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El estoico. Por Alfonso Reyes

—Qué fácil es la virtud!—decía el Estoico—. Casi se reduce a un acto de renunciamiento, el cual, como cosa pasiva, es más hacedero que todos los actos positivos, supone mayor economía de esfuerzo y hasta se parece un tanto a la pereza. De suerte que un poco de inmovilidad conviene a la virtud, y mejor si se la interpreta, si se la “siente”, como desgana o dejadez, y no como rigidez o coerción. Luego hay un matiz de imaginación, un saborcillo de fantasía en las decisiones virtuosas. El secreto está en decirse a sí mismo: “No, si no me obligo ni me violento; más bien me dejo llevar, o más bien me quedo donde estoy.” Sentarse a la sombra de sí mismo, en vez de correr en pos de sí mismo: aquí está el secreto. ¡Oh, qué fácil es la virtud! Cultivad la imaginación, alumnos del bien. El Oriente siempre lo hizo así; pero el Occidente quiere convertir el alivio de la imaginación en la hipertensión de la voluntad. ¿Habéis advertido la diferencia? Lo que uno busca por el arduo camino de las restricciones y tiesuras, el otro lo busca por la cómoda senda, por la poética senda donde el alma, bien encaminada, se deja ir como en día de asueto.

(Y el Estoico no se daba cuenta, como acontece con todos los reformadores de la moral, de que sólo tenía razón y sólo acertaba por cuanto, tácitamente y sin saberlo, él ya era bueno de antemano, por inclinación natural y no por seguir tal o cual doctrina.)

Junio de 1955.

Alfonso Reyes, “El estoico”, Las burlas veras, Obras completas XXII, Fondo de Cultura Económica, México, 1989, p. 553.

Del revés. Por Alfonso Reyes

EN NUESTROS días, la crítica sólo cree ver escritores profundos en aquellos que están a disgusto dentro de su cuerpo o dentro de la naturaleza que les rodea y, sobre todo, en aquellos que le piden cuentas a Dios. A poco que se descubren asomos de “paranoia” o “esquizofrenia”, de malas herencias, de dolencias congénitas o adquiridas, de esas que desajustan la sensación del mundo, se obtiene patente de profundidad. En cambio, los otros son superficiales: como los griegos. Hemos vuelto de revés el sentido clásico.

Julio de 1954.

Alfonso Reyes, “Del revés”, Las burlas veras, Obras Completas XXIIFCE, México, 1989, p. 445.

 

A vueltas con el infinito. Por Alfonso Reyes

CUANDO yo estudiaba a Gracián, me detuve, con pasmo, ante esta maravilla de estilo: “Todos te conozcan, ninguno te abarque: que, con esta treta, lo moderado parecerá mu-cho; y lo mucho, infinito; y lo infinito, más” (El Héroe). No es poco alarde haber encontrado el modo de estirar todavía el infinito mediante una sola sílaba —más— que, a su vez, se alarga como un segundo infinito montado sobre el primero.

Pero, vamos a cuentas. Este acierto de estilo, este acierto artístico, ¿es también un acierto en el sentido estrictamente matemático? Si el infinito admite un aditamento, un más, ya no es infinito, sino sólo una enormidad indefinida, lo que no es igual. En el orden de los números infinitos, ni siquiera cabe decir que el todo es mayor que la parte: o sea, que no puede haber un todo infinito mayor que una parte también infinita. Si a una enorme colección de objetos (no digamos ya infinita), se le añade otro objeto, el resultado es prácticamente igual. ¿Quién puede distinguir entre un número escrito con millones de cifras, y otro con esos mismos millones de cifras y una unidad adicional? Ya sabemos que “uno más uno son dos”… relativamente. Porque, como decía Lebesgue, un león y un cordero no son dos animales, no: el león se come al cordero. Y eso mismo hace el infinito con algo más que se le añada. Lo infinito ya no puede estirarse, ya no da de sí, por lo mismo que da de sí eternamente. Pero cuando Gracián dice que lo infinito parecerá más, no hace sino invitarnos a adelantar unos pasos por un camino inacabable, lo cual es legítimo, supongo. Porque el hombre nunca percibe lo infinito, sólo puede percibir lo enorme. Lo infinito es un elemento de la matemática, pero no de la sensibilidad. De modo que, al fin y a la postre, se salva la frase de Gracián y lo dejamos en su buena opinión y fama.

Diciembre de 1955.

Alfonso Reyes, “A vueltas con el infinito”, IV Las burlas veras, Obras Completas XXII, Fondo de Cultura Económica, México, 1989, p. 611

Las burlas veras. Por Gabriel Zaid

En el Cancionero apócrifo de Juan de Mairena“poeta, filósofo, retórico e inventor de una Máquina de cantar”, Antonio Machado describe con cierta precisión un aparato destinado a burlarse de los algebristas de imágenes (Calderón, inclusive), y a pasar el tiempo “mientras llegan los nuevos poetas, los cantores de una nueva sentimentalidad”.

“Esta especie de piano-fonógrafo tiene un teclado dividido en tres sectores: el positivo, el negativo y el hipotético. Sus fonogramas no son letras, sino palabras. La concurrencia ante la cual funciona el aparato elige, por mayoría de votos, el sustantivo que, en el momento de la experiencia, considera más esencial, por ejemplo: hombre, y su correlato lógico, biológico, emotivo, etc., por ejemplo: mujer“. “Los vocablos lógicamente rimados son hombre y mujer; los de la rima propiamente dicha: mujer y (puede) ser. Sólo el sustantivo hombre queda huérfano de rima sonora. El manipulador elige el fonograma lógicamente más afín, entre los consonantes a hombre, es decir, nombre. Con estos ingredientes el manipulador intenta una o varias coplas, procediendo por tanteos, en colaboración con su público.”

Machado atribuye a la máquina la siguiente copla:

Dicen que el hombre no es hombre

mientras que no oye su nombre

de labios de una mujer.

Puede ser.

Las burlas se vuelven veras. Harper’s Magazine publicó en diciembre de 1963 los siguientes versos hechos por una máquina electrónica a partir de 3 500 palabras y 128 modelos sintácticos:

Oh, panic not to this docile juice

Finally, few of my jackets did distrust the goose

To those cell’s hot ashes, a raccoon may sting

Ah, to rectify was black; to refuse is nourishing

Que podrían traducirse así:

Oh, no te asustes de este dócil jugo

Finalmente, pocas de mis chaquetas desconfiaron del ganso

Un mapache puede picar esas cenizas ardientes de la célula

Ay, rectificar fue negro, negarse es alimenticio

Gabriel Zaid, La máquina de cantar, Siglo XXI, México, 1967, pp. 1-2.