Órbita italiana de Alfonso Reyes. Por Ismael Carvallo Robledo

CF

I

Esta es la revista –Critica Fascista– que no contó nunca con un artículo de Alfonso Reyes, a pesar de la insistencia, escoltada siempre por merecidísimos elogios, de Mario Puccini para que así fuera. La cortesía elegante de Reyes hizo que no saliera nunca de su pluma un no rotundo, dejando las cosas abiertas a la posibilidad para no herir susceptibilidades. El texto prometido difusamente, al final de cuentas, no llegó jamás a la redacción de la revista, zafándose así Reyes del compromiso en litigio con la agilidad del consumado esgrimista de la inteligencia que fue.

Critica Fascista fue el órgano de crítica, debate y difusión del fascismo italiano que nace en junio de 1923 bajo la dirección de Giuseppe Bottai. Tuvo una vida aproximada de veinte años. En 1923, Álvaro Obregón era presidente de México. Su Secretario de Educación era José Vasconcelos.

II

El Partido Nacional Fascista fue fundado en Italia en noviembre de 1921 por iniciativa de Benito Mussolini. El Partido Comunista Italiano nació a su vez y por otro lado en enero del mismo año, en el Congreso de Livorno, a iniciativa de Amadeo Bordiga y Antonio Gramsci. Los tres -Mussolini, Bordiga y Gramsci- habían sido militantes del Partido Socialista Italiano. De su escisión orgánica tras la Primera Guerra Mundial, y a la vista del colapso tanto del liberalismo burgués como del internacionalismo proletario, estaban llamadas a desprenderse las dos opciones antagónicas -fascista y comunista- que protagonizarían la dramática dialéctica política e ideológica fundamental del siglo XX.

En marzo de 1929, por iniciativa de Plutarco Elías Calles, era fundado en México el Partido Nacional Revolucionario. Diez años antes, a instancias de Manabendra Nath Roy, lo había hecho el Comunista Mexicano.

III

Mario Puccini vivió entre 1887 y 1957. Alfonso Reyes lo hizo entre 1889 y 1959. Su contemporaneidad coincidió casi milimétricamente. Forman parte los dos de la que acaso pueda ser tenida -yo así lo creo- como de las generaciones más importantes e intensas y grandes del siglo XX, que es aquélla que recorre el arco temporal que conecta al siglo XIX con el XX, y que vive el esplendor de su juventud y madurez en medio de acontecimientos ideológico-políticos de primera magnitud para los efectos de la configuración histórica de toda una época la resonancia de cuyos ecos seguimos escuchando hoy aún todavía.

Es la época de las dos grandes guerras mundiales, del fin del liberalismo y del optimismo burgués que con tanto dramatismo y belleza relató Stefan Zweig en sus memorias, y de la configuración de los nacionalismos y del comunismo y el fascismo como las alternativas fundamentales de organización socio-económica, ideológica y cultural que le fue dado al mundo tener como alternativas históricas.

Es la generación de Vasconcelos (1882-1959) y Lázaro Cárdenas (1895-1970), de Gramsci (1891-1937) y James Joyce (1882-1941); de Musil (1880-1942), Broch (1886-1951) y Thomas Mann (1875-1955); de Lukács (1885-1971), Auerbach (1892-1957) y Ernst Robert Curtius (1886-1956) así como la de Togliatti (1893-1964) y Trotski (1879-1940) o Mao (1893-1976), o Hitler, Stalin, Churchill y Juan Negrín (1889-1945, 1878-1953, 1874-1965 y 1892-1956 respectivamente). De lo que estos y otros hombres hicieron, pensaron y escribieron vivimos aún en nuestros días, a pesar de la evanescencia y el olvido amenazantes.

IV

Es la generación, decimos entonces, de Alfonso Reyes y Mario Puccini, la correspondencia epistolar de los cuales, junto con la de algunos otros hombres y mujeres de letras más -Guido Mazzoni, Achille Pellizzari, Dario Puccini, Elena Croce y Alda Croce-, ha sido compilada y anotada por Gabriel Rosenzweig para la edición que El Colegio de México nos ofrece en Alfonso Reyes y sus corresponsales italianos (1918-1959), presentándosenos como el sugerente y breve cifrado de la ecuación de algo así como la órbita italiana de Alfonso Reyes, y que incorporada a otras órbitas como la francesa, la alemana, la española o la hispanoamericana, configuran en su trabazón o symploké el fascinante, definitivo y refulgente orbe intelectual de la que sin duda es la menta más lúcida, la inteligencia más abarcadora y estoicamente universal que ha dado México: la de Alfonso Reyes. El perfilamiento de esta sutil inteligencia americana según es vista por los italianos es lo que hace que las cartas aquí reunidas tengan un valor historiográfico inestimable, grávido de claves fundamentales.

«Roma es una ciudad donde se puede trabajar mucho y usted, escritor clásico, podría hallar aquí su verdadera atmósfera», le dice Puccini a Reyes en una de las cartas en compendio. Y es que lejos de lo que algún acomplejado pudiera pensar respecto de lo que es México y América a través de la obra que con la mediación y el troquel irreemplazable de España fue realizado por Europa en estas tierras, Alfonso Reyes, al hablar, pensar y escribir en español con el genio con que lo hizo no estaba siendo originario de periferia alguna, estaba ubicado en el vértice intelectual de la matriz occidental de la que Roma fue sumatoria y síntesis perfecta: es la sumatoria de la pasión dialéctica griega con la pasión moral del cristianismo, que tuvo en la Divina Comedia su monumento estético supremo, que es el de Dios y Virgilio, la trinidad y el corporeismo de los escolásticos acomodados en esa antigua a la vez que medieval hermosura escrita en italiano.

Este es el fondo universal sobre el que se dibuja la brevedad luminiscente de la órbita italiana de Alfonso Reyes (son pocas cartas en realidad), que ha sido, según dijo en 1960, por otro lado, Dario Puccini, el hijo de Mario, con motivo de la muerte de aquél, «uno de esos hombres que llenan con su compleja personalidad -capaz lo mismo de vuelos poéticos que de fulgurantes descubrimientos culturales, de pacientes investigaciones literarias lo mismo que de minuciosas observaciones humanistas- toda una época, todo un mundo».

Si tuviera que explicar a Alfonso Reyes en términos «italianos» (y, en parte, europeos) diría que fue para Hispanoamérica y para la cultura hispánica lo que fue Benedetto Croce para la cultura italiana (y, en parte, europea y mundial). Pero ni siquiera así lograría ser completo y exhaustivo en mi explicación: en efecto, Reyes fue también un «hombre de arte», en el sentido renacentista y modernísimo, una persona hecha toda de fibras sensibles, dotado de una íntima y activa virtud poética. Además de su obra gigantesca, que no se ha ordenado todavía por completo -tan vasta es, y tan compleja- dio a la cultura hispánica, y no sólo a la hispánica, un estilo, un gran estilo: y es éste, tal vez, su legado más penetrante, aunque no sea el más vistoso. [Dario Puccini, La Gaceta del Fondo de Cultura Económica, año VI, núm. 65, México, enero de 1960, p. 5.] (Alfonso Reyes y sus corresponsales italianos (1918-1959), El Colegio de México, p. 167)

Guido Mazzoni le decía a su vez, en carta del 2 de diciembre de 1923 desde Florencia, que:

«Hace verdaderamente el bien quien, teniendo el ingenio agudo y vivo como usted, escribe con tanta soltura elegante y atractiva, de modo que, en cualquier página que se abra el libro, rápido se encuentra algo que invita a seguir y, de ensayo en ensayo, a leer todo. En conjunto, más allá de la buena crítica, sus libros constituyen un espejo de una producción más interesante que la de España. Las cuestiones que usted dilucida pertenecen con frecuencia a la civilización europea (¡e incluso japonesa!). Causa estupor tanta y tan variada cultura y el dominio de todos los argumentos.» (Alfonso Reyes y sus corresponsales italianos, pp. 34 y 35)

V

Por cuanto al affaire fascista, las cosas fueron más o menos así.

Desde Roma, Mario Puccini le escribe a Reyes el 6 de noviembre de 1926, en una carta redactada originalmente en un español un tanto errático que se mantiene sin corrección en la compilación en comento, lo siguiente (extraemos lo fundamental para nuestros propósitos):

«Recibí hace unos días su foto tan agradecida y su carta tan cariñosa, no así su poema dramático sobre el cual entiendo escribir un artículo. Lo espero. Aquí le envío una carta en la cual en nombre de Critica Fascista se le pide un artículo, una nota, algo en que usted me exprese su opinión sobre el fascismo. Si quiere y. si puede.» (Alfonso Reyes y sus corresponsales italianos, p. 64.)

La carta referida, con la misma fecha y el mismo español errático, es la siguiente:

Ilustre y querido compañero:

El director de Critica Fascista (que es la revista más comprensiva y profunda publicada por este importante movimiento, que ahora ya es imposible Usted también no reconozca vital y vasto), el diputado Bottai, desearía conocer en un ensayo o artículo, o más ensayos y artículos, lo que usted, hombre de pensamiento superior y escritor de tan nombre, piensa del «Fascismo»: no solamente como valiente expresión de vida del nuestro país, más aún como concepción política y moral de una época que, después de la guerra, ha determinado, junto al fracaso del comunismo, el ocaso del liberalismo y que acaso puede ver por el fascismo efectuada una nueva expresión del estado moderno, oligárquica es probable, pero enérgica y restauradora.

El director Bottai, por mi mediación, se le ruega por uno o más artículos suyos, dejándole toda su libertad de pensamiento; y agradecería mucho si Usted pudiese explicar y mostrar la resonancia de que el Fascismo ha tenido en su país (positiva y negativa) y sus deducciones de Usted particulares.

En fin, invoca a su colaboración la que sea: y si usted también no quiera hablar del Fascismo, y solamente escribir algo sobre la vida de su país, política o moral o espiritual, su artículo o sus artículos serán igualmente agradecidos e indemnizados convenientemente.

Esperando sus noticias, reciba cariñosos y devotos saludos de su amigo compañero y admirador italiano. (Alfonso Reyes y sus corresponsales italianos, pp. 65 y 66.)

A los pocos días, Puccini insiste en la solicitud de colaboración de Reyes para la inquietante revista de Bottai, para lo cual firma una carta con fecha del primero de diciembre de 1926, desde Roma, con las consideraciones siguientes:

Ilustre y querido amigo:

Acaba de salir en este instante de mi casa el diputado y sub ministro Bottai, director de Critica Fascista. Él ha visto aquí su retrato y después que le hablé de usted y de su obra profunda y original, él ha querido de que le pidiese aún un artículo. ¿No querría usted decir algo sobre el fascismo? Acaso no quiere; pero usted podría hacer un artículo sobre México (vida literaria, vida espiritual, lo que quiere). Haría yo mismo su presentación.

¿Su poema? Lo espero siempre. También noticias de los diarios mexicanos, si los directores han contestado a su carta.

Disponga como guste de su buen amigo y admirador. (Alfonso Reyes y sus corresponsales italianos, p. 67.)

Esta es la fecha, 6 de diciembre del veintiséis, en la que Reyes escribe a Puccini desde París, en su calidad de diplomático de México en Francia, para zafarse del compromiso, diciéndole lo siguiente:

Querido e ilustre amigo:

No tengo, en efecto, suficiente libertad política para opinar sobre el régimen público de Italia: soy un soldado en filas. Sólo, aquí en lo personal, le declaro a Ud., como Goethe, que me es más odioso el desorden que nada, porque el desorden es la fuente de todas las injusticias. Tal es mi filosofía social. Creo que estamos de acuerdo.

Sí le enviaré, con sumo gusto, algún artículo para la Critica Fascista, correspondiendo a su amable invitación y a la del Sr. Bottai, que agradezco mucho.

Creo ya habrá Ud. recibido mi poema Ifigenia cruel.

Gracias por su amable oferta de una Antología Reyes. ¿Qué prefiere Ud.: lo americano, lo español, la crítica, las impresiones personales, o una miscelánea tal vez? Abrigo la esperanza de tomar unos días de vacaciones en Roma, después de Navidad, y entonces lo arreglaríamos todo.

Entre tanto, soy siempre suyo cordialísimo. (Alfonso Reyes y sus corresponsales italianos, p. 68.)

Como queda indicado al inicio de esta reseña, ese artículo prometido «con sumo gusto» jamás llegó a Critica Fascista.

VI

Y el resto de la correspondencia, tanto con las hijas de Benedetto Croce -ni más ni menos- como con los otros interlocutores italianos, no tiene en verdad desperdicio, y contribuye a la ya indicada sorpresa y fascinación que no deja de llegarnos al ánimo cada vez que tocamos, o que nos acercamos más bien, a alguna de las órbitas de Alfonso Reyes.

Por eso vale tanto la pena -nada se pierde, si quieren verlo así- acercarse a las páginas que recogen su breve epistolario italiano, y encontrarnos por ejemplo con la alegría que le produce el conocimiento de la traducción de uno de sus brevísimos cuentos, y que lo empuja a decir desde Brasil.

Ilustre y caro amigo:

Con su gratísima carta, me llega la sorpresa de mi FUGA DE NAVIDAD vestida de lujo, ¡toda envuelta en los armiños mejores y en la tersura elegante de su incomparable lengua! En verdad, yo me doy cuenta ahora de que este poemita o lo que sea debió haberse escrito en italiano. Parece que así cobra toda la levedad a que aspira, toda la transparencia que el ruido grave y sentencioso del castellano no acierta a darle. ¡Qué alegría me ha dado Ud., y qué colmado me siento!

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