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Ciencia y deber social. Por Alfonso Reyes

Se ha dicho que todo el hombre es vida social. Los esfuerzos teóricos para concebirlo en aislamiento sólo tienen un valor de acertijo y son una prueba “apagógica” o por reducción al absurdo. Así, el Robinsón infantil no hace más que esforzarse por sustituir el alimento social de que se ve privado, demostrando por la negativa lo indispensable, lo precioso de semejante alimento. Y los Robinsones metafísicos, desde Aben-Tofail a Gracián y sus imitaciones, no son más que ejemplos fecundos de cómo el solitario camina, a tientas, hacia la meta de la vida social. Como el tema del río es el mar, el tema de Robinsón es la sociedad, en la que se afana por desembocar algún día.

Si todo el hombre es vida social, la ciencia social comprende el registro de todas las posibles disciplinas humanas, y en ella todas se confunden. La economía del espíritu la obliga, sin embargo, a recortar tan imperiales fronteras, reduciendo convenientemente sus técnicas a lo que pudiéramos llamar el delta del río, y dejando para otras ciencias las peripecias anteriores de la corriente. Después de todo, la realidad es continua y todas las cosas y todos los conocimientos se entrecruzan: viven de su mutua fertilización.

Pero como la inteligencia humana no alcanza los ensanches angélicos, procede según el Discurso del Método, reparte en porciones la dificultad, y encomienda a sendos oficiales el cultivo de cada región determinada. ¡Pero ay de la ciencia que olvida la integración de sus destinos humanos, y particularmente si ella es la ciencia social! Esta integración se llama ética. El especialista—y hoy todos lo somos, por la multiplicación de los conocimientos y las técnicas— nunca debe abandonar los universales, a riesgo de engendrar monstruos y de dar pábulo a los crímenes. La cultura de la Antigüedad jamás perdió de vista sus destinos sociales. La tarea de edificar y conservar la Polis —la “defensa de los muros” que decían los líricos y los filósofos— era su punto de imantación. Produjo las más portentosas obras de arte, al grado que muchas veces se ha pretendido interpretarla conforme al criterio puro del estetismo, y casi de la sensualidad. Pero a la hora de juzgarse a sí misma, la Antigüedad sólo aplicó tablas de valores religiosos, éticos y políticos. Por eso era una cultura; es decir, una integración.

La cultura de la Edad Media, en su intensa referencia a Dios, no dejaba resquicio por donde se fugaran las energías de su sistema, y transportaba derechamente al hombre en sus brazos, por la cuesta de la salvación. La cultura moderna se nos fue volviendo un mosaico, por falta de nexo, por enmohecimiento de la brújula. Cada pieza nos aparece mucho mejor trabajada en sí misma que los ladrillos, algo toscos, de la época anterior. Pero ya las piezas no encajan fácilmente en el rompecabezas, por falta de un plan de conjunto. Digamos en honor de Comte que se afanó por sustituir el antiguo misticismo por un misticismo del servicio humano. Pero las desatadas corrientes científicas y filosóficas asaltaron por mil partes su improvisada ciudadela hasta que no la hicieron pedazos. Dígase lo mismo para los sueños de los llamados “socialistas utópicos”. Y hoy por hoy ¿qué es esta crisis que padecemos, sino un disparate de la especialización que ha perdido el norte de la ética? En vano el inventor sueco quiere demostrarnos que la dinamita se fraguó para servir a la industria, al bienestar de los hombres. En vano deja el testimonio de su filantropía instituyendo premios a las ciencias y a las artes. El especialista sin universo usa de la dinamita para matar hombres. ¡Triste destino el de nuestros descubridores contemporáneos! Yo estaba en Río de Janeiro cuando, una mañana, Santos Dumont apareció colgado en su casa. Y no se ha repetido suficientemente que aquel precursor del hombre aéreo dejó escrita una carta en que pedía perdón a los hombres por haber lanzado al mundo una máquina que resultaba ser, por excelencia, el arma de todas las destrucciones.*

¿Queréis una rápida caricatura de la enfermedad que hoy padecemos? Pues imaginad al fisiólogo que sólo piensa y obra como fisiólogo, y abre las entrañas de su hijo para estudiar sus palpitaciones secretas; imaginad —contemplad mejor— un Estado que mata a sus hijos para sólo alimentarse con ellos, porque sólo piensa en fines abstractos, y ha olvidado que nació para servir al hombre. Estamos enfermos de una dolencia extraña: se ha vuelto loco aquel recóndito pulso del alma en que reside el sentido de la orientación. Estamos heridos en el rumbo, estamos cercenados del Norte.

Si en todas las ciencias el deber social se impone hoy como nunca, mucho más en la ciencia social, cuyo asunto mismo es el problema político, altamente considerado; es decir: el problema de la convivencia del hombre con el hombre, camino de su felicidad. Problema de tal magnitud rebasa con mucho las posibilidades de los hombres de ciencia reunidos en este Congreso, por muy eminentes que sean, puesto que no podríamos abarcar desde esta sala la humanidad entera. Pero, como Goethe decía, si cada uno barre el frente de su casa, entre todos habremos limpiado toda la ciudad. El problema, por otra parte, ante la inminencia de los actuales peligros, parece que incumbe más bien al despacho de los gobernantes que no al laboratorio de los sabios. Pues señores, los gobernantes, por educación, por deber y por oficio no pueden considerar las cuestiones en esos cuadros panorámicos que llamamos campos científicos. Los distrae el incidente diario, que exige su diaria resolución. Por mucho que hagan, por mucho que se desvelen, está en la naturaleza de las cosas el que los árboles mismos les estorben para ver el bosque. No sucede así con los hombres de ciencia, libres de todo compromiso administrativo y de todo apremio burocrático, y adiestrados ya en esta contemplación a larga vista, que es la esencia de los estudios históricos. Y ha llegado la hora de que los hombres de ciencia fuercen la puerta de los gobernantes y se hagan oír. Al fin y al cabo ellos no piden prebendas ni disputan puestos, sólo reclaman la función de consejeros que por derecho les corresponde, y que ya Platón les asignaba en una célebre carta, desde el momento, decía, en que no puede realizarse el sueño de que los filósofos sean monarcas. La humanidad está ya cansada de que la dirijan la casualidad y la improvisación, que son los inevitables caminos por donde se ve obligado a marchar el que tiene que proponer, para los males de cada día, panaceas de efecto instantáneo. Si los gobiernos quieren cumplir su difícil, su tremenda misión, en esta hora aciaga del mundo, tienen que escuchar a la ciencia. Si los hombres de ciencia no quieren pasar por monstruos aberrantes, talladores de cabezas de alfiler sin respeto para las cabezas de los hombres, tienen la obligación de hacerse escuchar por los directores políticos.

Armados de este criterio, acerquémonos ahora a nuestro mundo americano. De tiempo atrás, América viene dando señales de inquietud ante la descomposición de Europa, que primero ensayó en España la virulencia de sus armas para luego entregarse abiertamente a su deporte hoy favorito: el destruir todo lo que construye.

Maestra civilizadora de larga proyección imperial, he aquí que Europa vacila y pierde el juicio. Los americanos, siempre acusados de inquietos y hasta de sanguinarios, han visto con estupefacción que sus mismas revoluciones endémicas aniquilan menos vidas en dos lustros que las asonadas europeas en una semana, para no hablar de los combates.

Dígase si se quiere que ello es efecto de las formidables máquinas de guerra de que por acá no “disfrutamos”. Pero los hechos son los hechos: junto a aquellos crímenes colectivos, las últimas reyertas americanas resultan torneos caballerescos, donde los caudillos se citan al lance en campo abierto, lejos de mujeres y niños. Hasta es conocido el rasgo, santamente cómico y más en este siglo xx, de cierto sublevado que renunció al éxito y se detuvo a las puertas de alguna ciudad sudamericana “a petición de las familias”, o el rasgo no menos expresivo de una provincia alzada contra la capital que prefirió rendirse —como decía el parte de guerra— “para salvar el patrimonio” de la región.

Ahora, ante la locura de Europa, se da el caso patético de un Continente que quiere defenderse con un cordón sanitario. Nada hay más terrible en la Historia. Hay que remontar hasta la Mitología, donde encontramos a Gea, hembra recelosa, escondiendo a sus crías en el seno para sustraerlas a la demencia devoradora del padre Cronos.

América puede enorgullecerse de una tradición jurídica de conciertos continentales que se han mantenido desde hace cincuenta años, lo que nunca ha alcanzado Europa. No importan los errores, las deficiencias, los tropiezos: el gran ideal se ha conservado y ha ido rindiendo algunos frutos. Más de un conflicto bélico ha podido atajarse por medios pacíficos. Y cuando una guerra ha estallado, la conciencia americana la consideró como un dolor inevitable, no como un motivo de orgullo. En este acento de intención se funda toda la dignidad ética del espíritu público.

Dígase si se quiere que todo esto pudo lograrse gracias al común denominador ibérico de nuestras naciones, que íntimamente las acerca a la comprensión hasta por ese vehículo intuitivo de las hablas afines. Pero los hechos son los hechos, afortunados efectos de la circunstancia que hacen posible una orientación de concordia, al menos como resultante, como último saldo.

El espíritu internacional, la educación internacional, han podido prosperar con relativo éxito donde las fronteras aparecen como convenciones políticas, sobre las cuales el hombre lanza una mirada familiar al otro territorio.

Y cuando en el Norte se habla de panamericanismo —desprendiendo la palabra de todas sus adherencias oficiales y generalizándola como noción pura— debe tenerse muy en cuenta que tal armonía reconoce por fundamento la homogeneidad iberoamericana; la cual, siendo tan vasta en sus ensanches, acaba por desbordar hasta las fronteras étnicas que parecían más infranqueables.

Así se puede crear un sentido continental en el que importa insistir por decoro del Nuevo Mundo, sin abdicar por eso de los mutuos respetos elementales: antes, al contrario, se funda en ellos. Pues si por desgracia la menor ambición imperial empeñara en algo tales respetos, al instante todo el edificio se vendría abajo. Entonces repetiríamos aquí el lamentable cuadro de Europa, con la desventaja de que aquí interpretaríamos “a la criolla” ciertos procedimientos que, si por allá causan estragos, por acá los causarían peores.

Ahora bien: política defensiva, precauciones armamentales, cordón sanitario, son arbitrios de la contingencia, pero no son soluciones científicas. Benditos sean tales arbitrios si siquiera nos ayudan a parar el golpe inmediato. Después de todo, primero es ser que filosofar, como dice el proloquio clásico, y ante la ofensa inmediata se opone la defensa inmediata. Pero éstos no pasan de ser recursos desesperados, para atajar de momento un mal, sembrando al paso nuevos males futuros. Mientras los gobiernos se mantienen en guardia en la primer trinchera, la ciencia debe trabajar denodadamente en la segunda trinchera, preparando alivios más trascendentales. A los gobiernos americanos, que se juntan una y otra vez para afrontar como quiera algunos remedios urgentes, no podemos pedirles que planteen las cuestiones en toda su integridad científica. Agradezcámosles en buenhora que se sientan inspirados en el grande ideal de un Continente que, desde su aparición en la historia, siempre ha anhelado ser el teatro donde se ensaye una humanidad más justa y feliz. Agradezcámosles que abran crédito y confianza a los fugitivos de Europa y sepan decirles: “Hombres de Europa, traed a nosotros, como Wilhelm Meister, vuestros ímpetus para las empresas del bien; no traigáis acá vuestros rencores.” Pero, entretanto, ayudemos a nuestros gobiernos, desde la retaguardia, para evitar que la nueva paz, o lo que resulte del actual conflicto, encuentre a nuestra América, último reducto humano, en el lamentable estado de impreparación en que la paz de Versalles sorprendió al mundo, estado de impreparación cuyas consecuencias todavía estamos purgando.

Las soluciones a larga vista, la preparación para el mundo nuevo con que pronto hemos de enfrentarnos —pues no esperéis que el pasado se reproduzca, porque la vida no es reversible—incumben a la ciencia. La educación, última instancia de la función política, tiene que inculcar pacientemente los nuevos hábitos mentales que hagan posible la existencia a la juventud y la conservación del decoro humano. Y la ciencia social tiene que investigar este caos en que ahora nos debatimos, abrir veredas, jardinar la maleza, y dictar así los preceptos en que ha de fundarse la educación.

Para no quedarnos en buenos propósitos y vaguedades, permitidme que dé algunos ejemplos y señale algunas intenciones concretas.

Sea, ante todo, lo que puede considerarse como el problema general de América. Lo que América es, lo que representa en este vuelco de la historia que presenciamos, debiera constituir una preocupación diaria y constante de todos los americanos: de los estadistas, de los escritores, de los maestros, de los directores de pueblos en el más amplio sentido de la palabra, de las juventudes universitarias llamadas a dar las orientaciones futuras, de las mismas masas infantiles a quienes, como ejercicio espiritual, debiera proponerse todas las mañanas una pequeña meditación sobre el sentido humano y los destinos del Nuevo Continente.

Es quimérico pensar que la humanidad se desarrolla por compartimentos estancos, y mucho menos en nuestro tiempo. La era de las civilizaciones que se ignoran ha pasado definitivamente; empezó con la prehistoria y se cerró, en concepto, con el descubrimiento de América. Y lo que era ya verdad en concepto, lo que era ya desde el siglo XVI una posibilidad teórica, poco a poco se resolvió en una realidad práctica merced a la Física, honor del pensamiento occidental, que gradualmente fue metiendo como en un puño el tiempo y el espacio terrestres. Hoy el suceder histórico es común a toda la tierra y es, en cierto modo, simultáneo.

Así pues, ante hechos como los que estamos presenciando, cuyo foco principal es Europa, cuyo foco secundario es Asia, y cuyo reflejo inmediato afecta al África, ¿pueden las medidas políticas unilaterales salvaguardar a América? ¿O en qué grado se la puede, al menos, inmunizar relativamente contra los inevitables trastornos generales, siquiera para evitar que alcancen también entre nosotros los caracteres de catástrofe?

Este problema se descompone en varios problemas parciales, que resultan del modo en que el acontecimiento general afecta a los distintos grupos funcionales de América. De Norte a Sur, en el sentido de los paralelos, encontramos zonas bien discernibles: el Canadá y los Estados Unidos; México y el Caribe hasta la frontera de Colombia; la América bolivarina; la América lusitana; la América platense. Todavía pueden discernirse, en la multiplicación política de Sudamérica, ciertos matices en el sentido de los meridianos, de Oriente a Occidente: la faja atlántica, la faja interior, la faja pacífica. Y claro es que estas grandes zonas de distinta relación geográfica y de distinta vinculación intercontinental aún podrían dividirse en otras regiones circunscritas. Por ejemplo, en torno a las cuencas de los grandes ríos.

Pues bien, ¿con qué intensidad los acontecimientos extra americanos afectan a cada una de estas regiones, y hasta dónde puede cada una operar de momento la desarticulación sanitaria? ¿Afectan lo mismo el orden o el desorden europeo o asiático a las diversas zonas longitudinales y transversales de América? ¿Y hasta qué grado la repercusión de lo extra americano en cada zona determina una reacción inevitable en las demás zonas vecinas o lejanas? ¿Hasta qué grado, por ejemplo, los Estados Unidos dependen del orbe británico o “pertenecen a la paz británica”? ¿Hasta qué punto depende de ellos el resto de nuestra América, y si esta dependencia es total, o si es graduada a su vez según las diferentes zonas? ¿Hasta qué punto la zona platense depende del sistema comercial británico? ¿Cómo se gradúan y cómo pueden resolverse las intrincaciones británicas y norteamericanas en zonas de influencia mixta, como el Brasil?

Todavía falta preguntarse, para admitir en los supuestos del problema todas las posturas mentales posibles, si es o no preferible para América ofrecer resistencia; si no debería simplemente dejarse invadir de modo pasivo por la onda que barre a Europa. Pero desechamos al instante este punto de vista, porque lo que en Europa sucede es hasta ahora una destrucción y no una reconstrucción; y de aquí a que Europa comience su reconstrucción, habríamos perdido un tiempo precioso, y aun nos habríamos colocado, con punible imprudencia, en una situación de retroceso con respecto al estado de relativa “incontaminación” en que por el momento nos encontramos.

Todavía habría que considerar, junto al aspecto crudo de los intereses materiales, el de los intereses espirituales. Es más urgente la solución del primer punto, pero es más trascendente la del segundo. Hay que atender desde el primer instante a lo material y a lo espiritual. Y aquí entra desde luego la consideración de lo que América debe al concepto democrático tradicional y lo que puede esperar del nuevo concepto totalitario, aun suponiendo que éste no se encontrase actualmente desviado o polarizado hacia la sola pugnacidad bélica, lo que ya supone un grave extremo de saneamiento previo.

He aquí el programa para los trabajadores de la ciencia social, que no parece, por cierto, indigno de sus instrumentos y de sus capacidades. ¡Como que se trata, en una palabra, de orientar el huracán! Ya no es posible desvincular a América de la Tierra, hacer que las fuerzas desordenadas lleguen hasta nosotros en forma relativamente atenuada, en forma que admitan ser dirigidas en lo posible y, si los sueños fueran más que sueños, hasta aprovechables.

¡Quién sabe! América está esperando su hora y sintiéndola prefigurarse en los vaivenes del mundo. Algo prematuramente es llamada a su alto deber, su deber de continuadora de civilizaciones; pero alguna vez había que empezar y más vale pronto que tarde. En duro momento es convocada América a realizar su misión, pero todos los pueblos señalados para proseguir la historia lo fueron igualmente a causa de un desastre. El vuelo comienza contra el viento, no a favor del viento. La paloma de Kant se remonta gracias al obstáculo.

No hay tiempo de preguntarnos ya si estamos maduros para recoger la herencia de una cultura y transportarla definitivamente a nuestros cauces; para así, salvando la herencia, salvarnos de paso nosotros mismos. Al fin y a la postre, sin conciencia de la responsabilidad el adolescente no se transforma en hombre. Basta que sintamos la responsabilidad y que abriguemos en nuestro pecho la voluntad de responder al destino. Este querer es sin duda el impulso determinante de la madurez que ya nos reclama. En cierto modo, la catástrofe europea ha venido a ser un aviso providencial que nos despierta de la infancia. Entre las ruinas se columbra, así, nuestro sino de creación positiva. Los peligros esclarecen la conciencia de las culturas. Hijos de la cultura europea, nuestros países, a través de sacudimientos, han ido revelándose a sí propios su autenticidad histórica, y hoy por hoy podemos ya decir que nuestra América no quiere imitar, sino que aplica las técnicas adquiridas de Europa a la investigación de los fenómenos propios, lo cual, al mismo tiempo, le va revelando la posibilidad de nuevas técnicas americanas. Y ésta es la operación en que nuestra ciencia debe insistir ante los sucesos mundiales. Es innegable que tales sucesos nos perturban. Posible es que alcancen a perturbarnos todavía más. Pero no creo que nos arrastren necesariamente hasta impedir lo que hemos llamado la madurez americana.      ¡Al contrario! Hay que decirse y repetirse que ha llegado el momento ¡Ahora o nunca!

De este fenómeno general descrito a grandes rasgos para nuestra América, México, por los antecedentes de sus transformaciones sociales últimas y aun por su temperamento nacional y su sensibilidad política, que lo empujan nerviosamente a atacar todos los problemas a la vista, es, como si dijéramos, un testigo privilegiado: lo que se da para toda nuestra América en estado más o menos observable, aquí adquiere relieve de sobresalto. El testigo privilegiado, no quiere decir el testigo afortunado o feliz. La dignidad histórica se adquiere con sufrimiento. Quiere decir esto que el alumbramiento de lo americano, aunque tal vez se produzca aquí antes que en otra parte, tiene que costarnos redoblados padecimientos.

Pero volvamos a las consideraciones generales sobre América y sigamos con los ejemplos problemáticos. Seguramente que en las tradiciones del pensamiento jurídico americano, a que ya nos hemos referido, está la preocupación por crear un organismo de la paz. Hay, en tal sentido, mil esfuerzos dispersos y se han firmado varios tratados. Las partes signatarias coinciden y son las mismas para algunos de ellos. De unos a otros, ciertos preceptos se repiten y otros no ajustan del todo en un sistema teórico completo. Estos miembros desarticulados debieran reducirse a un cuerpo común, si es que han de ser eficaces. De lo contrario, todo es tropiezos y cruce de caminos que a veces se estorban unos con otros. Cabe a México la honra de haber sugerido dos veces ante los congresos interamericanos la creación de un Código de la Paz que concierte y concilie las conclusiones de todos nuestros pactos parciales, en una gradación sistemada, automática y comprensiva: la conciliación, el arbitraje y la justicia internacional. De este Código existen dos textos, redactados por los delegados mexicanos. En la primera versión (Montevideo, 1933) me tocó colaborar con el Lic. Manuel J. Sierra. En la segunda (Buenos Aires, 1936), con el Lic. Pablo Campos Ortiz, y en ella se unifica el lenguaje y se recogen algunas nuevas nociones más eficaces para coordinar los métodos de paz. El Código mexicano ha sido objeto de toda clase de recomendaciones teóricas y manifestaciones de aprecio. Pero siempre se consideró complicado el pedir de veinte repúblicas que acepten el revisar todo su sistema contractual. Y sin embargo, es fuerza que algún día se haga. El internacionalista Manley O. Hudson ha expuesto lúcidamente el laberinto en que se encontrarían, en nuestro actual régimen, dos países americanos en conflicto, aun suponiendo —lo que dista mucho de suceder— que ambos hubieran ratificado ya previamente todos nuestros actuales instrumentos de paz y tuvieran la mejor voluntad de someterse a las prescripciones pactadas (“The Inter-American Treaties of Pacific Settlement”, en Foreign Affairs, Nueva York, octubre de 1936) – Entrego a nuestros hombres de ciencia la sugestión de esta nueva e indispensable estructura.

Otro ejemplo más: varios intentos se han hecho, entre México, Buenos Aires, Río de Janeiro, etc., en la campaña que pudiéramos llamar “la paz por la historia”: la revisión de los textos escolares de historia, no para falsearla, sino para dar a las informaciones un espíritu de mayor comprensión internacional y más auténtica cordialidad humana. Han intervenido algunas sociedades científicas; se han firmado algunos tratados bilaterales, a los que después han accedido nuevos países; los Ministerios de Educación han anunciado concursos al efecto. Hasta ahora, labor dispersa. El punto es digno de un congreso americano entre los hombres de ciencia. Los resultados, a primera generación, se harían sentir.

La campaña de la paz por la historia ha tenido cuatro manifestaciones principales: 1, las iniciativas privadas; 2, las Conferencias Interamericanas; 3, las Conferencias Internacionales de Historia de América, y 4, los Tratados especiales. El reseñar las iniciativas privadas daría materia a un volumen, en que no podrían olvidarse antecedentes tan ilustres como El crimen de la guerra, de Alberdi; las excitativas de educadores e historiógrafos como Gilberto Loyo, Ricardo Levene, Rómulo Zavala, Enrique de Gandía, y aun del Club de Rotarios de Valparaíso, todas las cuales fueron tenidas en cuenta en el proyecto Cestero-Cohen-Cisneros-Reyes, presentado a la Conferencia Interamericana de Montevideo (1933), y en los Tratados Argentino-Brasileño y México-Brasileño (1933). En las Conferencias Interamericanas y las que de ellas derivan, el asunto ha reaparecido varias veces, ya en forma directa, ya soslayado entre otros temas conexos como en la resolución núm. 49 de Chile (1923), que propone “cursos de fraternidad continental”. Por primera vez el asunto fue considerado con amplitud en el ya citado proyecto de Montevideo (1933), el cual insiste en la creación de un Instituto, con sede en Buenos Aires, para la enseñanza de la historia en las Repúblicas Americanas. Allí la delegación uruguaya presentó otro proyecto afín, con referencia a las conclusiones del Primer Congreso de Historia (Montevideo, 1928). El delegado peruano A. Solf y Muro ofreció una iniciativa para la “formación de la conciencia panamericana”. Tres años más tarde, la Conferencia de Buenos Aires para la Consolidación de la Paz resucitó la cuestión. Como antecedentes europeos, deben recordarse el Congreso de La Haya (1932), en que Lapierre y Emery cambiaron puntos de vista encontrados; el de Praga (1935), en que se confrontaron el criterio objetivo y el criterio propiamente pacifista; el de París (1937), entre profesores de historia franceses y alemanes, que Albert Mousset calificaba de “gentlemen’s agreement pedagógico”. (Les Nouvelies Littéraires. París, 2, octubre, 1937.)**

Consigno aquí los anteriores apuntes para tentar a los aficionados, y paso a una consideración de mayor alcance, y que se refiere a uno de los males crónicos del pensamiento americano. Os aseguro que en las siguientes consideraciones no me inspira una preocupación exclusivamente literaria. No, no soy víctima de la deformación profesional, cosa contra la que siempre me he sublevado. No me guía solamente el amor y el cuidado que a las palabras concedemos, al fin como a materia prima de nuestro oficio literario. Tampoco queremos hacer retruécanos con el significado del vocablo “verbo”, cayendo una vez más en aquello de que al principio de todas las cosas era el verbo, o sea la palabra. Mucho menos deseamos ofrecer alegorías filosóficas como aquella de Renan, según la cual el universo es un diálogo entre el Padre y el Hijo, donde el diálogo es el Espíritu Santo que va encarnando en realidades. En suma, la creación como fenómeno lingüístico. Por supuesto que si nos empeñáramos en defenderlo, no faltarían razones; ahora mismo podríamos movilizar en nuestro auxilio ejércitos mecanizados de ideas, o sea sistemas filosóficos, y patrullas de paracaidistas, o sea argumentos llovidos del cielo. No, nuestro fin es mucho más modesto, y sólo queremos sintetizar en breves sentencias lo que todos saben: que la palabra, la denominación que se da a las cosas, influye en los actos; que el lenguaje engendra una conducta. Así se explica que Tahleyrand, tan realista que llegaba al cinismo, concediera singular atención a los nuevos términos de moda en política, a las nuevas denominaciones que el fenómeno social acarrea consigo. Y aquí tocamos el punto neurálgico a que queríamos llegar. América no ha creado su lenguaje político, sino que adopta el europeo. Esto trasciende mucho más allá del lenguaje. Ello ha tenido consecuencias en las soluciones europeizantes que hemos procurado para nuestros negocios. Mientras no aparezca en América el genio que descubra las fórmulas de nuestro lenguaje político, semejante mal será inevitable; y las realidades americanas, torcidas en la traducción, hasta resultarán muchas veces inútil y artificialmente empeoradas.

Así aconteció en la Independencia, violentamente prohijada al calor de la filosofía política francesa, filosofía para adultos que parecía destetar con ajenjo a la criatura, cunada hasta entonces en el régimen del absolutismo y que carecía de la indispensable educación previa. Ved en cambio cómo la evolución del Brasil se operó casi insensiblemente desde la colonia a la autonomía y desde el imperio a la república. Lo cual no quiere decir que aplaudamos en modo alguno los imperios insensatos, sin tradición institucional ni arraigo en la vida, que quiso implantar en nuestro suelo un día un aventurero, y otro día un conquistador disimulado. Otro ejemplo nos lo da la violenta adopción del federalismo norteamericano, que provocó aquel famoso “discurso de las profecías” de Fray Servando, quien encontraba esta innovación del todo ajena a los inveterados hábitos nacionales. Lo propio ha sucedido —todos lo saben— con muchas otras veleidades que han atravesado la vida americana. Nuestra última transformación social, por falta de un lenguaje propio, se refractó al vertirse en las fórmulas de las transformaciones europeas. Entiéndase bien que sólo hago apreciaciones históricas sobre el pasado, y en modo alguno declaración de simpatías sobre el porvenir, pues no sería ésta la ocasión.

¿Queréis apreciar de cerca cómo funciona el reflejo inverso de las palabras sobre el sentimiento de los actos? Veámoslo sobre ejemplos tomados de las nociones sociales y de los nombres que reciben. El que comete un homicidio es un homicida. La sola calificación de homicida da un sello de fijeza, de permanencia a lo que, en la conducta del hombre, ha podido ser una contingencia desgraciada, un tropiezo de su carácter moral. Pero, en adelante, lo vemos ya como un hombre cuya inclinación permanente es matar al prójimo. De aquí que el mismo Derecho tiene que introducir rectificaciones en la denominación general: atenuantes y hasta exculpantes. Esta calificación penal tiene por objeto escapar a la trampa fijadora de la palabra, y es la que esgrimirá el defensor. En cambio, el acusador tendrá que apoyarse en la función fijadora de la palabra: muerte ha habido, y el que la causó es un homicida.

Hay más: entre unas y otras palabras se crean constelaciones, que a veces no proceden de ninguna necesidad psicológica, sino de una reiteración de hechos, de un hábito. Nuestros Estados americanos tienen régimen presidencialista. Pero en los países parlamentarios, la modalidad parlamentaria del régimen se ha trabado con la noción de la democracia, al punto que muchos censores del parlamentarismo se llevan de paso, en sus argumentos, a la democracia misma, como si ésta no tuviera otros medios posibles de operación, y confunden así una filosofía política con uno de sus procedimientos ensayados. Y si la palabra democracia pudiera humanamente aplicarse en todo su sentido, el pueblo sería un solo ser, sin partirse nunca en individuos ni grupos, y el gobernante y el gobernado se confundirían en su seno. Mas la realidad no lo consiente. Clemenceau, en una salida de mal humor, decía: “¿Por qué atacan la democracia los adversarios, si hasta hoy no la han visto realizada?” La democracia, entonces, viene a significar una intención o tendencia, que resulta clara por el contraste con la aristocracia, y que en principio comporta principalmente dos cosas: 1, la preferencia para la opinión pública, y 2,la rotación de los grupos gobernantes, de acuerdo con aquella opinión, testimoniada en las mayorías.

Mientras se dijo “liberalismo”, imperó el laissez-faire, y la noción económica y la noción política se confundieron en una. Como el laissez-faire condujo al predominio de los grupos pudientes y determinó una explotación injusta de los demás, entonces se dijo “control de Estado”, “Economía dirigida”, etc. Estas nuevas denominaciones significan y a la vez impulsan una nueva tendencia; la cual, si olvida el imperativo democrático que insiste en el bienestar del pueblo, puede derivar hacia la peor tiranía. Nótese que también las monarquías brotaron de la alianza entre un capitán y el pueblo, para acabar con el privilegio de los señores, y nótese cómo derivaron hacia el absolutismo.

Cuando aparece una nueva denominación política, es por que aparece otra tendencia. En sus orígenes puede ser modesta, hasta ridícula: ya son unos cuantos desterrados rusos que divagan en torno a la mesa de un café de París; ya son unos cuantos ilusos que se juntan en la cervecería de Munich. Pero la nueva denominación significa ya, por sí sola, la expresión de otra coagulación del pensamiento político, y lleva en potencia una prédica, una propaganda.

Habría que revisar minuciosamente toda la historia para apreciar el tanto de impulso conveniente y de impulso deformador que la nomenclatura europea haya producido entre nosotros. Y todavía para esta revisión sería muy difícil encontrar aquella mente impasible, capaz de distinguir la pura observación de las preferencias temperamentales. Y todavía en este caso afortunado, habría que saber si la realidad del fenómeno admite distingos entre la pura razón y las inspiraciones de la emoción humana.

El maestro uruguayo Carlos Vaz Ferreira reclama, en materia de filosofía política, el derecho de pensar con ideas y no con vocablos. Sin duda le incomoda el ver que las palabras, por su automatismo, echan a correr, adaptándose más o menos a la contingencia histórica, por cauces que desvirtúan la doctrina. Así, cuando se hablaba de liberales y conservadores, se veía en España a Sánchez Guerra proceder unas veces con la mano del absolutismo violento, y otras implantar las únicas reformas verdaderamente liberales que se dieron en varios lustros. Así, Chesterton advertía: Si soy conservador, necesito por fuerza ser revolucionario: para que se conserve blanco aquel poste de la esquina, tengo que repintarlo constantemente. Así, en nuestro tiempo, las izquierdas y las derechas no siempre concilian su acción con su filosofía. Y es que el estatismo de la noción, presa en la palabra, mal corresponde a la fluidez de la vida. Vaz Ferreira propone un ejemplo: imaginemos una escuela o partido de astrónomos que sostienen que los planetas carecen de satélites: serían los “asatelistas”; otros sostienen que cada planeta posee un satélite: serían los “monosatehistas”; otros, que cada uno posee varios, y serían los “polisatehistas”. Y ninguno de ellos tiene razón: sólo están en la verdad aquellos que no tienen nombre y admiten las tres posibilidades. Bien está así para el filósofo. Pero el político tiene que escoger todos los días en vista de sus problemas actuales, y decidir si estamos ante un satélite, o varios, o ninguno. ¡Qué duda cabe que el tener a mano una noción, con su denominación propia, ayuda su trabajo mental! No todos pueden pensar sin palabras y aún está por averiguar si alguno lo logra, o hasta qué punto puede lograrlo.

Creo que las anteriores dilucidaciones describen suficientemente el problema. No es de hoy, es de siempre. Y si algún problema social merece los honores de ser profundamente estudiado por los hombres de ciencia, es seguramente el que apuntamos.

Por lo que a nuestro país respecta, cierto semanario mexicano propuso hace meses tres preguntas que me parecen un nuevo índice de cuestiones sociales. Me referiré a tales preguntas sin resolverlas. No hay aquí tiempo, ni creo que se las pueda atacar sin detenida investigación previa. La primera pregunta se reducía a saber si existe ya en México una verdadera conciencia nacional. Lo cierto es que la filosofía rompe lanzas para averiguar si existe un ente nacional. Si entramos hasta el subsuelo del problema, el problema desaparece en la homogeneidad de la raza humana. Mantengámonos en el suelo histórico. Las naciones aparecen aquí como seres cambiantes, aunque en torno a núcleos resistentes, y en constante elaboración dentro de procesos espirituales en marcha (religión, cultura, lengua) y de procesos naturales algo más estables (limitación histórica y limitación geográfica). La nación es un movimiento orientado. A veces, desorientado por las contingencias. La conservación del ser nacional se dibuja por las fronteras de sus peligros. Los dos peligros de una nación, a que todos los demás se reducen, son la imperfecta respiración internacional y la imperfecta circulación interior de la propia savia. La respiración internacional sólo se regulariza mediante la regularización del mundo internacional. No podemos esperar que ésta se haya logrado en instantes de crisis humana como el presente. La regularidad de la circulación interior supone una completa unificación en la representación del mundo y en los intereses que posee un pueblo. Aún no hemos logrado esta unificación, pero, por encima de las vicisitudes, se percibe que ella está en marcha a lo largo de nuestra historia. Hay en México varios niveles inconexos de cultura, de raza, de conciencia del mundo y religión, de lengua, de vida económica. No se trata sólo de indios y blancos: esto no es más que un aspecto transversal de la cuestión, puesto que muchos blancos viven como indios y muchos indios, como blancos. El equilibrio en marcha que significa una conciencia nacional es difícil de definir aun para naciones de muy larga elaboración sociológica. Mucho más para naciones como las nuestras. ¡ Y considérese que, en América, bien puede México estar satisfecho de ser la cuna más antigua! Sufrimos, además, una sacudida histórica cuyos resultados pudieran ser desorientadores; pero, si nos empeñamos en ello, serán orientadores. El que México saque elementos para su conciencia nacional de la crisis presente, depende de una magnetización de su voluntad en tal sentido. Hay que fomentarla. Alguna vez me atreví a decir que, cuando un pueblo no tiene una misión, habría que inventársela. Este símbolo literario quisiera yo que se interpretara a la luz de las consideraciones anteriores.

La segunda pregunta se reducía a saber cuál es el contenido de nuestra conciencia nacional. Confieso que me encontró un poco atónito, acaso por su vastedad misma. No soy capaz de describir en tres palabras lo que considero como el contenido de la conciencia mexicana en elaboración. Necesitaríamos volver a leer toda nuestra historia, y sospechar todos los ensayos de psicología nacional que hasta la fecha se han escrito. Evidentemente, México, como todos los países de la América ibera, por la misma naturaleza de su origen nacional, ha adquirido la práctica de la vida internacional. También la de buscar en todo el panorama humano las formas de su cultura. La experiencia de tratar con pueblos americanos que están tan cerca de nosotros, y la de estudiar todo el pasado de la cultura humana como cosa propia, es la compensación que se nos ofrece a cambio de haber llegado tarde a la llamada civilización occidental. Estamos en postura de hacer síntesis y de sacar saldos, sin sentirnos limitados por estrechos orbes culturales como otros pueblos de mayor abolengo. Para llegar a su conciencia del mundo, el hijo de un gran país europeo casi no necesita salir de sus fronteras. Nosotros hemos ido a buscar las fuentes del conocimiento por todos los rumbos humanos. Lo que llamo nuestra postura sintética nos ahorra también la necesidad de revivir procesos intermedios, que para Europa, por ejemplo, han sido meras contingencias históricas, pero que en modo alguno son necesidades teóricas de los problemas humanos. Conviene que nos penetremos de esta levedad, de esta facilidad para el salto. Después de todo, la historia de América ha sido una serie de carreras por atajos, para ponernos al día en menos tiempo. El trazo de nuestra figura nacional, supuestos los anteriores antecedentes, pudiera reducirse, en términos muy generales, pues no me atrevería yo a entrar en detalles, al nervio del sentimiento autóctono e hispano-latino, robustecido por todos los nuevos elementos y nuevas técnicas aprendidas en otras tradiciones, complementados con las técnicas que resultan de la investigación de nuestro propio suelo. El descubrimiento de estas técnicas propias puede llevarnos hasta la sustitución de alguna técnica heredada. En tal caso, no deberíamos vacilar en sustituirla. Tenemos que procurar la perpetuación de ciertas normas que se reducen a lo que llamaba Pascal “el espíritu de fineza”, pero sin negarnos por eso a recibir la fertilización del “espíritu de geometría”. Tenemos que conversar mucho con los pueblos americanos, afines o diferentes del nuestro.

Por último, la tercer pregunta quedaba formulada en estos o parecidos términos: Puesto que toda conciencia nacional desprende de sí una misión ¿cuáles son los medios para realizar nuestra misión nacional? Sobre el punto ejecutivo de la misión mexicana, ya se desprende de lo dicho anteriormente que considero indispensable un plano de absoluta sinceridad en el diálogo entre los países de América. Se dirá que esto no depende de una sola de las personas del diálogo. Yo creo que sí depende en gran parte. La orientación ética, el deseo del bien y la justicia humanos tienen que inspirar cuanto se haga. Es un caso de voluntad (y vuelvo aquí sobre el punto de la primer pregunta), mucho más que un caso de intelección pura. La enumeración de los medios ejecutivos la dejamos a los políticos, y a los políticos de última instancia, que son los educadores. Yo me limitaría a aconsejar un deseo de entendimiento humano. Me percato de que mis respuestas son vagas y teóricas. Pero las preguntas, que aquí he querido recoger por su trascendencia, podrían constituir todo el programa de este Congreso de Ciencias Sociales. El hombre es particular por naturaleza, decía Aristóteles. El hombre se enfrenta con problemas concretos y cotidianos. En estas condiciones, lo que nos importa es robustecer la voluntad hacia el bien. Lo demás, nace de cada circunstancia.

En suma, reduciendo la antigua doctrina helénica, podemos decir que hay dos actitudes frente al mundo: la Teórica, visión del mundo, y la Poética, que es la obra y la intervención sobre el mundo. Pues bien: los especialistas de las ciencias sociales deben, hoy por hoy, mezclar la Teórica y la Poética; estudiar y obrar, abandonar el reposo de las ideas puras, y salir con ellas a media calle. Sólo así podremos salvarnos.

Alfonso Reyes, Congreso de Ciencias Sociales convocado por la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística. México, julio, 1941.

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Tres conceptos de cultura. Por Gabriel Zaid

Versión original: http://www.letraslibres.com/mexico-espana/tres-conceptos-cultura

De la cultura pueden subrayarse algunos aspectos: el patrimonio acumulado, la forma de heredarlo o el nivel adquirido por los herederos, lo cual se presta a confusiones. La educación acultura a los niños, pero no es la cultura, sino una forma de heredarla. No hay inconveniente en llamar cultura a la educación, siempre y cuando esté claro de qué estamos hablando.

Los griegos no tenían el concepto de cultura (Heidegger, Parmenides). El anacronismo de atribuir este concepto a la palabra paideia se entiende por la confusión entre educación y cultura, y por razones prácticas de traducción en ciertos contextos, como lo explica Werner Jaeger (Paideia. Los ideales de la cultura griega). Pero paideia (de pais, paidós, ‘muchacho’, como en la raíz de pedagogía) era educación. (La palabra paideia se usa todavía para el ministerio de educación, como puede verse en http://www.ypepth.gr.) Significativamente, en el griego moderno se introdujo la palabra koultoura, de origen latino (www.google.gr).

Los romanos inventaron el primer concepto de cultura: la cultura personal. Dieron a las palabras cultura, cultus, incultus (que tenían significados referentes al cultivo del campo y el culto a los dioses) un nuevo significado: cultivarse, adquirir personalmente el nivel de libertad, el espíritu crítico y la capacidad para vivir que es posible heredar de los grandes libros, el gran arte y los grandes ejemplos humanos. Cicerón habló de cultura animi, el cultivo del espíritu (Disputas tusculanas, 45 a. C.). Naturalmente, el cultivo de sí mismo ya existía, pero no estaba conceptualizado. Los romanos fueron “los primeros en tomar la cultura en serio” (Hannah Arendt, La crise de la culture).

La cultura personal puede ser favorecida, estorbada o ignorada por la educación o la buena educación; pero es otra cosa: lo que se hereda por el simple gusto de leer y apreciar las obras de arte, de crecer en la comprensión y transformación de la realidad y de sí mismo, de ser libre. El apetito de ser, de ver, de entender, de hacer, se mueve por su cuenta y aprende sobre la marcha; incluso cuando la familia, los amigos, la escuela, la sociedad, lo favorezcan. Todos nos educamos a todos, pero cada uno tiene que aprender por sí mismo.

Las instituciones de la cultura personal no son las del saber jerárquico, certificado y credencializado del mundo educativo, ni las del éxito comercial o mediático. Son las instituciones de la cultura libre: la lectura, la tertulia, la correspondencia, los circuitos del mundo editorial y artístico (publicaciones, librerías, bibliotecas, museos, galerías, tiendas de discos, salas de conciertos, de teatro, cine, danza) que organizan y difunden lo digno de ser leído, escuchado, visto, admirado, por gusto y nada más, ociosamente. Las “credenciales” de la cultura personal son la curiosidad, la ignorancia inteligente, el espíritu creador, la animación, el buen humor, la crítica, la libertad.

La Edad Media inventó la palabra modernus y el concepto de historia como progreso. En los siglos XII y XIII, el paraíso (perdido en el pasado, entrevisto por místicos y poetas en un presente perpetuo, esperado en el futuro absoluto del fin de los tiempos) se convierte en misión cristiana de progreso gradual (Joaquín de Fiore, Bernardo de Chartres, Roger Bacon). Se vuelve un paraíso deseable aquí y ahora, cotidiano, creciente, construible. Anima el Renacimiento, la Reforma, la Revolución, con un optimismo progresista que despierta la adhesión y la crítica.

Para Joaquín de Fiore, la eternidad divina se despliega en el tiempo como historia sagrada: la era del Padre, luego la del Hijo y finalmente la del Espíritu Santo. Para Leibniz (The Ultimate Origin of Things, 1697, http://www.earlymoderntexts.com), “hay un progreso perpetuo y libre del universo entero”, “que siempre está avanzando hacia más”, sin alcanzar la perfección de Dios. Para Teilhard de Chardin (El fenómeno humano, 1955), en el avance cosmológico hacia Omega, van apareciendo las especies, la vida humana y la noósfera que recubre el planeta (el mundo 3 de Popper, la atmósfera cultural). Todo lo cual supone la humanidad entera (no un pueblo elegido) que converge hacia más; y, por supuesto, hacia Dios.

La historia como progreso proyecta en el espacio los avances en el tiempo: la geografía como desigualdad. Hace de la misión histórica una misión imperialista: la redención de los pueblos atrasados. Hace del imperio, como en Constantino, un pueblo elegido para salvar a los demás; y de la cultura dominante, la cultura universal. La primera crítica es la religiosa: Los apóstoles “no usaron de la fuerza corporal, ni de multitud de ejércitos” (Bartolomé de las Casas, Del único modo de atraer a todos los pueblos a la verdadera religión, 1537). Luego viene la crítica escéptica: Llamamos bárbaros a los que tienen otras costumbres, pero “los sobrepasamos en toda clase de barbaries” (Montaigne, Sobre los caníbales, 1580). Y, finalmente, la anticlerical. Voltaire se burla de Leibniz (y de los ateos), pero mantiene su optimismo. Cree en el progreso conducido por la Razón, rescatado del oscurantismo eclesiástico y las supersticiones populares. A la Razón se debe “la prodigiosa superioridad de nuestro siglo sobre los antiguos”. Europa ha dejado atrás a griegos y romanos (El siglo de Luis I, 1751).

La Ilustración inventa el segundo concepto de cultura: el nivel superior alcanzado por la humanidad. No es la cultura personal, sino social. Incluye el patrimonio acumulado por los grandes creadores, el saber alcanzado, el buen gusto, la pulida civilidad de las costumbres, las instituciones sociales, empezando por la propiedad. Para Rousseau, el primero que cercó un terreno, declaró “Esto es mío” y logró que respetaran su propiedad fue el fundador de la sociedad civil (Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, 1754). Para Adam Ferguson (An Essay on the History of Civil Society, 1767), toda la humanidad está en diversas etapas de progreso: salvajismo, barbarie o civilización. En este concepto, la sociedad civil no es el cuerpo social intermedio entre la familia y el Estado (Hegel), sino el estado de civilización frente al estado silvestre de la humanidad primitiva. Lo deseable es que todos alcancen el nivel superior (los niños, los adultos insuficientemente educados y los pueblos atrasados) y que el nivel vaya subiendo.

La crítica aparece en la misma Ilustración, y sobre todo en el Romanticismo. Cuando la Razón inventa la guillotina (para superar la barbarie clerical de la quema de brujas) y somete a los pueblos alemanes (para liberarlos del atraso), el entusiasmo por la cultura universal se nubla. Beethoven, como otros progresistas, admiraba de lejos la Francia revolucionaria, hasta que los invadió.

El Romanticismo inventa el tercer concepto de cultura: la identidad comunitaria que defiende sus creencias, usos y costumbres de la barbarie progresista. Johann Gottfried Herder recoge el tema de que la humanidad, como si fuera una persona, se va desarrollando por grados sucesivos, y revira una crítica radical del progreso. Ninguna etapa es superior a otra. Cada cultura es su propia finalidad, no un paso previo a la supuesta cultura superior. La infancia tiene sentido por sí misma, no como preparación para la vida adulta. Ves como niñerías de un pueblo sus creencias, usos y costumbres, y quieres generosamente dotarlo de “tu deísmo filosófico, de tu virtud y honor de buen gusto, de tu amor por todos los pueblos en general, que rebosa opresión tolerante, explotación y filosofía de las luces”. El niño eres tú. (Otra filosofía de la historia, 1774, en Histoire et cultures)

De Herder deriva la antropología como estudio de las culturas particulares. Claude Lévi-Strauss, en su entrevista libro con Didier Éribon (De près et de loin) cuenta que Franz Boas “tenía en su comedor un cofre soberbio, esculpido y pintado por los indios kwakiutl, a los cuales dedica gran parte de su obra. Cuando le dije que vivir entre creadores de tales obras maestras debió de ser una experiencia única, me respondió secamente: ‘Son indios como los otros.’ Supongo que su relativismo cultural no le permitía establecer una jerarquía de valores entre los pueblos”.

La crítica de la cultura occidental culmina en el siglo XX. En 1919, ante el desastre de la guerra (1914-1918), quizá inspirado por el libro de Oswald Spengler (La decadencia de Occidente, 1918), Paul Valéry escribe una reflexión cuya primera frase se volvió famosa: “Nosotras, las civilizaciones, sabemos ahora que somos mortales.” “Elam, Nínive, Babilonia, eran bellos nombres vagos, y la ruina total de esos mundos nos decía poco, igual que su existencia.” “Ahora vemos que el abismo de la historia es suficientemente grande para todos. Sentimos que una civilización tiene la misma fragilidad que una vida.” (“La crise de l’Esprit”,Varieté i.) La frase contribuyó a la difusión del concepto de culturas en plural, aunque se refiere a las grandes civilizaciones, no a todas las culturas.

Se puede hablar, entonces, de un concepto clásico, un concepto ilustrado y un concepto romántico de la cultura. El primero subraya la forma de heredar (la frecuentación personal de los grandes libros, las grandes obras de arte, los grandes ejemplos); el segundo, el nivel alcanzado (la superioridad de los que están en la cumbre); el tercero, el patrimonio (todo lo que puede considerarse propio). Pero en los tres se dan los tres aspectos. Por ejemplo, con respecto al nivel: el concepto clásico ve la cultura como nivel personal (en comparación con otras personas); el ilustrado, como nivel social (en comparación con otras sociedades o estamentos); el romántico, como identidad (incomparable). El primero y el segundo son elitistas, frente al tercero, que enaltece la cultura popular y los valores comunitarios. El segundo y el tercero son paternalistas, a diferencia del primero, que enaltece el esfuerzo personal. En el concepto clásico, la cultura que importa es la mía: la que me lleva al diálogo con los grandes creadores. En el concepto ilustrado, hay una sola cultura universal que va progresando, ante la cual los pueblos son graduables como adelantados o atrasados. En el romántico, todos los pueblos son cultos (tienen su propia cultura); todas las culturas son particulares y ninguna es superior o inferior.

Gabriel Zaid, “Tres conceptos de cultura”, Letras libres, 30 de junio de 2007

Las dimensiones del poder y la responsabilidad de los intelectuales. Universidad: poesía, política y pueblo

Seminario de investigación y ciclo de conferencias magistrales 2014

Las dimensiones del poder y la responsabilidad de los intelectuales. Universidad: Poesía, Política y Pueblo

Dr. Braulio Hornedo Rocha

Disciplinas: Ciencia política/ Filosofía/ Historia/ Literatura / Educación / Antropología

Justificación y motivos de la cátedra

El polígrafo Alfonso Reyes ha sido considerado, por algunos de los más destacados intelectuales del mundo y de su tiempo, como uno de los principales humanistas mexicanos del siglo XX. Lo han dicho los argentinos, Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, los chilenos Gabriela Mistral y Pablo Neruda, los colombianos Gabriel García Márquez y Germán Arciniegas, los españoles José Gaos, Juan Ramón Jiménez y Fernando Savater, y los mexicanos: Octavio Paz, Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco, Gabriel Zaid, José Luis Martínez y Adolfo Castañón entre muchos otros.

Con esta cátedra nos proponemos investigar de entre las varias facetas del quehacer Alfonsino; como teórico y creador literario; como filósofo e historiador; como helenista y divulgador de la ciencia, como narrador y poeta; como diplomático y fundador de instituciones educativas y culturales; nos interesa destacar el papel del Reyes educador y crítico cultural, que es una de las facetas menos estudiadas pero de mayor actualidad y urgencia de reflexionar en nuestro tiempo.

Objetivos generales

  • Esclarecer el legado cultural de don Alfonso Reyes, en el marco de las tradiciones del pensamiento humanista mexicano e hispanoamericano del siglo XX, en torno a la responsabilidad de los intelectuales ante las diferentes dimensiones del poder (económico, político, militar, científico, entre otros).
  • Contribuir en la identificación y documentación de diez generaciones (1810, 1825, 1840, 1855, 1870, 1885, 1900, 1915, 1930, 1945) en las tradiciones del pensamiento humanista mexicano, considerando como centroide la generación a la que pertenece el propio Reyes (1885).
  • Formular una descripción histórica cultural del papel de Alfonso Reyes como universitario y artífice de la fundación de la Universidad Popular Mexicana, El Colegio de México y El Colegio Nacional, tres de las más insignes instituciones educativas mexicanas en el siglo XX.

Metas específicas

Al final del curso el participante podrá:

  • Definir conceptualmente las nociones de generación, conversación, intercultural, tradición del pensamiento, intelectual, poder, crítica, cultura del progreso, convivencialidad, megamáquina, sistemas complejos, desescolarización, ecología política, municipalismo libertario.
  • Analizar la relación política, social y cultural entre el poder económico, político, militar y la “república de las letras” en el siglo XX mexicano.
  • Criticar las prácticas educativas y políticas que nos impone la “cultura del progreso”. Utilizar el método histórico de las generaciones para la identificación y comprensión de las tradiciones del pensamiento humanista en México e Hispanoamérica. 

Programa

Fecha:
Temas:
Lectura:
  31/07/2014
El método histórico de las generaciones como instrumento del análisis filosófico, político y literario
Ortega, José. El tema de nuestro tiempo, Ed. Porrúa, México, 1985. Marías, Julián, Literatura y generaciones, Espasa Calpe, Madrid, 1975. www.humanistas.org.mx Ponente: Dr. Braulio Hornedo Rocha
14/08/2014
Alfonso Reyes y José Vasconcelos. Octavio Paz y Gabriel Zaid. Una tradición intelectual
Garciadiego, Javier. Simpatías y diferencia entre Alfonso Reyes y José Vasconcelos. www.catedrareyes.org Ponente: Dr. Javier Garciadiego
28/08/2014
La generación del Ateneo, la generación de Contemporáneos, la genereción de Taller, la generación de Medio siglo
Matute, Álvaro. El Ateneo de México, Fondo de Cultura Económica, México, 1999 www.alfonsoreyes.org Ponente: Dr. Álvaro Matute
11/09/2014
México en la obra de Alfonso Reyes y Octavio Paz
Castañón Adolfo. México en la obra de Alfonso Reyes. www.alfonsoreyes.org Ponente: Mtro. Adolfo Castañón
25/09/2014
La afición de Grecia
Reyes, Alfonso, Obras completas XVI, Fondo de Cultura Económica www.greciaclasica.org.mx Ponente: Dra. Verónica Peinado
09/10/2014
Recuerdos de don Alfonso Reyes. Video conferencia (2000)
Reyes, Alfonso, Obras completas XVI, Fondo de Cultura Económica www.greciaclasica.org.mx Ponente: Don José Luis Martínez +
23/10/2014
Un abrazo para Alfonso Reyes. Video conferencia. (2000)
Poniatowska, Elena. Un abrazo para Alfonso Reyes. www.catedrareyes.org Ponente: Mtra. Elena Poniatowska
06/11/2014
La Ilíada de Homero en Cuernavaca
Reyes, Alfonso, Obras completas XVI, Fondo de Cultura Económica www.greciaclasica.org.mx Ponente: Dr. Braulio Hornedo
20/11/2014
Los poetas Alfonso Reyes, Octavio Paz y Gabriel Zaid o la lucha con el ángel
Quirarte, Vicente, La lucha con el ángel www.alfonsoreyes.org. www.univirtual.mx Ponente: Dr. Vicente Quirarte
05/12/2014
Universidad, política y pueblo.
Pacheco, José Emilio, Universidad, política y pueblo, UNAM, México 1967 www.alfonsoreyes.orgwww.univirtual.mx Ponente: Dr. José Emilio Pacheco +

Bibliografía básica

Garciadiego, Javier, Alfonso Reyes, Planeta, México, 2009.

Illich, Iván. Obras reunidas. Vol. 1, Fondo de Cultura Económica, México, 2005.

Marías, Julián, Literatura y generaciones, Espasa Calpe, Madrid, 1975. Oakeshott, Michael, El racionalismo en política, Fondo de Cultura Económica, México, 2000.

Ortega y Gasset, José, El tema de nuestro tiempo, Ed. Porrúa, México, 1985.

Pacheco, José Emilio, Universidad, política y pueblo, UNAM, México, 1967.

Reyes, Alfonso, Obras completas. Vols. I al XXVI, Fondo de Cultura Económica, México.

Reyes, Alicia, Genio y figura de Alfonso Reyes, Fondo de Cultura Económica, México, 2000.

Rob J.W. comp., Páginas sobre Alfonso Reyes, 8 vols. El Colegio Nacional, México, 1998.

Velasco, Ambrosio, Republicanismo y multiculturalismo, Siglo XXI, México, 2006.

Zaid, Gabriel, “Instituciones de la conversación”, Memoria, El Colegio Nacional, México, 2006.

Zaid, Gabriel, El secreto de la fama, Debolsillo, Random House, México, 2013.

Bibliografía y videografía en línea

www.alfonsoreyes.org

www.catedrareyes.org

www.humanistas.org.mx

www.ivanillich.org.mx

www.octavio-paz.com

www.univirtual.mx

www.greciaclasica.org.mx 

Informes

Teléfono: +52 (777) 317 81 81

E-mail: catedrareyes@gmail.com

Cuernavaca, Morelos, México

Octavio Paz, un espíritu excepcional. Por Gabriel Zaid

La aparición de Octavio Paz en la cultura mexicana ha sido un milagro, que la subió de nivel en una sola vida, como esos árboles que de pronto empiezan a echar ramas y a crecer más allá de lo esperado, hasta cambiar el paisaje mismo, del cual se vuelven símbolos.

No es la primera vez que sucede. Ni Nezahualcóyotl ni Sor Juana fueron extraños en la cultura náhuatl o novohispana, sino, por el con­trario, expresión intensa de su desarrollo. Tan intensa que lo rebasaba, y parecía llevarlo peligrosamente no se sabe a dónde. Tan intensa que algunos se inquietaban, y llegaban a resentir el milagro, y a tratarlos como cuerpos extraños, cuando todo lo que pasaba es que hacían avan­zar la cultura hasta una marca demasiado alta, difícil de igualar.

Octavio Paz tenía confianza en que lo mejor de todas las culturas está vivo y puede seguir produciendo milagros. Mostró que era posible pasar de un nacionalismo puramente defensivo a un desarrollo de las propias raíces en la cultura universal. El mundo lo recordará como un poeta innovador, de gran fuerza visual y reflexiva; como un explorador del alma y las raíces mexicanas; como un crítico íntegro y penetrante; como un ensayista de curiosidad universal.

Su poesía llamó la atención muy pronto en los países de habla española y luego en otras lenguas. Así como, en el siglo XVII, Sor Juana Inés de la Cruz fue el canto del cisne del gran barroco poético europeo en un lugar inesperado (México), Octavio Paz prolongó brillantemente la vanguardia poética del siglo XX y estimuló a otros grandes poetas, con la poesía innovadora de ¿Águila o sol? (1951), Piedra de sol (1957), Blanco (1967) y Renga (1971, en colaboración con Jaques Roubaud, Edoardo Sanguineti y Charles Tomlinson). Su vitalidad creadora, en la poesía y en la prosa, fue constante. También sus aprendizajes. Para quienes co­nocen su obra, es transparente todo lo que hay de nuevo en un libro como La llama doble (1993); todo lo que aprendió después de los setenta años. Nunca tuvo interés en la comodidad de haber llegado.

En la conversación, en su copiosa correspondencia, en sus poemas, en sus ensayos, hay siempre animación, libertad, invención, frescura. Tenía una vastísima cultura de libros y de obras de arte, de viajes, de experiencia, de personalidades, de reflexión a solas. Pero al hablar o escribir se dejaba llevar por la inspiración, hacía las conexiones y metá­foras más sorprendentes, estimulado por el curso de la conversación o de lo que estaba escribiendo. Toda su cultura reaparecía con la inspi­ración del momento, pero como algo vivo que continuaba desarrollán­dose ahí mismo. Milagrosamente, su creatividad no sufría por el peso de la erudición, o su extremada capacidad de análisis, o su conciencia his­tórica de la tradición. Por el contrario, a partir de eso, vivía en perpetua exploración.

La inspiración y el amor no son temas nuevos en la cultura occidental, pero es raro que entre la gente culta y de cierta edad sean tomados en serio; más raro aún, que sean vividos; y todavía más, que sean corres­pondidos. Para algunos, creer en eso es como inmadurez. Para otros, es discurso. Pero Octavio Paz fue siempre y ante todo poeta. Creía en el oficio y la cultura, pero sabía que algo más importante los rebasa. Ade­más, para su buena suerte, y la nuestra, tampoco fue como los desdicha­dos que tienen un gran amor a la poesía mal correspondido. La ins­piración lo zarandeaba y lo hacía decir cosas que lo rebasaban, y por las cuales se dejaba llevar como por vientos favorables (o que se volvían favorables porque sabía cómo sí y cómo no dejarse llevar). Sus poemas y ensayos son inspirados, y no se pueden explicar ni por su oficio ni por su cultura, sino como milagros. Como si fuera poco, también tuvo la suerte de vivir un largo amor correspondido.

Tuvo siempre el sentido de la polis. Se sintió responsable, no sólo de su casa, sino de esa casa común que es la calle y la plaza pública. Le pa­recía inconcebible no intervenir cuando sentía que el país o el mundo iban mal, o desaprovechaban oportunidades de mejorar. Sus plantea­mientos rompían los esquemas de la política inmediata y remontaban las cuestiones a niveles desacostumbrados: los de un estadista fuera del Estado, los de un estadista ciudadano que no perdía de vista la perspec­tiva histórica, ni el sentido último de construir la casa común.

Venía de la prensa militante. Su abuelo luchó contra la Intervención francesa, estuvo en la cárcel varias veces, escribió poemas satíricos y no­velas históricas, tuvo puestos políticos y terminó haciendo un periódico (La Patria, 1877-1912). Su padre, que administraba el periódico, dejó a su esposa y el niño en casa del abuelo para tomar las armas con Emiliano Zapata, del cual fue secretario y representante en los Estados Unidos, a donde se llevó a la familia.

La conciencia transcultural del niño que no sabía una palabra de inglés empezó con un shock. Lo metieron a un kinder de Los Angeles, y el primer día no podía comer por falta de cuchara. Cuando le pregunta­ron a señas qué pasaba, respondió en español: cuchara. Los otros niños empezaron a corear ¡cuchara! ¡cuchara!, y a burlarse de él, hasta que terminaron a golpes. Pero el shock continuó cuando volvió a México: sus nuevos compañeros de escuela veían con desconfianza al niño “gringo”, blanco y de ojos azules que llegaba de los Estados Unidos. De ese doble rechazo nacerían treinta años después las reflexiones sobre la identidad mexicana que publicó en El laberinto de la soledad (1950), libro admirado, pero poco vendido (pasaron nueve años de la primera a la segunda edición), antes de volverse un clásico y luego un bestseller, que ha vendido más de un millón de ejemplares.

Su capacidad para pasar del shock a la comprensión transcultural maduró en largos años de servicio diplomático. Trató realmente de en­tender a la India y Japón, de entender la mentalidad norteamericana. Cuando estuvo en París, participó en la vida intelectual francesa, espe­cialmente en el movimiento surrealista.

México fue un país extrovertido en el siglo XVIII. Veía el exterior como una oportunidad, no como un peligro. Expandió su territorio al norte, su comercio marítimo al oriente y el poniente. En Manila, había obispos nacidos en México. En Bolonia, un grupo de brillantes mexicanos (desterrados, como todos los jesuítas del imperio español) enseñaba, escribía y causaba admiración entre sus colegas europeos. Pero el siglo XIX fue traumático. México perdió gran parte de su territorio en una guerra desastrosa con los Estados Unidos, sufrió la intervención militar de Francia, no fue capaz de crear una república donde liberales y con­servadores alternaran en el poder, perdió confianza en su propia capaci­dad, llegó a ver el exterior como un peligro. Todo lo cual desembocó en una larga dictadura hierática, defensiva, introvertida, pero estable.

Octavio Paz criticó ese régimen destruido por la Revolución mexicana. Creyó que la revolución haría a los mexicanos “contemporáneos  de todos los hombres”. Sin embargo, en 1968, también criticó la cerrazón del nuevo régimen, que organizó una masacre de estudiantes en la Plaza de Tlatelolco, para reprimir las demandas democráticas de una clase media creciente y cada vez más educada. Desde entonces, dejó el servicio diplomático y se dedicó a hacer vida de escritor y editor de una revista literaria. En 1976, cuando el periódico Excélsior, que patrocinaba la revista Plural, sufrió una intervención del presidente Luis Echeverría, abandonó la revista y fundó Vuelta, una revista semejante, pero indepen­diente, que fue importante en la transformación de la mentalidad mexicana y tuvo una influencia decisiva en todo el mundo de habla española.

No seguía una línea ideológica, sino su instinto histórico, poético y moral. Hasta sus errores y cambios de opinión demostraban autentici­dad. En su juventud, estuvo próximo a las posiciones del Partido Comu­nista, pero no le gustó que en el Congreso Internacional de Escritores Antifascistas en Valencia (1937) se condenara a André Gide como traidor por haber escrito Retour de l’ URRS. La ruptura se produjo en 1939, cuan­do Stalin firmó con Hitler el pacto para ocupar y repartirse Polonia.

Octavio Paz fue uno de los primeros crítícos de las imposturas totalitarias, por lo cual fue castigado igual que Gide y tantos otros, con cam­pañas de desprestigio. Su autenticidad llegó a extremos heroicos, porque no dudó en exponerse al abucheo en los medios culturales, cuando sus convicciones lo llevaron a posiciones que no le convenían. Pero se interesaba en las cuestiones mismas, por encima del me con­viene o no me conviene. Todavía en 1984, recibió el honor de ser que­mado en efigie por una turba prosandinista en México. Pero no retro­cedió, como lo deseaban los fanáticos y los tibios, que no entendían por qué no se callaba. Aunque tenía 70 años y su presagio internacional le hubiera permitido una vida más cómoda, siguió participando combati­vamente en la plaza pública. Dos años después, denunció el fraude del gobierno mexicano en las elecciones del estado de Chihuahua.

Quizá fue una especie de justicia poética que un hombre tan colmado de todos los dones del cielo, como Job, recibiera al final una prueba tras otra. En diciembre de 1996, un incendió destruyó parte de su bi­blioteca y lo expulsó para siempre de su departamento. La destrucción continuó en la biblioteca de su cuerpo, atacado por una serie de enfermedades que lo dejaron en una silla de ruedas, con dolores intensos y demacrado, pero no mudo. Apareció por última vez en público el 17 de diciembre de 1997, cuando se creó la Fundación Octavio Paz. Era un día gris, pero empezó a hablar del sol, de la gratitud y de la gracia. Lo más conmovedor de todo fue que el sol, como llamado a la conver­sación, apareció.

Tuvimos la suerte de convivir con un espíritu excepcional. La seguimos teniendo, porque su obra y su ejemplo están con nosotros. Que haya puesto una marca demasiado alta no debe desanimarnos, sino acompañarnos, dándonos confianza en que los milagros son posibles.

Fuente: www.colegionacional.org.mx