Archivo de la categoría: Escritos sobre Alfonso Reyes

“Visión de México” de Adolfo Castañón

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Adolfo Castañón nació en la ciudad de México el 8 de agosto de 1952. Desde el 23 de octubre de 2003 es el sexto ocupante de la silla II de la Academia Mexicana de la Lengua.
Este poeta, ensayista, editor, crítico literario y bibliófilo estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Gastrónomo autodidacta, ha sido miembro del consejo de redacción de varias revistas en Latinoamérica, entre las que se encuentran La Cultura en México, el suplemento de Siempre!, Vuelta, Letras Libres y Gradivia. Ha sido colaborador de Cuadrivio, Imagen Latinoamericana, La Cultura en México, La Gaceta del FCE, Letras Libres, Nexos, Novedades, Plural, Revista Universidad de México, Sábado, Siempre!, y Vuelta. Gran lector de todos los géneros, es también admirador y estudioso de la obra de Alfonso Reyes, de quien ha dicho que fue “el poeta y crítico que sentó las bases de un canon moderno de la prosa y del verso para las letras mexicanas e hispanoamericanas”. Entre sus obras destacan Alfonso Reyes, caballero de la voz errante (1988), Arbitrario de literatura mexicana (1995), La campana y el tiempo (2003), Viaje a México: ensayos, crónicas y retratos (2008), y Grano de Sal (2009). Entre las traducciones importantes en su carrera están Después de Babel, de George Steiner, y Ensayo sobre el origen de las lenguas, de J. J. Rousseau (ambos publicados por el FCE). Durante casi tres décadas trabajó para el Fondo de Cultura Económica, donde tuvo a su cargo diversas obras de Alfonso Reyes, Octavio Paz y Juan José Arreola, entre otros muchos autores. Ha sido investigador del Centro de Estudios Literarios, del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM.

Ha obtenido diversos premios, entre los que cabe señalar el Nacional de Literatura de Mazatlán 1996; el Nacional de Periodismo 1998; el Xavier Villaurrutia 2008, y el Nacional de Periodismo José Pagés Llergo 2010. En 2003 fue reconocido como Caballero de la Orden de las Artes y de las Letras por el gobierno de la república francesa. En 2015 recibió el Premio Internacional de Ensayo de Argentina.

 

 

Recuerdos de Alfonso Reyes. Por José Luis Martínez

Conferencia de don José Luis Martínez en la Cátedra Alfonso Reyes en Cuernavaca, abril del año 2000. Sala Manuel M. Ponce del Jardín Borda, Cuernavaca, Morelos. Producción: Matemágica S. A., de C. V.

El arte de perdurar de Hugo Hiriart

Con la audacia que caracteriza sus ensayos, Hugo Hiriart se pregunta por qué algunos autores, sin importar la medida de su talento, no alcanzaron el terreno movedizo de la fama y qué recursos han permitido que una obra se instale durante generaciones en la preferencia del público lector. En esta inusitada reflexión literaria sobre lo que transcurre y lo que permanece, diseñada como una conversación espoleada por la argumentación serena y el ataque frontal, Hiriart analiza la valía de una obra en relación con su peso en la fluctuante posteridad. Luego de acechar y definir magistralmente el estilo de Alfonso Reyes, Hiriart compara la prosa ensayística del anterior con la de Jorge Luis Borges… y la de éstos dos con la de George Orwell, a fin de cavilar sobre el virtuosismo y el talento, y de analizar reveladores ejemplos de escritores que lograron trascender su espacio y su tiempo. Tomando como pretexto a Velázquez y a Rubens, así como los autorretratos de escritores famosos, la segunda parte de este libro traduce al arte de la pintura la teoría antes expuesta y propone una indagación cuyo centro es la perdurabilidad de la creación artística. Con su disertar siempre asombroso, Hiriart se mueve de una pasión a otra -de la literatura a la pintura- e invita al lector a asediar los misterios del arte y la búsqueda de la inmortalidad a la que todo artista aspira en la memoria humana.

Hiriart. Arte

 

El apolíneo Alfonso Reyes y el dionisíaco José Vasconcelos: encuentros y desencuentros. Por Javier Garciadiego

Ceremonia de ingreso de don Javier Garciadiego a la Academia Mexicana de la Lengua

 

Museo Nacional de Arte, 9 mayo 2013
Javier Garciadiego

Saludos:
Sr. director don Jaime Labastida
Sr. director adjunto don Felipe Garrido
Sr. secretario don Gonzalo Celorio
Sr. don Adolfo Castañón, colega académico
Distinguidos y apreciados académicos
Señoras y señores,

En junio de 2011 tuve una de las mayores satisfacciones de mi vida académica: me llamó don Ernesto de la Peña, a quien nunca traté, para pedir mi autorización a fin de proponerme como candidato a miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. Sin dudarlo un instante, y con absoluta contundencia, le dije que no, puesto que yo era un historiador que tenía que pulir mucho sus textos para que terminaran siendo apenas legibles, y porque en El Colegio de México había varios colegas —lingüistas o críticos literarios— con auténticos méritos para ingresar a tan respetada corporación. De aceptar, no podría mirarlos a los ojos.

A los pocos días me llamaron Jaime Labastida y Miguel León Portilla para decirme que seguramente don Ernesto no me había explicado que lo que quería era postularme para una de las sillas que la Academia Mexicana de la Lengua suele otorgar, desde su fundación, a historiadores de profesión. Siendo así, acepté con inenarrable felicidad.

Sin embargo, al revisar los nombres de los historiadores que han merecido ser miembros de esta Academia, me di cuenta de que había incurrido en un exceso de soberbia. Mi felicidad se convirtió en angustia. Téngase en cuenta que los que iniciaron esta presencia permanente de cultivadores de Clío entre nuestros campeones de las letras y la lengua fueron Joaquín García Icazbalceta y Manuel Orozco y Berra, seguidos por gigantes de la disciplina como Alfredo Chavero, Francisco Sosa y Justo Sierra, así como por Manuel Toussaint, Manuel Romero de Terreros, el padre Mariano Cuevas, Ignacio Bernal, Edmundo O’Gorman y José Luis Martínez. Es más, también entre sus miembros correspondientes ha tenido notables historiadores: Carlos Pereyra, Francisco Almada, los sacerdotes potosinos Primo Feliciano Velázquez y Rafael Montejano, así como José Fuentes Mares y Luis González y González, gran narrador y admirable historiador de gratísima prosa, respectivamente.

Actualmente, la Academia Mexicana de la Lengua cuenta con dos egregios historiadores, don Silvio Zavala y don Miguel León Portilla, de igual calidad y valía aunque con dos posturas claramente diferentes: el primero, interesado en la castellanización lingüística de los nativos de estas tierras durante los siglos XVI y XVII, mientras que el segundo ha dedicado su indescriptible fuerza y voluntad al estudio y protección de las llamadas lenguas amerindias.

Con pleno conocimiento de las distancias con las que ambos me aventajan, me sumo hoy a esta institución, a la que llego por la generosa propuesta que hicieron don Ernesto de la Peña, Miguel León Portilla y Fernando Serrano Migallón, así como por la benevolencia de todos los miembros que aceptaron mi incorporación, comenzando por su director, don Jaime Labastida, y por mi colega y amigo Adolfo Castañón, quien aceptó dar respuesta a mi discurso de ingreso.

Me enteré entonces de que se me asignaría la silla XXIX, ocupada antes por el padre Ángel María Garibay, luego por don Ernesto de la Torre Villar y últimamente por Miguel Ángel Granados Chapa. De hecho, se me aclaró que éste era considerado por los miembros de la corporación como un cronista del presente del país y que se había decidido que la silla siguiera siendo ocupada por alguien dedicado a nuestra historia reciente y que además tuviera, como Granados Chapa, el compromiso de ventilar sus posiciones historiográficas ante las más diversas audiencias; esto es, que gustara de difundir sus conocimientos y opiniones en la plaza pública.

Compartir temas —la historia política—, periodo —el siglo XX— y audiencias —las radiofónicas—, no me iguala con el admirable periodista y analista de la política mexicana que fue Miguel Ángel Granados Chapa. Su origen hidalguense explica su interés por Alfonso Cravioto, poeta y revolucionario, constituyente del 17 e influyente carrancista, personaje al que yo también he puesto cierta atención. No fue éste nuestro único punto de encuentro. Mi amistad con Granados Chapa surgió cuando me invitó a que fuera asesor de su tesis doctoral en historia sobre don Jesús Reyes Heroles, aunque la aceptación de varias responsabilidades públicas le haya impedido concluirla. Lástima: hubiera sido una espléndida aportación al conocimiento de nuestro pasado inmediato.

Siempre admiré el rigor documental y la precisión y pulcritud del lenguaje de Granados Chapa. Parecía saber todo de la vida política y periodística de México. Además, nunca acudió al lenguaje estridente y podía hacer críticas demoledoras sin requerir del insulto o del adjetivo altisonante. Su crítica no buscaba el estruendo sino la contundencia. La suya es una ausencia imposible de cubrir.

Sin embargo, más que arredrarme por los historiadores que han sido o son miembros de esta magnífica corporación, más que atemorizarme por la grandeza de mi antecesor inmediato, son los escritores y estudiosos de la lengua que han dado y hoy dan vida a esta Academia los que le imponen un tono de irrealidad a mi ingreso. ¿Cómo explicar que sea miembro de la misma corporación en la que estuvieron algunos de mis escritores favoritos, los autores de mis lecturas más asiduas? Entre éstos destacan Alfonso Reyes y José Vasconcelos.

Respecto a ellos permítanme contarles que…

I.

Por unas cartas de septiembre de 1920 puede saberse que Alfonso Reyes a veces se sentía como un hermano menor de José Vasconcelos, y que éste, en ocasiones, veía a Reyes como hermano mayor, pues “muchas veces” le había debido “el vislumbre, la luz”. La identificación superaba la ascendencia: “menor o mayor, creo en tu hermandad”, le dijo Vasconcelos, para luego sentenciar: “no hay alma que yo sienta más afín de la mía que la tuya”. ¿Fueron realmente fraternas las relaciones entre ambos?, ¿fueron más profundas que unos lazos simplemente amistosos?, ¿eran la suyas almas auténticamente afines?

El oaxaqueño Vasconcelos era siete años mayor que el regiomontano Reyes y se conocieron en la ciudad de México, en las postrimerías del gobierno porfiriano, cuando Vasconcelos se incorporó al Ateneo de la Juventud, con el que Reyes estaba involucrado desde sus prolegómenos: la revista Savia Moderna y la Sociedad de Conferencias. El padre de Vasconcelos era un empleado aduanal de rango mediano, mientras que el de Reyes era uno de los hombres más influyentes del cerrado aparato gubernamental porfirista, como secretario de Guerra y duradero gobernador de Nuevo León; de hecho el general Reyes era un auténtico ‘procónsul’ en el noreste del país. Mientras que las lecturas infantiles y juveniles de Vasconcelos fueron hechas en textos de geografía e historia de México, y sobre todo en libros religiosos sugeridos por su católica madre, las de Reyes fueron de libros de literatura europea disponibles en ediciones bien ilustradas y mejor encuadernadas de la biblioteca paterna. Uno creció en un ambiente familiar religioso; el otro, en uno plenamente liberal. A pesar de sus diferencias cronológicas, sociales e ideológicas, sus coincidencias intelectuales eran suficientes para justificar una rápida cercanía.

Acicateado Vasconcelos por sus creencias religiosas y motivado Reyes por sus intereses humanísticos, compartieron el principio rector del Ateneo: el rechazo a la ya decadente filosofía positivista. Sin embargo, si bien el Ateneo era una asociación que albergaba a casi un centenar de jóvenes intelectuales, en el seno del mismo se formó un reducido grupo compuesto por cuatro o cinco amigos que se reunían dos veces a la semana para hacer lecturas colectivas, seguidas de discusiones que les hacían pasar las noches “de claro en claro”. Antonio Caso y Pedro Henríquez Ureña, además de Reyes y Vasconcelos, sostuvieron agrias polémicas en muchas de esas sesiones: Vasconcelos insistía en que también se leyeran y discutieran las enseñanzas de Buda y no sólo a los ‘clásicos’ grecolatinos, y reñía constantemente con Reyes por su afición a Goethe. Las diferencias eran mayores: Vasconcelos hacía hincapié en que el pequeño núcleo del Ateneo estaba dividido entre filósofos y hombres de letras, refiriéndose a Pedro Henríquez Ureña y a Reyes, quienes imponían al grupo una “dirección cultista”. Otro elemento de discordia fue la política: mientras Caso, Henríquez Ureña y Reyes estaban entregados al estudio, Vasconcelos “estaba francamente comprometido con los conspiradores” antiporfiristas, lo que aprovechó Reyes para proponerle que cuando partiera a la lucha dejara bajo su cuidado su Encyclopaedia Britannica. Al despertarse una mañana y encontrar los numerosos volúmenes alineados junto a su cama, Reyes procedió a pasar entre los amigos la contraseña convenida: “Mambrú se fue a la guerra”. Con el triunfo de Madero y de los antirreeleccionistas sobre Díaz, y con el regreso victorioso de Vasconcelos a la ciudad de México, creció la influencia de éste dentro del Ateneo, al grado de ser electo como máximo dirigente de la asociación. Paulatinamente ésta dejó de ser un “cenáculo de amantes de la cultura” para convertirse en un “círculo de amigos con vistas a la acción política”: se creó entonces la Universidad Popular y se inició “la rehabilitación del pensamiento de la raza”. Como su padre estaba encarcelado por haberse alzado en armas contra el gobierno maderista, Reyes no estaba entre los que deseaban incorporarse al nuevo aparato político nacional.

El derrocamiento de Madero y la consiguiente lucha contra el gobierno de Victoriano Huerta aumentarían el alejamiento. Reyes pronto se iría a París a trabajar en la legación huertista ante el gobierno francés, aunque fue cesado al triunfo revolucionario, por lo que tuvo que exiliarse en España. Por su parte, Vasconcelos colaboró en la lucha contra Huerta, pero cuando sobrevino la guerra entre los dos principales bandos revolucionarios optó por el ‘Convencionista’. Al ser derrotado éste se exilió en Estados Unidos, desde 1915 hasta 1920. Aunque diferentes en cuanto a destino geográfico, ambiente político y contexto cultural, el destino volvió a identificarlos. Vencidos ambos y rotas las ilusiones juveniles, Vasconcelos reconoció con “remordimiento” haber sido “injusto” con Reyes, al censurarlo sin considerar que también éste sufría penas y enfrentaba obstáculos, “como todos en épocas de crisis”. Generalmente comprensivo, Reyes le dijo que las olas los habían separado, llevando sus despojos a diferentes naufragios, y presumió de que “algo de hierro” iba “ganando por dentro”. Durante esos años fueron amigos “en el dolor”.

II.

Los respectivos exilios tuvieron características distintas. Vasconcelos, en Estados Unidos, desempeñó empleos alejados de los ambientes intelectuales: promovió cursos comerciales por correspondencia y vendió “pantalones al por mayor hechos a máquina”. En Madrid, Reyes hizo traducciones, reseñas, notas bibliográficas, prólogos y artículos de periódico “al por menor, hechos también a máquina”. La soledad intelectual que padecía Vasconcelos lo llevó a añorar, por sus “largas conversaciones”, a sus viejos amigos del Ateneo, en especial a Antonio Caso, Martín Luis Guzmán y Reyes. Vasconcelos aprovechó las bibliotecas públicas norteamericanas para leer desde filosofía griega e hinduista, pasando por teoría musical y temas religiosos expuestos desde perspectivas católicas, protestantes, hebreas y budistas, hasta los “desvaríos indoctos de los teósofos” y los yoguis, que revisó “con ánimo de hallarles una brizna de verdad”. Además de leer intensamente, se puso a escribir: prácticamente rehízo su trabajo sobre Pitágoras y redactó los materiales que luego formarían El monismo estético. Vasconcelos reconoce que sólo en las bibliotecas norteamericanas hubiera podido preparar sus Estudios indostánicos, y a esa época se remonta su Prometeo vencedor, escrito “en tres días en una humilde casita de Redondo Beach”, cercana a Los Ángeles.

Durante su exilio estadunidense Vasconcelos padeció un prolongado aislamiento intelectual. Si bien suena más a una de sus socorridas exageraciones, alegó que llegó a estar “dos o tres años sin hablar con gente de razón” y que escribió mucho “sin poder leérselo a nadie”. En cambio, el exilio español de Alfonso Reyes fue una enriquecedora aventura literaria e intelectual: convivió temporadas apreciables con Pedro Henríquez Ureña y Martín Luis Guzmán y conoció a muchos de los principales escritores españoles de su época, desde miembros de la generación del ’98, como Unamuno, Valle-Inclán o Azorín, hasta a los jóvenes poetas del ’27, con quienes haría grandes amistades, pasando por sus casi coetáneos Azaña y Ortega y Gasset, de la generación del ’14; también colaboró con el equipo de filólogos encabezado por Ramón Menéndez Pidal. Reyes escribió en los principales periódicos españoles y trabajó y publicó en empresas editoriales como Calpe y Calleja; frecuentaba el Ateneo y la Residencia de Estudiantes, siendo en ambos muy bien recibido. Si bien no dejaba de ser un exilio, Reyes estaba integrado a la vida literaria española.

Vasconcelos, en cambio, estaba tan desvinculado, que la única conferencia formal que pronunció durante esos años fue en Lima, durante un viaje comercial por Sudamérica. Su soledad explica que escribiera a Reyes con cierta regularidad, que anhelara ir a España para estar un tiempo con él y que le enviara sus escritos en busca de consejo. Le envió el texto de la conferencia limeña, donde analizaba el pensamiento de los nuevos intelectuales mexicanos, y le anunció haber descubierto que la forma ideal de la escritura era el género sinfónico, “a imitación de la música”, construido “ya no con la lógica del silogismo sino con la ley estética”. A finales de 1919 le dijo que su libro Estudios indostánicos, hasta entonces su “mayor esfuerzo”, se lo dedicaría a él, junto a Caso y Henríquez Ureña. A pesar de sus reclamos porque Reyes difería y posponía sus respuestas, éste le dijo haber “devorado con emoción” su conferencia peruana. Respecto al texto sobre la sinfonía como género literario, Reyes sintió que Vasconcelos repetía la tesis de Mallarmé sobre la confusión de las artes. Sin embargo, le encontraba aciertos: “difuso en la expresión” pero “hondo en el pensamiento”, hacía “pensar y vivir intensamente”. También le aseguró que sus Divagaciones literarias le habían producido “emociones muy intensas, de un orden superior a lo puramente literario”.

Era tal su dedicación a la lectura y la escritura, que a principios de 1920 Vasconcelos creyó haber alcanzado la venturosa situación descrita por Eurípides, consistente en dominar al monstruo de las ambiciones políticas. Estaba equivocado. Poco después volvería a ellas, como en otros tramos de su vida. En esta ocasión intentó arrastrar consigo al propio Alfonso Reyes, aunque éste no lo permitió, reiniciando así su ciclo de encuentros y desencuentros.

III.

A mediados de 1920 el gobierno de Venustiano Carranza fue derrocado por una revuelta encabezada por los sectores revolucionarios sonorenses. El impacto en las vidas de Vasconcelos y Reyes fue inmediato y contundente: en el primero el cambio fue espectacular pero temporal; en el segundo fue permanente aunque menos drástico. Una semana después de la entrada de las fuerzas rebeldes a la capital, Genaro Estrada, quien mantenía informado a Reyes de las novedades literarias y políticas del país, le anunció que Vasconcelos sería rector de la Universidad Nacional, que los antiguos ateneístas —Caso, Henríquez Ureña, Julio Torri y Mariano Silva y Aceves, entre otros— serían parte de su equipo directivo y que él, Reyes, sería también llamado “para algo excelente”.

Aunque el anuncio fue erróneo, dos semanas después Reyes recibió aviso en Madrid —“de pronto, sin esperarlo”— de que se le reincorporaba al servicio diplomático con la categoría que tenía en 1914, de “segundo secretario”, disposición que aceptó, pues enfrentaba serios problemas económicos. Si bien Reyes reconocía no entender lo que estaba sucediendo en México, por lo que temía incurrir en una equivocación al aceptar dicho nombramiento, estaba feliz con su reinstalación y con el hecho de poder permanecer en Madrid, “donde tengo afectos y obras pendientes”. Como se lo dijo al propio Vasconcelos: “no pudieron hacer nada mejor conmigo”. Aun así, Reyes pronto solicitó que se le ascendiera a ‘primer secretario’, aunque advirtió que si esto no era oportuno, lo dejaran en la plaza recién recuperada. Vasconcelos, ya como rector de la Universidad, buscó ayudar a su viejo amigo, pretendiendo que se le ascendiera “en la primera oportunidad”.

Paradójicamente, al mismo tiempo que Vasconcelos informaba a Reyes que ya había iniciado gestiones para que se le promoviera, le anunció que se crearía “otra vez” la Secretaría de Instrucción Pública, y que de encargarse él de ella le podría “ofrecer la subsecretaría”. Vasconcelos le especificó que el cambio no podría suceder antes de enero o febrero de 1921, pero le dijo que necesitaba saber si estaría dispuesto a colaborar. La respuesta de Reyes fue ambigua: se decía amenazado de sufrir “un sobresalto del corazón”, pues un día le anunciaban “una comisión en la Universidad” y al otro le ofrecían “algo subsecretarial”.

En poco tiempo las posibilidades laborales de Reyes se fueron diluyendo. Para comenzar, el ascenso a ‘primer secretario’ le fue negado, lo que explicó Vasconcelos por el “sinnúmero de compromisos políticos que hay después de una revolución”, aunque le aseguró que él se mantendría “pendiente para aprovechar la primera oportunidad favorable”. A pesar del fracaso en la gestión en favor de su amigo, Vasconcelos le reiteró “lo convenido”: antes de seis meses le ofrecería “en serio” la subsecretaría. Los argumentos de Vasconcelos eran halagadores pero preocupantes: lo invitaba a él, pues el resto de los compañeros ateneístas piensan que la vida es “un largo periodo de vacaciones”; de ellos “nadie trabaja”, sentenció Vasconcelos. Además argumentó que era preciso “cumplir una obra terrestre, una obra que prepare el camino para otros y nos permita seguir a nosotros mismos”. Esta vez la respuesta de Reyes fue esperanzadora y directa: “el trabajo no me asusta ni me cansa”, le dijo; “llegaré fresco y sonriente, para echarte una manita”.

La sencillez de la respuesta no permite suponer ingenuidad en Reyes, pues al mismo tiempo le pidió a Vasconcelos que le dijera, “con toda precisión”, si los legisladores apoyaban su proyecto de recrear el ministerio de Instrucción Pública y si para su ofrecimiento de la subsecretaría contaba “con la anuencia del general Obregón”. Conforme se acercaba la fecha prometida, Reyes se debatía “entre anhelos y dudas”. Sobre todo se vio asediado por sus temores al rencor y a la maledicencia a causa de su familia. Como tantas veces, acudió a Genaro Estrada, a quien preguntó “si verdaderamente” el ofrecimiento de Vasconcelos llevaba “trazas de cumplirse” y si ya estaban “maduros” los tiempos para su regreso. Sus dudas aumentaron con las advertencias que le hizo otro amigo de su entera confianza, Julio Torri, más sabio e intuitivo que experimentado, quien además conocía a Vasconcelos dado que también era un antiguo ateneísta. Su consejo era más que atendible: “haces bien en andar cauteloso. Si vienes, no quites tu casa de Madrid. Aun Pepe mismo dice que su destino es rodar. Así pues, no hay que fiar mucho de su posición política. Haz de cuenta que vienes por un año, a cumplir tu deber”.

Reyes no deseaba desairar o rechazar a Vasconcelos, pues sabía de su intercesión para recuperar su puesto diplomático. A principios de 1921, fecha en la que debería hacerse efectivo el ofrecimiento original, su compromiso moral dejó de ser perentorio, pues Vasconcelos ya sólo le ofreció la jefatura del Departamento Editorial, aunque le asegurara que su llegada a dicho puesto sería “mientras se acostumbra la gente” a verte como parte de la administración, “preparando de esta manera el terreno para la subsecretaría”. Vasconcelos no sólo había disminuido su oferta, sino que empezó a poner pretextos como el de que “muchos políticos con servicios a la causa” deseaban la subsecretaría. A las pocas semanas Vasconcelos llegó a recomendar “definitivamente” a Reyes que permaneciera en Madrid, ahora que finalmente había sido ascendido a primer secretario.

Reyes advirtió en Vasconcelos el cambio de promesas y el intento de autojustificación, por lo que lo liberó de su compromiso, enfatizando que en realidad prefería permanecer lejos de México, pues temía “recibir un puntapié de algunos de esos monstruos que las turbulencias de nuestra vida han hecho surgir al plano de la cosa pública”. Genaro Estrada fue mucho más claro al asegurarle que del nombramiento de subsecretario “ya no había nada”. Ante esta meridiana transparencia, Reyes concluyó que no podía aceptar el segundo ofrecimiento “después de lo otro”. En su siguiente carta, Vasconcelos ya ni siquiera abordó el tema de las promesas laborales a Reyes y hasta insinuó que él estaba próximo a renunciar al puesto.

Si algo faltaba para que Reyes se distanciara de Vasconcelos, se dio el fatal enfrentamiento entre éste con sus principales colaboradores ateneístas, Antonio Caso y Pedro Henríquez Ureña. La amistad no era suficiente para disfrutar con él de cierta estabilidad laboral. Así, para Reyes desaparecía el estímulo de trabajar en equipo con los viejos amigos de la juventud. El argumento de Vasconcelos fue que éstos “no aportaban mucho” y que sólo habían servido “para crear obstáculos”. Veía en Caso a “un personaje brillante pero sin médula” y estaba convencido de que Henríquez Ureña “no tenía fe en ningún ideal”, limitaciones que los hacían incompatibles con las características que Vasconcelos requería en sus colaboradores. Alfonso Reyes seguramente agradeció no haber estado involucrado en este altercado, que provocó la ruptura definitiva en el núcleo del mítico grupo de su añorada juventud: Henríquez Ureña se trasladó a Buenos Aires y jamás volvió a México; Caso y Vasconcelos interrumpieron para siempre su diálogo filosófico.

El proceso de redefinición de Vasconcelos era intelectual y político. A partir del conflicto por la sucesión presidencial se vio seriamente afectada la conducta de Vasconcelos como secretario de Educación Pública. De hecho renunciaría a ésta a mediados de 1924. Con motivo de su salida del gabinete numerosos intelectuales y artistas le organizaron una despedida. Como orador principal fue designado Alfonso Reyes —quien se encontraba de paso por la ciudad de México—, seguramente por su “antigua amistad” y por no haber sido su colaborador directo en el ministerio. Aun así, la intervención de Reyes fue elogiosísima de “la magnitud y la honradez” de la labor educativa de Vasconcelos, la que consideró “la etapa más brillante” de su vida. Reyes se refirió a Vasconcelos como “caballero del alfabeto” y sembrador de “la buena semilla”, agradeciéndole haberse “dado todo” a la labor educativa. Lo identificó con Justo Sierra por su “constante voluntad de bien” y los calificó a ambos de “verdaderos creadores de nuestra nacionalidad”.

A pesar de que las de Reyes fueran expresiones sinceras “de admiración y de afecto”, Vasconcelos le reclamaría haber mencionado el apoyo que su gestión había recibido del presidente Obregón. Como respuesta, Reyes alegó haber aludido a ese “punto neurálgico” pues creía que las relaciones entre el presidente y el secretario renunciante eran “perfectamente amistosas”, y argumentó que estaba “desvinculado” de la política nacional y que ignoraba “todo lo que aquí pasaba”. Años después Vasconcelos atribuyó “intenciones insospechadas” a esas palabras, por lo que resulta paradójico que ese discurso haya sido visto por Reyes como una oportunidad de reconciliación, pues estaba molesto con Vasconcelos por su pleito del año anterior con Antonio Caso y Pedro Henríquez Ureña. El mayor quebranto a la amistad habría de darse pocos años después, cuando Vasconcelos pasó de educador a político oposicionista.

IV.

Después del paso de Vasconcelos por la Secretaría de Educación y de la gestión diplomática de Reyes en España, las relaciones entre ambos se complicarían dramáticamente y se caracterizarían por grandes claroscuros: encuentros y desencuentros, solidaridad y confrontación. Las versiones difieren: Reyes rememora con cariño y nostalgia; Vasconcelos, con acritud y frialdad.

A principios de 1924 Reyes fue destinado a la legación de París; meses más tarde, Vasconcelos comenzó un periplo que lo llevaría por Europa y Sudamérica, aunque en sus planes estaba llegar a Constantinopla, Bagdad y la India. Años después Vasconcelos consideró que ese destierro “voluntario” lo había pasado “muy contento”, en un estado “de tónica exaltación”. Parte de ese tiempo lo pasó en París, teniendo con Reyes un trato constante y cordial. Llegó a la capital francesa en noviembre de 1925, acompañado de su secretario Carlos Pellicer, para encontrarse con su familia. Reyes estaba “encantado”: Vasconcelos viviría “a dos pasos” de la residencia diplomática, las familias se frecuentarían y él visitaría la legación “para conversar un rato” con su amigo. La legación gozaba de “brillo intelectual”, pues según Vasconcelos, gracias a Reyes la visitaban “famosos escritores”.
br> Durante el tiempo que Vasconcelos pasó en París hubo muestras de solidaridad y momentos de tensión. Reyes lo encontró “sencillo, fácil, simpático y humano”, pero también arbitrario: negaba lo que otros elogiaban de Europa y ensalzaba sólo lo que él percibía. Vasconcelos recordaría gratamente la primera lectura pública del poema dramático de Reyes, Ifigenia cruel: “era su propia biografía, su posición vital expresada bajo el velo del antiguo mito”, pues lo que buscaba Reyes —según Vasconcelos— era subrayar el derecho que tenía de “disponer de su propio destino”, rompiendo con “las sombras del pasado político familiar”. Por otra parte, el que Reyes formara parte del aparato diplomático posrevolucionario le parecía prueba suficiente para considerarlo “devoto callista”, aunque Reyes alegara que era representante diplomático del país, “por carrera y no por política”.
br> Antes de dejar París Vasconcelos advirtió a Reyes que sólo regresaría a México “como enemigo del Gobierno” y cuando pudiera “hacerle daño” a la “infame” dirigencia política, lo que sucedería al finalizar el decenio. Sus biografías seguirían cruzándose. En comparación con las sostenidas en París, en Buenos Aires, donde Reyes fue embajador a partir de 1927 y donde Vasconcelos recalaría como exiliado, sus relaciones habrían de deteriorarse. El contexto político nacional, dominado por la guerra cristera y por los afanes reeleccionistas de Obregón, propició las diferencias. De hecho, el embajador Reyes se vio obligado a informar a las autoridades sobre la actitud de Vasconcelos respecto al conflicto cristero.

La amenaza de Vasconcelos contra el gobierno mexicano comenzaría a cumplirse en 1929, al regresar al país como candidato presidencial independiente. Su participación en la campaña presidencial de aquel año no sólo sería el mayor punto de inflexión en su relación con Reyes; fue el mayor punto de quiebre en toda su biografía, el parteaguas total, meridiano de un antes y un después.

En su Diario, Reyes apenas registró una lacónica alusión sobre dicho proceso. Sin referencias a las campañas de los dos candidatos contendientes —el otro era Pascual Ortiz Rubio—, apenas consignó los resultados electorales: “ayer triunfa Ortiz Rubio contra Vasconcelos, habiendo choques: 16 muertos y 50 heridos”. Su parquedad no significaba falta de interés; Reyes siguió con atención toda la campaña, y sobre todo la conducta de Vasconcelos luego de decretarse su derrota.

Embajador en Brasil desde principios de 1930, Reyes trató con franqueza el caso de Vasconcelos con su amiga Gabriela Mistral, una de las más fieles vasconcelistas, colaboradora cercana durante su gestión como secretario de Educación Pública. Gabriela Mistral fue una vasconcelista reflexiva, no una exaltada. Dijo a Reyes que le parecía “una insensatez redonda” de Vasconcelos involucrarse en ese proceso electoral. Si bien reconocía que dicha aventura política era “una locura generosa”, advertía que ninguna “opinión letrada” apoyaba al exsecretario. Reyes reconoció que había “más de una razón para simpatizar” con su candidatura, pero advirtió que nunca quiso hacerse “ilusiones” al respecto. Como le dijera a otro amigo común, también ateneísta, Martín Luis Guzmán:

Deseo que México llegue a estar en condiciones de ser gobernado por los intelectuales, pero no me parecía llegado el momento. José hubiera sido la primera víctima, y la mayor víctima hubiera sido México.

Pasadas las elecciones de 1929 Gabriela Mistral y Reyes intentaron ayudar a Vasconcelos, que se quedó sin ahorros y sin trabajo. Las opciones eran pocas: Vasconcelos no quería trabajar en Estados Unidos porque había hecho críticas contra el gobierno de ese país por su reconocimiento al triunfo de Ortiz Rubio, que él consideraba fraudulento. Tampoco era fácil que escribiera para algún periódico sudamericano, pues había atacado a sus presidentes “casi en fila”. Aprovechando sus numerosos contactos en Argentina, Reyes buscó conseguirle alguna columna periodística, “a condición de que no escriba sobre su política personal ni tenga noticia de mi intervención”.

Reyes estaba preocupado por “la actitud” que había tomado Vasconcelos después de las elecciones, “porque lo daña a él mismo y le hace daño a México”. Lo deseaba apaciguado de su “cólera civil” y vuelto “a sus verdaderos intereses espirituales”. Coincidía en esto Gabriela Mistral: creía “una por una” las injusticias cometidas por el gobierno mexicano durante la campaña electoral, pero más le dolía y encolerizaba ver a Vasconcelos “en estado de obsesión”, resuelto a “gastar su vida en Calles, lo cual es una tontería sin nombre”, sólo superable por “la crónica” del gobierno de Ortiz Rubio que Vasconcelos estaba resuelto a iniciar.

El aspirante a presidente inició entonces otro exilio, de casi diez años de duración. En un primer momento escribió para La Prensa, de Buenos Aires, aparentemente sin saber de la gestión de Reyes. Posteriormente se dedicó a escribir sus Memorias, primero como colaboraciones periodísticas y luego en forma de libro, publicándolas en México en Ediciones Botas, donde sus cuatro volúmenes serían un auténtico éxito editorial. Se sabe que disgustaron a Reyes las menciones que de él hizo Vasconcelos. Esto explica que los siguientes años no se cruzaran carta alguna; Vasconcelos apenas aparece mencionado en el Diario de Reyes en el decenio que pasó como embajador en Brasil y en Argentina. Curiosamente, sus vidas habrían de converger: regresaron al país casi al mismo tiempo, a finales del gobierno de Lázaro Cárdenas, aunque desde distintos puntos geográficos y con muy diferentes propósitos laborales y posiciones ideológicas.

V.

La coincidencia de su regreso sería superada por otra: ambos morirían en 1959. Sus últimos veinte años incluirían espacios de convivencia, más difícil que placentera, una soterrada rivalidad y acaso una hermosa reconciliación final.

Después de casi un decenio sin verse y de que en sus Memorias Vasconcelos dejara escapar algunas líneas, además de inexactas, “impropias” de su vieja amistad, a mediados de septiembre de 1939 Reyes buscó a Vasconcelos “para borrar inútiles disensiones”. Parecía que su reencuentro en México sería venturoso, pues Vasconcelos lo abrazó “con emoción”. También restablecieron su relación epistolar, suspendida desde 1926, gracias a que Reyes le envió su ensayo de autobiografía generacional, Pasado inmediato. La respuesta de Vasconcelos rebosaba buenos augurios: “siempre ha sido más lo que nos une —le dijo— que las pequeñas diferencias que alguna vez puedan haber existido entre nosotros por razones accidentales de política”.

Sin embargo, la reconciliación era sólo un espejismo: ambos habían tomado derroteros intelectuales e ideológicos radicalmente diferentes. Reyes pronto descubrió que Vasconcelos estaba obsesionado con temas “de masones y judíos”, y que le disgustaba el asilo y apoyo otorgados, por el gobierno y por él mismo, a los intelectuales exiliados por el triunfo de Franco en la Guerra Civil española. La desilusión fue mayúscula: si Vasconcelos era antes “una fuerza de la naturaleza”, ahora le parecía “un pícaro astuto y disimulado” que hacía “gala de su ignorancia y mala fe”.

Las diferencias no sólo fueron intelectuales, también las hubo institucionales. Al regresar a México Vasconcelos abrió una escuela en el barrio de San Rafael, que se benefició de un apoyo económico que le dio el secretario de Educación, amigo suyo, Octavio Véjar Vázquez. El enojo de Reyes fue mayúsculo al enterarse de que se reduciría el subsidio a El Colegio de México para poder beneficiar a la escuela de Vasconcelos. La reacción de Reyes llegó a lo fisiológico: se le descompuso el estómago por la villanía del secretario Véjar. El comportamiento de su viejo amigo le pareció “incalificable”.

Los epítetos habrían de agudizarse. La distancia entre ambos habría de aumentar. Por ejemplo, en marzo de 1942 murió la esposa de Vasconcelos, Serafina Miranda, lo que dio lugar a que Reyes consignara en su Diario que ella era su mayor víctima, “privada y pública”, según lo reconocía el propio Vasconcelos, con “cinismo”, en sus libros autobiográficos. Dos años después, a mediados de 1944, Reyes anotó que Vasconcelos había publicado en Novedades un “estúpido artículo” contra la publicación, en el Fondo de Cultura Económica, del libro de James Frazer, La rama dorada, en el que “equivoca todos los nombres”. Finalmente, el 27 de septiembre de 1945 Reyes consignó que ese día le había sido concedido el Premio Nacional de Literatura, señalando, sin dar la menor muestra de agradecimiento, que en la comisión premiadora estaba Vasconcelos.

A mediados de 1948 estalló un movimiento opositor estudiantil en la UNAM que pretendía desconocer como rector a Luis Garrido ?recién designado por la Junta de Gobierno, de la que Reyes era miembro?, así como organizar un plebiscito entre los estudiantes para colocar como rector a Antonio Díaz Soto y Gama y para designar a nuevos directores en las escuelas y facultades, entre los que se mencionaba a Vasconcelos para la de Filosofía y Letras. La tentativa le pareció ignominiosa, y la conducta del filósofo simplemente “excremencial”. Otros enfrentamientos tuvieron lugar en El Colegio Nacional, del que ambos eran miembros fundadores desde 1943, al grado de que en la elección de Jesús Silva Herzog la actitud de Vasconcelos fue vista por Reyes como propia de un “bribón”. Por último, no asistió a la sesión en la que Reyes asumió la presidencia de la Academia de la Lengua, en 1957, con la excusa de que ya no le gustaba “salir de noche”.

También tuvieron diferencias estrictamente literarias. Vasconcelos solía decir que él era un escritor de “ideas”, dando a entender que Reyes no lo era; también lo acusó de ser un escritor sin compromisos, a lo que éste replicaba que, efectivamente, no le gustaba escribir de “actualidades políticas”, pues eran “causas ajenas” a su destino; peor aún, Vasconcelos veía en Reyes una congénita “falta de garra para pensar y aun para vivir”, y en cambio lo percibía preocupado en exceso por la forma y el cumplimiento de las reglas de la prosodia, como un escritor “cultista”. Vasconcelos alardeaba de abominar del estilo y afirmaba que “el estilismo es un defecto que en realidad padece el lector”. Más aún, se reconocía responsable de la acusación hecha contra Reyes, “de que se queda siempre en las alturas del buen estilo y la erudición impecable”.

Las respuestas de Reyes fueron siempre comedidas, para evitar cualquier fatal confrontación. No sólo negó rotundamente entretenerse “en hacer frases bonitas y no decir nada”, sino que alegó que para él el estilo no era una cobertura hermosa sino la expresión adecuada de un asunto. A pesar de su proverbial prudencia, Reyes también dirigió severos reparos a la obra de Vasconcelos. Desde sus primeros libros le sugirió que procurara “ser más claro” en la definición de sus ideas filosóficas; más aún, le urgió a que pusiera “en orden sucesivo” sus ideas: “no las incrustes la una en la otra” —le dijo—, pues los párrafos resultan confusos “a fuerza de tratar en ellos cosas totalmente distintas”; sobre todo, le advirtió que algunos textos suyos “ni siquiera parecen escritos en serio”. Las críticas de Reyes no se limitaron a los textos iniciales de Vasconcelos. También se refirió a su obra más reconocida, los cuatro volúmenes memorialísticos, pues Reyes estaba convencido de que cuando el autor de una obra autobiográfica ha desempeñado papeles relevantes en la política o en la cultura, resulta difícil distinguir lo público de lo íntimo: así, en Vasconcelos “los motivos y pasiones del hombre privado y del público se enredan con aire de alegato y defensa”.

Al final de sus vidas pasaron de los enconos a las ternuras. El parteaguas puede fecharse con precisión. En los días navideños de finales de 1952 y principios de 1953 Reyes envió a Vasconcelos su Obra Poética, con una dedicatoria que lo cimbró y con la que reconoció estar “completamente de acuerdo”: “nada, ni tú mismo, ni nadie —le puso— podrá separarnos nunca”. Dos años después el soberbio Vasconcelos le pidió perdón por las “injusticias” expresadas en sus Memorias, con lo que Reyes quedó “conmovido”.

En la vejez repitieron las alusiones a sus afinidades y naturaleza fraternal. Volvieron las imágenes y anécdotas de la juventud; comprensiblemente, también ciertas añejas diferencias. Durante 1958 aparecieron en “México en la Cultura”, el suplemento del periódico Novedades, varios reportajes con los escritores más importantes de la primera mitad del siglo XX. Obviamente, entre los entrevistados estaban Vasconcelos y Reyes, quienes incluso —se sabe— comentaron sus respectivas declaraciones. El primero insistió en que la literatura debía ser comprometida, de “protesta”, y recalcó que había “hombres de letras” y escritores de “ideas”, y que él era de los segundos. Aseguró que Reyes era un escritor “incompleto”; su sentencia final parecía definitiva: preocupado de la forma, nunca pudo escribir “un libro glorioso”. Esta rotunda crítica, atinada en cierto sentido, fue vista por Reyes como una expresión más de las “miserias” de Vasconcelos.

Los últimos momentos de sus vidas posibilitaron la reconciliación final. Semanas antes de morir, Vasconcelos vertió algunos elogios en favor del general Bernardo Reyes. Su cambio de opinión en un tema tan significativo para Reyes pareció a éste “el testamento de nuestra amistad” y prueba del “cariño por el hermano de su juventud”. A dichas alabanzas respondió Reyes el 1º de julio de 1959, recordando una carta que Vasconcelos le había enviado hacía más de cuarenta años, a finales de 1916, en la que le vaticinaba que ambos, debido a sus trágicas condiciones de vida —recuérdese que entonces estaban exiliados—, morirían “con el corazón reventado”. La profecía “ha comenzado a cumplirse” y “se cumplirá hasta el fin”, sentenció Reyes un día después de la muerte de Vasconcelos. Reyes moriría seis meses después, cuatro días antes de que finalizara 1959, también por sus males cardiacos.

El recuento hecho entonces por Reyes es asombrosamente preciso: “la vida nos llevó y nos trajo de un lado a otro”, pero “en los días de mayor alejamiento nos confesábamos siempre secretamente unidos”. Su amistad resultó “inquebrantable” y terminó por vencer los “inevitables vaivenes de la existencia”. En su despedida Reyes escribió que Vasconcelos había sido un hombre “extraordinario, parecido a la tierra mexicana, llena de cumbres y abismos”, por lo que le dejaba “el sentimiento de una presencia imperiosa que ni la muerte puede borrar”. Con todo, la calidez de tan laudatoria despedida no debe ser exagerada. Reyes luego reconoció que tan sólo eran unas “palabritas sobre la historia de nuestra amistad”, redactadas sobre “pedido”.

El educador y el civilizador renovaron en las postrimerías de sus vidas su intermitente diálogo, y sus avatares, siempre paralelos, convergieron en el momento de sus muertes. Esta última coincidencia fue luego atinadamente señalada por José Emilio Pacheco, quien imaginó un encuentro noctámbulo entre los fantasmas de Reyes y Vasconcelos en el barrio de Tacubaya: “Después de muertos seguimos juntos”, le dijo el primero: “nuestras calles hacen esquina”.

VI.

¿Fueron realmente afines las personalidades de Vasconcelos y Alfonso Reyes? ¿Fueron semejantes sus actitudes? En realidad, fueron coetáneos y convivieron en algunos tramos de sus vidas, al principio en el Ateneo y al final en El Colegio Nacional y en la Academia Mexicana de la Lengua. Sin embargo, sus trayectorias y conductas fueron divergentes; sus pensamientos y proyectos, rotundamente disímbolos: mestizo mesoamericano Vasconcelos, criollo norteño Reyes; clasemediero el primero, miembro de la elite el segundo; si uno fue siempre religioso, el otro fue laico; si Vasconcelos fue creyente, Reyes fue agnóstico. En cuanto a sus respectivas personalidades, el primero fue, de su niñez a su vejez, apasionado, mientras que el otro fue siempre ecuánime; uno era iracundo, el otro, cordial; uno fue un vociferante contumaz, el otro un gran conversador; uno impaciente, el otro tranquilo; uno maniqueo, el otro ponderado; Vasconcelos era soberbio, Reyes modesto; al final, aquél murió amargado, éste, optimista.

En términos políticos, Vasconcelos siempre apostrofó a los ‘mejoristas’, los consideraba “tibios”, mientras que Reyes fue, por convicción, uno de ellos. El primero fue siempre crítico, incluso rebelde, mientras que el segundo fue disciplinado, aunque los cartabones pueden llevarnos al error: recuérdese que mientras Vasconcelos llegó a exaltar al dictador Franco, Reyes fue un gran amigo de los republicanos españoles, recuérdese también que Vasconcelos tuvo expresiones antisemitas y pronazis, mientras que Reyes fue siempre liberal y francófilo. Acaso coincidieron en su yancofobia, la de Vasconcelos más rotunda y enfática, mientras que la de Reyes se limitaba a un claro desinterés literario. En términos amorosos, el primero siempre explicitó y hasta exageró sus experiencias, mientras que el segundo fue muy discreto con sus devaneos. Como hombres públicos, como creadores de instituciones, uno iba de prisa y el otro andaba pausado: uno hizo la Secretaría de Educación Pública, el otro, El Colegio de México, si bien uno dedicó la mitad de su vida a cuidar su institución, mientras que el otro la abandonó poco después de crearla. Uno se preocupó por alfabetizar a los mexicanos, el otro por ofrecerles posgrados. Las dimensiones de sus propósitos fueron ciertamente mayúsculas, pero desiguales: uno buscó educar a todo el país, el otro simplemente refinarlo.

En términos intelectuales y literarios, uno se interesaba en el pensamiento oriental, el otro era un cabal defensor y promotor de la tradición occidental. Coincidieron en que ninguno fue promotor de la cultura popular ni defensor del arte indígena. Uno se decía filósofo y el otro decía no ser más que escritor; uno se expresó mediante una prosa atropellada, el otro a través de una prosa y una poesía contenidas; uno pretendió construir grandes teorías, el otro prefería los escritos breves y gratos; uno se preocupaba por el ‘fondo’ de lo que escribía, el otro cuidaba el estilo; en las páginas de uno la madre es una figura decisiva y omnipresente, en las del otro lo es el padre. Uno leía y escribía en las bibliotecas públicas, el otro en su ‘capilla’. Uno sólo aceptaba la lectura directa de los grandes libros; el otro se erigió en su intermediario.

Finalmente, Vasconcelos llevó una vida intensa, mientras que la de Reyes fue más bien libresca, aunque ciertamente no estuvo exenta de dramatismo. El primero fue dionisíaco, vivió inmerso en disparidades, contradicciones y excesos y fue amigo de la desmesura y fomentador de las discordias. En cambio, el otro era apolíneo, amigo de la virtud y la belleza, de la simetría y la concordia. Sí, fueron muy diferentes, hasta antípodas. Sin embargo, compartieron tantos esfuerzos y sueños que parecen afines, incluso hermanos. Pero basta ya de definiciones reduccionistas y de comparaciones forzadas: los dos fueron protagonistas de su tiempo; los dos fueron adalides de la civilización y héroes de la educación y la cultura; los dos fueron constructores del México de hoy y de mañana.

En caso de ser cierto aquello de que los fantasmas de Vasconcelos y Reyes vagan algunas noches por las calles que llevan sus nombres, desde aquí, cerca del sitio donde ellos hicieron sus lecturas colectivas juveniles, ahora que ingreso a la institución que ellos engalanaron les pido guía y consejo, en tanto su devoto y humilde lector.


Respuesta al discurso de ingreso de don Javier Garciadiego


“Que no entre aquí, el que no sepa geometría”, aconsejaba una sentencia a la entrada de la Academia de Platón. Javier Garciadiego nos acaba de brindar un limpio ejercicio de geometría literaria, histórica y política; acaba de hacer acto de presencia cabal, dicha, pensada y escrita con el discurso que aquí se oyó y seguirá escuchándose. Ya lo conocíamos, ya lo seguíamos, pero ahora, por fin, está entre nosotros como miembro de número de esta Corporación. Toma el sitial que dejara nuestro entrañable y querido Miguel Ángel Granados Chapa. Su presencia viene a sumarse a la de los ilustres historiadores que han pasado y están en este espacio —como Luis González Obregón, Edmundo O’Gorman, Joaquín García Icazbalceta, Ignacio Bernal, Ernesto de la Torre Villar, Luis González y González, José Fuentes Mares, Ignacio Clementina Díaz y de Ovando, Miguel León-Portilla, entre otros; ha venido a refrendar la afinidad y hermandad de las letras con la historia en la ciudad.

Las credenciales librescas, leídas y escritas de Javier Garciadiego (nacido en México el 5 de septiembre de 1951) para formar parte de esta constelación no son escasas. El tronco central de su interés es esa variedad de la historia universal que es la de México, la del siglo XX en particular, la de la Revolución Mexicana —según ha mostrado en estudios y antologías—, y con mayor detalle en su obra Rudos contra científicosLa Universidad Nacional durante la Revolución Mexicana (1996), donde se razona y sazona la historia paralela de la universidad y de la Revolución a través de sus protagonistas más y menos conocidos: ahí ya compiten en el número de referencias los protagonistas Alfonso Reyes y José Vasconcelos, del luminoso discurso que acabamos de escuchar. Ahí se dibujan ya los claroscuros y afinidades de estas vidas paralelas imantadas por la historia y por las letras. Con esa obra, originalmente presentada en la Universidad de Chicago donde Javier conoció al despierto Friedrich Katz, Garciadiego logró renovar su campo de estudio desde varias perspectivas, y asentarse, desde luego, como un historiador, pero sobre todo, en mi autodidacta opinión, como un hábil e inspirado artista de la memoria, un artesano en el taller escrito, leído y organizado del historiador, para tomar en préstamo el título del influyente libro de Lewis Perry Curtis: El taller del historiador (Ed. inglés 1970; ed. en español 1975). Inspiración, inteligencia y metódica curiosidad, son las virtudes que le han permitido pasar al estado escrito ensayos tan sugerentes como “Vasconcelos y el mito del fraude en la campaña electoral de 1929” citado en una nota al pie del discurso que acabamos de escuchar, o como las eficientes antologías tituladas La Revolución Mexicana. Crónicas, documentos, planes y testimonios (2012) y Textos de la Revolución Mexicana (2010), que acreditan al artesano lector como un maestro de las fábricas editoriales.

Las cuatro sílabas del apellido Garciadiego cayeron por el laberinto de mi oído por primera vez en 1996, cuando tuve noticia de que Antonio Saborit había publicado en su añorado Breve Fondo Editorial un libro titulado Porfiristas eminentes, editado en México en un tiraje numerado de 700 ejemplares. El libro de Javier sería el número 15 de esa colección en la cual se publicaría doce números más tarde mi Grano de sal. El título de Porfiristas eminentes le llamó la atención al lector de Lytton Strachey que había sido yo en mi juventud. Me llamó todavía más la atención el contenido: la eminencia de esos porfiristas era más bien, para decirlo con Javier, dudosa y, con Strachey, irónica. La eminencia aludida era la de los villanos. Otra breve obra escrita por Javier es el de Las vidas paralelas de los jóvenes Rodolfo y Alfonso Reyes que se inscribe precisamente en el género del discurso escrito con ironía y buen humor, que me toca saludar y apostillar con mis escolios y comentarios, a mí lector de Reyes y Montaigne, quien a su vez lo era de Plutarco, padre de la historia y de las biografías paralelas. A lo largo de su discurso, Javier reconstruye con memoriosa minucia la formación y algunas de las circunstancias, convergencias, distancias y distanciamientos de los dos escritores totémicos de la cultura mexicana contemporánea: de esos dos amigos, Alfonso Reyes y José Vasconcelos, que compartían cada uno a su modo la experiencia alciónica de su maestro y amigo, Pedro Henríquez Ureña. Cada uno encarna y representa, como se sabe, una variedad de la experiencia humana y literaria, y evoca, para decirlo con Reyes al hablar de Vasconcelos, un “aire de familia”, una genealogía temperamental que quizá podría traducirse al binomio de la zorra y del erizo propuesta por Isaiah Berlin. Quisiera, sin embargo, detenerme en el hecho de que los trazos paralelos deslindan o acotan un espacio que resulta beneficiado, es decir manifiesto, acotado por ellos. Ese espacio o trasfondo es precisamente el lenguaje literario y público que comparten y acompasa a ambos protagonistas: la idea de lengua y de cultura como orgánicamente integrada a la comunidad imaginada e imaginaria llamada nación. Javier Garciadiego nos ha permitido respirar por un momento gracias a su animada palabra narrativa en espacio comunitario, ese ámbito como electrizado por la memoria y la esperanza, que es a la vez una construcción, una armadura contrastiva que tiene sus antecedentes en Plutarco, el filósofo historiador que es como el Arquímides de Clío y sus vividas geometrías.

Las afinidades y contrastes, las variaciones temperamentales y de temperatura sentimental entre José Vasconcelos y Alfonso Reyes, señaladas agudamente por Javier Garciadiego, podrían multiplicarse y matizarse. Me limitaré a señalar algunas: ambos empezaron a escribir desde niños. De los escritos infantiles del niño que fue José Vasconcelos Calderón apenas si quedan sus propios testimonios y constancias, principalmente en las páginas de su Ulises criollo donde habla de su formación entre Piedras Negras e Eagle paz, entre el Catecismo del padre Ripalda y algunas obras sueltas de San Agustín, entre el México a través de los siglos y las geografías y atlas de García Cubas en los que el niño que fue Vasconcelos bebía a tragos tanta historia como geografía y aun política. De Reyes, en cambio, tenemos la suerte de contar, gracias a la devoción de Alicia Reyes con una serie de Cuadernos que todavía huelen a tinta pues se acaban de publicar y que van del 0 al 6 (hasta el momento sólo se han publicado tres volúmenes)1. Ahí se recoge la primera producción o juvenilia de Reyes que se inicia como escritor a los once años. Se trata de la era paleolítica de la escritura alfonsina, como diría él mismo. Estos escritos que se remontan a 1901 le dan la razón a Javier Garciadiego en su biografía de Alfonso Reyes cuando cuestiona que éste, por enaltecer a su padre, fue proclive a disminuirse a sí mismo y a soslayar la importancia de esas primeras lecturas. Ya se asoman ahí los rasgos de un Reyes contemplativo aficionado no solo a la ensoñación sino —algo que lo unirá a Vasconcelos— a la contemplación de la guerra y del mundo épico y prestigioso del pasado.

En uno de esos sonetos precoces, “Marte y Momo”, fechado el 9 de marzo de 1905, Reyes concluye: “Porque soy cantor de la guerra”. Otra afinidad aflora en la serie de textos “Oráculo de Cagliostro” donde se ve que al niño Reyes le interesó “escribir las letras con las letras de los magos” que por supuesto sabía dibujar y transcribir. ¿Estas tentaciones taumaturgias no tienen algo que ver con la atracción que Vasconcelos tendría luego por la filosofía presocrática y, en particular, con su juvenil Pitágoras: una teoría del ritmo?

La siguiente coincidencia tiene que ver con una tercera figura: la de nuestro dominicano Pedro Henríquez Ureña. José Vasconcelos es mencionado en la correspondencia que sostuvieron Reyes y el dominicano, amigo y hermano mayor de ambos, el apolíneo y dionisiaco, es mencionado más de doscientas treinta veces en el epistolario cruzado por ambos entre 1914 y 1944; Pedro representa el intangible triángulo que se dibuja entre las paralelas y forma parte de la geometría moral expuesta en su discurso por Garciadiego.

Otra convergencia es de orden estrictamente académico. Se puede decir que Reyes y Vasconcelos ingresaron el mismo día a la Academia Mexicana de la Lengua. Con motivo del fallecimiento de Federico Gamboa, se declaró que “de conformidad con los estatutos el académico correspondiente Alfonso Reyes pasaba a ocupar el sillón de individuo de número que dejó vacante el señor Gamboa”. En el acta de esa misma sesión se propuso que don José Vasconcelos pasara a ser miembro correspondiente por el fallecimiento del xalapeño Cayetano Rodríguez Beltrán acaecido el 16 de junio de 1939. Reyes leería su discurso de ingreso “Fastos de maratón” en abril de 1940 mientras que el nombramiento de Vasconcelos sería confirmado el 8 de noviembre de 1939 y leería su discurso de ingreso “Fidelidad al idioma” el 22 de enero de 1941 nueve meses después de que ingresara Reyes.

Así pues, Reyes leería en el Palacio de Bellas Artes, el 19 de abril de 1940, sus “Fastos de Maratón”2 —un ensayo y discurso de helenismo significativamente dedicado a la política y a la guerra en el cual empieza citando a Maquiavelo y concluye mencionando a Virgilio y a Horacio para hablar de un tema que entonces era tan actual como ahora: la guerra (en ese año se dieron las invasiones por parte de la Alemania Nazi de Dinamarca, Noruega, Luxemburgo, Bélgica y Francia). El ensayo de Reyes formará parte más tarde de su libro Junta de sombras obra en la cual sabrá interrogar la entraña candente de la historia con la interpósita máscara helénica. Cabe decir que años antes, en 1924, Reyes había pronunciado su discurso como académico correspondiente poco después de que Vasconcelos presentara su renuncia como titular de la Secretaría de Educación Pública al presidente Álvaro Obregón el 1 de julio de 1924. A su vez Vasconcelos sería nombrado correspondiente el 8 de noviembre de 1939. El “Discurso académico” de Reyes, subtitulado “Diccionario tecnológico mexicano”3 tendría no poco que ver con el pronunciado por José Vasconcelos el 12 de junio de 1953, con el tema “Fidelidad al idioma” en el cual se proponía explayar la “fidelidad de los orígenes”, la “fidelidad a la idea y la fidelidad a la belleza” y, si bien condenaba la proliferación desmedida de americanismos, aceptaba la adquisición de voces extranjeras “de uso internacionalmente generalizado, del que no puede prescindir un idioma civilizado” (p. 17). Reyes y Vasconcelos coincidían en más de un punto en esta materia.

La tercera y última instancia es la del civismo, la cortesía y la política. A lo largo de su discurso, Javier Garciadiego nos ha dado ejemplos de esas divergencias de forma y, a veces, de fondo. La teoría del escritor francés Julien Benda acerca de la “traición de los clérigos” o de los intelectuales, si bien no es aplicable plenamente ni a Reyes ni a Vasconcelos, resulta más plausible cuando se piensa en el creador de instituciones de alta cultura que fue Reyes que cuando se tiene en mente al “apóstol del alfabeto” que, según Reyes, fue Vasconcelos. En ambos el motivo de la participación política es axial pero se declina de manera distinta la idea —común a muchos escritores hispanoamericanos, desde Ortega y Gasset y Unamuno hasta Borges y Paz— de un hombre sin partido. Javier Garciadiego habla de la incomodidad visceral que le causaron a Reyes ciertos desplantes de José Vasconcelos en El Colegio Nacional con motivo de la elección de Jesús Silva Herzog en junio de 1948. Cabría añadir, para arrojar más sal en esa herida, que Reyes sabía lo que decía pues recientemente se ha publicado el reglamento mismo de El Colegio Nacional, —su código de buenas maneras— que fue redactado por el puño y letra del propio Reyes. El episodio evocado por Garciadiego, contrasta con la inclusión que, según recuerda Genaro Fernández Macgregor en su respuesta al discurso de ingreso de Vasconcelos, hace el Conde de Keyserling en sus Memorias sudamericanas ¡en el capítulo “Delicadeza”! cuando dice que “el pensador más representativo [del continente] es José Vasconcelos”.

Podríamos seguir en este casi infinito juego de reflejos, contrastes y contradicciones que se resuelven en los perfiles paralelos de estos          imposibles mellizos intelectuales y culturales de México.

Plutarco, más que Herodoto, es para algunos el padre más joven de la historia. Eso lo sabe Garciadiego. El de la comparación es un espacio de contrastes y de claroscuros. A su vez, el arte del claroscuro es el de castigar con la luz y amparar con la sombra, según sabe el Don Juan de Byron (estas frases relacionadas con la pintura vienen a cuento para saludar a Miguel Fernández Félix, director de este Museo de Arte, Munal, donde se desarrolla este acto). De ahí que el discurso armónico de Javier Garciadiego Dantán sea no sólo una invitación a releer a estos fundadores de la ciudad literaria sino a salvarlos en esta hora tan necesitada, de un logos constructivo, de una palabra edificante. ¡Gracias por tu gala, gracias por tu pluma! Te estábamos esperando ¡Bienvenido seas, querido Javier!

Bibliografía de Javier Garciadiego

Javier Garciadiego, Rudos contra científicosLa Universidad Nacional durante la Revolución Mexicana. México, El Colegio de México / Universidad Nacional Autónoma de México, 1a edición, 1996, 455 pp.

Javier Garciadiego, Porfiristas eminentes. México, Breve Fondo Editorial, Acervo, 1996, 167 pp.

Javier Garciadiego, Cultura y política en el México posrevolucionario. México, Secretaríade Gobernación / Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, 2006, 644 pp.

Javier Garciadiego, Alfonso Reyes y la Casa de España. México, Universidad Autónoma de Nuevo León, “Cátedra Raúl Rangel Frías”, Conferencia presentada el día 18 demayo de 2009 en el Colegio Civil Centro Cultural Universitario, 1a edición, 2009, 43 pp.

Javier Garciadiego, “La entrevista Díaz-Creelman” (discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Historia), en: Memorias de la Academia Mexicana de la Historia, correspondiente de la Real de Madrid, México, Tomo L, 2009, pp. 105-140.

Javier Garciadiego, Vasconcelos y el mito del fraude en la campaña electoral de 1929 (ensayo, 20/10, México, 2010), aparecerá publicado en: Georgette José Valenzuela (coord.), Candidatos,campañas y elecciones presidenciales en México. De la República restaurada al México de la alternancia: 1867-2006, México, IIS-UNAM (en proceso de edición).

Javier Garciadiego, Textos de la Revolución Mexicana. Prólogo, Javier Garciadiego;Selección, cronología y Bibliografía, María del Rayo González Vázquez; Notas, Javier Garciadiego, María del Rayo González Vázquez. República Bolivariana de Venezuela, Fundación Biblioteca Ayacucho, Col. Clásica No. 247, 2010, 571 pp.

Javier Garciadiego, Ensayos de historia sociopolítica de la Revolución mexicana. México, El Colegio de México,
Antologías, 2011, 386 pp.

La Revolución Mexicana. Crónicas, documentos, planes y testimonios. Javier Garciadiego, nota aclaratoria, selección, notas e introducción: La Revolución mexicana: una aproximación sociohistórica. México. Universidad Nacional Autónoma de México, Coord. de Humanidades, Biblioteca del estudiante universitario No. 138, 2012, 408 pp.

José Vasconcelos, Obras completas, Libreros Mexicanos Unidos, Colección Laurel, primer tomo, México, 1957, 1,810 pp.

José Vasconcelos, Obras completas, Libreros Mexicanos Unidos, Colección Laurel, segundo tomo, México, 1958, 1,777 pp.

José Vasconcelos, Obras completas, Libreros Mexicanos Unidos, Colección Laurel, tercer tomo, México, 1959, 1,744 pp.

José Vasconcelos, Obras completas, Libreros Mexicanos Unidos, Colección Laurel, cuarto tomo, México, 1961, 1,723 pp.

Alfonso Reyes, Reglamento interior para los miembros de El Colegio Nacional, El Colegio Nacional, México, 2013, 135 pp.

Alfonso Reyes, Cuadernos 0, presentación de Alicia Reyes, El Colegio Nacional, México, 2013, 145 pp.

Alfonso Reyes, Cuadernos 1, El Colegio Nacional, México, 2013, 365 pp.

Alfonso Reyes, Cuadernos 2, El Colegio Nacional, México, 2013, 225 pp.

Seguir leyendo El apolíneo Alfonso Reyes y el dionisíaco José Vasconcelos: encuentros y desencuentros. Por Javier Garciadiego

Reyes y América. Por David A. Brading

Versión original: http://www.letraslibres.com/mexico-espana/reyes-y-america

En El puercoespín y la zorra (1935), Isaiah Berlin cita un fragmento de Arquíloco donde el poeta griego dice “la zorra sabe de muchas cosas, pero el puercoespín sabe de una muy importante”. Berlin aprovecha el sentido figurado de estas palabras “enigmáticas” para dividir el reino de los filósofos, poetas, dramaturgos y novelistas en dos grandes provincias. Flanqueado entre otros por Platón, Dostoievski y Proust, Dante va a la cabeza de los escritores a cuya obra anima “una sola visión central” que por sí sola confiere sentido a todo lo que hicieron y dijeron. Shakespeare, flanqueado por Aristóteles, Goethe y Joyce, entre otros, representa a los escritores de pensamiento “esparcido y difuso que se mueven en planos diversos, nutriéndose de la esencia de una gran variedad de experiencias y asuntos, tomándolos por lo que son en sí mismos”, sin proponerse reducirlos a los límites de una “visión unitaria interior”. El primer grupo es el de los puercoespines; el segundo, el de las zorras.1
Si aplicamos la clasificación de Berlin a los escritores mexicanos, en particular al círculo que fundó el Ateneo de la Juventud en 1909, salta a la vista que José Vasconcelos (1881-1959) era un puercoespín, toda vez que su vida y escritos se inspiraban en la visión que él tenía de sí mismo como un reformador cultural, a veces rey-filósofo o profeta, elegido para redimir a su nación y a su raza. En cambio, don Alfonso Reyes (1889-1959), el benjamín del Ateneo, era una zorra que desempeñaba los papeles de diplomático, historiador de la literatura, poeta, periodista y presidente del Colegio, cuyos escritos abarcaron gran variedad de asuntos y géneros. Al mismo tiempo, el escritor más viejo influyó en el más joven, y más que en ningún otro sentido, en su preocupación por la situación cultural de Iberoamérica, o como Reyes prefería llamarla, “nuestra América”.2
Para entender el origen de esa preocupación basta ver sus Notas sobre la inteligencia americana (1936), donde Reyes lamentaba la orientación positivista de la Escuela Nacional Preparatoria, en la cual se educó, orientación que inculcaba en los estudiantes un profundo pesimismo sobre la América hispana, pues éste era un continente que parecía estar preso en una jaula de determinantes —Reyes las llamaba “fatalidades”—, ya fueran raciales, geográficas o políticas, que obstaculizaban su progreso y la mantenían en la condición de un conjunto de países dependientes de Europa occidental y Estados Unidos. En particular, advertía Reyes, la generación de su padre había lamentado nacer “en un suelo que no era el foco actual de la civilización, sino una sucursal del mundo”, y citaba a Victoria Ocampo, la escritora argentina, quien comentaba que la generación pasada se había concebido como la de los “propietarios de un alma sin pasaporte”. Era, además, una generación que conservaba el resentimiento liberal contra España, nación a la que veía sumida en la decrepitud histórica. En cuanto a México, se pensaba que la supervivencia de las comunidades indígenas era un obstáculo insuperable al progreso social. En efecto, se juzgaba que todo lo valioso provenía del exterior, mientras que lo autóctono, ya fuera nativo o criollo, era objeto de burla y considerado retrógrado. Todo esto contrastaba a todas luces con el pujante poder industrial y la prosperidad de Estados Unidos.
La paradoja de tal pesimismo, ejemplificada por Francisco Bulnes en El porvenir de las naciones hispanoamericanas (1899), era que, como Alfonso Reyes observó en su Panorama de América (1918), “comenzó hacia 1870 una nueva era de prosperidad material y de tranquilidad relativa”. A todo lo largo del continente, la inversión extranjera en ferrocarriles, puertos y minas, había producido un auge de exportaciones, no sólo de minerales y petróleo, sino también de productos agrícolas de clima tropical y templado. En la Argentina y el sur del Brasil, la expansión económica había provocado una gran inmigración del sur de Europa así como la emergencia de grandes ciudades, de manera que hacia 1910 la población de Buenos Aires y São Paulo superó con creces a la de la ciudad de México. Por si fuera poco, esta nueva prosperidad enriqueció tanto a los grandes propietarios rurales como a los empresarios nacionales, y permitió e las elites políticas establecer regímenes basados en oligarquías parlamentarias o en presidencialismos pretorianos. Si en México estalló la revolución social de 1910, en otros países de Iberoamérica la economía de explotación y las instituciones republicanas sobrevivieron hasta 1930, cuando la Gran Depresión precipitó el fin de toda una época.
Fue José Enrique Rodó (1872-1917), ensayista y político uruguayo, quien, en Ariel (1900), apeló a la figura shakespeareana de Próspero como autor de un planteamiento en el que se contrasta la espiritualidad y la acción desinteresada, representada por Ariel, con los impulsos sensuales y egoístas de Calibán. Así, exhorta a la juventud hispanoamericana a acometer una empresa elevada y a procurar “la plenitud de vuestro ser”. Rodó rechazaba en particular la filosofía utilitaria y materialista que entonces dominaba a Estados Unidos, país que, si bien mostraba una “grandeza titánica” en su economía, estaba gobernado por una plutocracia vulgar y animado por una “semicultura universal”. En consecuencia, conminaba a la juventud hispanoamericana a rechazar la “nordomanía” y abrazar en cambio los valores clásicos y la actitud contemplativa de la belleza que había florecido en la edad dorada de Atenas. El arte, argumentaba, no sólo expresa la mayor parte de las facultades humanas, sino que permite al hombre concebir “la ley moral como una estética de la conducta”. Por otro lado, insistía en que todas las repúblicas de Hispanoamérica formaban una sola nación cultural y que su lengua, historia y literatura eran expresiones de un solo espíritu. “Tenemos, los americanos latinos, una herencia de raza, una gran tradición étnica que mantener, un vínculo sagrado que nos une a inmortales páginas de historia”.3
En todo esto, aparte de la influencia evidente de Ernest Renan, teórico francés del nacionalismo y autor de Calibán, un drama filosófico, Rodó echó mano de los Discursos a la nación alemana (1807-1808) de Johann Gottlieb Fichte, y De los héroes, el culto de los héroes y lo heroico en la historia (1840) de Thomas Carlyle, ya que éste había definido al hombre de letras de la era moderna como “luz y sacerdote del mundo que, a modo de faro, le sirve de guía en su oscuro peregrinar a través del desierto del Tiempo”.4 Cuando José Vasconcelos se arroja al centro de la vorágine de la Revolución mexicana y más tarde figura como secretario de Instrucción Pública, se apega a las exhortaciones de Rodó y abraza las embriagadoras ideas de Carlyle.
De la influencia que el uruguayo ejerció sobre Alfonso Reyes no puede haber duda, ya que en 1908, cuando éste tenía diecinueve años, convenció a su padre el general Bernardo Reyes, entonces gobernador de Nuevo León y posible candidato a la Presidencia, de publicar la primera edición mexicana del Ariel en Monterrey, aun cuando, según admitía el propio don Alfonso, era Theodore Roosevelt el filósofo y literato que más admiraba.5 La posición de Rodó se elevó aún más en virtud de la presencia en México de Pedro Henríquez Ureña (1884-1946), intelectual dominicano, hijo de un expresidente, partidario del Modernismo, movimiento iniciado por el poeta nicaragüense Rubén Darío. Cinco años mayor que Reyes y con más viajes por el mundo en su haber, Henríquez Ureña se convertiría en su mentor y amigo. Los unía el disfrute de la literatura hispánica, ya fuera medieval o barroca, así como su común dedicación al estudio de los clásicos grecolatinos. De igual forma, compartían su desdén por la gastada filosofía de Auguste Comte y Herbert Spencer, actitud que llevó a Reyes a relatar jocosamente que había escuchado a Antonio Caso “en un grupo de profesionales, haciendo un sabroso guiso de positivistas”.
Perturbado por El nacimiento de la tragedia y la exaltación que en ella hace Nietzsche del espíritu dionisiaco sobre la razón apolínea, Reyes busca una afirmación intelectual en Henríquez Ureña, quien de muy buena gana le explica que tal distinción entraña el contraste entre la poesía épica y la lírica, y no es sino otra expresión de la consabida antítesis entre filosofía y literatura romántica y clásica. En la correspondencia entre estos dos hombres se advierte también la influencia del gran historiador y crítico español Marcelino Menéndez y Pelayo, influencia que Reyes admitía aunque no dejaba de lamentar.6
En 1913 Reyes se recibe de abogado y lo nombran segundo secretario de la legación mexicana en París, donde se entera de la trágica muerte de su padre durante un intento fallido de asalto al Palacio Nacional, noticia a la que sucederá el asesinato de Francisco I. Madero y el reinicio de la guerra civil. Para entonces Reyes ya había escrito “quisiera salirme de México para siempre”, pues temía que la política fuera a absorberlo desviándolo de lo que él consideraba su vocación en la vida.7 En 1914, tras ser retirado de la legación, establece su residencia en España, se dedica al periodismo y se integra al Centro de Estudios Históricos de Madrid que dirigía Ramón Menéndez Pidal, destacado investigador del Cantar de Mio Cid. En los años subsecuentes profundiza sus conocimientos de la literatura medieval castellana, estudia a los cronistas del descubrimiento y la conquista de América, y, con Dámaso Alonso, participa en la renovación del interés por la poesía de Luis de Góngora. En efecto, en esos años se opera un cambio decisivo en los valores literarios, ya que desde fines del siglo XVIII los críticos habían descalificado el estilo de Góngora por considerarlo afectado e impuro, juicio con el que había coincidido nada menos que Menéndez y Pelayo. Este cambio de perspectiva fue comparable al que impulsó T.S. Eliot cuando revaloró la poesía de John Donne y la escuela metafísica de los poetas ingleses del siglo XVII.
En Góngora y América (1929) Reyes investigó la influencia de este poeta barroco en el Nuevo Mundo y señaló la importancia de Juan de Espinosa Medrano, “El Lunarejo”, canónigo de la catedral de Cuzco, quien en 1662 publicó en Lima su Apologético a favor de don Luis de Góngora, obra en la que defiende al cordobés de los ataques de un crítico lusitano. No menor importancia reviste el que haya llamado la atención sobre la revaloración de Sor Juana Inés de la Cruz, a quien los liberales del siglo xix, como Ignacio Manuel Altamirano, habían menospreciado como a una representante del mundo virreinal bajo el dominio “del culteranismo y de la Inquisición y de la teología escolástica”. En este caso, el responsable de dicha reivindicación había sido Menéndez y Pelayo, al saludar en la monja al mejor poeta que haya escrito en español a fines de la era de los Habsburgo, opinión que indujo a los críticos mexicanos a abandonar sus prejuicios liberales.8 Por último, Reyes se alía con Henríquez Ureña en su explicación de Juan Ruiz de Alarcón, dramaturgo del siglo XVII, como literato esencialmente criollo en lo tocante al estilo y la creación de caracteres. No está de más notar que este cambio de actitud ante la literatura se vio acompañado por la revaloración de la arquitectura barroca y churrigueresca, movimiento que en México encabezó Jesús T. Acevedo, uno de los miembros del Ateneo de la Juventud.
Como aportación al rescate de la tradición histórica de la América hispana, Reyes publicó un buen número de ensayos sobre el descubrimiento del Nuevo Mundo, entre ellos Capricho de América (1933), donde en lugar de celebrar el singular desempeño de Colón, se extiende en su examen de los actos colectivos de los españoles en la gran aventura, haciendo hincapié, por ejemplo, en las hazañas de los hermanos Pinzón. En esa misma vena, afirma que Américo Vespucio era mejor navegante que el explorador genovés. Con todo, lo que lo fascinaba era el papel que había desempeñado el mito en los grandes descubrimientos, y argumentaba que el significado de esos acontecimientos dependió tanto o más de la imaginación que de los hechos escuetos del caso. Después de todo, lo que esa gente veía al aventurarse en tierras desconocidas dependía de lo que ellos esperaban encontrar y, desde luego, de lo que eran capaces de ver. En una frase sorprendente, afirma que “América fue la invención de los poetas”, fórmula con la que se adelantaba a la tesis de Edmundo O’Gorman por cuanto “América” nunca fue descubierta, sino más bien inventada y concebida por los hombres que la conquistaron y por los cronistas que defendieron la importancia de la Conquista.9
En 1920 Reyes fue readmitido en el servicio diplomático mexicano y permaneció en España hasta 1924; luego de tres años en Francia, sirvió como embajador en la Argentina y el Brasil hasta 1937. Durante su prolongada gira por América del Sur, estableció buenas relaciones con la comunidad intelectual, sobre todo en Buenos Aires, y a menudo se lo invitaba a hablar en público. En 1932 leyó en Río de Janeiro En el día americano, empezando por señalar que siendo tan escaso el comercio entre los países de Iberoamérica, tocaba a los estudiantes establecer las relaciones culturales, aprovechando sus universidades como vehículos de dicho intercambio. En El Brasil en una castaña (1942) demostró su habilidad para este tipo de ensayo interpretativo y atendió a los ciclos de la economía de exportación, del azúcar al café, anotando los diferentes tipos sociales vinculados con cada fase. De igual manera, también rindió tributo a las habilidades políticas de sus dirigentes, quienes nunca habían cobrado el gusto hispanoamericano por las revoluciones. Sin embargo, en ningún momento estableció comparación alguna entre México y el Brasil, ejercicio que podía haberlo llevado a algunas conclusiones interesantes. Por lo demás, en Goethe y América (1932) advirtió que gracias a la información proporcionada por un naturalista alemán que viajó por el Brasil, Goethe echó mano de numerosos ejemplos de este país para llegar a la formulación de su filosofía natural. Sin embargo, tuvo que confesar también que, pese a la amistad que cultivaba con Alejandro de Humboldt, para Goethe “América” significaba primero y ante todo Estados Unidos, la tierra de promisión para los europeos del norte.
Cuando Reyes llegó a Buenos Aires en 1927, encontró un país que disfrutaba de un nivel de vida superior al del sur de Europa y que constituía un próspero centro cultural, comparable a Barcelona en cuanto a la actividad editorial. En sus Palabras sobre la nación argentina (1929-1930) define a México y a la Argentina como “los dos países polos, los dos extremos representativos de los dos fundamentales modos de ser que encontramos en Hispanoamérica”. Refiere entonces que se había topado en París con poeta argentino Leopoldo Lugones, quien lo desconcertó al decirle a quemarropa que México parecía un país más europeo que la Argentina, toda vez que posee una larga historia, muchas tradiciones y numerosos indígenas, y agregó: “Sois pueblos vueltos de espaldas. Nosotros estamos de cara al porvenir: los Estados Unidos, Australia y la Argentina, los pueblos sin historia, somos los del mañana”. No es de extrañar pues que, tras este encuentro, Reyes le escribiera a Henríquez Ureña que “todo mexicano suficientemente desinteresado sacará provecho de hablar con un argentino: es una perspectiva opuesta”.10
Ideas semejantes le había expresado José Ortega y Gasset, quien observó que México se parecía a los países de Europa central, resultado de la Conquista y donde se había operado una lenta fusión de vencedores y vencidos, en tanto que “por el extremo argentino, el caso americano se da en toda su pureza; historia leve, problemas de raza casi nulos, mezcla reciente de pueblos que se transportan con su civilización ya hecha, a cuestas”. Era el contraste entre una conquista justificada por la imposición de una religión nueva, por un lado, y, por el otro, una colonización que concentraba sus recursos humanos en la agricultura. En efecto, Ortega y Gasset definía a América como un modelo hecho a imagen de Estados Unidos, relegando a México (y por lo tanto a la zona andina) a una suerte de limbo extraño que resultaba la antítesis de lo que el Nuevo Mundo significaba para la mayoría de los europeos. Por su parte, Reyes, sin añadir su comentario personal, se contentó con hacer ver el contraste.
Sin embargo Reyes causó revuelo en esta conferencia, al declarar que en Argentina existía una peligrosa fisura entre los patricios hispánicos y la plebe inmigrante, y que en Buenos Aires había una fuerte tendencia a imponer un comportamiento acorde con el de los patricios, forzando por lo tanto una disciplina de apariencias. Una conocida suya le había explicado que para ella “belleza” significaba “distinción”. Además, si Estados Unidos, haciendo a un lado su obsesión por el progreso material, había sido fundado por las aspiraciones religiosas de los puritanos, Argentina era “hija de una aspiración cívica” y de la busca del “bienestar económico”, de manera que “más que una nación de acarreo o depósito histórico, la Argentina es una nación de creación voluntaria”. El resultado actual era el orgullo nacional exacerbado, la prepotencia que llevaba a la afirmación continua en los diarios de la superioridad de la Argentina frente a sus vecinos, lo que, a pesar de la excelencia de su sistema educativo, argüía cierto malestar e incertidumbre.
En Notas sobre la inteligencia americana, discurso leído en Buenos Aires en 1936, Reyes hacía reflexiones generales sobre la historia y la situación que a la sazón vivía “nuestra América”, afirmando que: “llegada tarde al banquete de la civilización europea, América vive saltando etapas, apresurando el paso y corriendo de una forma a otra, sin haber dado tiempo a que madure del todo la forma precedente.” Dicho lo cual, no estaba claro si América debería ajustarse al ritmo de los cambios europeos, sobre todo teniendo en cuenta que la improvisación siempre había predominado en su historia, su política y su vida misma. Sin embargo, “hoy por hoy, existe ya una humanidad americana característica, existe un espíritu americano”. Durante el siglo XVIII se dio una lucha entre los defensores de la tradición autóctona y los partidarios de los modelos europeos, aunque “nuestras utopías constitucionales combinan la filosofía política francesa con el federalismo presidencial de los Estados Unidos”. Y como prevalece la mezcla racial, el mestizaje que comenzó con Hernán Cortés y la Malinche, “la inteligencia de nuestra América” vio con repugnancia la segregación étnica que imperaba en Estados Unidos y, consecuentemente, percibía a Europa como “más universal, más básica, más conforme con su propio sentir”. Donde Europa era incapaz de ofrecer un modelo aplicable era en su práctica de la especialización profesional, ya que los escritores hispanoamericanos frecuentemente ingresaban en la política y actuaban como “caudillos y apóstoles”. A Reyes le gustaba afirmar que esos escritores ejercían “la profesión general del hombre”. Haciendo una metáfora sorprendente, escribió: “Nace el escritor europeo en el piso más alto de la torre Eiffel… Nace el escritor americano como en la región del fuego central”. A pesar de los contratiempos, las repúblicas de América se mantenían unidas por la “hermandad histórica”; en cuanto al sentimiento, eran internacionalistas y, como lo había afirmado Vasconcelos, constituían el fundamento de la futura “raza cósmica”, inspiradas por “el sueño de la utopía, de la república feliz”.
En su Discurso por Virgilio (1932-1933) Reyes saluda al poeta como “gloria de la latinidad, y México, mantenedor constante del espíritu latino, no debe permanecer indiferente” a la celebración de su memoria. Lamentaba que a “los que seguimos el camino real del liberalismo mexicano” nunca se nos enseñó latín en la escuela, lengua cuyo cultivo se reservó en buena medida al clero católico. No obstante, el espíritu de México, insistía Reyes, era mucho más latino que indígena, puesto que “no tenemos una representación moral del mundo precortesiano, sino sólo una visión fragmentaria sin más valor que el que inspira la curiosidad, la arqueología: un pasado absoluto”. Es en la Eneida, mucho más que en la épica homérica, donde puede asistirse al nacimiento de un “sentimiento nacional” y “una noción de la patria”. De igual forma, en sus Geórgicas, el poeta romano celebra la agricultura y el interés por un suelo en particular y por quienes lo cultivan. En conclusión, Reyes argumenta que, comoquiera que el español se deriva directamente del latín, en su etimología podemos encontrar el “sustrato de las experiencias mentales de toda una civilización”, donde las palabras desempeñan el oficio de “cápsulas explosivas” que contienen “toda la historia espiritual de una familia étnica”. Ahí está, advierte Reyes, el mensaje de Fichte en sus Discursos a la Nación Alemana, por no mencionar las obras de Vico y de Herder: la etimología es “disciplina y ejercicio de la dilatación patriótica”. Su exposición concluía con una metáfora orgánica en la que afirmaba que los individuos son injertos sobre el tronco ancestral, simples hojas de un árbol, pero todos se nutren de “los pozos ocultos de nuestra psicología colectiva”.11 Y si bien Reyes exponía estas reflexiones ante un auditorio mexicano, igualmente podrían ser de provecho a todos los americanos que valoran su herencia hispánica.
En su Apéndice sobre Virgilio y América, Reyes retoma un tema que ya había introducido en su ensayo “México en una nuez” (1930), donde echaba mano del paralelo que existe entre la conquista del Lacio por Eneas y la conquista de México por Cortés. En ambos casos los caudillos luchaban a la cabeza de una alianza reclutada en su país de origen: etruscos y arcadios en Italia, tlaxcaltecas y texcocanos en el Anáhuac, y antes de derrotar al rey Latino y a Moctezuma, hubieron de matar a sus heroicos defensores: Turno y Cuauhtémoc. Hubo, sin embargo, algunas diferencias. Hecha la paz en Italia, Eneas desposó a Lavinia, hija del rey Latino, y acordó que él y sus seguidores troyanos se llamarían en lo sucesivo latinos, formando así un nuevo pueblo con los habitantes ya existentes, con quienes compartían una misma lengua. En México, por lo contrario, Cortés no desposó a la Malinche, y el español se convirtió en la lengua destinada a unir, con el paso del tiempo, a los diversos pueblos del Anáhuac.12
En Los hijos del limo (1974), Octavio Paz se declaró miembro (ya fuera maestro o discípulo) de “la tradición moderna de la poesía”, movimiento iniciado por los románticos alemanes e ingleses, renovado por Baudelaire y los simbolistas franceses, y que encontró su reformulación contemporánea más vital en el surrealismo francés. Lo que unió a todos estos movimientos fue su rechazo de la Ilustración y su insistencia en las leyes naturales y económicas, así como su afirmación de los poderes creadores de la imaginación. Paz puso de relieve que lo más importante no tiene que ver con los valores estéticos sino con elegir “una forma de ser” en la que concurran la vida, la historia y la poesía. Por lo que hace al mundo hispánico, Paz se burlaba de los llamados románticos de la primera mitad del siglo xix, mero “reflejo de un reflejo”, afirmando que el modernismo, iniciado por Rubén Darío, es “nuestro verdadero romanticismo”.13 En efecto, apenas en sus postrimerías aparecieron poetas y filósofos dotados con la voz profética de un Wordsworth o un Baudelaire, hombres que ya no se contentan con escribir imitaciones de Sir Walter Scott o de Víctor Hugo. En más de un sentido, el primer intelectual mexicano que osó llevar la carga entera de la vocación romántica fue José Vasconcelos, asumiendo el papel de profeta en La raza cósmica (1925) y pronunciando después una encendida jeremiada en contra de los vencedores corruptos de la Revolución Mexicana. Además, en su Ulises criollo se identificó con el taimado héroe griego que había burlado a Circe y privado de la visión a Polifemo, para luego retornar a su hogar en Ítaca y encontrarlo sitiado por los pretendientes de su esposa Penélope, todo ello, qué duda cabe, alegoría de la propia experiencia de Vasconcelos.14
Si bien Alfonso Reyes a todas luces recibió del modernismo el influjo del romanticismo, su temperamento era más clásico, filiación que se advierte por sus preferencias por Goethe y Virgilio. Más aún, en su “Discurso por Virgilio”, hay un pasaje evidentemente autobiográfico, cuando escribe de Atenas: “En las aventuras del héroe que va de tumbo en tumbo salvando los penates sagrados, sé de muchos, en nuestra tierra, que han creído ver la imagen de su propia aventura, y dudo si nos atreveríamos a llamar buen mexicano al que fuera capaz de leer la Eneida sin conmoverse.15
En verdad, la caída del Estado porfiriano y la muerte de su padre, a quien muchos esperaban ver llegar a la Presidencia, fue en la vida personal de Don Alfonso el equivalente de la destrucción de Troya, siendo él mismo un piadoso Eneas que vagó de una a otra costa durante muchos años sin establecerse en ningún lado, y pasando un cuarto de siglo en el extranjero antes de su regreso final a México en 1939.

 Traducción de Jorge Brash

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