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El nombre de don Alfonso Reyes evoca, no solamente el del "maestro, el mexicano universal... renovador de la prosa castellana” al decir de Borges. También el de un polígrafo infatigable, autor de una obra vastísima, elegante y compleja, creador no sólo de una obra sino de “toda una literatura”. De esta manera establece Octavio Paz la dimensión de la obra alfonsina. Entendámonos, Reyes no es un simple escritor, sino todo un sindicato, una legión de escritores encarnados en una sola persona. Narrativa, ensayo, crítica, teoría e historia literaria, filosofía, divulgación de la ciencia, memorias, dramaturgia y poesía son algunos de los cauces principales que desembocan en el mar de la Cátedra Alfonso Reyes en Cuernavaca www.catedrareyes.org

Del perfecto gobernante. Por Alfonso Reyes

Ya se entiende que el perfecto gobernante no era perfecto: estaba lleno de pequeños errores para que sus enemigos tuvieran donde morder. De este modo, todos vivían contentos.

El pueblo tampoco era perfecto: lleno estaba de extraños impulsos de rencor. Cada año, el gobernante entregaba a la cólera popular una víctima propiciatoria por todos los errores del año.

Había dos ministros: uno de la guerra, otro de la paz. El ministro de la guerra era muy prudente y metódico, porque en esto de declarar la guerra hay que irse con pies de plomo, y en esto de administrarla, con manos de araña. El ministro de la paz era muy impetuoso y bárbaro, a fin de dar a los pueblos ese equivalente moral de la guerra, sin el cual, durante la paz, los pueblos desfallecen.

El gobernante procuraba que todas las ruedas de su gobierno giraran sin cesar, porque el uso gasta menos que el abandono. De tiempo en tiempo, al pasar por las alcantarillas, dejaba caer algunas monedas, que luego distribuía entre los que habían bajado a buscarlas.

Un día advirtió el gobernante que los funcionarios no cumplían con eficacia sus cargos: el servicio público era para ellos cosa impuesta, ajena. Entonces dejó que los funcionarios se organizaran en juntas secretas y sociedades carbonarias, con el fin de mandarse solos.

Desde aquel día, el servicio público tuvo para los servidores del Estado todo el atractivo de un complot. Ellos encontraron en el desempeño de sus deberes los deleites de los Siete Pecados, y el pueblo prosperaba, dichoso.

 

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Un propósito. Por Alfonso Reyes

HEMOS dado algunos en suspirar por los días de la Enciclopedia, echando de menos en los escritores el estudio de ciencias definidas, y lamentando tal vez que las nociones artísticas del estilo no se contrasten siempre —oh Buffon— con la observación de las realidades metódicamente analizadas. Yo vuelvo los ojos a mi alma mater, a mi Escuela Preparatoria, orbe armonioso de conocimientos generales; tiemblo de pensar que la ciencia me deja atrás; examino con curiosidad, y casi con emoción, los libros de Einstein; discuto por las noches, con mis vecinos, para identificar esa y la otra estrella, y tengo por amigo predilecto al doctor en insectos y alimañas, Fabre, el de Aviñón, cuya lectura recomienda tanto Julien Benda, este intelectualista de ceño fruncido y mal humor.

No es aventurado pensar que en esta afición me acompañan muchos. No es aventurado esperar que el gusto por las lecturas científicas acabe por imponerse otra vez. Ya el anti- intelectualismo llegó a sus extremos. Ya el romanticismo, vuelto simbolismo y decadentismo primero, y al fin futurismo y dadaísmo, tocó sus límites, se deshizo solo, cumplió su misión providencial. Los mismos cubistas de penúltima hora representaban ya un tanteo hacia la síntesis clásica. Picasso y nuestro Diego Rivera están ya de vuelta con lo conquistado. Hemos aprendido muchas cosas y podemos tornar a la tierra natural de donde salimos. Conocemos ya muchos secretos. La magia negra del espíritu se nos ha hecho cotidiana. Como Chesterton volvió, por el camino de las audacias religiosas, a la más perfecta ortodoxia, henos otra vez, a fuerza de impulsos hacia el despeñadero subconsciente, por el camino real de la razón. La razón es lo mejor que tenemos los hombres: temblemos de nombrarla. Gustemos de conocer, de estudiar, de entender. Basta de absorberlo todo por los tentáculos del misterio. El instinto trabaja en nosotros, a pesar nuestro: no vale la pena de preocuparnos por él a toda hora. El instinto solo exige cuidados de higiene. Pero la parte racional que hay en nosotros, ésa se cae a pedazos, se cae sola, si no nos curamos de restaurarla día por día. Yo, por mi parte, vivo asqueado del abuso de sentimentalismo que me ha precedido: acabemos con ese caos blanducho, con ese cieno que hay en el fondo, con esa pereza, ese desorden . . . Cosa sagrada el sentimiento: vivimos de rodillas ante él. Pero ¿no es verdad, Jean Cocteau, soldado de la extrema izquierda de Francia, no es verdad que el arte no debe ser un perpetuo chantage sentimental? Algunos, aquí y allá, en todo el mundo, hemos comenzado a entendernos a guiños de ojos. Vamos a hacer una cruzada por lo que hay de superior en el hombre. Vamos a conquistar, a fuerza de brazo si hace falta, el respeto para las alas. Hemos dado algunos en suspirar otra vez por lo que hay en nosotros que nos acerca al ángel. Fray Luis de Granada hace decir, llorando, al abad Isidoro: “Lloro porque me avergüenzo de estar aquí comiendo manjar corruptible de bestias, habiendo sido criado para estar en compañía de ángeles y comer con ellos el mantenimiento divino.”

 

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Respuesta. Por Alfonso Reyes

1º No sé, verdaderamente, cuál libro prefiero entre los míos. Así lo declaraba yo hace un par de meses al director de L’Amérique Latine, de París, y ahora lo repito al periodista de mi tierra que me interroga. Me interesan, de cierto modo especial, El suicida y El plano oblicuo, pero tampoco puedo olvidar a mis otros hijos. Yo siempre escribo bajo el estímulo de sentimientos —¿cómo diré?— constructivos. Lo que me deprime o me angustia nunca es fuente de inspiración en mí. Cada libro me recuerda un orden de estados de ánimo que me es grato, que me ha sido útil —íntimamente útil— dejar definido. Cuestiones estéticas, aunque escrito en la lengua tortuosa de la adolescencia, me recuerda las orientaciones fundamentales de mis estudios, mis primeros entusiasmos por los grandes libros. Cartones de Madrid es para mí, en su brevedad, toda una época de mi vida: la de mis alegres pobrezas. Los tomos de Simpatías y diferencias serán, a la larga, como un plano de fondo, como el nivel habitual de mis conversaciones literarias. Porque siempre estoy queriendo comunicar y cambiar ideas con los demás; y como no tengo ocasión de hablarlo todo, escribo lo que se me va acumulando. Es muy frecuente que el recuerdo de mis amigos me ande rondando al tiempo que me pongo a escribir. Hay, entre las mías, muchas páginas que llevan una dedicatoria entre líneas. De igual modo, tras de cada libro me aparece el cuadro de las emociones que lo empujaron, que lo produjeron. En mí, el razonamiento más clarificado y dialéctico procede siempre de un largo empellón de sentimientos que, a lo mejor, han venido obrando durante varios años. Así, cuando se me pregunta por un libro mío, corro el riesgo de contestar algo que no corresponde al libro en cuestión, sino a ese doble fondo invisible que las obras tienen a los ojos de su creador; a ese otro libro no escrito, de que el libro publicado es sólo un efecto final, un hemisferio visible; a ese libro fantasma que nunca conocen los lectores, y que los críticos nos esforzamos a veces por adivinar. (Me figuro, por lo demás, que otro tanto acontece a todos.) Pero, por regla general, libro escrito es deseo apagado. Esta ansia inagotable de encontrar sentido a nuestra vida, de hacer, con la materia fugaz de la conciencia, un ser congruente y objetivo, un poema; esta ansia, no bien acabamos una tarea, busca nuevos rumbos y aspira hacia la confusa obra en gestación. Es un anhelo que se parece tanto al amor. Los físicos demostrarían fácilmente que, cuando llega el apremio de escribir, hay palpitaciones cardíacas semejantes al sobresalto amoroso, e iguales descargas de adrenalina en la entraña romántica. Hoy por hoy, no sé ya qué pienso de mis libros escritos. Estoy ocupado, torturado y gozoso, con los que llevo dentro.

¿Qué fin persigo al escribir? Me guía seguramente una necesidad interior. Escribir es como la respiración de mi alma, la válvula de mi moral. Siempre he confiado a la pluma la tarea de consolarme o devolverme el equilibrio, que el envite de las impresiones exteriores amenaza todos los días. Escribo porque vivo. Y nunca he creído que escribir sea otra cosa que disciplinar todos los órdenes de la actividad espiritual, y, por consecuencia, depurar de paso todos los motivos de la conducta. Ya sé que hay grandes artistas que escriben con el puñal o mojan la pluma en veneno. Respeto el misterio, pero yo me siento de otro modo. Vuelvo a nuestro Platón, y soy fiel a un ideal estético y ético a la vez, hecho de bien y de belleza.

¿Obras en preparación? Eso es una cuestión doméstica. Yo acostumbro cerrar las persianas para estas cosas. Hablemos más bien de las obras de próxima publicación; es decir, ya dadas a la imprenta. Dejé en Madrid los originales de un libro de ensayos breves que se llama Calendario, el apunte cotidiano en la hojita de papel. Mi amigo Díez- Canedo me hace el favor de corregir las pruebas. Quien haya hecho otro tanto para el libro de un compañero, sabe lo que debo a este hombre sin par. Dejé también en manos de Rafael Calleja un poema dramático en verso libre, Ifigenia cruel, cuyas pruebas fueron ya revisadas por mí. Los último cuidados quedan al amigo Rafael, que, además de un editor excelente, es un fino hombre de letras. Me es muy grato no poder hablar de mis trabajos sin nombrar a mis amigos. Al cabo —decía Stevenson— toda obra impresa es como una carta circular dirigida a nuestros amigos.

4º No sé cuál será mi mejor poesía. Tengo, de algún tiempo a esta parte, cierta predilección por el Descastado, acaso porque me parece una poesía sincera y personal. La he publicado a renglón seguido, sin disposición de versículos, por razones de comodidad objetiva, y porque cada párrafo de ella, por llamarlo así, quiero que revele a los ojos su unidad interior. Pero el oído habituado percibe fácilmente ritmos y cadencias más allá de la regularidad métrica. Esta poesía no representa, afortunadamente, mi estado de ánimo habitual, sino el de un momento de caprichosa melancolía, de mal humor casi, en que sentí dentro de mí algo como la guerra civil psicológica que a todos nos amenaza, y más a los hijos de pueblos en que hay mezclas o mestizajes relativamente recientes. Me interesan más, como es de suponer, otras composiciones de nueva fábrica, pero inéditas todavía, de que aún no tengo derecho a hablar. El libro Huellas, en que aparece el Descastado, es un libro poco construido, donde establecí divisiones caprichosas que sólo sirven para desorientar al lector, cuando sólo debí hacer dos partes: lo viejo y lo nuevo. Pagué allí el pecado de no haber ido recogiendo y publicando los ciclos poéticos en el momento mismo en que se producían. Y a pesar de los abnegados esfuerzos de Genaro Estrada, ni él ni yo logramos evitar por todo el libro una viciosa vegetación de erratas. El primer ejemplar que cayó en mis manos me obligó a meterme en cama, en estado de verdadera postración nerviosa. Ventura García Calderón decía, en París: “Nuestro amigo Reyes ha publicado un libro de erratas acompañadas de algunos versos.”

Me cuidaré, en adelante, de dar más unidad a los libros de versos. Y tanto mejor si llegara a conseguir que cada libro fuera un poema.

México, junio de 1924.

 

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Río de olvido. Por Alfonso Reyes

Río de Enero, Río de Enero:
fuiste río y eres mar:
lo que recibes con ímpetu
lo devuelves devagar.

Madura en tu seno el día
con calmas de eternidad:
cada hora que descuelgas
se vuelve una hora y más.

Filtran las nubes tus montes,
esponjas de claridad,
y hasta el plumón enrareces
que arrastra la tempestad.

¿Qué enojo se te resiste
si a cada sabor de sal
tiene azúcares el aire
y la luz tiene piedad?

La tierra en el agua juega
y el campo con la ciudad,
y entra la noche en la tarde
abierta de par en par.

Junto al rumor de la casa
anda el canto del sabiá,
y la mujer y la fruta
dan su emanación igual.

El que una vez te conoce
tiene de ti soledad,
y el que en ti descansa tiene
olvido de lo demás.

Busque el desorden del alma
tu clara ley de cristal,
sopor llueva el cabeceo
de tu palmera real.

Que yo como los viajeros
llevo en el saco mi hogar,
y soy capitán de barco
sin carta de marear.

Y no quiero, Río de Enero,
más providencia en mi mal
que el rodar sobre tus playas
al tiempo de naufragar.

—La mano acudió a la frente
queriéndola sosegar.
No era la mano, era el viento.
No era el viento, era tu paz.

Alfonso Reyes, “Río de olvido”, Romances del Río de Enero, Constancia poética, Obras completas X, Fondo de Cultura Económica, México, 1996, pp. 385-386

Una carta de Werner Jaeger. A propósito de la publicación de La crítica de la edad ateniense

Profesor Alfonso Reyes,
México, D. F.

Querido profesor:

Hace ya algún tiempo que recibí un ejemplar, amablemente enviado por usted, de su nuevo libro La crítica de la edad ateniense publicado por el Colegio de México, y deseo manifestarle mi gratitud sincera por la generosa dádiva. Recientemente he tenido noticias de la producción erudita de los países de habla española al sur de los Estados Unidos, a través de los filósofos de la Argentina y por mediación del Fondo de Cultura Económica, de México. Probablemente ya sabrá usted que mi obra Paideia, traducida por su compatriota el ex profesor de Barcelona, Sr. Xirau, la publicará pronto el mismo Fondo de Cultura Económica que ha editado su libro. Me complace mucho encontrarme con estos signos de una nueva actividad humanista en este hemisferio, fuera de los Estados Unidos y de poder gustar sus frutos sin encontrar gran dificultad en el lenguaje.

No quise darle las gracias por el envío de su libro antes de conocerlo, y aun ahora no me atrevo a decir que conozco un libro tan nutrido e importante en todos sus detalles. Los capítulos sobre Platón y Aristóteles me llevarán más tiempo del que yo pude dedicar al libro durante las últimas semanas después de recibirlo. Estoy verdaderamente ansioso de conocer algo más sobre su interpretación de la crítica de la poesía, de Platón, y de la Poética de Aristóteles. Tendré que tratar de los dos en mi Paideia donde he intentado comprender el fondo y el punto de partida de la censura que hace Platón de los poetas griegos. El volumen en que yo trato este problema está terminado, traducido y se está imprimiendo a la hora presente. Me agrada ver que estamos acordes en el hecho fundamental de que no hay crítica literaria, tal como hoy la entendemos, en el veredicto de Platón en contra de la poesía. Creo que es una gran fortuna que usted haya expresado con tanta claridad y decisión el hecho de que la crítica literaria, como nosotros la entendemos, no existe en los períodos primitivo y clásico de la cultura griega, y que la crítica que aparece en aquellas centurias con respecto a lo que nosotros llamaríamos cuestiones literarias, arranca de otro motivo que la pura apreciación estética. Son cosa diferente las correcciones que Solón hace a Mimnermo, las censuras que Jenófanes opone a Homero y a Hesíodo y la manera como Platón en Las Leyes reproduce la elegía de Tyrteo. Esta clase de corrección, hecha desde el punto de vista de la verdad, lleva directamente a la epanorthosis estoica y al método similar usado por los padres de la Iglesia cuando corrigen a sus predecesores paganos en el campo de la Paideia.

En mi opinión, el mérito más sobresaliente de su libro, es que no descarta el período clásico por esta razón, como ocurre frecuentemente en el caso de los interesados en el problema de la crítica literaria en su pura forma, sino que persigue cuidadosamente el desarrollo gradual del elemento crítico en la vida y en la literatura griegas en todos sus aspectos. En este sentido, usted ha logrado expresar claramente cómo en el periodo clásico, junto con la moral, con la política y la crítica religiosa surge gradualmente la crítica de las cualidades estéticas de las obras literarias. Este hecho es omitido la mayoría de las veces aunque es de la mayor importancia para el desenvolvimiento y expresión general de aquel gusto infalible que Cicerón en “El orador” atribuye al público ateniense. Me encanta especialmente su descripción de la primera etapa privada, de aquella evolución, la existencia anónima de una sensibilidad refinada y de una reacción crítica circunscrita en su expresión a círculos estrechos. Seguramente su propio contacto con una crítica preliteraria semejante le ha ayudado a usted a encontrar los síntomas análogos de la Atenas clásica. He leído con sumo agrado lo que usted dice sobre la diferente manera de apreciar los personajes y las obras literarias en el país del autor y en el extranjero, en los círculos literarios creadores y en el ámbito de los profesores de literatura. Otro rasgo que quiero mencionar es su fina comprensión del elemento estético en la crítica de Aristófanes sobre Eurípides y la literatura en general. Aunque es particularmente evidente que su juicio está dominado por otros factores, la presencia de un nuevo y sutil sentido literario es manifiesta y anuncia la venidera crítica literaria independiente de los tiempos helénicos. La misma mezcla se encuentra en Aristóteles, aunque presumo que Teofrasto en sus libros perdidos Sobre el estilo, debe haber marcado un progreso decisivo en la dirección de una pura apreciación estética puesto que ejerció una enorme influencia en Dyonisio de Halicarnaso, Cicerón y toda la crítica posterior.

En su capítulo “anacrónico” al final del libro, ha expresado usted la reacción natural del pensamiento moderno con respecto a la ausencia del juicio puramente literario de los períodos primitivos y clásicos de Grecia. No es fácil en realidad comprender cómo nosotros podríamos volver en nuestros días a la subordinación griega del factor estético a lo que ellos creían que eran verdaderamente los factores esenciales, morales y políticos de las creaciones poéticas, que tanto nos gustan.

Por otra parte, creo que ya es hora de apreciar y de considerar seriamente los hechos, que usted ha expresado tan vigorosamente, en un lenguaje poderoso que destaca su importancia para nuestra comprensión histórica de la naturaleza y de la estructura verdaderas del espíritu clásico griego. Las conclusiones de su libro, con las que yo convengo, y lo que yo he intentado decir sobre el mismo problema desde el punto de vista opuesto, el de la Paideia, parecen abrir de nuevo la discusión de nuestras conexiones con las formas clásicas y helenísticas de la cultura griega.

Deseando a su libro y a sus actividades un éxito completo, quedo de usted sinceramente.

Werner Jaeger

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