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Río de olvido. Por Alfonso Reyes

Río de Enero, Río de Enero:
fuiste río y eres mar:
lo que recibes con ímpetu
lo devuelves devagar.

Madura en tu seno el día
con calmas de eternidad:
cada hora que descuelgas
se vuelve una hora y más.

Filtran las nubes tus montes,
esponjas de claridad,
y hasta el plumón enrareces
que arrastra la tempestad.

¿Qué enojo se te resiste
si a cada sabor de sal
tiene azúcares el aire
y la luz tiene piedad?

La tierra en el agua juega
y el campo con la ciudad,
y entra la noche en la tarde
abierta de par en par.

Junto al rumor de la casa
anda el canto del sabiá,
y la mujer y la fruta
dan su emanación igual.

El que una vez te conoce
tiene de ti soledad,
y el que en ti descansa tiene
olvido de lo demás.

Busque el desorden del alma
tu clara ley de cristal,
sopor llueva el cabeceo
de tu palmera real.

Que yo como los viajeros
llevo en el saco mi hogar,
y soy capitán de barco
sin carta de marear.

Y no quiero, Río de Enero,
más providencia en mi mal
que el rodar sobre tus playas
al tiempo de naufragar.

—La mano acudió a la frente
queriéndola sosegar.
No era la mano, era el viento.
No era el viento, era tu paz.

Alfonso Reyes, “Río de olvido”, Romances del Río de Enero, Constancia poética, Obras completas X, Fondo de Cultura Económica, México, 1996, pp. 385-386

Morena. Por Alfonso Reyes

Trigueña nuez del Brasil,

castaña de Marañón:

tienes la color tostada

porque se te unta el sol.

De las algas mitológicas

en el marino crisol,

como la sal se te pega

tienes tostado el color.

Ilesa virgen de aceite,

lámpara de hondo fulgor:

sales a apagar el día,

ya diamante, ya carbón.

En el vaho de la arena

¿no se consume la flor?

No se consume: se alarga

el tallo, rompe el botón.

Misterio: ceniza y fruta;

ceniza sin amargor,

fruta áspera con acres

aromas de tocador.

Mirra y benjuí por los brazos,

gusto de clavo el pezón:

quien hace la ruta de Indias

corta la especia mejor.

Cierto, tenderé la vela:

me siento descubridor,

alumno de Marco Polo

y de Cristóbal Colón.

—¡Tierra!—grito, y en el seno

del barro que te crió,

hinca ya la carabela

la quilla y el espolón.

Tierra oscura me recibe,

en sorda germinación,

en la que saltan los árboles

como rayos de explosión.

Truena Dios, y mi ventura,

al tiempo que truena Dios,

está en volver a la sombra

donde he nacido yo.

—Callen las onzas de plata

cuando se escucha esta voz:

“Hijas de Jerusalén,

el sueldo de cobre soy.”

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