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Del fundamental helenismo de Reyes o cómo se frustró un peregrinaje a las fuentes. Por Jaime García Terrés

El día en que fue sepultado Alfonso Reyes, después de los solemnes discursos, melancólico por la pérdida del generoso maestro, y harto de rituales funerarios, fui al café con mis amigos, no lejos de la familiar casa en Benjamín Hill (antes Industria), a descansar de la triste jornada. En la mesa de junto, un hombre común y corriente leía El Redondel, semanario taurino que circulaba los domingos y que esa tarde engalanó la primera plana con un encabezado insólito en publicación de tal naturaleza: Murió Alfonso Reyes.

El ciudadano aquel, sin quitar los ojos de la letra impresa, se rascaba el cráneo con visible perplejidad. Al fin lanzó un exabrupto que sus compañeros de mesa recibieron ecuánimes:

—No sé, no sé quién pueda ser este Reyes que murió. Por ahí anda la noticia de un banderillero Reyes, que fue corneado en Tlalnepantla. ¡Sabrá Dios! Pero ¿no se les hace poco para una primera plana?

Como ya no frecuento los cafés de la ciudad, y El Redondel dejó de circular sin ceder a otros periódicos su dominguera popularidad, ignoro si el desconocimiento que ese buen señor, típico por anónimo, manifestaba en 1959, exista en el hombre de la calle treinta años más tarde, al arribo de un centenario que nos ha inundado de conferencias, concursos y discursos conmemorativos, y de todo género de menciones y celebraciones por los canales difusores hoy bautizados —con inevitable anglicismo que Reyes desaprobaría— como “medios de comunicación masiva”.

Hablaré con franqueza: aunque de ninguna manera estoy seguro, tal vez la reiteración machacona del nombre haya acabado por llevarlo, junto con cierta vaga noción de su valía literaria, a determinados estratos de la conciencia popular. Pero es por completo improbable que esta noción alivie la radical lejanía de los libros y de la ejemplar figura.

En el mejor de los casos, Alfonso Reyes ha venido a erigirse en otro mito nacional, en otro de los nombres que la oratoria pública venera por cuasi mecánico reflejo.

Lo cual no es necesariamente malo. ¿Por qué iríamos a menospreciar esta llegada a los altares patrios de una inteligencia rigurosa, de un escritor entregado por entero a la tarea de expresar, en prosa tan firme como transparente, mucho de lo mejor de nosotros?

No pocos escritores de mi generación, o vecinos a ella, fuimos aleccionados, y aun formados, por la obra fértil de Alfonso Reyes, aunada a su docta presencia. Tuvimos la doble fortuna de su amistad y su lección personal. En lo particular, he confiado a menudo a mis papeles cómo y cuánto lo conocí, lo estudié y procuré su reconfortante sabiduría, de la cual soy deudor gustoso. ¿Por qué iba yo a condenar el justiciero tributo de la nación a su memoria?

Muy al contrario. Aplaudo y comparto el homenaje. Y aprecio, además, los buenos frutos que se han cosechado. Las Obras completas de Reyes, y su correspondencia con Henríquez Ureña se han seguido compilando y anotando con orden y rigor. Tampoco faltan los estudios dignos y las proclamaciones sugestivas, como las imborrables que le ha dedicado Octavio Paz. Hay jóvenes, con talento y espontáneo interés, que se han abocado a esta o aquella fase de su estela. Pero en torno a don Alfonso —y no sólo a la sombra de su Centenario— ha ido creciendo una industria ajena a la crítica y al análisis, edificada sobre lugares comunes y trillados epítetos. Es tan fácil encontrar, en los millares de páginas alfonsinas, la cita citable, y a tal grado reditúa incrustarla en un panegírico circunstancial, que bien podemos ahorrarnos el rastreo y la digestión de las ideas capitales, el acercamiento a su táctica expresiva, la búsqueda y ponderación del contexto; tres empresas que por cierto ha llevado a cabo, con esmero y amena novedad, esa rara avis de nuestra crítica literaria, José Emilio Pacheco, noble excepción que confirma la infausta regla.

Alfonso Reyes no fue ni será nunca un autor para grandes públicos. No deja de parecerme irónico el que a menudo se le trate de convertir en bandera de medianías y oportunismos que él desalentaba sin reserva. Su vocación aristocrática —llamemos las cosas por sus nombres—, si acaso le hizo desatender el drama profundo de la comunidad a que pertenecía, de fijo lo preservó de abaratarse o comercializar la prosa; si le prohibió el novelesco desahogo confesional de Vasconcelos y sus esmirriados epígonos, también lo llevó, por congruencia estoica con el principio, a sacrificar el cumplimiento de hondos anhelos, con tal de no verlos contaminarse de ramplona demagogia.

A este último respecto, evocaré un episodio de su vida que fue y ha seguido siendo desvirtuado, y cuya verdad estricta, por tanto, quisiera restablecer, poniendo los puntos sobre las íes.

La afición de Alfonso Reyes al mundo helénico, comoquiera se pondere hoy el valor de sus investigaciones referentes a ese mundo, tuvo raíces tempranas y fue, a la par, auténtica y sostenida. Nunca se cansó de practicarla ni de pregonarla, y en más de una ocasión expresó su gran deseo de conocer de cerca el escenario histórico y geográfico de aquella edad de oro. Nada, en consecuencia, pareció más natural a sus amigos eminentes que el suscitar, por las vías adecuadas, una invitación formal del gobierno de Grecia.

A manos de Reyes llegó, en efecto, la invitación de Pablo, monarca de los helenos, entregada por el cónsul honorario de Grecia en México, un afable banquero llamado Leandro Vourvoulias. Pero fue cortésmente rehusada, luego de una o dos semanas de aparentes cavilaciones e incertidumbres. Mucho dio que hablar tamaña negativa en el círculo de los más próximos al maestro. Y me acuerdo bien, asimismo, de lo que se dijo y se repitió durante largo tiempo: que don Alfonso no se había atrevido a visitar la tierra natal de sus héroes, dioses y filósofos, por miedo a la decepción, por evitarse afrontar el cotejo de sus ideales con la realidad.

Sus amigos y discípulos razonamos y racionalizamos. No carecía de base la versión que a la larga se tornó oficial. Aun el protagonista se había encargado de fomentarla, así con su renuencia al desmentido como por las ambiguas impresiones que sus propios escritos, pasados y presentes, habían diseminado a propósito de “su” Grecia. Inspirado en estos rumores y antecedentes equívocos, yo mismo sostuve, en una breve opinión que se me solicitó alrededor de 1969, a mi regreso de Atenas y a diez años de haber desaparecido nuestro helenista:

Él —como Hölderlin— murió sin haber conocido el escenario natural de sus dioses. Prefirió conservar intacto el legado a cuyo rescate dedicó la devoción más clara. Había descubierto la cabal utopía, y eludió el riesgo de verla disminuida, dotada de una ubicación espacial amenazante. “No es Grecia”, escribió al pie de su Ifigenia cruel, “es nuestra Grecia”. En el fondo, y sin mengua de la indagación que delatan sus estudios helénicos, Reyes no buscaba tanto la Hélade histórica cuanto una imagen creada y personal del paradigma clásico, un asidero mitológico para el uso cotidiano; o dicho en sus palabras, “una perspectiva de ánimo”. En el fondo —discípulo de los maestros de Machado— iba derecho al momento de su verdad, que era el momento de las grandes fabulaciones, de lo supuesto, de lo imaginado. La autenticidad de una obra de arte -profesaba- no se ve confirmada por lo que llamamos realidad, sino por “una necesidad superior a las contingencias”. Y eso es, precisamente, lo que Grecia representaba para él: una obra de arte, una creación del espíritu, que desde el primer momento, como un cuadro de Velázquez se había desprendido de su modelo y echado a vivir por cuenta propia.

No es una casualidad, en efecto, que en plena disquisición helenista, evoque al Caballero de la mano al pecho, y sentencie: “Así fue él, no nos cabe duda; así concibe la imaginación a un hombre de su categoría humana. Y si él no fue así, él se equivocó sobre sí mismo”. Sin embargo, por lo que a Grecia toca, Reyes no desembocó nunca en una actitud de indiferencia ante las circunstancias y vicisitudes del modelo. No ocultaba su profunda nostalgia de aquello que, siéndole familiar, desconocían de hecho sus sentidos. Si se abstuvo del viaje físico, fue porque temía la decepción.

Vamos por partes. Hay conceptos y opiniones en estos dos párrafos que sigo considerando válidos. La Hélade era ciertamente para Reyes, ante todo, “una perspectiva de ánimo” , y sus mejores libros de tema helénico o helenizante son, a mi juicio, los que, como la Ifigenia, asumen sin recato esa postura. Pero no es exacto que se haya rehusado a visitar de primera mano “el escenario natural de sus dioses” sólo “porque temía la decepción”.

El propio Alfonso Reyes cuenta en su voluminoso, inédito e impublicable diario (impublicable, al menos por ahora, en su integridad) cómo sucedió lo que sucedió. Y aunque aludo al pasaje de memoria, respondo de su contenido esencial.

Con la protocolaria invitación de marras, don Alfonso recibió diáfanos informes del contexto en que se había producido; informes según los cuales, lejos de ser invitado único, o cuando menos principal, a dicho viaje, habría él resultado, digámoslo así, huésped de relleno, ya que la estrella del grupo sería un ex presidente de la República Mexicana, y el segundo de a bordo un distinguido periodista de aquellos tiempos, famoso, más que por su nula formación académica, por su rapaz falta de escrúpulos. Y ni siquiera el motivo de la expedición era de carácter cultural, sino político. Los griegos deseaban agradecer de tal suerte al señor ex presidente un voto favorable a la posición de Grecia sobre el problema chipriota, que el prócer habría emitido en alguna conferencia internacional. El periodista funcionaría en calidad de agente de relaciones públicas en las reuniones, políticas y rutinarias, que se habían programado. Y en cuanto al mayor prosista de nuestra lengua —como Borges alcanzó a titularlo— apenas si actuaría, frente a todo esto, como figura decorativa.

Abundaban, pues, las razones para descartar el convite, y Reyes no las eludió. Pero siempre cortés —a veces, de labios afuera, su cortesía lindaba con el masoquismo—, cocinó, y coadyuvó a divulgar excusas verosímiles, reservando para las hojas íntimas de su diario la exactitud de los hechos y su personal reacción ante los mismos. No sobra hoy ponerlos en claro. Si la verdad de lo que ahí aconteció no aumenta su gloria de helenista, en cambio restituye firmeza a la devoción y la dignidad que nosotros asociábamos a su trabajo y a su ejemplo. No, no fue ninguna especie de cobardía o temor al desengaño lo que hizo a Reyes abstenerse en definitiva de visitar a Grecia, a “su” Grecia: lo detuvo, sí, el honesto afán de no venderla por un plato de lentejas.

Jaime García Terrés, Nueva revista de filología hispánica, Tomo 37, Nº 2, 1989, págs. 413-418.

Versión original:

http://codex.colmex.mx:8991/exlibris/aleph/a18_1/apache_media/YQKQBSVR2GVFJIPXFM44A795M2U9FQ.pdf

Recordando a José Emilio Pacheco. Documental sobre su vida y obra

Breve documental sobre la vida y obra de José Emilio Pacheco, dirigido por Paulina Lavista:

Fernando Curiel (ed.). Casi oficios : cartas cruzadas entre Jaime Torres Bodet y Alfonso Reyes, 1922-1959. Por Serge Ivan Zaïtzeff

En años recientes la vasta correspondencia del humanista Alfonso Reyes (1889-1959) con sus amigos mexicanos ha visto la luz en un número creciente de ediciones. Al lado de Julio Torri, Mariano Silva y Aceves, Martín Luis Guzmán, Antonio Castro Leal, Manuel Toussaint, Xavier Icaza, Rafael Cabrera, Genaro Estrada y José Vasconcelos (en una nueva edición), ahora figura Jaime Torres Bodet (1902-1974). Del autor de Biombo sólo se conocían algunas cartas sueltas dirigidas a sus compañeros de generación así como a Miguel N. Lira, Ermilo Abreu Gómez y Genaro Estrada y es por eso que Casi oficios viene a ser una grata sorpresa. Es de suponer que ésta debe ser la correspondencia más sostenida de Jaime Torres Bodet (durante 37 años) y la más nutrida del diálogo de Alfonso Reyes con los Contemporáneos. Todo lo cual ya da a este volumen una innegable importancia.

Las 178 cartas recogidas en este tomo pulcramente editado por dos de las instituciones de mayor prestigio en México, se agrupan en tres períodos (o trechos): 1922-1939, 1940-1949 y 1949-1959. En el primero —el cual en realidad termina en 1935— predominan las cartas de Torres Bodet (45 de las 49) quien audazmente entabla la conversación con el escritor mayor radicado en Madrid. El pretexto es literario y literaria será la amistad que unirá a estos dos hombres ejemplares. El joven poeta busca la aprobación del maestro y éste se la da en seguida. Con su característica generosidad Reyes no sólo expresa su admiración por los versos juveniles de Torres Bodet (quien contaba con apenas veinte años) sino que le ofrece su amistad. A Torres Bodet le urge ser reconocido y Reyes es quien lo puede ayudar y animar. Reyes siempre vio con interés los anhelos estéticos de las nuevas promociones y aceptó colaborar en sus revistas. Así, la amistad con Torres Bodet lo lleva a participar en La Falange y sobre todo en Contemporáneos. Desde 1922 se establece entre ambos escritores un constante intercambio de libros y colaboraciones que durará toda la vida.

Durante la visita de Reyes a México en 1924 los dos corresponsales por fin se conocieron y aunque fue breve el contacto, contribuyó a fortalecer los lazos de simpatía, lo cual se manifiesta en un tono un tanto más personal pero sin llegar a la intimidad. Sólo en un par de ocasiones Torres Bodet se atreve apenas a cruzar esa línea al aludir a lo que siente (cuando se encuentra en París) para luego retroceder al terreno mucho más cómodo para él de las tareas literarias. No se trata de falta de afecto o de confianza sino sencillamente de exceso de pudor. Reyes respeta esta distancia impuesta por su interlocutor y le corresponde evitando confidencias y confesiones las cuales reservará más bien para otros amigos como, por ejemplo, Julio Torri o Genaro Estrada. Cada amistad es única y encuentra su propio tono, su propio lenguaje, de acuerdo con la personalidad y sensibilidad de cada amigo. A final de cuentas la verdadera amistad no es más que la comprensión mutua, condición que se revela a lo largo del presente intercambio epistolar a pesar de su tono objetivo y aun oficinesco. Cartas que son “Casi oficios”, según la acertada expresión de Curiel. Toda correspondencia nos hace revivir una época a través de su propia óptica. En este caso se ve el fracaso inicial (en 1925) y luego el triunfo de Contemporáneos, la polémica desatada por Los de abajo, el proyecto de hacer una nueva antología de la poesía mexicana y siempre los libros de don Alfonso (Ifigenia cruel, Pausa, Cuestiones gongorinas, Fuga de Navidad, etc.) que invariablemente despiertan el entusiasmo de Torres Bodet. Las cartas de este último siguen el itinerario diplomático de Reyes por Madrid, París y Buenos Aires y en 1929 el propio Torres Bodet emprende la misma ruta con su primer puesto en la Legación de México en Madrid. Caminos paralelos o con paralelos (como dice Curiel) son los que recorren Torres Bodet y Reyes en sus vidas literarias y profesionales (es decir, la diplomacia). En cada capital el joven diplomático siente la presencia de su compañero cuyos amigos llegan a ser los suyos. Cambia la geografía pero no la devoción. Las cartas alfonsinas son una auténtica fuente de placer para Torres Bodet quien siempre necesita estímulo. Le agrada leer Monterrey —el correo literario de Alfonso Reyes en Río de Janeiro a partir de 1930— y en alguna ocasión figura en sus páginas. Aprecia los comentarios de Reyes sobre su Destierro y a su vez resalta las cualidades de El testimonio de Juan Peña, Casi cinco sonetos y A vuelta de correo entre otros. Ante tal productividad Torres Bodet le hace la inevitable pregunta: “¿Cómo hace usted para conciliar esta labor con la charla de lejos con los amigos?” (p. 73). Cabe recordar que entre sus corresponsales (además de los ya mencionados) se destacan también Pedro Henríquez Ureña, José María Chacón y Calvo, Gabriela Mistral, Victoria Ocampo, Jorge Luis Borges, Ramón Gómez de la Serna, Enrique Díez-Canedo y muchísimos más. El material epistolar de Alfonso Reyes alcanza dimensiones verdaderamente deslumbrantes. Además, la sostenida alta calidad de los libros que va publicando Reyes impresiona profundamente a Torres Bodet quien lucha en vano en contra del tiempo que le quita la burocracia. Con todo, éste dedicará su vida al servicio público en puestos cada vez más prestigiosos mientras que el regiomontano abandonará la “carrera” y se reintegrará a la vida capitalina en 1939. A pesar de la casi inexistencia de misivas alfonsinas durante este primer período, las cartas de Torres Bodet logran reflejar la vida de Reyes —sus pasos, sus huellas, sus libros. Y sobre todo representan un testimonio de simpatía, de afecto y de admiración.

Al segundo trecho sólo pertenecen 14 cartas (6 de Torres Bodet y 8 de Reyes) las cuales van desde enero de 1941 hasta marzo de 1949 cuando Torres Bodet ocupa los cargos más altos en Relaciones Exteriores, Educación Pública y la UNESCO. El hecho de vivir los dos amigos en la misma ciudad de México (hasta 1948) explica quizás la escasez de cartas —más bien recados (semi)oficiales. Desde París el nuevo Secretario General de la UNESCO muestra su enorme admiración por su amigo Reyes al invitarlo a encabezar la Delegación Permanente de México ante aquel organismo, pero Reyes se ve obligado a rechazar ese honor por motivos de salud y de trabajo. Ni la amistad de Torres Bodet ni la atracción de París logran apartarlo del rumbo que se ha fijado, o sea hacer “algunos libros”.

Con la presencia de Torres Bodet en la capital francesa, primero en la UNESCO y luego como Embajador de México (1952-1958), el contacto epistolar entre ambos corresponsales aumenta considerablemente. De hecho, se incluyen en el último trecho (1949-1959) 60 cartas de Torres Bodet y 53 de Reyes. En general se trata de un período de intensa colaboración y de ayuda mutua. Incesantemente Torres Bodet le solicita artículos y notas de diversa índole así como opiniones y sugerencias. Siempre cuenta con Reyes quien cumple invariablemente con gusto y eficacia. Torres Bodet no deja de pensar en su compatriota a la hora de necesitar algún trabajo sobre Goethe, Sor Juana o Julio Verne. A su vez Reyes confía enteramente en Torres Bodet para corregir sus textos. Existe una perfecta armonía entre los dos amigos: “Siempre acordes como dos violoncellos” (carta de Reyes a Torres Bodet, 22 de abril de 1955). Inclusive en momentos muy difíciles Reyes sigue ejecutando con “heroísmo” (palabra de Torres Bodet) los encargos de ese “guerrero siempre arriba de su caballo o al pie del cañón” (p. 119). Hasta la última carta (8 de septiembre de 1959) Torres Bodet y Reyes se consultan, se prestan servicios y se admiran mutuamente. Y sobre todo se esconde detrás de la formalidad y de la cortesía extrema de esa correspondencia un entrañable afecto, una verdadera comprensión. Lo que falta, sin embargo, es la auténtica comunicación entre dos grandes amigos y escritores.

Igual que en trabajos anteriores, Fernando Curiel —reconocido epistológrafo reyista— ha hecho una excelente edición. Abren el volumen un prólogo que ofrece los datos pertinentes a la trayectoria paralela de Torres Bodet y Reyes, una caracterización del epistolario y una justificación por dar a conocer estos “casi oficios”. Además, el sistemático y lúcido Curiel introduce cada uno de los tres trechos de la correspondencia con unas útiles observaciones (Sinopsis, Estadística, Comentario general). Acompañan las cartas amplias notas que proporcionan toda la información necesaria para una lectura provechosa del material epistolar. Como apéndice se recogen siete “textos contiguos” —esencialmente de ambos corresponsales— que contribuyen a un mayor conocimiento del tema. A manera de epílogo, Alicia Reyes traza una evocación muy personal y conmovedora de su “otro abuelo”, de “Jaime-abuelo”. Esta edición, en la cual no falta nada, concluye con una lista de las “Principales figuras mexicanas aludidas” (casi un índice onomástico) y una bibliografía. Casi oficios es lectura obligatoria para conocer más a fondo a dos de los pilares de la cultura mexicana moderna: el ateneísta Alfonso Reyes y el Contemporáneo Jaime Torres Bodet.

Lección inaugural de José Emilio Pacheco en la Cátedra Alfonso Reyes en Cuernavaca (2005)

José Emilio Pacheco Cátedra Alfonso Reyes en Cuernavaca 1997-2017- Veinte años.
Conferencia: Alfonso Reyes en Cuernavaca por el Dr. José Emilio Pacheco.
(Ceremonia inaugural de la Cátedra Alfonso Reyes en Cuernavaca en la UAEM. 21 de enero de 2005)
Parte 1, discurso del Rector de la UAEM. Psic. René Santoveña.
Lección inaugural de la Cátedra Alfonso Reyes en Cuernavaca, UAEM, 21 de enero de 2005. Presidium: Alicia Reyes, José Emilio Pacheco, José Luis Martínez, Adolfo Castañón, Vicente Quirarte.
Parte 2 Inicio de la conferencia Alfonso Reyes en Cuernavaca por el Dr. José Emilio Pacheco.
Lección inaugural por el Dr. José Emilio Pacheco: Alfonso Reyes en Cuernavaca, 21 de enero de 2005. La Cátedra Alfonso Reyes en Cuernavaca se fundó con esta fecha en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos UAEM, estuvo en operación los años 2005 a 2006 durante el rectorado del Psic. René Santoveña Arredondo.  Presidium: Alicia Reyes, José Emilio Pacheco, José Luis Martínez, Adolfo Castañón, Vicente Quirarte.
Parte 3 Final de la  conferencia: Alfonso Reyes en Cuernavaca por el Dr. José Emilio Pacheco.
La Cátedra Alfonso Reyes en Cuernavaca se fundó con esta fecha en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos UAEM, estuvo en operación los años 2005 a 2006 durante el rectorado del Psic. René Santoveña Arredondo.

Alfonso Reyes y la filología: entre la Revista de Filología Española y la Nueva Revista de Filología Hispánica. Por Mario Pedrazuela Fuentes

Resumen

En este artículo se propone un recorrido por la labor filológica de Alfonso Reyes, sobre todo la que realizó en el Centro de Estudios Históricos durante los diez años que pasó en España entre 1914 y 1924. En ese tiempo, trabajó intensamente en la literatura de los siglos XVI y XVII y también en la Revista de Filología Española. A su regreso a México, cuando preside El Colegio de México, acogerá allí a muchos de los intelectuales españoles que le ayudaron en sus años madrileños y dará continuidad al trabajo filológico que se había iniciado en el Centro de Estudios Históricos, truncado por la Guerra Civil, y que después fue continuado en cierta medida por el Instituto de Filología de Buenos Aires. Reyes colaboró en la continuidad de la Revista de Filología, pues después de un breve período en Buenos Aires, donde se desarrolló la Revista de Filología Hispánica, ésta se publicó finalmente en El Colegio de México con el título de Nueva Revista de Filología Hispánica.

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Tras los pasos de Eusebio Juaristi. Poeta de la química

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Un camino marcado por la curiosidad, la obstinación y la casualidad. Eusebio Juaristi en Cuernavaca

El 10 y 11 de septiembre de 2014, el Dr. Eusebio Juaristi (Profesor Emérito e Investigador en el Departamento de Química del CINVESTAV-IPN) compartirá con la comunidad académica y estudiantil del Tecnológico de Monterrey, Campus Cuernavaca, y de la Universidad Politécnica del Estado de Morelos, su discurso de ingreso a El Colegio Nacional Un camino marcado por la curiosidad, la obstinación y la casualidad; discurso en el que narra sus aventuras y peripecias como investigador en Ciencias químicas:

Tendría unos 12 años cuando el personaje central de una película de Walt Disney —un joven de 18 años que realizaba experimentos en el laboratorio ubicado en el sótano de su casa— despertó en mí la vocación por explorar e inventar cosas. Al terminar la Preparatoria, y gracias a una beca del Club Rotario de Querétaro gestionada por mi abuelo Gregorio Juaristi, me decidí por estudiar la carrera de licenciatura en ciencias químicas (LCQ) en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM). La mayor parte de mis amigos y compañeros estudiaban ingeniería química, por lo que estuve a punto de cambiarme de carrera, pero el doctor Xorge A. Domínguez, jefe del Departamento de Química del ITESM, me hizo ver la belleza, el orden y el enorme potencial de la química orgánica, y supo mantener en mí el entusiasmo por la investigación científica, de modo que me convenció de continuar en la carrera de LCQ.

10 de septiembre: Salón Learning Commons de la Biblioteca del Tecnológico de Monterrey, Campus Cuernavaca. 12:00 horas.

11 de septiembre: Auditorio Universidad Politécnica del Estado de Morelos. 12:00 horas.

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Pasado inmediato. Alfonso Reyes. México, septiembre de 1939

El movimiento intelectual contemporáneo de México. José Vasconcelos, 26 de julio de 1916

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