Premio Alfonso Reyes para Germán Arciniégas

Santa Fe de Bogotá, 16 de febrero de 1996

 

Señor

Miguel Limón Rojas

Secretario de Educación Pública

de los Estados Unidos Mexicanos

Señora

Alicia Zendejas

Esposa de Don Francisco Zendejas

Fundador del Premio Alfonso Reyes

Señor Director y Compañeros de la Capilla Alfonsina

Señor Embajador de Colombia

Señores Embajadores

Amigos y Amigas

 

Cuando me acerco a cumplir mis primeros 100 años, me hacen ustedes, queridos amigos de la Capilla Alfonsina, la gracia que tanto me regocija, de darme el Premio Alfonso Reyes, en el mismo año en que se termina la edición de sus Obras completas, empeño en que han puesto ustedes su devoción. Todo esto ocurre cuando estamos en vísperas de que se cumplan los 500 de la fundación del Nuevo Mundo. Cuando junto a estos acontecimientos, me veo puesto en una esquina que me mueve a contemplar el destino de ideales, que nos animaron a cuantos estuvimos más cerca del gallardo poeta, cuya capilla conservan ustedes con tan celoso cuidado. Ese Nuevo Mundo, al cual ha llamado el Pontífice con un acierto genial, “el Continente de la Esperanza”, ha sido el personaje único que en mi corta vida vengo tratando de interpretar con los sentidos que ahora empiezo a perder. La historia del Nuevo Mundo, la verdadera historia, como diría Díaz del Castillo, es una fascinante aventura que sigue siendo la mayor tentación posible para quienes escriben y para quienes leen. Tengo la convicción de que ésa aún está por escribirse. Los mil o dos mil libros que circulan sobre el continente de siete colores no son sino caricias superficiales. Todavía no llegan a lo más hondo de lo que es nuestra América. Cuando ustedes me dan el diploma que hoy va a recibir mi hija, por no poder yo ir personalmente a que lo pongan en mis manos, se lo entregan simbólicamente a un estudiante. No soy otra cosa. Lo recibo alborozado para que quienes siguen estudiando nuestro Nuevo Mundo vean cómo hay una Escuela Alfonsina, que premia a quienes se detienen a explorar los recónditos secretos del continente que encontró Américo Vespucci, a los 10 años de que Colón anunciara que era posible atravesar de orilla a orilla el tenebroso Atlántico, que parecía condenado a devorar las naves que pretendieran atravesarlo. He dicho que los 200 millones de blancos que desde entonces han venido de Europa a poblar el Nuevo Mundo y aquí se han quedado para confundirse con los de la piel cobriza, y los de la morena, vienen desde 1493 inventando cuanto su ingenio les sugiere, porque haya sobre la tierra repúblicas de hombres libres, independientes, capaces de organizarse para la vida, donde se respete el derecho ajeno, y la república del pueblo y para el pueblo.

Vivo repitiendo estas cosas hasta la impertinencia, siguiendo la fórmula que nos dio Don Alfonso, de hacer el deslinde. Que se entienda bien que aquí los blancos del pueblo vinieron a inventar la república de la justicia para obtener la igualdad que no conocían en el Viejo Mundo. Así, los indígenas mismos les enseñaron a los blancos lo que Hidalgo y Morelos decían desde el púlpito. Que el cristianismo volviera a levantarse como se alzan nuevos pinos, según el símbolo que les ofrecía José Martí a las que en Tampa enrollaban las hojas de tabaco. Todo esto que tantas veces he dicho se me agolpa en la mente como si otra vez el valle de Anáhuac recobrara la transparencia de los tiempos antiguos. Lo que nosotros necesitamos es hacer el gran deslinde. Sentir la misma necesidad del emigrante humilde que en Cádiz subía a la nave española, llevando en la mente, no precisamente la idea de ensartar indios con la lanza, sino de buscar una tierra donde pudiera libertarse. El deslinde comienza cuando el emigrante se desprende del Viejo Mundo y se embarca para el Nuevo. Porque sí había muchos que lo que pensaban era soltar los perros sobre los indios, para que a mordiscos les dejaran libre el campo, no eran pocos los que venían a compartir con las indias la noche y la vida. Y poco a poco se fue dorando la piel, se fue formando el mestizo, se fueron amalgamando las razas y quedándose el pueblo equilibrado, que en tres siglos proclamó la independencia absoluta y vino a inventar la república americana; lo mismo que en España nacía la lengua para explicar la formación de nuevos reinos y, a la sombra del árbol de Guernica, los vascos proclamaban su propia identidad.

Cultivar la propia independencia, firmarla, defenderla, son virtudes naturales que trajeron los emigrantes y que encontraron aquí un suelo abonado para producir Bolívares, San Martines, Hidalgos y Morelos. Aquí en México, la cultura hispánica es válida hasta donde es mexicana.

 No siempre quienes han contribuido a la creación de esta América han visto lo que han hecho. Colón pensó haber llegado al mar del Japón y vio en Cuba la tierra firme de la China y en Panamá las minas de Salomón, que decía estaban en Egipto. Bolívar quiso que a Panamá regresaran los ingleses, que las tropas de Washington y de La Fayette habían puesto fuera de América. Fue una suerte inmensa para su gloria y para nosotros, que no hubiera hablado en el Congreso de Panamá. A Sucre le había escrito, cuando le envió la constitución bolivariana, aquella carta que nos hace estremecer de horror, donde le decía que la batalla de Ayacucho “no valía lo que un acorazado inglés”, y en los puntos que envió a Panamá, como la base de su pensamiento, proponía entregar a los ingleses el istmo para que quedaran ellos dueños del fiel de la balanza entre los dos océanos.

Lo movían a tan amargos pensamientos la desconfianza justa que tenía en los políticos que lo rodeaban, y quiso buscar un príncipe para hacer de la Gran Colombia un protectorado.

A principios de este siglo, Jorge Enrique Rodó nos ilusionaba describiendo a nuestra América como simbolizando la pureza de Ariel, tal como aparece en La Tempestad de Shakespeare, y en oposición al monstruo de Calibán, que simbolizaría el imperialismo yanqui. Hemos crecido en este siglo, con esa ilusión de pureza de nuestra parte, frente a un monstruo que hace del yanqui el constante imperialista, que debemos mirar siempre con la misma desconfianza que inspira el monstruoso Calibán de diabólica rapacidad. Al cultivar esta división, se nos ofreció, al celebrarse el centenario de la aparición del Nuevo Mundo, el logotipo donde sobre esta fecha se colocó la corona de la monarquía, como si los 300 años de la Colonia pesaran más que los 200 que llevamos de vida republicana. Si yo tengo el deseo de redondear mis 100 años de vida, es porque quiero llegar al 6 de diciembre cuando los cumplo, al año 2000, y aprovechar esta fecha para decirles a mis amigos, dentro de 4 años, que mi experiencia de este primer siglo me obliga a recordarles que nuestro destino es el de llevar las esperanzas que nos recuerda el pontífice romano en su certera manera de llamarnos. No debemos recibir las palabras de Juan Pablo como un elogio, sino como el recuerdo de lo que han visto en 500 años quienes han salido del Viejo Mundo para venir a crear uno Nuevo. Si en el Viejo hubo hambre, esperan que en el Nuevo encontrarán trabajo y una mesa suficiente.

Si en el Viejo, el fanatismo de nazistas, fascistas o franquistas les hizo invivibles sus patrias, que aquí encuentren un lugar de convivencia. Mayor compromiso no puede tener el hombre del Nuevo Mundo. No hay que mirar la tierra donde hemos nacido como un regalo de los dioses, sino como un campo en donde nos toca ofrecer a los demás, ese lugar de esperanza de que habla el papa Juan Pablo. No porque él lo haya dicho propiamente, sino porque eso está en el corazón de nuestra historia.

Esta fiesta que me hacen ustedes tiene esa profundidad tremenda, que yo veía en el fondo de la sonrisa de don Alfonso Reyes. Porque cuando él hablaba de la Ultima Tule, lo que estaba viendo era esa América de siete colores, en donde cada matiz de iris acaba por convertirse en una especie de compromiso con la gente ingenua, que se viene de Europa o de cualquier parte de los cuatro continentes, siempre con la idea de que aquí llegará a libertarse y convivir en un ambiente republicano porque aquí se inventó la república de la orden moderna.

Es cuanto tengo que decir para agradecer de todo corazón el que hayan unido mi nombre al de don Alfonso, a la sombra de su Capilla, en donde tantas veces he soñado cuando pienso en mi tierra y en la suya.

De nuevo, mil gracias por haberme escuchado.

Germán Arciniegas

Epílogo

En una punta de la inmensa sala de dos pisos tenía su escritorio don Alfonso. Los dos pisos estaban divididos por un corredor circular. Las paredes eran de libros. Don Alfonso entornaba los ojos, sonreía, y empezaban a salir de los volúmenes Agamenón, Diomedes y cuantos personajes vagamente conocemos nosotros y para él eran familiares. De Helena lo sabía todo. No era sólo la crónica de las batallas sino las menudas ocurrencias y picardías de la vida diaria. De cómo un mexicano pudo enterarse tanto, y llegar a tanta familiaridad con los héroes de la Ilíada, parece un abuso literario. Don Alfonso en la cima de Tenochtitlán y abajo, el mar Caribe -de bucaneros y piratas- andaba en coloquios con Agamenón y Diomedes con la misma naturalidad de Homero a orillas del mar Egeo en los tiempos de La Ilíada.

Podría pensarse que lo de don Alfonso sería un atrevimiento literario, el más audaz que pueda cometer un mexicano. Para ser exactos, en cuanto él entornaba los ojos, iban saliendo de sus libros y tomando cuerpo los fantasmas para entrar en coloquio con el mexicano con la mayor naturalidad que pueda uno imaginar.¿Cómo explicarse que este travieso ingenio del laberinto azteca pudiera en el Golfo de México hacer amistad con los héroes de La Ilíada? ¿Cómo llegó a conocer los encantos de Helena? En todo esto no hay ningún misterio. Se sabe por la verídica tradición de la Atlántida que ésta nació cuando el jardín de las Hespérides. Congréganse los Atlantes en el Templo de Neptuno. Los que van llegando cuentan cataclismos de la tierra de donde vienen. Mien­tras están hablando, un terremoto hunde el templo, y la imagen de Neptuno es destruida por un rayo. A lo lejos se oye el clamor de las Hespérides. Convirtiendo en armas los árboles y las columnas del atrio, acometen a Hércules, con quien sostienen rudo combate.Trasladados ya al Caribe, de Neptuno para abajo, los dioses griegos con todas sus trampas, astucias y enredos humanos quedan contagiados de la sustancia americana. La aventura de don Alfonso le da ciudadanía americana lo mismo a Agamenón y a Diomedes que a Helena. Su gracia convierte el virreinato en un virreinato de alfeñique. Sor Juana se sale de los suelos y entra de lleno al teatro del cazador de sonrisas sin perder la profundidad de sus sueños.Don Alfonso escribe la octava partida que se le olvidó al sabio castellano. Su aventura es la más arriesgada de nuestras letras, y por eso, todos a una proclamaban su candidatura como la ideal para que se le diera el Premio Nobel. Fue entonces la grande ilusión de nuestra América. Sólo él nunca pensó en eso. Su placer estaba en conversar con los personajes que salían de sus anaque­les a platicar en veladas de regocijo devolviéndole la vida a imágenes que parecían destruidas por el tiempo.Si don Alfonso le devolvió a nuestra América el derecho de fami­liarizarse hasta con los del Olimpo griego, como los griegos se habían tomado la libertad de jugar en el Caribe la creación y destrucción de la Atlántida, su lección es una de las aventuras ejemplares de las letras de nuestra América que él desenvolvía como si no hiciera otra cosa que moverse sonriente por entre llamas.El México de entonces se presentaba en el mundo a través de las memorias de Pancho Villa. Los mariachis llenaban con sus cornetas y guitarrones los ámbitos, no sólo de América, sino de Europa. No eran solamente los frescos de Orozco y Diego Rivera sino los infernales de David Siqueiros los que se salían de los muros de México para llenar las revistas de arte de América y Europa.En medio de esta estruendosa presentación surgía don Alfonso como un cazador de sonrisas. Había una fineza que quedó como una nueva lección tranquila e inesperada. Todavía está por difundirse entre nosotros esa fineza de su arte que quedó como una enseñanza al margen de la revolución mexicana.Recuerdo la reacción de Alfred Knopf en Nueva York, cuando publi­có la Visión de Anáhuac. Esta pequeña joya quedaba fuera de los programas editoriales de esa que era, y sigue siendo, una casa de primera línea entre las grandes de Estados Unidos.Yo trabajaba entonces con ellos, y cuando se publicó la Visión de Anáhuac me dijo Alfred, que era como una especie de emperador y fue fundador de la casa: “Lanzo el libro que no va a ser, ni con mucho, un éxito comercial. Es una joya que se va a editar por el prestigio de la casa: quiero darme este lujo y que quede como un modelo en los Estados Unidos”.

Germán Arciniégas

Escritor, político y abogado (Bogotá, 1900 – Ibid, 1999). Germán Arciniegas Angueyra es uno de los grandes pensadores de Colombia en el mundo contemporáneo, considerado por escritores como el “Hombre de las Américas” y el “Colombiano universal”.

Fuente de referencia:  http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/historia/america/correspondencia

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