Archivo de la etiqueta: Pedro Henríquez Ureña

Los caciques culturales. Por José Luis Martínez

Versión original: http://www.letraslibres.com/mexico/los-caciques-culturales

Así en el mundo político, en el de la cultura existen también caciques: el personaje más fuerte que guía a los demás, que dicta las reglas, protege a su grey y, excepcionalmente, castiga a los rebeldes. Suele llamársele maestro.
Cuando se estabiliza la actividad literaria con el triunfo de la República en 1867, el maestro o cacique es Ignacio M. Altamirano y su vigencia dura hasta 1889, cuando se va a España como cónsul de México. En la despedida que le organizó el Liceo Mexicano, Manuel Gutiérrez Nájera reconoció cuánto había hecho Altamirano por las letras nacionales y dijo que él era “algo así como el presidente de la república de las letras mexicanas”.
En la década final del siglo XIX y a principios del XX, ese magisterio recayó en Justo Sierra. Desde sus puestos en el Ministerio de Educación, él encauzaba y cuidaba a la grey literaria y daba becas a pintores como Diego Rivera para que fueran a Europa a “perfeccionarse”. Como subsecretario (1901-1905) y ministro de Instrucción Pública (1905-1911) al final del régimen porfiriano, pudo hacer e hizo mucho por la cultura y la educación, culminando su obra con la fundación de la Universidad Nacional en 1910. Su magisterio concluyó con su viaje a España en 1912, donde moriría poco después.
Lo ocurrido con estos dos primeros maestros-caciques va a determinar las características que tendrá esta función en nuestro siglo:

1. Deberá ser un escritor importante y en lo posible el mejor de su tiempo.
2. Deberá ocupar puestos que le permitan ayudar y proteger a los escritores jóvenes.
3. Deberá vivir en México.

En los primeros años del siglo XX, con el Ateneo de la Juventud, el dominicano Pedro Henríquez Ureña, aunque no tiene el poder, es el impulsor de la vida cultural y el maestro que guía a los ateneístas, sobre todo a Alfonso Reyes, a cuya formación intelectual se consagra.
El primer ateneísta que tuvo el poder fue José Vasconcelos que, en sus “años de águila” —como los llamó Claude Fell— de 1921 a 1924, como rector de la Universidad y secretario de Educación Pública, organizó la educación popular, creó bibliotecas, promovió la pintura mural, hizo espléndidas publicaciones, importó educadores hispanoamericanos y se rodeó de un renacentista conjunto de maestros, filósofos, escritores, arquitectos, artistas y poetas. Muchos de ellos lo siguieron en su aventura política de 1929, que fracasó y lo lanzó al destierro y a la confusión.
Vasconcelos —escribió Christopher Domínguez Michael— vivió sin consuelo durante treinta años, ofreciendo a sus compatriotas el espectáculo de la descomposición moral que infectó a una de las almas más turbulentas y hermosas de la historia nacional.
Después de una década sin cacique, en 1939 vuelve Alfonso Reyes de sus embajadas, instala su biblioteca, dirige La Casa de España y luego El Colegio de México y, durante una veintena de años, es el cabal hombre de letras, el amigo de toda la inteligencia del mundo, el padrino obligado de las nuevas revistas y de los nuevos escritores; es, pues, el cacique y maestro hasta su muerte en 1959. La correspondencia de don Alfonso con Octavio Paz, que acaba de publicarse, muestra la generosidad y el empeño con que el maestro intervino para la publicación del primer libro poético importante, Libertad bajo palabra, de Octavio.
Por estos años, Fernando Benítez realiza la hazaña de los suplementos culturales semanales que dirige a lo largo de más de cuarenta años y que serán muy influyentes. En torno a ellos se formó el grupo al que la maledicencia llamó la Mafia. Fueron los siguientes: Revista Mexicana de Cultura, de El Nacional (1947-1948) —que inició con Luis Cardoza y Aragón, que abrió el camino de interés y calidad; México en la Cultura, de Novedades (1949-1961) —con los notables diseños tipográficos de Miguel Prieto y Vicente Rojo, que continuarán, los de este último, en algunos de los siguientes; La Cultura en México, de Siempre! (1962-1971); Sábado, de unomásuno (1977-1985), y La Jornada Semanal, de La Jornada (1987-1989). En los tres últimos suplementos, José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis fueron colaboradores eficaces de Benítez. Los mejores escritores nacionales y extranjeros del momento; la variedad de temas siguiendo el “aire del tiempo”; la atención, además de la literatura, al arte, teatro, cine, filosofía y ciencias, y a la política cuando era preciso; la plasticidad y belleza del diseño tipográfico y las ilustraciones; el contar con plantas de escritores jóvenes e imaginativos para las tareas de redacción y una apertura constante para acoger a escritores destacados; la atención a los comentarios bibliográficos, todo esto, más un cierto aire juvenil y antisolemne, fueron las fórmulas que hicieron vivaces, legibles y valiosos los suplementos que dirigió Fernando Benítez.
El libro de Jorge Volpi La imaginación y el poder. Una historia intelectual de 1968 (1998), que es la exposición rigurosa de los acontecimientos en torno a la matanza de Tlatelolco, está apoyado fundamentalmente en las páginas de La Cultura en México, de Siempre!
Cuando Octavio Paz volvió a México, después de haber renunciado a la embajada en la India como protesta por Tlatelolco, tuvo una recepción excepcionalmente cálida. Poco después, fundó la revista Plural (1971-1976), a la que seguiría Vuelta (1976-1998). Él será el nuevo cacique cultural, aunque con discrepancias. Durante la época de Reyes, un grupo menor y pintoresco, el de Jesús Arellano, se burlaba del acatamiento que dábamos a don Alfonso. Con Paz, las discrepancias eran sobre todo políticas y llegaron a extremos como la quema de imágenes del escritor por sus opiniones acerca de los conflictos centroamericanos. Octavio solía ser agresivo no sólo en materias políticas sino aun en las literarias. Y se trenzó en polémicas ruidosas con Carlos Monsiváis, José Joaquín Blanco, Elías Trabulse y Fernando del Paso. De éstas la más sustanciosa, acerca de la función de las izquierdas, fue la de Monsiváis. Las otras se disolvieron y olvidaron. Y en cierta ocasión, sin que hubiera contienda, agredió a Víctor Flores Olea.
Pero, superando estas rispideces, Octavio Paz fue un cacique excelente y generoso. En su larga vida literaria escribió mucho sobre poetas, novelistas, ensayistas, pintores y arquitectos, de México y del mundo, no sólo elogiándolos sino precisando lo distintivo de cada uno. Y con sus amigos más cercanos se preocupó por abrirles el camino a instituciones o mover los resortes necesarios para que recibieran auxilio en sus dolencias.
¿Cuándo terminará el siglo XX para las letras mexicanas? Tengo la impresión de que ya ha concluido y que fue el 19 de abril de 1998, día de la muerte de Octavio Paz, en Coyoacán, Distrito Federal. Es muy remoto que, en el año y meses que restan del siglo, ocurra un acontecimiento tan grave como éste. Ese día se apaga la vida de uno de los mayores escritores mexicanos, a los 84 años de su fecunda existencia. En tanto que Alfonso Reyes es el cacique de nuestra vida literaria en parte de la primera mitad del siglo —digamos hasta su muerte en 1959—, Octavio Paz le sucede en el señorío en la segunda mitad. Fue nuestro “mayor faro”, como dijo Eduardo Lizalde. Así pues, en los días que restan para llegar al nuevo milenio, estamos en una especie de días nemontemi, de días francos que no cuentan.

José Luis Martínez, “Los caciques culturales, Letras libres, 31 de julio de 1999.

Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña. Correspondencia 1907-1914

En 1906 el escritor dominicano Pedro Henríquez Ureña (1884-1946) llega a México. Modelo de erudición y curiosidad intelectual, su presencia animó la actividad cultural de las postrimerías del Porfiriato. De inmediato la joven generación de escritores, conocida como el Ateneo de la Juventud lo adoptó como una de sus figuras tutelares.
Alfonso Reyes (1889-1959), con apenas 17 años, se convierte en el discípulo más cercano de Henríquez Ureña e inicia con él un constante y duradero intercambio epistolar. En los años que abarca la presente Correspondencia, maestro y discípulo comentan su ambiente intelectual ejercitan su estilo, manifiestan sus admiraciones literarias y, sobre todo, hacen patente, en las 112 cartas que integran el epistolario, una de las amistades más importantes de la literatura hispanoamericana.
Este epistolario, sin duda el más importante de sus respectivas obras, tuvo larga resonancia en las vidas de ambos. Todavía al final de su vida Reyes tenía presente la imagen de Henríquez Ureña: “cuando no logro expresarme con diafanidad y precisión, creo ver el rostro de Pedro Henríquez Ureña que me reconviene”, escribió en 1956.
Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña. Correspondencia 1907-1914, fue editado por José Luis Martínez con la ayuda de José Emilio Pacheco, cuenta con un detallado onomástico, así como con una útil cronología.

Pasado inmediato. Alfonso Reyes. México, septiembre de 1939

La obra de José Enrique Rodó. Pedro Henríquez Ureña

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Conferencias del Ateneo de la Juventud. Antonio Caso, Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña, Carlos González Peña, José Escofet, José Vasconcelos

Aviso sobre la trayectoria de la modernidad. Por Octavio Paz

La expresión poesía mexicana es ambigua: ¿poesía escrita por mexicanos o poesía que de alguna manera revela el espíritu, la realidad o el carácter de México? Nuestros poetas escriben un español de mexicanos del siglo XX pero la mexicanidad de sus poemas es tan dudosa como la idea misma de genio nacional. Se dice que López Velarde es el más mexicano de nuestros poetas y, no obstante, se afirma que su obra es de tal modo personal que sería inútil buscar una parecida entre sus contemporáneos y descendientes. Si aquello que le distingue es su mexicanidad, habría que concluir que ésta consiste en no parecerse a la de ningún otro mexicano. No sería un carácter general sino una anomalía personal. En realidad la obra de López Velarde tiene más de un parecido con la del argentino Lugones que, a su vez, se parece a la del francés Laforgue. No es el genio nacional sino el espíritu de la época lo que une a estos tres poetas tan distinto entre sí. Esta observación es aplicable a otras literaturas: Manrique se parece más a Villon que a Garcilaso, y Góngora está más cerca de Marino que de Berceo. Es discutible la existencia de una poesía barroca, romántica o simbolista. No niego las tradiciones nacionales ni el temperamento de los pueblos; afirmo que los estilos son universales o, más bien, internacionales. Lo que llamamos tradiciones nacionales son, casi siempre, versiones y adaptaciones de estilos que fueron universales. Por último, una obra es algo más que una tradición y un estilo: una creación única, una visión singular. A medida que la obra es más perfecta son menos visibles la tradición y el estilo. El arte aspira a la transparencia.

La poesía de los mexicanos es parte de una tradición más vasta: la de poesía de lengua castellana escrita en Hispanoamérica en la época moderna. Esta tradición no es la misma que la de España. Nuestra tradición es también y sobre todo un estilo polémico, en lucha constante con la tradición española y consigo mismo: al casticismo español opone un cosmopolitismo a su propio cosmopolitismo, una voluntad de ser americano. Apenas se hizo patente esta voluntad de estilo a partir del “modernismo”, se entabló un diálogo entre España e Hispanoamérica. Ese diálogo es la historia de nuestra poesía: Darío y Jiménez, Machado y Lugones, Huidobro y Guillén, Neruda y García Lorca. Los poetas mexicanos participan en ese diálogo desde los tiempos de Gutiérrez Nájera y la Revista Azul. Sin este diálogo no habría poetas modernos en México pero asimismo, sin los mexicanos la poesía de nuestra lengua no sería lo que es. Subrayo el carácter hispanoamericano de nuestros autores porque creo que la poesía escrita en nuestro país es parte de un movimiento generacional que se inicia hacia 1885 en la porción hispánica de América. No hay poesía argentina, mexicana, venezolana: hay una poesía hispanoamericana o, más exactamente, una tradición y un estilo hispanoamericanos. Las historias nacionales de nuestra literatura son tan artificiales como nuestras fronteras políticas. Unas y otras son consecuencia del gran fracaso de las guerras de independencia. Nuestros libertadores y sus sucesores nos dividieron. Ahora bien, lo que separaron los caudillos ¿no lo unirá la poesía? Así pues, este libro sólo presenta un fragmento, la porción mexicana, de la poesía hispanoamericana. Esta limitación nacional, por más antipática que parezca, no es demasiado grave. Nuestro libro no es sino una contribución al diálogo hispanoamericano.

Si el criterio de nacionalidad me parece insuficiente, ¿qué decir del prejuicio de la modernidad? Escribo prejuicio porque convengo en que lo es. Ahora que es un prejuicio inseparable de nuestro ser mismo: la modernidad, desde hace cien años, es nuestro estilo. Es el estilo universal. Querer ser moderno parece locura: estamos condenados a serlo, ya que el futuro y el pasado nos están vedados. Pero la modernidad no consiste en resignarse a vivir este ahora fantasma que llamamos siglo XX. La modernidad es una decisión, un deseo de no ser como los que nos antecedieron y un querer ser el comienzo de otro tiempo. La sabiduría antigua predicaba vivir el instante -un instante único y, sin embargo, idéntico a todos los instantes que lo habían precedido. La modernidad afirma que el instante es único porque no se parece a los otros: nada hay nuevo bajo el sol, excepto las creaciones e inventos del hombre; nada es nuevo sobre la tierra, excepto el hombre que cambia cada día. Aquello que distingue el instante de los otros instantes es su carga de futuro desconocido. No repetición sino inauguración, ruptura y no continuidad. La tradición moderna es la tradición de la ruptura. Ilusoria o no, esta idea enciende al joven Rubén Darío y lo lleva a proclamar una estética nueva. El segundo gran movimiento del siglo se inicia también como ruptura: Huidobro y los ultraístas niegan con violencia el pasado inmediato.

El proceso es circular: la búsqueda de un futura termina siempre con la reconquista de un pasado. Ese pasado no es menos nuevo que el futuro: es un pasado reintentado. Cada instante nace un pasado y se apaga un futuro. La tradición también es un invento de la modernidad. O dicho de otro modo: la modernidad construye su pasado con la misma violencia con que edifica su futuro. Castillos en el aire, no menos fantásticos y vulnerables que los edificios intemporales de otras épocas. En suma, nuestro perjuicio  es más un destino: es asumir el tiempo que nos tocó vivir no como algo impuesto sino como algo querido -un tiempo que no se parece a los otros tiempos y que es siempre hasta en sus cacofonías y repeticiones, la encarnación de lo inesperado. La modernidad nace de la desesperación y está perpetuamente enamorada de lo inesperado. Su gloria y su castigo no son de este mundo: son las maravillas y los desengaños del futuro. Nuestro libro pretende reflejar la trayectoria de la modernidad en México: poesía en movimiento, poesía en rotación.

Las antologías aspiran a presentar los mejores poemas de un autor o de un período y, así, postulan implícitamente una visión más o menos estática de la literatura. Inclusive si admite que los gustos cambian, la crítica afirma casi siempre que las obras permanecen aunque la visión de un crítico sea distinta de la de otro crítico, el paisaje que contemplan es el mismo. Este libro está inspirado por una idea distinta: el paisaje también cambia, las obras no son nunca las mismas, los lectores son igualmente autores (actores). Las obras que nos apasionan son aquellas que se transforman indefinidamente; los poemas que amamos son mecanismos de significaciones sucesivas -una arquitectura que sin cesar se deshace y se rehace, un organismo en perpetua rotación. No la belleza quieta sino las mutaciones, las transformaciones. El poema no significa pero engendra las significaciones: es es lenguaje en su forma más pura.

Movilidad del paisaje contemplado y movilidad de punto de vista: no es lo mismo leer a Segovia o a Sabines desde la perspectiva de un lector de González Martínez que leer a Tablada o a Gorostiza desde la de Montes de Oca o de Aridjis. En el primer caso nuestro punto de vista será estático: vemos al presente desde un pasado consumado; en el segundo, vemos al pasado desde un presente en movimiento: el pasado insensible se anima, cambia, marcha hacia nosotros. En general la crítica busca la continuidad de una literatura a partir de autores consagrados: ve al pasado como un comienzo y al presente como un fin provisional; nosotros pretendemos alterar la visión acostumbrada: ver en el presente un comienzo, en el pasado un fin. Este fin también es provisional porque cambia a medida que cambia el presente. Si el presente es un comienzo, la obra de Pellicer, Villaurrutia y Novo es la consecuencia natural de la poesía de los jóvenes y no a la inversa. La prueba de la juventud de estos tres poetas es que soporta la cercanía de los jóvenes. El presente la cambia, le otorga nuevo sentido. En cambio, si no hay una relación viva entre el presente y el pasado, si el pasado es insensible a la acción de los jóvenes, no es aventurado afirmar que hay una ruptura: ese pasado no nos pertenece. Por supuesto, no quiero decir que sea desdeñable: simplemente no es nuestro, no forma parte de nuestro presente.

Este libro no es una antología sino un experimento. Lo es en dos sentidos: por la idea que lo anima y por ser una obra colectiva. Sobre lo segundo diré que nuestra coincidencia no ha sido absoluta. Desde el principio se manifestaron ciertas diferencias de interpretación. Nada más natural. Uno de nosotros observó que la idea de “tradición de la ruptura” es contradictoria: si hay tradición, algo permanece (sustancia o forma) y la cadena no se rompe; si hay ruptura, la tradición se quebranta e, inclusive, se extingue. Otro repuso que la tradición se preserva gracias a la ruptura: los cambios son su continuidad. Una tradición que se petrifica sólo prolonga a la muerte. Y más: transmite muerte. Réplica: el ejemplo de las sociedades tradicionales desmiente las supuestas virtudes vivificadoras de la ruptura. Nada cambia en ellas y, no obstante, la tradición está viva. Contestación: la tradición es una invención moderna. Los llamados pueblos tradicionales no saben que lo son; repiten unos gestos heredados de la historia, fuera del tiempo -o, más bien, inmersos en otro tiempo, cíclico y cerrado. Sólo la ruptura nos da conciencia de la tradición. Nueva réplica: lo contrario es cierto: gracias a la tradición tenemos conciencia de los cambios…

No repetiré aquí todo lo que dijimos. En un momento de la discusión surgió la verdadera divergencia: Alí Chumacero y José Emilio Pacheco sostuvieron que, al lado del criterio central del cambio, deberíamos tomar en cuenta otros valores: la dignidad estética, el decoro -en el sentido horaciano de la palabra-, la perfección. Aridjis y yo nos opusimos. Nos parecía que aceptar esa proposición era recaer en el eclecticismo que domina desde hace muchos años la crítica y la vida intelectual de México. Ni los convencimos ni nos convencieron. Se me ocurrió que no quedaba otro remedio que publicar, en el mismo libro, dos selecciones. Nueva dificultad: algunos poetas figurarían en ambas, aunque con poemas diferentes. Alguien propuso una solución intermedia: incluir también a los autores que cultivan el “decoro” pero que, en algún momento, han coincido con la tradición del cambio. A pesar de que Aridjis y yo queríamos un libro parcial, nos inclinamos sin alegría. Esto explica la presencia de nombres que sólo de una manera tangencial pertenecen a la tradición del movimiento y la ruptura. Al mismo tiempo procuramos al seleccionar sus poemas, ajustarnos dentro de lo posible a la idea de mutación. No creo que lo hayamos conseguido en todos los casos. No importa: a despecho de este libro, el lector percibirá la continuidad de una corriente que comienza con José Juan Tablada, avanza y se ensancha en la obra de 4 o 5 poetas del grupo siguiente, más tarde se desvía y oculta -aunque sólo para reaparecer con mayor violencia en tres o cuatro poetas de mi generación- y, en fin, acaba por animar a la mayoría de los nuevos poetas.

Dividimos el libro en cuatro partes. La primera está consagrada a los jóvenes. No es ni puede ser una selección completa. Más que un cuadro de la poesía reciente es una ventana abierta a un paisaje que cambia con velocidad. La segunda parte nos enfrentó a un grupo disperso y cuya obra de verdad significativa se inicia no en la juventud sino en la madurez. Es una generación marcada por la segunda Guerra Mundial y por las querellas ideológicas que la precedieron y siguieron. Más tarde que las otras, como para recobrar el tiempo perdido, da un salto hacia adelante, hacia su juventud. Omitimos a Neftalí Beltrán y a Manuel Ponce porque pensamos que lo mejor de su obra no corresponde a la “tradición de la ruptura”. Confieso que, ya en prensa este libro, pensé que su exclusión no se justifica enteramente: su caso no es distinto al de varios poetas que figuran en esta sección y en la siguiente. La tercera parte es más homogénea. Las obras decisivas de este grupo, con la excepción de José Gorostiza, son las de juventud. No faltará quien nos reproche la ausencia de Jorge Cuesta. La influencia de su pensamiento fue muy profunda en los poetas de su generación y aún en la mía, pero su poesía no está en sus poemas sino en la obra de aquellos que tuvimos la suerte de escucharlo. A media que nos internamos en el tiempo los nombres disminuyen. Por eso no es extraño que el cuarto grupo (1915) sólo incluya a cuatro poetas. Uno de ellos, Alfonso Reyes, no pertenece realmente a la tradición moderna pero una porción limitada de su obra sí revela ese espíritu de aventura y exploración que nos interesa destacar. El caso de López Velarde también parece, a primera vista, dudoso. No lo es. Cierto, es el poeta de la tradición: ¿será necesario recordar que para él esa palabra era sinónimo de novedad? El tercer poeta de este grupo es un solitario que nunca ha publicado un libro de versos: Julio Torri. Fue uno de los primeros que, entre nosotros, escribieron poemas en prosa. Con él aparece en nuestra lengua el humor moderno. El cuarto poeta es un tránsfuga del modernismo: José Juan Tablada. Tal vez es nuestro poeta más joven.

 

Las tres Electras del teatro ateniense. Por Alfonso Reyes

oc1

Para Pedro Henríquez Ureña

La grave culpa de Tántalo, prolongado a través del tiempo su influjo pernicioso, y como en virtud de una ley de compensación, fue contaminando con su maldad e hiriendo con su castigo a los numerosos Tantálidas, hasta que el último de ellos, Orestes, libertó, con la expiación final, a su raza, del fatalismo: pues ni el tormento del agua y los frutos vedados, ni el de la roca amenazante, bastaron a calmar la cólera de las potencias subterráneas; y sucedió que la semilla de maldición, atraída por Tántalo, germinará, ruinosamente, en el campo doméstico. Y desenrolló la fatalidad su curso, proyectándose por sobre los hijos de la raza; y ellos desfilaron, espectrales, esterilizando la tierra con los pies.

Pélope, hijo del Titán, heredó la maldición para transmitirla a la raza. Y el designio de Zeus se cumplía pavorosamente, en tanto que Tiestes y Atreo, los dos Pelópidas, divididos por aquella fraternal, se disputaban el cetro. Y, en convite criminal, Tiestes, engañado por Atreo, devoraba a sus propios hijos y, advertido de la abominación, desfallecía vomitando los despojos horrendos.

Tiestes había engendrado a Egisto, y Atreo, a la Fuerza de Agamemnón y al blondo Menelao. Y fue por Helena, hija del cisne y esposa de Menelao, por quien la llanura del Escamandro se pobló de guerreros muertos; y por Clitemnestra la Tindárida –que vino a ser, trágicamente, esposa de Agamemnón–, por quien nuevos dolores ensombrecieron la raza.

En tanto que Menelao y Agamemnón asediaban a los troyanos, para la conquista de Helena, Clitemnestra, aconsejada por Egisto su amante, prevenía el puñal. Y al puñal y a la astucia sucumbió Agamemnón, victorioso y de vuelta al lugar nativo, arrastrando tras sí, como por contagio de fatalidad, a la delirante Casandra. Así Clitemnestra regocijó a Egisto su amante, acreciendo las voluptuosidad del lecho.

Pero soñó con sueño augural –dice Esquilo–, que dragón nacido de sus propias entrañas y amamantando a su mismo seno sacaba del pezón materno, mezcladas, la sangre y la leche. Soñó –dice Sófocles– que Agamemnón, resucitado, plantaba en la tierra, orgullosamente, el antiguo cetro de Tántalo, y que el cetro soltaba ramas y, trocado en árbol floreciente, asombraba a toda Micenas.

Y vino Orestes, hijo de Agamemnón: vino del destierro a desgarrar el vientre materno, en venganza de su padre y atendiendo a los mandatos de Apolo. Y por ello sufrió persecución de las gentes y de las Erinies de la Madre; y ya, reñido con Menelao, se disponía a clavar su espada en el flanco de Helena, cuando ésta escapó hacía el éter, convertida en astro.

Perseguido por las Erinies y siempre acompañado del fiel Pílades, huyó Orestes abandonando a Electra su hermana. Y cuenta Esquilo que, perdonado en la tierra de Palas por el consejo de los ancianos, ante el cual los propios dioses comparecieron como partícipes en las acciones del héroe, halló Orestes fin a sus fatigas, y así terminó la expiación de la raza de Tántalo. Eurípides cuenta que, de aventura en aventura, Orestes dio, por fin, en tierra de tarros, donde, para alcanzar perdón, debía robar del templo la estatua de la diosa Artemis, y que ahí encontró a Ifigenia, su otra hermana, oficiando como sacerdotisa del templo: a Ifigenia, a quien su padre Agamemnón, constreñido por los oráculos, y para que sus caminasen con fortuna hacia Ilión, había creído sacrificar, en Áulide, a la propia Artemis, pero que, salvada por la diosa en el momento del sacrificio, cumplía hoy, como en una segunda vida, los ritos sangrientos de la divinidad, recordando, a veces, por la visión del sueño, su vida anterior, y no sabiendo qué hacer de su existencia. Orestes huyó de Táurida con la anhelada estatua, y, llevando consigo a Ifigenia, navegó hacia Atenas. Ésta es, según Eurípides, la suerte de la raza de Tántalo.

Seguir leyendo Las tres Electras del teatro ateniense. Por Alfonso Reyes

Enrico Mario Santí y Octavio Paz

Ensayo

A propósito de uno de los ensayos más importantes de Octavio Paz, Enrico Mario Santí establece:

El laberinto de la soledad (1950), del poeta mexicano Octavio Paz (1914-1998), es una de las piezas claves de la literatura moderna: ensayo él mismo moderno y reflexión crítica sobre la modernidad. En la historia de la literatura hispanoamericana se trata de la prosa ensayística más importante de este siglo, la que ha influido más en el pensamiento y en la literatura de lengua española y resonado más en los de otras lenguas. En el contexto intelectual hispánico, pertenece a la tradición del ensayo de identidad nacional -lo que en Alemania se llamó, en cierto momento la Völkerpsychologie (psicología de los pueblos) y que durante el siglo XIX repercutió en todo el continente, incluyendo España.

Santí. Laberinto de la soledad
19ª edición, 2013 Ilustración de cubierta: Marie-José Paz, El hilo de Ariadna (collage). @Octavio Paz

Seguir leyendo Enrico Mario Santí y Octavio Paz

Premio internacional de ensayo Pedro Henríquez Ureña

En el marco del 130 aniversario de su natalicio, la Academia Mexicana de la Lengua convoca a la primera edición del Premio Internacional de Ensayo “Pedro Henríquez Ureña” 2014 de acuerdo con las siguientes bases:

 

  1. El Premio Internacional de Ensayo “Pedro Henríquez Ureña” se otorgará a un escritor de lengua española que en su trayectoria haya destacado en el género del ensayo.
  2. Podrán ser postulados al premio todos los ensayistas que escriban en lengua española, independientemente de su país de origen o de residencia, salvo los miembros numerarios, electos, honorarios o correspondientes de la Academia Mexicana de la Lengua.
  3. Cada candidatura deberá ser presentada por un mínimo de tres académicos numerarios de cualquiera de las Academias pertenecientes a la Asociación de Academias de la Lengua Española.
  4. El monto del premio será de $1’000,000.00 (UN MILLÓN DE PESOS MEXICANOS) e irá acompañado de una medalla conmemorativa que ostente la efigie de don Pedro Henríquez Ureña.
  5. El premio será indivisible y, en su caso, podrá ser declarado desierto.
  6. El jurado estará presidido por el director de la Academia Mexicana de la Lengua e integrado, además de él, por otros cuatro miembros numerarios de la corporación propuestos por la Mesa directiva y avalados por el pleno. El jurado someterá su dictamen a la aprobación del pleno.
  7. Las candidaturas al premio deben presentarse, debidamente fundamentadas y acompañadas de las obras ensayísticas que las avalen, en la Secretaría de la Academia Mexicana de la Lengua (Liverpool 76, colonia Juárez, delegación Cuauhtémoc, 06600 México, D. F., México) antes de las doce de la noche (hora de México, D. F.) del día 8 de agosto de 2014.
  8. El premio será entregado en México, en el transcurso del mes de noviembre de 2014.

México en la obra de Alfonso Reyes, Adolfo Castañón

Por Adolfo Castañón

Adolfo Castañón¿Por qué titular, o por qué llamar la atención sobre la presencia del tema México en la obra de Alfonso Reyes? La respuesta más inmediata que se me ocurre tiene que ver con un episodio polémico que se da a principios de los años 30, cuando Héctor Pérez Martínez, entonces un joven escritor y también joven político, escribe una carta a Reyes reclamándole dos cosas, Reyes se encuentra en ese momento en Río de Janeiro y le reclama dos cosas: Uno, que siendo el escritor mexicano más importante y más reconocido de la época no entre a tomar partido en la contienda política mexicana, en ese momento y tampoco entre a tomar partido en la contienda literaria entre nacionalistas y cosmopolitas; entre los escritores que abogaban por una literatura de contenidos naturalistas realistas derivado en cierto modo de la Revolución mexicana y los escritores que pregonaban o sostenían la idea de un arte, de una literatura, de un ejercicio literario que se bastase a sí mismo en cuanto a tal, independientemente del tema con la idea de que lo mexicano de todos modos saldría como una especie de transpiración, a esta segunda corriente podemos adscribir a el grupo de contemporáneos.

Reyes escribe en ese momento, una airada respuesta, airada, extensa, pormenorizada, apasionada, es el texto titulado a Vuelta de correo donde se defiende de estos dos temas, de estas dos acusaciones, pero sobre todo de la segunda, no tanto de la primera. Pero quizás para comprender el contexto en el que se da esta conversación, finalmente este intercambio, finalmente esta polémica no es una, o no se da en los términos en que ahora entendemos la polémica, como una especie de lucha a muerte en donde alguien va a salir decapitado, se da finalmente como una conversación, como una argumentación. Héctor Pérez Martínez y Alfonso Reyes terminarán siendo personas cercanas y amigos a pesar de las diferencias. Pero digo, había que tomar un poco de contexto para entender que profundidad, que está sucediendo en este intercambio y por qué converge en Alfonso Reyes, esta solicitud, por un lado, de intervenir en la política mexicana y por otro lado, el documentar en su obra el tema de México. Que lo documentó ampliamente, de los veintiséis volúmenes de la Obra completa de Alfonso Reyes, y de los que componen un universo de alrededor de trece mil cuatrocientas cuarenta páginas y de los diez tomos o más que podrían configurar la correspondencia, más otros dos o tres tomos de escritos diplomáticos, que publicará Fondo de Cultura en colaboración con Relaciones Exteriores con el título de Misión diplomática, en todo este universo de páginas que suman para ser conservadores, alrededor de unas veinte mil páginas, de veinte mil hojas, hay un universo amplio de textos escritos por Alfonso Reyes sobre México, tan amplio como alrededor de entre dos mil quinientas y tres mil páginas, o sea una buena proporción de cosas que se refieren directamente al tema de México.
Estas páginas, ya que me fui por ahí por un momento antes de llegar al contexto, estas páginas se podrían dividir en tres grandes cuerpos, en tres grandes grupos. Un primer grupo lo configurarían los textos documentales que Alfonso Reyes genera a través de cartas, de diarios o de memorias, los libros Albores, Parentalia, a través de su diario donde Reyes habla en primera persona como ciudadano mexicano y en cuanto tal se expresa sobre México y sobre el mundo en su correspondencia innumerable, Reyes es uno de los titanes de la epistolografía o de la escritura de cartas, no solo en México, no sólo en América; sino en lengua española, y creo yo, que en el mundo moderno uno de los más activos grafónomos o practicantes del arte de las cartas, sostuvo correspondencia, como ustedes lo saben, con numerosas personas, les mencionaré a: Pedro Henríquez Ureña, José Gorostiza, Carlos Pellicer, Daniel Cosío Villegas, Héctor Pérez Martínez, Rafael Cabrera, Javier Icaza y Genaro Estrada, que fue su jefe en Relaciones Exteriores, para solo mencionar algunos; en otros países, sostiene correspondencia con Azorín con Baroja, con Unamuno, en Cuba con Chacón y Calvo, con el hermano de Henríquez Ureña, o sea, el universo de la correspondencia de Reyes, de hecho, desde el punto de vista de la edición, de la exigencia editorial, así como hemos terminado, en el Fondo de Cultura Económica, con la edición de los veintiséis tomos, trece mil cuatrocientas cuarenta páginas de obra completa, todavía tenemos por hacer la recopilación y la edición sistemática de la correspondencia. Bueno, entonces en primer lugar, Reyes en primera persona, hace sus memorias, después regresaremos a ello, escribe cartas, escribe un diario y se desempeña como actor, como funcionario en el servicio diplomático mexicano desde alrededor de casi 30 años.
El primer cuerpo, entonces sería un cuerpo primera persona, Reyes, digamos, por sí mismo. Un segundo cuerpo correspondería a todos aquellos textos que Alfonso Reyes escribió con una temática, con una tópica, con unos motivos mexicanos, en este orden sobresale en primer lugar, nos detendremos más adelante en este texto, ese poema ensayo, texto prodigioso que es La visión de Anáhuac, pero además de La visión de Anáhuac hay un sinnúmero de otros textos como El Testimonio de Juan Peña, La silueta del indio Jesús, diversos ensayos, entendidos con un sentido artístico, con un tema mexicano y la pieza de teatro que es central en la obra de Alfonso Reyes el poema dramático, titulado Ifigenia cruel, donde bajo el manto de las referencias helénicas, griegas, está transpirando el drama de Alfonso Reyes, al que en un momento me referiré. En un tercer cuerpo de la antología o del “corpus mexicano” de Alfonso Reyes, encontraríamos los textos que Reyes escribe en cuanto ensayista, crítico literario, historiador, periodista, sobre México, ahí, que es quizás la parte más extensa de esta antología, vamos a ver repasar la historia de México desde tiempos prehistóricos como en el texto titulado Tres reinos, por supuesto, todos los entornos de la cultura náhuatl y del tema azteca, pues indígena, donde sobresalen los textos en torno a Moctezuma y continuaríamos con, deje de lado La visión de Anáhuac, que ya lo mencioné, con los textos sobre el origen del teatro en México, las siluetas de los primeros evangelizadores, la silueta de su personaje preferido y muy cercano a Alfonso Reyes, que es Juan Ruiz de Alarcón así como Octavio Paz elige una hermana electiva, una especie de espejo que lo va a reflejar en Sor Juana Inés de la Cruz, Alfonso Reyes elige en “El corcovado ingenioso” Juan Ruiz de Alarcón un espejo de mesura de y una especie de ideal estético.
Además de Juan Ruiz de Alarcón, Reyes escribirá en el libro Letras de la Nueva España, textos sobre Sor Juana, Singüenza y Góngora y otros autores y momentos de la cultura novo-hispana virreinal, por supuesto, es casi repetir la historia de la literatura mexicana, lo haré brevemente, textos sobre Joaquín Fernández de Lizardi, sobre Ignacio Manuel Altamirano, sobre Ramírez, sobre José de Cuéllar, sobre Justo Sierra, y finalmente, sobre todos aquellos escritores que configuran, de alguna manera, el Modernismo en México, en particular un escritor al que Reyes le tiene gran devoción, porque tenía la devoción heredada de su padre, que es Manuel José Otón, él era un protegido, un amigo, una persona que estaba en la casa paterna, con frecuencia, de la familia Reyes, el gran poeta Manuel José Otón, más adelante Reyes, va a escribir un pequeño, y yo diría desdeñoso, texto sobre el gran poeta nacional, Ramón López Velarde, titulado Prosas en papel de fumar, que es un texto para la sensibilidad moderna, para nosotros hoy, que consideramos a Ramón López Velarde como uno de los pináculos de la lírica mexicana de principios de siglo, sino es que de todo el siglo, sin más, nos va a sorprender que Reyes lo trata de una manera un poco desdeñosa, un poco despectiva en este croquis escrito en papel de fumar, imagínense qué le pasa a un croquis escrito en papel de fumar pues se vuelve ceniza muy rápidamente y además el papel de fumar, el papel arroz es una sábana, como se dice, una hojita en la que no cabe mucho texto. Las razones para desdeñar Reyes a López Velarde, tiene que ver con el provincialismo de López Velarde, en términos manifiestos, superficiales, pero en términos un poco más profundos, tiene que ver con una herida que nunca se le va a curar a Reyes y es la herida surgida en esta polémica, a la que aludí al inicio de esta conversación, con Pérez Martínez, y es la de que Reyes de alguna manera sentía a sí mismo, o el se había elegido a sí mismo como el gran poeta mexicano del siglo XX.
Cuando digo que Reyes se había elegido a sí mismo en esa condición, me estoy acordando de una frase de Salvador Novo, referida a Reyes, que dice que “todos -cito a Novo con memoria- todos admirábamos a Alfonso casi tanto como el se admiraba a sí mismo”. El gran poeta que va a ocupar el escenario crítico del siglo XX, será Enrique González Martínez el poeta que en sus primeros momentos pregona la idea de darle al Modernismo a la ebriedad modernista un tratamiento de sobriedad y “torcerle el cuello al cisne”. Curiosamente, esta es una justicia o injusticia poética, una de las, quizás una de las razones por las cuales Alfonso Reyes va a perder el premio Nobel en 1949, tiene que ver precisamente con Enrique González Martínez ya que si bien, Gabriela Mistral lo recomienda en una carta a la Academia Sueca, y aquí les puedo leer, un cachito. Si bien ella lo recomienda, en el camino un ex discípulo “malqueriente”, o como le quieran llamar, que es Antonio Castro Leal hace circular una carta entre los escritores mexicanos al mismo tiempo que Gabriela está proponiendo a Reyes para el premio Nobel en el 49, diciendo que el candidato que debe de ser elegido es Enrique González Martínez, bueno, pero esos son episodios de una historia literaria poco clara. Leeré la carta, no lo tenía pensado pero sale, la carta que escribe Gabriela Mistral, fechada en el hotel Mocambo de Veracruz el 12 de enero de 1949, ella si ustedes lo recuerdan, tenía una particular afición por México, para presentar al Secretario de la Academia Sueca en Estocolmo a Alfonso Reyes como candidato al premio Nobel en el 49.

“El caso de Alfonso Reyes, señor Andrés Andreshosterling, Secretario de la Academia, es el de un escritor al cual nadie disputa su lugar en nuestros países: Argentina, Uruguay, Chile Perú, etcétera. Se trata de un gran prosista, de un poeta agudo y sutil y de un creador cotidiano de cultura por la abundancia y por el desorden que tuvieron sus publicaciones en una o más editoriales la obra de nuestro escritor ha sufrido muchísimo cada lector suele conocer una o dos direcciones de esa obra y se ha quedado sin los demás rumbos, hay los que siguen solamente sus ensayos, hay los que se aplican a su especialización en historia literaria y hay unos pocos que lo hemos disfrutado en la obra entera, me he hallado a profesores y escritores que nunca leyeron ni La Ifigenia cruel ni la poesía lírica de Alfonso Reyes, tampoco aquella prosa suya que llamaríamos civil en donde está su labor de hombre continental, centro y sudamericano y español por añadidura. Solamente ahora esa obra copiosa está editándose por una editorial -Fondo de Cultura Económica- la anarquía lastimosa de nuestras editoriales que aparecen y desaparecen, ha dañado bastante la divulgación del maestro Alfonso Reyes, sin embargo él es popular entre los cultos, si vale la frase, y hasta suele trocarse con lo popular-campesino pues ha hecho también poesía de sabor folklórico. Alfonso Reyes es realmente, varios hombres, un clásico americano un elaborador de cultura y también un reconciliador en prosa y en verso de las tendencias criollo-futuristas que recorren América Latina y solo en él se transmiten en creación seria, y en asimilación verdadera, sea en verso, sea en la prosa.”

Y siguen las razones elogiosas. Esta candidatura de Reyes en 49, fue apoyada públicamente también por Octavio Paz, de quien sólo voy a leer unos párrafos, dice:

“Si, tenemos algunos poetas extraordinarios, un dramaturgo, varios críticos y tres o cuatro grandes escritores en prosa en la literatura mexicana. Pero tenemos sobre todo -dice Paz- un hombre para quien la literatura ha sido algo más que una vocación o un destino; ha sido una religión. Un hombre para quien el lenguaje ha sido y es todo lo que puede ser el lenguaje sonido y signo, trazo inanimado y magia, organismo de relojería y ser vivo, palabra en suma, poeta, crítico y traductor, el es el hombre de letras por excelencia, el minero, el artífice, el peón, el jardinero el sacerdote de las palabras…”

Pero de alguna manera esta importancia de Alfonso Reyes, no solo es una importancia que ahora la vemos y la tenemos como estrictamente comprensible, inteligible en términos críticos, en términos literarios, en términos estéticos; sino que no sabríamos explicarnos el fenómeno Reyes, el caso Reyes, la figura de Alfonso Reyes, si no atendemos, si no recordamos, de alguna manera, su biografía, y aquí es preciso recordar que Alfonso Reyes fue el hijo de su padre, el hijo de su padre quiere decir, el hijo del general Bernardo Reyes que gobernó, reinó en Nuevo León durante varios años durante el Porfiriato. Que estuvo en por lo menos tres ocasiones muy cerca del umbral que lo separaba del poder absoluto, es decir, en un momento dado, se pensó que Bernardo Reyes podría ser el “hombre fuerte” que sucedería a Porfirio Díaz. Bernardo Reyes había llegado esa condición de “hombre fuerte” del Porfiriato de gobernador, no solo, Nuevo León, sino yo diría un poco de todo el norte de México, debido a que era un hombre enormemente aguerrido, un guerrero, “un poeta de la espada”, como diría el propio Reyes. Un hombre que hizo la guerra contra el yaqui y también evitó que se diera una mayor violencia en un momento dado que ya estaban pacificados y que por medidas administrativas, como suele suceder ¿verdad? -nos suena- se perturba el status quo en un momento dado al final de los ochenta del siglo antepasado y hay un momento en que está a punto de incendiarse el norte de México en una guerra entre indios y criollos –“de máscaras pálidas”- y es Bernardo Reyes el que logra pacificar esto. Pero no sólo ha hecho eso; sino que también persiguió a este personaje memorable, quizás, si no simpático, por lo menos atractivo literariamente que fue el bandido llamado “El tigre de Álica” un guerrillero que asoló -el famoso Losada- que asoló el norte de México, Colima, Nayarit, Jalisco y que se hizo fuerte a la hora de la Intervención francesa -está muy bien recordarlo hoy, 5 de mayo- porque fue de aquellos mexicanos que “le vendieron su alma al diablo francés”, que se pusieron del lado de los invasores, esto le permitió al “Tigre de Álica”, a Manuel Losada, reinar en el noroccidente de México durante casi una década y quien llegaría a someterlo sería precisamente Bernardo Reyes. El joven Bernardo Reyes, muy muy joven, quien cuando se anuncia la intervención francesa en su pueblo siendo, como digo, un adolescente, escupe el bando civil donde se convoca a la sumisión, y es gracias a los oficios del abuelo de nuestro ex presidente López Portillo, su bisabuelo, que logra su madre sacarlo de la cárcel para que luego, luego Bernardo se vaya a pelear en contra de los franceses en la guerrilla legítima. Bernardo Reyes era una figura excepcional desde el punto de vista ética y desde el punto de vista de la lealtad a las instituciones por eso mismo va a ser enormemente trágica su muerte, el 9 de febrero de 1913, durante la “Decena trágica”. Es, en este momento, ya no el gobernador, ya no el hombre que tiene todos los laureles, y todos los prestigios de la gloria militar y civil, hay que recordar que en Nuevo León, como gobernador, Bernardo Reyes fue uno de los introductores de la legislación que protegía los derechos del trabajador, por ejemplo, o sea no era un hombre de poder así nada más; sino que era un político, un estadista más complejo. Pero, como ustedes, o recordemos brevemente Bernardo Reyes no quiso ponerse a la cabeza del “Reyismo” que le pedía que asumiera el relevo de Porfirio Díaz y cuando Francisco Madero toma el poder por la elecciones -que sabemos- Bernardo se va exiliado y regresa y cae en la trampa de creer de pensar que el de Madero, a pesar del mecanismo electoral, a pesar de la flamante democracia, es un hijo ilegítimo, un hombre que no merece el poder, o sea, cae bajo el hechizo de las sirenas militares, de las sirenas de la violencia y es muerto, bueno primero es aprehendido y encarcelado en, recuerdan el Palacio nacional, la plaza mayor, zócalo de México que tiene tres puertas, la puerta en donde siempre están los militares, la puerta de en medio y la puerta donde está el Hemiciclo a Juárez , en la puerta en donde están los militares, anteriormente, atrás había, a principios de siglo, una prisión y estuvo ahí Bernardo Reyes, compartiendo el espacio con otro personaje memorable simpático, carismático de la historia de México Francisco Villa, ese otro “tigre de Álica” seguramente cuando estuvieron prisioneros, algo más de un año, se cruzaron no pocas veces y aunque no hay testimonio de que hayan entablado conversación, Francisco Villa y Bernardo Reyes, es seguro que compartieron ese espacio de enclaustramiento forzoso. Debido a las diligencias de la familia Reyes, particularmente del hermano mayor de Alfonso, el político, Rodolfo Reyes amigo personal e íntimo, Rodolfo, de otro villano de la historia mexicana que es Félix Díaz, gracias a las gestiones de Rodolfo sale Bernardo de prisión, pero tan pronto sale, encabeza una revuelta, en ese febrero trágico de la “Decena trágica” y muere sobre su caballo, balaceado por los soldados que defendían Palacio Nacional donde estaba el acosado y asediado Madero con su gabinete, con Pino Suárez.
De modo que, cuando cae Bernardo Reyes, este hombre que en toda su vida había sido impecable, noble, leal honrado, carismático, amigo de los poetas, amigo de Otón en México; pero también fuera de México: amigo de Rubén Darío, amigo de José Enrique Rodó, hombre que se sabía versos de memoria, un militar ilustrado, culto como ya no los hay, o quizás los hay pero se esconden. Digo que Bernardo Reyes al caer, de alguna manera para el joven Alfonso, muere dos veces, porque muere como una figura física, como un cuerpo físico, pero también muere como un objeto de admiración y se convierte en una especie de “padre incómodo” de figura bochornosa, ¿cómo ser hijo de este aliado de Victoriano Huerta? De hecho cuando muere Bernardo Reyes, 1913, en ese momento Alfonso, todavía Alfonsito quizás, tendría 24 años, él nació el 17 de mayo del 89, está recién casado, tiene un hijo. El propio Victoriano Huerta se acerca a Alfonso Reyes para nombrarlo su secretario particular, el hombre que le lleva la agenda, -una función de moda- pero no acepta y finalmente para no pelearse con quien tiene el poder, con Victoriano Huerta, acepta irse de México nombrado como secretario de la legación mexicana en París y en ese momento Reyes se va de México, es decir, por ahí de agosto septiembre de 1913 y Reyes no volverá a México más que a tomar vacaciones unos cuantos días, en aquella época en que no había aviones, o eran muy raros. Sólo volverá a México definitivamente después de septiembre de 1939, por agosto también o septiembre. De modo que el Alfonso Reyes escritor, el Alfonso Reyes creador, artista es en realidad una figura del exilio, una figura del destierro.
El Alfonso Reyes a quien le escribe Héctor Pérez Martínez en 1932, es ya el hombre que ha estado en París y en París se ha hecho amigo, por méritos propios, por su simpatía, por su gracia, por su ángel, por su memoria, por lo que ustedes quieran, se ha hecho amigo de escritores mayores como puede ser Paul Válery, de escritores de su edad o un poco más jóvenes, como pueden ser Saint John Perse o Julio Supervielle, de escritores innumerables en Francia. Cuando estalla la Primera guerra mundial Reyes tiene que irse a Madrid y ahí en Madrid se ve obligado a ganarse la vida con la pluma en la mano.
En Madrid no es el único mexicano, hay otros, pero Francisco de Icaza, no resisto la tentación de leerles esta cita, le advierte en cuanto llega Alfonso Reyes a Madrid a vivir esos días heroicos, le advierte Francisco de Icaza al joven Alfonso Reyes de ya veinticinco o veintiséis años que llega con muchas ganas de ganarse la vida con la pluma, le dice Icaza, el amigo de Machado, en fin, de tantos otros, le dice: “… pero se lo digo sin rodeos, es posible que usted logre sostenerse aquí con la pluma pero eso es como ganarse la vida levantando sillas metálicas con los dientes.” Pero Reyes lo hace, se gana la vida “levantando sillas metálicas con los dientes” y es en ese momento, en Madrid, donde vamos a ver al Reyes más creativo, más ingenioso, más laborioso y trabajador. Es ahí donde escribirá La visión de Anáhuac, es ahí donde inventará algo que está en cada uno de los momentos de su obra, pero que de alguna manera, configura, algo menos y algo más que una obra porque Reyes no es el autor, como podrían serlo otros escritores, Reyes no es el autor de una gran obra maestra, es decir, de una novela de seiscientas páginas, es el autor de diversas, numerosas, muchas, copiosas pequeñas obras maestras, pero es sobre todo, el autor, el inventor, el creador de un idioma español.
Y esto es precisamente lo que van a saludar un Jorge Luis Borges y lo que van a saludar los amigos españoles de la época en Reyes esta vivacidad, esta consistencia del idioma.
El idioma español, como ustedes saben -esta es una necesaria disgregación- es un idioma que después del Siglo de oro, después del siglo XVII, entra en una especie de automatismo octosílabo, de somnolencia en parte por la Inquisición, en parte porque en España la vida intelectual deja de estar cerca del riesgo cerca de la aventura. La Inquisición en cierto modo ha castrado a la literatura hispánica de su capacidad de innovación y ha transformado a lo escrito en español, a partir de ella, en una literatura rígida curialesca, dura, burocrática. Tendremos que esperar al final del siglo XIX, al Modernismo, a Rubén Darío y a los escritores españoles que le son coetáneos, como Antonio Machado, o un poco posteriores, Unamuno, Azorín y Baroja, pero sobre todo me quedaría con Machado y Rubén Darío para esta explicación. Tendremos que esperar que un Rubén Darío dé una vuelta por la literatura y encuentre el “genio de la lengua” en la poesía, en el verso, en la prosa de los escritores primitivos españoles, el Arcipreste de Hita, Gonzalo de Berceo y los poemas anónimos de aquella época, El libro de Alexandre, El diálogo del alma y el cuerpo, y otros. Esa savia primitiva junto con la savia del Simbolismo francés, que en ese momento está haciendo su eclosión, su florecimiento, van a traer un torrente de sangre fresca a la literatura lírica en español. Pero, ¿y la prosa?, la prosa se ha quedado atrás y precisamente el chiste de Alfonso Reyes, la gran aportación, la gran riqueza de Alfonso Reyes a la literatura, no mexicana, a la literatura hispánica e hispanoamericana, como lo sabrá reconocer un Jorge Luis Borges o un Miguel de Unamuno o un Ortega, consiste en hacer, lo mismo que hizo un Rubén Darío con el verso, hacerlo en la prosa, es decir, conectar a la prosa con los dos polos energéticos que alimentan a nuestra tradición, por un lado la relectura de la literatura hispánica primitiva y por otro lado la manifestación, la expresión de la literatura de Vanguardia. Reyes es, no sólo un escritor clásico, sino un escritor vanguardista y funde estas dos corrientes, estos dos torrentes en su idioma, del cual, el ejemplo más acabado, el ejemplo más señalado es el poema titulado Visión de Anáhuac, en el cual ahora me voy a detener. Primero les leeré un cachito de Visión de Anáhuac y después nos adentraremos en una pequeña exégesis del poema.

“En la era de los descubrimientos, aparecen libros llenos de noticias extraordinarias y amenas narraciones geográficas. La historia, obligada a descubrir nuevos mundos, se desborda del cauce clásico, y entonces el hecho político cede el puesto a los discursos etnográficos y a la pintura de civilizaciones. Los historiadores del siglo XVI fijan el carácter de las tierras recién halladas, tal como éste aparecía a los ojos de Europa: acentuado por la sorpresa, exagerado a veces. El diligente Giovanni Battista Ramusio publica en su peregrina recopilación Delle Navigationi et Viaggi en Venecia y el año de 1950. Consta la obra de tres volúmenes infolio, que luego fueron reimpresos aisladamente, y está ilustrada con profusión y encanto. De su utilidad no pude dudarse: los cronistas de Indias del Seiscientos (Solís al menos) leyeron todavía alguna carta de Cortés en las traducciones italianas que ella contiene. -Me salto, voy a otro lado, a la visión del propio valle de México. Epígrafe de Bernal Díaz del Castillo-. Parecía a las cosas de encantamiento que cuentan en el libro de Amadís… No sé cómo lo cuente, Bernal Díaz del Castillo.
Dos Lagunas ocupan casi todo el valle: la una salada, la otra dulce. Sus aguas se mezclan con ritmos de marea, en el estrecho fondo formado por las sierras circundantes y un espinazo de montañas que parte del centro. En mitad de la laguna salada se asienta la metrópoli, como una inmensa flor de piedra, comunicada a tierra firme por cuatro puertas y tres calzadas, anchas de dos lanzas jinetas. En cada una de las cuatro puertas, un ministro grava las mercancías. Agrúpanse los edificios en masas cúbicas; la piedra está llena de labores, de grecas. Las casas de los señores tienen vergeles en los pisos altos y bajos, y un terrado por donde pudieran correr cañas hasta treinta hombres a caballo. Las calles resultan cortadas, a trechos, por canales. Sobre los canales saltan unos puentes, unas vigas de madera labrada capaces de diez caballeros. Bajo los puentes se deslizan las piraguas llenas de fruta. El pueblo va y viene por la orilla de los canales, comprando el agua dulce que ha de beber: pasan de unos brazos a otros las rojas vasijas. Vagan por los lugares públicos personas trabajadoras y maestros de oficio, esperando quien los alquile por sus jornales. Las conversaciones se animan sin gritería: finos oídos tiene la raza, y, a veces, se habla en secreto. Óyense unos dulces chasquidos; fluyen las vocales, y las consonantes tienden a licuarse. La charla es una canturía gustosa. Esas xés, esas tlés, esas chés que tanto nos alarman escritas, escurren de los labios del indio con una suavidad de aguamiel. El pueblo se atavía con brillo, porque está a la vista de un grande emperador. Van y vienen las túnicas de algodón rojas, doradas, recamadas, negras y blancas, con ruedas de plumas superpuestas o figuras pintadas. Las caras morenas tienen una impavidez sonriente, todas en el gesto de agradar. Tiemblan en la oreja o la nariz las arracadas pesadas, y en las gargantas los collares de ocho hilos, piedras de colores, cascabeles y adornos de oro. Sobre los cabellos, negros y lacios, se mecen las plumas al andar. Las piernas musculosas llevan aros metálicos, llevan antiparas de hoja de plata con guarniciones de cuero -cuero de venado amarillo y blanco-, suenan las flexibles sandalias. Algunos calzan zapatones de cuero como de marta y suela blanca cosida con hilo dorado. En las manos aletea el abigarrado moscador, o se retuerce el bastón en forma de culebra con dientes y ojos de nácar, puño de piel labrada y pomas de pluma. Las pieles, las piedras y metales, la pluma y el algodón confunden sus tintes en un incesante tornasol y -comunicándoles su calidad y finura- hacen los hombres unos delicados juguetes”.

Hasta aquí Reyes. Visión de Anáhuac es un texto que escribe, que describe el Anáhuac, el altiplano en 1519. Es escrito en Madrid en estos años heroicos donde Reyes levanta sillas con palillos mondadiente, como decía Icaza, en 1915, hay ahí una especie de pequeña cábala, de pequeña simetría, 1519, 1915. El Reyes que está escribiendo esto, es el Reyes que ha salido de México, que ha visto a su padre caer asesinado, justamente, en términos, digamos, históricos de ahora, y él lo sabe, por eso después se va a aliar con los gobiernos revolucionarios, ha visto a su padre, ha visto caer a Victoriano Huerta, ha visto caer a Francisco Madero, ha visto todo el proceso que se está creando, se está dando en ese momento de las revoluciones mexicanas, porque ya sabemos, nos lo han dicho los historiadores ahora, que la Revolución mexicana no fue una; sino fueron muchas y que realmente no sabemos cuando terminó, si terminó en verdad en el 17, o en el 27, o en 29, o en el 36, con los últimos episodios de la contrarrevolución Cristera. Bueno, en 1915 Reyes tiene todas estas heridas en el cuerpo del alma y escribe un texto que es Visión de Anáhuac, que de alguna manera, es un regreso mental a México al México convulso de la Revolución mexicana, pero vamos a fijarnos vamos a detenernos un poco en la forma en que Alfonso Reyes regresa a su querida tierra, su patria. No regresa con la imagen, con la imaginación, con la mente, con la fantasía de un mexicano, regresa asombrosamente, con la mente, o metiéndose dentro del cuerpo mental del conquistador anónimo, de un español. Visión de Anáhuac es el descubrimiento del altiplano por un soldado anónimo, por un ìcî, por un “uno” de aquellos que acompañaron a Cortés. Pero Visión de Anáhuac representa otro descubrimiento, que es el descubrimiento que hace la literatura mexicana contemporánea de la literatura del Siglo de oro español. Reyes se mete dentro de la literatura del Siglo de oro, pero en lugar de escribir como un Quevedo, como un Cervantes, como un Góngora, se va a poner a escribir en la lengua popular de la época del Siglo de oro, es decir, como un Hernán Cortés, como un Bernal Díaz del Castillo o como una Teresa de Jesús o un Alonso de Contreras. Este descubrimiento de la literatura española clásica es un descubrimiento moderno es un juego arqueológico poético que da como da como resultado uno de los textos más consistentes de la literatura mexicana contemporánea, un texto que en cierto modo, “espejea”, y de hecho se han hecho comparaciones a ese gran poema de la literatura universal contemporánea que es la Anábasis de Saint John Perse. Con todo este bagaje, Reyes nos está señalando un camino y ese camino es el de que, para vivir en el presente, en el momento y en el lugar presente de la literatura hispanoamericana o de la literatura mexicana, tenemos que tener vivas dos coordenadas: por una parte, la coordenada que nos viene del conocimiento profundo de la literatura hispánica, no en balde Reyes ha sido el primer escritor de lengua española que traslada a lengua moderna el poema del Mio Cid, por otra parte, no desdeñar, de ninguna manera, los bienes adquiridos por la experimentación, por la literatura de Vanguardia- en el momento de Reyes, por Apollinaire, por Supervielle y por otros, por Saint John Perse-.
Y con esto me detengo, yo les podría seguir hablando de nuestro querido huésped del hotel Chulavista donde se quedaba aquí, pero creo que es oportuno dejar un espacio para sus comentarios y sus reflexiones. Muchas gracias.

¿Por que Alfonso Reyes no se ocupó de México y sus colores y olores?

Respuesta de Adolfo Castañón: No. Yo creo que Reyes se ocupó mucho de México, pero no quiso bajar a la palestra polémica porque traía esta herida de haber sido el hijo de su padre. Reyes puede no ser conocido por algunos bachilleres del sur o de aquí de México, pero yo le aseguro que es un escritor que es enormemente apreciado y conocido fuera de México, baste pensar en los elogios que dedica Borges, que le dedica Byoy Casares y baste pensar también en el número muy amplio de estudiosos que se dedican a su obra, porque Reyes no sólo fue una persona o un escritor que escribió -como digo, algunas tres mil páginas sobre México, de las veinte mil de su obra total- sino que fue un funcionario del gobierno mexicano, y como tal trabajó, vamos a decir haciendo patria en los memorandos y dando conferencias, una y otra vez, a propósito de la cultura mexicana. Yo creo que el tema de la relativa ignorancia en relación con Alfonso Reyes, tiene que ver con que Reyes no es un escritor -voy a usar una palabra un poco exagerada- sensacionalista. Yo creo que hay algo de razón en lo que usted dice, pero sobre todo a nivel, digamos, de público y quizás también a nivel de editorial. El problema con Alfonso Reyes es que no es un Juan Rulfo que tiene dos obras que podemos memorizar rápidamente, es un hombre, que como les dije al principio, en su obra publicada de libro, sin hablar de los documentos, tiene un universo enormemente disperso. Y en cierto modo, el peor enemigo de Alfonso Reyes ha sido Alfonso Reyes, como lo decía Gabriela Mistral, en su carta a la embajada sueca y el propio Octavio Paz, en el fragmento que les leí. Porque Reyes es varios escritores, no sólo es un escritor, es el poeta, el cuentista, el helenista, el teórico literario, el epistológrafo, y un poco, yo diría para concluir con esta respuesta, que me ha llamado la atención en el curso de, mis ya no tan breves años, ver que en la última década hay una especie de renacimiento, de resurrección del interés por Reyes.

¿No se puede actualizar la obra de Alfonso Reyes?

Un día en Bogotá, -tengo un amigo colombiano- y de pronto tomo el taxi, estaba yo solo y oigo una cumbia, una cumbia en donde hay un refrán que se repite, que dice “Los caminos de la vida no llevan a donde yo voy”. Y me quedo en el taxi: ¿Y esto de donde lo conozco?, si esta cumbia yo no la conozco, ¿de dónde sale, de donde sale? Bueno sale de aquí, es un poema de Alfonso Reyes, y con eso podemos levantar la sesión, está en el texto Soledades:

Soledades

“¿Qué tienes alma que gritas
a tu manera y sin voz?
Los caminos de la vida
no llevan a donde yo voy.

Mal sabes lo que procuras
mal puedes con tu dolor
échate el alma a la espalda
alma y sigue con valor.

No puedo que salí al mundo
y no me desengañó
vi una torre, vi una fuente
vi una mujer, vi una flor.
Sentí una canción, vi un ave
adiviné un resplandor
La torre se iba rindiendo
se agotaba el surtidor.

Mujer y flor se mudaban
perdiendo aroma y color
el ave se estremecía
ya no volaba, ya no
¿A dónde se fue el resplandor?

¿Qué tienes, alma que gritas
a tu manera y sin voz?
Los caminos de la vida
no me llevan a donde yo voy.

Disque íbamos a vivir
disque íbamos a viajar
disque íbamos a ser felices
vivir juntos y lo demás”.