Archivo de la etiqueta: Alfonso Reyes Ochoa (1889 – 1959)

Se presenta Adolfo Castañón en la Cátedra Alfonso Reyes. Por Jorge Sifuentes

Fuente: La Jornada Morelos

La Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM), a través de la Secretaría Académica y su Dirección de Formación Humanista, invitan a la charla “Alfonso Reyes y Octavio Paz: simpatías y diferencias”, que impartirá el poeta, ensayista, editor y crítico literario mexicano Adolfo Castañón, en el marco de la Cátedra Alfonso Reyes en Cuernavaca.

Este encuentro tiene como propósito principal difundir e impulsar, entre la comunidad universitaria, la cultura humanista y científica como un todo inseparable, y propiciar con ello el progreso de un diálogo social responsable. La cita es el próximo miércoles 25 de junio, a las 12 horas, en el Auditorio de la Biblioteca Central de la UAEM, en el circuito exterior del Campus Chamilpa.

La Cátedra Alfonso Reyes en Cuernavaca debe su origen, en enero de 2005, a los programas de colaboración entre la máxima casa de estudios de Morelos con la Dirección General del Centro de Estudios Literarios, Biblioteca y Museo de la Capilla Alfonsina, Instituto Nacional de Bellas Artes, El Colegio Nacional y El Colegio de México. En estos trabajos se cuenta con la colaboración del doctor Braulio Hornedo Rocha, Rector de la Universidad Virtual Alfonsina y catedrático del Centro de Investigación y Docencia en Humanidades (CIDHEM).

Adolfo Castañón ha sido miembro del consejo de redacción de varias revistas en Latinoamérica, entre ellas La Cultura en México, Suplemento de Siempre, Vuelta, Letras Libres y Gradivia. Laboró durante más de 30 años en el Fondo de Cultura Económica donde desempeñó distintos cargos del oficio editorial. Es admirador y estudioso de la obra de Alfonso Reyes, de quien ha dicho que fue “el poeta y crítico que sentó las bases de un canon moderno de la prosa y del verso para las letras mexicanas e hispanoamericanas”.

Ingresó a la Academia Mexicana de la Lengua en marzo de 2005, ocupando la silla número dos de la institución, que antes perteneciera a Francisco Monterde y a Héctor Azar. Por sus publicaciones ha recibido el Premio Diana Moreno Toscano (1976) y el Premio Mazatlán de Literatura 1995. En 2009, Castañón fue merecedor del Premio Xavier Villaurrutia de 2008, máximo galardón para las letras mexicanas, por Viaje a México. Ensayos, crónicas y retratos. En ese año fue ganador del “Premio Nacional de Periodismo José Pagés Llergo”, por su programa Los maestros detrás de las ideas, transmitido por TV UNAM.

Adolfo Castañón en Cuernavaca. Radio Universidad Autónoma del Estado de Morelos

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El deslinde. Por Alfonso Reyes

Cuatro lecciones sobre la Ciencia de la Literatura, en el Colegio de San Nicolás, Morelia, entre mayo y junio de 1940, han sido la ocasión  de este libro. Las lecciones formaban parte de los Cursos sobre el siglo XX, primera etapa de la Universidad de Primavera “Vasco de Quiroga“. Entre los actos con que se celebró el IV Centenario de aquel Colegio, ninguno más atinado que la creación de esta Universidad viajera, que de año en año ha de transportar su sede a otras ciudades de la provincia, corrigiendo así un aislamiento tan desventajoso para los intereses generales del país como incompatible con las más elementales conceptos de la cultura y de la política. Los dos mayores peligros que amenazan a las naciones, de que todos los demás dependen, son la deficiente respiración internacional y la deficiente circulación interna. A la luz de estos dos criterios podrían interpretarse algún día todas las vicisitudes mexicanas.

Las lecciones originales, necesariamente limitadas por la circunstancia, han sido objeto de sucesivas transformaciones posteriores y han ido dando de sí nuevos desarrollos. Entonces se trataba de situar nuestra materia dentro del cuadro general de una cultura, abarcando a grandes trazos un panorama inmenso, y prescindiendo, además, de muchos sondeos que hubieran resultado excesivos. Hubo, pues, que refundirlo todo. Esto produjo en el primitivo cuadro una proliferación interior. Sus especies implícitas afloraron a la superficie como en la placa fotográfica que poco a poco se revela.

Y de aquí han resultado varios ensayos que iré publicando uno tras otro: ya sobre la Ciencia de la Literatura propiamente tal, ya sobre la descripción de sus técnicas específicas, ya sobre los fundamentos de la Teoría Literaria, a la cual sirve de introducción este libro. Puedo decir de él que se parece al bosquejo original como se parece un huevo a una granja de avicultura.

Reduzco al mínimo mis referencias bibliográficas —puesto que la primitiva exposición se ha convertido en una tesis personal—, procurando que ellas correspondan a la necesidad de mis argumentos y sin entregarme a ostentaciones inútiles. Porque no quise hacer “un libro que los acote todos desde la A hasta la Z”, y porque en esta ocasión al menos, yo también me sentí “poltrón y perezoso de andarme buscando autores que digan lo que yo me sé decir sin ellos”. Se ha escrito tanto sobre todas las cosas, que la sola consideración de la montaña acumulada en cada área del saber produce escalofríos y desmayos, y a menudo nos oculta los documentos primeros de nuestro estudio, los objetos mismos y las dos o tres interpretaciones fundamentales que bastan para tomar el contacto. Nuestra América, heredera hoy de un compromiso abrumador de cultura y llamada a continuarlo, no podrá arriesgar su palabra si no se decide a eliminar, en cierta medida, al intermediario. Esta candorosa declaración pudiera ser de funestas consecuencias como regla didáctica para los jóvenes —a quienes no queda otro remedio que confesarles: lo primero es conocerlo todo, y por ahí se comienza.

A. R. Definiciones Literatura

Pero es de correcta aplicación para los hombres maduros que, tras de navegar varios años entre las surtes de la información, han llegado ya a las urgencias creadoras. Los Chadwick nunca hubieran alcanzado sus preciosas conclusiones sobre la génesis de las literaturas orales si no se atreven a prescindir de lo que se llama “la literatura de la materia“. Para los americanos —una vez rebasados los intolerables linderos de la ignorancia, claro está— es mucho menos dañoso descubrir otra vez el Mediterráneo por cuenta propia (puesto que, de paso y por la originalidad del rumbo, habrá que ir descubriendo algunos otros mares inéditos), que no el mantenernos en postura de eternos lectores y repetidores de Europa.

La civilización americana, si ha de nacer, será el resultado de una síntesis que, por disfrutar a la vez de todo el pasado —con una naturalidad que otros pueblos no podrían tener, por lo mismo que ellos han sido partes en el debate—, suprima valientemente algunas etapas intermedias, las cuales han significado meras contingencias históricas para los que han tenido que recorrerlas, pero en modo alguno pueden aspirar a categoría de imprescindibles necesidades teóricas.

complejidad-componentes

 

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