La Cartilla moral de Alfonso Reyes 75 años después (1944-2019)

Conferencia debate

La Cartilla moral de Alfonso Reyes 75 años después. (1944-2019)

Cronología de un pequeño gran libro.
Dr. Braulio Hornedo RochaCátedra Alfonso Reyes en Cuernavaca
Comentarios y conducción: Ángel CuevasSecretaría de Turismo y Cultura Gobierno del Estado de Morelos.
Sala Manuel M. Ponce del Centro cultural Jardín Borda.

Jueves 19 de septiembre de 2019, 18:00 horas.

El estoico. Por Alfonso Reyes

—Qué fácil es la virtud!—decía el Estoico—. Casi se reduce a un acto de renunciamiento, el cual, como cosa pasiva, es más hacedero que todos los actos positivos, supone mayor economía de esfuerzo y hasta se parece un tanto a la pereza. De suerte que un poco de inmovilidad conviene a la virtud, y mejor si se la interpreta, si se la “siente”, como desgana o dejadez, y no como rigidez o coerción. Luego hay un matiz de imaginación, un saborcillo de fantasía en las decisiones virtuosas. El secreto está en decirse a sí mismo: “No, si no me obligo ni me violento; más bien me dejo llevar, o más bien me quedo donde estoy.” Sentarse a la sombra de sí mismo, en vez de correr en pos de sí mismo: aquí está el secreto. ¡Oh, qué fácil es la virtud! Cultivad la imaginación, alumnos del bien. El Oriente siempre lo hizo así; pero el Occidente quiere convertir el alivio de la imaginación en la hipertensión de la voluntad. ¿Habéis advertido la diferencia? Lo que uno busca por el arduo camino de las restricciones y tiesuras, el otro lo busca por la cómoda senda, por la poética senda donde el alma, bien encaminada, se deja ir como en día de asueto.

(Y el Estoico no se daba cuenta, como acontece con todos los reformadores de la moral, de que sólo tenía razón y sólo acertaba por cuanto, tácitamente y sin saberlo, él ya era bueno de antemano, por inclinación natural y no por seguir tal o cual doctrina.)

Junio de 1955.

Alfonso Reyes, “El estoico”, Las burlas veras, Obras completas XXII, Fondo de Cultura Económica, México, 1989, p. 553.

Dinero para la cultura. Por Gabriel Zaid

Hay cinco fuentes de financiamiento para la cultura: el sacrificio personal, la familia, los mecenas, el mercado y el Estado. Todas pueden liberar o esclavizar, aunque de maneras distintas. Todas tienen consecuencias en la calidad de la obra, más allá de sus efectos en la situación económica de los participantes.
El gran arte popular tiene la situación más deseable. Que la obra excepcional sea apreciada y pagada por quienes la reciben, sin necesidad de sacrificios ni patrocinios, implica una elevación del nivel de vida (en el sentido más amplio, no sólo económico); implica una obra que dice algo importante a la mayoría; implica una renovación creadora de la tradición: algo original y valioso que no rompe con la historia, ni con la sociedad. Las circunstancias pueden ser pueblerinas (como en la pintura de Hermenegildo Bustos) o mediáticas (como en las canciones de los Beatles), con resultados económicos muy distintos, pero secundarios. Bustos y sus vecinos alcanzaron en sus retratos una plenitud semejante a la que alcanzaron los Beatles y su público.
     A falta de eso, lo ideal sería recibir una herencia sin ataduras. Así se han hecho cosas muy notables. Un joven heredero se retira a una casa de Copenhague y, pensando en danés (una lengua tan marginal como su vida, para los grandes centros filosóficos), llega a cuestionamientos decisivos en el pensamiento occidental. Nadie le hubiera dado una beca para eso, menos aún anticipos sobre futuras regalías autorales. Y ¿quién le hubiera dado a una señora de Buenos Aires dinero para hacer una editorial que nunca sería negocio, aunque modificó la cultura argentina y abrió horizontes para todos los lectores de habla española? Es asombroso lo que hicieron Sören Kierkegaard y Victoria Ocampo con la libertad que les dio una cantidad relativamente modesta. Y está claro que no lo hubieran hecho, sin esa oportunidad. Es asombroso lo que hizo Van Gogh, que se pasó la vida como un fracasado, mantenido por su hermano; o Sor Juana Inés de la Cruz, mientras tuvo protección. En el caso de Van Gogh, el mercado permite calcular la inmensa desproporción entre lo que costó la manutención del pintor y lo que vale su obra. Pero puede decirse lo mismo de los otros. Algo que vale mucho costó poco y, aunque era poco, el mercado no lo pagó.
     Kierkegaard se hundió al recibir el último cheque de su pensión y, en el camino del banco a su casa, cayó muerto. Otros se hunden en el resentimiento y la mediocridad, o dan la pelea con furia. Raymond Carver, con ese realismo sórdido tan suyo, ha contado el odio que sintió contra sus hijos pequeños, a los cuales tenía que mantener, a costa de no poder escribir. Se entiende que un organista cargado de hijos, bajo la presión de un trabajo pesado y con una clientela convencional, vaya sacando mal que bien los encargos que recibe, dejando para después hacer su propia música; y que se deje arrastrar por la depresión o el resentimiento de ver que nunca llega el momento soñado: la oportunidad de hacer lo suyo, con toda libertad. Lo milagroso es que Bach viva como una oportunidad creadora sus tareas cotidianas, encuentre su libertad en tocar el órgano por obligación y convierta cualquier vulgar encargo en un prodigio.
     Toda vida es creadora de muchas maneras, y lo mejor sería que, sobre la marcha, supiéramos convertir nuestra opresión en libertad, nuestra vida cotidiana en milagro. No es imposible que el resultado de un encargo sea prodigioso y satisfaga plenamente al autor y a los otros, a un buen precio para ambas partes. Pero este cielo del encuentro feliz entre unos y otros, objetivado en una obra de valor perdurable, puede nublarse de muchas maneras. El desencuentro puede ser terrible. La realidad de que el mercado son los otros puede vivirse como “El infierno son los otros”: Para vivir tengo que hacer cosas que no me gustan, pues lo que hago por mi gusto no gusta, como para dedicarme a eso.
     Si el mercado fuera perfecto en sus juicios de valor (como parecen creer algunos economistas), yo debería dejar de hacer lo que a los otros no les gusta. Si mi obra respondiera a las necesidades populares (como decían los revolucionarios), el pueblo la reconocería, liberándose y liberándome. Pero las cosas son como son. Es posible que mi obra no valga nada, y que, al rechazarla, con buen juicio, el mercado me esté situando en la realidad, para que me dedique a otra cosa. También puede suceder algo peor, aunque parezca una bendición: que mi obra no valga nada y guste mucho, y me la paguen maravillosamente. La verdadera bendición es que sí valga, y me la reconozcan y paguen bien; aunque, para las modas nihilistas o relativistas, no hay obras objetivamente valiosas: hay precios en el mercado, chifladuras colectivas, prestigios manipulables, enjuagues del poder, mercadotecnia y relaciones públicas.
     Lo más incómodo de todo es creer en algo objetivamente valioso que los otros no ven: la astronomía, la música, los libros sin erratas, el rescate de un pintor desconocido, la novela que escribí o pienso escribir, las bibliotecas públicas, el teatro, todo lo que parece tonto a los ojos de quienes se niegan a pagarlo. Y, para sentirse todavía más tonto, a los veinte años de no convencerlos, puede aparecer de pronto el funcionario, el mecenas, el mercado, que diga: Aquí está el dinero. Esto vale muchísimo. Es obvio. No hace falta explicarlo… Los mismos cuadros, antes arrinconados, de pronto valen oro. 
     Mientras se llega a esto (si se llega), ¿qué hacer en los años anteriores, si uno cree que los otros están equivocados? ¿Renunciar, sacrificarse? El sacrificio personal puede ser tan terrible que resulta difícil de entender. Parece una locura. Para ciertas vulgatas, ni siquiera puede ser real. No hay sacrificio: hay placeres masoquistas, dice un psicólogo. No hay sacrificio: hay un hobby costoso, o inversión a largo plazo, o “ingresos” que no parecen serlo, como la ilusión de sentirse genial, dice un economista. No hay sacrificio, todo es un fraude, dice un periodista.
     El sostén último de las obras objetivamente valiosas está en el sacrificio personal: en creer en lo que se cree, a pesar de las opiniones de los otros, a pesar de las consecuencias deprimentes que eso tiene en la práctica, a pesar de la familia, los mecenas, el mercado y el Estado. No es un buen augurio para la cultura que el sacrificio personal empiece a parecer inaceptable y hasta ridículo. Cuando se produce únicamente lo que tiene mercado o patrocinio, hace falta un milagro para que la cultura no termine siendo próspera y conformista. –

Fuente: https://www.letraslibres.com/mexico/dinero-la-cultura

Entre irse y quedarse. Por Octavio Paz

Entre irse y quedarse duda el día,
enamorado de su transparencia.

La tarde circular es ya bahía:
en su quieto vaivén se mece el mundo.

Todo es visible y todo es elusivo,
todo está cerca y todo es intocable.

Los papeles, el libro, el vaso, el lápiz
reposan a la sombra de sus nombres.

Latir del tiempo que en mi sien repite
la misma terca sílaba de sangre.

La luz hace del muro indiferente
un espectral teatro de reflejos.

En el centro de un ojo me descubro;
no me mira, me miro en su mirada.

Se disipa el instante. Sin moverme,
yo me quedo y me voy: soy una pausa.

Everness. Por Jorge Luis Borges

Sólo una cosa no hay. Es el olvido.

Dios, que salva el metal, salva la escoria

Y cifra en Su profética memoria
Las lunas que serán y las que han sido.

Ya todo está. Los miles de reflejos
Que entre los dos crepúsculos del día

Tu rostro, fue dejando en los espejos
Y los que irá dejando todavía.
Y todo es una parte del diverso
Cristal de esa memoria, el universo;
No atienen fin sus arduos corredores
Y las puertas se cierran a tu paso;
Sólo del otro lado del ocaso

Verás los Arquetipos y Esplendores.

 

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1997-2019 (22 años)

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