El sueño que Pedro Henríquez Ureña tuvo en el alba de uno de los días de 1946 curiosamente no constaba de imágenes sino de pausadas palabras. La voz que las decía no era la suya pero se parecía a la suya. El tono, pese a las posibilidades patéticas que el tema permitía, era impersonal y común. Durante el sueño, que fue breve, Pedro sabía que estaba durmiendo en su cuarto y que su mujer estaba a su lado. En la oscuridad del sueño, la voz le dijo:
«Hará unas cuantas noches, en una esquina de la calle Córdoba, discutiste con Borges la invocación del anónimo sevillano Oh Muerte, ven callada / como sueles venir en la saeta. Sospecharon que era el eco deliberado de algún texto latino, ya que esas traslaciones correspondían a los hábitos de la época, del todo ajena a nuestro concepto del plagio, sin duda menos literario que comercial. Lo que no sospecharon, lo que no podían sospechar, es que el diálogo era profético. Dentro de unas horas, te apresurarás por el último andén de Constitución, para tu clase en la Universidad de La Plata. Alcanzarás el tren, pondrás la cartera en la red y te acomodarás en tu asiento, junto a la ventanilla. Alguien, cuyo nombre no sé pero cuya cara estoy viendo, te dirigirá unas palabras. No le contestarás, porque estarás muerto. Ya te habrás despedido para siempre de tu mujer y de tus hijas. No recordarás este sueño porque tu olvido es necesario para que se cumplan los hechos».
Christopher Domínguez Michael nació en la Ciudad de México el 21 de junio de 1962, hijo del doctor José Luis Domínguez Camacho (1936–2012), médico psiquiatra y de la dibujante neoyorkina, Marsha Michael Goldenberg (1940–2005), nieta del actor Samuel Goldenberg, del Teatro Yiddish de Nueva York. Vivió su infancia en la entonces bulliciosa Zona Rosa y en los Edificios Peaton Place de la Condesa. Lector voraz desde la infancia, se educó –primaria y secundaria– en la Escuela Activa Decroly.
En 1987 cuando aparecieron en la revista Vuelta sus primeros artículos, a instancias de Enrique Krauze, subdirector –a quien conoció en el Palacio de Minería en una mesa redonda sobre los diez años de la muerte de Daniel Cosío Villegas, en 1986. Habiendo sido reseñista de libros en el semanario Procesodesde 1983, a partir de enero de 1989 hasta la desaparición de la revista tras la muerte de Octavio Paz en 1998, fue miembro del consejo de redacción de la revista. Hasta la fecha es consejero editorial de su sucesora, Letras Libres y columnista político y cultural en los periódicos Reforma (1993–2015) y actualmente en El Universal.
Ingresó a la UAM Xochimilco en 1980 a estudiar sociología pero dificultades familiares le impidieron proseguir sus cursos universitarios al tiempo que lo acogía la prensa cultural (muy brevemente en Nexos, en El Buscón y en Proceso durante ocho años) y desde entonces ha publicado más de 2000 artículos de crítica e historia literaria. Probablemente sea uno de los periodistas mexicanos en activo más prolíficos.
Ha publicado antologías y diccionarios (Antología de la narrativa mexicana del siglo XX, en 1989–1991 y el Diccionario crítico de literatura mexicana del siglo XX, 2007 y 2011, e hizo con José Luis Martínez, La literatura mexicana del siglo XX en 1995). Ha hecho historia literaria mexicana del siglo XIX (La innovación retrógrada, 2016) y del XX (Tiros en el concierto. Literatura mexicana del siglo V, 1997) y dos biografías, una de fray Servando Teresa de Mier (Vida de fray Servando, 2004) y otra de Octavio Paz(Octavio Paz en su siglo (2014). Sobre literatura universal decimonónica y moderna ha publicado La utopía de la hospitalidad (1993), La sabiduría sin promesa. Vida y letras del siglo XX (2000 y 2007), Para leer a Borges (2010), Los decimonónicos (2011) y Retrato, personaje y fantasma (2016). El año próximo Sexto Piso iniciará la colección, en cinco tomos, de sus Ensayos reunidos no recogidos en libro. Ha sido traducido al inglés, al francés y al portugués.
En 2006 obtuvo la beca Guggenheim, en 2013–2014 fue profesor visitante en la Universidad de Chicago con la Beca Tinker y en 2017 obtuvo la residencia Edmundo O’Gorman en la Universidad de Columbia en Nueva York. Fue miembro del Sistema Nacional de Creadores del FONCA hasta octubre de 2017 y desde 2010 es investigador asociado de El Colegio de México. Ha dado numerosos cursos y conferencias en el extranjero sobre historia literaria latinoamericana y crítica literaria latinoamericana.
Christopher Domínguez Michael ingresó a El Colegio Nacional el 3 de noviembre de 2017.
¿En qué rincón del tiempo nos aguardas,
desde qué pliegue de la luz nos miras?
¿Adónde estás, varón de siete llagas,
sangre manando en la mitad del día?
Febrero de Caín y de metralla:
humean los cadáveres en pila.
Los estribos y riendas olvidabas
y, Cristo militar, te nos morías...
Desde entonces mi noche tiene voces,
huésped mi soledad, gusto mi llanto.
Y si seguí viviendo desde entonces
es porque en mí te llevo, en mí te salvo,
y me hago adelantar como a empellones,
en el afán de poseerte tanto.
Río de Janeiro, 24 de diciembre, 1932.-VS
A veces, los que vuelven de un largo viaje conservan para toda la vida una melancolía secreta, como de querer juntar en un solo sitio los encantos de todas las tierras recorridas.
La Odisea no nos hace asistir a los últimos días de Ulises. Cuando Ulises hubo recobrado sus playas y arrojado de su palacio a los pretendientes, dando así término a la gran empresa de su vida, ¿quién duda que se abrió a sus ojos una melancólica perspectiva de ocios y recuerdos, en las noches inacabables de Ítaca, junto a la afanosa rueca de Penélope? Se puede huir a la seducción de las sirenas, amarrándose bárbaramente al mástil. Pero ¿cómo olvidar después las canciones de las sirenas? Apenas ha reposado Ulises, y ya anuncia a su fiel Penélope que nuevos trabajos le reclaman: “Los dioses —le dice— me mandan recorrer todavía muchas ciudades, hasta que no encuentre la tierra de los hombres que ignoran el mar y que cocinan sin sal sus alimentos”. La larga ausencia y los trabajos habían quebrantado seguramente la gallardía de Ulises. Penélope tampoco era ya la que él había dejado, porque, con ser plaza inexpugnable, no había podido resistir al asalto de los años, comprobando la sentencia de Calderón:
que a lo fácil del tiempo
no hay conquista difícil.
Había cenizas en las inextintas ascuas del hogar. Ya no sabía Ulises qué desear más —como todo el que ha recorrido mucho mundo—: si el reposo o las aventuras. Hombre que ha perdido su centro, casi nunca vuelve a recobrarlo. ¡Ay! Los que viajan por mar y tierra han de tener un corazón hecho a todos los embates de la alegría y el duelo, y un ánimo de renunciamiento casi de santos. Temen regresar a sus playas, y las desean. No encuentran a la vuelta lo que habían dejado a la partida. Ya no saben dónde ha quedado la tierra y la casa que soñaban. En vano los consuela el poeta:
Heureux qui, comme Ulysse, a fait un beau voyage, ou comme celui-là qui conquit la Toison, et puis est retourné, plein d’usage et raison, vivre entre ses parents le reste de son age.
Ulises tiene que seguir viajando, como piedra condenada a rodar. Él cuenta que los dioses lo mandan… Algunos hemos creído siempre que ya, Ulises, lo único que quiere es volver a la pecadora Isla de las Canciones.