La campeona. Por Alfonso Reyes

Cuando el Presidente del Club de Natación y los Síndicos de París —chisteras, abultados abdómenes, bandas tricolores sobre el pecho— vieron acercarse a la triunfadora, prorrumpieron en aplausos y entusiastas exclamaciones:

—¡Si parece un delfín!

—Querrá usted decir una sirena.

—No, una náyade.

—¡Una oceánida, una “oceánida ojiverde”, como dijo el poeta!

La triunfadora, francesita comestible que hablaba con dejo italiano para más silbar las sibilantes y mejor suspenderse en un pie sobre las dobles consonantes, comenzó a coquetear:

—Non, mais vous m’accablez! Mon Dieu, que je suis confuse! Et une naiade, encore! C’est pas de ma faute, vous savez? Si j’avais sû…!

Y todo aquello de:

—Toque usted; sí, señor. No hay nada postizo. Eso también me lo dio mi madre con lo demás que traje al mundo, etcétera.

—Vamos a ver, señorita —interrumpió, profesional, el señor Presidente, poniendo fin a esos desvaríos con una tosecilla muy al caso— ¡Ejem! ¡Ejem! Para llenar este diploma hacen falta algunos datos. Decline usted sus generales.

—¿Aquí, en público?

Risas. El Presidente, protector:

—Su nombre, su edad… ¿En qué trabaja usted, cuál es su oficio?

—Mi oficio es muy modesto, señores. Porque, sin agraviar a nadie, yo, como decimos los del pueblo, soy puta.

Pánico. Silencio seguido de rumores.

—¿Ha dicho usted…?

—Puta.

¡……………………………………………………………………..!

Dominando la estupefacción general, Monsieur Machin, siempre analítico, interroga:

—Pero, entonces, delfín o sirena, náyade, oceánida o demonio… sin faldas, ¿quiere usted decirnos cómo, cuándo, dónde adquirió usted esa agilidad y esa gracia en el nadar, esa perfección deportiva, ese dominio extraordinario del… de la… de los… de las…

Y la oceánida, cándidamente, le ataja:

—C’est que… vous savez? Avant de venir ici je faisais le trottoir á Venise.

De Árbol de pólvora

 

El autor argentino-canadiense Alberto Manguel gana premio Alfonso Reyes 2017

El escritor argentino-canadiense Alberto Manguel es el ganador del Premio Internacional Alfonso Reyes 2017, por su «vocación universalista» y por haber cultivado varios géneros «de manera sobresaliente», anunció hoy el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA).

«Antes que nada, Manguel es un lector, un lector que escribe», señaló la institución sobre el también traductor, editor y crítico literario.

En un comunicado, el INBA aseguró que, al igual que el mexicano Alfonso Reyes, el argentino-canadiense tiene «el carácter de excepcional polígrafo», por haber trabajado la novela, el ensayo y la dramaturgia, además de ejercer el periodismo y la traducción literaria.

A través de las letras y las humanidades, el autor ha encontrado «tanto una vía de realización personal como la oportunidad de encuentro con el otro».

Manguel (Buenos Aires, 1948) aprendió de Jorge Luis Borges que la lectura no es una actividad pasiva, sino que es parte del proceso de construcción de la cultura, indicó la institución.

«Por ello, ha dedicado sus esfuerzos a reivindicar el acto de leer como una fuerza liberadora que permite al individuo vincularse constructivamente con su comunidad», agregó.

El escritor inició su trayectoria literaria como narrador. Con su primera novela, «News from a Foreign Country Came» (1991) ganó el Premio McKitterick de la Sociedad de Autores del Reino Unido.

En su producción ensayística destaca «Una historia de la literatura», la cual, argumenta el INBA, es considerada «un clásico del tema», y se basa en su convicción de Manguel de que «los valores culturales son experiencias comunes a todo ser humano» y trascienden nacionalidades.

Mangel pasó su primera infancia en Tel Aviv hasta los seis años, cuando su familia regresó a su país natal. En 1983 se asentó en Canadá, donde permaneció 20 años y adquirió la nacionalidad.

En 2016 fue nombrado director de la Biblioteca Nacional de Argentina y recientemente fue designado miembro de número de la Academia Argentina de Letras.

El Premio Internacional Alfonso Reyes, otorgado por el INBA e instituciones culturales y educativas del estado de Nuevo León, reconoce a figuras que cuentan con una amplia trayectoria en el campo de las humanidades y que se han dedicado a diferentes géneros de la escritura y a difundir la cultura humanística universal.

Fue otorgado por primera vez en 1973 al escritor argentino Jorge Luis Borges y después de él lo han recibido figuras como los mexicanos Octavio Paz y Fernando del Paso, y el peruano Mario Vargas Llosa.

Fuente: Agencia EFE

El cocinero. Por Alfonso Reyes

Un gran letrero: —“Cocina”—, llamaba la atención del transeúnte. Junto a la puerta, los sabios hacían cola, como en los estancos la gente el día del tabaco. Cada uno llevaba una bandeja, con toda pulcritud y el mayor cuidado. Sobre la bandeja, un espejo de cristal. Y bajo el cristal, una palabra recién fabricada en el gabinete, mediante la yuxtaposición de raíces y desinencias de distintos tiempos y lugares.

El cocinero —hombre gordo y de buen humor— iba cociendo aquellos bollos crudos, aquellas palabras a medio hacer, con mucha paciencia y comedimiento.

Metía al horno una palabra hechiza, y un rato después la sacaba, humeante y apetitosa, convertida en algo mejor. La espolvoreaba un poco, con polvo de acentos locales, y la devolvía a su inventor, que se iba tan alegre, comiéndosela por la calle y repartiendo pedazos a todo el que encontraba.

Un día entró al horno la palabra artículo, y salió del horno hecha artejo. Fingir se metamorfoseó en heñir; sexta, en siesta; cátedra, en cadera. Pero cuando un sabio —que pretendía reformar las instituciones sociales con grandes remedios— hizo meter al horno la palabra huelga, y se vio que resultaba juerga, hubo protesta popular estruendosa, que paró en un levantamiento, un motín.

El cocinero, impertérrito, espumó —sobre las cabezas de los amotinados— la palabra flotante: motín; y, mediante una leve cocción, la hizo digerible, convirtiéndola y “civilizándola” en mitin. Esto se consideró como un gran adelanto, y el cocinero recibió, en premio, el cordón azul.

Entusiasmados, los sabios quisieron aclarar el enigma de los enigmas, y hacerlo deglutible mediante la acción metafísica del fuego. Y una mañana —hace mucho tiempo— se presentaron en la cocina con un vocablo enorme, como una inmensa tortuga, que apenas cabía en el fuego.

Y echaron el vocablo al fuego. Este vocablo era Dios.

…Y no sabemos lo que saldrá, porque todavía sigue cociendo.

Cátedra Alfonso Reyes – UAEM

CAR 2017

La cultura Alfonsina: todo lo sabemos entre todos. Por Carolina Moreno

Alfonso Reyes fue un hombre nacido para las letras. Su vocación creadora fue certera y decidida. Desde su primer trabajo publicado cuando tenía sólo quince años hasta su muerte, el “mexicano universal” —al decir de Jorge Luis Borges— creó una obra monumental en su extensión, compleja en sus derivaciones, ascendente en el espacio y en el tiempo. Nada de lo relativo al hombre le fue indiferente. Sus escritos abarcaron diversas disciplinas: arte y ciencia, filosofía y política, literatura e historia, sociología y economía; la profusión de su pensamiento se manifestó en artículos y ensayos, críticas y teorías, cuentos y fábulas, poemas y obras dramáticas. Polímata y polígrafo, Reyes no sólo fue un creador de una obra, sino de “toda una literatura” —como dice Octavio Paz; no fue un simple autor, sino todo un grupo de escritores representado en una sola persona.

La edición de las Obras completas de Reyes duró treinta y ocho años: los primeros doce volúmenes estuvieron bajo el cuidado del propio autor; luego, el poeta y erudito nicaragüense Ernesto Mejía Sánchez editó nueve y finalmente su discípulo y amigo José Luis Martínez ultimó la edición de los cinco restantes para alcanzar así los veintiséis tomos. Un total de 13, 404 páginas componen el legado alfonsino; herencia a la que se suma el Diario, las ediciones críticas, los epistolarios, los informes y escritos diplomáticos, las traducciones en verso y prosa; además de las antologías y selecciones que han ido surgiendo desde los años en que Reyes vivió; así como las cátedras, conferencias, discursos, entrevistas, estudios, grabaciones, obras críticas que suman Páginas y Más páginas; sin dejar a un lado el trabajo realizado en El Colegio de México y El Colegio Nacional, instituciones que contribuyó decididamente a crear. El “Erasmo americano” —como lo nombra Julio Cortázar— fue un intelectual de todas las horas y de variadas empresas; hombre dotado de un raudal de impulsos y virtudes, cuya obra es una “hazaña de la voluntad y de la imaginación”.

Si bien es cierto que la obra alfonsina desconcierta por su amplitud y parece sugerir dispersión, nada hay más alejado de la verdad. Reyes reivindica en su legado la voluntad de unificar: “todo lo sabemos entre todos”, repitió con insistencia. La unificación no estanca: facilita el movimiento; establece un sistema regular de conexiones. Los distintos órdenes del saber se interrelacionan, unas disciplinas ayudan a las otras con el propósito de establecer vasos comunicantes. Y cuando la inteligencia trabaja como agente unificador se llama cultura. Más allá de las especialidades y profesiones limitadas que la época contemporánea obliga dada la multiplicación de conocimientos y de técnicas, al humanista le corresponde ejercer “la profesión general del hombre”.

Para Reyes, el humanismo —antes que restringirse al estudio de la Antigüedad clásica, a un cuerpo de conocimientos o a una escuela— establece una orientación. El humanista, dueño de una cultura no limitada por la excesiva especialización, propenso al estudio de otras disciplinas que le permitan conocer mejor la propia, ávido de mantenerse informado sobre los avances del conocimiento en general, orienta su saber y experiencia al servicio del bien humano; orientación que no debe confundirse con el humanitarismo, actividad filantrópica con un ámbito de aplicación muy diferente. La orientación del humanismo sólo puede ejercerse plenamente en libertad; y no sólo la libertad política, sino también la libertad del espíritu y del intelecto: libertad de sentirse hijos de la cultura, como bien recuerda Pedro Henríquez Ureña.

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