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Un propósito. Por Alfonso Reyes

HEMOS dado algunos en suspirar por los días de la Enciclopedia, echando de menos en los escritores el estudio de ciencias definidas, y lamentando tal vez que las nociones artísticas del estilo no se contrasten siempre —oh Buffon— con la observación de las realidades metódicamente analizadas. Yo vuelvo los ojos a mi alma mater, a mi Escuela Preparatoria, orbe armonioso de conocimientos generales; tiemblo de pensar que la ciencia me deja atrás; examino con curiosidad, y casi con emoción, los libros de Einstein; discuto por las noches, con mis vecinos, para identificar esa y la otra estrella, y tengo por amigo predilecto al doctor en insectos y alimañas, Fabre, el de Aviñón, cuya lectura recomienda tanto Julien Benda, este intelectualista de ceño fruncido y mal humor.

No es aventurado pensar que en esta afición me acompañan muchos. No es aventurado esperar que el gusto por las lecturas científicas acabe por imponerse otra vez. Ya el anti- intelectualismo llegó a sus extremos. Ya el romanticismo, vuelto simbolismo y decadentismo primero, y al fin futurismo y dadaísmo, tocó sus límites, se deshizo solo, cumplió su misión providencial. Los mismos cubistas de penúltima hora representaban ya un tanteo hacia la síntesis clásica. Picasso y nuestro Diego Rivera están ya de vuelta con lo conquistado. Hemos aprendido muchas cosas y podemos tornar a la tierra natural de donde salimos. Conocemos ya muchos secretos. La magia negra del espíritu se nos ha hecho cotidiana. Como Chesterton volvió, por el camino de las audacias religiosas, a la más perfecta ortodoxia, henos otra vez, a fuerza de impulsos hacia el despeñadero subconsciente, por el camino real de la razón. La razón es lo mejor que tenemos los hombres: temblemos de nombrarla. Gustemos de conocer, de estudiar, de entender. Basta de absorberlo todo por los tentáculos del misterio. El instinto trabaja en nosotros, a pesar nuestro: no vale la pena de preocuparnos por él a toda hora. El instinto solo exige cuidados de higiene. Pero la parte racional que hay en nosotros, ésa se cae a pedazos, se cae sola, si no nos curamos de restaurarla día por día. Yo, por mi parte, vivo asqueado del abuso de sentimentalismo que me ha precedido: acabemos con ese caos blanducho, con ese cieno que hay en el fondo, con esa pereza, ese desorden . . . Cosa sagrada el sentimiento: vivimos de rodillas ante él. Pero ¿no es verdad, Jean Cocteau, soldado de la extrema izquierda de Francia, no es verdad que el arte no debe ser un perpetuo chantage sentimental? Algunos, aquí y allá, en todo el mundo, hemos comenzado a entendernos a guiños de ojos. Vamos a hacer una cruzada por lo que hay de superior en el hombre. Vamos a conquistar, a fuerza de brazo si hace falta, el respeto para las alas. Hemos dado algunos en suspirar otra vez por lo que hay en nosotros que nos acerca al ángel. Fray Luis de Granada hace decir, llorando, al abad Isidoro: “Lloro porque me avergüenzo de estar aquí comiendo manjar corruptible de bestias, habiendo sido criado para estar en compañía de ángeles y comer con ellos el mantenimiento divino.”

 

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