La gran cruz de Boyacá. Por Alfonso Reyes

Excmo. señor Embajador don Jorge Zalamea: Reciba Vuestra Excelencia la expresión de nuestra gratitud más profunda, y dígnese hacerla llegar hasta el Excelentísimo señor don Alfonso López, Presidente de la República de Colombia, procurando—como sin duda sabrá hacerlo un mensajero de tales prendas— que, sin empañarse la objetividad y la tersura impuestas por los cánones oficiales, se deje sentir de alguna manera, y como entre líneas, ese calor de la emoción sin el cual las cosas humanas pierden su necesidad y su justicia.

Un amistoso encargo, que por de contado en la orden más inapelable, me pone en el trance de contestar a Vuestra Excelencia en nombre de los señores generales don Francisco L. Urquizo, don Leobardo C. Ruiz y don Gustavo A. Salinas, a la vez que en mi propio nombre: nuevo consorcio, éste, de las armas y las letras, en que no puedo menos de complacerme y aun sentirme guiado por algún secreto y sabio destino; por la amistad que me une con los tres señores generales; porque nunca en nuestro  país fue mejor la armonía entre militares y civiles, ahora que nuestra juventud cruza por el servicio del Estado como una etapa natural de su vida, y porque, además de ser un oficial de los libros, soy hijo de un guerrero.

Pero este paso honroso me obliga, sin remedio, a sumergir en mi propia confusión, oscureciéndola con ella, la gallarda personalidad de estos militares y estadistas, a quienes —sin salirme del pacto— no podría yo elogiar aquí como quisiera, ni felicitar a mi turno.

Se, en cambio, que los interpreto cabalmente, al asegurar que nuestra gratitud se acrecienta por el hecho de haberse escogido el aniversario nacional de Colombia para entregarnos las insignias de la Orden de Boyacá, cuyo solo nombre es grito de victoria, y evoca nuestras  bregas comunes y nuestras comunes esperanzas.

Tenemos que dejar de lado las gentiles palabras con que el señor Embajador nos acoge, y disimular con el silencio todo ese rumor de alma que se precipita a nuestros labios, sin hallar la palabra justa. Porque tampoco estaría bien que nos detuviéramos demasiado en hablar de nosotros mismos, con pretexto de rectificar favores sin duda desmedidos; y porque estas deudas, en suma —al fin engendradas por la generosidad y la nobleza del otorgante—, ni se cementan ni se pagan.

A ver cómo se las arregla este caballero de las letras y del pensamiento americanos, a quien seguimos con admiración y de sorpresa en sorpresa desde sus primeras hazañas en la pluma; este claro e intachable amigo, que por suerte ostenta entre nosotros la representación del país hermano, para que la opinión y el Gobierno de Colombia adviertan que los ahora agraciados con las insignias de la Orden de Boyacá no nos engañamos sobre la intención de esta honra inapreciable: —Servimos come memos intermediarios para que se manifieste la amistad entre dos pueblos y dos Gobiernos. Nada más: nada menos.

Cada vez nos despersonaliza más el imperativo de los deberes sociales. Siempre fue de rigor devolver a la sociedad lo que cada uno le debe. Mucho más en estos días aciagos. Nuestra vida ya no tiene más fin que ofrecer los hombros, para que salte a escalar el eterno muro otra generación a la que deseamos mejor ventura. Desaparecemos en la base de los empeños colectivos. Valemos y somos cuanto valga nuestra voluntad de integrarnos con los nuestros, absorbidos el el seno de las naciones. Y vamos, de paso, arrastrados por el gran viento histórico.

Colombia, en la constelación de las naciones americanas, ofrece una fisonomía inconfundible y, digámoslo de una vez, digna de envidia. Nunca más palpable esa posibilidad de reducir a virtud, razón e inteligencia los ímpetus juveniles y algo desordenados que, a veces, imprimen en la fisonomía de nuestros pueblos una gesticulación ingrata y excesiva. Nunca más celosamente preservada aquella vieja tradición de cortesía que, desde la hora en que Hispanoamérica pudo dejar oír su voz entre el coro de las voces de Europa, la distinguió como un carácter propio y acaso como una promesa: la promesa que América ha significado siempre para el día en que se cese el mundo.

En la mitología del Continente —en decir: en esos trasfondos de conciencia donde precipitan, ya depuradas y acendradas, las imágenes definitivas—, Colombia ha ocupado el lugar de una Atenas americana. Y aun se han dado instantes preciosos, de exquisita irrealidad —diríamos—, en que las ásperas luchas cívicas, donde hasta un poco de grosería se usa y se perdona, asumieran, allá, el aire de aquel inacabable diálogo, entablado desde que nació la palabra, entre la Gramática y la Poesía.

Para Colombia sean, pues, nuestra gratitud y nuestros votos fervientes. Y, señor Embajador, sépase y entiéndase que aquella nación—hermana mayor por la discreción y el civismo—no arroja en tierra estéril estas semillas de su generosidad. Si ya sólo como mexicanos nos cumplía amar a Colombia, ahora doblemente nos compete como señalados por el fuego de su simpatía. El amor y el entendimiento de Colombia, nosotros los atizaremos gustosamente: en la medida de su insigne acción, mis amigos, yo en mis “oscuras soledades”, de que hablaba el poeta. Nosotros lo transmitiremos a nuestros hijos, a nuestros hijos de la carne y a nuestros hijos del espíritu.

México, 20-VII-1945.

Seguir leyendo La gran cruz de Boyacá. Por Alfonso Reyes

Adiós a los diplomáticos americanos. Por Alfonso Reyes

Ha sonado mi hora; y como para todos tiene que sonar, y estamos entre iguales, considero oportuno que hagamos algunas reflexiones sinceras sobre lo que sucede en torno a esta mesa redonda.

En torno a la Tabla Redonda, he aquí que estamos congregados, en efecto, algunos supervivientes de la Andante Caballería, que corremos el mundo desfaciendo agravios y enderezando entuertos o, si preferís, predicando entre las naciones la Cruzada de la buena voluntad.

¿Cómo y por qué hemos venido a dar aquí? Nuestra medalla tiene anverso y reverso. Empecemos por el reverso. Todos salimos de nuestra tierra para mejor servirla, contrariando la sabiduría china que aconseja vivir siempre bajo el cielo que nos viera nacer. Unos, empujados por una fuerza positiva: la vocación por las cosas internacionales. Otros, empujados más bien por una fuerza negativa: el conflicto, el callejón sin salida en que los azares de la política interior suelen enredar a los hombres. Bajo vuestra máscara afable, todos escondéis esta herida oculta: la nostalgia, Proteo de mil formas que se metamorfosea como las hechiceras del cuento árabe, para mejor atacarnos a toda hora. Cuándo es serpiente, cuándo es tortuga, cuándo es águila. Todos, entre nuestros fardos de viaje, arrastramos a este enemigo terrible: la nostalgia. En nuestras frecuentes noches de insomnio, todos, como Jacob, combatimos largamente con este ángel. Esto nos hace vivir en una alerta constante: sabemos dónde está nuestro pulso débil. Sentimos venir al agresor, y entonces, fieles a nuestro juramento de cortesía, nos ocultamos un poco para que nadie nos vea sufrir. El mito del Judío Errante no nos conviene. El Judío Errante viajaba sin echar raíces, y nosotros—más tristes todavía— tenemos tiempo de echar raíces y aun de cosechar las primeras flores ¡para luego, de repente, a la voz de mando, arrancarlo y deshacerlo todo! Así es como los bienes del mundo nos van pareciendo transitorios y un tanto ajenos. Así es como, bajo las apariencias de una cierta frivolidad, aprendemos a desconfiar de las cosas de los sentidos, cual si fueran aquellos dineros del diablo que se volvían cenizas en las manos, o bien —en los casos más lamentables— nos aferramos tal vez a ellas con visible desesperación. De una en otra experiencia y de una en otra lección, nuestro oficio nos convierte así en maestros del sufrimiento.

 Pero el anverso de nuestra medalla no tiene, por cierto, menor relieve. Acordaos de aquel afán juvenil por conocer gentes y pueblos, aquel apetito goloso por comparar y contrarrestar orgullos de razas, aquella sed —que a lo largo de la carrera se nos va depurando—, sed que yo llamaría la sed del catador de fronteras; el gusto, y casi la embriaguez de explorar el corazón humano en todos los climas y naciones; el salubre ejercicio de enfrentarse con el espectáculo de todas las ciudades y de asimilar,siquiera sea por un instante y come quien abre nuevas ventanas en su torre, el gesto espiritual, la contorsión propia de cada país. ¡Qué ensanches del alma! ¡Qué suerte de acrobacia moral! Ver un día desarrollarse, como en línea desplegada, la marcha de todos los acontecimientos de la tierra, en una hoja del periódico que para muchos es muda o jeroglífica, y que para nosotros ha cobrado ya el valor de los recuerdos y asociaciones personales, en lugares, en personas, en situaciones. Agrandar la noción de familia humana hasta volverla universal. No dejar punto muerto donde no hayamos sembrado una hora de trabajo o un minuto de esperanza. Participar en todos los altos intereses de la especie, aunque sea con el modesto valor de la simple presencia; y poder decir, como Menandro y Terencio: “Hombre soy, y nada de lo humano puede dejarme indiferente.”

Y luego—y por aquí nuestro oficio toca al sacerdocio— investigar, revolver datos de estudio y datos de mera sensibilidad, para ir descubriendo al fin aquellas resultantes dinámicas de los pueblos, a través de las cuales la colaboración y la concordia pueden ser posibles y eficaces. Y todo esto, mediante la mayor expresión de fuerza de que el hombre sea capaz; mediante aquella sublimación de la fuerza que se borra, se aligera, se vuelve tan leve que a veces resulta inefable: todo ello, mediante la sonrisa. Es decir: mediante el agrado, la buena disposición, el ánimo comprensivo, el espíritu conciliador y abierto. Todo lo cual, si nuestra misión sólo consistiera en ceder, sería muy fácil. Pero siendo así que nuestros negocios son los negocios de una Patria, el esfuerzo resulta tan complicado, y la necesidad del éxito tan imperiosa, como lo es para el volatinero el no caer de la cuerda. Y aun la postura es igualmente patética, porque, entre los ritmos de una danza, se va burlando un peligro serio.

Y ahora, para acabar permitidme una pequeña digresión filosófica. Aristóteles nos legó el adagio de que la naturaleza nada hace por saltos; pero el instinto mismo nos hace sentir que toda la vida se construye a ritmos y a saltos, como los latidos del corazón. Hay una palabra argentina, el pálpito (en México, llamamos a esto, la corazonada) que parece entrañar ya la sospecha de lo discontinuo y lo súbito; de que, por ejemplo, se puede llegar al conocimiento de la realidad por algún repente instintivo. El capítulo de los cambios súbitos en las evoluciones biológicas cada vez ocupa mas sitio. Y, por (último, la estructura del átomo, íntimamente interrogada por la Física Matemática, nos deja descubrir, entre esas zarabandas de iones en torno al electrón central, que hay intersticios en la naturaleza, zonas vacías de existencia por las cuales no puede pasar el ion —digamos— sino dejando de existir en un tramo del camino y renaciendo después; en suma, que la discontinuidad es tal vez la norma del mundo corpóreo. La continuidad, en cambio, es un orden espiritual del mundo; está en las almas, no en los objetos, y en moral se llama conducta. Nuestra vida, amigos míos, sometida a perpetuos cambios e interrupciones, sería sencillamente imposible sin esta rectificación o continuidad del espíritu, que proyecta luces de coherencia sobre el montón de los hechos atropellados. Hoy en un país, mañana en otro… Ya dice, en el Martín Fierro, el viejo Vizcacha, con aquellas sus palabras rudas y sabrosas:

 Vaca que cambia ‘e querencia,

se atrasa en la parición.

Pero un impulso interior lo remedia todo: una decisión de no dejarse atajar por obstáculos de tiempo y espacio. Nuestro viaje por el mundo, aun cuando sea, físicamente, una serie de partidas y contrapartidas geográficas, es —moralmente entendido— una suma constante, una línea en movimiento que cada vez enlaza entre sus mallas nuevos afectos, nuevos pueblos, nuevas nociones del mundo. Vamos, a través de reinos y repúblicas, tejiendo el cordón de miel evangélico. Somos, como la vieja Celestina, aunque en sentido mucho más noble, “zurcidores de voluntades”; gente consagrada precisamente a suturar roturas y a amortiguar sobresaltos, a crear continuidad. En tal sentido, ninguna conquista alcanzada puede perderse; y el contentamiento superior de esta continuidad de la obra irradia, como una idea tutelar, sobre la melancolía de todas nuestras despedidas y nuestros viajes. Apenas he alcanzado el fruto argentino, cuando ya el Brasil me brinda las opulencias y halagos de su pueblo, la profunda fantasía de su espíritu y la incomparable enseñanza de su historia.

Excelentísimos señores, y —lo que vale más, aunque sea menos superlativo— amigos excelentes: seguimos juntos. Juntos en la obra, juntos en la misma tierra que pisamos, juntos en la amistad, juntos en mi gratitud. Siempre juntos.

Buenos Aires, 31-III-1930

Convención sobre Derechos y Deberes de los Estados. Séptima Conferencia Internacional Americana, Montevideo (1933)

La Convención sobre Derechos y Deberes de los Estados (Convention on Rights and Duties of States), conocida también como Convención de Montevideo, es un tratado internacional firmado en Montevideo, Uruguay, el 26 de diciembre de 1933, en la Séptima Conferencia Internacional de los Estados Americanos (hoy Organización de los Estados Americanos).

Seguir leyendo Convención sobre Derechos y Deberes de los Estados. Séptima Conferencia Internacional Americana, Montevideo (1933)

Siete maestros: la huella de una generación

Entre la paz y progreso del porfirismo y el fragor de la Revolución surgieron dos generaciones de mexicanos excepcionales, encabezados por Alfonso Caso, José Vasconcelos, Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes, Vicente Lombardo, Daniel Cosio Villegas y Manuel Gómez Morín. Su ánimo de «hacer algo» por México los llevó a crear instituciones como la Secretaría de Educación Pública o el Banco de México; lo que no les impidió convertirse en duros críticos del régimen de la Revolución y en oposición política. En más de un sentido, el México de hoy sería inexplicable sin la aportación de estos siete maestros.

Realización: Juan Prieto Molina
Investigación: Lucía Beltrán
Guión: Lucía Beltrán y Edgar Rojano
Duración: 45 min.  Año: 2004

Cátedra Alfonso Reyes en la UAEM

1997-2025 (28 años)