Rubén Darío fue obra de concordia latina. América, desde la hora de su autonomía, venía padeciendo las dos circulaciones contrarias del ser que se arranca de la madre. Y mientras, por una parte, la expresión del alma española se purificaba en los mejores gramáticos que ha tenido la lengua —los americanos Andrés Bello, Rufino José Cuervo, Rafael Ángel de la Peña, Marco Fidel Suárez—, por otra se dejaba sentir una honda conmoción de sublevaciones más que juveniles: “¡Desespañolicémonos!”, gritaba el argentino Sarmiento. “¡Desespañolicémonos!”, gritaba el mexicano Ignacio Ramírez, en controversia contra vuestro gran Castelar… Éstos no eran independientes; no están aún desarticulados del centro hispano; eran todavía hijos adolescentes que se alzan contra las tradiciones y costumbres caseras, por su misma incapacidad de reformarlas a su gusto. Más tarde llegará la hora adulta, la hora ‘en que el americano pueda amar a España sin compromisos, sin explicaciones y sin protestas. La hora en que, sintiéndose otro, el hombre se siente semejante a sus familiares y como justificado en ellos. Los Dióscuros americanos Rubén Darío y José Enrique Rodó trazan, en trayectorias gemelas, esta elocuente declinación hacia España. Habéis escogido la más alta realización de América para sellar, con su recuerdo, la Fiesta de la Raza, y resulta que, de paso, habéis escogido el nombre de aquel en quien con más plenitud se expresa esta voluntad de amor a España por parte de una América ya emancipada y ya consciente de sus destinos. Porque ya no está a discusión —sino entre los necios y los sordos— el radical casticismo de Rubén Darío. “Francesismo”, se ha dicho. Y es verdad, porque Rubén Darío trajo a la masa de la lengua española, trajo a la atmósfera del alma española, cuanto el mundo tenía entonces que aprender de Francia. Acaso su condición de hijo de América le ayudaba a dar el salto mortal del espíritu. Nicaragua pesa sobre la mente mucho menos que España, y fue uno de los hijos más pobres el que se echó al mundo a conquistar, para toda la familia, las cosas buenas que entonces había por el mundo. Y un día volvió —hoy así lo vemos— cargado y reluciente de joyas, como un rey de fábulas.

En la gran renovación de la sensibilidad española, que precipita a América sobre España —donde España puede ya sacar el consuelo de sentirse reivindicada por los mismos a quienes se pretendía presentar como víctimas del error hispano—, Rubén Darío desató la palabra mágica en que todos habíamos de reconocernos como herederos de igual dolor y caballeros de la misma promesa. Poeta sumo, hombre vertiginoso, alma traspasada de sol, tramó con lo más íntimo de sus ternuras y lo más atronador de sus furores la escala de hexámetros de oro, el himno de esperanza más grande que vuela sobre las alas de la lengua:

¡Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda!

¡Espíritus fraternos, luminosas almas, salve!

Alfonso Reyes, “Rubén Darío, genio municipal”, Glorieta de Rubén Darío, América, Obras completas IV, Fondo de Cultura Económica, México, 1956, pp. 318-320.

“Nota preliminar”; Universidad, política y pueblo de Alfonso Reyes. Por José Emilio Pacheco

En Inglaterra un libro de C. P. Snow, Las dos culturas y la revolución científica, planteó el problema que entraña para la sociedad contemporánea el abismo que separa a los intelectuales de los científicos. La rapidez con que se desarrollan los procesos de cambio en nuestra época, la urgencia de terminar con la disparidad entre las naciones industrializadas y los países subdesarrollados que forman el Tercer Mundo, demuestran que salvar ese abismo resulta una obligación inaplazable. Si las humanidades y las ciencias se apartan no habrá sociedad capaz de pensar con cordura. Por la vida intelectual, por la sociedad de Occidente que vive rodeada de la extrema miseria, por los pobres que dejarán de serlo si hay inteligencia en el mundo, la educación debe mirarse con nuevos ojos. Ciertamente, no solucionará todos los problemas; pero sin la educación no podemos enfrentarnos a ellos. Todos tenemos que aprender unos de otros. Queda muy poco tiempo. Y lo peligroso es que nos criaron como si tuviéramos el tiempo de los siglos.

Casi treinta años antes de C. P. Snow, Alfonso Reyes manifestó propósitos en gran medida coincidentes al intentar una filosofía de la cultura, orientada hacia el caso concreto de Hispanoamérica, que defiende la universalidad y la tradición como condiciones de nuestro porvenir intelectual.

En Reyes la palabra “humanista” define antes que al estudioso de la antigüedad clásica al hombre consciente de sus responsabilidades sociales, dueño de una cultura no asediada por las limitaciones de la especialización excesiva, aficionado a otras disciplinas que le permitan conocer mejor la propia, ávido en fin de mantenerse al tanto del progreso científico para tratar de que su empleo se encauce en beneficio del mundo. Al advertirnos contra los peligros crecientes de la especialización, Reyes no defiende la superficialidad, el conocimiento ligero de todo y profundo de nada: “defiende la profesión general del hombre”, afín a la corriente enciclopedista del XVIII que propició la independencia para combatir las iniquidades sociales mediante la difusión del conocimiento científico y filosófico.

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Así, Reyes se propone definir la naturaleza de la cultura y los deberes que impone a quienes la sirven, trata de hallar un medio que eleve a Hispanoamérica al plano de la cultura universal sin que ello implique la renuncia a los valores humanos fundamentales de su tradición. La cultura es el patrimonio común a todos los miembros de una sociedad. Es la obra en que se expresa la inteligencia -la facultad más específicamente humana- cuyo objeto característico es unificar, establecer sistemas regulares de conexiones. Esta función en el orden del espacio comunica a los coetáneos y se llama cosmopolitismo; en el orden del tiempo comunica a las generaciones y se llama tradición.

Al incorporar a sus Obras completas varios de los ensayos que forman este libro, Reyes señalaba que algunas palabras han cambiado de sentido y hasta se han vuelto de revés. “No se impacienten las Furias Políticas y procuren entender las cosas conforme al lenguaje de su momento.” Por eso, aunque él empleaba “cosmopolitismo” en su sentido griego y no en la trivial connotación de nuestros días, acaso sea preferible ahora el impreciso término de “universalidad” para referirse al esfuerzo de la inteligencia por unificar espiritualmente al hombre, hacer triunfar la unidad del género humano contra el racismo o el clasismo, convertir la Tierra en una morada menos injusta y menos infeliz para todos.

Por su parte, la tradición es el esfuerzo de la cultura que busca unificarse a sí misma, establecer la continuidad de su obra a través del tiempo, asegurar el aprovechamiento de las anteriores conquistas por las nuevas generaciones. Si el deber del intelectual, de todo hombre que ha tenido acceso a los beneficios de la cultura, es fomentar el mutuo conocimiento que acerque espiritualmente a los hombres, ello es aún más imperioso en nuestros países cuyo progreso depende su unión y la democratización de las instituciones. El cauce natural para aglutinar tales elementos es la tradición hispano-latina. Estos valores y no los de las culturas aborígenes, constituyen el núcleo de la cultura en Hispanoamérica. De ellos debe partir a la realización de su destino: ser cuna de la “raza cósmica”, del nuevo mundo.

No hay que olvidar que estas nociones preceden al redescubrimiento del legado prehispánico y son anteriores al trágico sentido que el término raza adquirió bajo el nazismo. Ya en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, Reyes combatió la idea de superioridad y definió la raza como un concepto sin fundamento científico ni consecuencia ninguna sobre la dignidad e inteligencia humanas, uniformes en principio cuando se ofrecen iguales oportunidades. En vez de razas, habló de culturas: porque todos los pueblos son mestizos y las grandes civilizaciones fueron producto del hibridismo. Olvidarlo es poner la ciencia al servicio del fraude. En otro ensayo de esta época Reyes defendió cómo la defensa de la cultura y la civilización podía ser una de las falacias del imperialismo moderno -al lado de “espacio vital”, “supremacía racial”, “prestigio de país”- falacias con que se trata de rodear de misticismo a la guerra y enmascarar de cruzada heroica, patriótica y civilizadora lo que sólo es la lucha de privilegios, mercados y colonias. De esta manera, un escritor como Alfonso Reyes que fue censurado por su excesivo respeto a la opinión ajena, no vaciló en escribir que a fin de alcanzar la paz y la armonía entre los pueblos, hay que luchar contra las naciones imperialistas y conquistadoras hasta vencerlas para siempre.

Reyes entendió la tarea del escritor como obra de servicio y esclarecimiento. No es otra la unidad en la diversidad que liga los diferentes ensayos de este libro. Maestro en el mejor sentido de nuestra idea moderna de la Universidad que no nos hace oyentes o lectores pasivos, sino que orienta el juicio y la voluntad para que cada uno libre y espontáneamente derive sus propias conclusiones, “la importancia de Reyes -escribió Octavio Paz- reside sobre todo en que leerlo es una lección de claridad y transparencia. Al enseñarnos a decir, nos enseña a pensar”.

Es difícil encontrar una respuesta más precisa al debate sobre el nacionalismo que un concepto de Reyes presente en muchos de sus textos pero resumibles en dos sencillas frases: Nada puede sernos ajeno sino lo que ignoramos. Seremos mejores mexicanos en la medida en que hagamos mejores cosas.

No es otra la voluntad que alienta en el Discurso por Virgilio, tentativa de rescatar las humanidades para el conocimiento mexicano, borrar la creencia de que la tradición cultural es un peso muerto o el privilegio de una casta, y que no importa al pueblo atareado en las urgencias vitales. “Quiero el latín para las izquierdas, porque no veo la ventaja de dejar caer conquistas ya alcanzadas. Y quiero las humanidades como vehículo natural para todo lo autóctono”. Aquí Reyes comprueba que Virgilio también nos pertenece. En las Geórgicas se cumple el sueño del hombre libre: no hay capataz ni peón sino el campo poseído por el mismo que lo cultiva. Hidalgo es un héroe virgiliano. La actitud de Moctezuma ante Cortés se diría idéntica a la del rey Latino ante Eneas. Incluso una comparación inscrita en La Eneida nos da la figura exacta del escudo de México, tal como se le ve en las armas nacionales.

Quizá lo más importante de este capítulo sea la reducción del optimismo americanista a sus justas, fecundas proporciones. La hora de América no significa que se hunda Europa y nos levantemos bajo una lluvia de virtudes ofrendadas por gracia. Quiere decir que apenas comenzamos a dominar el utensilio europeo, a igualar el cuadro de la civilización en que Europa nos metió de repente. Aunque se opere según las leyes del combate, el alzamiento de los pueblos postrados será una incorporación: el vencedor absorberá las virtudes del enemigo muerto como sucedió entre Grecia y Roma. A nada conduce insistir desde América en la división de Oriente y Occidente. Faltos de un criterio para proceder a esa síntesis sobrehumana, viviremos en crisis por más de un siglo. El resultado no será oriental ni occidental sino amplia y totalmente humano. Mientras tanto debemos acoger todas las conquistas, procurando con todas ellas una elaboración sintética.

Atenea política aclara lo que Reyes entiende por tarea unificadora de la inteligencia. Unificar no entraña la renuncia a los sabores individuales de las cosas, a lo inesperado, a la parte de la aventura que la vida ha de ofrecer para ser vida. No estanca: facilita el movimiento. No despoja a las cosas de su expresión propia: establece entre todas ellas un sistema regular de conexiones. El ideal de la unificación, la más noble conquista de la inteligencia, se llama idea de paz. Cuando la inteligencia trabaja como agente unificador se llama cultura, se desarrolla en el pasado, se recoge en el presente y se orienta hacia el porvenir. Todos sabemos que al asegurar el presente afirmamos el porvenir. Pero no todos estamos convencidos de que sólo se puede asegurar el futuro mediante la asimilación del pasado, lo cual no significa ser retrógado ni conservador. Aprovechar las tradiciones no es un paso atrás sino un paso adelante, si sabemos orientarlo en una línea maestra que desdeñe el azar. Por lo demás, no todo lo que ha existido funda tradición.

Reyes se pronuncia contra la teoría que nos hace héroes ante nuestros ojos por el solo hecho de vivir en estos tiempos difíciles. “Además, nos sentimos incitados a la pereza, lo cual parece que es muy agradable: si nada nos enseña el pasado, ¡a cerrar los libros! Así se distrae a la juventud del ejercicio y el estudio que han de ser toda su defensa para mañana, con la consoladora perspectiva del fin del mundo, propio consuelo de cobardes.”

El fruto verdadero de las culturas es, en suma, la resistencia moral para los reveses y casualidades exteriores. Reyes, estudiante perpetuo, aconsejaba la vida de la cultura como garantía de equilibrio en medio de las crisis morales. Querer encontrar este equilibrio -añade en Homilía para la cultura- en el solo ejercicio de una actividad técnica sin dejar abierta la ventana a la circulación de las corrientes espirituales, conduce a una manera de desnutrición y de escorbuto. Este mal afecta al espíritu, a la felicidad, al bienestar y hasta la misma economía. Después de todo, economía quiere decir recto aprovechamiento y armoniosa repartición entre los recursos de subsistencia. El desvincular la especialidad de la universalidad equivale a cortar la raíz, la línea de la alimentación. La realidad se empeña siempre en destrozarnos. El objeto de la cultura es reconstruirnos incesantemente. Los distintos órdenes del saber se interrelacionan, unas disciplinas ayudan a las otras. El estudio de materias distintas no desvía la personal afición, ante las nutre y enriquece. Una sola rama del conocimiento puede conducirnos al más amplio contacto humano si nos mantenemos en el propósito de abrir los vasos comunicantes.

La segunda parte de este libro agrupa ensayos sobre temas nacionales: “México en una nuez”, introducción a nuestra historia conveniente para públicos extranjeros y recordatorio de las líneas esenciales para el lector mexicanos, es un modelo de resumen y un ejemplo de lo que pueden ser los trabajos en clase. “Recuerdos preparatorianos”, evocación e invocación de la adolescencia, iba a integrarse a las Memorias de Alfonso Reyes, obra de la que sólo alcanzó a terminar los dos primeros tomos: Parentalia (1959) y Albores (1960).

Pasado inmediato examina la atmósfera política y universitaria del tiempo en que se formaron Reyes y su generación: la etapa del Centenario, cuando al pueblo,  en el despertar de un sueño prolongado, quería ya escoger por sí mismo y pasar a nuevo capítulo de su historia. Porque la historia parecía ya parte de la prehistoria. México era -a juicio de la clase dominante- un país maduro, no pasible de cambio, en equilibrio final que había superado las revoluciones y también la era metafísica. Los antiguos positivistas, reunidos en colegio político con el nombre de los Científicos, creadores de grandes negocios nacionales, eran dueños de la enseñanza superior. No se esforzaron por dotar al país de escuelas industriales y técnicas, y prescindieron de las humanidades. El pueblo estaba condenado a trabajar empíricamente y con los procedimientos más atrasados; a ser siempre discípulo, empleado o siervo del maestro, del patrón o del capataz extranjeros, que venían de afuera a ordenarle, sin enseñarle, lo que había que hacer en el país.

El régimen de Porfirio Díaz duraba más de lo que la naturaleza puede consentir y daba síntomas de absoluta caducidad. La paz envejecida reinaba en las calles y en las plazas, pero no en las conciencias. Junto al espejismo de la celebración, cundían ya los primeros latidos revolucionarios. Los hechos de la cultura no fueron determinantes pero si concomitantes. La joven generación de 1910 no creyó en lo que habían creído sus mayores. Alumnos de todas las profesiones manifestaron que se sentían llamados a entenderse con los deberes públicos. El Congreso Nacional de Estudiantes fue una prueba de que se acercaba una renovación de las ideas petrificadas en esa raridad de campana neumática donde los jóvenes habían perdido el gusto por las tradiciones y se iban insensiblemente descastando en una imitación europea más elegante que el interés por las realidades inmediatas. Pero esa generación dio señales de una conciencia pública emancipada del régimen. Los esfuerzos de Reyes, Pedro Henríquez Ureña, Antonio Caso y José Vasconcelos -entre otros- culminaron en la creación de la Sociedad de Conferencias y el Ateneo de la Juventud. Pronto se dejaría sentir en todas partes el sacudimiento político. Al triunfo de la Revolución, la campaña de los ateneístas prosigue en la cátedra y se funda la Universidad Popular que va a ilustrar al pueblo en sus talleres y en sus centros, llevan a quienes no pueden costearse estudios superiores los conocimientos indispensables que no caben en los programas de primaria.

El año del Centenario está muy lejos; se le recuerda con dificultad pero entre vagidos y titubeos “abrió la salida al porvenir, puso en marcha el pensamiento, propuso interrogaciones y emprendió promesas que, atajadas por la discordia, habrá que reatar otra vez al carro del tiempo”.

Esta mínima antología no pretende más que ser una invitación a la lectura de Alfonso Reyes, una muestra de la variedad temática de su obra, animada con el propósito central de crear una base sobre la que pueda edificarse una auténtica cultura mexicana y el afán de no dejar que el porvenir quede entregado a la desesperación ni al violencia.

José Emilio Pacheco, “Nota preliminar”, Universidad, política y pueblo, Lecturas universitarias, Universidad Nacional Autónoma de México, Ciudad de México, 1967, pp. 7- 16.

Alfonso Reyes y la filología: entre la Revista de Filología Española y la Nueva Revista de Filología Hispánica. Por Mario Pedrazuela Fuentes

Resumen

En este artículo se propone un recorrido por la labor filológica de Alfonso Reyes, sobre todo la que realizó en el Centro de Estudios Históricos durante los diez años que pasó en España entre 1914 y 1924. En ese tiempo, trabajó intensamente en la literatura de los siglos XVI y XVII y también en la Revista de Filología Española. A su regreso a México, cuando preside El Colegio de México, acogerá allí a muchos de los intelectuales españoles que le ayudaron en sus años madrileños y dará continuidad al trabajo filológico que se había iniciado en el Centro de Estudios Históricos, truncado por la Guerra Civil, y que después fue continuado en cierta medida por el Instituto de Filología de Buenos Aires. Reyes colaboró en la continuidad de la Revista de Filología, pues después de un breve período en Buenos Aires, donde se desarrolló la Revista de Filología Hispánica, ésta se publicó finalmente en El Colegio de México con el título de Nueva Revista de Filología Hispánica.

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Alfonso Reyes y Porfirio Barba Jacob

En nueve cuartetos de versos alejandrinos de rima pareada, Alfonso Reyes (de 20 años) formula un saludo al romero peregrino (en ese entonces llamado Ricardo Arenales de 26 años de edad). Ricardo Arenales, quien pocos años después sería, Porfirio Barba Jacob. Ricardo era un poeta de la fatalidad trágica y un valeroso periodista crítico y polémico: “ciego del mundo, y sabio para mirar al cielo/ sueltas la mente por donde los astros van”, que con sus huesos a la cárcel había ido a parar, por criticar en 1909 al régimen porfirista, desde una postura “reyista”. El general Bernardo Reyes (padre de Alfonso) era un prestigiado militar, aliado y compañero de armas de Porfirio Diaz durante más de veinte años, pero para ese entonces, ya era un incómodo rival (al grado que existía un Partido Reyista), en la sucesión presidencial del Presidente por 30 años, el general don Porfirio Díaz.
Años después, nuestro “romero”, ya como Porfirio Barba Jacob, también criticará implacable a los “revolucionarios”: Carranza, Obregón y Calles. En cambio, sabrá reconocer en las figuras de los “bandidos” Emiliano Zapata y sobre todo Pancho Villa, a los representantes de la revolución social del México profundo.
Cuenta una de las leyendas negras, que escribió una biografía de Villa, de la que se vendieron más de veinte mil ejemplares, en el norte de México y el sur de los Estados Unidos, aunque a la fecha no aparece ni uno sólo.
Miguel Ángel, Ricardo, Porfirio, Pedro, Pablo, Juan Pueblo, fueron algunos de los otros, de los heterónimos en los que su espíritu encarnó, como queriendo fundirse en el crepúsculo, mientras vuelan los serafines “y en la tarde tu lámpara arde como un rubí.”

Salutación al Romero
A Ricardo Arenales

Caminas por el Prado, que está de primavera
Y, ciego, ¿no contemplas sino el radioso vano?
¿Adónde, adónde, ciego, conduces la carrera,
alzando a Dios las palmas que llevas en la mano?

Ciego del mundo, y sabio para mirar el cielo,
sueltas la mente por donde los astros van,
Como en la noche oscura, por el monte Carmelo,
Erraba, libre, el alma del mismo San Juan.

La tierra estaba verde, el cielo estaba rosa
Y, lejos, en el cielo, fulguraba una cruz.
Pasaste tú, romero, y no mirabas cosa,
sino, en el cielo, la maravillosa luz.

¿Andabas por el prado, que está de primavera,
y, ciego, no mirabas sino el radioso vano?
¿Adónde, adónde, ciego, llevabas la carrera
alzando a Dios las palmas que ofrecía tu mano?

A mi, qué, dónde piso, siento en la voz del suelo,
¿qué me dices con tu silencio y tu oración?
¿Qué buscas, con los ojos fatigados de cielo,
más alto que la vida y sobre la pasión?

Romero: en el crepúsculo vuelan los serafines.
En la dorada luz te borras para mí.
Tu alma y el crepúsculo se mezclan por afines,
y en la tarde tu lámpara arde como un rubí.

La sacrosanta lámpara donde quemar perfumes;
la de alumbrar, nocturna, la trabajosa senda;
la que ha de velar por ti, cuando te abrumes
en medio de la noche azul, bajo la tienda-.

El romero, que estaba en medio de la tarde,
me miró silenciosamente, con claridad:
yo no vi en sus ojos mentira ni alarde,
sino la inmóvil luz de la fatalidad.

La lumbre de la tarde se apaga. Raudo giro
de imperceptibles pájaros vibra con suave son.
Y un grito, y un sollozo, y un canto, y un suspiro
se ahogan en la tarde como en mi corazón.

Alfonso Reyes, noviembre de 1909

Oración del 9 de febrero. Por Alfonso Reyes

En Oración del 9 de febrero, Alfonso Reyes rinde un homenaje a su padre, quien perdió la vida en 1913 durante los acontecimientos de la Decena Trágica, y explora la orfandad desde la complicidad de su amor filial. Sobre este texto, el crítico literario Christopher Domínguez Michael ha escrito: “Es una de las piezas más perfectas y conmovedoras en la historia de la prosa hispanoamericana”. La voz es de Juan Stack.

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Disponible en: http://descargacultura.unam.mx/app1#

Lectura a cargo de: Juan Stack
Estudio de grabación: Universum. Museo de las Ciencias
Música: Juan Pablo Villa
Operación y postproducción: Fabiola Rodríguez /Cristina Martínez
Año de grabación: 2015

Republicanismo, humanismo y revolución en la obra de José María Vigil. Por Ambrosio Velasco

Historias de vida – Canal Once

Enlaces relacionados:

http://oncetv-ipn.net/historiasdevida/

https://www.youtube.com/channel/UCqaOSuXiGdnuoqXBda-XD2A

Tras los pasos de Eusebio Juaristi. Poeta de la química

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Pasado inmediato. Alfonso Reyes. México, septiembre de 1939

El movimiento intelectual contemporáneo de México. José Vasconcelos, 26 de julio de 1916

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El pensador mexicano y su tiempo. Carlos González Peña. Agosto, 1910

La obra de José Enrique Rodó. Pedro Henríquez Ureña

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Arte Poética, Jorge Luis Borges

Para mejor comprender a Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 24 de agosto de 1899 – Ginebra, 14 de junio de 1986). Una mirada del universitario Alfonso Reyes Ochoa (Monterrey, 17 de mayo de 1889 – México, D.F., 27 de diciembre de 1959); miembros ilustres de las Generaciones 1900 y 1885, respectivamente. Argentina y México en conversación intergeneracional e intercultural.

ARTE POÉTICA

Mirar el río hecho de tiempo y de agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua.

Sentir que la vigilia es otro sueño
que sueña no soñar y que la muerte
que teme nuestra carne es esa muerte
de cada noche, que se llama sueño.

Ver en el día o en el año un símbolo
de los días del hombre y de sus años,
convertir el ultraje de los años
en una música, un rumor y un símbolo,

ver en la muerte el sueño, en el ocaso
un triste oro, tal es la poesía
que es inmortal y pobre. La poesía
vuelve como la aurora y el ocaso.

A veces en las tardes una cara
nos mira desde el fondo de un espejo;
el arte debe ser como ese espejo
que nos revela nuestra propia cara.

Cuentan que Ulises, harto de prodigios,
lloró de amor al divisar su Ítaca
verde y humilde. El arte es esa Ítaca
de verde eternidad, no de prodigios.

También es como el río interminable
que pasa y queda y es cristal de un mismo
Heráclito inconstante, que es el mismo
y es otro, como el río interminable.