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El arte de perdurar de Hugo Hiriart

Con la audacia que caracteriza sus ensayos, Hugo Hiriart se pregunta por qué algunos autores, sin importar la medida de su talento, no alcanzaron el terreno movedizo de la fama y qué recursos han permitido que una obra se instale durante generaciones en la preferencia del público lector. En esta inusitada reflexión literaria sobre lo que transcurre y lo que permanece, diseñada como una conversación espoleada por la argumentación serena y el ataque frontal, Hiriart analiza la valía de una obra en relación con su peso en la fluctuante posteridad. Luego de acechar y definir magistralmente el estilo de Alfonso Reyes, Hiriart compara la prosa ensayística del anterior con la de Jorge Luis Borges… y la de éstos dos con la de George Orwell, a fin de cavilar sobre el virtuosismo y el talento, y de analizar reveladores ejemplos de escritores que lograron trascender su espacio y su tiempo. Tomando como pretexto a Velázquez y a Rubens, así como los autorretratos de escritores famosos, la segunda parte de este libro traduce al arte de la pintura la teoría antes expuesta y propone una indagación cuyo centro es la perdurabilidad de la creación artística. Con su disertar siempre asombroso, Hiriart se mueve de una pasión a otra -de la literatura a la pintura- e invita al lector a asediar los misterios del arte y la búsqueda de la inmortalidad a la que todo artista aspira en la memoria humana.

Hiriart. Arte

 

La noche cíclica. Por Jorge Luis Borges

A Sylvina Bullrich

Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras:
los astros y los hombres vuelven cíclicamente;
los átomos fatales repetirán la urgente
Afrodita de oro, los tebanos, las ágoras.

En edades futuras oprimirá el centauro
con el casco solípedo el pecho del lapita;
cuando Roma sea polvo, gemirá en la infinita
noche de su palacio fétido el minotauro.

Volverá toda noche de insomnio: minuciosa.
La mano que esto escribe renacerá del mismo
vientre. Férreos ejércitos construirán el abismo.
(David Hume de Edimburgo dijo la misma cosa).

No sé si volveremos en un ciclo segundo
como vuelven las cifras de una fracción periódica;
pero sé que una oscura rotación pitagórica
noche a noche me deja en un lugar del mundo

que es de los arrabales. Una esquina remota
que puede ser del Norte, del Sur o del Oeste,
pero que tiene siempre una tapia celeste,
una higuera sombría y una vereda rota.

Ahí está Buenos Aires. El tiempo que a los hombres
trae el amor o el oro, a mí apenas me deja
esta rosa apagada, esta vana madeja
de calles que repiten los pretéritos nombres

de mi sangre: Laprida, Cabrera, Soler, Suárez…
Nombres en que retumban (ya secretas) las dianas,
las repúblicas, los caballos y las mañanas,
las felices victorias, las muertes militares.

Las plazas agravadas por la noche sin dueño
son los patios profundos de un árido palacio
y las calles unánimes que engendran el espacio
son corredores de vago miedo y de sueño.

Vuelve la noche cóncava que descifró Anaxágoras;
vuelve a mi carne humana la eternidad constante
y el recuerdo ¿el proyecto? de un poema incesante:
«Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras…»

El sueño de Pedro Henríquez Ureña. Por Jorge Luis Borges

El sueño que Pedro Henríquez Ureña tuvo en el alba de uno de los días de 1946 curiosamente no constaba de imágenes sino de pausadas palabras. La voz que las decía no era la suya pero se parecía a la suya. El tono, pese a las posibilidades patéticas que el tema permitía, era impersonal y común. Durante el sueño, que fue breve, Pedro sabía que estaba durmiendo en su cuarto y que su mujer estaba a su lado. En la oscuridad del sueño, la voz le dijo:

«Hará unas cuantas noches, en una esquina de la calle Córdoba, discutiste con Borges la invocación del anóni­mo sevillano Oh Muerte, ven callada / como sueles venir en la saeta. Sospecharon que era el eco deliberado de algún texto latino, ya que esas traslaciones correspondían a los hábitos de la época, del todo ajena a nuestro concepto del plagio, sin duda menos literario que comercial. Lo que no sospecharon, lo que no podían sospechar, es que el diálogo era profético. Dentro de unas horas, te apresu­rarás por el último andén de Constitución, para tu clase en la Universidad de La Plata. Alcanzarás el tren, pondrás la cartera en la red y te acomodarás en tu asiento, junto a la ventanilla. Alguien, cuyo nombre no sé pero cuya cara estoy viendo, te dirigirá unas palabras. No le contestarás, porque estarás muerto. Ya te habrás despedido para siempre de tu mujer y de tus hijas. No recordarás este sueño porque tu olvido es necesario para que se cumplan los hechos».

Revista Sur (1931) en línea

Los primeros números de la revista Sur, una de las publicaciones más emblemáticas de la Argentina del siglo XX, ahora se pueden consultar en internet. La Biblioteca Digital Trapalanda publicó fotos de gran calidad de los primeros 15 números, verdaderas joyas literarias.

Historia

Sur apareció en 1931, bajo la dirección de Victoria Ocampo. La integró un consejo integrado por notorias personalidades de la literatura universal: Ernest Ansermet, Drieu La Rochelle, Leo Ferrero, Waldo Frank, Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes, Jules Supervielle y José Ortega y Gasset; su consejo de redacción por Jorge Luis Borges, Eduardo J. Bullrich, Oliverio Girondo, Alfredo González Garaño, Eduardo Mallea, Maria Rosa Oliver y Guillermo de Torre.

Fue el pensamiento de Victoria, el que le dio a la publicación su toque de originalidad y vanguardismo que le valió ser considerada una de las principales revistas literarias en lengua española  de su época. La revista se convirtió en un referente obligado de la cultura argentina.

Consulta de la revista Sur en línea:

http://trapalanda.bn.gov.ar/jspui/handle/123456789/11371?page=1