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Morena. Por Alfonso Reyes

Trigueña nuez del Brasil,

castaña de Marañón:

tienes la color tostada

porque se te unta el sol.

De las algas mitológicas

en el marino crisol,

como la sal se te pega

tienes tostado el color.

Ilesa virgen de aceite,

lámpara de hondo fulgor:

sales a apagar el día,

ya diamante, ya carbón.

En el vaho de la arena

¿no se consume la flor?

No se consume: se alarga

el tallo, rompe el botón.

Misterio: ceniza y fruta;

ceniza sin amargor,

fruta áspera con acres

aromas de tocador.

Mirra y benjuí por los brazos,

gusto de clavo el pezón:

quien hace la ruta de Indias

corta la especia mejor.

Cierto, tenderé la vela:

me siento descubridor,

alumno de Marco Polo

y de Cristóbal Colón.

—¡Tierra!—grito, y en el seno

del barro que te crió,

hinca ya la carabela

la quilla y el espolón.

Tierra oscura me recibe,

en sorda germinación,

en la que saltan los árboles

como rayos de explosión.

Truena Dios, y mi ventura,

al tiempo que truena Dios,

está en volver a la sombra

donde he nacido yo.

—Callen las onzas de plata

cuando se escucha esta voz:

“Hijas de Jerusalén,

el sueldo de cobre soy.”

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Análisis de una pasión. Por Alfonso Reyes

Río, 10 de junio de 1940

Yo había oído decir mucho bien y mucho mal de esta tierra. Más bien que mal. El bien se refiere a su espléndida naturaleza y a la general, dulzura de su gente. El mal, a cierto carácter escurridizo que se advierte en el trato, cierta aparente hipocresía disimulada bajo extremos corteses. La suerte me ha proporcionado la ocasión de ponderar por mí mismo estas medidas. A un casi recién llegado no hay que pedirle que cale muy hondo. Pero he comenzado ya a creer que ese carácter escurridizo es una fórmula de equilibrio ante la vida, tan legítima como cualquiera otra; que esa aparente hipocresía no lo es de veras, porque no esconde mala intención ni engaño, sino un deseo de ser agradable ocultando toda aspereza a todo impulso ingrato; que esos extremos corteses son un hábito fundado sin duda en bases étnicas, contaminaciones del mestizaje y solicitaciones telúricas, de ambiente, de geografía, del aire que se respira y del agua que se bebe.

Si en la América hispana el tipo popular acentúa otros aspectos más bruscos de la fuente ibérica primitiva, en la América lusitana más bien acentúa los aspectos de suavidad y amaneramiento. ¿Pone Africa, también, su modesta contribución de sonrisa, sometimiento y gracia cándida? La verdad es que estas generalizaciones étnicas no llevan muy lejos. Lo que importa es insistir en la buena intención de semejante actitud, que desarma toda censura, y también en la naturalidad y constancia con que esa tendencia se expresa, lo que desarma toda sospecha de artificialidad o cálculo.

En la vida familiar, en los interiores domésticos, el ceremonial cortés —suelo de civilizaciones— se mantiene con igual persistencia. El padre anciano da las gracias cumplidamente a la niña que le trae el vaso de agua, como si estuviera de visita en su casa y tratara con persona mayor a quien debe algún acatamiento. El viejo imperio de confitería y colorines perpetúa así sus ritos de corte en medio de una república relativamente turbulenta (relativamente tan sólo: junto a las hispánicas, parece pacífica).

Después de todo, cada pueblo tiene su mímica y ahora recuerdo que los hispanoamericanos recién llegados a España casi se sienten ofendidos y maltratados por cierto altivo tono de voz de los españoles, y hasta creen que quieren mandarlos a otra parte cuando les dicen cosa tan santa como: “¡Vaya usted con Dios!” Pues ¿y los argentinos que lo miden a uno de pies a cabeza, comparan los respectivos trajes con la mirada y luego se dirigen a uno en términos que parecen delatar una guardia previa contra alguna agresión posible? Y sin embargo, son leales, varoniles, y dan de una vez la mano para siempre. Enigmas de frontera son éstos, y la experiencia y la simpatía nos enseñan a resolverlos poco a poco.

20 de junio

No acababa yo con el enigma anterior cuando otro nuevo me solicita. Éste me parece menos general que el primero. Aquél se refiere a una característica nacional, y ahora entro en consideraciones sobre un temperamento individual cuyo tipo, aunque bastante extendido en este país, acaso sea propio solamente de cierta capa social, o de ciertos grupos limitados. He comenzado a frecuentar familias y corrillos. Me he dado cuenta de que, sobre la cortesía escurridiza que antes provocó mis reflexiones, crece a veces una planta humana con características singulares. Buena parte de la conversación de esta gente, sobre todo entre las mujeres jóvenes, se consagra a exterioridades triviales. Pero nada hay tan trivial como el aceptar lo trivial en calidad de ultima ratio. Analicemos. Si por ejemplo, debajo de la preocupación argentina por el vestido puede descubrirse una gran virtud de disciplina social, ¿por qué no ha de haber alguna virtud resguardada bajo la aparente trivialidad de la conversación de estas jóvenes?

Y ante todo, ¿en qué consiste esta trivialidad? En que viven intensamente con los sentidos y dan noticia constantemente de los mensajes que reciben por los sentidos. Ceden a la fórmula del “extravertido”. Y, como es de rigor, el sentido visual domina, simbólicamente, sobre los demás. Viven con los ojos ante todo; después, con los oídos; después, con el tacto, a lo que ayudan las libertades playeras, el nudismo gimnástico (valga el pleonasmo), el calor, la sensualidad natural; y luego, en una categoría ya muy atenuada, viene el olfato, que no tiene cualidad especial, y al fin viene el gusto, tan rudimental que no saben comer bien, y a veces apenas comen porque no les hace mucha falta: lo compensan la luz, el aire, el clima.

Ahora bien, yo he observado siempre que los temperamentos visuales dan un carácter de optimismo, de alegría candorosa. Para el que se divierte mucho con los ojos, no hay rumia malsana, no hay graves complejos psicológicos. Está como sometido a una purga o catarsis continua. Nada más trivial en la apariencia, nada más saludable en el fondo. La muchacha agredida por declaraciones sentimentales y apasionadas, en vez de sobresaltarse, contesta como si estuviera ausente (a fuerza de estar más que presente): “¿Has visto qué lindo gorrito rojo lleva aquel niño?”

Este procedimiento, en los caracteres que describo, es tan constante y tan infalible, que aunque comencé por creer que era un arte defensivo, he acabado por pensar que es un automatismo, un reflejo.

Dejémonos de generalidades y vamos a la verdadera cuestión. Estas experiencias proceden, para mí, de intentos amorosos. Tengo que ser completamente sincero, si es que este diario ha de tener alguna utilidad para mí mismo o los que lo lean a mi muerte.

Cecilia no me deja llegar hasta ella, aunque todo el día parece provocarme, no sólo con sus gracias y prendas, sino también con el tacto y las miradas, y aun con la sensualidad espontánea (¿inconsciente?) de sus maneras. Pero no me deja llegar hasta ella, cuando me adelanto hacia el terreno sagrado, me ataja con una observación visual. Todo el día la estudio y trato de entenderla. Debo de estar muy apasionado si, como supongo, el amor humano y el amor divino consisten igualmente en una larga meditación para captar al objeto amado.

Es medianoche. Otro día, cuando me deje libertad este naciente amor, me ofrezco seguir reflexionando. Gran ergotista el amor, consumado escolástico, doctor sutil. Constantemente parte cabellos en dos, enreda y desenmadeja. ¿Amar es un extremo agudo del razonar? No es tal su esencia, pero sí su procedimiento.

30 de junio

Hay, en esta nueva generación de hembritas, un gobierno de las costumbres que nada tiene que ver con el pudor, porque ni siquiera son muy púdicas y con la mayor naturalidad declaran, por ejemplo, que se sienten algo cariñosas porque andan en los “días incómodos”. Más bien parece un efecto de elegancia del trato y de anhelo de independencia. Del amor sólo se habla como murmuración social, y siempre se le ridiculiza en los otros. Del propio amor no se habla sino cuando se hace el amor. Y en las horas vagas, si te vi no me acuerdo. Cecilia, al menos, es así, aunque no conozco todavía a fondo su vida de amor.

A este dominio, que llega a la inhibición de ciertas expansiones naturales, yo le llamo in mente “el encogimiento británico”, y lo atribuyo para mí a la influencia de alguna institutriz inglesa en la infancia. ¿Cómo aliarlo con el carácter extravertido y el temperamento que he llamado visual? Muy fácilmente: yuxtapónganse lo uno sobre lo otro y se comprenderá que se ensamblan y se ajustan como el cóncavo y el convexo. No entre en los jardines de la psicología quien no entienda de geometría. La visualidad se organiza en sistema defensivo de la intimidad. Así, la superficialidad no es más que la expresión de una profundidad recatada.

Y hago bien en buscar estos símiles físicos, porque precisamente el dominio de Cecilia sobre sí misma puede reducirse a un esquema físico: toda conducta se resuelve en movimientos del cuerpo, en moverse para este lado o para el otro, en dejar o no dejar llegar una mano hasta nosotros, en pronunciar estas y no las otras palabras. Y el cuerpo, cuando se quiere, siempre es gobernable. Éste es el secreto estratégico de Cecilia, razonado, claro está, con las viejas mañas de Eva de que no hay ya ni para qué hablar: decir que no para que se insista en el sí, y otros artificios por el estilo. La Venus arroja la manzana y huye, “pero al huir procura que la vean”.

Esta apelación al rasgo visual divertido o que se quiere hacer pasar por divertido —aunque se trate de una bobería cualquiera— para desviar con este procedimiento una efusión sentimental, es tan constante que desespera, y a veces causa brutales efectos de frialdad, de desprecio para nuestras ideas. Irrita al punto que yo me alejo de Cecilia prometiéndome no verla más, para lo que nunca tengo fuerzas.

Y luego, en el momento menos esperado, como si ella transparentara mi estado de ánimo con esos ojos dilatados y fijos que parecen medio alucinados y son la guardia permanente del ave de presa, gradúa y atempera mi irritación, me da un alivio inesperado, me cae encima con algunas palabras directas y cortantes, ataca con resolución y sobriedad el centro mismo de nuestro problema amoroso, o me deja caer promesas absolutas que me alimentan para dos o tres días.

Yo sé bien que en este tira y afloja voy perdiendo, voy dejando que se me desangre la voluntad. Yo no me engaño. Y si la pasión entrara por el cerebro, este ejercicio de análisis a que me someto en mi diario bastaría para resguardarme. Pero la pasión no cede a la dimensión racional. Y yo soy el primero en sentirme envilecido por no poder gobernarme con la inteligencia. De un día a otro, de uno a otro momento, y según que Cecilia emplea el escudo o el estoque, el recato o el ataque, el universo muda de sabor para mí. Y me pregunto, revolviéndome en mis insomnios, hasta dónde puede llegar la miseria humana, cuando tan afanosamente nos abrazamos a lo que más daño nos hace.

10 de julio

¡Las cosas de Cecilia! Su ejercicio visual incesante, que tantas veces se me presenta como un sistema defensivo, es sin duda un modo de ser, y aun por eso le aprovecha mejor que un cálculo.

Buscando un ejemplo, se me ocurre observar cómo procede cuando guía su automóvil. Ni qué decir que con ella no hay lugar a caricias en los paseos de auto, aunque sean al claro de luna, porque —exclama— ¿para qué tiene uno casa? Y no hay manera de convencerla de que una de las superioridades fundamentales de la vida europea sobre la americana es que, en Europa, de modo general, se disfruta de la mujer amada en todo lugar y a la luz del día, en comunión con todo el ambiente, mientras por acá el amor discurre en cuarto cerrado y a hora fija. Tratándose especialmente del Brasil, esta desvinculación entre el paisaje y el amor resulta realmente una exigencia contra natura, y de hecho la gente brasileña se permite —y hace bien— ciertas libertades en los paseos, las playas, los lugares públicos, los autos.

No: para Cecilia guiar su auto es proceso de experiencias visuales, y siempre las va comentando en voz alta, de suerte que hasta la verdadera conversación se anula. Tiene que explicar cómo ha medido el espacio para pasar entre dos vehículos, por qué se apresuró, por qué frenó, por qué cierra el paso o deja. pasar al que viene detrás, por qué decide pasar o no pasar al que la precede, si viene o no viene en su línea el que avanza a su encuentro, si su máquina obedeció bien o mal a la maniobra, si aparece o no, a tantos metros, una ondulación en el pavimento.

Y además, va identificando el paso, distintamente, a los transeúntes de a pie, de tranvía, de ómnibus, de auto; las placas y registros de los vehículos, los escudos de los clubs. Advierte las abolladuras de las carrocerías; nota que aquel auto va lleno de polvo por delante y limpio por detrás. Cuenta rápidamente la historia del que la saluda por la calle. Y cuando no ve, es que ya conoce: “Yo no puedo, porque voy guiando —explica—, pero al doblar aquella esquina fíjate en la reja del primer balcón, que es muy curiosa.”

¿Qué hacer contra esta fuerza de la naturaleza? Nada, sino entregarse a la fuerte divinidad que nos domina y absorbe por los ojos. Es un extraño vampirismo objetivo, una succión de todo el orbe de formas por el embudo de dos retinas poderosas. No quiero negar que vivo celoso, celoso hasta la furia, aunque no lo dejo ver, que estaría perdido. Pondero, en mi interior, los inacabables recursos de que un temperamento así puede disponer para el engaño, la fuga, el escondite, el esquinazo. “Aunque voy moderando la marcha —dice—, no saco el brazo, porque no quiero que repare en mí aquel sujeto, y yo misma le llamaría la atención si ve salir por la ventanilla una lengua blanca.”

Porque habla así, también en metáforas y epigramas visuales. Para decir que se revuelca en la cama las noches de insomnio, dice: “Me pasé la noche oliendo la pared.” Y otra vez, en la oscuridad del cine: “Mira si puedes reconocer a la señora que está a mi lado. Yo no puedo volver la cara, porque ella haría lo mismo y nuestras narices se frotarían.” Por este estilo, su conversación es una serie de síntesis y hallazgos verbales que obligan a una atención constante.

Inútil decir que esta flor del trópico me va resultando lo menos tropical que existe. O entonces hay que interpretar de otro modo lo que se llama tropical.

20 de julio

Esta ciudad está derramada sobre la playa, serpenteando por entre las montañas, colinas y caprichosas rocas que bajan hasta el mar. Toda la región que uno frecuenta, y que va de los centros del comercio elegante hasta los puestos de baño y los paseos en cornisa, se extiende, prácticamente, en una sola línea. El que se aposta en un sitio estratégico, en la terraza de un restaurante sobre la costa, ve pasar a toda la gente de sociedad. La vida mundana consiste nada más en verse vivir unos a otros. Esto explica, en parte, la educación visual de Cecilia. Muchas de sus conversaciones son historias de simple visión. Alguna vez, en Sevilla, donde los clubs tienen unos como escaparates con cristales donde los socios se sientan a ver pasar la gente, pensaba yo que esto era una transformación moderna de la vida árabe: el señor árabe se sentaba en su patio a ver correr el agua de sus fuentecillas privadas. Cecilia se pasa el día diciendo: “Vi pasar dos veces a Fulana; Mengano iba con su perro.” “¿Y qué?” —pregunto yo. “Nada, que los vi pasar.” Historias de simple visión. La visualidad, para ella, se justifica por sí misma.

Pero hay en sus conversaciones otro estilo que me inquieta sobremanera, porque tiene el aire de satisfacción no pedida y acusación manifiesta: le da por contar, marcando las horas, todo lo que ha hecho en el día: “Me levanté a tal hora; mientras me arreglé dieron las tantas; tomé café (aunque no tomen café, así dicen, porque ignoran el verbo desayunar); recibí a la costurera que trabajó conmigo hasta tal otra hora; fui a sacar el auto para dejar un encargo a tal amiga; volví a almorzar a la una; me quedé descansando hasta las tres; hice tricot hasta las cinco; llevé a mi familia a tal barrio, y volví a casa a las siete, etc., etc.” Lo que parece, a pesar del candor del relato, una manera de esconder algo, de escamotear alguna hora secreta. Esto y los silencios de esfinge en que acostumbra caer, la falta de motivación sobre casi todos sus movimientos de ánimo, me tienen en ascuas, me ponen celoso, me hacen pensar que siempre esconde algo.

Y lo peor es que, del modo más natural del mundo, ejerce, no la simulación de la virtud, sino la simulación del pecado, como muchas otras mujeres de esta tierra.

—Yo paso una vida insignificante, pero no se lo digo a nadie, eso no: a nadie le voy a confesar que soy una tonta.

—¿Para qué te pintas esas ojeras?

—¡Ah, para hacer creer que hago cosas!

Y en medio de esta provocación continua, una evidente frigidez, en muchos instantes y ocasiones que cualquier mujer de temperamento aprovecharía… ¡Oh, cielos! ¿No es esto la psicología típica de la allumeuse? Algo de sequedad enigmática, mucha conversación en tomo a las cosas escabrosas, y una serie de defensas graduadas que empiezan por ese condenado rojo de los labios, pegajoso y acusador, que la hace esquivar todos los besos amorosos y ofrecer siempre la mejilla. Y todo esto, mezclado con un exhibicionismo innegable: el maillot de baño que casi deja escapar el botón del seno, los shorts de playa que permiten admirar muchas de sus opulencias secretas, y hasta el modo de mirar a los hombres, tan fijamente que encandila.

30 de julio

Ha comenzado a ser mi amante. Como yo lo suponía, no era virgen, pero tampoco era una verdadera mujer. A pesar de su erudición teórica, de su conocimiento del amor por conversaciones y relatos, asegura que no había llegado al placer, que nunca ensayó las travesuras entre niñas ni los goces solitarios. Y lo más extraí~oes que parece verdad, aunque tiene la imaginación acostumbrada a los peores excesos. Sus preguntas, en aquel momento, eran de un candor desconcertante.

—Pero entonces —le digo—, ¿qué has hecho hasta ahora?

—Muy sencillo —explica con un impudor casi casto—.

Un día me harté de ser virgen. Un primo me ha ofrecido matrimonio hace muchos años. Pensé en él, porque, si me sentía muy alarmada, siempre me quedaba el recurso de casarme con él. Lo provoqué, cuando él creía que ya ni lo recordaba. Renovó sus ofertas. Le dije que era necesario ensayar antes para ver si daba buen resultado. Aunque el pobre se asustó un poco, acabó por aceptar. Tuvimos unas cuantas sesiones. Rompí los derechos de aduana sin sentir el menor placer. Creí que era un defecto mío. Contigo he sentido esto por primera vez.

—¿Y el primo?

—No me interesa. Está furioso. No he vuelto a verlo.

¿Y por este monstruo de perversidad y frigidez, que más bien hace pensar en ciertas historias desconcertantes de escandinavas, es por quien yo ando perdido y loco? Sí, así es. No puedo evitarlo. Por lo mismo que no lo entiendo, me tortura y me sobreexcita. Otros lo expliquen. Así es nuestra pobre naturaleza. Ha comenzado a ser mi amante, y no puedo decir que me desilusione. Al contrario. Tiene el cuerpo más agradecido que he tratado en mis experiencias. Pero, en cuanto acabamos con aquello —como yo me lo sospechaba— es inútil querer rumiarlo, recordarlo, delectarse morosamente haciendo alusiones. Nada, nada. Cae el telón. A otra cosa. Se vuelve a la vida convencional, social, insípida, seca, frígida. Y eso que hasta me ha pedido, para de una vez conocerlo todo, ciertos ensayos atrevidos, que en ocasiones ha aceptado con gustosa sorpresa, y en otras con sinceras lágrimas de arrepentimiento.

Y aquí estoy, vencido por esta rara mezcolanza de conocimiento y de ingenuidad, de estragos imaginativos y retenciones, de audacias e impericias, de imprudencias y recatos, de coquetería e inocencia. Y no sé ya ni qué pensar de ella ni de mí mismo. Porque no hay historia procaz que se le haya escapado, ni referencia libidinosa, ni rincón equívoco de la ciudad de que no tenga puntual noticia. Y, sin embargo, es evidente que apenas había dado los primeros pasos vacilantes. ¿O seré un tonto de capirote? Pero ¿qué empeño podría tener en engañarme? Para descubrirla, hasta he exagerado cierto gusto por sus coqueterías y sus impudores. No me ha entendido. O apenas he creído pulsar cierto vago estremecimiento, lejano, incipiente todavía, como de una malicia que apenas despierta.

Y me horrorizo pensando que esta gimnástica de análisis me va conduciendo, sin sentirlo yo mismo, a una zona viciosa que hasta hoy nunca penetré. “¿Será la psicología un vicio?” —se preguntaba Nietzsche. Por este afán de conocer y entender voy entrando en un terreno resbaladizo. A veces me alivia convencerme de la ignorancia de Cecilia, cuyo conocimiento es todo de segunda mano, de referencia y de información, y otras me entra como un insano afán de poner su práctica a la altura de su teoría, que casi equivaldría a prostituirla. Nunca vi caso más complicado.

10 de agosto

Poco a poco, me ha ido contando otras experiencias, tan insulsas e incompletas que se quedan en aquella región de la libidinosidad infantil, no fijada aún en el verdadero objeto erótico. Pero lo que más me sorprende es su aceptación natural de cualquier aberración en nosotros. En vano espero, hasta ahora, un momento de verdadera efusión. Todo parece, en ella, charla social, cosa exterior, trivialidad en suma. Sus historias de incipiente malicia despiertan en mí verdaderos amagos de salacidad que ella nunca acompaña, aunque los encuentra muy divertidos. No pierde el sentido del humorismo ni a la hora del éxtasis. Si se me ocurre quedarme inmóvil y hacerla trabajar por mí, me dice de repente:

—¡Pero estoy como el portugués del cuento, que movía la cara y mantenía inmóvil el abanico, para no gastarlo!

Lo cual ciertamente es muy gracioso, pero más que inoportuno. ¿Será la trivialidad el secreto de estos misterios? ¿Tendré que resignarme al fin con una explicación tan poco inteligente, tan desnuda de intención? Porque, en suma, lo que el espíritu quiere es desentrañar intenciones. La superficialidad, en cambio, la ausencia de dimensión espiritual, parece que todo lo resuelve algebraica y simbólicamente, llamándoles a y b a las peras y las manzanas de la operación matemática, y sin penetrar en la realidad natural, en la intimidad misma de los objetos.

¿Será la trivialidad una solución esquemática, pobre y elegante, de todas las complicaciones de la conducta? Yo salgo de los encuentros lloroso y nervioso. Ella, en cambio, se arregla el peinado y el afeite, y a otra cosa. No parece cargar el lastre de las emociones recibidas. ¡Es para dudar de la ciencia y del conocimiento! ¡Es para dudar del propio amor, en lo que tiene de más humano y consciente! Hay candor, sí, pero candor animal en la solución que encuentra Cecilia. Ella es más fuerte que yo, porque es más débil. Ella es acaso más pura que yo, por cuanto no profundiza ni interroga. ¡ Otra vez la salvación visual, lo que pasa frente a los ojos y luego se va, sin torcerse en los laberintos del alma! ¡Qué pocas letras en su alfabeto, y sin embargo le bastan para expresarlo todo!

¿O será un exceso heroico de dominio de sí, que todavía puede enseñarme muchos misterios de la conducta que yo ignoro? Ya lo creo, ya lo dudo. Y en este tira y afloja me canso y me desangro, recordando toda la escena, a lo largo de mis noches de soledad.

Se me ocurre, como una prueba más cuya conclusión yo mismo no sé cuál puede ser, mantenerme algunos días sobrio, no ser yo el que ataque, sino esperar la insinuación o la invitación de ella. Voy a juntar fuerzas para hacerlo así. Pero ¿cuál será la enseñanza que extraiga de este experimento? Lo ignoro. Lo ignoro todo. Me he enfrentado con una divinidad más fuerte que yo. Esto no estaba en mis libros. Tal vez otros hayan pasado por trances como el mío, pero nadie ha tenido el coraje de decírselo con claridad a sí propio, o de contarlo, para escarmiento, a los demás. Algunos lo aprenderán de mí, cuando yo me muera y se publique mi diario.

Entre las cosas que me incomodan en Cecilia, seguramente que una de las primeras es la limitación de su charla a unas cuantas trivialidades que todos los días se repiten con una regularidad automática. Sólo parece brillar su característico genio de invención verbal ante los pequeños sucesos inesperados de todos los días. Todo lo que es acontecimiento acostumbrado, lo comenta con iguales fórmulas, y no se causa de repetirlas. Ante la novedad, en cambio, siempre inventa una manera nueva de expresión. También la maledicencia social excita su ingenio, sobre todo cuando se refiere a las llamadas malas costumbres de los demás. Y no porque se complazca en censurarlas, sino en contemplarlas. En el fondo, lo acepta todo con una mezcla de indiferencia y de superioridad que tiene también su poquito de morbosa. Cuando cae en esos transitorios periodos de frigidez, hasta procuro herir esta cuerda para ver si por ahí la despierto. Me doy cuenta de que no es juego limpio, pero hasta hoy no he descubierto un procedimiento mejor.

El otro día, en pleno ejercicio, me preguntó inesperadamente ¡si era verdad que las mujeres decentes no se desnudaban del todo para hacer el amor! ¡Y yo figurándome que cierta tendencia a entregarse vestida era una afición larvada a sentirse víctima de una violación! De modo que lo que juzgué un rapto del temperamento no pasaba de ser una convención admitida por inexperiencia.

Y al mismo orden de inexperiencia debo atribuir sus preguntas sobre si siempre se hace el amor, a nuestro modo, sellando boca contra boca; o las desagradables sorpresas que me da esquivando a veces los besos para defender el famoso rouge.

Pero seguramente lo peor son ciertas reacciones que todavía se permite conmigo y que tengo por cierto no obedecen al cálculo, sino al arrastre social adquirido. De repente, cuando la acaricio, me rechaza, lo que ciertos autores eróticos de otro siglo llamaban “besos a la florentina”, diciendo que “no le gustan esas cosas”, o que le repugnan, aunque muchas otras veces las haya provocado ella misma.

Tal vez todo esto sea inexperiencia, pero también puede achacarse a las alternativas de frigidez, tan irritantes y absurdas. Ha comenzado a dar en la manía de no acompañarme hasta el fin pretextando que “no sabe hacerlo”; y poco a poco va descubriendo cierta debilidad o escasez biológica, aunque a los comienzos yo la tomé por una criatura de hierro.

Y luego, lo más extraño de todo: creo que, mezcladas confusamente entre estos síntomas, aparecen ciertas contracciones de arrepentimiento y ciertas vagas esperanzas matrimoniales. A veces habla de “regularizar estas locuras”, de poner término al desenfreno, y otras cosas por el estilo.

Y con todo ello se va arreglando para llevarme por la cuesta abajo de la pasión, entre contradicciones y sobresaltos, desconciertos y… ¡trivialidades!

Algo hay todavía que me inquieta en ella, pero es de tal modo complicado que voy a pensarlo más despacio antes de contárselo al papel.

30 de agosto

He aquí lo que pasa: Cecilia no tiene celos de mí, ni sabe lo que son los celos en general. Confieso que he incurrido en esa tonta maniobra de darle celos, por vulgar que sea, para ver si así rompo el muro de su impenetrabilidad, pero fue en vano. La otra tarde me dejé sorprender a medias con otra compañía, cuando ella se presentó en mi departamento. Fingió no darse cuenta de nada, se despidió y, por la noche, con grandes risas, me dijo: “Oye ¿por qué no me cuentas cómo la pasaste? Anda, dime quién era, deja que nos divirtamos los dos, no seas egoísta.”

Mis vulgares armas quedaron completamente inútiles. “Es que no me quiere, que no le importo” —llegué a decirme. “No sé para qué doy vueltas de ardilla en esta jaula.”

Interrumpo esta nota, presa de una gran desazón.

Buenos Aires, 20 de septiembre

Tomé de repente el vapor para Buenos Aires, y aquí me hallo desde hace días. La mente no me servía para nada, y me dejé llevar por la mecánica elemental de la fuga.

Un amigo me escribe, contándome que Cecilia quiso envenenarse y, en cuanto se recuperó, aceptó la proposición de matrimonio de un rico cafetero que la pretendía de meses atrás.

Caricatura de Reyes

Alfonso Reyes. “Análisis de una pasión”, Obras completas XXIII Ficciones, Fondo de Cultura Económica, México, 1994, pp. 51-64.

Visita del Parnaso. Por Alfonso Reyes

Los poetas, los poetas

—qué cosa tan singular—

beben su vino de gallo

y lo duermen hasta el mar.

Musa de grandes orejas,

si hay huevos en tu panal,

entre cada sol y sol

tiende otro verso a secar.

Los poetas, los poetas

—qué cosa tan singular—

beben su vino de gallo

y lo duermen hasta el mar.

El amor tira con letras,

que es mucha su libertad;

da la hora el alfabeto,

y la pluma, la señal.

Los poetas, los poetas

—qué cosa tan singular—

beben su vino de gallo

y lo duermen hasta el mar.

El cuco de los doctores

crece en la bota marcial,

y el clavel suelta sus trinos

en la hembra natural.

Los poetas, los poetas

—qué cosa tan singular—

beben su vino de gallo

y lo duermen hasta el mar.

Ya no sabe la campana

de qué mano ha de tirar,

y el sastre a cortar empieza

su pesebre y su portal.

Los poetas, los poetas

—qué cosa tan singular—

beben su vino de gallo

y lo duermen hasta el mar.

Salta el árbol de la historia

de la manzana de Adán:

de cada pezón, a Eva

se le salía el maná.

Los poetas, los poetas

—qué cosa tan singular—

beben su vino de gallo

y lo duermen hasta el mar.

Río de Janeiro, 1931.—OV.

Alfonso Reyes, Obras completas X, Constancia poética, Fondo de Cultura Económica, México, 1996, pp. 134-136.

Consagración. Por Alfonso Reyes

Ya no pedirás albricias,

mitad del conocimiento,

que te hice de cristal

para siempre.

Ya verás, mitad del día;

ya verás, mitad del tiempo,

lo que vale ser recuerdo

para siempre.

A la gala de la luz,

y a la noche no,

fija en acciones volcadas,

aquí te sujeto yo.

Con tres compases de santa,

de santa sin resplandor,

bajaste de la peana,

que es el milagro mayor.

Hoy te adoran las sandalias

que aplastas con el talón;

te adoran los candeleros

que tiemblan en el salón,

y hasta la forma del aire,

en el hueco que dejaste,

donde se cuajó tu vida

para siempre.

Ya no corres ni te vas:

te matamos, te maté.

—Y vosotras, a soñar

sin decir palabra,

que las estrellas nacieron

para estar calladas.

Río de Janeiro, 1934.—OV.

Alfonso Reyes, Obras completas X, Constancia poética, Fondo de Cultura Económica, México, 1996, pp. 133-134.

Ángeles. Por Alfonso Reyes

A Jean Cocteau

Los ÁNGELES con joroba,

Juan Coqueto,

los ángeles con joroba

no llevan cruz en el pecho.

No llevan escapularios,

ni llevan nada.

Sólo —Dios sabe por qué—

cargan alas a la espalda.

En tiempo de mis abuelos,

los ángeles con joroba

solían contar un cuento,

sabían labrar, sabían

cocinar para el convento.

Se han olvidado de todo

ahora, con tanto invento.

Si antes, a todo apurar,

eran ángeles domésticos,

como no sirven de nada

son ahora más angélicos,

del modo que, sin la rima,

el verso ha de ser más verso.

Ya no ayudan, ya no velan,

ya no nos cuidan el sueño;

ya no vamos recostados

en ellos, como el poeta.

La ley de gravitación

los deja insensibles. Ellos

y los suspiros no hacen

nada por el Universo.

Ya no sirven para nada,

son ángeles, sólo eso.

Río de Janeiro, 1931.—OV. RA

Alfonso Reyes, Obras completas X, Constancia poética, Fondo de Cultura Económica, México, 1996, pp. 132-133.

Teoría prosaica. Por Alfonso Reyes

I

En mi tierra sancochaban

los cabritos en la estaca,

con otra estaca arrancando

el pellejo hecho carbón.

Pero en el campo argentino

lo hacen mejor:

con la costumbre judía

de que hablan los Tharaud,

el noble asado con cuero

se come junto al fogón,

en la misma res mordiendo,

cortando con el facón.

¡Hasta la gente del campo

nos da lección!

Alguna vez hay que andar

sin cuchillo y tenedor,

pegado a la humilde vida

como Diógenes al charco,

y como cualquier peón.

II

¡Y decir que los poetas,

aunque aflojan las sujetas

cuerdas de la preceptiva,

huyen de la historia viva,

de nada quieren hablar,

sino sólo frecuentar

la vaguedad pura!

Yo prefiero promiscuar

en literatura.

No todo ha de ser igual

al sistema decimal:

mido a veces con almud,

con vara y con cuarterón.

Guardo mejor la salud

alternando lo ramplón

con lo fino,

y junto en el alquitara

—como yo sé—

el romance paladino

del vecino

con la quintaesencia rara

de Góngora y Mallarmé.

III

Algo de ganga en el oro,

algo de tierra sorbida

con la savia vegetal;

la estatua medio metida

en la piedra original;

la voz, perdida entre el coro;

cera en la miel del panal;

y el habla vulgar fundida

con el metal del habla más escogida

—así entre cristiano y moro—,

hoy por hoy no cuadran mal:

así va la vida,

y no lo deploro.

Río de Janeiro, 1931.—OV.

Alfonso Reyes, Obras completas X, Constancia poética, Fondo de Cultura Económica, México, 1996, pp. 130-132.

Cacería divina. Por Alfonso Reyes

Se mecía en la luz como entre espadas,

azuzaba con voces las estrellas,

amanecía con locuras nuevas

y dormía celado de fantasmas.

Retozaba en el viento hecho palabras,

iba entre flores sin burlarse de ellas

y volteaba en la campana hueca

del cielo, sordo de la campanada.

Pero en el aire se juntaban fuerzas,

tretas de cazador, silbos de flechas…

—Y quiere huír. Y rueda sin sollozo.

Que lame el asta atravesado el oso,

y éste miraba sonriendo el bronco

árbol que salta de su corazón.

Río de Janeiro, 1931.—VS

Alfonso Reyes, Obras completas X, Constancia poética, Fondo de Cultura Económica, México, 1996, p. 130.

En el día americano. Por Alfonso Reyes

Entre personas de la familia, que habitan bajo el mismo techo, suelen suprirnirse fórmulas de cortesía reservadas a los extranos. Los buenos dias y las buenas noches se simplifican, y el no hacerlo así resultaría una afectación insoportable. —Amigos brasileños: me estáis acostumbrando tanto a considerarme como uno de los vuestros y a abrirme un sitio en vuestras fiestas espirituales, que ya comienza a parecerme afectado el insistir en la emoción con que correspondo a vuestra gentileza, y vosotros mismos tendréis la culpa si las expresiones de mi gratitud son cada vez menos aparentes. Después de todo, no hay mal en ello: ello significa que vamos sustituyendo la cortesía convencional por la fraternidad y la colaboración. Sin embargo, no puede menos de conmoverme que hayáis querido asociar a vosotros al representante de México precisamente en la celebración del Día Americano, símbolo de concordia entre nuestros pueblos, proporcionándome así esta brillante ocasión de explicarme en público sobre ideales que nos son igualmente caros. Sin duda os habéis acordado de que llevo muchos años combatiendo como el último soldado en los empeños de la inteligencia americana. Y entiendo aquí por inteligencia el mutuo conocimiento, base única de toda concordia. Y cuando evoco la idea de concordia americana, no puedo menos de asociar tácitamente a las antiguas metrópolis, descubridoras y colonizadoras, cuyo nombre late siempre en nuestra conciencia cuando hablamos de América. Me permitiréis que, dirigiéndome a un auditorio como éste, dé por demostrada la ventaja de crear relaciones espirituales, de información, de conocimiento y de simpatía entre los pueblos, aun en el caso de que no existan entre ellos relaciones mercantiles actuales. Me permitiréis que considere el guarismo y el alfabeto como fenómenos de igual importancia, que se nutren y se alimentan mutuamente. En consecuencia, me permitiréis que no entre aquí en vaguedades y tautologías sobre la prioridad de la gallina o del huevo, a propósito de las concomitancias entre comercios y culturas. Hay, en nuestra inmensa familia americana, muchos países que hoy por hoy no cambian productos entre sí; no hay razón ninguna para que, por sólo eso, se abstengan de comunicarse sus ideas, sus hechos de cultura. Dejemos nuestras voluntades abiertas al soplo de lo desinteresado y lo gratuito. Que es tal la lealtad de la naturaleza, que ello ha de redundar a la larga hasta en provecho material propio. Prescindamos, pues, por un instante, de esa noción mezquina y utilitaria que en vano procura reducirlo todo al esquema de la compra-venta. Saludemos con todo respeto a los que cuidan de los intereses materiales del mundo, y entremos derechamente a lo nuestro, que son los intereses espirituales.

Mi experiencia de los medios culturales de América no es muy vasta, pero sí ha sido suficiente para revelarme la incomunicación que existe entre unas y otras de nuestras repúblicas. Todo el que, en América, fatiga una pluma, ha tenido alguna vez ocasión de enfrentarse con este mal y lamentarlo. No nos conocemos. La antología de los errores que, en materia de información precisa, cometemos al hablar unos de otros, avergonzaría al Continente. No digo errores de apreciación, o aquellas deformaciones inevitables de la perspectiva que siempre acontecen (y no siempre son perjudiciales) al mover el punto de vista. Sino errores brutos, de dato, de fecha y de nombre, de desconocimiento de las publicaciones, de los sabios o los escritores de otro país, y aun del mismo carácter del pueblo que tenemos al lado, pasando el río.

De tiempo a esta parte, es muy grato reconocerlo, se ha desarrollado una efervescencia de curiosidad mutua entre los escritores y los medios intelectuales de nuestra América. Singularmente, entre los literatos y los poetas, que son, de todos los trabajadores del espíritu, los que operan con valores más universales, los que abarcan mayores zonas del alma,y también aquellos cuya labor es más vivaz y ostensible. Óiganlo bien los tartamudos que se vengan de la palabra declarándola impotente: este comienzo de solidaridad no ha sido efecto del comercio ni de la política, sino de la poesía, es decir: del espíritu. Esta virtud naciente puede apreciarse, por ejemplo, en la solidaridad con que se apoyan moralmente entre sí las juventudes universitarias de países americanos muy distantes. Los casos están al alcance de todo lector de periódicos, y revelan un nuevo estado moral en nuestra Amé- rica. Las juventudes universitarias son, por esencia, en nuestras sociedades, las agrupaciones más alertas —en tanto que agrupaciones— a las corrientes espirituales que soplan por América. Son, además, los únicos organismos que, ligados profesionalmente a la vida intelectual, se encuentran en condiciones de ejecutar estos actos solidarios del espíritu. Y esto por dos causas: la primera porque conviven constantemente y están ya agremiados de antemano; la segunda, porque constituidos por gente joven, poseen el ímpetu, y hasta la osadía algunas veces, que, en el caso, se hacen indispensables.

Pero no nos deslumbremos: estos episodios universitarios, si bien son intentos de una nueva circulación del espíritu en nuestra América, distan mucho de ser la conquista última a que aspiramos. Tales hechos, si los miramos de cerca (prescindiendo de los meros desórdenes domésticos por razón de exámenes y programas, cosas todas de que por ahora no tratamos, y refiriéndonos sólo a los casos de verdadera trascendencia humana y continental), tales hechos tienen tanto de hechos culturales como de hechos políticos y, con frecuencia, este último matiz es el más acentuado. Vivimos una era política; la política se insinúa hasta los templa serena de la enseñanza, agita el espíritu de las juventudes y las arrastra muchas veces a servir de instrumento a pasiones ajenas a sus propios fines. En varios centros universitarios de América, estos últimos tiempos, hemos visto a las juventudes lanzarse apresuradamente a una campaña pública, y sacrificarse en ella de un modo inútil. Cerrar los ojos ante esta fase actual de la vida americana es un crimen. Desconocer esta desazón es descuidar el porvenir. El hombre de cultura, que, pasados los cuarenta años, sea incapaz de mirar la mocedad que anda en veinte, sin un sentimiento de amor y angustia paternales, ni será hombre de cultura, ni siquiera hombre, sino un mutilado moral de la especie más lamentable. Sobre toda juventud se cierne una esperanza. Y el primer deber de los hombres de cultura en nuestra América, que viven todos más o menos uncidos al carro universitario, sería tomar acuerdos comunes que formen una como muralla moral, para evitar por una parte que esas criaturas en vía de desarrollo desperdicien atrozmente la frescura de que, en bien de la sociedad, son depositarias, y para corregir por otra parte la forma en que se ha procurado reprimir esas explosiones que, como quiera, fueron muchas veces el estallido de ideales justos y legítimos. Cuando los estudiantes de hoy sean los catedráticos de mañana, habremos dado un paso más, porque esos catedráticos ya conocerán en carne propia, por una parte, la inutilidad de querer apoderarse de la realidad antes de conocerla y, por otra parte, el respeto que merecen el dolor y la indignación de la juventud, que algún día fueron sentimientos suyos. Por eso las noticias de las huelgas y descontentos en las escuelas, cuando tienen, repito, verdadera trascendencia humana, merecen nuestra atención más profunda, la más delicada, la más sensible.

Como veis, estas juventudes nos dan ejemplo, a su modo, de una comunicación espiritual entre los que pudiéramos llamar los hijos de la cultura. Y este ejemplo debiera ser imitado por los padres de la cultura, por los creadores y distribuidores de la cultura en nuestros pueblos. Tal comunicación entre los intelectuales tendrá necesariamente que producir también efectos políticos. Sería pueril disimularlo. Y ya es bueno que todos se convenzan de que la función política es una facultad general repartida entre todos los hombres. La política no es coto cerrado. Todo acto humano se refleja en la polis y todo redunda en bien o en mal de la convivencia entre los hombres. Cuando los intelectuales de América se hayan dado la mano, habrá cambiado fundamentalmente la vida política americana. Porque entre todas las energías del mundo, el espíritu es el transformador y modelador más activo: es el escultor que nos labra. ¿Cuál será, entonces, la fisonomía política de América? Es aventurado decirlo, pero todos saben que la inteligencia es unificadora y aspira a organizar las acciones humanas en un sentido constructivo.

Pero esta marcha de las congregaciones intelectuales hacia la política no debe alarmamos como nos alarma un poco el montón de chicos que se echan a las cuatro esquinas a recibir palos de los gendarmes. Porque, esta vez, el conocimiento habrá precedido al acto, y será la comunicación puramente espiritual la que provoque, en su decurso, efectos políticos y no viceversa. La evolución acontecerá entonces en una masa de hombres ya maduros, que ya saben luchar con más persuación y menos violencia, que tienen autoridad en su país y son escuchados en el extranjero, que por ser ya conocidos se encuentran defendidos mejor y que, en el peor de los casos, tienen ya sus cuentas bien saldadas con las felicidades terrenas. En tanto que, en la otra postura, la del arrebato ciego de las juventudes, los resultados han sido estériles o sólo fértiles en desastres, y crean en el hombre de mañana un complejo de amargura y cautela cuyas consecuencias ignoramos. Someto estas reflexiones a la buena voluntad de los maestros americanos, y de los que tienen hijos sobre todo. No consintamos que el año sea afligido en su primavera.

El asunto que aquí recorremos a grandes pasos es de una oportunidad terrible. Y no sólo a los americanos nos preocupa, sino a los intelectuales del mundo entero. Europa, la vieja Europa cuyas culturas gozan de un sistema ya tan elaborado de vasos comunicantes, experimenta ahora mismo la necesidad de perfeccionar la circulación del espíritu. ¡Cómo no hemos de experimentarla en América, donde apenas están en formación las venas y arterias del vasto cuerpo, donde entre una y otra nación intelectual hay grandes regiones de selvas vírgenes tan impracticables como las otras!

Precisamente en estos momentos, llega a los intelectuales de todo el mundo un llamamiento lanzado, ante el Comité Permanente de Letras y Artes de la Sociedad de las Naciones, por dos ilustres maestros —el poeta Paul Valéry y el historiador del arte Henri Focillon— llamamiento que se ha encargado de distribuir el Instituto Internacional de Cooperación Intelectual, también dependiente de la Sociedad de las Naciones. E insisto en el carácter de este acto: no se trata de manifiestos descabellados o de una gritería de bohemios irresponsables, sino de problemas seriamente propuestos a la consideración de los hombres competentes por el instituto que reúne la mayor suma de representación de los gobiernos del mundo. Este llamamiento viene a decir que sin una sociedad de los espíritus no hay sociedad de las naciones; que en la época actual, cuando la magnitud y el prestigio de los problemas técnicos amenazan perturbar las conciencias y provocan graves inquietudes sobre el porvenir de la civilización, importa dar al cambio de pensamientos mayor energía, mejor organización y más constancia. Se contempla la posibilidad de provocar una correspondencia, un trueque epistolar, entre los más calificados representantes de la alta actividad intelectual, correspondencia semejante a la que existió siempre entre los duques del pensamiento en las épocas renacientes de la vida europea. Se habla de publicar metódicamente esta correspondencia, cuyos temas serían tan varios y graves como el desconcierto mismo de la humanidad contemporánea. Y se ataca desde luego el primer problema, sometiéndolo al examen de los intelectuales. He aquí el primer problema, cuyo enunciado es ya patético:

—¿Cuál es, cuál debe ser, en el estado actual del mundo, la función del orden intelectual? ¿Qué une, qué separa al orden intelectual y al orden político? Este orden intelectual no implica en manera alguna la odiosa y anticuada noción de clase, de casta o secta de iniciados. Hay intereses más generales e imperiosos que los intereses corporativos, hasta hoy materia exclusiva de la Sociedad de las Naciones. Por sobre los intereses de clases, de partidos y de países, están los intereses supremos del hombre, y son éstos los que quedan a cargo del orden intelectual. No contestar a esta cita de honor o convertir la discusión del tema en mero juego académico tanto sería como hacer dejación y abandono de la civilización en manos de la casualidad; equivaldría a confesar el antagonismo entre dos humanidades: la una que viviría conforme al espíritu y alejada de todo negocio como planta estéril, y la otra que viviría conforme al instinto, erigiendo arbitrariamente en doctrinas los apetitos más groseros.

Me ha tocado la honra de figurar entre los emplazados por esta generosa demanda, y quiero contestar que en América, en toda nuestra América, hay unos cuantos millones de hombres dispuestos a evitar, cada día con más empeño, que la casualidad nos maneje. Que, por suerte, la inteligencia no ha tenido tiempo entre nosotros de romper con los estímulos de la acción, como acontece en los países agotados por viejas civilizaciones, donde pueden edificarse torres de marfil y teorías estrafalarias conforme a las cuales el hombre de pensamiento que participe en la vida de su siglo viene a ser un “clérigo traidor”. Que, entre nosotros, los sabios tienen todavía que ser hombres públicos, y que de esta circunstancia, que pudo sernos desfavorable en otro momento de la historia (y sin duda lo es en el orden puro del espíritu), esperamos una ventaja. No para hoy ni para mañana en la tarde; estas evoluciones son largas. Aquí se trata de un proceso de maturación que no puede ser apresurado —¡casi digo que por desgracia!— con ayuda de la violencia. No: lo que en este proceso importa es la dirección adquirida, y esta dirección comienza ya a precisarse. Y la ventaja que esperamos será el que los hombres de disciplina espiritual, de cultura y de técnica —desde el filósofo hasta el artesano— los que se han castigado a sí mismos para adquirir un conocimiento o un adiestramiento verdaderos, los que han dado en consecuencia sus pruebas morales suficientes, empuñen algún día decididamente las riendas de la sociedad, para que el hombre americano sea más feliz y encuentre un orden plenamente responsable a quien acudir en su eterna brega. Porque sólo hay responsabilidad plena donde hay plena conciencia.

Entendámonos: un optimismo candoroso no pasa de ser una cobardía. Lo mejor para el intelectual absoluto, lo mejor para la inteligencia es conservarse en un término moderado respecto a la acción, y sólo participar en ella lo indispensable, reservándose un sitio de orientación y consejo. Pero, a la hora de los naufragios, también el capitán presta mano al timón, las bombas y las cuerdas. Habrá una o varias generaciones de intelectuales sacrificados en el servicio de la nueva sociedad. Esperemos que se conceda a unos cuantos el privilegio —privilegio precioso a la humanidad— de aislarse un poco y conservar el tesoro de la cultura adquirida, salvándolo íntegro para las generaciones de mañana. Aun allá, en aquella Rusia que se retuerce en transformaciones que todo lo invaden y penetran, se deja, sin embargo, al investigador Pavlov bien guarecido contra la tempestad que a todos azota, para que siga, en beneficio de la futura ciencia, estudiando durante largos años un solo fenómeno de la fisiología: el reflejo de la salivación en los perros. Los demás, los que no sean Pavlov, que saquen de necesidad virtud y se echen a media calle. Quiero decir, que se abracen decididamente con la inquietud social de su época, y aporten sus luces y su voluntad, su teoría y también su práctica. No dejen que sólo el rencor, que sólo la desesperación dibujen los contornos de la sociedad de mañana. Abrase paso la Inteligencia: reclame su sitio en la primera trinchera. Y los que sólo tengan costumbre de tratar con ideas y no sepan tratar con hombres, ésos, que acepten su dolor. Aquí os traigo el aforismo de Goethe: “No basta saber: hay que aplicar. No basta querer: hay que obrar.”

Relacionad, pues, a vuestros hombres de pensamiento unos con otros. Sed ingeniosos e incansables; discurrid medios para crear los vasos comunicantes: labor de prensa, correspondencia, obligación de cambiar libros a través de ciertos organismos adecuados, exposiciones de arte, conciertos, viajes de profesores y de estudiantes, congresos de escritores, sistemas de investigaciones paralelas, ¡qué sé yo! La preocupación avizora os sugerirá los recursos. Lo que el primer día es quimérico, el segundo día ya es probable y el tercero se ha comenzado a realizar. Tal sea nuestra meditación, tal sea nuestro “ejercicio espiritual” para el Día Americano. El mejor tributo que podemos ofrecer a la memoria de Bolívar, de San Martín, de Hidalgo, de todos los creadores de la independencia americana, es pensar con seriedad en el porvenir de nuestros pueblos. Lo que vosotros intentéis lo continuarán vuestros hijos y lo realizarán vuestros nietos. Desde aquí me parece oír sus bendiciones. Para eso hemos luchado.

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Oración por Atenea política. Alfonso Reyes

No olvidéis que un universitario mexicano de mis años sabe ya lo que es cruzar una ciudad asediada por el bombardeo durante diez días seguidos, para acudir al deber de hijo y de hermano, y aun de esposo y padre, con el luto en el corazón y el libro escolar bajo el brazo. Nunca, ni en medio de dolores que todavía no pueden contarse, nos abandonó la Atenea Política.

     No quiero despedirme sin recordaros que esta divinidad tiene muchos nombres, no contando el que Zeus le prodiga en el poema homérico (“querida ojizarca”) que más bien es un apodo paternal cariñoso. Repetir los nombres de las divinidades es una forma elemental de plegaria. Orar quiere decir hablar con la boca. Oremos:

Atenea, además de Polías o política, se llama Promacos, que viene a ser campeón en las armas, diosa campeadora; se llama Sthenias o pederosa, Areia o de bélica naturaleza. Y todo esto significa que nunca deja de enmohecerse su tradición, sus victorias pasadas, sino que a cada nueva aurora madruga a combatir por ellas. Atenea se llama también Bulaia, porque asiste y juzga en los consejos, porque sofrena la cólera del héroe tirándole oportunamente por las riendas de la cabellera; y se llama Ergane, maestra de artesanos, por donde la escuela y el taller se confunden. Por último, Atenea es Kurótrofos, nutriz de los retoños, diosa que alimenta los nuevos planteles de hombres. Protectora de los muchachos, ella os defienda y os ampare, ella os guíe, ella os fatigue y os repose.

Alfonso Reyes, “Atenea política”, Universidad, política y pueblo, UNAM, México, 1967, pp. 97-98

Salambona. Por Alfonso Reyes

¡Ay, Salambó, Salambona,
ya probé de tu persona!

¿Y sabes a lo que sabes?
Sabes a piña y a miel,
sabes a vino y a dátiles,
a naranja y a clavel,
a canela y azafrán,
a cacao y a café,
a perejil y tomillo,
higo blando y dura nuez.
Sabes a yerba mojada,
sabes al amanecer.
Sabes a égloga pura
cantada con el rabel.
Sabes a leña olorosa,
pino, resina y laurel.
A moza junto a la fuente,
que cada noche es mujer.
Al aire de mis montañas,
donde un tiempo cabalgué.
Sabes a lo que sabía
la infancia que se me fue.
Sabes a todos los sueños
que a nadie le confesé.

¡Ay, Salambó, Salambona,
ya probé de tu persona!

Alianza del mito ibérico
y el mito cartaginés,
tienes el gusto del mar,
tan antiguo como es.
Sabes a fiesta marina,
a trirreme y a bajel.
Sabes a la Odisea,
sabes a Jerusalén.
Sabes a toda la historia,
tan antigua como es.
Sabes a toda la tierra,
tan antigua como es.
Sabes a luna y a sol,
cometa y eclipse, pues
sabes a la astrología,
tan antigua como es.
Sabes a doctrina oculta
y a revelación tal vez.
Sabes al abecedario,
Rtan antiguo como es.
Sabes a vida y a muerte
y a gloria y a infierno, amén.

Río de Janeiro, 20 de agosto, 1935

Tomo X, Obras completas, Fondo de Cultura Económica, México, 1996, pp. 157-158