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Salambona. Por Alfonso Reyes

¡Ay, Salambó, Salambona,
ya probé de tu persona!

¿Y sabes a lo que sabes?
Sabes a piña y a miel,
sabes a vino y a dátiles,
a naranja y a clavel,
a canela y azafrán,
a cacao y a café,
a perejil y tomillo,
higo blando y dura nuez.
Sabes a yerba mojada,
sabes al amanecer.
Sabes a égloga pura
cantada con el rabel.
Sabes a leña olorosa,
pino, resina y laurel.
A moza junto a la fuente,
que cada noche es mujer.
Al aire de mis montañas,
donde un tiempo cabalgué.
Sabes a lo que sabía
la infancia que se me fue.
Sabes a todos los sueños
que a nadie le confesé.

¡Ay, Salambó, Salambona,
ya probé de tu persona!

Alianza del mito ibérico
y el mito cartaginés,
tienes el gusto del mar,
tan antiguo como es.
Sabes a fiesta marina,
a trirreme y a bajel.
Sabes a la Odisea,
sabes a Jerusalén.
Sabes a toda la historia,
tan antigua como es.
Sabes a toda la tierra,
tan antigua como es.
Sabes a luna y a sol,
cometa y eclipse, pues
sabes a la astrología,
tan antigua como es.
Sabes a doctrina oculta
y a revelación tal vez.
Sabes al abecedario,
tan antiguo como es.
Sabes a vida y a muerte
y a gloria y a infierno, amén.

Río de Janeiro, 20 de agosto, 1935

Tomo X, Obras completas, Fondo de Cultura Económica, México, 1996, pp. 157-158

 

«Nota preliminar»; Universidad, política y pueblo de Alfonso Reyes. Por José Emilio Pacheco

En Inglaterra un libro de C. P. Snow, Las dos culturas y la revolución científica, planteó el problema que entraña para la sociedad contemporánea el abismo que separa a los intelectuales de los científicos. La rapidez con que se desarrollan los procesos de cambio en nuestra época, la urgencia de terminar con la disparidad entre las naciones industrializadas y los países subdesarrollados que forman el Tercer Mundo, demuestran que salvar ese abismo resulta una obligación inaplazable. Si las humanidades y las ciencias se apartan no habrá sociedad capaz de pensar con cordura. Por la vida intelectual, por la sociedad de Occidente que vive rodeada de la extrema miseria, por los pobres que dejarán de serlo si hay inteligencia en el mundo, la educación debe mirarse con nuevos ojos. Ciertamente, no solucionará todos los problemas; pero sin la educación no podemos enfrentarnos a ellos. Todos tenemos que aprender unos de otros. Queda muy poco tiempo. Y lo peligroso es que nos criaron como si tuviéramos el tiempo de los siglos.

Casi treinta años antes de C. P. Snow, Alfonso Reyes manifestó propósitos en gran medida coincidentes al intentar una filosofía de la cultura, orientada hacia el caso concreto de Hispanoamérica, que defiende la universalidad y la tradición como condiciones de nuestro porvenir intelectual.

En Reyes la palabra «humanista» define antes que al estudioso de la antigüedad clásica al hombre consciente de sus responsabilidades sociales, dueño de una cultura no asediada por las limitaciones de la especialización excesiva, aficionado a otras disciplinas que le permitan conocer mejor la propia, ávido en fin de mantenerse al tanto del progreso científico para tratar de que su empleo se encauce en beneficio del mundo. Al advertirnos contra los peligros crecientes de la especialización, Reyes no defiende la superficialidad, el conocimiento ligero de todo y profundo de nada: «defiende la profesión general del hombre», afín a la corriente enciclopedista del XVIII que propició la independencia para combatir las iniquidades sociales mediante la difusión del conocimiento científico y filosófico.

universidad-politica-y-pueblo

Así, Reyes se propone definir la naturaleza de la cultura y los deberes que impone a quienes la sirven, trata de hallar un medio que eleve a Hispanoamérica al plano de la cultura universal sin que ello implique la renuncia a los valores humanos fundamentales de su tradición. La cultura es el patrimonio común a todos los miembros de una sociedad. Es la obra en que se expresa la inteligencia -la facultad más específicamente humana- cuyo objeto característico es unificar, establecer sistemas regulares de conexiones. Esta función en el orden del espacio comunica a los coetáneos y se llama cosmopolitismo; en el orden del tiempo comunica a las generaciones y se llama tradición.

Al incorporar a sus Obras completas varios de los ensayos que forman este libro, Reyes señalaba que algunas palabras han cambiado de sentido y hasta se han vuelto de revés. «No se impacienten las Furias Políticas y procuren entender las cosas conforme al lenguaje de su momento.» Por eso, aunque él empleaba «cosmopolitismo» en su sentido griego y no en la trivial connotación de nuestros días, acaso sea preferible ahora el impreciso término de «universalidad» para referirse al esfuerzo de la inteligencia por unificar espiritualmente al hombre, hacer triunfar la unidad del género humano contra el racismo o el clasismo, convertir la Tierra en una morada menos injusta y menos infeliz para todos.

Por su parte, la tradición es el esfuerzo de la cultura que busca unificarse a sí misma, establecer la continuidad de su obra a través del tiempo, asegurar el aprovechamiento de las anteriores conquistas por las nuevas generaciones. Si el deber del intelectual, de todo hombre que ha tenido acceso a los beneficios de la cultura, es fomentar el mutuo conocimiento que acerque espiritualmente a los hombres, ello es aún más imperioso en nuestros países cuyo progreso depende su unión y la democratización de las instituciones. El cauce natural para aglutinar tales elementos es la tradición hispano-latina. Estos valores y no los de las culturas aborígenes, constituyen el núcleo de la cultura en Hispanoamérica. De ellos debe partir a la realización de su destino: ser cuna de la «raza cósmica», del nuevo mundo.

No hay que olvidar que estas nociones preceden al redescubrimiento del legado prehispánico y son anteriores al trágico sentido que el término raza adquirió bajo el nazismo. Ya en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, Reyes combatió la idea de superioridad y definió la raza como un concepto sin fundamento científico ni consecuencia ninguna sobre la dignidad e inteligencia humanas, uniformes en principio cuando se ofrecen iguales oportunidades. En vez de razas, habló de culturas: porque todos los pueblos son mestizos y las grandes civilizaciones fueron producto del hibridismo. Olvidarlo es poner la ciencia al servicio del fraude. En otro ensayo de esta época Reyes defendió cómo la defensa de la cultura y la civilización podía ser una de las falacias del imperialismo moderno -al lado de «espacio vital», «supremacía racial», «prestigio de país»- falacias con que se trata de rodear de misticismo a la guerra y enmascarar de cruzada heroica, patriótica y civilizadora lo que sólo es la lucha de privilegios, mercados y colonias. De esta manera, un escritor como Alfonso Reyes que fue censurado por su excesivo respeto a la opinión ajena, no vaciló en escribir que a fin de alcanzar la paz y la armonía entre los pueblos, hay que luchar contra las naciones imperialistas y conquistadoras hasta vencerlas para siempre.

Reyes entendió la tarea del escritor como obra de servicio y esclarecimiento. No es otra la unidad en la diversidad que liga los diferentes ensayos de este libro. Maestro en el mejor sentido de nuestra idea moderna de la Universidad que no nos hace oyentes o lectores pasivos, sino que orienta el juicio y la voluntad para que cada uno libre y espontáneamente derive sus propias conclusiones, «la importancia de Reyes -escribió Octavio Paz- reside sobre todo en que leerlo es una lección de claridad y transparencia. Al enseñarnos a decir, nos enseña a pensar».

Es difícil encontrar una respuesta más precisa al debate sobre el nacionalismo que un concepto de Reyes presente en muchos de sus textos pero resumibles en dos sencillas frases: Nada puede sernos ajeno sino lo que ignoramos. Seremos mejores mexicanos en la medida en que hagamos mejores cosas.

No es otra la voluntad que alienta en el Discurso por Virgilio, tentativa de rescatar las humanidades para el conocimiento mexicano, borrar la creencia de que la tradición cultural es un peso muerto o el privilegio de una casta, y que no importa al pueblo atareado en las urgencias vitales. «Quiero el latín para las izquierdas, porque no veo la ventaja de dejar caer conquistas ya alcanzadas. Y quiero las humanidades como vehículo natural para todo lo autóctono». Aquí Reyes comprueba que Virgilio también nos pertenece. En las Geórgicas se cumple el sueño del hombre libre: no hay capataz ni peón sino el campo poseído por el mismo que lo cultiva. Hidalgo es un héroe virgiliano. La actitud de Moctezuma ante Cortés se diría idéntica a la del rey Latino ante Eneas. Incluso una comparación inscrita en La Eneida nos da la figura exacta del escudo de México, tal como se le ve en las armas nacionales.

Quizá lo más importante de este capítulo sea la reducción del optimismo americanista a sus justas, fecundas proporciones. La hora de América no significa que se hunda Europa y nos levantemos bajo una lluvia de virtudes ofrendadas por gracia. Quiere decir que apenas comenzamos a dominar el utensilio europeo, a igualar el cuadro de la civilización en que Europa nos metió de repente. Aunque se opere según las leyes del combate, el alzamiento de los pueblos postrados será una incorporación: el vencedor absorberá las virtudes del enemigo muerto como sucedió entre Grecia y Roma. A nada conduce insistir desde América en la división de Oriente y Occidente. Faltos de un criterio para proceder a esa síntesis sobrehumana, viviremos en crisis por más de un siglo. El resultado no será oriental ni occidental sino amplia y totalmente humano. Mientras tanto debemos acoger todas las conquistas, procurando con todas ellas una elaboración sintética.

Atenea política aclara lo que Reyes entiende por tarea unificadora de la inteligencia. Unificar no entraña la renuncia a los sabores individuales de las cosas, a lo inesperado, a la parte de la aventura que la vida ha de ofrecer para ser vida. No estanca: facilita el movimiento. No despoja a las cosas de su expresión propia: establece entre todas ellas un sistema regular de conexiones. El ideal de la unificación, la más noble conquista de la inteligencia, se llama idea de paz. Cuando la inteligencia trabaja como agente unificador se llama cultura, se desarrolla en el pasado, se recoge en el presente y se orienta hacia el porvenir. Todos sabemos que al asegurar el presente afirmamos el porvenir. Pero no todos estamos convencidos de que sólo se puede asegurar el futuro mediante la asimilación del pasado, lo cual no significa ser retrógado ni conservador. Aprovechar las tradiciones no es un paso atrás sino un paso adelante, si sabemos orientarlo en una línea maestra que desdeñe el azar. Por lo demás, no todo lo que ha existido funda tradición.

Reyes se pronuncia contra la teoría que nos hace héroes ante nuestros ojos por el solo hecho de vivir en estos tiempos difíciles. «Además, nos sentimos incitados a la pereza, lo cual parece que es muy agradable: si nada nos enseña el pasado, ¡a cerrar los libros! Así se distrae a la juventud del ejercicio y el estudio que han de ser toda su defensa para mañana, con la consoladora perspectiva del fin del mundo, propio consuelo de cobardes.»

El fruto verdadero de las culturas es, en suma, la resistencia moral para los reveses y casualidades exteriores. Reyes, estudiante perpetuo, aconsejaba la vida de la cultura como garantía de equilibrio en medio de las crisis morales. Querer encontrar este equilibrio -añade en Homilía para la cultura- en el solo ejercicio de una actividad técnica sin dejar abierta la ventana a la circulación de las corrientes espirituales, conduce a una manera de desnutrición y de escorbuto. Este mal afecta al espíritu, a la felicidad, al bienestar y hasta la misma economía. Después de todo, economía quiere decir recto aprovechamiento y armoniosa repartición entre los recursos de subsistencia. El desvincular la especialidad de la universalidad equivale a cortar la raíz, la línea de la alimentación. La realidad se empeña siempre en destrozarnos. El objeto de la cultura es reconstruirnos incesantemente. Los distintos órdenes del saber se interrelacionan, unas disciplinas ayudan a las otras. El estudio de materias distintas no desvía la personal afición, ante las nutre y enriquece. Una sola rama del conocimiento puede conducirnos al más amplio contacto humano si nos mantenemos en el propósito de abrir los vasos comunicantes.

La segunda parte de este libro agrupa ensayos sobre temas nacionales: «México en una nuez», introducción a nuestra historia conveniente para públicos extranjeros y recordatorio de las líneas esenciales para el lector mexicanos, es un modelo de resumen y un ejemplo de lo que pueden ser los trabajos en clase. «Recuerdos preparatorianos», evocación e invocación de la adolescencia, iba a integrarse a las Memorias de Alfonso Reyes, obra de la que sólo alcanzó a terminar los dos primeros tomos: Parentalia (1959) y Albores (1960).

Pasado inmediato examina la atmósfera política y universitaria del tiempo en que se formaron Reyes y su generación: la etapa del Centenario, cuando al pueblo,  en el despertar de un sueño prolongado, quería ya escoger por sí mismo y pasar a nuevo capítulo de su historia. Porque la historia parecía ya parte de la prehistoria. México era -a juicio de la clase dominante- un país maduro, no pasible de cambio, en equilibrio final que había superado las revoluciones y también la era metafísica. Los antiguos positivistas, reunidos en colegio político con el nombre de los Científicos, creadores de grandes negocios nacionales, eran dueños de la enseñanza superior. No se esforzaron por dotar al país de escuelas industriales y técnicas, y prescindieron de las humanidades. El pueblo estaba condenado a trabajar empíricamente y con los procedimientos más atrasados; a ser siempre discípulo, empleado o siervo del maestro, del patrón o del capataz extranjeros, que venían de afuera a ordenarle, sin enseñarle, lo que había que hacer en el país.

El régimen de Porfirio Díaz duraba más de lo que la naturaleza puede consentir y daba síntomas de absoluta caducidad. La paz envejecida reinaba en las calles y en las plazas, pero no en las conciencias. Junto al espejismo de la celebración, cundían ya los primeros latidos revolucionarios. Los hechos de la cultura no fueron determinantes pero si concomitantes. La joven generación de 1910 no creyó en lo que habían creído sus mayores. Alumnos de todas las profesiones manifestaron que se sentían llamados a entenderse con los deberes públicos. El Congreso Nacional de Estudiantes fue una prueba de que se acercaba una renovación de las ideas petrificadas en esa raridad de campana neumática donde los jóvenes habían perdido el gusto por las tradiciones y se iban insensiblemente descastando en una imitación europea más elegante que el interés por las realidades inmediatas. Pero esa generación dio señales de una conciencia pública emancipada del régimen. Los esfuerzos de Reyes, Pedro Henríquez Ureña, Antonio Caso y José Vasconcelos -entre otros- culminaron en la creación de la Sociedad de Conferencias y el Ateneo de la Juventud. Pronto se dejaría sentir en todas partes el sacudimiento político. Al triunfo de la Revolución, la campaña de los ateneístas prosigue en la cátedra y se funda la Universidad Popular que va a ilustrar al pueblo en sus talleres y en sus centros, llevan a quienes no pueden costearse estudios superiores los conocimientos indispensables que no caben en los programas de primaria.

El año del Centenario está muy lejos; se le recuerda con dificultad pero entre vagidos y titubeos «abrió la salida al porvenir, puso en marcha el pensamiento, propuso interrogaciones y emprendió promesas que, atajadas por la discordia, habrá que reatar otra vez al carro del tiempo».

Esta mínima antología no pretende más que ser una invitación a la lectura de Alfonso Reyes, una muestra de la variedad temática de su obra, animada con el propósito central de crear una base sobre la que pueda edificarse una auténtica cultura mexicana y el afán de no dejar que el porvenir quede entregado a la desesperación ni al violencia.

José Emilio Pacheco, «Nota preliminar», Universidad, política y pueblo, Lecturas universitarias, Universidad Nacional Autónoma de México, Ciudad de México, 1967, pp. 7- 16.

La canción del equipaje, por Alfonso Reyes

Para Bitácora, revista de los más jóvenes

No todo ha de ser vivir,

y vivir para jamás cantar.

Era, pues, un nuevo equipaje,

que cantaba al hacerse al mar.

La nave, como era tan leve,

partía por la vertical.

Los que se quedaban en tierra

no se lo van a perdonar.

«¡Suba el que quiera! —gritan ellos,

pero el recelo puede más;

y aunque muchos los envidiaban,

no se querían arriesgar.

Que aunque hay Islas Afortunadas

y muchos reinos que buscar,

también hay Mares Tenebrosos,

caníbales y lo demás.

¡Mejor es largar las amarras

y que nos dejen ir en paz!

Esos que cuentan con los dedos

¡que nos dejen en paz!

Quédense ahí con sus disputas,

con su rabia y su porfiar.

Después de todo y a la postre,

no los vamos a contentar.

Porque está más allá del sueño

lo que queremos conquistar;

está más allá de la noche;

está más allá

de las manos y de los ojos;

está más allá

de los espacios y los años;

está más allá

de las raíces y del humus;

está más allá

de las lágrimas y la sangre;

está más allá.

Buenos Aires, 25 de marzo, 1937

Alfonso Reyes y la filología: entre la Revista de Filología Española y la Nueva Revista de Filología Hispánica. Por Mario Pedrazuela Fuentes

Resumen

En este artículo se propone un recorrido por la labor filológica de Alfonso Reyes, sobre todo la que realizó en el Centro de Estudios Históricos durante los diez años que pasó en España entre 1914 y 1924. En ese tiempo, trabajó intensamente en la literatura de los siglos XVI y XVII y también en la Revista de Filología Española. A su regreso a México, cuando preside El Colegio de México, acogerá allí a muchos de los intelectuales españoles que le ayudaron en sus años madrileños y dará continuidad al trabajo filológico que se había iniciado en el Centro de Estudios Históricos, truncado por la Guerra Civil, y que después fue continuado en cierta medida por el Instituto de Filología de Buenos Aires. Reyes colaboró en la continuidad de la Revista de Filología, pues después de un breve período en Buenos Aires, donde se desarrolló la Revista de Filología Hispánica, ésta se publicó finalmente en El Colegio de México con el título de Nueva Revista de Filología Hispánica.

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Ortega y Alfonso Reyes (Una relación intelectual con América al fondo). Por Antonio Lago Carballo

Cuando en 1992 publiqué en Ediciones de Cultura Hispánica una Antología de Alfonso Reyes, sin duda alguna la figura intelectual de México más relevante de la primera mitad del siglo XX, le envié un ejemplar a mi amigo José Ortega Spottorno, quien poco después me hizo llegar el libro que acababa de publicar, Historia probable de los Spottorno, con una dedicatoria en la que decía que era un «canje de Reyes por Spottornos». No pasó mucho tiempo y un día me anunció que estaba dando vueltas al propósito de escribir otro libro, éste acerca de los Ortega, para cuya redacción estaba acopiando papeles y recuerdos. Meses después me dijo que, dado mi conocimiento de Alfonso Reyes, me agradecería le diese las citas y referencias relativas a la relación que el humanista mexicano había tenido con don José. Cumplí su encargo y de vez en cuando le preguntaba por la marcha del libro, cuando nos encontrábamos en las conferencias de Pedro Laín en los cursos que nuestro común y admirado amigo daba bajo los auspicios del Colegio Libre de Eméritos.

Pasó algún tiempo y una tarde me confesó que le preocupaba el estado de su salud y me habló de su deseo de terminar cuanto antes el libro sobre los Ortega. En una carrera contra el tiempo, me dijo que había preferido ceñirse a lo que estimaba esencial en la biografía de su padre, lo que le había llevado a cortar referencias no sustanciales. Y en efecto, en su excelente libro, aparecido con carácter póstumo en la primavera de 2002, sólo una vez figura el nombre de Alfonso Reyes. Cuento todo esto porque pienso que quizá tenga interés reseñar en qué consistieron las relaciones entre los dos excelentes escritores. Son tantas y de tanto interés las referencias del mexicano hacia el autor de La rebelión de las masas, que creo no resulta superfluo el empeño de dar cuenta de ellas *.

Alfonso Reyes llegó a Madrid a finales del año 1914, tras haber cesado en el puesto diplomático que desempeñaba en París desde mediados del año anterior, para el que había sido nombrado por el gobierno mexicano, tras la muerte violenta, el 9 de febrero de 1913, en plena confusión revolucionaria, de su padre, el general Bernardo Reyes, con ocasión de una acción militar de asalto al Palacio Nacional contra el presidente Madero.

Sin medios de fortuna, los primeros tiempos de Reyes en Madrid, al principio sólo y enseguida con su esposa e hijo, fueron muy difíciles. Vivía tan al día que una mañana, sin un céntimo, salió a buscar fortuna, «sin duda esperando que algún pájaro del Señor me trajera la media torta como a San Antonio. Crucé el tercer patio, el segundo patio, el primer patio… y al pasar frente al cuarto de los porteros, estos me entregaron una tarjeta… La tarjeta era de don Luis Ruiz Contreras [a quien había conocido en una cena en casa de Mme. Carcassone]. Fui a verlo». Y Ruiz Contreras le encarga la traducción de una historia de la guerra europea. Y, con insólita generosidad de editor, le dice: «Viene el invierno y usted necesita calentarse: aquí está el pago adelantado».

Poco a poco Reyes fue entrando en la vida literaria y cultural de Madrid. Comenzó a frecuentar el Ateneo, del que entonces era secretario Manuel Azaña, y a iniciar su amistad con Díez-Canedo, Pedro Salinas, Moreno Villa… Fue Díez-Canedo quien lo presentó en la editorial La Lectura, y allí conoció a Juan Ramón Jiménez, Comienzan los encargos: en La Lectura le encomiendan la preparación de un volumen con el teatro de Ruiz Alarcón, y Saturnino Calleja, hasta entonces editor de los famosos cuentos infantiles, le pide prólogos y notas críticas para el Libro de buen amor, para Quevedo, para Lope, para Baltasar Gracián… Por entonces, «la noble amistad de José Ortega y Gasset me valió desde el primer momento, asociándome primero al semanario España, después a El Imparcial y finalmente a El Sol», escribió Reyes en el prólogo a su libro Vísperas de España. Y cuando Ortega funda la Revista de Occidente también requiere la colaboración de Reyes, que publica en el primer número, que apareció en julio de 1923, un artículo acerca del poeta José de Espronceda.

En el semanario España, con su compatriota Martín Luis Guzmán –y bajo el seudónimo compartido de «Fósforo»– Reyes publicó notas sobre el cinematógrafo, tarea en la que les había precedido el filólogo Federico de Onís.

En El Imparcial –animado por Ortega, que le dijo: «El secreto de la perfección está en emprender obras algo inferiores a nuestras capacidades»– escribió una serie de crónicas cinematográficas, iniciadas el primero de junio de 1916. Su relación con Ortega se afirma cuando, tres años más tarde, éste le encarga que dirija y escriba en la página que los jueves publicaba el diario El Sol, dedicada a historia y geografía, para lo que Reyes pidió la colaboración de Juan Dantín Cereceda para los asuntos geográficos. Buena parte de los extensos artículos publicados, desde 1918 a 1920, en las páginas de El Sol, los recogería Reyes en sus libros Simpatías y diferencias, Historia de un siglo y Las mesas de plomo. Precisamente en la cuarta serie de Simpatías y diferencias reunió Reyes tres apuntes sobre Ortega y Gasset: el primero fechado en 1916, el siguiente en 1917 y el tercero en 1922. El primero arranca con una afirmación definitoria: «José Ortega y Gasset se destaca entre la juventud española con un ademán de paladín. Aplicando a la crítica literaria el tono patético de la historia, pudiéramos decir que es el héroe». Y a renglón seguido un largo y explicativo párrafo:

En él, como en muchos, hay una bifurcación interior, más o menos inconfesa o reconocida, y comparte su actividad entre dos vocaciones: la oficial y la personal, para decirlo de algún modo. ¿La oficial? Él es catedrático de Filosofía en la Universidad Central, y dirige una sección de investigaciones en el Centro de Estudios Históricos, ¿La personal? La personal es la literatura. ¿Tengo que añadir que, sin pretender restar nada a su palmaria capacidad de filósofo, estoy, contra la afición oficial, por la personal? Os diré por qué: si como literato Ortega y Gasset ve las cosas humanas bajo especies cálidas y concretas, y las expresa con un ánimo de belleza, como filósofo quisiera ceñir su conducta intelectual dentro de una sola tendencia, coordinarla con su conducta práctica y construir, a través de la palabra, algo como un nuevo ideal de España, cuya última manifestación tendría que ser la obra de reforma política.

Un año después, y en el segundo apunte, comentaba Reyes el viaje que Ortega había hecho el año anterior a la Argentina y escribe que:

podemos decir, con una sonrisa, que José Ortega y Gasset descubrió a América. La descubrió, en efecto, para sí mismo. América ha logrado así una envidiable conquista, y ha sellado un pacto de alianza con una de las voluntades más limpias y claras de que se honra la España joven. Agradecemos esa frase de cordial humorismo con que acaba el prólogo: –En las páginas de El Espectador no se pone el sol.

En otro texto publicado en La Pluma en enero de 1923 insiste: «Ortega y Gasset trae de América un secreto de fantasía renovada semejante al de Fausto».

Y en más de una ocasión Reyes contó que Ortega, después de ese primer viaje a la Argentina, le había confesado que le agradaría ser apodado «Ortega, el Americano», como se dijo en la Antigüedad «Escipión, el Africano».

Pero hay un texto de Ortega que llamó la atención de Reyes una y otra vez. Es un texto publicado en 1915 en las páginas del semanario España y en el que afirmaba: «Es América el mayor deber y el mayor honor que queda en nuestra vida. ¡España, España es el único pueblo europeo que no tiene una política de América! ¿Cómo es esto posible? No queda a nuestra raza otra salida por el camino real de la Historia, si no es América».

Reyes recordó más de una vez esta cita, pero fue en su respuesta a una encuesta de El Tiempo (Madrid, 8 de marzo de 1921) cuando su glosa adquirió mayor hondura y gravedad:

Me complazco en repetir las hermosas palabras de Ortega y Gasset: «América representa el mayor deber y el mayor honor de España». Fuerza es que los pueblos tengan ideales o los inventen. Así como América no descubrirá plenamente el sentido de su vida en tanto no rehaga, pieza a pieza, su «conciencia española», así España no tiene mejor empresa en el mundo que reasumir su papel de hermana mayor de las Américas. A manera de ejercicios espirituales, al americano debiera imponerse la meditación metódica de las cosas de España, y al español la de las cosas de América. En las escuelas y en los periódicos debiera recordarse constantemente a los americanos el deber de pensar en España; a los españoles, el de pensar en América. En las hojas diarias leeríamos cada semana estas palabras: «Americanos, ¿habéis pensado en España? Españoles, ¿habéis pensado en América?» Concibo la educación de un joven español que se acostumbrara a adquirir todos los meses algún conocimiento nuevo sobre América, por modesto que fuese. Hay que acostumbrar al español a que tenga siempre una ventana abierta hacia América.

Si hermosa era la frase orteguiana no lo eran menos las reflexiones y conclusiones que suscitó en la mente de Reyes, quien mantendría de por vida una actitud admirativa y amistosa hacia nuestro filósofo, en quien siempre apreció su interés y devoción hacia la América hispánica. Valga como muestra lo que escribió en su artículo Goethe y América, publicado en 1932: «José Ortega y Gasset sufre y siente a América como un problema personal».

En 1923 tuvo lugar en Madrid un evento literario en el que coincidieron Ortega y Reyes, y de tal suceso ambos nos dejaron testimonio escrito. Se trata del homenaje tributado a Stéphane Mallarmé, el domingo, día 11 de octubre, para conmemorar, con un silencio de cinco minutos, el XXV aniversario de la muerte del poeta francés. El escenario, el Jardín Botánico «en la puerta que da sobre la Feria de Libros». La hora: «las once en punto de la mañana» Los reunidos fueron: José Ortega y Gasset, Eugenio d’Ors, Enrique Díez-Canedo, José Moreno Villa, José María Chacón y Calvo, Antonio Marichalar, José Bergamín, Mauricio Bacarisse y Alfonso Reyes, de quien fue la iniciativa y quien escribió una sabrosa e ingeniosa crónica que figura en su libro Culto a Mallarmé, incluido en el tomo XXV de sus Obras Completas. Por su parte el secretario de Revista de Occidente, Fernando Vela, escribió una carta a todos los asistentes preguntándoles qué habían pensado durante los cinco minutos de silencio. Las respuestas fueron publicadas en el número de noviembre de la Revista. En su texto, Ortega declara:

La idea de este silencio es de Alfonso Reyes… A ningún español se nos hubiera ocurrido esto. A los españoles nos avergüenza toda solemnidad, nos ruboriza. ¿Por qué? Pueblo viejo. Tenemos en el alma centurias de solemnidades; éstas han perdido ya la frescura de sentido y nos hemos acostumbrado a pensar que son falsas y desvirtuadas. Alfonso Reyes es americano. Alfonso… Reyes… Alfonso, nombre de reyes…, es americano. Pueblo joven…

La crónica de Reyes es un prodigio de encanto y finura:

El primero en llegar fue José Ortega y Gasset… Era un día gris, nublado y claro. Algo París-de-los-años-de-Ochenta… Sacudiendo el viento los ramajes de nubes, hizo caer escasas gotas. Luego, quedó el tiempo seguro; y había una frescura casi dulce» […] El Botánico tenía una iluminación de vidrieras opacas, de taller fotográfico. Cada árbol, al paso, nos decía una palabra, como al estudioso Goethe en sus excursiones de naturalista: la palabra escrita en su etiqueta: Almez, Alerce, Sófora Japónica, Pawlonia, Arce Sacarino. Cada árbol, al paso, nos alargaba su tarjeta de visita…

En abril de 1924, en vísperas de su regreso a México Alfonso Reyes, que entonces desempeñaba el puesto de primer secretario de la legación de su país en Madrid, recibió un homenaje en el restaurante Lhardy, con Ortega en la presidencia. Compartieron las mesas D’Ors, Azorín, Eduardo Marquina. Manuel Azaña, Díez Canedo, José María Chacón y Calvo… y muchos más escritores y amigos. Eduardo Gómez de Baquero pronunció el discurso de ofrecimiento. Todos los reunidos, más Unamuno, Valle-Inclán, Juan Ramón Jiménez, Gómez de la Serna, Maeztu, Moreno Villa… habían sido sus amigos a lo largo de los diez años de vida madrileña, así como cuantos pertenecían al Centro de Estudios Históricos, presidido por don Ramón Menéndez Pidal, en donde Reyes también colaboró activamente.

Dejaba Reyes un Madrid en el que se sentía arraigado y unos amigos con los que había compartido trabajos y conversaciones, que evocará años más tarde en su libro Tertulia de Madrid. Otro amigo suyo, el fino crítico literario Melchor Fernández Almagro, cuando comente ese libro en Cuadernos Hispanoamericanos (Madrid, marzo-abril de 1951), escribirá:

Recordamos a Alfonso Reyes, menudo y redondo, sutil, cortés y seseante, en grupo con los demás contertulios, [en el hotel Regina] alrededor de la mesa rectangular, junto a la columna central del café: todo nuevo, blanco, sin espejo ni divanes de pelouche rojo: «Son los intelectuales», decían los otros asiduos al café, políticos de provincias, mujeres equívocas o sin equívoco alguno, toreros; los tipos mismos, al natural, que dibujaban por entonces Penagos y Tovar.

En aquellos días de su despedida de Madrid, la prensa publicó diversos artículos en los que se elogiaba la personalidad de Alfonso Reyes. En el ABC, don Eugenio d’Ors en una de sus glosas sentenciaba: «Alfonso Reyes es el que ha torcido el cuello a la exuberancia y ha dejado limpio de su imagen mítica el mapa ideal de nuestra América». Y Azorín definió a sus lectores argentinos de La Nación la personalidad de Reyes con estas palabras: «Cortés, atento, conciliador, Reyes logró captarse prestamente las simpatías de las personas con quienes trata. Y las mismas cualidades de finura y escrupulosidad lleva a sus trabajos de crítica literaria y de erudición».

Perfecto retrato. En él coinciden cuantos le trataron. Sus dotes intelectuales eran parejas con sus dotes de bondad, de simpatía, de ingenio. Gabriela Mistral escribió que «conversar con Reyes es una fiesta». Y el escritor paraguayo Julio César Chaves contó que un día en París y en casa de Jean Cassou, Miguel de Unamuno, en presencia de Rainer Maria Rilke, dijo hablando de nuestro hombre: «La inteligencia de Reyes es una función de su bondad».

Sin abandonar su labor de escritor, Reyes dedicó los siguientes años a cumplir sus deberes como diplomático: ministro de México en París, hasta que pasó a desempeñar la Embajada de México en Buenos Aires (1927-1930) y en Río de Janeiro (1930-1937).

Cuando en 1928 Ortega y Gasset hizo su segundo viaje a la Argentina se vio con Reyes y reavivaron afecto y amistad. En el libro Anecdotario, publicado póstumamente por su nieta Alicia en 1968, figuran varias anécdotas que tienen a Ortega y a Reyes como protagonistas. Entre ellas sólo dos traigo aquí a colación porque presentan perfiles, entre la vanidad y el donjuanismo, que contribuyen a matizar la condición humana de uno y otro. La primera es ésta:

En una reunión social de Buenos Aires, me rodeaban unas señoras jóvenes, sentadas como yo en almohadones sobre el suelo, para que yo les improvisara cuentos como Oscar Wilde. José Ortega y Gasset cruzó la sala entera a paso veloz, gritando.

–No, señoras. A Reyes lo tienen ustedes aquí de modo permanente. Rodéenme a mí que me voy en unos días.

Le cedí mi almohadón, pero el prefirió una butaca de respeto y comenzó una suerte de flirt filosófico, en que era experto. Las señoras se dispersaron poco a poco.

La otra anécdota sube de tono y de indiscreción:

En Buenos Aires también, me dijo:

–¿Dónde esconderme con una señora respetable?

Lo llevé a un departamento precioso que yo tenía y le di la llave:

–¿Le agrada?

–¡Es una octava real! ¡Caramba con este Alfonsito!

Algunos días después pasé al Hotel Plaza a recoger la llave y visité mi rincón; todo en orden, pero para que no se dudara de que él, José, había estado ahí, dejó la envoltura, con su nombre, de unas pantuflas nuevas.

Este encuentro en Buenos Aires sería el último de los celebrados entre Reyes y Ortega. Cuando éste volvió en 1939 a la capital argentina, el gran mexicano ya residía en México. Si se repasan los índices onomásticos de los veintiséis tomos de las Obras Completas de Reyes, se comprueba las numerosísimas citas de textos de Ortega, desde los primeros tiempos hasta la conferencia de éste sobre Goethe en Aspen en julio de 1949. Precisamente es con Goethe como tema de fondo cuando encontramos un testimonio de Reyes en el que manifiesta una actitud crítica y discrepante de Ortega, compatible con el afecto y admiración que siempre le profesó. Se trata de la carta, rescatada por José Luis Martínez y publicada en el tomo XXVI de las Obras Completas (México, 1993) de Reyes, que éste escribió al novelista y ensayista argentino Eduardo Mallea a propósito del ensayo «Pidiendo un Goethe desde dentro. Carta a un alemán», que Ortega había publicado en Revista de Occidente en abril de 1932. La carta de Reyes comienza con una confesión:

La Carta a un alemán de José Ortega y Gasset me ha causado un verdadero arrobamiento, lo mismo que a usted. El gran escritor lo empuña a uno y lo transporta. Pero tiene la elocuencia engañosa de las sirenas. No se deje usted engañar. Ortega es sofístico y engañoso. Esto se lo digo a usted en secreto. Esta carta es un desahogo que yo confío a su corazón de amigo, pero no quiero que usted le dé el aire, porque no quiero tener que sufrir más en mis relaciones con José. Cuando entre él y yo se ha atravesado una pestaña, le confieso a usted que me sentí muy desdichado. Quizá Victoria [Ocampo] también podrá leer esta carta. Yo creo que le pasa con José lo que a mí: yo lo admiro, lo «amo» y no lo aguanto.

Después siguen cinco densas páginas de análisis y comentario de las tesis de Ortega en torno a Goethe expuestas en su ensayo, escrito que, según Reyes, «es el fruto de dos sentimientos que él lleva a una temperatura de sublimidad: la soberbia y la envidia».

No viene al caso reproducir aquí los argumentos empleados por Reyes –excelente conocedor de Goethe, como lo reflejan las primeras 445 páginas del citado tomo XXVI– para razonar su discrepancia con Ortega. Pero sí debo citar el expresivo final de la recordada carta:

Y ahora ¿puedo esperar de usted que guarde esta carta como secreto? Mire que no quiero hacer junto a Ortega y Gasset el papel que él hace junto a Goethe. Mire que discutir públicamente con Ortega y Gasset quien se siente menor que él y no tiene siquiera posibilidad de combate periodístico, quien al fin lo quiere y admira de veras, quien quizá siente que choca con él por un fenómeno de «adoración», quien nunca se acercó a él sin utilidad y provecho en pro o en contra, sería absurdo. Suyo cordial.

El mismo día en que murió Ortega en Madrid, 18 de octubre de 1955, su amigo Reyes escribió un artículo titulado «Treno para José Ortega y Gasset», que aparecería en la revista Cuadernos Americanos (México, febrero 1956). En aquellas páginas reiteraba su testimonio de deuda y gratitud por el trato que había recibido de Ortega años atrás, a la vez que recordaba que, ante la situación que vivió la España en guerra civil, él se apresuró a ofrecer a Ortega su casa en México, y recibió esta respuesta: «Agradecí muy vivamente su cariñosa carta, que me trae su vieja amistad. Siempre en lo recóndito contaba con ella».

Y Reyes evocaba a su amigo con estas hermosas palabras:

Perdemos en José Ortega y Gasset a un escritor que ha dejado un rastro de fuego en la lengua y en la mente de nuestro siglo; a un filósofo imperial, no por la coherencia sistemética de un Kant o de un Hegel –a que él nunca quiso sujetarse–, sino por el altivo señorío de sus concepciones, la actitud orgullosa y la varonil trascendencia; a un pensador que de mil modos llegó a superar a sus maestros y hasta dio al mundo la expresión auténtica de algunas nociones que aún latían en la nebulosa; a un artista en quien jamás desmayó la soberbia voluntad de forma. Era hombre de ánimo solemne que luchó siempre contra las travesuras de la ironía y del humorismo, sus dos verdaderos adversarios; de una sensibilidad tan aguda que solía herirse con su propio aguijón o, mejor, que acabó atravesándose con su espada; de una honda capacidad moral que, por ser tan honda, se desgarraba entre los ideales teóricos y los apremios del deber cí- vico, por manera que iba y venía como el péndulo electrizado de saúco, sin poder resignarse nunca a lo que hay de transacción en la acción.[…] Cuando hayan corrido los años, operando su justicia de larga vista sobre las desigualdades y accidentes y demás miserias del acontecer cotidiano, esta imagen se levantará entre las más altas de España, no lo dudo.

Reyes concluía su treno con un bello y piadoso deseo:

Yo quiero evocar sobre su tumba las palabras de Horacio a Hamlet, envolviendo así en cortesías poéticas las asperidades de la desgracia: «Buenas noches, dulce príncipe; los coros de ángeles arrullen tu sueño».

Alfonso Reyes falleció en la ciudad de México el 27 de diciembre de 1959. Cabe pensar que, de haber vivido, José Ortega y Gasset le hubiese despedido con similar y conmovido elogio.