Salambona. Por Alfonso Reyes

¡Ay, Salambó, Salambona,
ya probé de tu persona!

¿Y sabes a lo que sabes?
Sabes a piña y a miel,
sabes a vino y a dátiles,
a naranja y a clavel,
a canela y azafrán,
a cacao y a café,
a perejil y tomillo,
higo blando y dura nuez.
Sabes a yerba mojada,
sabes al amanecer.
Sabes a égloga pura
cantada con el rabel.
Sabes a leña olorosa,
pino, resina y laurel.
A moza junto a la fuente,
que cada noche es mujer.
Al aire de mis montañas,
donde un tiempo cabalgué.
Sabes a lo que sabía
la infancia que se me fue.
Sabes a todos los sueños
que a nadie le confesé.

¡Ay, Salambó, Salambona,
ya probé de tu persona!

Alianza del mito ibérico
y el mito cartaginés,
tienes el gusto del mar,
tan antiguo como es.
Sabes a fiesta marina,
a trirreme y a bajel.
Sabes a la Odisea,
sabes a Jerusalén.
Sabes a toda la historia,
tan antigua como es.
Sabes a toda la tierra,
tan antigua como es.
Sabes a luna y a sol,
cometa y eclipse, pues
sabes a la astrología,
tan antigua como es.
Sabes a doctrina oculta
y a revelación tal vez.
Sabes al abecedario,
tan antiguo como es.
Sabes a vida y a muerte
y a gloria y a infierno, amén.

Río de Janeiro, 20 de agosto, 1935

Tomo X, Obras completas, Fondo de Cultura Económica, México, 1996, pp. 157-158

 

El Vitruvio espiritual de Alfonso Reyes. Por Jesús Silva-Herzog Márquez

El poeta puede verlo todo en cada cosa. Nada es sólo lo que es. Y bien visto, es todo lo demás… hasta su opuesto. En el poema el ser se desparrama en significados. El universo en cada partícula de polvo. Así lo muestra William Blake en sus Augurios de la inocencia:

Para ver el mundo en un grano de arena,
Y el Cielo en una flor silvestre,
Abarca el infinito en la palma de tu mano
Y la eternidad en una hora.

Cuando una publicación bogotana preguntó a Alfonso Reyes su regla filosófica, el ensayista dudó responder. Imposible sintetizar las cuerdas contradictorias de su entendimiento, las líneas incompletas de su orientación intelectual. La simpleza de la pregunta periodística, sin embargo, lo sedujo: ¿cuál sería, en efecto, el principio filosófico que mayor influencia espiritual había tenido en su vida? Se dispuso entonces a bosquejar una respuesta. El escritor no acudió a sus clásicos para encontrar respuesta. Si se atrevió a delinear una imagen de su doctrina vital en una notita a la que tituló “ Anatomía espiritual” fue porque se miró al espejo. Su filosofía quedaba revelada en su cuerpo. Todo hombre, sacando lección de su cuerpo, podría descubrir su escuela, su ideario. El apunte de Reyes es apenas un bosquejo. Una cruda relación de ideas descosidas. Este comentario es más extenso que su nota.

La frente lanza la primera advertencia. Somos débiles y pequeños. Nuestro paso por el mundo es fugaz. No somos el centro del universo. La roca de su filosofía está ahí: es la determinación de no engañarnos, de no mentirnos, no consolarnos en la mentira. “La primera, en la frente”, dice el moralista, recordando esa expresión popular que entiende el beneficio de recibir, cuanto antes, el golpe de las malas noticias. El mal existe, somos criaturas dolientes, el universo es indiferente a nuestra desgracia. Para los dioses nuestros fines son risibles. La enseñanza es clara para Reyes: si queremos afirmar la libertad, hemos de reconocer estoicamente el contorno de estas verdades. Nuestra libertad, dijo en otra parte, ha de estar en la bravura de nuestra imaginación. Si el cuerpo nos somete a lo dado, la fantasía nos desanuda.

En los ojos Reyes ve reverencia antes que curiosidad. Bajo los párpados vive el apetito de la contemplación. En busca de belleza, la mirada alumbra la Estética. Desde luego, no es, para Reyes, sólo un puente a la hermosura, sino la vía de una peculiar sabiduría. La observación atenta y amorosa del mundo, la celebración de las armonías y disonancias del mundo conducen a la verdadera comprensión: ver para entender, es decir, para apreciar. Hay que permitirle a la mirada que aloje la desinteresada fiesta de la belleza.

La boca saborea la expresión. Los labios ofrecen el placer de la comunicación, la aventura de la seducción. Ahí se encuentra, al mismo tiempo, la raíz de la Poética y de la Erótica. La palabra, “suma voluptuosidad, suma sensualidad”, es la primera morada común. Poesía y erotismo brotan de la boca en busca del diálogo, de la comunión. La voz es la esperanza de los solitarios, el vehículo de la amistad. El ensayista recordaba a la Celestina cuando le decía a Pármeno: “De ninguna cosa es alegre posesión sin compañía”. Los libros y las experiencias que no son compartidas en el diálogo sólo pueden alegrar a los locos. En la conversacion “está todo el sabor del mundo”.

El poder y la necesidad radican en el vientre. Por ahí andan las costillas del orgullo y los recipientes del almuerzo. Asuntos, confiesa Reyes, que no entiende bien: Economía, Economía Política, Política. Sólo acierta a las preguntas: “¿Acaso aquí el anhelo de independencia, de libertad? ¿Libertad para qué? Para conquistar el ocio. ¿El ocio para qué? Para trabajar siempre en lo que yo quiera. Y trabajar siempre en lo que yo quiera ¿no sería más bien jugar? Tal vez”. El apunte nos deja tarea para pensar: quizá las majestades y las leyes, las industrias y los precios tienen como último propósito el juego.

Pero no vivimos para el recreo solamente. El corazón, órgano de la moralidad, nos lo recuerda con el golpe tenaz de sus latidos. El ritmo bombea una voluntad moral de levantarnos sobre las bestias, como dice en su Cartilla moral. Todo triunfo humano encamina al bien. Ni cerebro, ni vientre, ni sexo ni mandíbula. Reyes era corazón, dijo Octavio Paz al enterarse de su muerte. “Vaivén de la sangre, mano que se abre y se cierra: dar y recibir y volver a dar”.

Y, finalmente, nuestros extremos: manos y pies. Las manos son la acción, los pies la sensatez. Esculpiendo la materia, las manos revelan los tres principios de toda acción: “1) rigor en lo esencial; 2) tolerancia en lo accesorio; 3) abandono de lo inútil”. Los pies cuentan la fábula del astrónomo al revés: ver el piso a la luz del día y afirmar la planta al suelo. Seguir siempre las invitaciones de la circunstancia.

Ahí concluye Alfonso Reyes su Vitruvio espiritual: “creo que es inútil continuar más debajo de los pies”.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver.

Fuente:

http://www.nexos.com.mx/?p=29762

Historias de vida: José Emilio Pacheco

Historias de vida: José Emilio Pacheco. Canal once

Recordando a José Emilio Pacheco. Documental sobre su vida y obra

Breve documental sobre la vida y obra de José Emilio Pacheco, dirigido por Paulina Lavista:

Rubén Darío, genio municipal. Por Alfonso Reyes

Con todo,  yo tuve que hablar en una Glorieta de Madrid, en la última Fiesta de la Raza. Cuando sepáis que se trataba de bautizar esa Glorieta con el nombre de Rubén Darío, me perdonaréis mi alarde oratorio. Dije así:

Por delegación del Excelentísimo Señor Ministro de Cuba (a quien corresponde el derecho de antigüedad), toca al representante de México la honra inapreciable, de dar las gracias al Ayuntamiento de Madrid, en nombre del Cuerpo Diplomático hispano-americano —y seguramente interpretando él sentir de tantas naciones—, por la consagración que acabáis de hacer, señor Alcalde, de la Glorieta del Cisne, al alto poeta de los cisnes.

Pero habéis pronunciado, junto al nombre de Rubén Darío, otros nombres, para los americanos sagrados, que arrebatan mi atención a otra parte. Felicitémonos porque nos ha sido dable presenciar la hora en que las glorias de América pueden redundar en gloria de España. Renuncio a evocar siquiera la enorme suma de esfuerzos de comprensión que a uno y otro lado del mar ha hecho falta para que sea posible proponer, en la capital del orbe hispano, homenajes y recuerdos a los padres de América. Sois, españoles, ejemplares en la cordialidad generosa al reconocer y aceptar los valores humanos definitivos, así sean los del otro campo, y (según acabamos de verlo, por la vibrante carta de Grandmontagne) la misma severidad excesiva que adoptáis para juzgaros a vosotros mismos —heroica condición crítica de la mente, que alguna vez ha sido explotada en contra vuestra— se convierte en un extraño y viril desprendimiento, casi impolítico en ocasiones, siempre conmovedor y valiente, para reconocer, cuando es justo, la grandeza del contrincante. Habéis hecho, en la larga historia, un viaje a la tierra de las ambiciones y los poderes. Y estáis de regreso, entre el asombro de los que no siempre aciertan a entenderos, con una filosofía sencilla, en que muchas veces las contradicciones se avienen, formando una síntesis moral superior a los extravíos que todavía están costando a los pueblos lágrimas y sangre.

¡Feliz acuerdo el de consagrar en la Fiesta de la Raza un homenaje a la memoria del mayor poeta de la lengua durante los últimos siglos! Su nombre, desde hoy, queda incorporado a la vida diaria, callejera, de vuestra graciosa ciudad. Y, por justa paradoja y compensación, he aquí que convertís al solitario, al desigual, al rebelde y altivo genio, al pecador torturado y elegante, al león entre tímido y bravío, que de pronto se acobardaba y de pronto comenzaba a rugir, al melancólico que cruzaba la vida “ciego de ensueño y loco de armonía”, al hijo terrible de un Continente que es todo el un grito de insaciados anhelos, a nuestro Rubén Darío, el menos municipal de los hombres, en algo tan benéfico y manso como un Genio Municipal. Acógelo la divinidad que reina en las plazas y en las calles, y nosotros —buenos hijos de Roma— saludamos con ritos públicos, bajo el cielo de otoño, al héroe mensajero de las primaveras americanas.

La obra de Rubén Darío fue obra de concordia latina. América, desde la hora de su autonomía, venía padeciendo las dos circulaciones contrarias del ser que se arranca de la madre. Y mientras, por una parte, la expresión del alma española se purificaba en los mejores gramáticos que ha tenido la lengua —los americanos Andrés Bello, Rufino José Cuervo, Rafael Ángel de la Peña, Marco Fidel Suárez—, por otra se dejaba sentir una honda conmoción de sublevaciones más que juveniles: «¡Desespañolicémonos!», gritaba el argentino Sarmiento. «¡Desespañolicémonos!», gritaba el mexicano Ignacio Ramírez, en controversia contra vuestro gran Castelar… Éstos no eran independientes; no están aún desarticulados del centro hispano; eran todavía hijos adolescentes que se alzan contra las tradiciones y costumbres caseras, por su misma incapacidad de reformarlas a su gusto. Más tarde llegará la hora adulta, la hora ‘en que el americano pueda amar a España sin compromisos, sin explicaciones y sin protestas. La hora en que, sintiéndose otro, el hombre se siente semejante a sus familiares y como justificado en ellos. Los Dióscuros americanos Rubén Darío y José Enrique Rodó trazan, en trayectorias gemelas, esta elocuente declinación hacia España. Habéis escogido la más alta realización de América para sellar, con su recuerdo, la Fiesta de la Raza, y resulta que, de paso, habéis escogido el nombre de aquel en quien con más plenitud se expresa esta voluntad de amor a España por parte de una América ya emancipada y ya consciente de sus destinos. Porque ya no está a discusión —sino entre los necios y los sordos— el radical casticismo de Rubén Darío. “Francesismo”, se ha dicho. Y es verdad, porque Rubén Darío trajo a la masa de la lengua española, trajo a la atmósfera del alma española, cuanto el mundo tenía entonces que aprender de Francia. Acaso su condición de hijo de América le ayudaba a dar el salto mortal del espíritu. Nicaragua pesa sobre la mente mucho menos que España, y fue uno de los hijos más pobres el que se echó al mundo a conquistar, para toda la familia, las cosas buenas que entonces había por el mundo. Y un día volvió —hoy así lo vemos— cargado y reluciente de joyas, como un rey de fábulas.

En la gran renovación de la sensibilidad española, que precipita a América sobre España —donde España puede ya sacar el consuelo de sentirse reivindicada por los mismos a quienes se pretendía presentar como víctimas del error hispano—, Rubén Darío desató la palabra mágica en que todos habíamos de reconocernos como herederos de igual dolor y caballeros de la misma promesa. Poeta sumo, hombre vertiginoso, alma traspasada de sol, tramó con lo más íntimo de sus ternuras y lo más atronador de sus furores la escala de hexámetros de oro, el himno de esperanza más grande que vuela sobre las alas de la lengua:

¡Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda!

¡Espíritus fraternos, luminosas almas, salve!

Alfonso Reyes, «Rubén Darío, genio municipal», Glorieta de Rubén Darío, América, Obras completas IV, Fondo de Cultura Económica, México, 1956, pp. 318-320.

1997-2025 (28 años)